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Posts Tagged ‘libros’

Nunca se me ha dado bien militar en nada. Se me resisten los dogmas y las adhesiones inquebrantables. Jamás le encontré sentido a las órdenes insensatas, ni siquiera el estéril sentido de la disciplina ciega. Me cuesta engrosar las acciones colectivas por simple corporativismo, espíritu gregario, arrebato tribal, miedo o comodidad. Prefiero sumar con criterio propio y discrepando, si es necesario, con soltura y educación.

Bailo mal, pero desfilo aún peor. Tengo opinión de algunas cosas pero estoy dispuesto a cambiarla, incluso por la antagónica, si aparecen nuevos argumentos que la sostienen con más dignidad o si los que manejo se quedaron obsoletos o los descubro falsos. De muchas cosas no tengo ninguna opinión, y por eso no la doy aún siendo periodista (puedo vivir con esta contradicción que tanto inquieta a muchos de mis colegas). Trato de no juzgar (sobre todo antes de entender). Trato de entender, aunque tenga que cruzar fronteras, saltar tapias, sortear campos de minas, graduarme la vista y desdecirme.

No creo que la pertenencia al terruño o a la tribu (incluso la familiar) te obligue a despreciar la discrepancia para así no erosionar la identidad. En realidad es que tengo serias dudas sobre mi identidad, entendida como un elemento que me distingue para separarme, santificarme o enemistarme. Puedo acercarme al vacío de la contradicción, insisto, sin sufrir (casi) vértigo, y quizá por eso llevo décadas preguntándome si de verdad eso, lo que sea, es verdad. Desconfío de la seguridad y, sobre todo, de las ideologías que tienen una respuesta incontestable hasta para aquellas preguntas que aún no hemos llegado a plantearnos.  

Me dan miedo los que están seguros, los que están ab-so-lu-ta-men-te seguros, y acorralan a los que tenemos dudas, para que renunciemos a ellas. Me espanta el enredo de admitir que la libertad es negociable si se trata de salvar la libertad (¿me explico?), que la diferencia hay que protegerla desde una cierta censura, que el humor es peligroso, que la culpa siempre es del otro (y si es más pobre, es más culpable), que todo debe ser regulado para que nada pueda resultar caótico. No creo que haya personas ni escenarios intocables, prefiero pensar que lo sagrado es intangible y por tanto invulnerable. Prefiero el perdón al pecado, pero me resulta más humano pecar que ser puro. Los puros son temibles.

Peor que la polarización es la coincidencia, entre polos opuestos, en la persecución feroz al que no se ata a ningún extremo. En esta tierra no molestan los extremistas (como mucho divierten y sirven para discutir, sin demasiadas consecuencias): los que de verdad molestan son los librepensadores. Bichos raros por escasos. Bichos al borde de la extinción, a los que unos y otros disparan con idéntica saña. Bichos que desconfían de la seguridad del pesebre y a los que tampoco convence la aparente libertad del campo abierto. Humanos en permanente contradicción, sin tribu, sin terruño, sin planes; devorados por las dudas, amenazados por la insensatez de quien se empeña en salirse de la autovía para triscar campo a través, pisando sembrados, sorteando abismos y perdiéndose.

Una tira de «Macanudo», con Fellini y Madariaga, obra del genial historietista argentino Liniers (Ricardo Siri).

Y esta nueva confesión electrónica viene a cuento de algunas de mis últimas lecturas, muy apreciadas por los amigos de lo cool pero igualmente perseguidas por lo que tienen de inconvenientes y políticamente incorrectas. Cada vez que leo a Juan Soto Ivars o a Pascal Bruckner es como si me operaran de cataratas: el mundo me resulta más nítido. No es que desaparezcan las zonas de oscuridad. No es que todo lo que veo, y lo que ellos me señalan, me guste. No es una cuestión de coincidencia, porque con ellos mantengo no pocas divergencias (y algunas son más que notables), sino de oportunidad. Pascal y Juan son oportunos, molestos y necesarios: librepensadores a pecho descubierto. Al no atarse, y así hurgar en las heridas, individuales y colectivas, sin reparos, nos liberan de ese velo glauco con el que envolvemos el mundo hasta atenuar su brillo, limar sus contrastes, ocultar sus monstruos y desenfocar sus excesos. En su compañía puedo permitirme no estar seguro de casi nada, contradecirme y criticar (aunque sea en silencio) lo que la tribu ha consagrado. Con ellos no tengo que militar, desfilar ni cantar a coro.  Si no, ¿para qué sirve leer?

«Todo es mejorable, pero si alguien quiere reventar el edificio deberíamos exigirle unos planos muy detallados de lo que pretende levantar en el solar. Con frecuencia, será una cárcel. Sobre todo si lo encargamos a una tribu» (Juan Soto Ivars).

«Toda contradicción es una traición y merece la exclusión, por eso se busca que quienes contradigan salgan, por ejemplo, del periodismo y de las universidades.

Este movimiento se está acentuando porque las generaciones más jóvenes piensan que están en posesión de la verdad y el que se oponga a ellas es un enemigo de la verdad. Esta juventud que quiere acabar con el viejo mundo, en realidad, está cayendo en comportamientos arcaicos. De una cierta manera, esta juventud es medieval. Practica el linchamiento en las redes sociales, el poner en la picota o la muerte social. Todo esto no son signos propios del progreso, al contrario, en mi opinión, son una regresión. (…) La gente prefiere autocensurarse a que lo juzguen socialmente» (Pascal Bruckner).

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Esta es la (pequeña) pluma de arrendajo con la que he fijado en mi cuaderno de verano la amistad de Carlos y la cita de Wilson, tomada de su Génesis. (Foto: José María Montero)

Siempre he sido un lector despistado, algo caótico e inconstante. Como estudié el bachillerato de Ciencias me salté, por pura ignorancia, a unos cuantos clásicos (tardé en darme cuenta que eran imprescindibles) y esa deuda todavía no la he terminado de saldar. Ya en la Facultad de Periodismo desarrollé un apetito feroz (quizá para recuperar el tiempo perdido) aunque un poco a la contra, quiero decir que cuando el boom latinoamericano yo andaba triscando en otros territorios, que la moda de la novela histórica ni me rozó, que llegué con retraso a la novela negra y tal vez muy pronto a la ciencia ficción. Ahora que lo pienso creo que sólo en la poesía me he mantenido siempre atento, da igual si es clásica o novísima.

A lo largo de los años he defendido la costumbre de terminar sólo los libros que deseo terminar. Me cuesta mucho cruzar un desierto y abandono con facilidad, y sin reparo ni culpa, cualquier libro que se me resista en el paladar (también es verdad que algunos vuelven, al cabo del tiempo, convertidos en una inesperada delicatessen). Hay obras f-u-n-d-a-m-e-n-t-a-l-e-s que en las que jamás he conseguido llegar a la última página e, incluso, hay obras m-a-e-s-t-r-a-s que ni siquiera he abierto (a veces es simple pereza o esa ñoña rebeldía de no leer lo que todo el mundo te dice que deberías leer).

El verano, como nos pasa a tantas personas, suele convertirse en la época dedicada a leer, leer y leer. Mucho menos de lo que andabas especulando en primavera, pero muchísimo más de lo que habías ido arañándole al sueño en invierno. Este verano, extraño en tantas de sus manifestaciones, no ha sido diferente en esa avidez por la lectura, ni tampoco en el tiempo dedicado a ella, ni tan siquiera en mi actitud de lector despistado, algo caótico e inconstante. La pandemia no ha alcanzado ese territorio sagrado ni ha trastornado mis manías.

Durante el confinamiento disfruté con una biografía chispeante –qué bien le sienta el humor a los clásicos- de Shakespeare (una condición – la de divertir sin perder rigor – que sólo está al alcance de autores como Bill Bryson), con el descubrimiento de Los Asquerosos (Santiago Lorenzo), una obra sencilla en la que no faltan cargas de profundidad, y con las últimas páginas (se me resistió varios meses) de La bendición de la Tierra, del Premio Nobel Knut Hamsun, un autor maldito por su adhesión al nazismo pero que en esta obra, donde no hay atisbo de sus torcidas inclinaciones políticas pero sí una buena dosis de su exquisita prosa, retrata, con un profundo lirismo, la esencia de la Noruega profunda y los vínculos del campesinado nórdico con una naturaleza tan generosa como áspera.

Ni con la ayuda del encierro fui capaz (lo confieso) de terminar Los perros de Riga (Henning Mankell), El rey recibe (Eduardo Mendoza), Cuaderno de montaña (John Muir) y El agente confidencial (Graham Greene). Vaya usted a saber por qué…

Cuando, por fin, llegó el verano andaba leyendo a mi amigo Miguel Delibes (hijo), que poco antes de la llegada de la nueva estación me había regalado su último libro (Cuaderno del carril bici. Pedaladas de un viejo naturalista en Sevilla y más allá), disfrutando, como si fueran míos, de unos maravillosos paseos sobre dos ruedas:
“En bicicleta, uno marcha a una velocidad que no es la de un peatón ni la de un motorista o conductor de automóvil. Los primeros pueden observar con mucho detalle, pero pocas cosas, en tanto los segundos apenas ven nada, inmersos en el atosigante tráfago ciudadano”.

Cuando llegaron las vacaciones salté a la autocaravana de Steinbeck, no si antes anunciar en redes, con esta foto, que procedía a una saludable desconexión digital. Para explicarme me ayudó una pieza de Chilly Gonzales y un poema de Benedetti: «Vale decir preciso / o sea necesito / digamos me hace falta / tiempo sin tiempo» (Foto: José María Montero)

De la bici de Miguel salté a la autocaravana –Rocinante– de John (Steinbeck) y así comencé el verano (Viajes con Charley) recorriendo Estados Unidos, su geografía y, sobre todo, su espíritu (contradictorio, fascinante). Como siempre que leo a Steinbeck (también me pasa con Russell) me cuesta creer que algunas de sus agudas reflexiones tengan ya más de cuarenta años:
“…llegará un momento en que las ciudades congestionadas se desgarren como vientres dehiscentes y derramen otra vez a sus hijos por el campo. Ratifica esta profecía la tendencia de los ricos a hacer eso ya. A donde van los ricos, irán luego los pobres, o lo intentarán”.

Incluso se adivina, entre líneas, el curioso vínculo entre virus y sentimientos, las peores consecuencias de una pandemia que entonces ni siquiera podía imaginarse:
“Me puse a formular una nueva ley que describiese la relación entre protección y abatimiento. Un alma triste puede matarte más deprisa que un germen, mucho más rápido”.

Pero, sobre todo, el periplo de John, Charley y Rocinante es una vibrante exaltación al viaje sin rumbo, a los viajeros que transitan por carreteras secundarias sin el auxilio de un simple mapa:
“Yo nací perdido y no me causa ningún placer que me encuentren ni me siento demasiado identificado con los contornos que simbolizan continentes y estados”.

Y como Steinbeck me deja casi siempre tan buen sabor de boca me llevé a nuestro paraíso del norte una de sus obras más originales (Por el Mar de Cortés). Una rara mezcla de ciencia y aventura, un cuaderno de bitácora con el que un día puse a la Baja California en mi lista de destinos pendientes (se me ha escapado un par de veces, por los pelos). Decidí regalarlo y, al mismo tiempo, releerlo, para disfrutar de pasajes en los que aprender a describir con precisión, poesía y no demasiadas palabras:
«Quizá después del mar, el concepto más fuerte en nosotros es el de la luna. Pero la luna, el mar y la marea es una sola cosa».

Steinbeck, apasionado de la biología marina, conoce bien el oficio, y sobre todo el alma, de los biólogos, de manera que no me costó demasiado identificar a algunos amigos y amigas con los que, yo también, he vivido aventuras un tanto extremas en paraísos remotos:
«Nos sentamos sobre un canasto de naranjas y pensamos lo buenos hombres que son la mayoría de los biólogos, tenores del mundo científico… temperamentales, caprichosos, libertinos, de risa fuerte, y saludables. De vez en cuando, uno piensa en la otra clase -los que en el argot universitario solían llamarse <pelotas secas>-, pero esos hombres no son verdaderos biólogos. Son los embalsamadores que sólo ven la forma preservada de vida, sin considerar ninguno de sus principios. Fuera de sus mentes enquistadas, crean con el ácido fórmico un mundo arrugado. El verdadero biólogo trata con la vida, con una vida que se prolifica bulliciosa, y aprende que la primera regla de la vida es vivir».

Incluso a la hora de explicar los lazos que nos unen a algunos objetos inanimados, Steinbeck descubre que hay algo, más allá de la biología, que dota de vida a una sencilla embarcación (si tenéis a algún amigo o amiga marineros, leedles esta cita, por corroborar que no es un exceso del norteamericano):
«Algunos han dicho que han sentido temblar a un barco antes de estrellarse contra una roca, y llorar cuando llega a la playa y las olas rompen contra su casco. Esto no es cuestión de misticismo, sino de identificación. El hombre, al construir el más grande y personal de todos sus instrumentos, ha recibido a cambio una mente modelada como un barco, y el barco, un alma humana.

También los caminos nos han modelado como especie, y lo explica, de manera concienzuda, bien documentada y con una prosa suelta que convierte el ensayo en un fluido relato de eso que ahora llaman nature writing, Robert Moor. En los senderos es otro acierto de la editorial Capitán Swing, que esta vez ha traducido la obra de un periodista ambiental capaz de saltar de la geología a la antropología pasando por el senderismo extremo, sin salirse, nunca, de un camino, ya sea una olvidada trocha cheroqui o una vertiginosa red informática:
“A lo largo de toda la vida en la Tierra hemos creado senderos para guiar nuestros viajes, transmitir mensajes, optimizar la complejidad y preservar el saber. Al mismo tiempo los caminos han configurado nuestros cuerpos, esculpido nuestros paisajes y transformado nuestras culturas. En el laberinto del mundo moderno, la sabiduría de los caminos es más esencial que nunca, y, ante el desarrollo de redes tecnológicas cada vez más laberínticas, lo será aún más. Para poder transitar hábilmente por este mundo necesitaremos entender cómo hacemos los caminos y cómo estos nos hacen a nosotros”.

Quizá el camino (como en esa otra obra maravillosa, Los trazos de la canción, la odisea aborigen de Chatwin) sea el único lenguaje, primitivo y olvidado, en el que todo adquiere sentido:
«La vida es una lucha constante por dar sentido a la complejidad del mundo. El conocimiento solo se obtiene a base de esfuerzo, y tanto el lenguaje hablado como el escrito son formas de consolidarlo y transmitirlo. Aunque tendemos a imaginar que existe una clara dicotomía entre las culturas orales y las que han desarrollado un lenguaje escrito, como revelan los indicadores de los caminos, existe una enorme diversidad de medios -ramitas, montones de piedras, dibujos, mapas- que disuelven la línea divisoria entre ambas. Pero quizá el más sencillo de todos estos sistemas de signos – y el más <disolvente> en este sentido sea la protoinscripción que antecede al lenguaje escrito y aun a la palabra hablada: el propio camino en sí».

Mientras leía a Moor picoteaba, de cuando en cuando, en Walt Whitman (Yo soy el poema de la Tierra, una atinada antología con prólogo de Manuel Rivas y cuidada traducción de Eduardo Moga). Lo cierto es que Moor y Whitman se llevan de maravilla, y la combinación era casi inevitable:
“… lejos, muy lejos, en el bosque, o luego, en verano, holgazaneando, antes de saber a dónde ir, sin nadie, oliendo el olor de la tierra, parándome aquí y allá, en silencio, me creía a solas, pero pronto me rodea un grupo: algunos caminan a mi lado, otros detrás y otros me cogen del brazo o me abrazan; cada vez se congregan más –son los espíritus de mis amigos más queridos, vivos o muertos-, hasta hacerse multitud y yo en medio, reuniendo, repartiendo, cantando, camino con ellos,…(Estas, cantando en primavera. Walt Whitman).

La soledad, las ventanas, el silencio nórdico, la ruralidad… también han sido protagonistas de mis lecturas de verano. Esta casa sami la fotografié en Karasjok (Laponia noruega) en agosto de 2019. (Foto: José María Montero).

Acabo de darme cuenta, escribiendo este post, que precisamente el verano en el que no he salido de territorio español, ha sido, posiblemente, el que más tiempo he pasado en territorio (literario) extranjero y, curiosamente, en un país (Estados Unidos) que no figura entre mis destinos favoritos. Y no sólo se ha tratado del dulce encanto de la vida en el campo sino, también, el dibujo literario de una ciudad tan atractiva como desmesurada:
“Los neoyorquinos, escritores incluidos, tienden a sentirse en una ciudad-mundo: desmesurada pero encerrada en sí misma, autónoma y aislada, como si más allá de sus fronteras comenzara el desierto o el espacio interestelar. Estados Unidos fuera de Nueva York es la tierra de las raíces, pero también un lugar común que se brinda fácilmente a la ironía” (Nueva York es una ventana sin cortinas, Paolo Cognetti).
Nueva York es una ventana sin cortinas (del italiano Paolo Cognetti) es uno de los mejores retratos que he leído de la gran manzana, al menos tal y como yo la recuerdo en mis vagabundeos de aquel otro verano:
“Cuando toca la clasificación de los puentes, tengo sentimientos encontrados. El puente de Brooklyn encarna la valentía de sus proyectistas, la sangre de los muertos que lo construyeron, los poetas que lo cantaron: es hermano de las grandes catedrales europeas, como ellas suscita fascinación y casi una impresión de sacralidad”.
«El mismo gusto suele aplicarse en verano a la jardinería. No se ven parterres bien cuidados, ni prados a la inglesa como en Brooklyn, sino enredaderas que crecen en mitad de los rosales y tulipanes plantados entre matorrales. Produce un efecto de vegetación silvestre, como un pedazo de selva tropical entre los muros desconchados del East Village. Son los community gardens, espacios característicos del barrio y de toda Nueva York».

Aunque la ciencia salpicaba las obras de Steinbeck y la de Moor, también me entregué a ella, en exclusiva, gracias a un libro prestado (Génesis, del biólogo evolutivo Edward O. Wilson, el primero en usar el término biodiversidad). Un ensayo breve pero apasionante sobre el origen de las sociedades a la luz de la selección natural. Curiosamente Wilson y Moor coinciden en su atención a las hormigas y sus sorprendentes patrones de comportamiento. En Génesis encontré la que, quizá, sea la cita de este verano, la que mejor dibuja lo que ocurre a mi alrededor, a nuestro alrededor, y lo que siento en medio de la tormenta (la leí apoyado en un escalón de piedra, en la puerta de la casa de Carlos y Conce, en Torla, antes de que empezara a llover):
“La capacidad para el lenguaje, la ciencia y el pensamiento filosófico nos convirtió en los administradores de la biosfera. ¿Poseemos la inteligencia moral necesaria para cumplir con esta tarea?”.

En el extremo de los libros sencillos, que te conmueven o te hacen reír al detenerse en un hecho aparentemente intrascendente, en una epopeya rural poco sofisticada o en la intrahistoria de una tradición familiar sin artificios, he disfrutado con La Cata (Roald Dahl), El hombre que plantaba árboles (llevaba años sin saldar esta deuda con Jean Giono) y Delibes en bicicleta (Jesús Marchamalo me hizo cerrar el círculo que ya había abierto con otro Delibes y otras bicicletas).

En algún momento de flaqueza, o más bien de incertidumbre (porque este verano ha estado repleto de incertidumbres), me agarré, como quien se agarra al timón en medio de la galerna, a la Biografía del silencio (Pablo d´Ors) que, leída y releída desde hace tiempo, nunca termina por marcharse de mi mesilla de noche:
«Las experiencias, si vive uno para coleccionarlas, nos zarandean, nos ofrecen horizontes utópicos, nos emborrachan y confunden. Ahora diría incluso que cualquier experiencia, aun la de apariencia más inocente, suele ser demasiado vertiginosa para el alma humana, que solo se alimenta si el ritmo de lo que se la brinda es pausado. (…)
El silencio es solo el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Lo sorprendente es que no es nada, nada en absoluto: la vida misma que transcurre, nada en especial. Claro que digo <nada>, pero muy bien podría también decir <todo>»

De una manera mucho más orgánica, hurgando entre los pliegues del cerebro (en sentido literal), con las manos manchadas de sangre y la congoja de quien batalla contra la muerte todos los días, puse los pies en la tierra gracias a las memorias del neurocirujano Henry Marsh (Ante todo, no hagas daño). Lo lees, y se te quitan todas las tonterías. Lo lees, y te sientes cómplice de los pacientes y también del personal sanitario. Lo lees, y das gracias por estar vivo y sano:
«…aquella intervención se realizaba en el cerebro, el misterioso sustrato de todos los pensamientos y sentimientos, de todo lo importante en la vida del ser humano; un misterio tan grande, me parecía, como las estrellas en la noche y el universo que nos rodea. Fue una operación elegante, delicada, peligrosa y llena de profundo significado. ¿Qué podía haber mejor, me dije, que ser neurocirujano? ”.
«…cuanto mayor me hago, menos capaz me siento de negar que estoy hecho de la misma carne y de la misma sangre que mis pacientes, y que soy igual de vulnerable que ellos. Así que ahora puedo volver a sentir lástima por ellos, una lástima más profunda que la que sentí en el pasado, cuando empezaba. Sé que también yo, tarde o temprano, acabaré postrado en una cama en una abarrotada sala de hospital, temiendo por mi vida, como hoy lo hacen ellos».
«Los parientes angustiados y furiosos son una carga que todo médico debe sobrellevar, pero haber sido uno de ellos fue una parte importante de mi formación como cirujano. Como les digo siempre entre risas a mis residentes, los médicos no sufren lo suficiente».

De una u otra manera, los senderos han estado presentes en casi todas mis lecturas de verano. Este es el que conduce a Torla por el Turieto, uno de los paraísos en donde nos dieron cobijo en medio de la incertidumbre. (Foto: José María Montero)

Y justamente ahora, cuando el otoño ya se adivina en el horizonte, cargado, también, de incertidumbres y miedo, llega por sorpresa un libro (San, el libro de los milagros) en el que he depositado grandes esperanzas, sobre todo aquellas relacionadas con el consuelo que nos brindan algunos escritores (sí, ya sé que jugar con las expectativas es muy peligroso). Aún no lo he abierto, pero la entrevista que Luis Reguero le hizo en El Asombrario a su autor (Manuel Astur) es como un faro que señala un rumbo seguro, una derrota que nos aleja de las corrientes más peligrosas, los arrecifes traicioneros o los bajíos invisibles:
«¿Salvar el mundo? ¿De qué? Cada cual tiene sus propios miedos. A lo máximo que puede aspirar uno es a la salvación individual. En ese aspecto soy radicalmente individualista, pero porque creo en algo tan de Perogrullo como que hay que predicar con el ejemplo. Si en general está muy mal decirles a los demás cómo tienen que vivir o pensar, está aún peor si tú mismo no lo haces».
«Pero sí, en un mundo absolutamente líquido en el que la narración de la realidad cambia a mayor velocidad que nuestra capacidad para asimilarla, en una sociedad que considera que la verdad es lo que cada uno cree y que nos quiere entretenidos –que es otro modo de decir distraídos–, volver a lo cercano, a lo que tenemos ante los ojos, al alcance de la mano, a la hierba, a una flor en una maceta, a la mesa y al pan, al sereno aburrimiento, volver, en definitiva, al hogar es una necesidad casi revolucionaria».
«… para mí ser libre hoy es atreverse a no ser nada. Nunca he tolerado que me digan lo que se supone que tengo que pensar o hacer por ser hombre, o por ser de clase media, o por ser asturiano, etc. Siempre me he negado a que me identifiquen por algo que es puro azar. Nada más radicalmente libre hoy que decir: no tengo la menor idea, y no me importa».

Pues sí, yo también lo confesé hace tiempo en este mismo blog: no tengo la menor idea, y no me importa.

Aunque, mientras tanto, me empeño en seguir leyendo.

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Frida, en su sana despreocupación, administra el batiburrillo de libros que se amontonan en la mesa del porche, los olisquea y los ignora, quizá porque todo lo que explican ella ya lo sabe (Foto: JMª Montero)

Creo que la pasión lectora que este verano se ha apoderado de mi no me visitaba desde Bachillerato, aunque, en realidad, se parece, sobre todo, al apetito literario de aquellos primeros años de Universidad, donde lo devoraba casi todo, con desigual criterio, tratando de educar mi apetito con sabores absolutamente dispares.

¿Quién dijo que escribir es difícil? A veces lo que más cuesta es no escribir, y quizá esa obligada contención, a la que me estoy entregando este verano casi como un sacerdocio, es la que explica la necesidad desmedida de leer, y leer, y leer… y releer. Si no puedo explicarme, al menos que sean otros los que se expliquen, y me lo cuenten, en silencio, al borde del mar, en el porche que mira al jardín o entre los pliegues de la almohada (bien pasada la medianoche).

El cóctel que he elegido y que, como siempre, queda bajo la atenta administración de Frida, mezcla géneros, territorios y épocas de acuerdo a un orden que no comprendo pero que seguro existe. Si leo lo que leo… por algo será. Por ejemplo, sólo leo a Llamazares en verano, ¿por qué? Mezclo la poesía clásica (Catulo, 86 a.C. – 40 a.C.) con la de última hora (Irene X, una aragonesa que no ha cumplido los 25) y con la de siempre (Benedetti, al que vuelvo buscando piedritas), pero ¿tiene algún sentido esta mezcla? Mis comisarios favoritos siguen siendo mediterráneos (Montalbano de Camilleri, Jaritos de Márkaris) o ibéricos de pata negra (los picoletos Bevilacqua y Chamorro, de Silva), pero entre medias, y de la mano de una amiga, se me ha colado un militar islandés (el coronel Keimppainen, de Paasilinna), ¿a qué viene este disparate geográfico? Me consuelo en Patti Smith (releo, emocionado, Éramos unos niños) y me acojono con la última novela de David Trueba (Blitz, cuyo comienzo no dejo de aplazar para protegerme, convencido que va a retomar el hilo a partir de uno de los pocos párrafos que me gustó de la fallida Saber perder), ¿a qué viene tanto sentimiento pegado a unas letras? Y entre medias, para enredar aún más este aparente sinsentido, picoteo en Schopenhauer (agudo aunque políticamente muy incorrecto), en Calamaro (tan excesivo y disperso en sus escritos como en sus canciones), en Gil de Biedma (para no abandonar los excesos, ni la intensidad) o en Dylan (un malafollá imprescindible cuando hay que conducir, solo y de noche, camino a no se dónde, y entonces te acuerdas de que te han regalado Bob Dylan at Budokan en CD: sí, ese mismo, el que perdiste o regalaste hace treinta años…).

Las letras de este verano me quieren decir algo, pero no tengo ni idea de qué es lo que me quieren decir… Ahí van algunas pistas cazadas con el rotulador verde:

«Bueno, ¿y qué era? Todavía no lo sé. Me atraían sus ojos, su voz, su cintura, su boca, sus manos, su risa, su cansancio, su timidez, su llanto, su franqueza, su pena, su confianza, su ternura, su sueño, su paso, sus suspiros. Pero ninguno de estos rasgos bastaba para atraerme compulsiva, totalmente. Cada atractivo se apoyaba en otro. Ella me atraía como un todo, como una suma insustituible de atractivos, acaso sustituibles. (…) Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.” (La tregua, Mario Benedetti)

«El tiempo y la naturaleza, que son sabios, nos permiten reemplazar las capas de alegría y de ilusión que nos van arrancando por capas de comprensión y serenidad, sostenidas en la intuición de que, junto a lo que va deshaciéndose por el camino, hay algo que construimos y que no puede perderse, algo que terminamos siendo y desde donde nos cabe resistir.» (Los cuerpos extraños, Lorenzo Silva)

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Libros que no me canso de leer porque me emocionan como el primer día. Es la vida. Sin más. (Foto: JMª Montero)

«Yes, I believe it’s time for us to quit
When we meet again
Introduced as friends
Please don’t let on that you knew me when
I was hungry and it was your world.
Ah, you fake just like a woman, yes, you do
You make love just like a woman, yes, you do
Then you ache just like a woman
But you break just like a little girl.» (Just like a woman, Bob Dylan)

«A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.»

(Himno a la juventud, Jaime Gil de Biedma)

«Al menos estoy segura de algo: yo no quiero a alguien seguro de lo que quiere. Yo quiero a alguien seguro de que me quiere. Y ya está. Que nunca deje de dudar, pero que me tenga claro. Que me tenga, claro. Y que me ame oscura.» (Grecia, Irene X)

«Hoy, frente a San Antonio, tampoco encontró ese espejo, tan sólo el de los cristales de las ventanas de los hoteles que miran a la bahía, pero lo encontrará mañana, cuando vuelva a emerger por Portinatx y se refleje en las buganvillas de toda Ibiza, que son tantas como estrellas hay esta noche en su firmamento. Seguramente, también, la mayoría se agitarán con la brisa que acompaña siempre al amanecer e incluso alguna perderá parte de sus flores, que pasarán a integrar la tierra como las estrellas que se deslizan desde hace rato por la bóveda del cielo lo hacen de la piel de éste y como los recuerdos pasan a formar parte de nuestra biografía. Es el destino de todo lo que se cae, de todo lo que se mueve, ya sea en el cielo, ya sea en la tierra. O en nuestro corazón, que también tiene estrellas y flores como esta noche de San Lorenzo«. (Las lágrimas de San Lorenzo, Julio Llamazares)

«Odio y amo. ¿Por qué es así, me preguntas? No lo sé, pero siento que es así y me atormento» (Epigrama 85 – Amor y odio, Catulo)

«El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear«. (Saber perder, David Trueba)

«La luz entraba a raudales por las ventanas y bañaba sus fotografías y el poema que componíamos nosotros dos sentados por última vez. Robert muriéndose: creando silencio. Yo, destinada a vivir, prestando oído a un silencio que tardaría toda una vida en expresar«. (Éramos unos niños, Patti Smith)

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En algunos libros también se esconden anotaciones-al-margen que explican cómo, dónde y a qué hora se hicieron vivas esas letras (Foto: JMª Montero)

 

 

«Aunque la distancia no pueda con la memoria, busco el calor como las aves migratorias, porque pedir perdón de nuevo ya no sirve para nada. (…) Es que partir es morir un poco. A veces, optar entre un entorno seguro que te abriga y que te espera, y elegir la libertad desesperada de inventarse cada día es una decisión dramática. No importa la elección, es imposible no arrepentirse«. (Paracaídas &vueltas. Diarios íntimos, Andrés Calamaro).

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