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Posts Tagged ‘Louise Bourgeois’

Copa-Good

Lobbo & Camins & Palir (Nos sobró un poco de vino, nos faltó un poco de tiempo)

Cambié el billete porque no quería correr. Me entretuve con Kandinsky en Cibeles, y también en los vericuetos del Botánico, porque no tenía prisa. No subí las escaleras del Metro de dos en dos ni crucé a la carrera Príncipe de Vergara. No miré el reloj porque me hubiera distraído de esa primera imagen que tanto me gusta (la que se adivina tras las cristaleras cuando aún no he cruzado la puerta), y de esa primera sonrisa en la que nos reconocemos, esa que disuelve, en un instante, todos los instantes transcurridos desde nuestra última cita.

Nunca me dejo convencer por un camarero urgente, aunque su indumentaria y sus modales sean exquisitos o en el tono de su voz haya más imposición que sugerencia. El pudor y la indecisión que me acompañan en tantos otros menesteres no existen cuando tengo que decidirme por un vino. Esa elección minúscula requiere determinación y tiempo, y al cabo resulta decisiva porque ese vino, y sólo ese, va a despertar y enriquecer los sentidos, todos los sentidos, durante un momento único.

Hay que admitir que el arte de beber no tiene su propia Musa, pero a pesar de ello sólo pueden apreciar un buen vino las personas que se dedican a cultivar las musas, que leen poesía y que son capaces de disfrutar de la música aunque no sean músicos y de apreciar la pintura. Estas personas también saben escoger el momento oportuno para trabajar, para pasear, para dormir, para conversar y para leer; sólo ellas saben que el amor y el vino…, en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier manera “.

(La filosofía del vino: ¿Cuándo beber y cuándo no? Béla Hamvas)

En la postal, que había viajado desde Málaga, reconoció de inmediato (con ojos de pianista) el viejo papel pautado, ese que marca el tiempo y el tempo, el compás y la armonía. Tres manos, de un rojo intensísimo, que se buscan (y se encuentran) a una distancia mínima y a una hora exacta: las 10 am (aunque advertí, en cómica impostura, que eran las de una buhardilla bohemia del barrio de Chelsea, en NYC, y no las de un mediodía de invierno en esa terraza cálida y madrileña).

Manos -Good

Bourgeois convertida en una golosina de papel… no homologada. Así es como Daniel, sin hablar ni leer, conoce y sabe. Tinta y saliva.

Daniel -todavía- no saber leer (ni falta que le hace). Daniel -todavía- no sabe de normas, ni de reglas, ni de mandamientos (ni falta que le hace). Daniel -todavía- no sabe quién era Louise Bourgeois ni quién es Jerry Gorovoy (ni falta que le hace). Daniel -todavía- no se preocupa en guardar, ni en ordenar, ni en clasificar (ni falta que le hace). Daniel, en resumen, no calcula, pero sabe distinguir perfectamente lo que le pertenece (lo que es suyo) y por eso lo separa, con un puchero o un manotazo, de todo aquello que le es ajeno, extraño, antipático…

Daniel se come el mundo (literalmente), y por eso los sentimientos -dulces- que viajan anotados, a vuelapluma (azul), sobre esa postal malagueña terminan convertidos en el mejor postre, en una golosina de papel… no homologada (ni falta que le hace). Así es como Daniel, sin hablar ni leer, conoce y sabe. Tinta y saliva.

         “En el vientre materno estamos unidos al mundo a través del cordón umbilical. Después de nacer, a través de la boca. (…) La boca engulle cuanto desea. Y sólo puedo saber lo que algo es si lo saboreo. La boca es la fuente de la experiencia inmediata. El bebé lo sabe: cuando quiere conocer una cosa se la mete en la boca. Pero al crecer lo olvidamos”.

(La filosofía del vino: El universo de la boca. Béla Hamvas)

No recuerdo bien qué comimos, pero sí que recuerdo las flores de Camins, la cáscara de naranja enroscada en la ginebra, el amarillo limón de un Perro Verde, el tiempo (casi) detenido, el tintineo de las copas que iban y venían, el corcho y el chupete (hermanados) esperando su momento, esperando volver a la boca… Y, sobre todo, nos recuerdo  hablando y riendo, sin pausa, como siempre que, en un instante, disolvemos todos los instantes transcurridos desde nuestra última cita.

Nos sobró un poco de vino y nos faltó un poco de tiempo. Tú te llevaste el vino y yo, finalmente, tuve que mirar el reloj para no perder el tren…

La conversación, la risa y el vino están conectados de un modo especialmente íntimo y profundamente humano

(Sobrebeber. Kingsley Amis)

David-Good

David García-Intriago (meditabundo entre copas y público) es el autor, director y actor de “Oh, vino”, una lúdica, lúcida, espiritual, dionisiaca, irreverente y culta exaltación de la vida… y el vino (pero, ¿no son la misma cosa?).

 

PD: David recitó pausadamente este bellísimo epitafio que, lejos de las costas turcas, hoy reposa, aburrido, en un museo danés:

Brilla mientras estés vivo. Sé alegre, que nada te perturbe. Que la vida pasa y el tiempo se cobra su derecho“.

(Epitafio de Seikilos, la composición musical completa más antigua que se conserva; un “escolión”, canción de bebida, que hace más de 2.200 años Sícilo talló en una columna de mármol sobre la tumba de su esposa Euterpe).

Porque nada es casual, la vieja canción de Sícilo me llevó, sin prisa, del Auditorio Nacional de Música al Museo del Vino de Málaga. Y allí, en la plaza de los Viñeros, me vi de nuevo agarrado a una copa (de Botani, garnacha malagueña con una etiqueta tan hermosa como la de Camins), recordando y celebrando, imaginando, resistiéndome al paso del tiempo…

         “Al final quedaron dos, Dios y el vino”

(La filosofía del vino: Un libro de plegarias para ateos. Béla Hamvas)

 

 

 

 

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Virginia Nölting y Elena De Cara son las actrices que prestaron su voz a Louise Bourgeois en un delicadísimo equilibrio entre la emoción y la contención, entre lo dicho y lo sugerido, entre el silencio y la palabra. La belleza no requiere de muchos artificios.

 

En la música o en la voz de alguien, un eco puede reproducir una emoción que formaba parte de un pasado lejano. Estas instancias fugaces de la memoria pueden ser también un tipo de belleza“(Sobre la belleza: una conversación con Bill Beckley, Louise Bourgeois)

Las manos. El secreto está en las manos. Recogidas, sin tensión ninguna, a la altura del corazón, se abren despacio para que los dedos, en un instante fugaz, peinen el aire, acentúen una palabra o un gesto y, despacio, vuelvan al regazo del pecho. El secreto está en las manos, como si las palabras antiguas de Louise Bourgeois las dictaran ellas, las manos, y no la voz, precisa y preciosa, de Virginia y Elena.

Se han mezclado entre el público y no las he reconocido hasta que han dado un paso al frente para hablar, y entonces me he fijado que el secreto, también, estaba en los pies, en la forma de caminar, pausada, contenida. Antes que el ritmo de las palabras de Louise lo pusieran los labios de Elena y Virginia sus pies, casi imperceptibles, ya habían marcado el tempo que requieren estos fragmentos del pasado para convertirse en un tipo de belleza.

“El movimiento repetitivo de una línea, la caricia de un objeto, lamerse las heridas, el ir y venir de una lanzadera, la interminable repetición de las olas, mecer a una persona para que se duerma, lavar a alguien que quieres, un infinito gesto de amor” (Apuntes 1988, Louise Bourgeois)

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El secreto está en las manos, como si las palabras antiguas de Louise Bourgeois las dictaran ellas, las manos, y no la voz, precisa y preciosa, de Virginia y Elena.

Hay momentos en que la palabra es tan poderosa, hay tanta densidad en la frase con la que Louise habla del miedo o de la sublimación, que la voz se hace la dueña de la estancia y borra el llanto, lejano, de algún niño, el rumor de los visitantes, ajenos a este ritual, y hasta la respiración del pequeño grupo que rodea, que rodeamos, a Virginia y Elena. Un instante después, como en un vaivén, la tensión verbal se reduce y aparece la mirada. Ya no está perdida ni ensimismada. Ahora los ojos de Elena y Virginia buscan al espectador y cuando lo encuentran, cuando encuentran sus ojos, hay un chispazo de complicidad.

Hoy día todo se reduce a un asunto de miradas y palabras, como se puede observar. Las miradas nos resultan bastante más importantes que las palabras. Las miradas no pueden engañar” (Miradas y palabras, Louise Bourgeois).

Y todo esto que escribo, a vuelapluma, una mañana de domingo, son apenas unas pinceladas borrosas de lo que ayer tuve el privilegio de disfrutar en el Museo Picasso de Málaga. “Habla Louise Bourgeois” fue un recorrido por la exposición de esta artista para convertirla, así, en otra exposición diferente a la que ya había visto a finales de agosto. Ahora, ayer quiero decir, la obra de Louise estaba habitada por Louise gracias al hechizo (esa palabra que tanto gustaba a la artista) que tejió Isabel Hernández con la ayuda de Enrique Mellado, los promotores de esta maravillosa idea, a la que se sumó Alejandra Carazo, educadora del Museo Picasso, que añadía el dato justo, el matiz oportuno, la fecha, el material, la técnica, la intrahistoria…

 

 

Confieso que cuando me acerqué a Isabel y Enrique para felicitarlos había en mi celebración más íntima un punto de egoísmo porque resultaba inevitable pensar en el privilegio que había supuesto asistir a esa representación sabiendo que era única, que no volvería a repetirse, que nadie, más allá de las veinticinco personas que rodeábamos a Virginia y Elena, iba a disfrutar, nunca, de ese momento. Un regalo para almas inquietas. Un bálsamo, el del arte, que cura casi todas las heridas.

Virginia Nölting y Elena de Cara son las actrices que prestaron su voz a Louise Bourgeois en un delicadísimo equilibrio entre la emoción y la contención, entre lo dicho y lo sugerido, entre el silencio y la palabra. La belleza no requiere de muchos artificios.

Y todo esto ocurrió un mediodía de sábado, el primero del otoño, en Málaga.

“El arte consiste en un sacrificio de la vida misma. El artista sacrifica la vida en nombre del arte no porque así lo quiera, sino porque no puede hacer otra cosa” (Apuntes 1988, Louise Bourgeois)

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En la foto, bajo la araña protectora de Bourgeois, sonrío, feliz, junto a Isabel, Virginia, Enrique y Elena. Nada menos que ocho mujeres y un hombre (¡menuda desproporción!) se entrelazaron, de manera azarosa, para que yo, ayer, viajara desde Sevilla hasta Málaga; para que el primer sábado de otoño volviera a la exposición de Louise Bourgeois, la artista que descubrí gracias a Esther Lazo (id contando: esta es la segunda mujer… después de Louise) y su encendida descripción de lo que vio y vivió en Nueva York. Después llegó Angelines Belmonte que, como siempre, aparece en el momento oportuno y me lanza, provocadora, la invitación: dos líneas que me conectan con Isabel Hernández, directora de la Casa del Libro de Málaga y promotora de esta idea maravillosa que pone voz a la artista (¡qué poco tardamos en reconocernos!). Gracias a Teresa Cruz y su ímpetu (¿cuántas mujeres llevamos?) conozco a Lucía Vázquez, la responsable del área de Educación del Museo Picasso de Málaga que, amabilísima, me proporcionó el salvoconducto (por si el tren se retrasaba…). Y ya en las salas del museo, en el momento de las felicitaciones, se incorpora Enrique Mellado, el cómplice de Isabel Hernández en este montaje. Y aún me quedaba el placer de darles la enhorabuena a las dos actrices que, poseídas por la Bourgeois, prestaron sus manos y su voz para hacerla presente: Virginia Nölting y Elena De Cara. Lo dicho: ocho mujeres y un hombre.

 

 

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MANOS

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Son sólo unas manos que se acercan en momentos difíciles. Las pintó Louise Bourgois en 2006, cuando tenía 95 años, y forman parte de la serie titulada “10 am When You Come to Me“. A esa hora, todas las mañanas, Jerry Gorovoy recogía a Bourgois para llevarla a su estudio de NYC, y ella esperaba ese momento como el más hermoso del día. Gorovoy, que entonces tenía 51 años, era su asistente y amigo, y llevaba ayudando a la artista, fascinado por su manera de ver el mundo, desde los 21 años.

Son varios cuadros en donde las manos de Bourgois y de Gorovoy, de un rojo intenso en acuarela o gouache, se acercan, se estrechan, se rozan, se separan, se reencuentran… Es una serie que me fascina y me emociona porque expresa, de manera muy sencilla, la belleza de esos encuentros que uno no sabe muy bien cómo describir porque la palabra amistad, a pesar de su inmensidad, no comprende tantos matices ni contempla tantas posibilidades.

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El paso de las manos de Bourgeois por mi estudio fue fugaz, pero… suficiente para que se llevaran impregnado algo de este rincón (muy) personal (Foto: JMª Montero)

La tarjeta que ilustra este post la compré el domingo, 30 de agosto, en el Museo Picasso de Málaga, después de pasarme un buen rato disfrutando de la obra de Bourgois, y la coloqué en mi estudio, junto a la foto de unas manos de alguien que medita sobre una túnica (también roja); pero cinco días después, el viernes 4 de septiembre, al amanecer, retiré la tarjeta de ese rincón personal, la metí en un sobre (naranja, por supuesto) y pensé (perdón: sentí) que la tarjeta, en realidad, la había comprado para otra persona, y para ese otro día, para ese viernes “raro”; sentí que la tarjeta, en realidad, era suya, suya desde el mismo domingo…

Son sólo unas manos, rojas, en un sobre, naranja. Sin más. No necesitaron ni una dedicatoria.

Incluso en los momentos más complejos, en los más oscuros, en esos en los que se mezclan tantas emociones, en los que el ruido nos distrae, en los que dudamos, en los que buscamos un poquito de luz y de calma… en esos días, y en todos los días (en los brillantes también), siempre, siempre, hay alguna mano cerca. A veces son invisibles (y por eso Bourgois nos las recuerda) pero están ahí, cerca, muy cerca, y son las manos de alguien que nos abraza sin reloj, de alguien que nos quiere bien.

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Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”

(De mi propia vida, Oliver Sacks)

 

A finales de febrero de este mismo año, que ha sido, que está siendo, un año especialmente intenso, leí el artículo del que he elegido un párrafo para prologar esta anotación de madrugada. Un artículo en el que mi admirado Oliver Sacks anunciaba su cáncer, incurable y terminal, y se despedía de sus lectores.

El pasado domingo murió este neurólogo británico que nos mostró, como el aventurero que se interna en una selva desconocida llena de peligros y prodigios, el funcionamiento del cerebro humano. Y lo hizo con un grado de humanidad, de rigor científico, de afecto, de humor, de claridad y de humildad, con el que pocos divulgadores han sido capaces de visitar ese territorio, interpretarlo y regresar, sin perder la sonrisa, para tratar de explicarnos quiénes somos, qué somos, por qué somos, con quién somos… ¿Cuál es el extraño y verdadero vínculo entre nuestra mente y nuestro yo? ¿Qué es en realidad lo que nos anima y nos hace humanos? ¿Qué es lo que separa la cordura de la demencia?

El arte y el horror, el amor y el odio, la música y el ruido, la violencia y la poesía, la mesura y las pasiones, la memoria y el olvido… todo convive, en todos, dentro de esa masa gelatinosa, bañada en un cóctel químico del que no existen dos recetas iguales, que se pasa el día y la noche trazando planes.

En la propia infancia de Sacks convivieron esos ángeles y demonios que nos habitan a todos: frente a la libertad de explorar territorios científicos aparentemente inapropiados para un niño (las explosiones e incendios en su casa eran moneda corriente por culpa de sus experimentos) estaban los malos tratos que padeció lejos de su familia, por culpa de la guerra, y el rechazo cruel de su madre a su homosexualidad declarada. Pero todas estas circunstancias, las buenas y las malas, esas con las que todos convivimos a diario, y también las que más tarde fue descubriendo en su consulta y en los centros psiquiátricos donde trabajó, lejos de convertirlo en un hombre distante o resentido, hicieron de Sacks una persona tremendamente sensible a la diferencia, y así nos ayudó, a muchos apasionados lectores de su extensa obra, a contemplar de manera distinta, mucho más humana y compasiva, a los que hasta ese momento seguramente habríamos despachado con algún adjetivo injustamente simple como “loco”, “perturbado” o “lunático”.

En el arte es mucho más común este acercamiento a los infiernos: la casualidad quiso que el mismo día de la muerte de Oliver Sacks yo estuviera visitando, en el Museo Picasso de Málaga, la emocionante exposición de Louise Bourgeois “He estado en el infierno y he vuelto”, con la que resulta inevitable trazar ciertos paralelismos. Y ahí está otra de las virtudes de este neurólogo: el arte –sobre todo la música– estaba muy presente en su obra, no sólo en el contexto de la misma, o de su propia vida, sino en el mismo corazón de su discurso científico: el arte también nos explica, también muestra ese territorio selvático e inexplorado, también revela nuestra complejidad y nuestra fragilidad, también forma parte de nuestra identidad como especie y como individuos (visitad la exposición de Bourgeois y deteneros, unos instantes y en silencio –nada de audioguías ni de catálogos–, delante, por ejemplo, de la serie de grabados, acuarelas, dibujos a lápiz y gouache 10 am is When you Come to Me”10 am es Cuando tú Vienes a Mí–).

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Ahí están nuestras manos buscando, buscándonos, buscando al otro, a la otra. Estrechándose. Separándose. Reencontrándose. Ahí están nuestras manos explorando el abismo… (Fragmento de la serie “10 am is When you Come to Me”, Louise Bourgeois)

 

Oliver Sacks, desde las dos culturas, se asomó al abismo de la condición humana para certificar el vértigo que sentimos ante ese enigma insondable pero, al mismo tiempo, nos convenció, desde la voz de la ciencia y la luz del arte, de que en ese abismo estamos nosotros, todos nosotros y todo lo bueno que hay en nosotros. Su voz era la de la esperanza y el optimismo, y no se trataba de la mirada estéril de un romántico bienintencionado, sino la mirada, sorprendida, lúcida, apasionada y sin prejuicios, de un niño que quiere entender el mundo sin dejar de jugar, o que quiere seguir jugando para poder así entender el mundo, aunque tenga que sortear explosiones, incendios y el rechazo de los que no toleran la diferencia. En realidad, como nos gustaría hacer a (casi) todos…

“Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones”

(De mi propia vida, Oliver Sacks).

 

 

 

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