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Aunque a veces, salpicada de azul y batida por el oleaje de arena, parezca lo contrario, Doñana no es una isla…

 

En la primavera de 1987 le pedí a Miguel Delibes que escribiera un artículo para la recién nacida revista “Medio Ambiente”, un boletín muy modesto en sus orígenes en el que, sin embargo, se fueron esbozando las líneas maestras de aquella pequeña revolución ambiental que, en Andalucía, vino de la mano de la recién creada Agencia de Medio Ambiente (AMA). La revista, que puse en marcha en el invierno de 1986, era el escaparate de un organismo que resultaría decisivo  en la historia de la conservación española, y en el que tuve el privilegio de trabajar como periodista y responsable de su Unidad de Divulgación.

El artículo de mi buen amigo Miguel Delibes (Conservación de la naturaleza en la sociedad de consumo) no hizo mucha gracia en los pasillos del poder, pero se publicó (¡faltaría más!). En un momento en el que recibíamos todo tipo de críticas, y en el que plantear cualquier acción que implicara ordenar los aprovechamientos sobre un territorio natural valioso se consideraba un triunfo del ecologismo más radical, el texto de Miguel cayó como un jarro de agua fría porque, con la libertad de opinión que siempre ha sido seña de identidad de este biólogo comprometido, cuestionaba algunas de las estrategias que estaba llevando a cabo la Administración (incluso la más vanguardista, como era el caso de la AMA).

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Las ventajas de tener, en casa, una hemeroteca medio ordenada… Este es el artículo original de Miguel Delibes (Revista Medio Ambiente, Andalucía, Verano 1987).

Algunos párrafos de aquel artículo resumen, de forma simplificada pero nítida, la tesis de Delibes, esa misma que hoy traigo aquí porque, casi 30 años después, y al hilo de lo que está ocurriendo estos días en Doñana, sigue siendo pertinente e incómoda :

La naturaleza entendida como conjunto es difícil de consumir y por tanto de vender (…). Así pues, no es raro que una tala de árboles o el con frecuencia inadmisible nivel de contaminación de los ríos, o la creciente rarificación de algunas especies, apenas merezcan unos comentarios en los periódicos y unas declaraciones más o menos retóricas de los ecologistas. Pero amigo, ¿qué ocurre si esos mismos árboles se cortan en el Parque Nacional de Doñana o sus alrededores?

(…) Si los árboles (¡o los patos!) mueren en Doñana, se llenarán páginas y páginas de los periódicos, recurrirán los ecologistas a las instancias internacionales, interpelarán con más o menos gracia los políticos en el Parlamento, etc. etc. Si los árboles llegan a morir en Doñana, será la guerra. (…) ¿Extrañará a alguien que para los profanos conservar Doñana sea sinónimo de conservar la naturaleza, mientras asisten impasibles, cuando no son protagonistas, a las mayores tropelías en su entorno inmediato?

(…) Desde mi punto de vista dedicarse de verdad a conservar es una tarea compleja y con frecuencia poco brillante, pues debe tender justamente hacia la uniformidad en las medidas, controles y resultados. Hay que intentar, decía alguien, “desparquerizar” los parques y “parquerizar” el resto de la naturaleza, aunque sea difícil ponerle un nombre a esa mezcla y hacerla noticia de primera plana“.

Hace casi 30 años que Miguel escribió estos párrafos, los que ayer mismo recordé para, modestamente,  convertir sus tesis, que son las tesis de muchos otros especialistas, en “noticia de primera plana”. Cuando en La Tertulia de Canal Sur Televisión me pidieron que analizara la oportunísima campaña de WWF en defensa de Doñana, y que lo hiciera en muy pocos minutos, puse el acento en dos ideas básicas, aptas para todos los públicos, que ya latían en aquel artículo:

Doñana no es una isla. De poco sirve “blindar” con todo tipo de figuras (Parque Nacional, Parque Natural, Reserva de la Biosfera, Patrimonio de la Humanidad…) el territorio más valioso de esa comarca si su entorno inmediato no se ajusta a un modelo de desarrollo sostenible, de bajo impacto, compatible con la conservación de ese corazón verde. Lo dijo la Comisión Internacional de Expertos que en 1992 analizó la mejor manera de conservar Doñana sin sacrificar el desarrollo socioeconómico de su entorno, lo defendió en el documento que viajó hasta Bruselas para buscar financiación europea que hiciera posible esa transición. Todos estaban de acuerdo (o casi todos). Todos (o casi todos) lo han olvidado.

En la naturaleza 1+1 casi nunca suman 2. Con demasiada frecuencia esta operación da como resultado 11 o una cifra aún mayor. No podemos contemplar las amenazas que cercan Doñana (pozos ilegales, dragado del Guadalquivir, minas de Aznalcóllar, depósito subterráneo de gas…) como la suma, simple, de una serie de impactos tomados de uno en uno, sino como un auténtico torbellino de alteraciones que se multiplican, casi sin límite, al estar unas en presencia de otras. Quizá por eso algunos proyectos se fragmentan de manera sospechosa en diferentes actuaciones (más pequeñas y aparentemente inconexas) a la hora de someterlos a la obligada Evaluación de Impacto Ambiental.

Permitidme que vuelva a inspirarme en Miguel Delibes y en la que yo llamo su metáfora de la lavadora. Imaginemos que cada cierto tiempo retiramos la lavadora que todos tenemos en casa para limpiar la suciedad que se acumula bajo este electrodoméstico. Encontraremos pelusas, restos de vasos rotos, alguna porción de comida momificada y también una tuerca, o un tornillo, o una pequeña arandela. Como no sabemos de dónde salió esa pieza (aunque suponemos que es de la lavadora) sencillamente la tiramos a la basura, con la tranquilidad de conciencia que da saber (o más bien creer) que la lavadora sigue funcionando sin fallos aparentes. Cada cierto tiempo repetimos la operación de limpieza y vuelven a aparecer otras piezas que juzgamos intrascendentes, piezas que también van a la basura, hasta que un día la lavadora deja de funcionar, así, de pronto, sin avisar… Bueno, en realidad nos estaba avisando de la catástrofe, pieza a pieza, pero no le hicimos caso. ¿Cuál fue la pieza decisiva que precipitó la muerte de la lavadora? Todas y ninguna en particular. ¿Qué hacemos para que vuelva a funcionar la lavadora? ¿Alguien sabe cómo se colocan esas piezas, dónde estaban situadas? Pero, lo que es más grave aún, ¿alguien conserva esas piezas, sabe dónde las venden (si es que las venden) o tiene a mano una lavadora exactamente igual para comprobar en dónde está el corazón del problema y su correcta solución?

El corazón del problema no es otro que la desidia, la inconsciencia y, sobre todo, la soberbia de pensar que seremos capaces de sustituir o prescindir de lo insustituible e imprescindible.

PD: Ayer traté de explicarme en el primer informativo de la mañana (Buenos Días) de Canal Sur Televisión.  Hablé del QUIÉN, de la ESCALA, de los VÍNCULOS y de las SUMAS. Son cuatro ideas, sencillas, muy claras, pero sobre las que hay que insistir, e insistir, e insistir…

PD: Los que hayan tenido la paciencia de ver la entrevista hasta el final habrán comprobado que hubo tiempo, incluso, para un zasca. A mi no me gustan los zascas, advierto, porque prefiero el debate sosegado, pero hay tesis, arcaicas e insostenibles, que sólo admiten una réplica contundente, rápida e incuestionable. No, la naturaleza nunca es un castigo, más bien ocurre todo lo contrario: nosotros sí que somos un castigo para la naturaleza.

 

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La desembocadura del Guadalquivir en el siglo XVI

“Es un hecho demostrado por la experiencia de los siglos que todo terreno pantanoso es perjudicial para la salud (…) haciéndose extender su perniciosa influencia no solamente a los habitantes de la comarca que arrastran una vida miserable, sucumbiendo algunos de un modo casi fulminante bajo el influjo de las llamadas fiebres pútridas“. El párrafo, tomado literalmente del proyecto de desecación del Lago Almonte (lo que hoy son las marismas de Almonte e Hinojos, en la provincia de Huelva), redactado en 1866, resume a la perfección el valor que se le daba a las zonas húmedas andaluzas a finales del siglo XIX. Se llegó incluso a incentivar la destrucción de los humedales mediante disposiciones como la ley de desecación y saneamiento de lagunas, marismas y terrenos pantanosos de 1918, a cuyo amparo desaparecieron y se privatizaron infinidad de pequeñas lagunas temporales.

De esta manera la mano del hombre inicia la transformación, a gran escala, de las primitivas marismas del Guadalquivir, que en su día llegaron a ocupar más de 200.000 hectáreas. Tierras que, en su estadio más primitivo, estaban surcadas por los cinco brazos del Guadalquivir y el Guadiamar (Canal Principal, Caño Guadiamar, Caño Travieso, Brazo de la Torre y Brazo del Este), cauces que dibujaban un intrincado paisaje de islas y lucios. Aunque pudiera pensarse que este paraíso, y sus peculiares características, se remonta al origen de los tiempos, la Doñana de la que existen referencias históricas y que, más o menos alterada, es la que hoy conocemos, nace de un proceso natural en el que confluyen la acción eólica, marina y fluvial, y que se desarrolla hace apenas dos mil años.

En el siglo IV Avieno señala en su Ora Maritima que el río Tartessos desemboca en el golfo Tartesico, una gran laguna de influencia marina que alcanzaría hasta lo que hoy es La Puebla del Río (Sevilla). Las arenas y otros materiales procedentes de los ríos Tinto, Odiel, Piedras y Guadiana, se van depositando en la boca de esta suerte de inmensa albufera, formando una barra litoral que, finalmente, cierra el estuario, haciendo que en su vaso se depositen los sedimentos que arrastran los diferentes cauces que allí desembocan, sedimentos que, finalmente, constituyen el soporte de las marismas.

Aunque en aquellos remotos tiempos estos humedales no se sometieran a actividades de gran impacto, no por ello estaban libres de la presencia humana, si bien esta no causaba grandes alteraciones. Además de la caza, legal o furtiva, la marisma ofrecía buenos pastos para el ganado y daba cobijo a un sinfín de humildes aprovechamientos tradicionales, como el carboneo, la recolección de piñas o la apicultura. Las huellas de aquellos primitivos colonos, que hasta bien entrada la década de los 60 del pasado siglo modelaron la marisma sin destruirla, aún están presentes en poblados como el de La Plancha, junto a la desembocadura del Guadalquivir, donde se mantienen en pie algunos de los cuarenta chozos (que aquí llaman “ranchos”) donde habitaban las familias dedicadas a la recogida de leña o la fabricación de carbón, recursos que procuraba el cercano pinar.

No existía, pues, amenaza alguna en este tipo de actividades, aunque su rendimiento económico fuera escaso. Los problemas habrían de venir de otro tipo de aprovechamientos mucho más ambiciosos y, sin duda, capaces de alterar profundamente estos territorios y sus señas de identidad.
Ya a mediados del siglo XX, controlado el paludismo y otras enfermedades propias de los humedales, la destrucción de estos espacios se intensificó y no precisamente por motivos de salud pública. Ahora eran víctimas de un desarrollismo brutal, ávido de nuevas zonas aprovechables para la agricultura y la ganadería. Las marismas de la margen izquierda del Guadalquivir, en los dominios de Lebrija, Trebujena y Los Palacios, terminarían por desaparecer, convertidas en tierras de cultivo, y las de la margen derecha se enfrentaban a un futuro poco halagüeño.

A este proceso, que parecía imparable, habría de plantar cara una nueva generación de biólogos, a los que alguien bautizó como “científicos de alpargata y bicicleta” para diferenciarlos de aquellos otros, más numerosos, que por aquellos años se limitaban a escribir sesudos tratados sin pisar apenas el campo. Una historia en la que resultó decisiva la figura de José Antonio Valverde. Pero esa es ya otra historia…

 

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Arrozales y arañas

A primera hora de la mañana el rocío adornaba las telas de araña que cubrían el arrozal (Foto: JMª Montero)

Esta mañana hemos recorrido los arrozales del Bajo Guadalquivir preparando las próximas entregas de “Tierra y Mar” y“Espacio Protegido” (Canal Sur Televisión). Nos hemos manchado de barro y nos hemos dejado picar por los últimos mosquitos de la temporada para poder explicar, a pie de cultivo, cómo es posible que estas extensas llanuras cerealistas convivan, casi en armonía, con uno de los espacios naturales más valiosos de Europa. De hecho, Doñana ya no puede entenderse sin la existencia de los arrozales, que se han convertido en una valiosa despensa cuando el alimento escasea en el interior del territorio protegido.

El papel ecológico del arrozal nunca puede suplantar a lo que sería una marisma natural no transformada, pero, dicho esto, no cabe duda de que este es el mejor cultivo que puede existir en el entorno de Doñana, porque es el más parecido a los terrenos originales de esta zona.

Los arrozales son una despensa natural a la que acuden las aves en dos momentos especialmente delicados. A finales de la primavera y comienzos del verano, cuando en la marisma comienza a escasear el agua, las tablas de arroz están inundadas por lo que se convierten en una zona de refugio indispensable para asegurar el ciclo reproductivo de numerosas especies.  También en otoño, después de la cosecha, estos campos son frecuentados por las aves migratorias e invernantes, como los numerosos gansos que recalan desde el norte de Europa.

En la zona del Brazo del Este han llegado a censarse más de 230 especies de aves, debido a la interesante configuración del paisaje, compuesto por campos de arroz parcheados con áreas no transformadas; y en la extensa finca de Veta la Palma, se han registrado algunos inviernos concentraciones de hasta 300.000 aves.

Los terrenos de Veta la Palma, aunque sea de forma accidental, albergan elementos que el parque nacional, convertido en una especie de isla, no tiene o ha ido perdiendo con el paso de los años, con lo que actúa como un colchón amortiguador de los defectos de Doñana. Cuando las aves concluyen la reproducción y abandonan los territorios protegidos se distribuyen por zonas como Veta la Palma, de tal manera que si no existieran estas áreas periféricas seguramente habría especies que ni siquiera criarían.

Algunos especialistas están convencidos de que a esta concentración de fauna no se le está sacando el suficiente rendimiento económico a través de iniciativas turísticas. De forma comunal los titulares de estas fincas podrían aprovechar la riqueza inusual que supone tener tal variedad de aves durante largas temporadas a disposición de los visitantes que quieran conocerlas, y que podrían pagar por esas visitas igual que pagan por entrar en los terrenos del parque nacional.

El arrozal, defienden no pocos conservacionistas, es un cultivo perfectamente compatible con el espacio natural de Doñana siempre que se someta a los criterios de la producción integrada, reduzca su dependencia de los productos químicos, no emplee aguas subterráneas para su mantenimiento o reclame infraestructuras claramente insostenibles.

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Doñana a la derecha y Sanlúcar de Barrameda a la izquierda, así se despide el Guadalquivir antes de fundirse con el Atlántico.

La crisis actúa como un perverso túnel del tiempo que nos devuelve ideas caducas, escenarios casposos y debates que creíamos definitivamente resueltos.  ¿Es posible que a estas alturas regrese la cantinela aquella de “conservación o desarrollo”? ¿Todavía hay quién, sin ruborizarse, se atreve a defender que la conservación del medio ambiente hipoteca nuestro desarrollo económico? ¿Hay ciudadanos que, quizá confundidos por la desesperación, están dispuestos a creer que el empleo se multiplica relajando algunas cautelas ambientales “exageradas”?

Ayer volvió a resucitar la plataforma que, hace diez años, se constituyó en Sevilla para reclamar el dragado del Guadalquivir, aumentando así el calado del canal navegable y permitiendo la entrada hasta la capital de buques de gran tonelaje.

El proyecto fue rechazado por el comité científico encargado de analizar su impacto en el estuario del Guadalquivir al considerar, entre otros argumentos demoledores, que es “incompatible con la conservación del estuario” y que los perjuicios que ocasionaría “son mayores que el supuesto beneficio económico”.

Pero, ¿por qué le otorgamos tanto valor al Guadalquivir en su tramo final, en ese estuario que algunos consideran una simple autovía fluvial y otros un paraíso de la biodiversidad?

El estuario del Guadalquivir abarca unos 10.000 kilómetros cuadrados de extensión, y comprende el cauce principal del río desde Alcalá del Río (Sevilla) hasta la desembocadura, tramo que mide unos 115 kilómetros. La riqueza en nutrientes de esta zona húmeda se explica, en parte, por la mezcla de agua dulce y salada, motivo por el que numerosas especies marinas acuden a ella a desovar, haciendo del estuario un elemento indispensable para la recarga de los caladeros del golfo de Cádiz. Asociados a esta arteria principal se encuentran los “brazos”, antiguos cauces que han dejado aislados una serie de territorios conocidos como “islas”. En la margen derecha, el brazo de la Torre traza los límites de la Isla Mayor y el brazo de los Jerónimos los de la Isla Mínima. En la margen izquierda es el brazo del Este el que dibuja los contornos de la Isla Menor.

Este es un territorio  humanizada desde tiempos remotos,  sometido a numerosas intervenciones que la han ido moldeando. Las referencias que se  tienen del cauce en la Alta Edad Media permiten describir cómo funcionaba todo este sistema cuando aún no había sufrido alteraciones de importancia. Entonces el Guadalquivir se abría, en su curso bajo, en tres grandes brazos que penetraban en las marismas, y en los que desembocaban multitud de canales mareales que drenaban de forma natural estas extensas llanuras inundables. El agua dulce, cargada con los nutrientes que habían viajado desde las zonas altas del cauce, se mezclaba, de forma heterogénea, con la salada procedente del mar, creando así multitud de ambientes. Como explica Carlos Fernández-Delgado, catedrático de la Universidad de Córdoba y especialista en peces de aguas continentales, “la biodiversidad acuática en aquella época debió ser  extraordinaria, pues en el estuario confluían especies propias de aguas dulces, aguas salobres y aguas saladas”.

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¿Merece la pena convertir el Guadalquivir en una autovía fluvial? ¿Cuánto ganamos? ¿Cuánto perdemos?

Con el paso de los años tanto el estuario como su entorno comenzaron a sufrir serias transformaciones. El cauce se fue adaptando a las condiciones que imponía el tráfico de buques, las explotaciones agrícolas se extendieron en buena parte de las marismas y a lo largo de la cuenca del Guadalquivir aparecieron pantanos, vertidos y problemas de deforestación.

Ya en 1795 se procedió a ejecutar la primera corta, denominada “Merlina”, para restar unos diez kilómetros a la distancia de navegación que existía entre Sanlúcar de Barrameda y Sevilla. Desde entonces y hasta 1992, cuando se ejecutó la última de estas obras, se han llevado cabo un total de siete cortas, de manera que los 127 kilómetros que originalmente tenían que recorrer los buques han quedado reducidos a medio centenar.

“Estas modificaciones”, explica Fernández-Delgado, “han hecho del antiguo Guadalquivir un cauce casi rectilíneo, alterando la dinámica fluvial, por lo que ahora las mareas dejan sentir sus efectos de una manera mucho más potente que antaño”. Poco se sabe, admite este biólogo, de las repercusiones que ha causado el dragado periódico del canal de navegación, actuación que todos los años supone la retirada de un volumen de fangos de entre 100.000 y 200.000 metros cúbicos.

Pero la gran transformación de los ecosistemas marismeños se produce a partir de los años 30. En la actualidad, y dentro de los límites del Parque Nacional de Doñana, solo unas 27.000 hectáreas de terreno conservan sus características naturales, lo que apenas representa un 12 % de las marismas originales.

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Los sedimentos que arrastra el río, cuando el caudal lo permite, fertilizan los caladeros del Golfo de Cádiz.

La construcción de más de 40 embalses en diferentes puntos de la cuenca, con una capacidad global cercana a los 8.000 hectómetros cúbicos, ha originado una progresiva disminución del volumen de agua dulce que llega al estuario. La intrusión marina es, por tanto, mayor, y los nutrientes, vitales para el desarrollo de las comunidades de fauna que viven en el tramo final del río, son cada vez menores al quedar retenidos en las cubetas de los embalses. Si hasta ahora esta disminución de la fertilización natural no parece haber causado un empobrecimiento de la diversidad biológica es porque, posiblemente, haya sido sustituida por los vertidos orgánicos sin depurar procedentes de algunos municipios.

A todos estos problemas hay que sumar la progresiva pérdida de la vegetación que cubría las riberas de todos los ríos y arroyos que desembocan en el estuario, lo que ha dado lugar a importantes pérdidas de suelo, fenómeno que está causando una acelerada colmatación de las marismas. En el caso del cauce principal, el tráfico de buques, unido a la escasa cobertura vegetal que existe en algunos tramos de las orillas, origina graves problemas de erosión.

Si se suman todos estos factores, advierten los especialistas, no es difícil imaginar la delicada situación en la que se encuentra el estuario del Guadalquivir, y lo incierto que se presenta su futuro. No se trata solo de salvaguardar los valores naturales de este espacio, sino también su importancia en el mantenimiento de actividades económicas como la agricultura o la pesca. En el tramo final del río se han censado 55 especies de peces, 49 de crustáceos, 22 de insectos acuáticos y 8 de invertebrados, y, además, constituye la principal zona de cría y engorde para unas 20 especies marinas que son explotadas comercialmente por la flota que faena en el Golfo de Cádiz.

No es de extrañar, por tanto, que el proyecto para mejorar la navegabilidad del río haya sido cuestionado desde diferentes instancias científicas y conservacionistas. En realidad no se trata de “conservación o desarrollo”, sino, más bien, de “pan para hoy y hambre para mañana”. Y en algunas cuestiones, como estamos sufriendo ahora, el pan duró bien poco y el hambre ya está aquí…

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Coto Doñana Expedition 1957. José Antonio Valverde es el segundo por la izquierda en la segunda fila.

No he podido resistir la tentación de sumar una nueva entrada a propósito de Tono Valverde porque ayer, cuando en la primera aseguré que atesoraba sabrosas anécdotas, se me vino a la memoria una de las más divertidas que, además, refleja muy bien el carácter impredecible de Tono.

A propósito del 25 aniversario del Parque Nacional de Doñana, y sabiendo de mi amistad con Valverde, el diario El País me pidió una entrevista con el profesor, para que éste relatara, en primerísima persona, las peripecias que llevaron a la creación de este espacio protegido. Querían un texto alejado de consideraciones científicas y pegado, sobre todo, a la parte más costumbrista de aquella aventura. Querían saber cómo se las ingenió Tono, en pleno franquismo, para organizar la operación diplomática que evitó la desaparición de las marismas del Guadalquivir.

Dicho y hecho. Fueron, como siempre, unas cuantas tardes en su casa, él con la pierna apoyada en la mesa desgranando recuerdos, y yo escuchando embelesado. Grabé alrededor de 8 horas de conversación para terminar escribiendo una sola página, y Tono, sospecho que para compensarme por el exceso verbal al que me había sometido, me regaló Los duelistas , de Joseph Conrad, en edición de bolsillo.

Cuando terminé de escribir el texto que me habían encargado pensé en aliviarlo con un suelto, un  recuadro al margen que sirviera para situar a Tono Valverde, que ayudara a entender su irrepetible personalidad. La SEO acababa de publicar un texto conmemorativo de los 25 años de Doñana y en él encontré una frase de Francisco Bernis que me venía como anillo al dedo: “naturalista de alpargata y bicicleta”. Así describía Bernis a su amigo Valverde, y así titulé el recuadro, explicando, por supuesto, de dónde venía tan curiosa descripción.

Cuando el 16 de octubre de 1994 se publicó mi texto en El País recibí, a primera hora de la mañana, una llamada de Tono. Conociéndolo, como ya lo conocía, antes de agarrar el teléfono respiré hondo, porque podía ser una efusiva felicitación o una furibunda crítica. Y en esta ocasión se trataba de… una monumental bronca. A Tono lo de la alpargata no le había gustado un pelo.

¡¡¡ ¿Quién te ha dicho que yo llevaba alpargatas? ¡!!”, vociferaba indignado.  “Pero si es una frase cariñosa de tu amigo Bernis”, me defendí. Y entonces empezó a arremeter contra Bernis: “!!! ¿Cómo se atreve Bernis a decir que yo llevaba alpargatas? ¡!!! ¡¡¡ Yo no he llevado alpargatas en mi vida!!!!”. No había manera de rebajar su indignación. Traté de calmarlo argumentando que aquella frase lo “humanizaba”, lo convertía en un científico “cercano”, “pegado a la tierra”. Y fue entonces cuando me llamó por mi apellido (recurso que usaba cuando el asunto era realmente serio) y dio por zanjada la discusión con un argumento irrebatible: “Montero, de Margalef nunca se ha dicho que llevara alpargatas, y yo merezco, como mínimo, el mismo respeto que Margalef”. Y colgó.

Esta es la página de las alpargatas, la entrevista que casi me cuesta un disgusto con mi amigo Tono…

25 aniversario del Parque Nacional

MEMORIAS DE DOÑANA

El descubrimiento de las marismas del Guadalquivir en los recuerdos de José Antonio Valverde

– José María Montero –

Desde la lejana Valladolid, y a comienzos de los años 50, Doñana, las marismas del Guadalquivir, debían antojársele a José Antonio Valverde como un idílico edén, plagado de aves y otros animales, y apenas explorado por la ciencia. Los relatos de ornitólogos ingleses como Saunders o Lilford, que a finales del siglo XIX se aventuraron en estos extensos territorios, eran una escasa aunque sugestiva referencia de lo que estas zonas húmedas reservaban a los naturalistas que se decidieran a visitarlas.

Valverde, joven apasionado por la ornitología, autodidacta formado en los páramos y lagunas vallisoletanas y en la biblioteca municipal de su ciudad natal, había encontrando en Francisco Bernis, por aquellos años catedrático de ciencias naturales en un instituto de Lugo y pionero en el estudio de las aves, al maestro que resolvía sus múltiples dudas. De la intensa relación epistolar que mantuvieron durante algunos años nació una sólida amistad, así es que cuando Bernis recibió ayuda de una fundación gallega para visitar Doñana no dudó en pedir a Valverde que lo acompañara.

Jose Antonio ValverdeCorría el año 1952 cuando José Antonio Valverde pisaba por primera vez Doñana, “un rincón absolutamente perdido” como recuerda hoy. “Solamente”, continua, “existía carretera hasta Almonte, y a partir de ahí era necesario adentrarse por caminos de arena, que una vez al año recorría una procesión ridículamente pequeña, la del Rocío”.

Doñana, las marismas del Guadalquivir, eran entonces un conglomerado de grandes fincas vinculadas a cazadores de Jerez. Visitar lo que más tarde sería la Reserva Biológica, germen a su vez del Parque Nacional, exigía viajar hasta Sanlúcar de Barrameda, cruzar el Guadalquivir y recorrer en mula unos cuantos kilómetros hasta alcanzar el Palacio, una vieja construcción del siglo XVII, obra de los duques de Medina Sidonia, y base de operaciones de los propietarios del coto. Uno de ellos, Mauricio González, bodeguero jerezano y aficionado a la ornitología, sería el anfitrión de Bernis y Valverde (con los que más tarde fundaría la Sociedad Española de Ornitología, SEO, que celebra este año su 40 aniversario).

La riqueza faunística del coto deslumbra a los dos naturalistas que, a partir de ese año, 1952, deciden visitar Doñana todas las primaveras, comenzando a anillar aves a partir de 1953, gracias al instrumental que les facilita la Sociedad de Ciencias Aranzadi, de San Sebastián. Para Valverde “ésta fue la  primera actividad científica regular que se desarrolló en Doñana”, en condiciones ciertamente difíciles: “Nos alojábamos en el Palacio e íbamos andando hasta la Algaida, en donde se encontraba la colonia de garzas. Mauricio González se hacía cargo de la manutención, enviándonos una mula, a la que bautizamos la pelegrina, cargada de unos potajes sensacionales, y dejándonos la llave de su armario de botellas para que no nos faltara un buen fino o un oloroso”.

De vez en cuando no había más remedio que encaminarse a la aldea de El Rocío o al lejano Almonte para hacerse con provisiones. Un viaje largo y costoso como ilustra una de las anécdotas que vivió Valverde en alguno de estos retiros primaverales: “En cierta ocasión una de mis hermanas me escribió una carta en la que me pedía que le enviara 300 pesetas. La carta llegó a Almonte y desde allí un vecino a caballo me la trajo hasta Palacio. Empleó una jornada completa y me cobró por el servicio 500 pesetas, que era el precio de jinete y caballería”.

A pesar de que las comunicaciones no eran fáciles, la nutrida colonia de aves era visitada sistemáticamente por los almonteños para expoliar los nidos, haciéndose con centenares de huevos de garza y crías de martinete, recursos alimenticios nada desdeñables en un medio en donde éstos escaseaban. Coleccionistas privados y expediciones de museos de todo el continente habían causado verdaderos estragos entre 1870 y 1900, y aún seguían apareciendo por la zona con cierta frecuencia.

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De derecha a izquierda: Francisco Bernis, Mauricio González y Tono Valverde.

Aconsejado por Bernis y Valverde, Mauricio González decide contratar a un guarda que durante el verano impida las visitas a la colonia. Menegildo, que así se llamaba, personificó, en opinión de Valverde, “la primera actividad de conservación científica que se llevaba a cabo en España. Nunca hasta entonces se había pagado a un guarda para que protegiera a unas especies, tan sólo por su interés científico”.

Los estudios sobre los ecosistemas marismeños le valieron a José Antonio Valverde una beca de la Universidad de Toulouse, con la que a mediados de los años 50 viaja al Instituto Biológico de la Tour du Valet, en la camarga francesa. Lucas Hoffmann, propietario de la multinacional farmacéutica Roche, es el mecenas de este centro de investigación, y años más tarde habría de convertirse en uno de los personajes clave en la campaña internacional para preservar Doñana.

Pero aún habrían de entrar en escena personajes no menos importantes que Hoffmann. En 1957 una expedición inglesa visita Doñana, y Valverde hace las veces de guía. Entre otros recorren la marisma Julian Huxley, más tarde primer director de la UNESCO, Lord Alambrooke, general jefe del Alto Estado Mayor inglés durante la II Guerra Mundial, y Max Nicholson, responsable de los convoyes de aprovisionamiento durante la contienda y reciente fundador de la Nature Conservancy, una sociedad naturalista que acabaría convirtiéndose, por obra y gracia de Doñana, en el Fondo Mundial para la Conservación de la Naturaleza (WWF).

La chispa que habría de desatar la compleja operación que acabaría en 1969 con la declaración de Doñana como Parque Nacional salta en Almería. Allí se encuentra Valverde desde 1957,  ocupando eventualmente una plaza de colaborador científico en un instituto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y allí recibe la visita del propietario de una de las grandes fincas de la marisma, “aterrado porque el Ministerio de Agricultura pretendía desecar y poner en cultivo todas estas zonas húmedas”.

La amenaza no era nueva, proyectos para introducir ganado cabrío, instalar un campo de maniobras militares, plantar caucho o repoblar con eucaliptos se habían barajado en más de una ocasión. Valverde no se lo piensa: “Sabía lo que tenía que hacer. Decidí que había que intentar comprar la finca que a mi entender era más valiosa y estaba más amenazada, Las Nuevas, y cuyo coste yo calculaba en unos 8 millones de pesetas”.

Después de pedir permiso al CSIC para llevar a cabo la operación, Valverde se dirige a ornitólogos y naturalistas de toda Europa solicitándoles ayuda económica. Hoffmann aporta las primeras 500.000 pesetas y una lista de posibles donantes a los que dirigirse, pero mientras las adhesiones se multiplican por todo el continente el dinero llega con cuentagotas. Nicholson, “un judío especialmente dotado para este tipo de empresas”, decide finalmente crear un organismo específicamente dedicado a recaudar fondos y así nace el WWF en 1961, cuya presidencia ocupa el príncipe Bernardo de Holanda.

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Tono Valverde y Félix Rodríguez de la Fuente, en Doñana.

En 1963, el WWF ha reunido 21 millones de pesetas (la finca terminó siendo valorada en 24 millones), pero una sustanciosa oferta de Leo Biaggi, conocido como el rey del azúcar, hace que Las Nuevas vayan a parar a manos de este cazador italiano. Valverde se ve obligado a cambiar de frente y decide adquirir entonces parte del coto de Doñana. A estas alturas de la operación, el príncipe Bernardo de Holanda negocia directamente con el Caudillo y logra que el Estado español se interese por el proyecto y aporte otros 16 millones de pesetas. Valverde considera que todo este revuelo de personalidades e instituciones extranjeras “le vino bien al régimen franquista, deseoso de romper por algún sitio el aislamiento que sufría”.

Los 37 millones que finalmente se han conseguido sirven para comprar las primeras 6.700 hectáreas del coto, cedidas al CSIC para la instalación de una Reserva Biológica que pasa a dirigir Valverde.

La ofensiva de los naturalistas de toda Europa, agrupados en torno al WWF y la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), no cesa hasta que agosto de 1969 el Consejo de Ministros aprueba la creación del Parque Nacional de Doñana, con una extensión inicial de 35.000 hectáreas. El Decreto aparece fechado el 16 de octubre, hace justamente 25 años, y Valverde ocupa también la dirección del nuevo espacio protegido.

A partir de entonces, Doñana entra en el intrincado mundo de la política y la burocracia, librándose otras batallas para lograr la ampliación de sus límites o impedir la construcción de una carretera que, recorriendo su franja litoral, uniría Huelva y Cádiz. Aunque José Antonio Valverde se queja amargamente de que “hoy Doñana esté en manos de los políticos”, se siente orgulloso de haber capitaneado una de las mayores campañas mundiales en defensa de un espacio natural: “Toda una generación de investigadores españoles han nacido al calor de Doñana, siguiendo mi escuela ecológica, y, lo que es más importante, todavía cuando contemplo la marisma pienso que si no hubiera actuado ahora estaría seca”.

NATURALISTA DE ALPARGATA

José Antonio Valverde pertenece a esa clase de naturalistas que su amigo Bernis bautizó en cierta ocasión como “de alpargata y bicicleta”, para diferenciarlos de aquellos otros que escribían sesudos tratados, sin pisar apenas el campo, o “banales catálogos de salón”.

Nació un 21 de marzo de 1926 en Valladolid, y ya en su juventud se aficionó por el estudio de las aves que poblaban las tierras castellanas. Con 26 años acompañó a Bernis en su primera visita a Doñana, y tres años después, aún sin haber finalizado sus estudios de Biología, viajó por Marruecos y el Sahara español. “Nadie antes había metido la nariz ecológica en el desierto”, afirma, y lo cierto es que su estudio sobre las aves de estos territorios africanos tuvo una sorprendente repercusión en la comunidad científica europea.

Aún le quedó tiempo, en 1958, para describir un reptil desconocido hasta la fecha. La Algyroides marchi, o lagartija de Valverde, es un endemismo que sólo es posible encontrar en las sierra de Cazorla y Segura (Jaén), y en la de Alcaraz (Albacete).

Fue becario en Francia e Inglaterra, “experiencias que más tarde serían fundamentales para organizar el modelo de la Estación Biológica de Doñana”, y en 1971 fundó el Centro de Rescate de la Fauna Sahariana, en la Alcazaba de Almería, bajo la tutela del Instituto de Aclimatación del CSIC.

Fundador y presidente de la Sociedad Española de Ornitología, ha sido miembro de la Comisión de Ecología y del Comité Directivo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, del Comité de Conservación del Programa Biológico Internacional, de la Junta Rectora de ADENA y asesor ecológico de la Presidencia y de la División de Ciencias del CSIC. Condecorado en España y otros países europeos, Valverde es, desde 1987, hijo predilecto de Andalucía.

Entrevista publicada en el diario El País el 16 de octubre de 1994

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