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Posts Tagged ‘Martin Luther King’

 

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Debajo de una encina, en el corazón de Sierra Morena, no se puede leer cualquier cosa…

 

El objetivo de la escuela [Shantiniketan] no eran solamente los conocimientos, sino la búsqueda de la sabiduría que surge cuando los niños experimentan la naturaleza. Por esto Tagore insistía en dar las clases bajo los árboles. Cuentan que solía decirles a sus alumnos que tenían dos maestros: <Yo soy vuestro maestro humano, pero estos árboles también son vuestros maestros; aprended la lección de ser de estos árboles>”.

(Tierra, Alma, Sociedad / Satish Kumar)

 A la sombra de una encina no debe leerse cualquier cosa. Conviene no derrochar ese regalo de la naturaleza para aburrirse con el esteril debate político de este verano, de este año, de siempre… Con el discurso prescindible de algún gurú de última hora o con la poesía roma de uno de esos vates bendecidos por la progresía oficial.

Este verano, a la sombra de una encina, estuve saboreando, sin prisa, el último libro de Satish Kumar (“Tierra, Alma, Sociedad. Una nueva trinidad para nuestro tiempo”), uno de los filósofos contemporáneos menos conocidos y más certeros. Kumar es fundador y director del Schumacher College, editor de la revista Resurgence & Ecologist  y autor de numerosos libros (“Tu eres luego yo soy”, “El Buda y el terrorista”, “¿Turista o peregrino?”), pero, sobre todo, este hindú que ha cumplido ya los 80 años es un pensador que transmite sus reflexiones desde la experiencia propia y desde la bondad, dos condiciones cada vez menos frecuentes (y más necesarias).

Satish Kumar es uno de los últimos representantes de un grupo excepcional de líderes espirituales decisivos en la historia, en la historia menos oscura, del siglo XX (no confundir espiritualidad con religión, por favor). Inspirado por Gandhi peregrinó durante cuatro años por todo el planeta, a pie y sin pertenencia alguna, divulgando los valores del pacifismo en plena Guerra Fría. Conoció y compartió los ideales y proyectos de Martin Luther King (quien solicitó para Kumar el Premio Nobel de la Paz), Bertrand Rusell y E.F. Schumacher. En la actualidad sigue trabajando en numerosas iniciativas que buscan fomentar una visión holística de la existencia a través del arte, la poesía, la política, la economía, la ecología y la ética.

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El destino me regaló la oportunidad de conocer a uno de los pensadores que más me han inspirado. Un sencillo paseo por el Retiro nos sirvió, aquella mañana de mayo, para celebrar el encuentro… y la vida.

El discurso de Kumar es sencillo pero tremendamente peligroso para el establishment (el de derechas, el de izquierdas, el de centro… el establishment). Baste citar este párrafo de su último libro, donde manifiesta la notoria influencia de Schumacher en su pensamiento y en sus acciones, para descubrir, para descubrirnos, en la trampa que nos tiende el orden, casi cualquier clase de orden:

En las organizaciones grandes las personas quieren orden, pero ese orden a menudo es estático e inerte, y a los individuos dentro de esas organizaciones les suele faltar sentido de la aventura y valentía para asumir riesgos. Schumacher creía que la organización ideal es aquella en la que <existe mucho espacio y la posibilidad de romper con el orden establecido para hacer las cosas que nunca se han hecho antes, que nunca han sido previstas por los guardianes del orden>. Schumacher valoraba la creatividad que actuaba como estímulo para lograr <resultados imprevistos e imprevisibles>.

Schumacher vio que <el peligro concreto inherente a las organizaciones de grandes dimensiones era su natural tendencia a favorecer el orden a expensas de la libertad creativa […]. El orden requiere inteligencia y lleva a la eficiencia; en cambio, la libertad necesita y abre la puerta a la intuición, y lleva a la innovación sin la magnanimidad del desorden que se aventura en lo desconocido e incalculable, sin riesgo y apuestas, la imaginación creativa irrumpe allí donde los ángeles de la burocracia no osan adentrarse; sin esto, la vida es una farsa y una desgracia>”.

(Tierra, Alma, Sociedad / Satish Kumar)

 Cuando miro a mi alrededor, con la ventaja de trabajar en un área del conocimiento en la que abundan los discursos que defienden la sostenibilidad y cuestionan un modelo obsoleto y peligroso de desarrollo, me cuesta trabajo encontrar líderes de opinión que, más allá de estas obviedades que el propio sistema se ha encargado de fagocitar, ofrezcan verdaderas alternativas a contracorriente, ideas frescas que atraigan a los más jóvenes, tesis revolucionarias en las que no haya sed de venganza, modelos integradores que no descuiden la paz ni la felicidad.

El panorama en ese sector de la sociedad que debería liderar el cambio hacia la supervivencia (porque ya no hablamos de vivir mejor o peor, sino de vivir, de sobrevivir, porque el abismo está cada vez más cerca), el panorama es… desolador. Por un lado están los guardianes de las esencias, la vieja intelligentsia alejada de los jóvenes y ensimismada en sus discursos de siempre, discursos retóricos que suenan bien pero que caducaron hace décadas y ya no llevan a ninguna parte. Y en el otro extremo los nuevos revolucionarios, los que reparten certificados de pureza, los que están dispuestos a cambiar todo si antes les dejamos dinamitar todo, si antes les permitimos triturar a los adversarios para despejar el camino. Unos son aburridos, otros peligrosos. Ninguno contempla la bondad como un elemento nuclear de cualquier acción, ni la felicidad como el objetivo último de cualquier estrategia vital. Ambos descuidan la paz porque se pasan el día defendiéndose de sus adversarios, garrote en mano. Sí, es una burda simplificación, y entre unos y otros habita un grupo notable de personas valiosas, pero con esta simplificación convivo a diario en demasiados escenarios (reales y virtuales). Y es agotador y, sobre todo estéril.

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Un selfie antes de entrar en el Reina Sofía. Es difícil no sonreir cuando estás en compañía de este joven de 80 años…

El pasado mes de mayo tuve ocasión de conocer a Satish Kumar. Paseamos por el Retiro, desayunamos con unos amigos y visitamos juntos el Guernica antes de que dictara una conferencia en el abarrotado salón de actos de La Casa Encendida (motivo por el que viajó a Madrid). A pesar de mi inglés catastrófico pude conversar con Satish; reirme, reirnos, con esa manera de celebrar la vida a la que te invita a cada momento y con cualquier motivo. Compartimos, de forma sencilla, una manera de mirar el mundo serena, alejada del ruido y los ruidosos (!cuánto nos distraen¡), pero comprometida y firme. Merece la pena escucharle, leer sus libros y estar atento a la manera en que se involucra en todos los grandes debates de la humanidad, desde el cambio climático hasta la crisis de la educación o los nuevos modelos agrícolas.

Es cualquier cosa menos dogmático. No vende soluciones mágicas ni modelos infalibles. No dinamita nada con la excusa de construir algo mejor. Sencillamente nos inspira para buscar, de la manera más razonable y equitativa, la felicidad y la paz.

 

 

 

 

 

 

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“El hombre retrocede del mono”, aseguraba El Roto, con su sencilla lucidez, el pasado lunes. Y uno no puede estar más de acuerdo con esta peculiar interpretación del darwinismo, sobre todo a la vista de ciertos comportamientos atávicos que nos colocan muy por debajo del raciocinio que gasta, en sus ratos malos, un bonobo (Pan paniscus).

La secuencia es de sobra conocida porque siempre, o casi siempre, se repite siguiendo el mismo esquema, ese que nunca, nunca, repetiría un bonobo:

1.- Depositamos inmoderadas expectativas en alguien, y esperamos que sean satisfechas sin discusión y en el menor plazo de tiempo posible. “Es un tipo estupendo, me va a dar lo que necesito; seguro que me lo da porque es mi amigo”.

2.- Lo que nace como un deseo, como una expectativa, se convierte rápidamente en una necesidad. “Si no me lo da, no podré ser feliz, me faltará algo esencial”.

3.- Lo que para mi es esencial, para el otro es superfluo (suponemos). “A mi me vendría de maravilla y, total, a él le sobra, no lo necesita y no le cuesta ningún trabajo dármelo”.

4.- De la necesidad pasamos a la (falsa) justicia. “Tiene que dármelo porque, en realidad, es mío, y me corresponde, y tengo derecho a ello”.

5.- Mientras esperamos que se cumplan las expectativas lanzamos en su busca, de nuevo, a las suposiciones. “Si no me lo da es porque es una mala persona, un egoísta,  un falso y un sinvergüenza”.

6.- Las suposiciones, cuando pasan del mundo de las ideas al de las acciones, casi siempre se inclinan por el lado de la violencia (gratuita). “No me lo da porque me odia, porque busca hacerme daño, porque quiere acabar conmigo”.

7.- Y la violencia llama a la violencia. “No puedo quedarme quieto ante semejante atropello. Antes de que me robe lo que es mío le arreo una bofetada y se lo quito”.

8.- Y si caemos en la violencia es, por supuesto, en defensa propia. “Yo por las buenas soy muy bueno, pero por las malas…”.

9.- Y concluimos presumiendo de la hazaña, como aviso para navegantes y, sobre todo, para que la Humanidad sepa lo perspicaces que somos. “Iba de buena persona, pero yo lo calé desde el primer momento. A mí no me la pega nadie”.

10. Si conseguimos satisfacer nuestros deseos, volvemos a alimentarnos con nuevas expectativas, y si no, también. “Bueno, tampoco era para tanto, en realidad lo que yo necesitaba era… otra cosa”.

Quien no se reconozca en esta secuencia delirante, o en alguna de sus diez estaciones de penitencia, que levante la mano. Quien no se haya dejado arrastrar por las expectativas, las suposiciones y la violencia (gratuita) que tire la primera piedra. Eso sí, los hay que tropiezan en la piedra una o dos veces (cual bonobo en un rato malo) y los que se abonan a este círculo infernal hasta convertirlo en un vía crucis de recorrido diario.

Satish Kumar

Satish Kumar es uno de los grandes pensadores indios contemporáneos. Afincado desde hace años en Inglaterra, en donde ha fundado el Schumacher College y el Small School, ha inspirado con su palabra, recogida en una dilatada obra, a un gran número de personas y, en particular, al movimiento ecologista. Discípulo de Bertrand Russell y Gandhi, en 1962 se embarcó en una peregrinación por la paz que, a pie y sin dinero, lo llevó desde Bangalore (India) hasta las capitales de la Unión Soviética, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Tres años le ocupó un viaje en el que consiguió entrevistarse  con los líderes de todas las potencias nucleares de la época, a los que, de alguna manera, trató de hacerles recapacitar sobre esos absurdos círculos viciosos que nos conducen al precipicio.

Aunque aquella travesía está relatada en su libro “No Destination”, el párrafo que copio a continuación pertenece a su autobiografía espiritual, “Tu eres, luego yo soy”, un manual que nos reconcilia, si lo leemos con cierta atención y humildad, con la dulce sabiduría de los bonobos.

O, dicho de otra manera, es posible escapar de ese círculo vicioso que nos lleva desde un deseo, más o menos razonable, hasta un comportamiento violento absolutamente suicida; porque uno empieza disparando a los enemigos, después dispara a los amigos y, finalmente, se pega un tiro en la cabeza.

Es posible escapar del absurdo. Se puede conseguir, y es más sencillo de lo que parece (siempre parece mucho más complicado). Entre otros pasajes, Kumar lo explica cuando recuerda su encuentro, en 1965, con Martin Luther King, quien se interesó por el sentido último de su peregrinación:

“Me asombra que hayáis caminado desde India y sin dinero”, dijo King. “¿Cómo coméis? ¿Mendigáis por comida y cobijo?”

“Caminamos como peregrinos por la paz”, dije yo. “Como peregrinos practicamos la paciencia. Hemos aprendido a esperar hasta que se nos ofrece ayuda o un regalo, y entonces aceptamos menos de lo que se nos ofrece”.

“¿Y cómo hacéis eso?”, preguntó King.

“Cuando llegamos a un lugar extraño comenzamos a establecer contacto con personas que no conocemos de nada y les ofrecemos lo que podemos entregarles, en lugar de pedirles algo. Les ofrecemos nuestra presencia, nuestras historias, nuestras canciones, y nos interesamos genuinamente por sus vidas. Cuando la gente se interesa, comienza a hacer preguntas y averiguar quiénes somos y por qué estamos caminando, y por qué no llevamos dinero. Una vez descubren la naturaleza de nuestro viaje, en la mayoría de casos comienzan a abrirse y a demostrar su generosidad. Después de caminar a través de una docena de países durante más de dos años hemos visto que en todos los sitios las personas son iguales. El instinto natural de las personas de todos los países, de todas las culturas y religiones, es ser servicial. La hospitalidad es normal, la hostilidad es excepcional”.

“¿Habéis desarrollado algunas técnicas para disolver las sospechas que la gente tiene hacia los extraños?”, King estaba intrigado.

“No hay una técnica fija. El peregrinaje es un proceso creativo. Cada situación es diferente. Cada día es un nuevo día. El cimiento, la técnica principal y quizás la única, es la confianza. Nunca albergamos en nuestros corazones ninguna duda de que pueda llegar un día en que nadie nos ofrezca ayuda”, dije.

“Pero ha debido de haber ocasiones en las que no os ofrecieron ninguna ayuda. ¿Qué hicisteis entonces?”, indagó King.

“Ese también fue un buen día; una oportunidad para ayunar, una oportunidad para dormir bajo las estrellas. En un viaje sagrado, una oportunidad para sufrir es tanto un regalo como una oportunidad para celebrar. Ninguna situación es constante, todo pasa”, comenté.

Bonobo (Fotografía de Vanessa Woods, Department of Evolutionary Anthropology, Duke University)

La bondad es lo normal. La hostilidad es lo excepcional. Pero a una hay que alimentarla (todos los días, a todas horas), y a la otra hay que dejarla pasar, sin permitir que se pose y, sobre todo, nada de echarle de comer suposiciones, deseos, expectativas, falsas necesidades… Hay animales que enloquecen cuando comen esas cochinadas. Un bonobo, por ejemplo, jamás las probaría…

Y, en el peor de los casos, no olvidéis (y esto también lo saben los bonobos) que todo, absolutamente todo, pasa…

P.D.: Durante unos días dejaré reposar este blog porque me lanzo a caminar. On the road, again.


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