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Posts Tagged ‘medio ambiente urbano’

De vuelta a casa, en la ruralidad menospreciada del Aljarafe, sorteando a las bellísimas oportunistas. Foto: José María Montero

No es un prólogo al uso, puede que incluso resulte algo incómodo para quien espera una loa a la jardinería periférica, pero cuando desde el Ayuntamiento de Mairena del Aljarafe (Sevilla) me pidieron que escribiera la introducción a la Guía Visual de la Biodiversidad del Parque Periurbano de la Hacienda Porzuna, al que tanto cariño tengo, pensé que era una buena oportunidad para reflexionar sobre el valor del entorno natural de nuestras ciudades, elogiar la delgada (y menospreciada) línea que separa lo urbano de lo rural y, sobre todo, defender la belleza, caótica e inesperada, que aún se conserva en estos espacios aparentemente domesticados.

Este post es un fragmento de ese prólogo. La guía completa, de distribución gratuita, la podéis descargar aquí:

PRÓLOGO: EL ASOMBRO COMO GUÍA (fragmento)

En un mundo completamente descubierto, la exploración no se detiene;

simplemente, hay que reinventarla

(Fuera del mapa, Alastair Bonnett)

Durante décadas nuestras ciudades han crecido atendiendo, como único referente, a los dictados del mercado inmobiliario. De acuerdo a estos criterios, el patrimonio rural y natural que rodea a las grandes urbes no tiene valor, son terrenos rústicos, baldíos, no urbanizables. Cercados por el asfalto y el hormigón, muchos de estos territorios han acabado convirtiéndose en basureros o escombreras, incapacitados para cumplir los servicios ambientales (ocultos y gratuitos) que nos brindaban y perdiendo hasta el humilde atractivo paisajístico que un día tuvieron.

Estos cinturones de tierras rústicas se convirtieron en los grandes suministradores de suelo urbanizable, alimentando un crecimiento difuso y desordenado que en pocos años originó un deterioro en la calidad ambiental tan grave como el que se registraba en el centro de la gran ciudad, aquel territorio que parecía tan lejano y hostil cuando comenzó la colonización de las afueras. ¿Qué ventajas obtiene el ciudadano que huye de la urbe cuando finalmente termina en otro paraje consumido por el tráfico, el asfalto y el ruido? Tan obvio resulta el sinsentido que en pocos años algunos de esos municipios, los más sensibles a las demandas vecinales, redescubren el valor de la naturaleza perdida y se lanzan a salvar las escasas parcelas de paisaje, más o menos humanizado, que habían sobrevivido al tsunami del ladrillo y el progreso mal entendido. Vuelve el aprecio al campo, aquel tesoro que a casi nadie interesaba, y aparecen así los parques periurbanos, una fórmula que salvaguarda lo que nunca debió desaparecer, una figura que señala los oasis en los que reconciliarnos con nuestro origen. ¿Acaso no somos, nosotros también, naturaleza?

Lástima que, con frecuencia, este esfuerzo bienintencionado sucumba ante el empuje de la utilidad, esa tentación, tan humana, que empobrece la diversidad inesperada y caótica que nos regala la naturaleza cuando la dejamos ser y estar a su manera. Admito que no es fácil ofrecer a los ciudadanos espacios de ocio en donde se cumplan las infinitas normas que regulan la convivencia, en donde sea posible organizar el mantenimiento de los recursos naturales y, al mismo tiempo, en donde la vegetación y la fauna puedan expresarse de manera espontánea. En la búsqueda de ese equilibrio se suele sacrificar lo asilvestrado, y así el campo se convierte en jardín o en zona verde, parcelas útiles y previsibles, cómodas, que son el triste remedo de un bosque o un soto.

También es cierto que son pocos los urbanitas, aunque sean de extrarradio, que elogian una pradera salpicada de malas hierbas, unas veredas tortuosas e irregulares, los matojos que adornan las lindes, los insectos que se atrincheran en cualquier recodo, los charcos y barrizales que deja el aguacero, la espesura del matorral que nos impide avanzar,… Pero es que a mí, quizá saturado de tanta civilidad, no me gustan los jardines donde todo obedece a un plan y lo imprevisto se considera molestia, y por eso, tal vez, la virtud que más aprecio en el parque de la Hacienda Porzuna sea precisamente su rusticidad, un margen de espontaneidad suficiente como para creernos en el campo.

El asombro no necesita de ninguna erudición. Sólo hay que saber mirar y poner en esa mirada algo de sentimiento, una cierta empatía con todo lo vivo. La belleza sería, así, el único reclamo del paraíso perdido, la llamada de un mundo que nos es propio y que, sin embargo, hemos convertido en ajeno. A diferencia de lo que ocurre con alguno de los múltiples objetos, hermosos, que los humanos somos capaces de crear, la belleza que nos sorprende en el errático vuelo de un gorrión, en el rumor vegetal que el viento provoca al agitar las hojas, en el lento discurrir del sol en un crepúsculo, en las sombras que proyecta el amanecer entre los árboles o en las caprichosas formas que las nubes dibujan en su tránsito…., lo que diferencia a todas estas sorpresas es que no necesitan de explicaciones. Podemos percibir la belleza sin saber nada a cuenta de lo que estamos contemplando. Podemos prescindir de la razón, y hasta de la memoria. Sobran las palabras (nunca mejor dicho) o hacen falta muy pocas. Algo, profundo y antiguo, nos dice que ahí habita la belleza y, a veces, también, nos advierte de su enorme fragilidad.

Pero no siempre el asombro aparece de manera espontánea, y casi me atrevería a decir que la rutina de lo urbano nos incapacita para esa mirada desnuda de juicios y prejuicios con la que acercarnos a lo natural. Es entonces cuando el conocimiento puede venir en nuestra ayuda. La guía que tengo el placer de prologar es justamente eso, una cuidada invitación al asombro, si es que nunca hemos pisado el parque de la Hacienda Porzuna; las lentes que nos ayudarán a enfocar lo que aparece borroso por desconocido, una brújula precisa con las que poder internarnos en este vergel en el que, quizá, hemos paseado distraídos, encadenados a nuestros pensamientos, pero ajenos a todo lo vivo que nos rodeaba.

Con este mapa entre las manos será más sencillo nombrar la belleza y saber de qué manera se manifiesta, en qué estación del año se decide por una señal y cuáles elige para hacerse presente en otro hito del calendario. Los sonidos, y el movimiento fugaz, también tendrán su nombre: visitantes alados, huidizos reptiles o discretos insectos. El verde, los ocres, las hojas y troncos, los tallos, las flores…, ocupan, asimismo, su lugar en este inventario, el de un paraíso cercano. Y, a modo de resumen, la combinación de elementos botánicos y faunísticos se nos revelará como una fértil y compleja comunidad, en la que podemos ser discretos espectadores o incorporarnos a ella, como una pieza más de ese entramado biológico. Tiene el parque, como deberían tener todos los parques públicos, espacios reservados a la convivencia y la celebración, lugares donde, desde el respeto y el civismo, podemos sumarnos a esa fiesta a la que siempre invita el contacto con la naturaleza.

Llevo muchos años visitando el parque de la Hacienda Porzuna y os confieso que algunas de las maravillas que atesora, esas que escasean en la ciudad, no suelen mencionarse en una guía al uso, y por eso me atrevo a sugerir que una vez identificados los árboles y arbustos, los invertebrados y las aves, los accesos y los horarios, os detengáis también en la discreta contemplación de las gotas de rocío, los hormigueros, las hojas muertas o las telas de araña. Que disfrutéis de la flora oportunista (qué acertada definición) a la que acuden orugas y mariposas; del canto de las ranas anunciando la primavera o del vuelo de los murciélagos que nos rondan, sigilosos, en el ocaso. Deteneros en el desorden y en la inutilidad de la vida, miradla como la miran los niños, sin expectativas.

Lo que sabemos con certeza de este gran universo cambiante es muy limitado. No todo obedece a un plan. Casi nada es previsible. En la naturaleza la exploración no se detiene nunca, sólo hay que reinventarla. Esta es una guía viva, como el propio escenario que describe, en la que cada visitante curioso se convierte también en autor.

Un universo tan complejo como inasible se manifiesta al lado de casa, fuera de esas cuatro paredes que nos aíslan de los otros, en los tentadores paisajes, algo domesticados pero vivos, que nos regala el parque de la Hacienda Porzuna. Ahora, además, tenemos un mapa del paraíso con el que perdernos, sin renunciar al asombro, sabiendo en dónde y con quién estamos.

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Muchachos trepando a un árbol, 1791-92, óleo sobre lienzo. Francisco de Goya. Museo del Prado (Sala 090).

¿Por qué a los niños le gusta subirse a los árboles? Gracias a la invitación de la doctora Concha Villaescusa, el pasado 11 de junio tuve ocasión de hacerme esta pregunta, y tratar de responderla, frente a más de un centenar de pediatras reunidos en el evento de formación Growth22, que se celebró en Madrid. Mi ponencia, que era la de clausura, se dictaba desde el mismo corazón de una gran ciudad, convertida, como tantas otras, en un medio hostil donde la contaminación, el ruido, la escasez de zonas verdes o el individualismo erosionan nuestro bienestar. En el caso de los niños la vida en estos territorios, alejados de la naturaleza, puede terminar provocando importantes alteraciones en su salud física y emocional. Cada vez se suman más evidencias, y esas fueron las que compartí, en torno al trastorno por déficit de naturaleza y al carácter reparador que la simple contemplación de un espacio silvestre tiene en los humanos.

A escasos diez minutos andando del hotel en donde nos reuníamos se encuentra el Museo del Prado y allí se conserva el óleo Muchachos trepando a un árbol, de Goya, obra que transmite el delicado encanto de las escenas que el artista denominaba “asumptos de cosas campestres y jocosas”. Es una variación de otro cuadro, Muchachos cogiendo fruta, que pintó algunos años antes. En ambos casos un grupo de niños se ayudan para encaramarse a un árbol, acción que entonces debía ser tan cotidiana como lo ha sido hasta hace muy poco tiempo. Ahora, hoy, que los niños se suban a un árbol es una rareza, sobre todo en entornos urbanos, donde incluso esta práctica se llega a sancionar con severas multas.

La nuestra es una especie acostumbrada a subirse a los árboles, donde siempre hemos encontrado alimento y refugio, frutos para sortear el hambre y altura suficiente para escapar de algunos predadores. Existe, pues, una íntima relación biológica, que con el tiempo ha derivado en un poderoso vínculo emocional, entre humanos y árboles, hasta el punto de añorar esas acciones primarias que nos devuelven a la vida en la naturaleza. ¿Quién no ha fantaseado con una cabaña en la copa de un árbol?

La hipótesis de la biofilia, expuesta por el entomólogo Edward O. Wilson en  1984,  habla precisamente de esta tendencia innata a sentirnos en comunión con la naturaleza y a tener incluso marcado en nuestros genes el aprecio por un ambiente natural semejante al de las sabanas, el ecosistema en donde habitaron los primates de los que procedemos, espacios salpicados de árboles,  elementos vivos indispensables para procurarnos sustento y otear, de manera segura, el entorno y sus amenazas.

La vida en la ciudad ha ido deteriorando este vínculo, ocultando que es una necesidad y no un capricho, y llegando, incluso, a generar falsos miedos con los que justificarnos. En cualquier servicio de urgencia saben que son más frecuentes en niños las lesiones provocadas al caerse de una cama que las que tienen su origen en la caída de un árbol, por no hablar de otros accidentes domésticos que lideran las más sombrías estadísticas (intoxicaciones con productos químicos, quemaduras en la cocina, descargas eléctricas…). El psicopedagogo italiano, famoso por sus tiras cómicas dedicadas a la infancia, Francesco Tonucci lo explica de manera contundente: “El lugar más peligroso para un niño es su casa y el coche de sus padres”. Y por eso mismo llega a invertir el argumento más convencional en donde se apoyan los miedos injustificados: “Dejar a los niños salir de casa es una forma de cuidarlos”.  

Diferentes grupos de trabajo, compuestos por especialistas en variadas disciplinas científicas, llevan años estudiando los riesgos que plantean determinadas sustancias químicas en la salud infantil. Entre otras preocupan las dioxinas, los bifenilos policlorados (PCB), los metales pesados y los disruptores endocrinos. Estos últimos, presentes en multitud de elementos de uso cotidiano, actúan como falsas hormonas alterando el correcto funcionamiento del organismo.

Pero la amenaza de estas y otras sustancias nocivas no sólo está presente en el aire contaminado de las grandes ciudades o en espacios abiertos sometidos a un intenso deterioro atmosférico. El interior de los edificios y viviendas también acumula concentraciones notables de agentes tóxicos. Los europeos pasamos entre un 85 % y un 90 % de nuestro tiempo en espacios cerrados, y aunque en ellos se crea la falsa sensación de estar a salvo de las agresiones ambientales, varios  estudios amparados por las autoridades de Bruselas revelan cómo los niveles de contaminación en el interior de inmuebles pueden llegar a duplicar las cantidades medidas en el exterior. Primera evidencia importante: nuestras casas, como asegura Tonucci, no siempre son más seguras que el ambiente exterior.

Todas estas amenazas podrían minimizarse reduciendo lo que Richard Louv describió en 2008 como “trastorno por déficit de naturaleza”, una consecuencia de ese progresivo alejamiento de lo natural hasta el punto de llegar a provocar un “uso disminuido de los sentidos, dificultades de atención e índices más elevados de enfermedades físicas y emocionales”.

Las evidencias en torno a este trastorno no dejan de multiplicarse en diferentes escenarios. En España, por ejemplo, han resultado reveladores los estudios del Instituto de Salud Global (ISGlobal) que han demostrado cómo los niños que tienen una exposición continuada a espacios verdes cerca de sus viviendas presentan mejores resultados en pruebas que miden su capacidad de atención. “Los espacios verdes en las ciudades”, concluyen los especialistas de este centro de investigación con sede en Barcelona, “promueven vínculos sociales y actividad física, así como también disminuyen la exposición a la contaminación del aire y el ruido. Por tanto, son imprescindibles para el desarrollo de los cerebros de las nuevas generaciones”.

Pero, ¿puede evaluarse ese impacto beneficioso en la propia anatomía del cerebro infantil? El ISGlobal quiso profundizar en ese elemento, de manera que volvió a embarcarse en una nueva investigación, en la que también colaboraron el Hospital del Mar y la UCLA Fielding School de Salud Pública. De forma resumida, la principal conclusión de este nuevo estudio es que “los niños y  niñas que se han criado en hogares rodeados de más espacios verdes tienden a presentar mayores volúmenes de materia blanca y gris en ciertas áreas de su cerebro”.  Esas diferencias anatómicas están a su vez “asociadas con efectos beneficiosos sobre la función cognitiva”.

En este último trabajo participaron 253 escolares de Barcelona. La exposición a lo largo de la vida a espacios verdes en la zona residencial se estimó utilizando imágenes vía satélite de todas las direcciones de los participantes desde su nacimiento hasta el momento del estudio, y la anatomía del cerebro se examinó por medio de imágenes por resonancia magnética tridimensional (IRM) de alta resolución. “Este es el primer estudio que evalúa la asociación entre la exposición a largo plazo a los espacios verdes y la estructura del cerebro”, afirma Payam Dadvand, investigador de ISGlobal y autor principal del estudio. “Nuestros hallazgos sugieren que la exposición a espacios verdes de manera temprana en la vida podría resultar en cambios estructurales beneficiosos en el cerebro”, concluye.

Adonina Tardón, directora del Área de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Oviedo, tampoco tiene muchas dudas con respecto a esta relación entre salud y espacios verdes en el caso de los más pequeños, algo que han corroborado realizando el seguimiento de casi 500 madres y sus nacidos, hasta los 14 años, en una zona industrializada de Asturias. En este caso la investigación reveló que “a los cuatro años ya existe en los niños una alta prevalencia de metales pesados en la orina, y un importante déficit de vitamina D en sangre, lo que afecta al sistema inmunitario”. Y el motivo de este déficit “podría ser la falta de paseos o juegos al aire libre” entre otros factores. La doctora Tardón expone en sus conclusiones que “es altamente recomendable que los niños paseen al aire libre lo máximo posible, y que se haga una ventilación forzada de los hogares”.

Quizá el especialista que lleva más años involucrado en esta defensa de la vida al aire libre, basada en evidencias científicas, sea José Antonio Corraliza, catedrático de Psicología Ambiental en la Universidad Autónoma de Madrid. Sus trabajos demuestran que “la naturaleza cercana incrementa los recursos con los que somos capaces de enfrentarnos a eventuales situaciones estresantes, que los niños y niñas que asisten a clase en colegios cuyos patios tienen mayor cantidad de naturaleza son capaces de sobrellevar mejor el estrés y que la exposición y el contacto con elementos naturales o naturalizados está en relación directa con las actitudes y el comportamiento a favor del medio ambiente que manifiestan los niños”. Explicado de otra manera, y recurriendo al concepto acuñado por Louv, el trastorno por déficit de naturaleza, sostiene Corraliza después de una extensa revisión de estudios realizados en diferentes ciudades, se manifiesta “en un déficit de atención e hiperactividad, obesidad, ausencia de creatividad y curiosidad, analfabetismo natural, falta de conexión e identidad con el entorno, individualismo y escaso sentido de comunidad”.

Para escapar de esta trampa de asfalto y hormigón Corraliza sugiere que se abra un triple debate, en el que se revise la agenda infantil de vida diaria, donde hay que reducir el uso de tecnología y la vida sedentaria en espacios cerrados; se repiensen los centros escolares, apostando por una naturalización de estos espacios, y, finalmente, se diseñen las ciudades mejorando la calidad de los espacios públicos y la naturaleza urbana. “El contacto con lo natural”, concluye este psicólogo, “no es un entretenimiento, sino algo crucial para nuestro equilibrio psicológico y nuestra salud”. Subirse a los árboles, en definitiva, es algo más que un juego de niños.

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¿Qué relación guardan las grandes ciudades con la televisión y el deterioro ambiental? Esa es la pregunta que traté de responder el pasado 12 de noviembre, cuando tuve el privilegio de inaugurar (con una conferencia que titulé La trampa urbana) el Foro “Transformar la Televisión”. Aunque creo que los organizadores del encuentro la van a publicar en su versión completa, os adelanto las tres ideas, sencillas, sobre las que giraba ese cóctel. Una conferencia que inicié contando cómo había llegado a Madrid…

“He viajado en AVE y apenas he tenido tiempo de desayunar y echarle un vistazo a la prensa. Desde Sevilla he tardado menos de dos horas y media en llegar a Madrid. Mi primer recuerdo de esta ciudad también se tejió en un tren en el que me monté, con mi padre, en Córdoba y que tardó casi nueve horas en dejarnos, bien entrada la noche, en la capital de España. Yo debía tener seis o siete años y hubo, como es lógico, muchas cosas que me llamaron la atención de la gran metrópoli, aunque tres de ellas no las he olvidado y, curiosamente, me van a servir hoy de ejemplo para tratar de explicar, de explicarme, qué relación guardan las grandes ciudades, la televisión y el deterioro ambiental:

 

 

359x2qePRIMERA SORPRESA.- Quedé fascinado con las escaleras mecánicas de Galerías Preciados, en Callao. No sólo por lo que suponía subir y bajar montado en una especie de alfombra mágica de metal sino porque, además (y esto era lo realmente increíble), podías realizar ese viaje todas las veces que quisieras y no valía nada, era gratis.

Pero claro, detrás de este tentador recurso también había un elemento, difuso y complejo, oculto, que yo entonces no supe interpretar (mejor dicho: lo interpreté de la manera más primaria, inocente… y equivocada). Lo que en la gran ciudad resulta fascinante raramente es gratuito. Yo pensé que lo mejor que tenían las escaleras mecánicas, lo realmente increíble, es que eran gratis y no existía límite en el número de veces que podías subir y bajar. Pero no es verdad: lo que la ciudad ofrece como fascinante suele ser tremendamente caro y lo pagamos todos. Tardé unos cuantos años en descubrir el coste oculto del supuesto progreso, la falsa modernidad y el pequeño bienestar. Justo al contrario de lo que ocurre (al menos, por ahora) en la naturaleza: lo maravilloso es realmente gratuito.

Fue en una conferencia del desaparecido Fernando González Bernaldez, catedrático de Ecología y pionero de la educación ambiental en España, donde encontré la mejor explicación de este argumento oculto, una conferencia dictada a comienzos de los años 80 a un reducido (entonces éramos pocos) grupo de periodistas ambientales. La sociedad de los cazadores-recolectores y las primitivas sociedades agro-pastoriles, explicaba, mantenían un grado de conciencia relativamente elevado de sus influencias ambientales. Su escasa especialización permitía que los miembros del grupo fuesen protagonistas y responsables de las consecuencias de sus intervenciones en el medio. Las “reglas éticas culturales”, a veces envueltas en apariencias extrañas, mágicas y supersticiosas, dejaban frecuentemente traslucir un trasfondo adaptativo más o menos claro (como los conocidos ejemplos de la ética natural que aparece en el discurso del jefe indio Seattle, o en los dichos y hechos del cazador indígena Dersu Uzala llevados al cine por Kurosawa).

Pero la sociedad industrial y post-industrial, advertía González Bernáldez, ha llevado consigo cambios que los sistemas de ajuste mencionados no han podido seguir. Una característica clave de estas sociedades modernas es la pérdida de conciencia de los efectos que sus acciones causan en la biosfera. No se trata sólo de la potencia de los medios de acción disponibles, sino sobre todo de que la especialización y el alejamiento de las fuentes de materias primas, y las complicadas cadenas de causas y efectos intermedios, hace que conozcamos cada vez peor las repercusiones últimas de nuestros actos, incluso de los más cotidianos.

El cazador-recolector era espectador diario de los efectos de sus acciones. Por ejemplo, él mismo cortaba la leña para calentarse. Pero cuando nosotros accionamos el interruptor de la luz no somos conscientes de los complicados procesos tecnológicos y ambientales conectados a esa sencilla acción y de sus repercusiones en lugares remotos (travesía de grandes petroleros, extracción de carbón, contaminación atmosférica, residuos radiactivos procedentes de centrales nucleares, construcción de grandes embalses, cambio climático…).

Está claro, por tanto, que la conciencia ecológica, hasta ahora mantenida por mecanismos naturales en las formas primitivas de la sociedad humana, tiende a perderse en las actuales circunstancias. El deterioro del entorno, concluía González Bernáldez, refleja el desequilibrio que la ausencia de mecanismos correctores va produciendo. Y es justamente aquí en dónde aparecen los medios de comunicación de masas como posibles “restauradores” de esa conciencia ecológica. Ninguna otra herramienta es capaz de alcanzar a tan amplios sectores de la sociedad para mostrarles lo que se oculta detrás de esa sencilla acción que, a veces, se limita a apretar un botón. Este tipo de periodismo, el que revela causas y consecuencias, el que sitúa las noticias en su verdadero contexto, es un periodismo “sostenible”, que no se extingue en lo efímero del suceso y contribuye, por tanto, a crear conciencia de nuestros propios actos y favorece la toma de decisiones. Menuda responsabilidad nos otorgaba ya entonces este catedrático de Ecología. Menuda responsabilidad tenemos… y qué pocas veces estamos a la altura de esa responsabilidad…

Si no revelamos el coste oculto de nuestro bienestar poco podremos hacer por corregir algunos errores que nos conducen al precipicio. Necesitamos información rigurosa. Y a partir de ahí podemos decidir que la fiesta continúe, al precio que sea, subiendo y bajando por las escaleras mecánicas hasta el agotamiento (el nuestro y también el del planeta), o podemos decidir que es mejor ahorrar energía y seguir usando las escaleras tradicionales limitando el uso de ascensores o escaleras mecánicas a personas que realmente las necesitan. El conocimiento lo único que facilita es la elección, pero eso ya es mucho.

14494_10200560936332212_644741300_nSEGUNDA SORPRESA.- En casa de mi tío, que vivía en Madrid, la televisión tenía un botón que ponía UHF y que cuando lo presionabas aparecía un segundo canal. ¡¡ Una televisión con dos cadenas !! Si no te gustaba lo que había en la primera cadena podías elegir el UHF. Las posibilidades de entretenimiento se multiplicaban, se doblaban. ¡¡ Qué suerte tenían los madrileños, libres de la tiranía del primer canal, dueños de ese segundo botón milagroso que abría una segunda ventana en casa !! Además era una ventana (como descubrí más tarde, cuando llegó a Córdoba) sesuda, una ventana que miraba al mundo de la cultura, del análisis, del debate, de la música, del cine de calidad… En Madrid, y sólo en Madrid, había una televisión que además de entretener tenía un interruptor por si querías pensar, por si necesitabas ayuda para reflexionar,…

Yo, sin duda, me sentía más satisfecho frente al televisor de mi tío, que tenía dos canales, que frente al de mis padres, encadenado a un único canal. Hoy, en la SmarTV de casa, puedo elegir entre… ¿cien canales? ¿Doscientos? ¿Y si tiro de Internet? ¿Mil canales? ¿Ha aumentado mi grado de satisfacción como televidente al mismo ritmo que la oferta de canales? ¿Más oferta significa más libertad, mayor satisfacción?

De nuevo busco la explicación de esta paradoja en un especialista, Fernando Trías de Bes (economista y experto en mercadotecnia), y en un artículo que publicó en La Vanguardia hace algunos años. Citaba Trias de Bes en el comienzo de su artículo al psicólogo Barry Schwartz quien acuñó la expresión “la paradoja de la elección” para explicar que el silogismo “más libertad es más bienestar”, “más opciones es más libertad” y, por ende, “más opciones es más bienestar” no es necesariamente cierto. A priori, un mayor abanico de posibilidades es positivo y aumenta el bienestar de los ciudadanos, pero si el número de alternativas cruza cierto umbral se producen una serie de efectos nocivos. Y si ese umbral se sobrepasa en exceso, como ocurre también con el tamaño de las ciudades, los inconvenientes pesan más que las ventajas, produciéndose la llamada paradoja de la elección: el aumento de las posibilidades al alcance de nuestra mano arroja un saldo final negativo.

No me extraña que fuese feliz en casa de mi tío, con dos canales de televisión, y ahora, cuando dispongo de un rato para ver la tele, lo consuma en tratar de elegir en mitad de una auténtica selva digital, para, finalmente, navegar sin rumbo y terminar haciendo zapping hasta malgastar todo el tiempo disponible.

 

 

3103751116_04cd147183TERCERA SORPRESA.- Yo pensaba que Madrid, que todo Madrid, era como la Gran Vía, como la calle Preciados, como Sol, como la Castellana… Y cuando me monté en el tren de vuelta y salí de Madrid, de día, empecé a ver por la ventanilla que esa ciudad, la que yo creía que era Madrid, se iba desdibujando… Primero en barrios tan convencionales como los de mi propia ciudad de provincias. Y luego en un interminable paisaje de casuchas, descampados y chabolas… ¿Esto también es Madrid?, debí preguntarle, inocente, a mi padre, pero no recuerdo qué me contestó…

Al cabo de los años, muchos años después, leyendo La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro, descubrí que no era el único que había sufrido esa impresión, o esa confusión, con los límites de la gran ciudad, aunque en el caso de la novela de Sampedro era un anciano, Salvatore Roncone, un apasionado campesino calabrés, el que se muestra incapaz de situar los atractivos de la gran ciudad cuando llega a ella a través de sus suburbios.

Nacidas para convertirse en centros de la vida económica, cultural, política y social, las ciudades volvieron pronto la espalda a sus creadores. La ciudad ofrece al individuo numerosos alicientes de prosperidad económica (ligada sobre todo a las oportunidades de trabajo), diversidad cultural y acceso a servicios públicos indispensables. Sin embargo crea, a su vez, no poco perjuicios en el orden biológico, como consecuencia de una merma en la calidad de los recursos naturales básicos (clima, atmósfera, agua, suelo, vegetación) y un cierto fracaso social debido a los costes adicionales que causa esta forma de vida, en la que se instala la fatiga, la neurosis, la violencia o la insolidaridad, que conducen, en definitiva, a una pérdida de bienestar.

El éxodo de las zonas rurales a las ciudades, y sobre todo a las grandes ciudades, es un fenómeno que, aún visto desde la objetividad de la estadística, resulta casi increíble. A comienzos del siglo XX, en 1900, el 92 % de los municipios españoles tenían menos 5.000 habitantes y el 52 % tenía menos de 1.000 habitantes. Éramos un país de pueblerinos. Sólo un tercio de la población (el 32 %) residía en municipios que tenían más de 10.000 habitantes. Este porcentaje creció hasta el 80 % en un siglo. Pero donde se ha manifestado un mayor trasvase de población ha sido, precisamente, a las grandes ciudades, a las urbes de más de 100.000 habitantes, en las que vivía menos del 10 % de la población española en 1900 y que ahora concentran el 40 % de la población.

Son múltiples los factores que explican estos movimientos de población, aunque en la raíz de todo este fenómeno están esas atractivas promesas de prosperidad económica y cultural, y no hay duda de que la televisión ha puesto su granito de arena en la transmisión de este discurso, hasta el punto de que se ha convertido en un medio de comunicación (en realidad siempre lo fue) que mira a su entorno con los ojos, el criterio y los valores de quien vive en la gran ciudad. Incluso cuando mira a la naturaleza, como ocurre en demasiados documentales, lo hace con ese sesgo antropocéntrico del urbanita que reclama la protección de algunas especies y espacios (eso sí, de cierto tamaño y espectacularidad) para que podamos seguir disfrutando de su contemplación (en vacaciones o en fines de semana). Un mensaje puramente estético, peligrosamente emocional y descaradamente antropocéntrico.

En el día a día de nuestro trabajo, de mi trabajo como director de dos programas de televisión que se ocupan de la actualidad ambiental y de la ruralidad, esta forma de mirar, tan urbana, plantea serios problemas de análisis, de interpretación de la realidad. Informar es dar forma, y con frecuencia modelamos el medio rural a nuestra imagen y semejanza.

En realidad se trata de un conflicto ontológico, un conflicto de valores, que enfrenta la visión romántica e idealizada de las poblaciones urbanas con la perspectiva pragmática y utilitarista de los habitantes de las zonas rurales. Desde los grandes medios de comunicación, y en particular desde la televisión, se suele apostar por esta visión urbana, insensible a las inquietudes, los miedos o las expectativas, la señas de identidad (en definitiva), de aquellas personas que viven, lejos de la gran ciudad, pegadas a otra realidad, a otros problemas.

Así es que resulta fundamental distinguir dónde acaba la gran ciudad, y su manera de entender el mundo, y donde empieza el universo rural con sus propias señas de identidad. Esa frontera que yo no era capaz de establecer desde la ventanilla del tren cuando tenía seis o siete años; esa frontera que cruza Salvatore Roncone distinguiendo perfectamente lo que hay a un lado y a otro. Esa frontera que todo periodista debe respetar para entender cómo es el mundo más allá de la trampa urbana.

 

 

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¿Cómo se adaptan las aves al laberinto de la ciudad? ¿Y nosotros? (Foto JMª Montero)

Cuando hace unos días escribí a propósito de la avifauna urbana alguien me preguntó cómo era posible que estos animales cambiaran la tranquilidad de la naturaleza por el frenesí de las ciudades y, sobre todo, cómo eran capaces de adaptarse a un medio que les es tan ajeno.

A diferencia de otros animales, las aves, más que diferenciar los elementos concretos que componen el ecosistema en donde habitan, captan la estructura global que resulta de integrar todas esas piezas. De este modo, para un ave, la ciudad se presenta como un medio en el que se mezclan masas rocosas (edificios y manzanas) hendidas por una red de gargantas (calles y avenidas) con abruptos acantilados (fachadas) en los que son frecuentes huecos y cornisas apropiadas para nidificar. Intercalados aparecen bosques de espesura y tamaño variables (parques, jardines, calles y plazas arboladas) y, hacia el extrarradio, espacios abiertos en los que suele abundar la vegetación herbácea (cultivos y descampados).

Algunas especies están perfectamente adaptadas a este peculiar ecosistema. El caso más llamativo es el del gorrión común: su asociación con el medio urbano es tan íntima que su distribución se limita a las zonas habitadas por el hombre, desapareciendo cuando éste las abandona.

Otras especies aprovechan de forma pasiva las estructuras que la ciudad les ofrece, instalando en ellas sus nidos, pero alimentándose en otras zonas no específicamente urbanas. En este grupo se incluyen los cernícalos primilla, vencejos y aviones, que nidifican en oquedades y aleros de edificios pero que se alimentan en el espacio aéreo que los circunda o en los campos próximos no urbanizados.

Existe un tercer grupo de aves cuya presencia está condicionada a la existencia de espacios seminaturales que explotan de forma similar a los ecosistemas originales. La proliferación de estas especies viene determinada por el número, extensión y gestión de jardines, parques y zonas húmedas. La lechuza, uno de los pocos depredadores típicamente urbanos, suele instalarse en algunas de estas islas de vegetación, y su presencia, que aún resulta sorprendente a algunos ciudadanos, está justificada por la abundancia de roedores y las escasas interferencias con el hombre debido a sus hábitos nocturnos.

En definitiva, todas estas aves urbanas obtienen algún tipo de beneficio viviendo en esta amalgama de hormigón y asfalto que llamamos ciudades. Y digo yo que lo mismo ocurre con nosotros, porque… algún beneficio tendrá para los humanos vivir en un escenario tan hostil, ¿o no?

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La ciudad a vista de pájaro… (Foto JMª Montero)

Resulta sorprendente por lo sencillo. El paisaje cotidiano de nuestras ciudades, ese que tenemos fijado en la memoria y que reconocemos sin dificultad a diario, cambia de manera radical si, cuando caminamos por la urbe, en vez de mirar al frente o al suelo (esa mirada cabizbaja que ahora es tan frecuente) levantamos la vista al cielo. Los edificios nos muestran un perfil desconocido y, recortadas en el cielo (sí, en la ciudad también se ve el cielo e, incluso, las estrellas), aparecen más aves de las que estamos acostumbrados a reconocer en el asfalto. Es un ejercicio bien sencillo, ¿verdad?, pues raramente lo hacemos; y luego nos quejamos de que la naturaleza no esté presente en nuestras urbes (está escondida, eso sí, y hay que saber en dónde mirar para encontrarla).

Aunque aparentemente no sea el medio más adecuado, las ciudades y su entorno reúnen a un buen número de aves consideradas comunes. Las más abundantes, como el gorrión o la paloma doméstica, están perfectamente adaptadas al medio urbano, transitando sin dificultades por bordillos y aceras junto a vehículos y peatones, y soportando el ruido o la contaminación. Este grupo suma alrededor de media docena de especies que se comportan como omnívoras, recibiendo, además, alimento extra de los ciudadanos.

Ascendiendo cinco o diez metros sobre el nivel del suelo, el número de aves urbanas aumenta. En una gran ciudad, como Sevilla o Málaga, se calcula que entre 15 y 20  especies viven de forma regular en los tejados, azoteas, torres, espadañas, balcones, ventanas y cornisas. En este caso se trata de individuos que se alimentan de insectos o de la vegetación oportunista que coloniza las partes más elevadas de los edificios, además de visitar las áreas no urbanizadas de la periferia. Algunas de estas aves son sedentarias, como los estorninos, y otras migradoras primaverales, como el avión común, la golondrina, la cigüeña blanca o el vencejo.

En los parques y jardines la población de aves se incrementa de forma espectacular y, así, en las zonas verdes de nuestras capitales se cuentan cerca de treinta especies diferentes. Las hay sedentarias (abubilla, verdecillo, jilguero) y también migradoras estivales e invernales (petirrojo, lavandera). Los efectivos de este grupo animal siguen creciendo conforme nos alejamos del centro de la ciudad, de manera que en el extrarradio, y debido a la cercanía de espacios naturales y agrícolas, el número de especies, se aproxima al centenar. Mochuelos, lechuzas, búhos y cernícalos viven de  manera permanente en los bordes urbanos, zonas que también son frecuentadas por migradoras como aguiluchos, tórtolas, zorzales o pinzones.

Y toda esta biodiversidad, que convive a diario con nosotros, se descubre con un sencillo movimiento de cabeza. Menos mirar al suelo y más mirar al cielo…

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Drago milenario (Cádiz). Fotografía de @SilvestreVivo

Hoy se celebra el Día Mundial del Árbol y por eso en Twitter, desde bien temprano, estamos hablando de nuestro patrimonio forestal. Sin embargo en esa denominación no suelen incluirse aquellos árboles que crecen en las ciudades, los que sobreviven en mitad del asfalto y el hormigón tratando de hacernos más llevadera la vida en la gran urbe.

Hace bien poco celebré una hermosa imagen de @SilvestreVivo que mostraba lo poderosa que puede revelarse la naturaleza en una vieja capital (la más vieja de Europa). La fotografía, que me ha servido para ilustrar este post, muestra uno de los soberbios dragos que crecen en el casco antiguo de Cádiz, a los que tengo especial cariño.

El caso es que en todas las ciudades crece un bosque de características peculiares. El arbolado urbano constituye un elemento indispensable para garantizar unos ciertos niveles de calidad de vida. Al margen de las funciones estéticas que desempeña, esta vegetación ayuda a  regular el clima, filtra la polución microbiana, reduce la contaminación atmosférica y atenúa los ruidos. Sin embargo, pocos son los ayuntamientos que otorgan a este patrimonio el valor que merece.

Las zonas verdes son un recurso clásico para combatir algunos de esos fenómenos que, en algunos casos, hacen poco habitables nuestras ciudades. La vegetación urbana actúa como un refrigerador natural, regulando además el intercambio de aire. El ambiente se humedece gracias a la evaporación del agua a través de las hojas y, así, una calle arbolada puede registrar dos o tres grados menos de temperatura que otra en la que no existan árboles.

Igualmente, en lo que se refiere a la contaminación atmosférica, parques y jardines se comportan como auténticos  filtros. En comparación con las zonas sin vegetación, los espacios verdes son capaces de reducir la polución ambiental entre un 10 y un 20 por ciento. Un solo árbol, de gran porte, puede recoger en un año hasta 200 kilos de partículas contaminantes, que quedan fijadas y posteriormente lavadas con el agua de lluvia.

La contaminación acústica encuentra también una barrera efectiva en las zonas arboladas, dependiendo del tipo de especies, aunque en todos los casos se muestran especialmente útiles para absorber ruidos de baja frecuencia.

Por último, y esta es una función que raramente se destaca, las zonas verdes urbanas destruyen un buen número de microorganismos patógenos, principalmente gérmenes que afectan a las vías respiratorias. Debido a la presencia de una serie de compuestos producidos por las plantas, llamados fintocidas y que tienen una acción claramente antibiótica, se ha comprobado que la presencia de este tipo de gérmenes en la atmósfera es inversamente proporcional al número de árboles que crecen en la zona de estudio. Entre otras especies, producen sustancias antibióticas los chopos, hayas, robles, encinas y castaños.

Desgraciadamente, y a pesar de todas estas virtudes, en la mayoría de las ciudades se tiende a incrementar la superficie arbolada de acuerdo a criterios cuantitativos más que cualitativos, de manera que han proliferado las plantaciones no sólo poco diversificadas, sino demasiado densas, en hoyos pequeños y con tierras de mala calidad. En estas circunstancias los árboles urbanos ven reducida de manera notable su esperanza de vida, factor muy sensible a métodos incorrectos de plantación y podas drásticas. Si hace algunas décadas determinadas especies, aún estando rodeadas de asfalto, podían vivir cien o doscientos años, hoy los mismos árboles difícilmente alcanzan el medio siglo.

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Cuando Salvatore Roncone, el apasionado campesino sureño de «La sonrisa etrusca», abandona su pequeño pueblo en las montañas calabresas para instalarse en Milán, la gran urbe del norte civilizado, lamenta dirigirse a una «trampa». Las ciudades, reflexiona el viejo, «han sido siempre un embudo cazahombres». Empiezan los suburbios y Roncone mira receloso, a un lado y a otro, «las tapias, hangares, talleres cerrados, viviendas baratas, solares, charcos…Humo y bruma, suciedad y escombros, faroles solitarios y siniestros. Todo inhumano, sórdido y hostil». La ciudad, como el cáncer que devora al protagonista, es un monstruo al que José Luis Sampedro niega cualquier atisbo de razón, de sentimientos, de humanidad.

No cabe atribuir lo tétrico del escenario a la modernidad, al gigantismo que estrangula a las metrópolis de comienzos del siglo XXI. Las postrimerías de otra centuria, la del XV, no ofrece mejores perspectivas, desde una remota conciencia ambiental, en ciudades tan familiares como Sevilla, donde el historiador Morales Padrón denuncia la falta de adecentamiento de calles y plazas, por no hablar de los parajes sin vigilancia donde «el espectáculo era nauseabundo y en determinados sitios la basura formó un monte como el del Malbaratillo en el Arenal».

En el fondo, ambos retratos, separados seis siglos en el tiempo, nos hablan de un escenario creado por y para el hombre en el que, con demasiada frecuencia, se hace difícil la vida, tanto en sus aspectos puramente biológicos como en los sociales. El bienestar que brinda la urbe, tan cacareado por sus promotores, se ve continuamente hipotecado, cuando no es un espejismo sugerente pero inalcanzable. «Los mastodóntico se abotarga, anquilosa y muere porque es demasiado pesado e inerte para adaptarse a los rápidos movimientos de un cambio imprevisible en el ambiente», explica Luis Racionero. Así sucedió con los grandes mamíferos y es lo que está pasando con las grandes ciudades. «Sobrepasado un umbral de medida», concluye Racionero, «las ventajas se tornan inconvenientes, por más que quienes las habitan quieran convencerse a sí mismos de que el asfalto es lo agradable, el ruido estimulante, el aire puro una nostalgia romántica, y los rascacielos el pináculo del arte».

Nacidas para convertirse en centros de la vida económica, cultural, política y social, las ciudades volvieron pronto la espalda a su creadores. En las aglomeraciones urbanas, germen y consecuencia de la Revolución Industrial, se hacen concretos, se vuelven tangibles, los grandes problemas ambientales que en la conciencia colectiva aparecen como preocupaciones difusas, a las que no siempre resulta fácil buscarles una geografía propia. La contaminación, el ruido, la sobrepoblación, la escasez de agua o su deficiente calidad, son contrariedades a las que se enfrenta de forma cotidiana el habitante de estos espacios. La ciudad ofrece al individuo numerosos alicientes de prosperidad económica (ligada sobre todo a las oportunidades de trabajo), diversidad cultural y acceso a servicios públicos indispensables. Sin embargo crea, a su vez, no poco perjuicios en el orden biológico, como consecuencia de una merma en la calidad de los recursos naturales básicos (clima, atmósfera, agua, suelo, vegetación), y un cierto fracaso social debido a los costes adicionales que causa esta forma de vida, en la que se instala la fatiga, la neurosis o la insolidaridad, que conducen, en definitiva, a una pérdida de bienestar.

Si repasamos, con un cierto sentido crítico, algunas de las definiciones que destacados urbanistas han acuñado para definir el concepto de ciudad es inevitable verse asaltado por una inquietante paradoja. La ciudad, dicen unos, no representa más que un nuevo medio adaptado a las necesidades de la especie humana, y no a la de las especies vegetales y animales. La urbanización, precisan otros, supone la sustitución de los ecosistemas naturales por centros de gran densidad creados por el hombre, donde la especie dominante es la humana y el medio está organizado para permitir su supervivencia. Ambos razonamientos se antojan, para muchos de los sufridos urbanitas, simples caricaturas, amables pero falsas, de una realidad mucho más cruda. ¿Es la ciudad un medio adaptado al hombre, o ha sido éste el que, forzado, se ha ido adaptando a un escenario poco propicio para su desarrollo? ¿Ignorar el bienestar de animales y vegetales no es, en definitiva, ignorar el propio bienestar de la raza humana? ¿Se puede sobrevivir en un medio completamente artificial?

P.D.: Yo, que hace años conseguí escapar de la gran ciudad, modero esta tarde, en Sevilla, el Foro de la Sostenibilidad Urbana. ¿Encontraremos nuevas soluciones?

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Esta mañana he participado en un coloquio sobre medio ambiente urbano y ha salido a relucir (era inevitable) el asunto de la contaminación atmosférica en las grandes ciudades. Como era un asunto más que previsible, antes de entrar en el plató repasé algunas cifras a propósito del tráfico (porque ahí está la raíz del problema) en la ciudad de Sevilla y, una vez más, yo mismo me sorprendí con la contundencia de los datos.
El último estudio que evalúa los niveles de saturación –congestión- de la Corona de Afectación Metropolitana de Sevilla, publicado por el RAAC a comienzos de este mes de febrero, asegura que «en un día tipo se estima que circulan por la red 590.000 vehículos y un 6% de los mismos (40.000) soportan congestión. Traducido a usuarios, la congestión afecta, en grado diverso, a 70.000 usuarios, de los cuales un 31% lo padecen en transporte público».
El estudio, además, detalla la factura, global e individual, que soportamos a cuenta de esta diaria congestión y los número vuelven a poner los pelos de punta (y eso que no se hacen cálculos a cuenta de los costes ambientales o de los sanitarios):
La congestión del tráfico en Sevilla representa 29.914 horas/día de tiempo perdido, lo que equivale a 6,6 millones de horas perdidas al año. Anualmente las retenciones en los accesos a Sevilla se estiman en 267.258 euros al día (66 millones de euros por año). El tiempo perdido por usuario en hora punta (18,6 minutos) es un 35% superior al de la media diaria (13,8 minutos).
Y en lo que se refiere a la «congestión individual» la media de tiempo perdido por cada usuario es de 13,8 minutos al día, lo que equivale a 57 horas al año (7 días de vacaciones). Una cifra equiparable a las pérdidas de la ciudad de Barcelona (con bastantes más habitantes). En hora punta (de 8.00 a 9.00 h) el tiempo perdido es de 18,6 minutos (77 horas
al año, lo que equivale a 10 días de vacaciones). El coste medio anual por usuario de la congestión es de 534 euros, pero si hablamos de un usuario en periodo de hora punta (de 8 a 9 horas de la mañana) el coste llega hasta 717 euros al año.
¡¡¡ Vaya ruina de atascos !!! A lo mejor las campañas para incentivar el transporte público tienen que incluir un cheque de 534 euros, y 7 días de vacaciones adicionales, para todos aquellos que renuncien a atascarse y a congestionarse. Seguro que se apunta más de uno, y más de dos…

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Si una civilización alienígena tuviera oportunidad de espiar la vida en las grandes ciudades del planeta Tierra podría llegar a pensar que nuestro mundo está habitado por los coches y que los humanos apenas somos una especie de parásitos que ocupan los vehículos a motor. Estos requieren de enormes inversiones para poder moverse a su antojo por carreteras, autopistas o rondas de circunvalación, mientras que los peatones disponen de un espacio ridículo en comparación con las infraestructuras que devoran los automóviles.

A pesar de la atención desmesurada que recibe, el uso de este medio de transporte no ha resuelto el problema de la movilidad en las grandes urbes. La velocidad media de un automovilista en la mayoría de las capitales andaluzas oscila, según el grado de saturación que presenten las vías del casco urbano, entre los seis y los quince kilómetros por hora, mientras que un ciclista en idénticas circunstancias se mantiene, sin dificultad, en los veinte kilómetros por hora de media, usando, además, el único transporte que permite desplazamientos puerta a puerta.

Si a esta ventaja sumamos las facilidades que otorgan el clima y la orografía, el uso de la bicicleta no debería ser un recurso casi anecdótico en muchas de nuestras grandes ciudades. Aunque estos argumentos aparecen de forma insistente en todos los estudios sobre movilidad urbana, a la hora de la verdad las distintas administraciones apenas prestan apoyo a los ciclistas que, literalmente, se juegan la vida en su afán por trasladarse usando el medio de transporte más eficiente y limpio.

* La mitad de la gasolina que se consume en España se emplea en realizar desplazamientos urbanos, una cuarta parte de los cuales son para recorrer distancias inferiores a los dos kilómetros. Si estos pequeños recorridos se efectuaran andando o en bicicleta, se ahorrarían cada año alrededor de 1.000 millones de litros de combustible.

* A comienzos de siglo un occidental medio recorría cada año unos
2.500 kilómetros, de los cuales alrededor de 2.000 los realizaba a pie. Hoy la cifra se ha disparado hasta superar los 13.000 kilómetros anuales, y solo 500 se hacen a pie. Paradójicamente, cada vez hay más personas que madrugan para correr, acudir a un gimnasio o realizar ejercicio en una bicicleta estática, y luego toman su coche para recorrer los pocos kilómetros que los separan de su lugar de trabajo.

* La bicicleta es el principal medio de transporte del mundo, con unos 800 millones de usuarios, frente a los 460 millones que utilizan el coche. Mientras que sólo un 10 % de la población mundial puede permitirse económicamente un coche, a una bicicleta tiene acceso el 80 %. Pero optar por los pedales no es una simple cuestión económica como lo prueba el hecho de que en Dinamarca el número de bicicleta duplica al de coches. 

* El ciclista encabeza la clasificación de eficiencia energética de todos los medios de transporte conocidos, ya sean de tracción animal o mecánica. La bicicleta es tres o cuatro veces más rápida que el desplazamiento a pie con sólo un tercio del esfuerzo que emplea el peatón.

 

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Hoy en Twitter hemos amanecido comentando los elevadísimos índices de contaminación atmosférica que están sufriendo en Madrid. Y el problema no es nuevo. Pero es que la solución tampoco. Si todas las infraestructuras de una gran ciudad se enfocan, sobre todo, al uso del vehículo privado, al final pasa lo que pasa. Y los humos no decrecen sino se cambia el modelo de transporte, por mucho que se cambien de sitio las cabinas de medición o se rece para que el anticiclón invernal se marche. 

Y es en este punto del debate en donde ha aparecido, por méritos propios, el carril-bici de Sevilla y la revolución que ha originado en la ciudad. Nadie mejor que mi amigo Manuel Calvo para explicar el poder de las dos ruedas. Manuel es consultor ambiental independiente, socioecólogo, persona sensata y uno de los padres de la criatura. Hace pocas semanas detallaba las claves del milagro en una entrevista publicada por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria:

 

 

– El carril bici originó una transformación impresionante en tan sólo unos años para la ciudad y ello supuso que se llenara de obras por todas partes. ¿Cómo reaccionaron los vecinos, comerciantes y transportistas de la ciudad?
Hubo muchísimas protestas. La red de carril-bici se hizo a costa de espacios de aparcamientos y provocó muchas quejas de los vecinos y los comerciantes. La red ciclista se ha hecho a costa de espacios que antes ocupaba el coche, se han eliminado muchos aparcamientos y se ha reducido el ancho de los carriles de tráfico. Esto, por supuesto, provocó que los interesados en el transporte de vehículos protestaran mucho.
– ¿Cómo superó las críticas la Administración de la ciudad?
Con tres cosas. La primera, que la voluntad política era firme. Estaban seguros de que esto era bueno para la ciudad y siguieron adelante a pesar de todo.
La segunda clave fue la información. En cuanto surgía una protesta, el responsable del área iba a hablar con los vecinos para explicar los proyectos detalladamente.
Y la tercera llave del éxito fue el trabajo político que se realizó para llegar a acuerdos con otros partidos e instituciones, que apoyaron las actuaciones.
En cualquier caso, ningún plan de este tipo sale adelante sin protestas. Pero luego la experiencia dice que las cosas buenas para la ciudad tienen buena acogida y, muchos de los que estaban en contra, hoy lo reconocen.
– Después de que las obras han terminado, ¿cuál es el resultado? ¿Cuántas personas se mueven en bicicleta, tranvía, metro o autobús?
– En tres años, los ciclistas se han multiplicado por diez, hemos pasado de una media de 6.000 o 7.000 ciclistas a alrededor de 70.000. Esto supone que a día de hoy en Sevilla el 7% del transporte se hace en bicicleta. Además, es fundamental saber que de esos nuevos ciclistas, el 30% vienen de usar el coche, un tercio del autobús y otro tercio del transporte a pie.
Mientras, el metro está en unos 40.000 viajeros al día de media, más o menos la mitad que el transporte en bicicleta. Y esto también es muy significativo si además lo medimos en cifras. La red de bicicletas ha costado 30 millones de euros, frente a los 650 millones que costó el metro. Esto demuestra que la inversión pública en bicicletas es inmensamente más eficaz que cualquier otra.

 


En resumen: voluntad, información y consenso. Y todo en un entorno low cost

 

Y aún así, todavía se pasean por Sevilla algunos dinosaurios empeñados en hacernos creer que sin bicicletas la ciudad era mejor… Lástima que tengamos una Isla Mágica y no un Parque Jurásico…

 

 

 

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