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Posts Tagged ‘melva’

A veces, como un reto, compro lo que menos me gusta. Cocinar lo que se que es bueno pero que está un poco lejos de mi paladar (tampoco demasiado, porque en asuntos de comer no soy tiquismiquis). Es un estímulo para la imaginación y una excusa para enredar en la cocina, rebuscar recetas y no repetirme.

Ejemplo práctico de este mismo fin de semana: cómo domar unas caballas estornino. En la extensa familia de los escómbridos la humilde caballa es, quizá, el pez que menos se me apetece, y mira que es hermosa, con esa piel atigrada y esa línea hidrodinámica, pero es que el sabor, demasiado intenso, se me resiste. Las volví a ver en el mercado, bien lustrosas, recién llegadas del puerto de Adra (Almería), y las compré decidido a buscar la manera de domesticarlas, de atemperarles el gusto.

Hay infinitas recetas donde la caballa y los cítricos se encuentran, así es que leyendo unas y otras versioné la mía propia. Ahí va:

Cinco melvas muy frescas.
Cáscara de cítricos (naranja, limón, lima, pomelo, mandarina… lo que tengamos a mano).
Una manzana verde.
Vinagre de manzana.
Un par de chalotas.
AOVE, sal gruesa y azúcar.

Limpiamos las melvas y, a cuchillo, separamos los lomos. Quitamos las espinas (qué buena compra la de unas pinzas para esta faena) pero dejamos la piel. Cubrimos los lomos con una mezcla de sal gorda y azúcar, tapamos con film y dejamos que se marinen en el frigorífico unas cuantas horas (al menos dos).

Nos servimos una copa de manzanilla.

Comenzamos a preparar las cáscaras de los cítricos, eliminando el albedo (la parte interior blanca). Ponemos agua a hervir y añadimos las cáscaras para que cuezan medio minuto. Las retiramos y las picamos, a cuchillo. Pochamos en AOVE, y a fuego medio, un par de chalotas fileteadas, añadimos las cáscaras picadas y un vaso pequeño de vinagre de manzana. Dejamos hervir a fuego lento cinco minutos. Añadimos una manzana verde pelada y picada. Salamos, retiramos del fuego y dejamos reposar el escabeche una media hora. Colamos, apretando con una cuchara para que el elixir cítrico se libere, y reservamos en una salsera.

Limpiamos bien los lomos, para retirar la sal y el azúcar, o los lavamos (y secamos). Tostamos con un soplete o marcamos en la plancha. Los pintamos con el escabeche y listo: caballas domadas y afrutadas.

Nos servimos otra copa de manzanilla. 

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Cuando llego fundido al viernes este es mi spa. Un balneario en el breve espacio de una encimera, cerca del Atlántico. Aquí me reseteo, limpiando unas melvas frescas (hay gente pa tó). (Foto: José María Montero)

 

¿Cuándo fue que nos robaron el placer de la temporalidad? Comíamos naranjas cuando era el tiempo de las naranjas, esperábamos impacientes los primeros melones dulces, cuando el frío apretaba la matanza estaba cerca y no recuerdo que las pescaderías ofertaran suculentas piezas de atún en los meses de invierno.

¿Cuándo fue que acabamos con la suave incertidumbre de la espera? No es ya que el precio ambiental de tener de todo en cualquier momento del año sea insostenible, es que, además, hemos perdido el sentido del tiempo, el valor de la paciencia, el pellizco del deseo insatisfecho.

¿Cuándo fue que dejamos de acudir al mercado con la ilusión del que espera una sorpresa? La misma lista de la compra nos sirve en enero, en julio o en octubre. Siempre hay de todo. Cualquier capricho se satisface al instante (si te lo puedes permitir, que esa es otra). Para llegar a la mesa más humilde, o precisamente en las más humildes, hay alimentos que han recorrido miles de kilómetros, han saltado de un continente a otro, han permanecido congelados meses, han viajado por autopistas, han visitado aeropuertos, han cruzado océanos. Acercamos la vista a la etiqueta y nos sorprenden, en letra pequeña, unos auténticos espárragos de Navarra cultivados en Perú, unas brillantes naranjas de Sudáfrica, una jugosa ternera argentina o unos tentadores langostinos de Ecuador.

Lomos de melva listos para recibir un majado facilón e improvisado (Foto: José María Montero).

Hay muchas formas de combatir esta corriente que nos conduce al precipicio de la insatisfacción y el colapso ambiental, pero la más sencilla, la que está al alcance de todos, la que sumando voluntades puede reorientar un rumbo suicida se llama «cesta de la compra». Claro que, para comprar con sensatez, no sólo hace falta algún dinero, información y compromiso, hace falta saber qué quieres cocinar y cómo lo vas a cocinar. Vivimos en la absurda contradicción de consumir horas y horas de programas de televisión dedicados a la cocina y emplear apenas unos minutos en elaborar nuestra propia comida, el menú de nuestra familia y amigos. Seguimos con atención la sofisticada receta que nos propone el chef mediático y con ella en la retina, sólo en la retina, nos convertimos en resueltos gastrónomos que, sin pisar la cocina, sabemos muchísimo de cocina pero… apenas cocinamos.

Este raro síndrome, que invita a pontificar sobre alimentos y recetas a cualquiera que se haya comido un huevo frito, se manifiesta también en esa corriente de comprometidos defensores de la cocina sostenible, el menú austero y la vida slow. Algunos gurús (un tanto flojeras, esa es la verdad) de la alimentación sostenible se la pasan en el discurso monotemático que gira, como una peonza cansina, en torno a los productores locales, el kilómetro cero y los bienes de proximidad. Un discurso en el que hay que colar, aunque sea con calzador, el cambio climático y las migraciones. Con esos elementos, copiados de aquí y de allá, construyen un discurso políticamente correcto y monísimo, pero impostado porque ninguna de esas virtudes (imprescindibles, ojo) tiene sentido si esos alimentos, además, no los cocinamos nosotros mismos, en casa, con respeto y cultura, y no los compartimos con un cierto sentido de igualdad (cocinar es compartir). Todo empieza con una buena elección en el mercado, claro que sí, pero la proximidad y la sostenibilidad no acaban ahí… no.

Cuando hablo de cocina (y hablo mucho de cocina) siempre aparece alguno de estos individuos, los sostenibles de falsete, que acostumbran a despreciar la buena mesa excusándose en que es puro esnobismo para élites adineradas. En fin, tontería hay en todos lados y la ignorancia no tiene límites, pero la buena mesa no es eso, ni de lejos. Quien así suele pronunciarse ni sabe comer ni sabe cocinar, y su ignorancia la disfraza con ese discurso (insisto) que apela a la justicia universal como cortina de humo para enmascarar lo que haga falta. Son los mismos que persiguen, con diferentes argumentos, aquellos gustos vinculados a la belleza que emana de la cultura (la buena mesa, la música clásica o el arte moderno) como si su disfrute fuera pecado (son progres, pero moralistas).

El aliño haciendo su trabajo (Foto: José María Montero).

Con frecuencia los que dan tantas lecciones sobre alimentación sostenible llegan a sus casas a mesa puesta, y suelen ser las mujeres de su entorno (madres, esposas, hijas, abuelas…) las que les compran, les cocinan y les sirven esa comida sostenible de la que tanto hablan, escriben y pontifican. Sí, y también les friegan los platos. Son tan slow tan slow que siempre llegan a la cocina cuando todo está recogido. Qué extraña sostenibilidad… Y si no tienen a mano ninguna chacha resuelven con algún precocinado del montón o se esconden en algún abrevadero de fast-food, de los que, por supuesto, no dicen ni pío.

Si a pesar de estas advertencias no podéis evitar la compañía de uno de estos gastro-influencer jamás se os ocurra preguntarles qué platos suelen cocinar en casa, cómo resolverían esa receta o qué acostumbran a comprar en el mercado. Os mentirán como bellacos. La mayoría no sabe encender la hornilla, la receta más sofisticada que han ejecutado es la del sandwich mixto, y al mercado sólo van si es un gastro-mercado de esos que ahora abren por la noche para servir minihamburguesas de buey, tataki de atún y carísimos gintonics que parecen salidos del laboratorio del doctor Bacterio.

Y después de este desahogo, una digresión a la que ya os tengo acostumbrados, volvamos al titular: melva de proximidad. Eso es, pescado azul de lonjas andaluzas que, justamente ahora, está en su momento cumbre y a un precio (excesivamente) barato. Este fin de semana compré melva fresca en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) por menos de 5 euros el kilo, y como se presta a lo inmediato y

también al futuro así la he cocinado: a la plancha para comer el mismo día de la adquisición, y embotada en aceite de oliva para seguir disfrutándola dentro de unos días. ¿Y la receta? Facilona e improvisada, aunque la cocina es memoria (con frecuencia no sabemos de dónde viene esa idea y la consideremos propia, pero seguro que no es original).

Ingredientes:

4 melvas grandes

Melva en presente: a la plancha con un picadillo simple (Foto: José María Montero)

Aceite de oliva (lo más suave posible, con lo que, quizá, el AOVE no sea siempre la mejor elección para embotar).

Ajos, orégano, pimienta negra, comino, clavo, guindilla, lima (o limón) y sal.

Si la pescadera, o el pescadero, son buenos profesionales serán capaces de limpiar las melvas y dejar los lomos relucientes, sin piel ni espinas. Si no llegan a ese punto, el trabajo, de precisión, tendremos que hacerlo nosotros en casa con un cuchillo decente (sí, soy uno de esos tipos raros a los que le gusta limpiar pescado).

En el mortero preparamos un majado de ajos (la cantidad varía en función de nuestro gusto por este ingrediente), ralladura de piel de lima, unos cuantos granos de pimienta negra, un pellizco generoso de comino molido, orégano, una guindilla pequeña, el zumo de la lima y una generosa dosis de aceite.

Embadurnamos los lomos en este majado y los dejamos reposar en el frigorífico un par de horas.

Engrasamos con AOVE la plancha y la ponemos a tope de temperatura. Sellamos bien los lomos, hasta que se doren por todos los lados, sin dejar que se hagan demasiado para que mantengan el punto jugoso del pescado fresco. Cuando estén listos los salamos antes de servir.

Melva en futuro: especiada, dorada y embotada en aceite de oliva. (Foto: José María Montero)

Unos irán directamente a la mesa (¿con un sencillo picadillo de tomate, cebolla y pimiento?) y el resto los dejamos enfriar para embotarlos: los vamos colocando bien apretaditos en un bote de cristal que rellenamos con aceite de oliva (muy suave) hasta el mismo borde, añadiendo unos granos de pimienta negra, una hojita de laurel y un par de clavos. Así aguantarán fácilmente varias semanas (no es una conserva en sentido estricto). Y el aceite especiado, cuando desembotemos la melva, servirá, por ejemplo, para freir o guisar pescado (aquí no se desperdicia casi nada).

PD: A mi las melvas me gusta comerlas en familia, con manzanilla pasada (bien fría) y no demasiado lejos de Cádiz. Caprichoso que es uno.

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