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¿Qué relación guardan las grandes ciudades con la televisión y el deterioro ambiental? Esa es la pregunta que traté de responder el pasado 12 de noviembre, cuando tuve el privilegio de inaugurar (con una conferencia que titulé La trampa urbana) el Foro “Transformar la Televisión”. Aunque creo que los organizadores del encuentro la van a publicar en su versión completa, os adelanto las tres ideas, sencillas, sobre las que giraba ese cóctel. Una conferencia que inicié contando cómo había llegado a Madrid…

“He viajado en AVE y apenas he tenido tiempo de desayunar y echarle un vistazo a la prensa. Desde Sevilla he tardado menos de dos horas y media en llegar a Madrid. Mi primer recuerdo de esta ciudad también se tejió en un tren en el que me monté, con mi padre, en Córdoba y que tardó casi nueve horas en dejarnos, bien entrada la noche, en la capital de España. Yo debía tener seis o siete años y hubo, como es lógico, muchas cosas que me llamaron la atención de la gran metrópoli, aunque tres de ellas no las he olvidado y, curiosamente, me van a servir hoy de ejemplo para tratar de explicar, de explicarme, qué relación guardan las grandes ciudades, la televisión y el deterioro ambiental:

 

 

359x2qePRIMERA SORPRESA.- Quedé fascinado con las escaleras mecánicas de Galerías Preciados, en Callao. No sólo por lo que suponía subir y bajar montado en una especie de alfombra mágica de metal sino porque, además (y esto era lo realmente increíble), podías realizar ese viaje todas las veces que quisieras y no valía nada, era gratis.

Pero claro, detrás de este tentador recurso también había un elemento, difuso y complejo, oculto, que yo entonces no supe interpretar (mejor dicho: lo interpreté de la manera más primaria, inocente… y equivocada). Lo que en la gran ciudad resulta fascinante raramente es gratuito. Yo pensé que lo mejor que tenían las escaleras mecánicas, lo realmente increíble, es que eran gratis y no existía límite en el número de veces que podías subir y bajar. Pero no es verdad: lo que la ciudad ofrece como fascinante suele ser tremendamente caro y lo pagamos todos. Tardé unos cuantos años en descubrir el coste oculto del supuesto progreso, la falsa modernidad y el pequeño bienestar. Justo al contrario de lo que ocurre (al menos, por ahora) en la naturaleza: lo maravilloso es realmente gratuito.

Fue en una conferencia del desaparecido Fernando González Bernaldez, catedrático de Ecología y pionero de la educación ambiental en España, donde encontré la mejor explicación de este argumento oculto, una conferencia dictada a comienzos de los años 80 a un reducido (entonces éramos pocos) grupo de periodistas ambientales. La sociedad de los cazadores-recolectores y las primitivas sociedades agro-pastoriles, explicaba, mantenían un grado de conciencia relativamente elevado de sus influencias ambientales. Su escasa especialización permitía que los miembros del grupo fuesen protagonistas y responsables de las consecuencias de sus intervenciones en el medio. Las “reglas éticas culturales”, a veces envueltas en apariencias extrañas, mágicas y supersticiosas, dejaban frecuentemente traslucir un trasfondo adaptativo más o menos claro (como los conocidos ejemplos de la ética natural que aparece en el discurso del jefe indio Seattle, o en los dichos y hechos del cazador indígena Dersu Uzala llevados al cine por Kurosawa).

Pero la sociedad industrial y post-industrial, advertía González Bernáldez, ha llevado consigo cambios que los sistemas de ajuste mencionados no han podido seguir. Una característica clave de estas sociedades modernas es la pérdida de conciencia de los efectos que sus acciones causan en la biosfera. No se trata sólo de la potencia de los medios de acción disponibles, sino sobre todo de que la especialización y el alejamiento de las fuentes de materias primas, y las complicadas cadenas de causas y efectos intermedios, hace que conozcamos cada vez peor las repercusiones últimas de nuestros actos, incluso de los más cotidianos.

El cazador-recolector era espectador diario de los efectos de sus acciones. Por ejemplo, él mismo cortaba la leña para calentarse. Pero cuando nosotros accionamos el interruptor de la luz no somos conscientes de los complicados procesos tecnológicos y ambientales conectados a esa sencilla acción y de sus repercusiones en lugares remotos (travesía de grandes petroleros, extracción de carbón, contaminación atmosférica, residuos radiactivos procedentes de centrales nucleares, construcción de grandes embalses, cambio climático…).

Está claro, por tanto, que la conciencia ecológica, hasta ahora mantenida por mecanismos naturales en las formas primitivas de la sociedad humana, tiende a perderse en las actuales circunstancias. El deterioro del entorno, concluía González Bernáldez, refleja el desequilibrio que la ausencia de mecanismos correctores va produciendo. Y es justamente aquí en dónde aparecen los medios de comunicación de masas como posibles “restauradores” de esa conciencia ecológica. Ninguna otra herramienta es capaz de alcanzar a tan amplios sectores de la sociedad para mostrarles lo que se oculta detrás de esa sencilla acción que, a veces, se limita a apretar un botón. Este tipo de periodismo, el que revela causas y consecuencias, el que sitúa las noticias en su verdadero contexto, es un periodismo “sostenible”, que no se extingue en lo efímero del suceso y contribuye, por tanto, a crear conciencia de nuestros propios actos y favorece la toma de decisiones. Menuda responsabilidad nos otorgaba ya entonces este catedrático de Ecología. Menuda responsabilidad tenemos… y qué pocas veces estamos a la altura de esa responsabilidad…

Si no revelamos el coste oculto de nuestro bienestar poco podremos hacer por corregir algunos errores que nos conducen al precipicio. Necesitamos información rigurosa. Y a partir de ahí podemos decidir que la fiesta continúe, al precio que sea, subiendo y bajando por las escaleras mecánicas hasta el agotamiento (el nuestro y también el del planeta), o podemos decidir que es mejor ahorrar energía y seguir usando las escaleras tradicionales limitando el uso de ascensores o escaleras mecánicas a personas que realmente las necesitan. El conocimiento lo único que facilita es la elección, pero eso ya es mucho.

14494_10200560936332212_644741300_nSEGUNDA SORPRESA.- En casa de mi tío, que vivía en Madrid, la televisión tenía un botón que ponía UHF y que cuando lo presionabas aparecía un segundo canal. ¡¡ Una televisión con dos cadenas !! Si no te gustaba lo que había en la primera cadena podías elegir el UHF. Las posibilidades de entretenimiento se multiplicaban, se doblaban. ¡¡ Qué suerte tenían los madrileños, libres de la tiranía del primer canal, dueños de ese segundo botón milagroso que abría una segunda ventana en casa !! Además era una ventana (como descubrí más tarde, cuando llegó a Córdoba) sesuda, una ventana que miraba al mundo de la cultura, del análisis, del debate, de la música, del cine de calidad… En Madrid, y sólo en Madrid, había una televisión que además de entretener tenía un interruptor por si querías pensar, por si necesitabas ayuda para reflexionar,…

Yo, sin duda, me sentía más satisfecho frente al televisor de mi tío, que tenía dos canales, que frente al de mis padres, encadenado a un único canal. Hoy, en la SmarTV de casa, puedo elegir entre… ¿cien canales? ¿Doscientos? ¿Y si tiro de Internet? ¿Mil canales? ¿Ha aumentado mi grado de satisfacción como televidente al mismo ritmo que la oferta de canales? ¿Más oferta significa más libertad, mayor satisfacción?

De nuevo busco la explicación de esta paradoja en un especialista, Fernando Trías de Bes (economista y experto en mercadotecnia), y en un artículo que publicó en La Vanguardia hace algunos años. Citaba Trias de Bes en el comienzo de su artículo al psicólogo Barry Schwartz quien acuñó la expresión “la paradoja de la elección” para explicar que el silogismo “más libertad es más bienestar”, “más opciones es más libertad” y, por ende, “más opciones es más bienestar” no es necesariamente cierto. A priori, un mayor abanico de posibilidades es positivo y aumenta el bienestar de los ciudadanos, pero si el número de alternativas cruza cierto umbral se producen una serie de efectos nocivos. Y si ese umbral se sobrepasa en exceso, como ocurre también con el tamaño de las ciudades, los inconvenientes pesan más que las ventajas, produciéndose la llamada paradoja de la elección: el aumento de las posibilidades al alcance de nuestra mano arroja un saldo final negativo.

No me extraña que fuese feliz en casa de mi tío, con dos canales de televisión, y ahora, cuando dispongo de un rato para ver la tele, lo consuma en tratar de elegir en mitad de una auténtica selva digital, para, finalmente, navegar sin rumbo y terminar haciendo zapping hasta malgastar todo el tiempo disponible.

 

 

3103751116_04cd147183TERCERA SORPRESA.- Yo pensaba que Madrid, que todo Madrid, era como la Gran Vía, como la calle Preciados, como Sol, como la Castellana… Y cuando me monté en el tren de vuelta y salí de Madrid, de día, empecé a ver por la ventanilla que esa ciudad, la que yo creía que era Madrid, se iba desdibujando… Primero en barrios tan convencionales como los de mi propia ciudad de provincias. Y luego en un interminable paisaje de casuchas, descampados y chabolas… ¿Esto también es Madrid?, debí preguntarle, inocente, a mi padre, pero no recuerdo qué me contestó…

Al cabo de los años, muchos años después, leyendo La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro, descubrí que no era el único que había sufrido esa impresión, o esa confusión, con los límites de la gran ciudad, aunque en el caso de la novela de Sampedro era un anciano, Salvatore Roncone, un apasionado campesino calabrés, el que se muestra incapaz de situar los atractivos de la gran ciudad cuando llega a ella a través de sus suburbios.

Nacidas para convertirse en centros de la vida económica, cultural, política y social, las ciudades volvieron pronto la espalda a sus creadores. La ciudad ofrece al individuo numerosos alicientes de prosperidad económica (ligada sobre todo a las oportunidades de trabajo), diversidad cultural y acceso a servicios públicos indispensables. Sin embargo crea, a su vez, no poco perjuicios en el orden biológico, como consecuencia de una merma en la calidad de los recursos naturales básicos (clima, atmósfera, agua, suelo, vegetación) y un cierto fracaso social debido a los costes adicionales que causa esta forma de vida, en la que se instala la fatiga, la neurosis, la violencia o la insolidaridad, que conducen, en definitiva, a una pérdida de bienestar.

El éxodo de las zonas rurales a las ciudades, y sobre todo a las grandes ciudades, es un fenómeno que, aún visto desde la objetividad de la estadística, resulta casi increíble. A comienzos del siglo XX, en 1900, el 92 % de los municipios españoles tenían menos 5.000 habitantes y el 52 % tenía menos de 1.000 habitantes. Éramos un país de pueblerinos. Sólo un tercio de la población (el 32 %) residía en municipios que tenían más de 10.000 habitantes. Este porcentaje creció hasta el 80 % en un siglo. Pero donde se ha manifestado un mayor trasvase de población ha sido, precisamente, a las grandes ciudades, a las urbes de más de 100.000 habitantes, en las que vivía menos del 10 % de la población española en 1900 y que ahora concentran el 40 % de la población.

Son múltiples los factores que explican estos movimientos de población, aunque en la raíz de todo este fenómeno están esas atractivas promesas de prosperidad económica y cultural, y no hay duda de que la televisión ha puesto su granito de arena en la transmisión de este discurso, hasta el punto de que se ha convertido en un medio de comunicación (en realidad siempre lo fue) que mira a su entorno con los ojos, el criterio y los valores de quien vive en la gran ciudad. Incluso cuando mira a la naturaleza, como ocurre en demasiados documentales, lo hace con ese sesgo antropocéntrico del urbanita que reclama la protección de algunas especies y espacios (eso sí, de cierto tamaño y espectacularidad) para que podamos seguir disfrutando de su contemplación (en vacaciones o en fines de semana). Un mensaje puramente estético, peligrosamente emocional y descaradamente antropocéntrico.

En el día a día de nuestro trabajo, de mi trabajo como director de dos programas de televisión que se ocupan de la actualidad ambiental y de la ruralidad, esta forma de mirar, tan urbana, plantea serios problemas de análisis, de interpretación de la realidad. Informar es dar forma, y con frecuencia modelamos el medio rural a nuestra imagen y semejanza.

En realidad se trata de un conflicto ontológico, un conflicto de valores, que enfrenta la visión romántica e idealizada de las poblaciones urbanas con la perspectiva pragmática y utilitarista de los habitantes de las zonas rurales. Desde los grandes medios de comunicación, y en particular desde la televisión, se suele apostar por esta visión urbana, insensible a las inquietudes, los miedos o las expectativas, la señas de identidad (en definitiva), de aquellas personas que viven, lejos de la gran ciudad, pegadas a otra realidad, a otros problemas.

Así es que resulta fundamental distinguir dónde acaba la gran ciudad, y su manera de entender el mundo, y donde empieza el universo rural con sus propias señas de identidad. Esa frontera que yo no era capaz de establecer desde la ventanilla del tren cuando tenía seis o siete años; esa frontera que cruza Salvatore Roncone distinguiendo perfectamente lo que hay a un lado y a otro. Esa frontera que todo periodista debe respetar para entender cómo es el mundo más allá de la trampa urbana.

 

 

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El pasado 27 de marzo EfeVerde publicaba una noticia de llamativo titular. “El esturión volverá a surcar las aguas del Guadalquivir”, aseguraba, en su encabezamiento, esta noticia. Sin pretenderlo (porque en el texto no se hacía referencia alguna a este asunto) la información volvía a alimentar una polémica científica y administrativa que en Andalucía lleva sin resolverse más de dos décadas.

Noticia en EfeVerde: http://www.efeverde.com/esl/contenidos/noticias/27-marzo-2011-10-37-00-el-esturion-volvera-a-surcar-las-aguas-del-guadalquivir

Leyendo el titular uno podría pensar que la noticia anunciaba la próxima reintroducción del esturión en el Guadalquivir y, sin embargo, lo que realmente anunciaba era la puesta en marcha de un proyecto de acuicultura, en manos de una empresa privada, que en instalaciones situadas cerca del Guadalquivir pretende criar tres especies de esturiones exóticos, es decir, que nunca habitaron en aguas del Guadalquivir. Ni el “esturión gigante”, ni el “esturión ruso” ni el “esturión estrellado”, las tres especies que se citan en la información, surcaron nunca las aguas del Guadalquivir, y precisamente la polémica a la que hago referencia tiene que ver con ese empeño, que viene del sector privado, en poblar el Guadalquivir con especies que nunca lo habitaron (lo cual es ilegal) o con especies de las que se tienen serias dudas científicas de su presencia en el Guadalquivir (como ocurre con el esturión del Adriático).

El texto, además, incurre en otros errores que también alimentan cierta confusión en un tema que necesita justamente de lo contrario. Por ejemplo, para destacar el valor ecológico de la zona en donde se ubica la explotación acuícola, Isla Mayor, la noticia asegura que está declarada “Reserva de la Biosfera”, distinción que recibe la cercana Doñana pero no estrictamente la Isla Mayor (aunque podríamos considerar que, por extensión, también la Isla Mayor goza de esta distinción). Y en el párrafo final, el autor o autora de la noticia afirma que esta experiencia comercial “servirá de aprendizaje para una futura cría del esturión europeo atlántico con vistas a su reintroducción en el Guadalquivir, río del que esta especie ha sido un elemento destacado hasta su extinción, hace ahora un siglo”, lo cual también llama a la confusión, porque no existe plan alguno para la reintroducción del esturión en el Guadalquivir, la cría en cautividad de la especie autóctona (Acipenser sturio) resulta extremadamente compleja (tarea en la que los franceses llevan años trabajando) y, además no es cierto que el esturión se extinguiera “hace ahora un siglo”, puesto que el último ejemplar, una hembra, se capturó en Sanlúcar de Barrameda en 1992, y si queremos ser menos estrictos hay que hablar de los años 60-70 del siglo XX, y de eso hace medio siglo.

En fin, que me sorprendió la noticia porque EfeVerde nos tiene acostumbrados a informaciones ambientales de calidad. Pero… el error es humano, y todos nos equivocamos alguna vez.

En “Espacio Protegido” (Canal Sur 2, http://www.canalsur.es/portal_rtva/web/noticia/id/70954/seccion/544/Espacio_Protegido) nos hemos ocupado en varias ocasiones de este tema.

Para que tengáis alguna referencia más detallada de esta polémica en torno al esturión del Guadalquivir, añado aquí la última información que publiqué sobre este asunto en el diario El País (26 de junio de 2006):

PECES EN AGUAS REVUELTAS

Posiblemente sea la disputa científica que, localizada en Andalucía, más se está prolongando en el tiempo sin que termine de resolverse a pesar de la intervención de numerosos especialistas, universidades y centros de investigación. La polémica, que se inició en 1987, gira en torno al esturión y a la posibilidad de que fueran dos especies distintas de esta misma familia (Acipenser sturio y Acipenser naccarii) las que en su día habitaron en aguas del Guadalquivir, y no una sola (Acipenser sturio) como tradicionalmente se ha considerado.

La controversia podría parecer irrelevante más allá de los círculos científicos si no fuera porque de su resolución depende el que este animal vuelva a poblar las aguas del Guadalquivir, de las que desapareció, por las graves modificaciones que sufrió el cauce, a finales de los años 60. Reintroducir al Acipenser sturio (esturión común o sollo) no es tarea fácil por el reducido tamaño de las poblaciones que han sobrevivido en algunos cauces europeos, pero sí que resulta viable la suelta de ejemplares de Acipenser naccarii (esturión del Adriático) que se crían, desde hace años y con notable éxito, en las instalaciones de la Piscifactoría de Sierra Nevada, una explotación comercial situada en Riofrío (Granada). Pero para poder llevar a cabo esta iniciativa es imprescindible demostrar que la especie es autóctona y no una especie exótica que jamás habitó en los ríos andaluces.

Los propietarios de la piscifactoría granadina son los que han impulsado, desde 1987, todo tipo de estudios y análisis que certificaran el carácter autóctono del esturión del Adriático, tesis a la que se han sumado especialistas de las universidades de Cádiz y Granada, así como expertos rusos e italianos. Por el contrario, otra extensa nómina de científicos, nacionales y extranjeros, respaldados por instituciones como la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) siguen poniendo en entredicho los argumentos que respaldan el supuesto carácter autóctono del Acipenser naccarii.

De poco han servido los dictámenes, neutrales, que en su día solicitó la Consejería de Medio Ambiente y que, en todos los casos, aconsejaban no llevar a cabo ninguna actuación en tanto no se resolviera la controversia.

Aún así, los expertos que consideran viable la suelta de esta especie en el Guadalquivir volvieron a insistir, a finales del pasado año, en la solidez de sus argumentos. A este pronunciamiento acaban de contestar más de cincuenta especialistas de todo el país, pertenecientes a una docena de universidades así como a diferentes centros de investigación, que han remitido una carta a la consejera de Medio Ambiente, Fuensanta Coves, advirtiéndole del discutible rigor científico que, a su juicio, tienen las pruebas aportadas y pidiéndole, en consecuencia, que no autorice ninguna suelta de Acipenser sturio en cauces de la comunidad autónoma. Los firmantes representan a la práctica totalidad de los grupos de investigación que en España trabajan en ecosistemas acuáticos y peces de aguas continentales, y a ellos se han sumado las principales organizaciones ecologistas.

Coves ha contestado a la misiva, reiterando que su departamento actuará “con todas las cautelas necesarias, y pulsando todas las opiniones, antes de poner en riesgo el equilibrio ecológico de nuestros ríos”. La reintroducción de este valioso animal sigue, por tanto, paralizada, y la polémica, casi veinte años después de que empezara a debatirse el asunto, continúa sin resolverse.

Así estaban las cosas en 2006, y así siguen…

Otro día os contaré la historia de aquellos esturiones del Guadalquivir que alimentaron una próspera industria de caviar en Coria del Río (Sevilla).

Fuente original: http://www.elpais.com/articulo/andalucia/Peces/aguas/revueltas/elpepiespand/20060626elpand_19/Tes

Identificación de esturiones procedentes del Guadalquivir usando ejemplares que se conservan en museos: http://www.juntadeandalucia.es/medioambiente/contenidoExterno/Pub_revistama/revista_ma36/ma36_12.html

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Casi me olvido de que hoy se celebra el Día Meteorológico Mundial. Mi contribución, en este caso, se aleja de las nuevas tecnologías para unir, en extraño matrimonio, la física y la metafísica. ¿Por qué sacamos a los santos en procesión cuando no llueve, o llueve en demasía? ¿Para qué sirven esas romerías? Traté de desvelar esos enigmas en un reportaje para la revista “Sierra Albarrana”.
EL AGUA QUE VIENE… DEL CIELO 

Más allá del valor que le otorgan los creyentes, las rogativas pidiendo lluvia, que la Iglesia católica incluye en sus ritos desde el siglo V, permiten fijar aquellos periodos de sequía que se registraron en épocas donde no se contaba con el auxilio de los modernos instrumentos de medida. La meteorología histórica recurre a esta y otras curiosas fuentes documentales para tratar de establecer la fecha precisa en que se manifestaron episodios donde la disminución o el aumento de las precipitaciones fue notable.

Implorar a la divinidad que sea generosa y permita que el cielo libere lluvias abundantes es, posiblemente, un ruego que ha estado presente en todas las religiones del mundo a lo largo de la historia. Organizar estos ruegos de manera que formen parte de una liturgia reglamentada es, sin embargo, algo exclusivo de las grandes religiones. La Iglesia católica incorporó los rituales de petición de lluvias (rogativas

pro pluvia) a su liturgia entre los siglos IV y V, y de su celebración han quedado registrados numerosos y precisos testimonios en los archivos parroquiales.

Lo que podría parecer un recurso anacrónico sigue siendo una fórmula más que viva. En septiembre de 2005 el obispo de Córdoba, Juan José Asenjo, remitió una nota a los medios de comunicación en la que anunciaba el exhorto que había realizado “a los sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles cristianos, para que pidieran a Dios el fin de la sequía”. El vicario general de la Diócesis habría precisado las instrucciones de esta petición, de manera que “en todas las misas y oraciones comunitarias se eleven súplicas (…) para que Dios, por su misericordia, nos libre de esta calamidad y nos bendiga con el agua que necesitamos”.

Una iniciativa muy similar fue la que anunciaron, en febrero de 1995 y coincidiendo con uno de los últimos periodos de sequía, todos los obispos de Andalucía occidental, aunque en aquella ocasión se ciñeron a las oraciones específicamente previstas para la petición de lluvias en el Misal Romano. Idéntica petición, aunque de acuerdo a la liturgia islámica, había realizado, tres años antes, el rey Hassan II de Marruecos para que se tuviera en cuenta en todas las mezquitas del país.

La utilidad de estos ruegos va más allá del valor que le otorgan los creyentes ya que, en algunos casos, constituyen la única referencia histórica que se puede utilizar para situar periodos de sequía en épocas remotas. Con frecuencia los propios meteorólogos, al evaluar un periodo en el que han disminuido de forma alarmante las precipitaciones, suelen asegurar que se trata del ciclo más seco “desde que hay registros”. Pero, ¿desde cuándo hay registros?

“En España”, precisa el meteorólogo Inocencio Font, “aunque las observaciones meteorológicas mediante instrumentos se iniciaron en Madrid en 1737, las pluviométricas no lo hicieron hasta finales del siglo XVIII, y aún así, desgraciadamente, debido a diversas vicisitudes, incluido el vandalismo de las tropas napoleónicas, la mayor parte de estos registros fueron destruidos o extraviados, por lo que sólo disponemos de dos series de datos pluviométricos que superen los 150 años, iniciadas a principios del siglo XIX en Madrid y San Fernando (Cádiz)”.

Este tipo de registros se fueron extendiendo, poco a poco, a la mayoría de las capitales y, así, uno de los primeros registros fiables que se han conservado es el procedente del Observatorio de la Encarnación (Sevilla), en el que se anotan las precipitaciones del periodo 1865-1874, y en el que aparece una brusca disminución de las lluvias en los años 1869 y 1874. Recurriendo a archivos similares, Font señala diferentes periodos de sequía situados en los periodos 1876-80, 1920-34, 1940-55, 1980-84 y 1990-95, siendo éste último el más acusado de todos.

Sin embargo, aún se puede retroceder más en el tiempo acudiendo a los archivos eclesiásticos y municipales en los que han quedado registradas las rogativas pro pluvia. Incluso es posible recurrir a otros relatos históricos como el del autor musulmán Ibn Hayyán, que en el año 936 relata una intensa sequía en tierras andaluzas, posiblemente la primera de la que ha quedado testimonio escrito. “Fue este el año más seco de los años conocidos en ella [en al-Andalus], pues no cayó una gota de lluvia ni llegó a mojarse el suelo”, asegura Ibn Hayyán. Cinco años después, en el invierno de 941-942, el mismo historiador cordobés ofrece noticias de una nueva sequía durante la que “se secaron los aljibes, se interrumpió la labranza y aumentó la esterilidad”, sequía que obligó a organizar diferentes rogativas.

La ordenada liturgia que la Iglesia católica organizó en torno a estas peticiones de lluvia permite interpretar la gravedad de las diferentes sequías, como ha estudiado, entre otros, Mariano Barriendos, especialista del grupo de Climatología de la Universidad de Barcelona. De esta manera, si lo que se anotan son oraciones especiales en las misas, la intensidad del fenómeno es baja y tan sólo se trata de acciones preventivas. Aún dentro del templo, si se exponen reliquias o imágenes es porque la ausencia de lluvias comienza a causar daños, aunque poco importantes, en la agricultura. La pérdida parcial de las cosechas obliga a salir de la iglesia y a procesionar por la localidad en cuestión, procedimiento que suele indicar la aparición de una sequía severa. Si las reliquias o imágenes se someten a una inmersión en agua (procedimiento que terminó siendo prohibido por los daños que se ocasionaban a estos elementos) la ausencia de lluvias es extrema, con pérdida de la práctica totalidad de las cosechas. Los episodios catastróficos, en donde aparece una crisis de subsistencia, suelen señalarse con peregrinaciones a santuarios de especial veneración.

Los excesos hídricos, episodios de precipitaciones prolongadas o intensas, también tienen su reflejo documental, como explica Barriendos, de manera que los especialistas que se ocupan de la meteorología histórica pueden, asimismo, rastrear estas evidencias en los más antiguos archivos parroquiales. Cuando las lluvias se extendían durante un largo periodo de tiempo, amenazando cultivos y otras propiedades, la Iglesia católica organizaba las rogativas pro serenitate que hoy, a diferencia de las que reclaman agua, prácticamente han desaparecido de la liturgia. Hoy, por tanto, somos más vulnerables a la escasez que al exceso.

Pero, ¿son realmente fiables estas fuentes o, por el contrario, su valor está condicionado al capricho de quién organizaba estos ruegos? Barriendos expone al menos tres argumentos que, a su juicio, otorgan suficiente rigor a estos registros. En primer lugar, al ser actos litúrgicos estaban sometidos a un estricto control institucional que, en determinados periodos, era ejercido por la temida Inquisición, de manera que no era fácil hacer un mal uso de las rogativas. Al mismo tiempo se desarrollaban de acuerdo a un cierto equilibrio entre administraciones civiles y religiosas. “Es decir, mientras que a la Iglesia le podía interesar su sobredimensionamiento o uso excesivo por propio lucimiento o prestigio social, a los gobiernos municiales no les interesaba en absoluto este abuso pues los costes económicos de todas y cada una de las rogativas que determinaban tenían que ser abonados a la Iglesia, gastos de los que queda constancia en los libros de contabilidad municipales”. Y, por último, tanto en las actas municipales como capitulares, intervenían y daban fe de la veracidad de lo registrado notarios públicos o personas de rango similar.

La meteorología histórica, que hasta la década de los 80 apenas llamó la atención de los científicos españoles, es hoy una disciplina en expansión cuya utilidad podría ser decisiva, por ejemplo, en los trabajos que giran en torno al cambio climático, necesitados de series históricas fiables. Un volumen ingente de registros documentales están pendientes de análisis, no sólo en el territorio nacional, sino también en aquellos países que un día integraron nuestra extensa nómina de colonias.

Tensiones en seco

El Sistema Español de información sobre el Agua (Hispagua), puesto en marcha por los ministerios de Fomento y Medio Ambiente, advierte en su página web (http://hispagua.cedex.es/) que las sequías, en territorio peninsular, “no son un fenómeno reciente, como algunos podrían creer”. También en este caso se citan las crónicas recogidas en Andalucía durante el califato de Abderramán III, y los diferentes registros de rogativas católicas que aparecen en archivos parroquiales de todos el país.

También se anotan los terribles efectos de algunas sequías ya olvidadas, como la que se produjo en torno al año 1930. En este caso, la ausencia de lluvias “acrecentó la tensión social y política que se venía arrastrando desde hacía años”. En los latifundios se redujo la contratación de mano de obra, por lo que los campesinos reclamaron tierras para poder subsistir. De alguna manera este fenómeno meteorológico precipitó la proclamación de la II República en abril de 1931.

Lo cierto es que la sequía tiene efectos directos en la agricultura, en los terrenos forestales (que son más vulnerables a los incendios), en la ganadería, en la industria, en el medio ambiente y en la gestión del agua (con perturbaciones en la calidad y/o suministro de la misma), pero también son notables los efectos indirectos, que pueden ocasionar alteraciones en el comercio, las finanzas, el turismo, la salud pública, el empleo o la política (los clásicos enfrentamientos entre comunidades autónomas a cuenta, por ejemplo, de los trasvases).

Según detalla Hispagua, la brusca disminución de precipitaciones puede originar “un incremento de las enfermedades cardiovasculares, las alergias y las infecciones respiratorias”, y en lo que se refiere al mercado de trabajo “la sequía se traduce en un menor soporte socioeconómico reflejado en un aumento del desempleo”. Durante el periodo de sequía 1992-1995 se anotó, a escala nacional, un notable decremento de la producción agrícola, que se cifró en pérdidas anuales de entre 200.000 y 300.000 millones de pesetas, junto a una duplicación de los seguros agrarios contratados para los cultivos de secano (pólizas por las que se desembolsaron 750.000 millones de pesetas).

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Hoy, con la llegada de la primavera, se celebra el Día Forestal Mundial, y el hashtag #forestal gana enteros en Twitter. Para celebrarlo rescato un texto que hace algún tiempo (2008) escribí para la revista “Estratos”. Habla de los bosques olvidados de sureste árido español, de los bosques del desierto, una curiosa paradoja bien documentada. 

 

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Aunque hoy, a la vista de sus áridos paisajes, resulta difícil de creer, hubo un tiempo en que amplias zonas del sureste peninsular estuvieron dominadas por frondosos bosques. No fue un inesperado cambio climático el que transformó radicalmente estas tierras de Almería y Murcia, sino la acción devastadora del hombre a lo largo de los siglos. Acudiendo a yacimientos arqueológicos, archivos históricos, índices toponímicos y a la propia observación del medio natural, los hermanos Juan y Jesús García Latorre, historiador e ingeniero forestal respectivamente, han rescatado del olvido la densa vegetación que un día, no muy lejano, pobló algunas de las comarcas en las que ahora se ceba la erosión.

LOS BOSQUES DEL DESIERTO
La historia ecológica del sureste peninsular revela un sorprendente patrimonio forestal y faunístico

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José María Montero. Periodista ambiental
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En 1494, dos años después de la conquista del Reino de Granada, el viajero austriaco Jerónimo Münzer cruzaba la frontera que durante 300 años había delimitado dos sociedades bien distintas. Cristianos y musulmanes estaban separados por una amplia franja, prácticamente deshabitada, que se extendía entre Lorca (Murcia) y Vera (Almería). En el relato de su travesía, que incluye no pocas referencias a la abundante caza mayor, podemos leer: “Después de una jornada de nueve leguas por una comarca de exuberante vegetación, pero sin agua y despoblada, llegamos a Vera”. Cuando los hermanos Juan y Jesús García Latorre, historiador e ingeniero forestal respectivamente, se toparon con este texto anotaron, para su correcta interpretación cinco siglos después, el siguiente comentario: “Nadie hoy, y menos un centroeuropeo, usaría la palabra exuberante para describir el raquítico matorral de la zona, una de las más áridas del sureste ibérico”.

 

La cita, aunque llamativa, es solo una muestra de las múltiples referencias históricas que ambos investigadores han manejado en sus trabajos de investigación sobre la historia ecológica de este sector de la Península. En definitiva, han sido capaces de ofrecer una nueva interpretación de algunos de estos paisajes, en los que el bosque, natural o creado por la mano del hombre, “habría sido un elemento importante hasta épocas muy recientes”.

 

Lo que vio Münzer entre Lorca y Vera, aseguran los hermanos García Latorre, era una maquia de acebuches, una suerte de bosquete en el que se combinaban árboles, grandes y muy próximos entre sí, y un matorral muy alto. La combinación de estos dos elementos configuraba una vegetación densa y casi impenetrable. Espesas maquias de lentiscos, acebuches y sabinas también crecían en el Campo de Cartagena y en el Campo de Dalías.

 

Lejos de la humedad de las ramblas y de los suelos más profundos, la maquia se presentaba en forma menos densa, con los árboles muy dispersos entre el matorral. Un paisaje muy parecido al de la sabana africana. Algunos de aquellos primitivos acebuches que salpicaban estos parajes semidesérticos fueron injertados y unos pocos, destacan estos investigadores, “aún permanecen entre nosotros”. “Hemos localizado algunos de ellos”, precisan, “y son árboles impresionantes y extraños, a veces descomunales, con troncos retorcidos y aspecto de baobabs de la sabana. Centenarios, milenarios en ciertos casos, exhiben las señales de haber sido sometidos a todo tipo de manipulaciones y podas durante siglos para aprovechar sus frutos, madera y forraje”.

 

Cuando Münzer se interna en la comarca del Bajo Andarax, desde los municipios de Santa Fe de Mondújar hasta Almería capital, queda de nuevo sorprendido, en esta ocasión por un modelo de agricultura exótico, desconocido en el norte de Europa. El adjetivo que utiliza en esta parte del relato es “paraíso”. El paisaje que ahora se le presenta, describen los hermanos García Latorre, “era un extenso oasis formado por una densa y frondosa masa de palmeras y árboles frutales, bajo la que crecían, en claros y huecos entre los árboles, hortalizas, parrales, viñas, pequeños prados de alfalfa y bancales sembrados de cereal”. Un oasis artificial cuya existencia dependía de un complejo sistema hidráulico de acequias, pozos y norias. A diferencia de la agricultura que se practicaba en la Europa feudal, lo que crecía en esta zona del Bajo Andarax era fruto de una sabia combinación de horticultura y arboricultura que unía “valores utilitarios y estéticos”. Bosques silvestres y bosques humanizados componían un paisaje hoy desaparecido.

 

Esta es sólo una muestra de las numerosas evidencias que estos investigadores han ido reuniendo a lo largo de una década de trabajo, evidencias que acaban de reunirse en una publicación, Almería: hecha a mano, en la que se analizan las transformaciones ambientales que ha experimentado esta zona de la Península desde la prehistoria hasta la edad contemporánea. “Hemos podido comprobar con nuevos datos”, explica Juan García Latorre, “que efectivamente este desierto contó con una sorprendente cubierta forestal y una fauna extraordinaria hasta épocas históricas recientes”. El bosque mediterráneo en Almería, asegura, “era bastante más rico y complejo de lo que suponen botánicos y ecólogos cuando parten del estudio de la vegetación actual”.

 

Las pruebas de esta llamativa afirmación las han ido encontrando en yacimientos arqueológicos, archivos históricos o índices toponímicos. Y sobre las pistas que ofrecían estas fuentes han recorrido, palmo a palmo, este extenso territorio sureño, observando el medio natural para rescatar del olvido la densa vegetación, y la variada fauna, que un día, no muy lejano, pobló algunas de las comarcas que ahora aparecen dominadas por el desierto.

 

Ambos investigadores han podido, incluso, localizar, como en el caso de los acebuches milenarios, los restos de estos primitivos bosques. Oasis forestales “absolutamente desconocidos y, por tanto, desprovistos de cualquier protección”. Un buen ejemplo de este patrimonio oculto es el pinar del Barranco del Negro, en el corazón del Cabo de Gata, donde los árboles, adultos y jóvenes con una buena tasa de regeneración, sobreviven con tan sólo 170 mm de precipitación media anual. A este inesperado inventario se suman alcornocales en la desnuda sierra de los Filabres, a casi 1.000 metros de altitud, o centenarios quejigales en la sierra de Cabrera, en un enclave semiárido.

 

Precisamente en Cabo de Gata, un desierto volcánico con los índices de precipitación más bajos de Europa, los hermanos García Latorre han descubierto “enormes árboles milenarios, probablemente de más de 1.500 años de antigüedad en algunos casos, que se encuentran no sólo entre los más viejos de la Península Ibérica sino también de todo el Mediterráneo”. En Agua Amarga, por ejemplo, se ha localizado un soberbio olivo o acebuche injertado cuya edad se ha estimado entre 1.500 y 2.000 años, “un monumento de la época romana, pero un monumento vivo”.

 

También en las zonas serranas quedan restos espectaculares de los antiguos bosques almerienses, como el Carrascón de la Peana, una encina que crece a casi 1.500 metros de altitud, en el municipio de Serón. En su base alcanza un perímetro de 15 metros y se eleva hasta los 18 metros de altura, el equivalente a un edificio de seis plantas. “Este árbol”, detallan los investigadores, “ya aparece mencionado en un documento del siglo XVII, tiene una edad estimada de, al menos, 700 años, y posiblemente sea la encina más grande y vieja de Andalucía”.
Sobre una superficie de unos 28.000 kilómetros cuadrados, que cubre todo el sureste español, los hermanos García Latorre han examinado más de 3.000 topónimos que hacen referencia al medio natural y a la acción del hombre sobre el mismo. El alcornoque y la encina aparecen citados de forma muy abundante, circunstancia que “refleja la amplia distribución de estas especies, que iría desde las comarcas más montañosas y húmedas hasta las más áridas como el Cabo de Gata o el Campo de Cartagena”. Otros topónimos hacen referencia a los pinos, madroños, acebuches, lentiscos, coscojas, enebros y sabinas, especies, todas ellas, ya desaparecidas de estos territorios o con poblaciones que apenas son una reliquia de tiempos pasados.

 

Fue la mano del hombre la que arrasó este patrimonio forestal. La escasez de madera empieza a hacerse notar en el siglo XVIII. En julio de 1741 un inspector forestal de la marina de guerra visita la comarca de Vera inventariando los pinares, bastantes esquilmados ya. En la pequeña sierra de Almagro contó 1.600 pinos carrascos, de los que solo ha sobrevivido una pequeña mancha muy degradada en la cima; y en el valle de la Ballabona descubrió que los cultivos habían sustituido casi por completo a los pinos, de manera que solo pudo registrar la existencia de 320 pies, hoy completamente desaparecidos. A pesar de todo, todavía en 1763 el marqués de los Vélez nombraba guardas forestales para sus montes de Sanpétar, en donde lo único que han encontrado ahora estos investigadores “es un viejo pino de grandes dimensiones”.
La fase final en la destrucción de los bosques almerienses se desarrolla a lo largo del siglo XIX, fenómeno que queda relatado con precisión en el Diccionario de Madoz, publicado a mediados de esa centuria. Hasta en nueve voces diferentes de esta obra, explica Andrés Sánchez Picón , profesor de Historia Económica de la Universidad de Almería, se recoge la desaparición del monte alto y bajo de la sierra de Gádor. En los casos de Dalías o Berja se habla de la destrucción reciente y completa de sus grandes encinares, y en parecidos términos se expresan los informantes de pueblos como Beires, Abla y Abrucena.

 

No se puede culpar a las peculiares condiciones climáticas de este desastre, ni tampoco, añade Sánchez Picón, se puede recurrir a rancias leyendas: “A finales del siglo XX, los habitantes de este rincón del sureste árido aluden a ambiguas y legendarias referencias históricas para explicar la deforestación provincial, y no son raras las acusaciones que hacen responsable a la construcción de la Armada Invencible de la desnudez de nuestros montes”. Las causas hay que buscarlas en una sucesión, ininterrumpida desde la Edad Media, de alteraciones causadas por el hombre como consecuencia del cambio en el tipo de aprovechamientos agrícolas, la explosión demográfica, la intensa actividad minera y metalúrgica o la masiva recolección de esparto con destino a la industria papelera británica.

 

En lo que se refiere a la fauna se han hallado nuevas evidencias sobre la presencia de osos, ciervos, nutrias y corzos en las sierras de Almería hasta periodos históricos recientes. “También”, precisa García Latorre, “hemos averiguado, por fin, qué era la encebra, un équido no doméstico sobre el que encontramos referencias documentales desde la Edad Media hasta el siglo XVI. Al parecer era una especie de caballito salvaje con rayas que después de haber vivido en gran parte de España se extinguió en Almería en la época de Cervantes que, de hecho, lo cita en El Quijote”.

 

Estos son algunos de los aspectos más llamativos y curiosos de este trabajo de investigación pero, como advierten sus autores, “no constituyen su tema central”. El medio natural, en sentido estricto, no existe, sino que cuando contemplamos estos paisajes almerienses estamos viendo el producto de la interacción, durante miles de años, de la naturaleza y de las distintas civilizaciones que la han poblado, “cada una de las cuales explotó, manejó y transformó su entorno de manera peculiar y específica, y el estudio de estas interacciones es el verdadero tema central de nuestra obra”.

 

Examinando el pasado se pueden revelar algunas buenas noticias que, incluso, podrían contradecir las tesis más o menos oficiales. Una de nuestras conclusiones, destaca Juan García Latorre, “es que el medio natural de Almería no está más degradado que el de Asturias o Irlanda y que, en contra de lo que se viene afirmando desde hace mucho tiempo, el desierto y la desertización no avanzan en esta provincia, sino que, en realidad, están retrocediendo”. 

LA MINERÍA INSACIABLE

En el retroceso del bosque almeriense durante el siglo XIX jugó un papel fundamental la actividad minera, y en concreto las fábricas metalúrgicas que empleaban combustible vegetal a gran escala. Así lo habían manifestado numerosos autores aunque, hasta hace pocos años, nadie había calculado el impacto real de estas prácticas en la vegetación de comarcas concretas.
Tomando como referencia la sierra de Gádor, Andrés Sánchez Picón ofrece algunas cifras que hablan de la insaciable voracidad de los hornos de fundición que originalmente se alimentaban con especies de monte bajo como el esparto, fundamentales en una provincia que avanzaba a pasos agigantados hacia la desertización. Solo en los 13 años que van de 1823 a 1836, advierte este historiador, “se quemaron más de 660.000 toneladas de esparto”, y entre 1796 y 1860 “pudieron desaparecer en esta sierra unas 50.000 hectáreas de espartal”. Como contrapunto, añade, “en los 54 años del periodo comprendido entre 1861 y 1915, cuando el esparto en rama se convirtió en uno de los principales capítulos de las exportaciones almerienses hacia las fábricas de papel del Reino Unido, las expediciones de este vegetal alcanzaron un volumen total de 741.245 toneladas”.

También fueron pasto de las llamas otras especies de monte alto, como las encinas. Sánchez Picón calcula que pudieron emplearse en los hornos más de medio millón de pies de este árbol, lo que equivale a una superficie afectada de unas 28.000 hectáreas. La cifra posee una magnitud aceptable, concluye, “si tenemos en cuenta que en el Atlas Forestal del siglo XVIII los funcionarios de la Marina habían anotado más de 700.000 encinas en las jurisdicciones montuosas de Roquetas, Dalías, Almócita y Canjáyar, una pequeña parte de la superficie de la sierra de Gádor”. 

LA VIDA EN LA ARIDEZ

La aridez no siempre es consecuencia de la acción humana. A juicio de la bióloga Nuria Guirado, “es preciso aclarar que cuando nos referimos a condiciones climáticas áridas podemos estar hablando de las que rigen desde hace cinco mil años en el Paraje Natural del Desierto de Tabernas”. Almería participa del clima mediterráneo, y por tanto está sometida a un régimen de lluvias muy irregular, pero es que existen ecosistemas perfectamente adaptados a esta inestabilidad. “Es más”, detalla Guirado, “existen numerosos ejemplos de organismos vivos, como las retamas, cuya adaptación a estas condiciones climáticas tan particulares las convierte en auténticas islas de fertilidad, ya que protegen el suelo y facilitan la retención de nutrientes dentro del sistema”.

 

Argumentos similares defienden los hermanos García Latorre cuando hablan de “las virtudes poco conocidas de los secarrales almerienses”. El matorral, “una formación vegetal de gran belleza”, desempeña en el sureste español las mismas funciones que los bosques en otras zonas de Europa. “Posiblemente por estar tan acostumbrados a ellos”, razonan, “no se les presta la atención que merecen, llegando incluso a ser despreciados”.

 

En los áridos campos de Tabernas, por ejemplo, existe una zona donde las retamas alcanzan hasta tres y cuatro metros de altura, y llegan a desarrollar raíces de hasta cincuenta metros de profundidad. “Se ha podido comprobar”, destacan estos especialistas, “que a la sombra de las retamas se forma un microambiente especial, menos árido que el entorno circundante y más fértil gracias al nitrógeno que aportan los tallos que se van desprendiendo del matorral”. De esta manera, la retama, al crear unas condiciones muy favorables, facilita la instalación de numerosas especies vegetales que de otra forma no serían capaces de colonizar estas tierras, aumentando así la biodiversidad de la zona.

 

Un fenómeno similar se produce en las dunas de Punta Entinas, junto al municipio de Roquetas de Mar, donde las sabinas son capaces de alcanzar edades de hasta tres siglos sobre terrenos arenosos en los que escasean los nutrientes. A la sombra de esta especie se desarrollan otros muchos vegetales. En las tierras volcánicas de la sierra del Cabo de Gata se pueden encontrar hasta 70 especies diferentes de plantas en apenas 800 metros cuadrados de terreno. “¿En qué bosques de Europa existe una diversidad parecida?”, se preguntan los hermanos García Latorre. A pesar de los prejuicios que tenemos frente a las zonas áridas, concluyen, “podemos presumir de habitar en uno de los territorios con mayor diversidad vegetal de toda Europa”.

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En España la historia de la comunicación ambiental está ligada a la figura, polémica e irrepetible, de un médico reconvertido en conservacionista mediático. Cuando la naturaleza en televisión ni siquiera servía para dibujar un discurso preciosista, como el que ahora nos brindan algunos documentales políticamente correctos, Félix Rodríguez de la Fuente se atrevió a recorrer el país identificando aquellos elementos valiosos que el desarrollismo brutal de los 60 había (milagrosamente) respetado; denunciando las amenazas que hipotecaban su futuro, convenciéndonos de que un águila o un lobo, considerados aún como alimañas en numerosas comarcas, eran, además de hermosos, útiles. Nuestro futuro dependía de su futuro, insistía con su verbo apasionado, lanzando así un mensaje que hoy asumimos con naturalidad pero que entonces constituía un enfoque casi revolucionario. Él nos hizo sentir orgullosos de nuestro patrimonio natural, territorio reservado hasta entonces a los especialistas, y, lo que es más importante, nos implicó en la conservación de estos tesoros porque supo transmitirnos, con un lenguaje riguroso pero asequible, su justo valor. Difícilmente se puede defender lo que no se conoce, y aquellos programas eran una ventana abierta a una realidad desconocida para muchos españoles. 

Félix supo, además, sacarle el máximo rendimiento a la imagen, manejar con maestría los recursos visuales, aprovechar, en definitiva, las principales virtudes del medio televisivo. Las imágenes de aquellos programas no han caducado porque hablan por sí solas, porque tienen mucha más fuerza que algunos de los productos ambientales que hoy se nos ofertan, saturados de planos comodín (bonitos paisajes, panorámicas campestres, animales silvestres en variadas poses) y alardes técnicos, pero que apenas ofrecen información y raramente transmiten sentimientos.

Tan desmedido fue el impacto social de aquellos programas que, incluso, dieron lugar a agrias polémicas en la prensa escrita. Debates que dejaban entrever la resistencia feroz de algunos individuos y colectivos ante el imparable avance de la sensibilidad ecológica. Hoy puede invitarnos a la risa el artículo que guardo en mi particular hemeroteca, un texto que el conde de Montarco firmaba en El País un 27 de marzo de 1977 (“El doctor Rodríguez de la Fuente y sus lobos”, Sección de Sociedad, página 19). Hoy, como digo, invita al pitorreo, pero entonces revelaba la profunda indignación que las tesis de este pionero de la comunicación ambiental provocaban en los más rancios representantes de la España profunda.


“El doctor Rodríguez de la Fuente”, escribe el citado conde, “nos ha obsequiado, en RTVE, con uno de sus trucados reportajes en el que aparecen unos campesinos crueles persiguiendo y matando una loba, de tiernos instintos maternales, que cae bajo las escopetas por querer defender a sus crías antes de que se apoderasen de ellas esos hombres sin corazón. Yo no sé si los televidentes de las grandes ciudades habrán llorado a la vista de semejante drama rural, pero lo que sí he oído son los comentarios de las gentes del campo, que ya están mosqueados con las historias del doctor acerca de los perros asilvestrados, echando a éstos las culpas de las muertes de ganado, para librar de pecado a esos lobos pacíficos y cariñosos con el hombre, como nos lo muestra Rodríguez de la Fuente jugando ante las cámaras con unos ejemplares domesticados que posee. También podía haber domesticado un tigre o un rinoceronte y no por eso dejarían de ser fieras. El doctor debe de creer que en el campo español no sabemos distinguir entre un perro y un lobo, y debe pensar que esta confusión viene desde siglos en toda Europa. Pero los campesinos españoles piensan, después de haber presenciado esa desdichada emisión en RTVE, que el que no conoce el campo es el señor Rodríguez de la Fuente, ya que no existe ningún pastor que no lleve perro, y si hace su aparición el lobo juntos atacan a la fiera, el uno con sus colmillos y el otro con su garrota”. 

Esta era la España en la que vivió y trabajó Félix. Una España a garrotazos. La misma que pintó Goya, la que ayer (23F) recordábamos y la que todavía, aunque con menor intensidad que en aquel ya lejano 1977, seguimos sufriendo los que creemos que otro mundo (sin garrotes) es posible.

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