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Posts Tagged ‘neurología’

Me basta un puñado de habas frescas, como las que hoy trajo Maite de nuestro huerto, para revisitar mi infancia. Son la chispa que desata el torbellino químico con el que mi cerebro es capaz de rebuscar en lo más profundo de la memoria para devolverme a aquel otro huerto, a aquellas otras habas, a aquella otra primavera…

 

Para el refinado de Proust el más rotundo poder de evocación lo atesoraba el aroma de una magdalena mojada en té. Yo soy más prosaico: el recuerdo de mi infancia se despierta con el olor, y el sabor, de un puñado de habas crudas como las que hoy ha traído Maite de nuestro huerto. Las acerco a la nariz, las muerdo, y vuelvo a aquel otro huerto, a aquella otra primavera, a aquella felicidad sencilla de los seis o siete años, cuando triscaba por el campo con pocas expectativas y ninguna preocupación.

El estrecho vínculo entre olor y emoción se debe, en gran medida, a que la zona del cerebro que procesa los olores está situada en el interior del sistema límbico, muy relacionado, asimismo, con las emociones. Afinando un poco más (sí, también me gustan la anatomía y la neurología), los olores son procesados por el bulbo olfatorio que está dotado de células mitrales, neuronas especializadas en recibir información de los nervios olfatorios. Parte de esa información termina en la amígdala (involucrada en la consolidación de la memoria) y en el hipocampo (decisivo en la conducta emocional) donde, además, se resuelven los comportamientos instintivos e innatos.

Ayudándome de un artículo de Adrián Triglia voy a insistir en esta deliciosa evocación que se ha despertado, de manera inconsciente, en mi cerebro; voy a seguir dando más detalles de esta conexión biológica que desata lo que deja de pertenecer al cuerpo y entra en el difuso territorio de lo inmaterial (¿de qué sustancia están hechas las sensaciones, los recuerdos, las emociones?). “Tanto el olor como el gusto”, detalla Triglia, “están conectados directamente a la parte baja del sistema límbico, la zona emocional  del cerebro, a diferencia del resto de sentidos, los cuales pasan primero por el tálamo y son por ello más accesibles por el pensamiento consciente”.  Por este motivo, precisa este psicólogo y divulgador científico, “las señales químicas que recibimos a través de la nariz actúan drásticamente sobre la regulación del tono emocional, aunque no nos demos cuenta, y por eso los olores son una vía única para incidir sobre el estado anímico de las personas aunque estas no se den cuenta”. Además, como en el sistema límbico están incluidos el hipocampo y la amígdala, “las señales recogidas por la nariz evocan con facilidad experiencias ya vividas, y lo hacen acompañando este recuerdo con una gran carga emocional«.

¿Y por qué este puñado de habas frescas me lleva directamente a la infancia y no a la adolescencia o a la madurez, si mi gusto por este vegetal me ha acompañado desde que tengo uso de razón? Para seguir afinando en esta búsqueda de razones, a partir de una emoción, he leído el curioso resumen de un trabajo de investigación realizado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Dresde que comienza así: “La evidencia conductual indica que los recuerdos autobiográficos provocados por el olor son más antiguos, más emocionales, menos pensados ​​e inducen características de viaje en el tiempo más fuertes que los recuerdos autobiográficos provocados por otras modalidades”. Es decir, que un olor te lleva mucho más atrás en el tiempo que una imagen o un sonido, así es que si lo que quieres es revisitar tu infancia, sin hacer paradas intermedias, apuesta por un olor porque seguramente lo que te ocurrió antes de los diez años sólo se conserve en tu cerebro, en tu archivo biológico, en forma de olor y esa sea la única llave para abrir otros archivos más profundos donde quizá, quién sabe, sí se conserven imágenes, sonidos o incluso aquella suavidad de la piel en las manos de tu madre.

Como diría mi amigo Miguel Delibes, siento haber recurrido a la ciencia y así haber roto la magia, el hechizo, la poesía… con la que comenzaba este post. Lamento haber usado una delicada haba fresca, recién cosechada por mi mujer, para encaminarme al complejo procesamiento sináptico de las células mitrales. Dicen que fue el poeta John Keats quien brindó contra la memoria de Newton por haber destruido la poesía del arco iris convirtiéndolo en un frío prisma. Mi humilde haba fresca ha terminado convertida en un alambicado cóctel químico de neurotransmisores que impregnan dendritas y axones en uno de los rincones más primitivos del cerebro humano. Pero es que para mí esto que acabo de escribir también es poesía.

Psicólogos y neurólogos están muy interesados en la memoria olfativa porque, entre otras peculiaridades, se ha comprobado que una memoria olfativa defectuosa puede ser la antesala de la demencia. Para recalcar esta relación, explican en otro interesante artículo Johnson y Moss (dos psicólogos de la Universidad de Bournemouth), las personas que tienen un determinado alelo del gen de la ApoE (un tipo de lipoproteína sanguínea), usado como marcador que determina un cierto factor de riesgo a la hora de padecer la enfermedad de Alzhéimer, presentan, además, una identificación defectuosa de los olores. Dicho de manera más sencilla: si el aroma de unas habas frescas no te dice nada, si no te evoca ningún recuerdo ni te invita a ninguna receta, si ni siquiera puedes identificar si son habas o boquerones, quizá tu cerebro ha comenzado a averiarse y te lo anuncia por la nariz. Así es que la poesía de mi haba fresca, la que Maite trajo del huerto este mediodía, no sólo me ha regalado la memoria, también fresca, de aquella infancia despreocupada y feliz sino que, al mismo tiempo (una vez pasada –eso sí- por el tamiz de la neurología), me ha sugerido que en mi vejez, si conservo el olfato, tal vez pueda seguir disfrutando de esos y otros muchos recuerdos, los que guardo en el rincón más primitivo de mi cerebro, los recuerdos que me explican.

PD: Sí, en estas cosillas irrelevantes, en estos conocimientos inútiles, en estas circunvoluciones dialécticas que bailan entre la ciencia y la poesía entretengo las largas horas de mi doble confinamiento.

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«Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura»

(De mi propia vida, Oliver Sacks)

 

A finales de febrero de este mismo año, que ha sido, que está siendo, un año especialmente intenso, leí el artículo del que he elegido un párrafo para prologar esta anotación de madrugada. Un artículo en el que mi admirado Oliver Sacks anunciaba su cáncer, incurable y terminal, y se despedía de sus lectores.

El pasado domingo murió este neurólogo británico que nos mostró, como el aventurero que se interna en una selva desconocida llena de peligros y prodigios, el funcionamiento del cerebro humano. Y lo hizo con un grado de humanidad, de rigor científico, de afecto, de humor, de claridad y de humildad, con el que pocos divulgadores han sido capaces de visitar ese territorio, interpretarlo y regresar, sin perder la sonrisa, para tratar de explicarnos quiénes somos, qué somos, por qué somos, con quién somos… ¿Cuál es el extraño y verdadero vínculo entre nuestra mente y nuestro yo? ¿Qué es en realidad lo que nos anima y nos hace humanos? ¿Qué es lo que separa la cordura de la demencia?

El arte y el horror, el amor y el odio, la música y el ruido, la violencia y la poesía, la mesura y las pasiones, la memoria y el olvido… todo convive, en todos, dentro de esa masa gelatinosa, bañada en un cóctel químico del que no existen dos recetas iguales, que se pasa el día y la noche trazando planes.

En la propia infancia de Sacks convivieron esos ángeles y demonios que nos habitan a todos: frente a la libertad de explorar territorios científicos aparentemente inapropiados para un niño (las explosiones e incendios en su casa eran moneda corriente por culpa de sus experimentos) estaban los malos tratos que padeció lejos de su familia, por culpa de la guerra, y el rechazo cruel de su madre a su homosexualidad declarada. Pero todas estas circunstancias, las buenas y las malas, esas con las que todos convivimos a diario, y también las que más tarde fue descubriendo en su consulta y en los centros psiquiátricos donde trabajó, lejos de convertirlo en un hombre distante o resentido, hicieron de Sacks una persona tremendamente sensible a la diferencia, y así nos ayudó, a muchos apasionados lectores de su extensa obra, a contemplar de manera distinta, mucho más humana y compasiva, a los que hasta ese momento seguramente habríamos despachado con algún adjetivo injustamente simple como «loco», «perturbado» o «lunático».

En el arte es mucho más común este acercamiento a los infiernos: la casualidad quiso que el mismo día de la muerte de Oliver Sacks yo estuviera visitando, en el Museo Picasso de Málaga, la emocionante exposición de Louise Bourgeois «He estado en el infierno y he vuelto», con la que resulta inevitable trazar ciertos paralelismos. Y ahí está otra de las virtudes de este neurólogo: el arte –sobre todo la música– estaba muy presente en su obra, no sólo en el contexto de la misma, o de su propia vida, sino en el mismo corazón de su discurso científico: el arte también nos explica, también muestra ese territorio selvático e inexplorado, también revela nuestra complejidad y nuestra fragilidad, también forma parte de nuestra identidad como especie y como individuos (visitad la exposición de Bourgeois y deteneros, unos instantes y en silencio –nada de audioguías ni de catálogos–, delante, por ejemplo, de la serie de grabados, acuarelas, dibujos a lápiz y gouache «10 am is When you Come to Me»10 am es Cuando tú Vienes a Mí–).

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Ahí están nuestras manos buscando, buscándonos, buscando al otro, a la otra. Estrechándose. Separándose. Reencontrándose. Ahí están nuestras manos explorando el abismo… (Fragmento de la serie «10 am is When you Come to Me», Louise Bourgeois)

 

Oliver Sacks, desde las dos culturas, se asomó al abismo de la condición humana para certificar el vértigo que sentimos ante ese enigma insondable pero, al mismo tiempo, nos convenció, desde la voz de la ciencia y la luz del arte, de que en ese abismo estamos nosotros, todos nosotros y todo lo bueno que hay en nosotros. Su voz era la de la esperanza y el optimismo, y no se trataba de la mirada estéril de un romántico bienintencionado, sino la mirada, sorprendida, lúcida, apasionada y sin prejuicios, de un niño que quiere entender el mundo sin dejar de jugar, o que quiere seguir jugando para poder así entender el mundo, aunque tenga que sortear explosiones, incendios y el rechazo de los que no toleran la diferencia. En realidad, como nos gustaría hacer a (casi) todos…

«Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones»

(De mi propia vida, Oliver Sacks).

 

 

 

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