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Arriero junto a los Peñones de San Francisco, en Sierra Nevada (archivo del diario Ideal de Granada Link: goo.gl/dAkkhI)

Hace unos días, y de la mano de la Fundación Descubre, organicé un interesantísimo debate en torno al futuro de la nieve en la alta montaña andaluza, cuestión íntimamente relacionada con el impacto del cambio climático en nuestra región.

Repasando alguna documentación que pudiera ilustrar el diálogo (ya disponible en el último número de la revista de divulgación iDescubre) recordé el reportaje que, hace algún tiempo, firmé para el diario El País, y en el que explicaba el negocio que en torno a la nieve se desarrolló en tierras andaluzas aplicando técnicas que ya se conocían hace más de tres mil años.

Las primeras pruebas documentales del comercio de nieve se remontan mil años antes de Cristo, cuando en los sótanos de algunas viviendas chinas se almacenaba hielo en invierno para consumirlo en verano. Los romanos organizaban caravanas de nieve desde los Apeninos, y en la Edad Media eran los árabes los que transportaban este material desde las montañas del Líbano hasta los palacios de los califas en Damasco y Bagdad.

En la primavera de 1624 se celebró, en lo que hoy es Parque Nacional de Doñana, uno de los festejos reales más sonados de la historia de España. El Duque de Medina Sidonia celebró una monumental cacería en honor de Felipe IV a la que asistieron 1.200 invitados. Las crónicas relatan cómo, para mantener en buen estado los manjares que se transportaron desde diferentes puntos de la región, todos los días llegaban al corazón de las marismas del Guadalquivir, procedentes de la serranía de Ronda, seis cargas de nieve a lomos de cuarenta y seis mulas.

Cuando aún no existían métodos artificiales de refrigeración la nieve acumulada en los puntos más elevados de las comarcas serranas constituía un elemento muy codiciado, no sólo para la conservación de determinados alimentos o la elaboración de refrescos y helados, costumbre que se había extendido entre las clases más pudientes, sino también por sus aplicaciones médicas, ya que se juzgaba imprescindible en el alivio de hemorragias e inflamaciones, y hasta en el tratamiento de la peste.

A mediados del siglo XVII el comercio de la nieve estaba ya más que desarrollado en numerosos puntos del país. Málaga era entonces una de las ciudades que, por su actividad portuaria, demandaba grandes cantidades de nieve. Ésta se obtenía de la que entonces era conocida como sierra de Yunquera, y en particular en el denominado Puerto de los Ventisqueros, a 1.600 metros de altitud.

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Pozo de nieve en el Puerto de los Ventisqueros (Tolox, Parque Natural de la Sierra de las Nieves, Málaga).

Cuando los inviernos eran benignos y escaseaba este recurso en los términos municipales de Yunquera y Tolox, hoy incluidos en el Parque Natural de la Sierra de las Nieves, los comerciantes trasladaban su actividad a la más lejana sierra de Tejeda, en la Alta Axarquía, donde algunos picos, como el de la Maroma, rebasan los 2.000 metros de altitud.

Los neveros no sólo trabajaban en las serranías malagueñas, también operaban en distintos puntos del macizo de Sierra Nevada, donde la disponibilidad de este recurso era mucho mayor, en la cercana sierra de Baza y en diferentes localidades de las serranías jienenses.

Las técnicas que se emplearon en Andalucía para la conservación y transporte de nieve eran similares a las que, siglos atrás, habían desarrollado griegos y romanos, que comprimían este material en pozos practicados en las zonas más elevadas, cubriéndolos con pasto, paja y ramas de árboles. Los primeros manuales que describían el aprovechamiento de este material vieron la luz en Sevilla en el siglo XVI.

Cuando en el siglo XVII la explotación de la nieve experimentó un auge en Andalucía, las condiciones climáticas eran diferentes a las que hoy conocemos y hacían posible que este recurso fuera abundante en lugares en los que hoy escasea. La misma sierra de las Nieves no registra ahora ni las temperaturas ni las precipitaciones que hace unos 300 años la convirtieron en uno de los territorios más apreciados por los neveros.

La conocida como Pequeña Edad del Hielo, periodo que se inició en los siglos XV-XVI, fue la responsable de esta abundancia de nieve en latitudes en las que hoy apenas aparece.

 

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Verde, blanca y verde. Una manera inusual de celebrar el Día de Andalucía en la Sierra Morena cordobesa (Fotos: JMª Montero)

Debe ser por lo inusual del fenómeno, por el color brillante con que tiñe el paisaje o por el anuncio de bienes que trae consigo (¿hay un bien más preciado que el agua?), pero, sea lo que sea, una buena nevada, en estas tierras del sur, es casi siempre motivo de alegría. Y si no que se lo pregunten a los niños que el jueves, al asomarse a la ventana con las primera luces, vieron el manto blanco que ya cubría los cerros de este rincón de la Sierra Morena cordobesa desde el que escribo.

Caminamos bajo la intensa nevada. Disfrutamos con el sencillo placer de oír crujir bajo nuestras botas la nieve recién caída. Nos acercamos a los arroyos, que ya recogían el regalo, y al pequeño huerto, casi sepultado, cuyo trazado adivinamos por el tallo de los ajos y las cebollas. Buscamos huellas de animales dibujadas en el blanco, señales que nos garantizaran que la vida, a pesar de ese arreón de frío, seguía latiendo intacta.

Esa era la pregunta, como siempre oportunísima, de los más pequeños: ¿qué ocurre con los pájaros cuando nieva? ¿Y con los escarabajos? ¿Y con las flores? Aunque el invierno ya llevaba con nosotros una buena temporada, la nieve se convirtió el jueves en la contundente señal de la estación más fría, esa que pone a prueba la capacidad de resistencia de animales y plantas.

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La vida se oculta, y resiste (Fotos: JMª Montero)

¿En dónde se oculta la vida? ¿Qué hace a un erizo o a un murciélago despertar de su letargo invernal, qué mecanismo les anuncia el fin de la hibernación y la llegada de la primavera? ¿Cómo elige un almendro el momento adecuado para florecer? Para estas y otras preguntas parecidas que podemos hacernos cuando el invierno anuncia su retirada (aunque sea con una nevada inusual), no existe una única respuesta. Son varios los factores que desactivan el letargo invernal, aunque los más frecuentes están relacionados con la temperatura y la duración de la luz diurna.

Muchas plantas florecen cuando aumentan las horas de luz, mientras que otras se estimulan con el cambio de días cortos a días largos. El trigo o el centeno, por ejemplo, reaccionan con el cambio de horario y no con un determinado periodo de iluminación. También es posible encontrar especies que parecen insensibles a la duración de la luz diurna, como el manzano, el peral o el ciruelo.

Pero en primavera los días no sólo se hacen más largos sino también más cálidos, con lo que aparece el activador térmico. Como norma general, conforme se va incrementando la temperatura también se desarrollan con mayor rapidez las plantas, aunque algunas necesitan haber pasado frío durante el invierno. La remolacha es una de ellas: las bajas temperaturas invernales la activan para dar flores en primavera si la temperatura sube hasta el nivel adecuado. En el caso del almendro las flores pueden aparecer cuando la temperatura ambiente se sitúe entre los 7 y los 10 Cº, aunque la máxima actividad en la floración y en la visita de los insectos que, como la abeja, permiten su polinización, no se produce hasta alcanzar temperaturas de entre 16 y 24 Cº. Algunos animales, como las ranas, son incapaces de controlar la temperatura de su cuerpo, que se iguala a la del aire o el agua que las rodea: si hace frío su metabolismo decrece y se ralentiza, pero si el calor es excesivo se aceleran sus reacciones químicas hasta fatigarlas.

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Huellas en blanco (Fotos: JMª Montero)

Algunos escarabajos sienten la necesidad de enterrarse cuando el número de horas de luz disminuye por debajo de un límite, aunque previamente, cuando el día ha ido decreciendo, han multiplicado su ingesta de alimentos. Animales más evolucionados, como los murciélagos, también detienen su actividad durante el periodo más frío del año, y en este caso es la temperatura la que marca el inicio de esta pausa. Agrupados en colonias, colgados cabeza abajo en oquedades y cuevas, esperan la llegada del buen tiempo, empleando entonces las reservas energéticas que han almacenado en su cuerpo para realizar los primeros vuelos en busca de comida. Visitas inoportunas, de excursionistas o espeleólogos, a estos refugios durante los meses invernales pueden causar una verdadera catástrofe, ya que las colonias pueden despertarse, agotar sus reservas y morir.

Siguiendo un comportamiento parecido hay árboles que mantienen sus yemas en reposo durante esta época, o bien, en el caso de algunas plantas, suelen permanecer inactivas bajo el suelo. Cada especie reacciona a un activador diferente o a la combinación de varios, normalmente horas de luz y temperatura.

Seguramente todas estas explicaciones no bastaron para mitigar el asombro que nos provocó la nevada, ni tampoco fueron suficientes para saciar la curiosidad, casi infinita, que despierta la naturaleza en cualquiera de sus manifestaciones. La razón se queda corta y siempre pide al corazón que le eche una mano…

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¡ Qué buena campaña publicitaria para anunciar la nueva estación ! (Foto: JMª Montero)

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