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Una mañana de invierno en los olivares de Alcaudete (Jaén) – Foto: JMª Montero

La capacidad que tiene Paco Casero para liderar iniciativas en defensa del campo andaluz no ha mermado con la edad y mucho me temo que tampoco se verá afectada por su jubilación (administrativa). El pasado domingo un numeroso grupo de amig@s nos reunimos en Baena (Córdoba) para rendirle homenaje en esa supuesta despedida del mundo laboral. Y allí, en la almazara de los Nuñez de Prado, en vez de recapitular acerca de lo mucho que ha ido fraguando a lo largo de los años se despachó, en su línea habitual, con un puñado de nuevos proyectos en los que ya se ha embarcado. Uno de ellos busca la declaración del olivar mediterráneo como Patrimonio de la Humanidad, y ya que Paco se ha puesto en ello (no sabe la UNESCO la que se le viene encima) voy a regalarle algunos argumentos que refuerzan esta aspiración.

La arboricultura es una constante del paisaje mediterráneo, una de sus señas de identidad. El bosque primitivo se pliega a las necesidades del hombre, proporcionándole recursos básicos sin perder algunas de sus principales funciones ecológicas. Mientras que en la Europa atlántica y continental las plantas leñosas apenas representan, como media, un 10 por ciento de la superficie agrícola, en los países ribereños del Mediterráneo suman más del 40 % de los suelos cultivados. El olivo es uno de los elementos característicos de este peculiar patrimonio natural, sobre todo en comunidades como la andaluza, donde esta variedad doméstica del acebuche silvestre ocupa cerca de un millón y medio de hectáreas.

Cultivado en régimen extensivo, el olivar puede cumplir un importante papel en la  conservación de los suelos y, por tanto, en la lucha contra la desertización en un territorio, el sur de la Península Ibérica, especialmente amenazado por este proceso. Es cierto que se trata de un monte ahuecado, abierto, y que por tanto no reúne las mejores condiciones para defender el terreno de la erosión, pero aún así, su amplia copa cumple una estimable función protectora contra el impacto erosivo de las gotas de lluvia y su potente sistema radical sujeta la tierra. Es, además, una especie perfectamente adaptada al clima mediterráneo y poco exigente, capaz de resistir, en mejores condiciones que otros cultivos leñosos, la carencia casi absoluta de precipitaciones en las épocas más calurosas, al mismo tiempo que soporta heladas, afianzándose en todo tipo de suelos y colonizando altitudes superiores a los dos mil metros.

En algunos casos se llega a hablar de este cultivo como si se tratara de la cubierta vegetal natural, ya que representa una derivación del primitivo bosque mediterráneo transformado por el hombre. Aunque en numerosas comarcas se ha ido instalando sobre lo que eran primitivas masas de encina, no es menos cierto que, en sus modalidades de cultivo más tradicionales, el olivar se asemeja a una dehesa, sistema en el que se alcanza un cierto grado de equilibrio entre la explotación de los recursos y el mantenimiento de una rica biodiversidad.

Con estos argumentos, no pocos especialistas consideran que el olivar realiza muchas de las funciones del bosque mediterráneo del que procede, y representa en este sentido un grado de madurez intermedio entre las tierras de cultivo y el bosque propiamente dicho.

Los olivos tienen una menor presencia en la franja costera andaluza, mientras que en Sierra Morena llegan a ocupar más de un tercio de la superficie cultivada. También abundan en la franja subbética, desde la Sierra Sur sevillana hasta Iznalloz (Jaén), y, sobre todo, en la depresión del Guadalquivir, salpicando las campiñas cordobesa y jiennense. Esta última provincia, con más de 570.000 hectáreas dedicadas a esta leñosa, constituye la gran reserva olivarera de Andalucía.

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Olivos en las laderas donde se encajona el río Ardila, en la raya con Portugal – Foto JMª Montero

Entre la fauna que ha elegido estas explotaciones como refugio destacan las aves, de las que se calcula que unas 40 especies viven ligadas estrechamente al olivar, la mayoría migradoras procedentes de Europa o África (como zorzales, abubillas,  ruiseñores o cucos), pero también algunas sedentarias (jilgueros o rabilargos). Por los beneficios que reportan  a la agricultura, son las insectívoras, protegidas por este motivo desde 1896, las más valiosas de este catálogo, alcanzando en algunos casos densidades notables. Del petirrojo, por ejemplo, se calcula que pueden encontrarse alrededor de cuatro ejemplares por hectárea,  y cada uno de ellos llega a comerse más de dos kilos de insectos al año, actuando como el mecanismo natural más eficaz de lucha contra las plagas.

En zonas costeras este árbol también sirve de refugio al amenazado camaleón. Los pinares, en los que popularmente se suele situar a estos reptiles, constituyen un hábitat marginal, al que recurren solo en el caso de que hayan desaparecido otros soportes más adecuados como retamares, pequeñas explotaciones agrícolas de carácter familiar, huertas y cultivos leñosos. Por desgracia, en la fachada litoral este tipo de agricultura está siendo devorada por la implacable expansión urbanística.

El valor ambiental que se atribuye al olivar no es, sin embargo, un argumento válido en todos los casos. Durante sus diferentes fases de expansión territorial el olivo se ha instalado muchas veces en terrenos claramente inadecuados, sobre todo en lo que se refiere a la pendiente, sustituyendo con desventaja al monte mediterráneo tradicional. Ello ha provocado una aceleración intensa de los procesos erosivos, al igual que el uso desmedido de productos quimicos ha empobrecido la flora y fauna silvestres asociadas a este cultivo. En estos casos todas sus virtudes se ven oscurecidas, pero también se pueden ver multiplicadas cuando el olivo, en extensivo, no sólo ocupa los terrenos más propicios sino que, además, se cultiva respetando las condiciones de la agricultura ecológica.

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