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Posts Tagged ‘pacifismo’

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La peor maldad es la maldad disfrazada, esa que, en el colmo de la hipocresía, practican los canallas que se hacen pasar por justicieros, lobos con piel de cordero que se confunden en el rebaño y que por ello son los más peligrosos.

“Ser bueno no es sinónimo de ser idiota. Ser bueno es una virtud que algunos idiotas no entienden” (Anónimo)

Hay un momento (maravilloso) en la vida en el que tus hijos comienzan a ser tus maestros (si es que no lo fueron, de alguna manera, desde el mismo día en que nacieron) y te devuelven, actualizados, los valores en los que tu los has ido educando. Un día te sorprenden con su manera de mirar el mundo y, sobre todo, con los matices que aprecian en ese vistazo, aparentemente desenfadado, a lo que ocurre a su alrededor. Pero, sobre todo, te maravillas al comprobar que esa mirada y esos matices no se pierden, y se olvidan, en los vericuetos de una mente y un corazón adolescentes, siempre sometidos a una agitación frenética en la que todo, o casi todo, parece caducar a velocidad de vértigo. Ese torbellino de vitalidad se detiene, a veces, un instante, y en ese momento de calma tu hija, o tu hijo, comparten contigo el descubrimiento que a ti se te escapó, el análisis en el que no te detuviste, la observación, oportunísima, en la que tu, con toda tu experiencia, no reparaste.

Una mañana, de esas en las que canturreamos vallenatos camino del cole, mi hija me habló de los micromachismos, esos pequeños detalles en los que se perpetua, sin ruido, sin sangre, sin denuncias, el macromachismo. Una manera, sutil y “civilizada”, de mantener atadas a las mujeres desde que son niñas. Mi hija me fue poniendo ejemplos de su vida cotidiana (porque aunque nos cueste creerlo nuestros hijos, antes incluso de la mayoría de edad, tienen su propia vida cotidiana) y entonces fue como si encendiera una farola en ese lugar, amable, en donde antes sólo se adivinaban algunas sombras que no parecían amenazantes y ahora, merced a esa mirada luminosa y limpia, vemos, con toda nitidez, que las sombras eran en realidad ogros.

Pues sí, son una amenaza tenue, callada, tolerada por aquellos que la incluyen en el capítulo de las gracietas-sin-importancia, pero que a mi, desde ese día, no me hace ninguna gracia. Y que conste que para retirar el humor de algunas situaciones que hasta ese día me resultaban intrascendentes yo también, a mis años, he tenido que aprender y cambiar, y tratar de ser más consciente de ese territorio agrio al que nos conduce la testosterona, la educación, la historia, el poder, las iglesias (que no las religiones), el contexto social, el bombardeo publicitario… Sí, tratar de ser más consciente para no entrar ahí, ni de broma… Y llegados a este punto, como comprenderéis, me rebelo contra esa amenaza con independencia de si va dirigida a una mujer, a un hombre, a un homosexual, a una lesbiana, a un/a bisexual, a un/a transexual… No se qué es lo que temen aquellos que temen a la diferencia y a las fórmulas, cívicas y justas, para defenderla. Quien así teme quizá se teme a si mismo. Para afirmarse no es necesario negar a nadie, al contrario: tu eres, luego yo soy. 

En esos mismos días en los que mi hija me mostró lo que yo no había visto (o no había querido ver, porque uno, aunque luche contra el paso del tiempo, es prisionero de su generación) mi hijo, que ya empezaba a transitar por el lado más salvaje del mundo laboral (por llamar de alguna manera a los contratos basura y a los que encontraron en ellos una fórmula de esclavitud contemporánea), me explicó, con ejemplos igual de reveladores y cercanos, cómo se las gasta cierta progresía a la hora de tratar a sus empleados y cómo una generación, la primera generación, que ha sido educada en la justicia, la igualdad y en el respeto a la diferencia sigue escondiendo, bajo capas cool y flow y chill y eco, el monstruo de la discriminación y el maltrato (de baja intensidad, por supuesto, que tampoco hay que llamar la atención y arriesgarse a un escándalo o una denuncia).

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En las redes sociales encontramos una magnífica representación de individuos malvados. Más o menos la misma que se manifiesta en la vida real sólo que aquí la tenemos concentrada y a domicilio (y con un muestrario de disfraces y caretas que eclipsa a cualquier carnaval).

Mis hijos me han enseñado a ver lo que yo no había sido capaz de ver, al menos en toda su crudeza y en su evidente peligro, quizá porque mi optimismo, el que también he tratado de transmitirles como un valor decisivo, se lleva mal con la evidencia, dolorosa, de que el mal existe y hay gente que lo practica contra el prójimo no a cara descubierta, no, que eso ya no se lleva y además está perseguido, sino oculto bajo alguna máscara amable y modernísima. Es la nueva maldad, la maldad disfrazada, esa que, en el colmo de la hipocresía, practican los canallas que se hacen pasar por bondadosos justicieros, lobos con piel de cordero que se confunden en el rebaño y que por ello son los más peligrosos. Falsos pacifistas que tiran de garrota en cuanto se les lleva la contraria; generosos hipócritas que te atropellan sin miramientos en cuanto se les pone a tiro algún bocado con el que alimentar su ambición.

Corren malos tiempos para combatir ese tipo de maldad, porque en sus extremos más extremos, tanto las derechas como las izquierdas, entregadas a ese burdo populismo con el que tratan de ganar votos y combatir el miedo, alimentan el lado más canalla de los ciudadanos, ese lado oscuro que todos tenemos. Y sí, efectivamente, se puede ser canalla de derechas y de izquierdas, y asomar los colmillos con una impecable justificación ideológica.

Los maltratadores no son únicamente los que salen en los informativos cuando sumamos una víctima a esa macabra estadística. Los machistas no son únicamente los que pagan sus complejos, a golpe de amenaza, zancadilla o grosería, con aquellas mujeres que se cruzan en su camino. Los violentos no siempre usan un grito o un arma, los hay que ni siquiera levantan la voz para dejar en el aire, flotando como un gas venenoso pero invisible, una amenaza cierta. Y no, no me valen las disculpas de una vida difícil, una infancia tormentosa, una salud mental quebradiza o un carácter volcánico.

Los conozco, no son los de las crónicas de sucesos, no están prisioneros en el tranquilizador y lejano universo de un informativo de televisión, un programa de radio o un periódico. Están mucho más cerca. Viven entre nosotros. Sabemos quiénes son y hasta podríamos escribir sus nombres. Y aún así no los vemos, con triste frecuencia no los vemos, porque quizá necesitamos la mirada limpia y luminosa de nuestros hijos. Ellos sí que los ven y los reconocen, al menos los míos, mis hijos, y ellos, mis hijos, no están dispuestos, porque en eso los educamos, a que estos canallas disfrazados, todos tan cool y tan flow y tan chill y tan eco, se salgan con la suya. Ni yo tampoco.

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En medio del desánimo y la incertidumbre es comprensible, aunque no podamos compartirla, esa primitiva reivindicación de la violencia como definitivo recurso de autodefensa. Los hay que la llevan en su ADN, como los extremistas (de cualquier signo), pero también encontramos a los que nunca hubieran pensado que terminarían justificándola porque las amenazas que les acechan sobrepasan, sencillamente, su capacidad de sufrimiento.

Es el momento de insistir en el absurdo de un remedio que lejos de solucionar un problema, cualquier problema, nos empuja a oscuros escenarios donde siempre termina por imponerse la ley del más fuerte. Se empieza recurriendo a la sed de justicia y se concluye exterminando a cualquiera que no comulgue con nuestro credo.

Quizá sea el momento más adecuado para revisitar a Gandhi, uno de esos gigantes que la historia sitúo en una encrucijada terrible y que lejos de elegir el camino más fácil se empeñó en la complicadísima tarea de hacer que el mundo fuera mucho mejor sin recurrir a la agresión.

Estas son algunas de las palabras que hoy he rescatado de su extensa obra, elegidas a partir de la selección que en 1982 publicó Richard Attenborough (en España la edición, a cargo de Bruguera, apareció en febrero de 1983). Palabras más que oportunas, aunque hayan cumplido casi un siglo de vida, que deberían invitarnos a la reflexión individual y colectiva:

“Todo sistema económico que desatiende las consideraciones morales y sentimentales es como una figura de cera que, a pesar de su semejanza con lo humano, carece de la vitalidad de la carne humana. En momentos cruciales, esas modernas leyes económicas han fracasado en la práctica. Los individuos o naciones que las aceptan como axiomas están llamados a sucumbir”.

“No hay ninguna institución humana que no entrañe sus peligros. Cuanto más grande es la institución, mayor es la posibilidad de abusar. La democracia es una gran institución y, por eso, es susceptible de grandes abusos. El remedio no es la abolición de la democracia, sino la reducción de esos abusos al mínimo”.

“La no violencia y la cobardía son incompatibles. Puedo imaginarme a un hombre armado hasta los dientes que sea un cobarde, en el fondo. La posesión de armas implica un sentimiento de miedo, si no de cobardía. Pero la no violencia es inconcebible si no se posee auténtico coraje”.

“No creo en el éxito logrado por los atajos de la violencia… Por más solidaridad y admiración que me inspiren las causas justas, me opongo inflexible a los métodos violentos, incluso cuando sirven a la más noble de las causas… La experiencia me dice que el bien duradero nunca puede ser fruto de la violencia y la falsedad”.

“Debemos (entonces) extraer orden del caos. Y no me cabe duda de que el método mejor y más expeditivo es el de implantar la ley del pueblo y no la de las turbas”.

“Siempre ha sido un misterio para mí el que el hombre pueda sentirse honrado por la humillación de su prójimo”.

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“El hombre retrocede del mono”, aseguraba El Roto, con su sencilla lucidez, el pasado lunes. Y uno no puede estar más de acuerdo con esta peculiar interpretación del darwinismo, sobre todo a la vista de ciertos comportamientos atávicos que nos colocan muy por debajo del raciocinio que gasta, en sus ratos malos, un bonobo (Pan paniscus).

La secuencia es de sobra conocida porque siempre, o casi siempre, se repite siguiendo el mismo esquema, ese que nunca, nunca, repetiría un bonobo:

1.- Depositamos inmoderadas expectativas en alguien, y esperamos que sean satisfechas sin discusión y en el menor plazo de tiempo posible. “Es un tipo estupendo, me va a dar lo que necesito; seguro que me lo da porque es mi amigo”.

2.- Lo que nace como un deseo, como una expectativa, se convierte rápidamente en una necesidad. “Si no me lo da, no podré ser feliz, me faltará algo esencial”.

3.- Lo que para mi es esencial, para el otro es superfluo (suponemos). “A mi me vendría de maravilla y, total, a él le sobra, no lo necesita y no le cuesta ningún trabajo dármelo”.

4.- De la necesidad pasamos a la (falsa) justicia. “Tiene que dármelo porque, en realidad, es mío, y me corresponde, y tengo derecho a ello”.

5.- Mientras esperamos que se cumplan las expectativas lanzamos en su busca, de nuevo, a las suposiciones. “Si no me lo da es porque es una mala persona, un egoísta,  un falso y un sinvergüenza”.

6.- Las suposiciones, cuando pasan del mundo de las ideas al de las acciones, casi siempre se inclinan por el lado de la violencia (gratuita). “No me lo da porque me odia, porque busca hacerme daño, porque quiere acabar conmigo”.

7.- Y la violencia llama a la violencia. “No puedo quedarme quieto ante semejante atropello. Antes de que me robe lo que es mío le arreo una bofetada y se lo quito”.

8.- Y si caemos en la violencia es, por supuesto, en defensa propia. “Yo por las buenas soy muy bueno, pero por las malas…”.

9.- Y concluimos presumiendo de la hazaña, como aviso para navegantes y, sobre todo, para que la Humanidad sepa lo perspicaces que somos. “Iba de buena persona, pero yo lo calé desde el primer momento. A mí no me la pega nadie”.

10. Si conseguimos satisfacer nuestros deseos, volvemos a alimentarnos con nuevas expectativas, y si no, también. “Bueno, tampoco era para tanto, en realidad lo que yo necesitaba era… otra cosa”.

Quien no se reconozca en esta secuencia delirante, o en alguna de sus diez estaciones de penitencia, que levante la mano. Quien no se haya dejado arrastrar por las expectativas, las suposiciones y la violencia (gratuita) que tire la primera piedra. Eso sí, los hay que tropiezan en la piedra una o dos veces (cual bonobo en un rato malo) y los que se abonan a este círculo infernal hasta convertirlo en un vía crucis de recorrido diario.

Satish Kumar

Satish Kumar es uno de los grandes pensadores indios contemporáneos. Afincado desde hace años en Inglaterra, en donde ha fundado el Schumacher College y el Small School, ha inspirado con su palabra, recogida en una dilatada obra, a un gran número de personas y, en particular, al movimiento ecologista. Discípulo de Bertrand Russell y Gandhi, en 1962 se embarcó en una peregrinación por la paz que, a pie y sin dinero, lo llevó desde Bangalore (India) hasta las capitales de la Unión Soviética, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Tres años le ocupó un viaje en el que consiguió entrevistarse  con los líderes de todas las potencias nucleares de la época, a los que, de alguna manera, trató de hacerles recapacitar sobre esos absurdos círculos viciosos que nos conducen al precipicio.

Aunque aquella travesía está relatada en su libro “No Destination”, el párrafo que copio a continuación pertenece a su autobiografía espiritual, “Tu eres, luego yo soy”, un manual que nos reconcilia, si lo leemos con cierta atención y humildad, con la dulce sabiduría de los bonobos.

O, dicho de otra manera, es posible escapar de ese círculo vicioso que nos lleva desde un deseo, más o menos razonable, hasta un comportamiento violento absolutamente suicida; porque uno empieza disparando a los enemigos, después dispara a los amigos y, finalmente, se pega un tiro en la cabeza.

Es posible escapar del absurdo. Se puede conseguir, y es más sencillo de lo que parece (siempre parece mucho más complicado). Entre otros pasajes, Kumar lo explica cuando recuerda su encuentro, en 1965, con Martin Luther King, quien se interesó por el sentido último de su peregrinación:

“Me asombra que hayáis caminado desde India y sin dinero”, dijo King. “¿Cómo coméis? ¿Mendigáis por comida y cobijo?”

“Caminamos como peregrinos por la paz”, dije yo. “Como peregrinos practicamos la paciencia. Hemos aprendido a esperar hasta que se nos ofrece ayuda o un regalo, y entonces aceptamos menos de lo que se nos ofrece”.

“¿Y cómo hacéis eso?”, preguntó King.

“Cuando llegamos a un lugar extraño comenzamos a establecer contacto con personas que no conocemos de nada y les ofrecemos lo que podemos entregarles, en lugar de pedirles algo. Les ofrecemos nuestra presencia, nuestras historias, nuestras canciones, y nos interesamos genuinamente por sus vidas. Cuando la gente se interesa, comienza a hacer preguntas y averiguar quiénes somos y por qué estamos caminando, y por qué no llevamos dinero. Una vez descubren la naturaleza de nuestro viaje, en la mayoría de casos comienzan a abrirse y a demostrar su generosidad. Después de caminar a través de una docena de países durante más de dos años hemos visto que en todos los sitios las personas son iguales. El instinto natural de las personas de todos los países, de todas las culturas y religiones, es ser servicial. La hospitalidad es normal, la hostilidad es excepcional”.

“¿Habéis desarrollado algunas técnicas para disolver las sospechas que la gente tiene hacia los extraños?”, King estaba intrigado.

“No hay una técnica fija. El peregrinaje es un proceso creativo. Cada situación es diferente. Cada día es un nuevo día. El cimiento, la técnica principal y quizás la única, es la confianza. Nunca albergamos en nuestros corazones ninguna duda de que pueda llegar un día en que nadie nos ofrezca ayuda”, dije.

“Pero ha debido de haber ocasiones en las que no os ofrecieron ninguna ayuda. ¿Qué hicisteis entonces?”, indagó King.

“Ese también fue un buen día; una oportunidad para ayunar, una oportunidad para dormir bajo las estrellas. En un viaje sagrado, una oportunidad para sufrir es tanto un regalo como una oportunidad para celebrar. Ninguna situación es constante, todo pasa”, comenté.

Bonobo (Fotografía de Vanessa Woods, Department of Evolutionary Anthropology, Duke University)

La bondad es lo normal. La hostilidad es lo excepcional. Pero a una hay que alimentarla (todos los días, a todas horas), y a la otra hay que dejarla pasar, sin permitir que se pose y, sobre todo, nada de echarle de comer suposiciones, deseos, expectativas, falsas necesidades… Hay animales que enloquecen cuando comen esas cochinadas. Un bonobo, por ejemplo, jamás las probaría…

Y, en el peor de los casos, no olvidéis (y esto también lo saben los bonobos) que todo, absolutamente todo, pasa…

P.D.: Durante unos días dejaré reposar este blog porque me lanzo a caminar. On the road, again.


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