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Quien ahora se asoma a las terrazas de Madinat al-Zahra sólo puede imaginar cómo fue aquella ciudad de leyenda
(«Contraluz con mujer», de Antiqva Foto en http://antiqvaphotoblog.blogspot.com.es/2012/11/contraluz-con-mujer.html)

Madinat al-Zahra fue, y sigue siendo, una ciudad de leyenda. En opinión de algunos historiadores el califa Abd-al-Rahman III, que ordenó su fundación en torno al año 940, quiso recrear en las estribaciones de la Sierra Morena cordobesa, a escasa distancia de la capital, los paraísos que el Corán prometía a los fieles. Cuentan las crónicas que diariamente llegaron a emplearse en su construcción seis mil sillares de piedra labrada, transportados por mil cuatrocientos mulos y cuatrocientos camellos. Mil cien cargas de limo y yeso se gastaban cada tres días en las obras, y parte de las cuatro mil trescientas dieciséis columnas que la adornaban procedían de Constantinopla, Cártago, Túnez o Sfax.

Tan importantes como las soberbias edificaciones fueron los jardines, destruidos, como el resto de la ciudad, hace más de 900 años. Aunque en la década de los sesenta, y como parte de las obras de rehabilitación del conjunto arqueológico, se ejecutaron algunas obras de jardinería, estas no siguieron ningún criterio científico y, así, se plantaron especies  impropias de la jardinería hispano-árabe, algunas de las cuales ni siquiera habían llegado a la península ibérica en el siglo X.

Las excavaciones han sacado a la luz algunos de los elementos que formaron parte de los jardines, como la alberca central y parte del complejo entramado de acequias que los surtían de agua. Evidencias suficientes para que estos sean considerados, en todo el mundo, como los jardines más tempranos de la arquitectura islámica, los únicos que hoy se pueden reconocer no solo de al-Andalus y el norte de África sino también de Oriente, el único espacio en el que no existen dudas acerca de su uso como jardín en el siglo X.

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Miniatura del manuscrito «La historia de Bayad y Riyad», Al Andalus S. XIII (Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma)

De un jardín debe disfrutarse, incluso, con los ojos vendados. En la Andalucía islámica no era la vista el único sentido que debía recrearse al transitar por aquellos espacios en los que crecían, por puro placer, un buen número de especies vegetales. También el olfato, el gusto, el tacto y hasta el oído debían participar de esa experiencia. Por eso, en los jardines islámicos abundaban las plantas aromáticas, buscando una determinada fusión de olores, y también las comestibles, para alegrar al gusto. La textura de algunas flores o frutos, y el omnipresente sonido del agua completaban este festín para los sentidos.

Se vivía entonces mucho más de acuerdo al clima y las condiciones ambientales propias del sur de la Península. Para comprender lo que es la arquitectura bioclimática, hoy tan de moda, “sólo hay que pasear por la Alhambra granadina», asegura Jaime López de Asiain, uno de los pioneros de esta disciplina en España.  Andalucía está llena de ejemplos históricos de este tipo de construcciones adaptadas perfectamente al clima que han de soportar: pueblos de casitas encaladas, arracimados en las laderas orientadas al sur; barrios de estrechas calles, protegidos del calor, del viento y de los fríos; casas con patio y dos plantas, una para verano y otra para invierno, o provistas de amplios miradores acristalados que captan el sol a modo de invernadero.

Madinat al-Zahra, dividida en tres terrazas, participaba de esta misma filosofía. En el primer nivel se situaban los palacios del califa y su corte, el intermedio estaba ocupado por jardines y huertos, y en el inferior se levantaban las edificaciones de la población y la mezquita.

A juicio de especialistas como Esteban Hernández, director del Banco de Germoplasma de Andalucía y catedrático de la Universidad de Córdoba, que han estudiado la flora fósil de Madinat al-Zahra y otros emplazamientos de la España islámica, en los jardines andalusíes  debieron convivir diferentes grupos florísticos. Por un lado, las especies autóctonas que, además de encontrarse en el medio silvestre, habrían sido incorporadas al jardín, como los laureles, encinas, pinos, álamos, chopos, madroños, rosas, zarzamoras, hiedras, tomillos, espliegos, violetas o pensamientos. También aquellas otras que alcanzaron el sur de la Península Ibérica, desde el Mediterráneo oriental, mucho antes del periodo califal, como las palmeras datileras, algarrobos, higueras, cipreses, olivos, moreras, ciruelos, cerezos o granados. Procedentes de ambientes subtropicales, y traídos posiblemente durante el periodo visigodo más influenciado por Bizancio, crecerían las plataneras, el azafrán, el sésamo o el jengibre. Por último, estarían aquellas especies introducidas durante la época andalusí y, en especial, las diferentes variedades de cítricos, como limoneros, toronjas, naranjos, pomelos y bergamotas.

En el otro lado de la balanza, explica Hernández, “nuestro viajero echaría de menos toda la componente florística, cultivada y ornamental, que llegaría siglos después desde América, Australia y otros recónditos lugares de África y Asia”. Faltarían, por tanto, los eucaliptos, las falsas acacias, los cipreses americanos, las buganvillas, los magnolios, y hasta elementos tan característicos hoy de la flora andaluza como geranios, gitanillas, chumberas o pitas.

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Durante siglos las ruinas de Madinat al-Zahra fueron una simple escombrera en la que obtener gratis materiales de construcción.

En lo que se refiere a los espacios forestales que rodeaban a la Córdoba califal, no existirían notables diferencias en lo que respecta a las especies que hoy crecen en esos mismos lugares, aunque haya disminuido notablemente la abundancia de las mismas. Hace 1.000 años los campos próximos al Valle del Guadalquivir estaban compuestos, entre otros vegetales, por encinas, alcornoques, acebuches, algarrobos, coscojas, pinos, enebros, palmitos, jaras, brezos o madroños.

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