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Poema

Me gustan los años repletos de encrucijadas, de escaleras que no sabes si son para subir o para bajar, de puertas entreabiertas, de citas… No se si esta foto la hice subiendo o bajando las escaleras de Shakespeare & Co., en París, el pasado 13 de diciembre al anochecer. Pero, ¿qué más da si subía o bajaba? Lo que me gusta es la cita (del poeta sufí Hafez de Shiraz) que esconden los peldaños, te lleven al cielo o al infierno: “I wish I could show you, when you are lonely or in darkness, the astonishing light of your own being” (“Quisiera poder mostrarte, cuando te sientas solo o en la oscuridad, la asombrosa luz de tu propio ser”) – Foto: José María Montero.

No se si llamarlo balance o exorcismo. Se acaba el mes de enero y lanzo la última mirada al retrovisor. Allí, a lo lejos, todavía se adivinan las luces (y las sombras) del año que se fué. Todavía las reconozco y me reconozco en ellas. En unos días pasarán al archivo de los recuerdos; en pocos meses me resultará difícil describir de memoria aquellos días felices o las jornadas más tristes; bastará un lustro para nombrarlo como un año más y reducir sus 8.760 horas a unos minutos de conversación intrascendente.

Todavía lo reconozco y me reconozco, gracias a este blog, en ese 2015 que se marchó  y del que he decidido disecar quince párrafos, quince pájaros que ya no cantan pero que aquí exhiben, en pose inmortal, sus alas multicolor, aunque ya no sirvan para viajar a ningún sitio.

El verbo vuela pero lo escrito permanece…

Anotaciones al margen / sábado, 24 de enero de 2015

En esos esquemas garabateados hay muchas ideas, las que quiero exponer, y también muchos sentimientos que no expongo, pero que necesito sentir cerca, con la evidencia que proporciona la palabra escrita. (…) Al fin y al cabo, la vida está llena de anotaciones al margen…

Let it be / viernes, 18 de marzo de 2015

No hay soluciones milagrosas y los dogmas de poco sirven frente a las sorpresas que nos regala la vida (si estamos dispuestos a aceptarlas), así es que, con frecuencia, lo mejor es dejar que las cosas sean… como tengan que ser. Y disfrutar de esa flexibilidad que tanto se parece al asombro, incondicional, con el que los niños viven lo cotidiano y lo extraordinario.

Sueño con torrijas / jueves, 2 de abril de 2015

Liberada de ataduras, sin filtros que atemperen sus desmanes ni sordinas que dulcifiquen sus estridencias, la mente, esa gran fábrica de ideas, hace de la noche el patio de su recreo. A veces saca a pasear a los fantasmas y se empeña en revisar, uno a uno, todos los miedos que andábamos ocultando, y otras se entretiene jugando con recuerdos, dulces, que ya habíamos olvidado, o con proyectos, apetecibles o absurdos, que nunca llevamos a cabo.

Guerras perdidas, cenizas en el aire / jueves, 28 de mayo de 2015

Desde que escuché aquella primera canción de Tequila la música de Ariel Rot forma parte de la banda sonora de mi vida, hasta el punto de que hay recuerdos que no existirían, o se habrían extinguido, si sus acordes y su voz no les hubieran imprimido sentido y eternidad. (…) El del viernes no fue un concierto extraordinario, es cierto, pero la noche fue bonita y la celebramos con la felicidad de siempre, la que nos viene acompañando desde aquel Madrid de los ochenta y a la que no pensamos renunciar mientras tengamos amig@s que la alimenten con sus sonrisas y esparzan las cenizas, todas las cenizas, en el aire de la madrugada.

El lenguaje (oculto) de las ciudades / martes, 9 de junio de 2015

En la urbe más deshumanizada los escaparates hablan, en un delicioso francés, de amor, de placer, de pasión… y reservan el inglés para la locura. En los viejos muros de un puente, oculta entre yedras, está ella ; y en la parada del tranvía se reivindica la libertad. La vida es breve, nos recuerda el fragmento luminoso de un anuncio que nos vende algo innecesario. ¿Mejor? nos interroga la valla que oculta un triste solar. Hay belleza, y hay magia, y hay sueños

Tartar de atún rojo / sábado, 18 de julio de 2015

La cocina es generosidad y abundancia, por eso no entiendo a los que practican una cocina de estrechuras en la que cualquier ingrediente se juzga, en su dosis o cantidad, como excesivo. Desconfío, no puedo evitarlo, de aquellos que nos escatiman los placeres y miden, con estricta severidad, las porciones de felicidad que vamos a consumir. Los miro como el que teme al rancio moralista que juzga lo que es bueno o malo y, en consecuencia, dicta condena y establece la penitencia exacta. Ni más, ni menos. Una forma de cocinar ridícula que traiciona la misma esencia de la cocina que no es sino la búsqueda del placer a través de los alimentos.

Las pistas que cacé con mi rotulador verde (letras de verano) / sábado, 1 de agosto de 2015

¿Quién dijo que escribir es difícil? A veces lo que más cuesta es no escribir, y quizá esa obligada contención, a la que me estoy entregando este verano casi como un sacerdocio, es la que explica la necesidad desmedida de leer, y leer, y leer… y releer. Si no puedo explicarme, al menos que sean otros los que se expliquen, y me lo cuenten, en silencio, al borde del mar, en el porche que mira al jardín o entre los pliegues de la almohada (bien pasada la medianoche). Las letras de este verano me quieren decir algo, pero no tengo ni idea de qué es lo que me quieren decir…

Si pero no (y viceversa) / domingo, 16 de agosto de 2015

De él aprendí que, a menudo, la contradicción es el camino más diáfano para llegar a la verdad” (Patti Smith, Éramos unos niños)

Cada vez me gustan menos las certezas, cada vez creo menos en ellas, cada vez me producen más insatisfacción. Lo que lamento es no haber aprendido aún a dejar de perseguirlas porque, con el clásico proceder absurdo con el que acostumbramos a vivir, voy detrás de ellas aún sabiendo que no me van a procurar satisfacción y que, incluso, si me descuido, terminarán por hacerme daño. En demasiadas ocasiones me contemplo como esas mariposillas nocturnas que revolotean en torno a la farola del jardín, tomándola por el centro indiscutible del Universo, hasta que terminan por achicharrarse en la superficie ardiente de una simple bombilla.

Ven / viernes, 4 de septiembre de 2015

Me dijo “ven”. Posiblemente yo contesté “voy”.

Rendido, cubierto de salitre, con la piel quemada y los pies emborrizados en arena me escapaba del abrazo y corría a la destartalada DKW, con su toldo de rayas azules y grises bien estirado; y allí, donde mi madre pasaba el día con el pelo recogido, me refugiaba del miedo y del deseo. Hasta allí no llegaba el olor a algas, ni las olas me salpicaban la cara. Allí, debajo del toldo, la sombra sólo prometía rutina, dulce rutina, aburrida rutina de verano.

Hoy es 4 de septiembre, y aunque el calendario me contradiga es el final del verano…

Habla Louise / lunes, 28 de septiembre de 2015

Hay momentos en que la palabra es tan poderosa, hay tanta densidad en la frase con la que Louise habla del miedo o de la sublimación, que la voz se hace la dueña de la estancia y borra el llanto, lejano, de algún niño, el rumor de los visitantes, ajenos a este ritual, y hasta la respiración del pequeño grupo que rodea, que rodeamos, a Virginia y Elena. Un instante después, como en un vaivén, la tensión verbal se reduce y aparece la mirada. Ya no está perdida ni ensimismada. Ahora los ojos de Elena y Virginia buscan al espectador y cuando lo encuentran, cuando encuentran sus ojos, hay un chispazo de complicidad.

Hoy día todo se reduce a un asunto de miradas y palabras, como se puede observar. Las miradas nos resultan bastante más importantes que las palabras. Las miradas no pueden engañar” (Miradas y palabras, Louise Bourgeois).

Mujeres luminosas / viernes, 2 de octubre de 2015

Me gustan las mujeres luminosas. Al cabo de los años admito que las busco de manera intencionada, las identifico entre la multitud y, finalmente, casi siempre, nos reconocemos (como sostenía Vinicius de Moraes). Pero no es menos cierto que el azar, caprichoso, también me regala encuentros fortuitos con mujeres que atesoran el carácter, el criterio y la determinación que tanto necesito para sostener mi vitalidad. Encuentros fugaces pero decisivos, porque en ellos pesa más el azar que la rutina, lo incierto que lo previsto.

Pensar, decir, hacer… / lunes, 12 de octubre de 2015

A diferencia de Uri Geller ni tu ni yo podemos cambiar nada con un simple pensamiento. Por más que pensemos y pensemos y pensemos… no hay acción. Ni doblamos cucharillas, ni detenemos el tictac de los relojes, ni nos deshacemos… Bastaría una caricia, el roce de un dedo, el aliento entrecortado agitando el vello de la nuca, una gota de sudor – o una lágrima- salpicando la mejilla, las manos entrelazadas… Qué se yo… Bastaría dar un paso, pequeño, que convirtiera el pensamiento en acción para que se produjera un cambio.

Pensar mucho, y no hacer nada, sólo conduce a la melancolía… Y la palabra, aunque poderosa, no es suficiente.

Los pensamientos son las sombras de nuestros sentimientos” (Nietzsche)

Música homicida (un otoño Extremoduro) / domingo, 8 de noviembre de 2015

Música para disolver los recuerdos, para crear cortocircuitos en las sinapsis que codifican y almacenan las imágenes de aquello que pasó y ya no está, de aquello que sentimos y que ahora es vacío. No siempre la música es una herramienta para la evocación, o quizá por eso, porque tiene un enorme poder de evocación es por lo que se hacen necesarios elementos musicales cuya función es justamente la contraria: ayudar a olvidar. (…) Por eso mismo, porque nada es caprichoso en ese canto interior, es por lo que yo uso música para borrar recuerdos. No es algo consciente y, por tanto, no hay intención manifiesta, pero cuando un determinado tipo de música me domina con un grado de exclusividad desproporcionado sé que ha comenzado el exorcismo, reconozco a mi cerebro en el sano ejercicio de olvidar lo que debe ser olvidado para dejar así sitio a la sonrisa y el optimismo. Para dejar espacio al futuro.

En manos del destino / lunes, 21 de diciembre de 2015

Desperté en lugares desconocidos. Crucé bosques al anochecer. Me interné (sin miedo) en las tormentas, buscando un arcoiris. Canté en el coche, al otro lado de la frontera. Descubrí palabras ocultas en las calles de Barcelona, en los escaparates de Estrasburgo, en las azoteas de París, en los acantilados de Swanage, en las bodegas de Valladolid, en las cristaleras de Cádiz, en los portales de Madrid… Cociné, leí, escribí. Regalé. Sonreí. Lloré. Confesé lo que sentía. Escuché. Agarré trenes que me llevaron hasta Bourgeois y Munch. Me entregué a un chaparrón de madrugada. Amé. Descorché cientos de botellas de vino. Cité a Sacks, a Robe, a Patti, a Stevenson, a Benedetti, a Frida, a Catulo… Susurré. Acaricié. Desaparecí en una fiesta. Me hiciste madrugar. Me hiciste reir. Respiré. Volé. Dormí. Soñé.

No, no me he aburrido, pero, eso sí, me he pasado el año huyendo de los aburridos y de los salvapatrias, corriendo en la dirección contraria. Tratando de evitar a los desleales y a los egoístas que, disfrazados, te esperan en cualquier revuelta del camino como bandoleros. No tengo tiempo para ellos, ni para ellas, lo siento. La vida es corta y con personajes así se hace, además, pequeña, muy pequeña, e innecesariamente retorcida.

El espíritu de París / martes, 29 de diciembre de 2015

Sí, además de la fiesta del Players, apuramos los minutos en la capital francesa para perdernos por Le Marais, para visitar (en peregrinación) Shakespeare&Co., para cenar en algún rincón animado de Cour des Petites Écuries (¡gracias Pauline!), en una mesa bohemia de la Rue du Faubourg Saint Denis o en la brasserie más noctámbula de la Rue La Fayette (¡gracias Nieves!); para comprar vino en Nicolas y queso en el mercado navideño de Champs Elysées, para escuchar, en vivo, a Vanina de Franco en el 56 de la Rue Rivoli y a la Piaf en Concorde, para pasear de madrugada (perdidos y felices) buscando el Bulevard Montmartre, para compartir el dolor y el silencio en la Place de la République

Tuvimos tiempo para comprobar que París no se rinde, para asegurarnos que el espíritu de esta ciudad, libre y luminosa, es más poderoso que el terror, que cualquier terror. Tuvimos tiempo de hacerle frente a la zozobra de un futuro incierto con la alegría que siempre te regala esta ciudad donde (casi) todo es posible. Tuvimos tiempo de vivir y de soñar…

 

PD: Hoy es 24 de enero y, por tanto, la Tierra, como en aquel pequeño vals, ha dado una vuelta completa alrededor del Sol para dejarme exactamente en el mismo lugar. ¿Somos nosotros los que, de manera mansa e imperceptible, volvemos al punto de partida, una y otra vez, o es el universo entero el que gira para regalarnos una segunda oportunidad? Convencidos de que el curso del tiempo es lineal e irreversible no admitimos esos misteriosos bucles a los que tanto esfuerzo dedican poetas y físicos, emparejados, aunque resulte extraño, en la búsqueda de una explicación a esa paradoja que traiciona los relojes, los calendarios y las agendas.

Vuelvo al mismo lugar pero… ya no soy el mismo.

Cada tictac es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite. Y hay en ella cada intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir. Que cada uno lo resuelva como pueda…”   (Frida Kahlo)

 

 

 

 

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Cada mañana, antes de encerrarme en Le Bourget, disfrutaba del amanecer desde la pequeña terraza de mi habitación. El espíritu de París latía en el Bulevard Montmartre aún en penumbra… (Foto: José María Montero)

Centro de Convenciones París-Le Bourget // 30 de noviembre – 12 de diciembre

En los pasillos de la COP21, la Conferencia Internacional sobre Cambio Climático, lo llamaban “el espíritu de París”, una actitud de generoso entendimiento entre gobiernos muy dispares que salvó el acuerdo en los momentos más delicados de la negociación. Una actitud que servía para recordarnos, a los que asistimos al cónclave, que todos somos habitantes de un único planeta, de un planeta único.

Un planeta, por cierto, para el que resulta intrascendente el cambio climático: sencillamente se adaptaría al nuevo escenario, donde, en la nómina de la biodiversidad, habría perdedores pero también ganadores. La única víctima indiscutible de una subida catastrófica de la temperatura media de la Tierra sería la Humanidad; los únicos que veríamos hipotecado, sin duda ninguna, nuestro futuro seríamos los seres humanos. Por eso el acuerdo de París, más allá de cuestiones ambientales, puede ser el primer ejemplo, aunque tímido e insuficiente, de un nuevo estilo de diplomacia multilateral, de un nuevo modelo de gobernanza planetaria en el que la práctica totalidad de las naciones del mundo, con características culturales y políticas muy diferentes, son capaces de ponerse de acuerdo en favor del bien común.

Las negociaciones de la Cumbre del Clima han sido una muestra de la mejor diplomacia (en manos, sobre todo, de Laurent Fabius) y también de la mejor disposición, porque no es fácil hacer coincidir en una sola idea a 195 países (más la Unión Europea).

Pero, afortunadamente, no todo estaba en manos de los negociadores…

Le Players – Rue de Montmartre, 161 // 13 de diciembre – 02:10 am

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Afortunadamente, el acuerdo no sólo estaba en manos de los negociadores… Los ciudadanos consiguieron pintar algunas líneas rojas en los pasillos de la COP21 (Foto: José María Montero)

Mientras las delegaciones oficiales peleaban los borradores del acuerdo línea a línea, párrafo a párrafo, el espíritu de París no sólo habitaba en esas maratonianas sesiones de debate político, alejadas (demasiado alejadas) de la calle, del sentir de los ciudadanos. Ese espíritu estaba presente, con especial intensidad, en los miles de observadores que asistían a la Cumbre y que representaban a centenares de organizaciones no gubernamentales repartidas por todo el planeta. Ellos eran la voz de los que no estaban en la Cumbre, la voz de los más vulnerables, la voz de los olvidados, la voz de los que ni siquiera saben qué es el cambio climático, la voz de los que no tienen voz. Ellos se ocuparon de recordar a los políticos que todos los que nos dábamos cita en Le Bourget habíamos recibido una suerte de mandato de más de 7.000 millones de seres humanos, y que no podíamos traicionar ese mandato que hablaba de nuestra propia supervivencia.

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¿Qué hubiera sido de nosotros sin los observadores? David (SEO-BirdLife), Alice (Avaaz), Tatiana (Greenpeace) y Mariana (WWF) me ayudaron a entender algunas de las claves que escondía la Cumbre.

Para nosotros, los más de 3.000 periodistas acreditados en la COP21, los observadores fueron un elemento decisivo porque, sorteando el ruido y la confusión, pusieron el acento en lo fundamental; porque nos conectaron con la verdadera trascendencia social del cambio climático; porque nos ayudaron a interpretar las claves de una negociación farragosa; porque desbrozaron los documentos hasta convertirlos en textos comprensibles; porque nos señalaron cuáles eran las líneas rojas que no debían cruzarse y las obligaciones a las que no debíamos renunciar.

Uno de los análisis más lúcidos que he leído a propósito del acuerdo, de cómo se gestó, de qué esperanzas ha alimentado y de qué expectativas ha frustrado, es el que George Monbiot firmó en The Guardian. El comienzo del artículo es brillante, porque establece una llamativa paradoja en la que estábamos de acuerdo muchos de los que asistimos al cónclave del clima: “By comparison to what it could have been, it’s a miracle. By comparison to what it should have been, it’s a disaster” (“En comparación con lo que podría haber sido, es un milagro. Pero en comparación con lo que debería haber sido, es un desastre”). Y en ese difícil equilibrio nos encontramos ahora, entre el milagro y el desastre. Y la fórmula para sortear ese equilibrio sin precipitarnos al vacío también nos la explicaron los observadores. Es obvia, poco sofisticada, pero, aún así, solemos olvidarla: mañana hay que seguir trabajando, todos, para que la balanza caiga del lado del milagro.

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Porque el rigor y la risa no están reñidos… Las largas horas en el multitudinario Media Center de Le Bourget se hicieron más llevaderas con colegas como Miguel G. Corral (El Mundo).

Además de toda esa labor de presión y análisis, buena parte de los observadores, reunidos en CAN (Climate Action Network), hicieron algo aparentemente banal pero igualmente decisivo en un encuentro de esta naturaleza: convocar una fiesta para estrechar aún más los lazos que a tantos desconocidos nos habían unido durante tantas horas. La Cumbre se humanizó en Le Players la madrugada del 13 de diciembre, pocas horas después de haberse firmado el acuerdo, y aún no me explico de dónde sacamos fuerzas (después de una semana con jornadas de trabajo de 16 horas non-stop) para abrazarnos, para cantar, para bailar y para celebrar, con ese ritual tan humano que es la fiesta espontánea y el contacto desinhibido, que el espíritu de París nos unía, nos uniría siempre, fuera cual fuera nuestra procedencia. Que el milagro es posible.

[Anotación al margen: por muy seria que sea la cuestión que nos ocupe desconfío de aquellos que no encuentran un motivo para abrazarse, cantar y bailar. En la expresión de la alegría más simple quizá está el secreto que nos permite enfrentarnos a los retos más complejos.]

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¿Cómo es posible que acabara abrazado a Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, cerca de las tres de la madrugada en la pista de baile de un club de la rue Montmartre? Cosas del espíritu de París… (Foto: una observadora anónima de CAN).

A eso de las dos de la madrugada, y en un gesto que le honra (además de los muchos que, en la sombra, fue tejiendo para hacer más fácil el trabajo de Fabius), Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, apareció en Le Players. Sin escoltas. Sin protocolo. Sin discursos. Apareció en Le Players para abrazar a los que habían sido el verdadero corazón de la Cumbre, para bailar con los que habían mantenido viva la ambición, para cantar con los que habían reclamado responsabilidad a los gobernantes de 195 países.

Esa noche brindamos con amigos que ahora están en Bruselas, La Coruña, Washington, Bogotá, Bonn, Barcelona, Madrid, México DF, San José de Costa Rica, Montevideo, Lima…

 

Place de la République // 13 de diciembre – 04:10 pm.

El azar, que no es tan caprichoso como parece, quiso que el acuerdo se firmara justamente cuando se cumplía un mes de los terribles atentados de París.

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Ya de madrugada en la mesa más bohemia de monsieur Baba, donde unos periodistas noctámbulos y agotados pueden cenar un confit de canard decente… (Foto: José María Montero)

Durante la Cumbre habíamos vivido en un recinto literalmente blindado y cuando de noche salíamos de esa burbuja (para dormir unas pocas horas) la presencia de polícias y militares dibujaba una ciudad un tanto inhóspita. ¿Los terroristas habían conseguido apagar el espíritu de París? ¿El argumento, con frecuencia tramposo, de la seguridad había barrido la alegría de las terrazas? ¿El estado de emergencia era la excusa para no salir, para no cantar, para no bailar?

Sí, además de la fiesta del Players, apuramos los minutos en la capital francesa para perdernos por Le Marais, para visitar (en peregrinación) Shakespeare & Co., para cenar en algún rincón animado de Cour des Petites Écuries (¡gracias Pauline!), en una mesa bohemia de la Rue du Faubourg Saint Denis o en la brasserie más noctámbula de la Rue La Fayette (¡gracias Nieves!); para comprar vino en Nicolas y queso en el mercado navideño de Champs Elysées, para escuchar, en vivo, a Vanina de Franco en el 56 de la Rue Rivoli y a la Piaf en Concorde, para pasear de madrugada (perdidos y felices) buscando el Bulevard Montmartre, para compartir el dolor y el silencio en la Place de la République

Tuvimos tiempo para comprobar que París no se rinde, para asegurarnos que el espíritu de esta ciudad, libre y luminosa, es más poderosos que el terror, que cualquier terror. Tuvimos tiempo de hacerle frente a la zozobra de un futuro incierto con la alegría que siempre te regala esta ciudad donde (casi) todo es posible. Tuvimos tiempo de vivir y de soñar…

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Un mes después, en la Place de la République, las flores siguen pasando de mano en mano… (Foto: José María Montero)

 

Les voix se libèrent et s’exposent /
dans les vitrines du monde en mouvement /
les corps qui dansent en osmose /
glissent, tremblent, se confondent et s’attirent irrésistiblement…

[Las voces se liberan y se muestran /
en movimiento en las ventanas del mundo /
los cuerpos que danzan en ósmosis /
resbalan, tiemblan, se confunden y se atraen irresistiblemente…]

(Les passants / Los transeúntes – ZAZ)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Información

Una cumbre como la COP21 pone a prueba nuestra capacidad de síntesis, nuestra agenda, nuestros conocimientos pero, sobre todo, pone a prueba nuestra resistencia y la habilidad para administrar energía.

Antonio me lo dijo al oído. Con algo de pudor y mucha retranca me aseguró que en las cumbres lo importante, lo realmente importante, era “poder comer algo y dormir un poco”. Los dos participábamos como ponentes en el Taller de Herramienta Periodísticas para Sobrevivir a la COP21, la Cumbre del Clima que estos días se celebra en París, y los dos coincidimos en que estos elementos tan prosaicos, sin ser herramientas periodísticas, eran fundamentales para sobrevivir a uno de estos encuentros donde todo es desproporcionado.

Las cumbres ponen a prueba nuestros conocimientos sobre la materia en cuestión (en este caso, en el de la COP21, el protagonista es el cambio climático), nuestras relaciones (la agenda personal es mucho más importante que la que te dictan a diario los organizadores), nuestra capacidad de síntesis (¿cómo contar en poco tiempo, o espacio, lo más sustancial de una reunión monumental?), pero, sobre todo, miden nuestra capacidad de resistencia y la habilidad para administrar energía.

En estas circunstancias extremas conviene alejarse de algunos mitos, de algunas rutinas y de algunos personajes con los que ganamos muy poco (ganancia entendida como información trascendente para nuestros receptores) y consumimos mucha energía. Se trata de conseguir el optimal foraging que descubrió Tono Valverde en los ecosistemas de Doñana: un predador persigue a una presa con una intensidad que es proporcional a la energía que obtiene e inversamente proporcional a la energía que consume. En una cumbre maratoniana un periodista no debería publicar lo que rinde poco o lo que cuesta mucho adquirir. Dicho de otra manera, si Darwin descubrió que sólo sobreviven los más aptos, Valverde matizó este principio: “Sólo sobreviven los que mejor aprovechan la energía”. Y en una cumbre donde se reúnen más de 30.000 especialistas durante dos semanas hay que aprovechar la energía al máximo para destilar información que realmente sea comprensible y útil para nuestros receptores, sin desfallecer…

Conviene, antes que nada, antes incluso de aterrizar en París, olvidarse de los cumbrólogos, una subespecie de periodista realmente dañina por cuanto está más interesada en los entresijos de la cumbre, en sus mecanismos internos y liturgias, que en el propio contenido y trascendencia de la misma. Los cumbrólogos suelen alimentar nuestra ansiedad informativa porque siempre que hablan uno tiene la sensación de que saben algo que tú deberías saber. Ellos, supuestamente, manejan las claves ocultas de la cumbre y saben descifrar las señales casi imperceptibles que emiten los mandatarios, los ecologistas y hasta el personal de seguridad. Parafraseando a Rosa María Calaf, la veterana periodista de TVE, cuando uno los ve aparecer en uno de estos encuentros no puede evitar este pensamiento: “Ya están aquí los especialistas que tanto saben de cubrir cumbres y nada saben de la cumbre que tienen que cubrir“. Periodistas que escriben para otros periodistas, o para que sus jefes admiren sus habilidades, pero que olvidan quiénes son sus verdaderos receptores.

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Desde 1992, cuando viajé a la Cumbre de Río, mucho han cambiado las cosas en el periodismo ambiental, pero la esencia de este oficio sigue siendo la misma: hacer comprensible lo complejo a receptores no especializados.

Tampoco hay que obsesionarse con las primicias, ni siquiera con estar a la última de lo que se cuece en la cumbre. Con las herramientas de comunicación disponibles en la actualidad aquellos ciudadanos realmente interesados en conocer las novedades de la reunión estarán conectados directamente a las mismas fuentes que nosotros, de manera que, casi siempre, tendrán la información al mismo tiempo (o incluso antes) que nosotros. Y para el común de los mortales, para los receptores no especializados, lo importante es cómo se lo vamos a contar no cuándo se lo vamos a contar. Lo importante no es llegar el primero, lo importante es explicarlo mejor que nadie, interpretar la información, procesarla de tal manera que tenga sentido para nuestros receptores.

Y esto último tiene mucho que ver con otro concepto fundamental en cualquier cumbre internacional: debemos anteponer los intereses locales (con todos sus matices) a la perspectiva globalizada (demasiado simplista). Por razones obvias, este tipo de reuniones están dominadas, desde el punto de vista informativo, por los grandes medios (la mayoría de ellos anglosajones), los medios globalizados que necesitan de un discurso homogéneo, no sometido a la variabilidad de los múltiples paisajes en donde se va a consumir la información. Pero, ¿cómo explicar la trascendencia del cambio climático sin bajar a la escala local, sin acomodarlo a escenarios domésticos, sin vincularlo a actividades que nuestros receptores puedan identificar sin dificultad? ¿Qué sentido tiene, para un vecino de Sevilla o una vecina de Almería, hablar de la fusión de los glaciares patagónicos?

En este tipo de cumbres, a pesar de todos los obstáculos que se nos presentan y frente a la hegemonía de los grandes medios, hay que defender el periodismo de proximidad. El domingo, cuando aterrice en Paris y tenga que empezar a tejer las primeras crónicas para los Informativos de Canal Sur Televisión, atenderé a las negociaciones que se están produciendo en la COP21, claro que sí; a los compromisos que están presentado los países para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, sin duda; a las declaraciones y contradeclaraciones de mandatarios y portavoces políticos, por supuesto; pero, sobre todo, tendré presente la conexión que todos esos elementos tienen con Andalucía, con los andaluces. Trataré, en definitiva, de interpretar la información para situarla en un contexto de proximidad y así generar verdadera conciencia.

El periodismo de proximidad es la antítesis del periodismo de convocatoria, ese que sólo se alimenta de notas y ruedas de prensa, o de comparecencias vía plasma. Un periodismo en el que no hay sitio para los cumbrólogos ni para los que andan obsesionados con la exclusiva. Un periodismo que se ejerce con calma, con el reposo que requiere cualquier reflexión, porque la ansiedad informativa, aunque forma parte de la épica y la estética de este oficio, es un veneno que destruye nuestro objetivo más preciado: la comprensión.

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Tan cerca y tan lejos. Qué fácil resulta mirar al horizonte, perderse en la distancia, y no ver a quien está a tu lado… (“Dos seres humanos. Los solitarios”, 1933-1935, E. Munch. Óleo sobre lienzo. Munch-Museet, Oslo)

No me gustan las banderas, ni los himnos, ni los desfiles… Me cuesta distinguir cuál es mi verdadera patria (más allá de la infancia y los amigos, quiero decir). Me duele lo que ocurre en casa de mis vecinos y lo que sucede en una apartada aldea de Nigeria (sólo que me es más fácil tratar de comprender lo que le sucede al vecino y también me resulta más sencillo tratar de ayudarle).

Estoy con mi amiga Belmont cuando me escribe, desde el horror y el dolor de la masacre en Paris, y me asegura que se siente “impotente ante tanta maldad. El único consuelo y la única forma de cambiar el mundo es amando a los que nos rodean. Es la única revolución eficaz“.

Sí, es la única revolución posible, la única que funciona a escala humana, la única que podemos gobernar por nosotros mismos. No me gustan las soflamas de los salvapatrias, empeñados casi siempre en juzgar y condenar (entender, y perdonar, es mucho más difícil y no está al alcance de los estúpidos).

Ya está bien de mítines y de arengas de falsete. Por las redes, con nombre y apellidos (quiero decir: gente que conozco en el mundo real, fuera de este universo electrónico), se pasean individuos que van por el mundo (el real, insisto) repartiendo estopa, con cara de ñu desde que se levantan, amargándole la existencia a sus semejantes, destilando veneno, conspirando, amenazando, robando, engañando, gritando… Gente que sólo mira su propio ombligo y les importa un pimiento lo que le ocurre al vecino, pero que se vuelven solidarios, pacíficos, empáticos y hasta simpáticos… en las redes sociales, y en especial cuando estas se ven sobresaltadas por algún acontecimiento trágico. Los más refinados de esta especie, tóxica y muy peligrosa, son capaces de disfrazar su verdadera condición en el mundo real señalándose con entusiasmo en los escenarios políticamente correctos (siempre y cuando tengan público que pueda disfrutar de su bondad y compromiso). Algunos son así por pura maldad y otros sencillamente porque son estúpidos (lo segundo es mucho más frecuente).

La única revolución posible es la revolución de lo próximo, de lo cercano. Menos mítines, arengas y soflamas, menos teatro, y más sonreírle al vecino, llegar al trabajo silbando, pedir perdón, decir buenos días, abrazar, ceder el paso, no tocar el claxon, echarle una mano al amigo, dar las gracias, preguntar al que está triste, no exigir, no suponer, brindar con la gente a la que quieres y decirle que la quieres, regalar música o vino sin motivo, etc… etc… etc…

Nuestros hermanos están en París, en Nigeria, en Siria, en Afganistán, en Corea del Norte… pero sobre todo están al lado de casa, en el trabajo, en el supermercado del barrio, en el colegio de nuestros hijos, en el bar de la plaza, en nuestro centro de salud, en el metro que nos lleva a la ciudad… Con ellos es más fácil ser un poquito mejores, y esa misma cercanía, paradójicamente, es la que desenmascara a los malos y a los estúpidos.

La humanidad avanza gracias no solo a los potentes empujones de sus grandes hombres, sino también a los modestos impulsos de cada hombre responsable” (Graham Greene).

 

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