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El turco andaluz no sólo es uno de los mejores ayudantes del pastor, los pescadores también se sirven de estos perros en múltiples faenas. (Foto: Julian Vernot).

Hace pocos días, y en el programa “Tierra y Mar” (Canal Sur Televisión), dedicamos un reportaje (*) al turco andaluz, posiblemente el mejor ayudante al que pueden recurrir los pocos pastores que siguen manejando sus rebaños, en extensivo, en zonas de media montaña. Así ocurre en las Subbéticas cordobesas, a donde acudimos para mostrar, en su trabajo cotidiano, algunos ejemplares de este perro excepcional. Como suponía, muchas de las personas que tienen uno de estos animales, no sólo como auxiliar en tareas de campo sino también como perro de compañía, comentaron en las redes sociales su admiración y cariño a una raza que lleva casi mil años con nosotros. Aunque siempre me he rodeado de gatos (bueno, quiero decir que soy, parafraseando a Churchill, un humilde súbdito de mis gatos) yo también profeso admiración por turco andaluz, un perro del que hablé hace algún tiempo aprovechando los muchos conocimientos que me aportaron Baldomero Moreno (Consejería de Medio Ambiente) y Cecilio José Barba (Universidad de Córdoba) y que hoy resumo en este post.

Aunque no existe acuerdo científico sobre su primitivo origen, el perro de agua español, también conocido como turco andaluz, es la más antigua de las múltiples razas caninas de agua existentes en el mundo. Desde el remoto siglo XII se tienen evidencias de su presencia en la Península Ibérica, formando parte del grupo de los animales auxiliares del hombre en tareas como la ganadería, la caza o la pesca. Andalucía fue, y sigue siendo, la principal reserva de esta raza autóctona que a punto estuvo de extinguirse hace apenas un cuarto de siglo.

Para algunos autores los antepasados de esta raza llegaron a la Península Ibérica acompañando a las tropas musulmanas allá por el año 711, aunque estos primeros ejemplares podrían proceder de los primitivos perros de agua utilizados por las tribus del norte de África o bien haber sido importados desde el continente asiático. Otras hipótesis hacen referencia al posible origen turco o húngaro, y también hay quien defiende el nacimiento de la raza en Andalucía, y en concreto en las marismas del Guadalquivir, donde la naturaleza y el hombre  seleccionaron animales perfectamente adaptados a ese medio hostil.

De una u otra manera, hasta el año 1110 no se tienen evidencias de la presencia de estos animales en la Península Ibérica, dando lugar más tarde a dos razas: el cao de agua portugués y el perro de agua español. Este último, además, presenta dos ecotipos (adaptaciones ecológicas distintas) según sean ejemplares del norte o del sur del país, y los sureños, asimismo, presentan una variante marismeña y otra de sierra.

La denominación popular de la raza también varía en función de las diferentes provincias o comarcas. En Andalucía se le conoce genéricamente como turco, aunque en algunas zonas este nombre se reserva a los ejemplares de pelo marrón denominando moro a los de pelaje negro. En Sierra Morena se identifica como perro de lanas, mientras que en las serranías de Grazalema y Ronda se le llama laneto. Rizado es el nombre usado en las sierras Subbéticas cordobesas y patero en las marismas del Guadalquivir. Churro es en Extremadura, merlucero en Cantabria, cordelero en Asturias y chos o chorris en el País Vasco.

El abandono de prácticas ganaderas tradicionales, para las que era indispensable,  y la presión de otras razas foráneas, peor adaptadas al medio pero más populares, colocaron al turco andaluz en una difícil situación a mediados de los años ochenta del pasado siglo. Las pocas poblaciones que lograron sobrevivir a este proceso quedaron relegadas a algunas serranías y enclaves marismeños que, en esos mismos años, pasaron a formar parte de la red de espacios protegidos de la región. Superado el peligro, los parques naturales de Grazalema (Cádiz-Málaga), Alcornocales (Cádiz), Sierra Norte de Sevilla, Subbéticas (Córdoba) y entorno de Doñana (Huelva-Sevilla-Cádiz), entre otros, siguen albergando a la mayor parte de los mejores ejemplares que de este perro se conservan en toda España.

A lo largo de la historia, el turco ha desempeñado multitud de funciones, y aún hoy sigue siendo un perro muy versátil. Siempre ha destacado en la guarda y cría de todo tipo de ganado y como auxiliar de los cazadores en zonas húmedas. En Asturias, País Vasco y Cantabria aún se mantiene, en la flota de bajura tradicional, como inseparable compañero de los marineros dadas sus dotes nadadoras y buceadoras. En estos casos sirve de enlace entre embarcaciones (para trasladar aparejos de pesca, por ejemplo), recupera los peces que escapan de las redes o se ocupa de acercar las amarras al puerto, además de vigilar las redes mientras el pesquero permanece atracado. También se empleó, hasta principios del siglo XX, en algunas minas de carbón de Sierra Morena, ayudando a los arrieros de los mulos que transportaban las vagonetas de mineral. En la actualidad  se viene utilizando en la localización de cebos envenenados, drogas y explosivos, auxiliar en labores de rescate durante catástrofes y como perro mensajero.

Hay animales, muchos animales (quizá todos los animales), frente a los que el hombre, algunos hombres, son una triste sombra de eso que llaman homo sapiens… 

(*) Para los que no vieron el reportaje que dedicamos a este extraordinario animal aquí os dejo el enlace a nuestro canal de YouTube:

 

 

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El próximo sábado la figura del pastor tradicional volverá a estar presente en Espacio Protegido (Canal Sur Televisión). ¿Y qué tiene que ver un pastor con el mantenimiento de la biodiversidad? ¿Realmente son compatibles?

José Luis González, investigador de la Estación Experimental del Zaidín (Granada, http://www.eez.csic.es/), me lo explicó de una manera sencilla pero muy efectiva. “Mi hija”, me dijo, “tiene siete años y suele pintar, como cualquier otro niño de su edad, prados salpicados de vaquitas”. Esa es la imagen tradicional del pastoreo, y como relataba José Luis, “a nadie se le ocurriría pintar vacas que se comen unas a otras”. Y sin embargo, el manejo intensivo de este recurso ha llevado a esa sinrazón que, finalmente, desembocó en la crisis de las “vacas locas”. “Una sociedad que ha olvidado cosas que un niño de siete años ya sabe”, lamentaba González, “asume consecuencias muy graves con respecto a lo que pueda venir”.

La hija de José Luis roza ya la mayoridad de edad, pero aquella sinrazón que me explicó de forma tan contundente sigue contaminando el buen hacer de los pastores tradicionales, aquellos que contribuyen al mantenimiento de espacios naturales particularmente frágiles.

El trabajo de José Luis trata, en gran medida, de desmontar, con argumentos científicos, algunos de los tópicos y malentendidos que giran en torno a la actividad ganadera en terrenos de gran valor ecológico. Al sobrepastoreo suele achacarse, por ejemplo, un notable impacto en la flora silvestre, pero no siempre se dispone de datos fiables que determinen la carga ganadera que puede soportar una zona, la influencia de otros herbívoros que no son los domésticos o las ventajas ambientales que se derivan del pastoreo tradicional.

El ganado abona la tierra y dispersa las semillas, ayuda a frenar la sangría demográfica que sufren los municipios serranos y mantiene el matorral en unas condiciones que disminuyen el riesgo de incendio. La biodiversidad es mayor en áreas con pastoreo moderado que en aquellas otras zonas con pocos animales o con exceso de carga ganadera. Los efectos de un excesivo número de animales son de sobra conocidos, pero es que el pastoreo leve o la ausencia del mismo, señala Fernando García,  profesor de Biología Animal de la Universidad de Almería, “hace que el territorio tienda a ser invadido por arbustos, se hace impenetrable, pierde riqueza específica y diversidad, aumenta la probabilidad y la intensidad de los incendios, y termina convirtiéndose en un desierto verde”.

Los paisajes de Sierra Nevada, advierten estos expertos, han evolucionado con una carga de herbívoros muy alta, y el pastor tradicional actuaba, en cierta medida, como un depredador capaz de controlar la presión ganadera. Al desaparecer esta figura se elimina el factor de equilibrio y es entonces cuando pueden manifestarse impactos ambientales de cierta gravedad.

El problema, por tanto, no es una excesiva carga ganadera. El hecho de que sobren o no animales en una determinada zona lo resuelve el estudio de la capacidad de carga que tienen esos terrenos. Las posibilidades de explotación de este recurso, en un espacio tan valioso como Sierra Nevada, fluctúan cada año, pero eso, insiste González, “es algo que se puede cuantificar y planificar, pero lo que no podemos inventar es a un pastor”.

Esta es una profesión poco conocida y mal valorada, a pesar de que exige una alta cualificación y un profundo conocimiento del medio. Un oficio que suele transmitirse de padres a hijos, y que cada vez resulta menos atractivo para los jóvenes serranos. Su valor suele apreciarse cuando se visitan territorios en los que no existe esta figura, y el ganado se explota de una manera irracional.

Lo que está en juego no es solo un oficio tradicional, es un patrimonio en el que se incluyen valores naturales, historia y formas de vida. Es, en definitiva, una cultura en peligro de extinción, tan ligada al paisaje y los ecosistemas que su desaparición comprometería los propios valores del medio natural. Un proceso en el que también sucumben los viejos caminos rurales, los cultivos en terraza, los sistemas de riego tradicionales, los cercados de piedra o las clásicas cortijadas.

 

 

 

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