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Vega de Granada

¿Quién defiende la Vega?
(imagen de http://www.otragranada.org)

En ese doble menú verde (Espacio Protegido + Tierra y Mar) en el que nos hemos embarcado en Canal Sur Televisión hay muchos territorios comunes, escenarios en donde hay que defender el patrimonio agrícola (la tierra, los saberes y quienes los atesoran) y también el ambiental (si es que es posible distinguir el uno del otro). La Vega de Granada es uno de esos territorios, y a ella dedicamos hoy un extenso reportaje en el que los únicos protagonistas son los habitantes de la Vega, aquellos que han resistido la invasión del asfalto.

Durante años las ciudades han crecido atendiendo, como único referente,  a los dictados del mercado inmobiliario. De acuerdo a estos criterios, el patrimonio rural y natural que rodea a las grandes urbes no tiene valor, son terrenos rústicos, no urbanizables. Cercados por el hormigón, estos territorios acaban convirtiéndose en basureros o escombreras, perdiendo el atractivo paisajístico que un día tuvieron.

De la voracidad que manifiestan las grandes urbes habla el proceso de transformación que a lo largo de la historia ha sufrido el entorno natural y rural de las principales ciudades andaluzas, un fenómeno del que ya alertaba la propia Consejería de Medio Ambiente hace años, cuando publicó este sombrío diagnóstico en uno de sus informes anuales.

Ese cinturón, en el que convive la vegetación silvestre y los cultivos, se mantuvo más o menos intacto hasta hace poco más de dos siglos. Entonces las urbes crecían muy lentamente y la ingeniería no podía resolver los problemas que imponían algunos obstáculos naturales, como terrenos de fuerte pendiente o zonas inundables. Asimismo, los habitantes de las ciudades dependían para su subsistencia de las producciones agrícolas y ganaderas que se disponían en su entorno. Por último, la vegetación natural que crecía alrededor de la urbe suavizaba los rigores del verano y las clases privilegiadas construían allí sus residencias de recreo.

Este equilibrio se rompe bruscamente en la segunda mitad del siglo XX, cuando el crecimiento urbanístico en las periferias se multiplica, pero lo hace arrasando los valores naturales existentes, sin crear un orden paisajístico nuevo. Los espacios más afectados son las vegas agrícolas y los montes próximos a las ciudades, con microclimas y panorámicas privilegiadas. Así ocurre en Sevilla, en Córdoba o en Granada.

Entre 1960 y 1980 nació una nueva Granada que duplicó, como mínimo, la superficie original urbana. Y esa expansión se hizo a costa de la vega. Este cinturón de tierras rústicas terminó por convertirse en el gran suministrador de suelo para las viviendas que reclamaba la aglomeración urbana y para sus correspondientes redes viarias, alimentando ese crecimiento difuso que, a medio plazo, agrava el deterioro de la calidad ambiental a la que aspiran todos los ciudadanos.

En los municipios litorales este proceso ha sido aún más potente, difuso y complejo, porque al propio desarrollo urbano se suman las urbanizaciones turísticas, los complejos portuarios y sus industrias asociadas, y la nueva agricultura bajo plástico. De esta manera, gran parte de la costa andaluza ha visto alterado profundamente su paisaje original, convertido ahora en una línea continua de edificios y otras construcciones.

Estos errores tratan ahora de corregirse introduciendo iniciativas encaminadas a la protección del paisaje periurbano en planes de ordenación del territorio como los que se reivindican, desde hace años, para la Vega de Granada. Esta lucha está soportada por un movimiento ciudadano modélico que ha conseguido aglutinar a todo tipo de colectivos y que en los próximos meses redoblará sus esfuerzos para lograr que, al fin, este escenario único sea declarado Bien de Interés Cultural.

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