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Posts Tagged ‘periodismo ambiental’

 

Fragmento de la conferencia “El círculo de la voluntad” que dicté en el acto de entrega de los Premios de Comunicación Flacema (Sevilla, 26 de octubre de 2017).  

Para salir airosos de la encrucijada a la que nos conduce el debate en torno a la Economía Circular, y hablando de la cooperación como herramienta decisiva, resulta imprescindible el concurso de los medios de comunicación generalistas, el trabajo de los periodistas que deben, que debemos, trasladar a públicos heterogénos y no especializados la complejidad de estas cuestiones que nos enfrentan a nuestra propia supervivencia. Vivimos prisioneros de los sucesos, que nos entretienen, captan la atención y encienden el debate, pero que difícilmente generan conocimiento. Esta, la información ambiental, es una información de procesos en la que hay que señalar causas, consecuencias, actores, soluciones…, y la atención a todos estos elementos requiere tiempo y conocimiento, reposo y mirada democrática. Los problemas ambientales se llevan muy mal con el periodismo urgente, plagado de inexactitudes y ruido (con frecuencia interesado).

Tampoco conviene caer en la trampa de sentirse más cerca de nuestras fuentes que de nuestros receptores. Cuando un periodista se pone a escribir sólo puede militar en el periodismo. No somos ecologistas, ni somos portavoces de la industria, ni nos alineamos con la Administración… por muy loables que sean sus argumentos: únicamente nos debemos a nuestros receptores. Si nos identificamos con nuestras fuentes hasta el extremo de confundirnos con ellas es fácil que caigamos en un periodismo reduccionista, ese que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador (o inquietante) escenario de buenos y malos, un paisaje de negros y blancos del que han desaparecido los infinitos matices en los que  buscar una explicación, una solución. El periodismo no debe perseguir adhesiones sino argumentos.

¿Qué quieren nuestros receptores? Que les ayudemos a entender la complejidad del mundo que les rodea sin hurtarles ninguno de los elementos que lo componen, incluidas incertidumbres, contradicciones y zonas oscuras. Por eso un periodista, el verdadero periodista ambiental,  necesita una mirada abierta, democrática y conciliadora. Es más importante entender que juzgar, pero es más fácil juzgar que entender. Y no es que los juicios sean malos per se, es que un buen juicio necesita comprensión, interpretación, argumentos, tiempo… Pero un escenario periodístico frenético, entregado a la urgencia del suceso, la denuncia o la exclusiva, se alimenta no de juicios sino de prejuicios (que son fáciles y rápidos, pero que con frecuencia traicionan el verdadero conocimiento de un problema y la búsqueda cooperativa de soluciones).

Insisto: nuestros receptores no quieren, ni merecen, juicios (y menos prejuicios), ni sentencias y condenas rápidas, inapelables, ni siquiera manuales sobre lo que deben o no deben hacer.  En el periodismo en general (y en el ambiental en particular) necesitamos más creatividad que reactividad. Necesitamos una mirada plural, formada, reposada y conciliadora. Y aunque esta es, sobre todo, una responsabilidad nuestra, de los propios periodistas, no lo es menos de cierta clase política, esa que aplaude al peor periodismo, y de algunas fuentes cualificadas (industria, ecologistas, científicos…) que a veces prefieren comportarse como enemigos y no como aliados de los medios de comunicación, sobre todo en cuestiones de tan evidente calado social como es el modelo de desarrollo con el que podemos escapar del desastre.

Abrir espacios como este, donde diferentes voces pueden entablar un diálogo reposado, plural y en libertad, en torno a problemas ambientales complejos, es lo que más necesitamos. Insisto: quizá con más urgencia que leyes o inversiones. Dice mi amiga María Novo, catedrática de Educación Ambiental, y dice bien, que en torno a algunas cuestiones ambientales hemos generado mucho más conocimiento que relaciones, y que, quizá, hay que insistir en las relaciones para poder salir de esta crisis que amenaza nuestra propia supervivencia. Y Einstein aseguraba que en momentos de crisis es más importante la imaginación que el conocimiento. Necesitamos más relaciones, más imaginación, más creatividad, más diálogo, más cooperación, más transparencia, más serenidad… Necesitamos inversiones y tecnología, claro que sí, pero sobre todo necesitamos herramientas intangibles y gratuitas que sólo precisan de nuestra voluntad, la de todos.

 

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La realidad es demasiado compleja como para reducirla a un chiste o a un mitin…

“Estamos en un momento de incertidumbre donde la ciudadanía cree que está informada cuando solo está entretenida” (Rosa María Calaf)

Puede que esto no guste a nadie…”. Así comenzaba el famoso discurso que Ed Murrow pronunció en 1958, durante la Convención de Directores de Informativos para Radio y Televisión, y en el que lamentaba la imposible combinación de noticias, entretenimiento y publicidad que, en los medios de comunicación de masas norteamericanos, estaba deteriorando la calidad de la información. Un peligroso cóctel nacido para saciar el apetito (feroz) de audiencia; una carrera (frenética) en la que empezaban a no tener cabida las informaciones “desagradables y molestas” (más tarde empezarían a sobrar, también, las informaciones complejas). Audiencia a toda costa, aunque en el camino las señas de identidad del buen periodismo quedaran pulverizadas.

Tal y como Murrow predijo entonces, hace cerca de 60 años, el entretenimiento ha ido fagocitando a la información hasta crear terribles confusiones, híbridos en donde es difícil distinguir (incluso para los mismos periodistas) la frontera que separa la realidad de la ficción (ese territorio incierto que tanto preocupaba a Margarita Rivière), y también peligrosas adicciones (que afectan a esos escenarios  ¿sacrosantos? que van más allá, mucho más allá, del periodismo generalista).

“El periodismo ya no se concibe más que como una narración de historias, presuntamente reales, de estructura idéntica a la ficción. Es perfectamente normal que la información –desde los deportes y las noticias rosas a la política o las noticias económicas – adopte hoy la forma del folletín y del culebrón” (Margarita Rivière).

En algunos de esos escenarios, como en el de la divulgación científica, escenarios que requieren de especial mimo porque el rigor (¿irrenunciable?) se sostiene sobre un entramado muy complejo (y desconocido para un buen número de comunicadores), se está generando, se ha generado, creo, una de esas adicciones malsanas que sólo se satisfacen con entretenimiento-non-stop, diversión-no-limits y seducción-kingsize. Comienza a resultarme cansina, lo confieso, esa corriente, tan de moda en la comunicación de la ciencia, que abusa de la diversión como objetivo último, que sobrevalora la risa como soporte pedagógico, olvidando que la función debe estar por encima de la forma. Si queremos llegar al gran público claro que debemos ser atractivos (hablando de neurología, de física cuántica o de arqueología subacuática), pero, sobre todo, nuestra obligación es ser útiles, hacer que el público nos entienda, y no tanto que se divierta.

Hace tiempo leí una entrevista con Stephen Few, uno de los pioneros en reflexionar sobre los principios de eso que ahora llaman visualización de datos, el recurso que con tanta fuerza y utilidad se ha incorporado al mundo del periodismo. He rescatado aquella entrevista para compartir un párrafo que, salvando las distancias (aunque no son muchas), refleja bien lo que trato de explicar a propósito de la divulgación científica adicta al espectáculo, esa que se consume en la risa, deja un buen sabor de boca a la audiencia, satisface el ego del divulgador pero… apenas genera conocimiento.

“Me dio la impresión de que muchos profesionales toman los datos y se dedican simplemente a buscar una forma divertida y original de mostrarlos, en vez de entender que el periodismo consiste -una vez reunidas las informaciones- en facilitar la vida de los lectores, no en entretenerlos. El trabajo del diseñador de información no es encontrar el gráfico más novedoso, sino el más efectivo” (Stephen Few, El País, 29.8.2011)

Hubert N. Alyea es un magnífico ejemplo de cómo el humor inteligente puede ser tremendamente útil en la divulgación de la ciencia, siempre que el que lo use tenga humor y, sobre todo, inteligencia.

Construir, a partir de la risa, un entramado lo suficientemente sólido como para que se sostenga el conocimiento y pueda expandirse con  ciertas garantías no es tarea fácil (aunque parezca lo contrario). El humor inteligente es una virtud reservada… a los más inteligentes.  Y como ejemplo basta comparar, sin renunciar a la risa, las fantásticas clases de química de Hubert N. Alyea (Universidad de Princeton) con los ridículos shows ¿científicos? que se pasean por algunas televisiones y que triunfan en Youtube. Entre unas y otros ha pasado más de medio siglo, pero Hubert sigue ganando por goleada.

El hecho de que los medios de comunicación hayan dejado de estar gobernados por periodistas explica también esta peligrosa deriva hacia el entretenimiento por encima de la información, una estrategia que ha terminado por contaminar todo tipo de  escenarios, como el de la divulgación científica, en donde se busca la risa o el aplauso antes que la más discreta comprensión (con frecuencia, silenciosa). En manos de gerentes, especialistas en marketing, analistas de audiencia o community manager, en el orden de prioridades de muchos comunicadores ya no ocupa los primeros puestos la generación de conocimiento (a partir de una información rigurosa y asequible) sino la agradecida diversión.

Pero si en el periodismo científico hay que protegerse de esta fiebre por el espectáculo, que suele garantizarnos el aplauso de la audiencia, en el periodismo ambiental hay que alejarse de esa corriente que defiende la militancia (ciega) con el peligroso argumento de que lo que está en juego no admite neutralidad alguna.

A más de uno le gustaría que la realidad fueran las redes sociales donde todo, hasta lo más complejo, se puede reducir a 140 caracteres, y el éxito sólo depende del número de followers (reales o falsos, este es un matiz intrascendente).

Al margen de las circunstancias económicas en las que siempre nos escudamos, la crisis del periodismo es, sobre todo, una crisis de credibilidad, que se origina a partir de una pérdida de valores, y de las (buenas) prácticas en las que estos se materializan, valores que forman parte de la misma esencia de este oficio, de sus verdaderas señas de identidad. Si la audiencia nos abandona, si cuestiona nuestro rigor y desconfía de nuestro trabajo, es porque se ha cansado de ese periodismo reduccionista que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador escenario de buenos y malos, un sencillo paisaje en blanco y negro. Un periodismo maniqueo y soberbio que no tiene sentido alguno en un mundo en donde las nuevas tecnologías de la información permiten a cualquier ciudadano estar al tanto de toda esa complejidad, la misma que se le quiere hurtar desde ciertos púlpitos. Los ciudadanos desean, creo, que el periodista les ayude a entender esa complejidad sin hurtarle ni uno solo de los elementos que la componen. La contradicción forma parte de esa realidad compleja, y la incertidumbre también, así es que necesitamos, más que nunca, periodistas dispuestos a mantener una mirada abierta, democrática y conciliadora. Y estas tres virtudes no hay por qué sacrificarlas en el periodismo de denuncia, al contrario, son las que lo dignifican y lo alejan del periodismo sectario. La primera señal con la que se anuncia el totalitarismo, con la que se presentan los totalitaristas, es la eliminación de los grises.

Los ciudadanos no quieren juicios (y mucho menos prejuicios), ni sentencias y condenas inapelables, ni manuales sobre lo que deben hacer y lo que no deben hacer. Se acabaron los discursos porque, en manos de las redes sociales, vuelven las conversaciones, y si el verdadero periodista no es capaz de competir con este nuevo modelo democrático de información on-line dejará en manos de algunos peligrosos influencers , más interesados en el ruido que en el rigor, la interpretación de una realidad, compleja, que necesita de algo más que 140 caracteres (y el coro silente de miles de followers) para ser comprendida.

Lástima que esas redes sociales que han devuelto el protagonismo a la conversaciones sean las mismas con las que justifican su éxito (medido en followers, of course) esos periodistas maniqueos que defienden la militancia (ciega) para mostrarnos un mundo felizmente reducido a buenos y malos.

 

Hay quien busca mejorar el conocimiento y quien se conforma con el aplauso del coro. Tener criterio propio complica bastante el aplauso…

 

” El periodista debe tener una visión panóptica y cuando se limita a reflejar los comportamientos de los medios sociales está traicionando el principio moral del periodismo que es informar a la ciudadanía de lo que está pasando” (Entrevista a Juan Soto Ivars a propósito de la presentación de su ensayo Arden las redes).

Los problemas ambientales, la mayoría de ellos, son de tal complejidad y envergadura que ese periodismo áspero y soberbio, tan complaciente con algunas fuentes que defienden la pureza y lo políticamente correcto (y no hablo necesariamente de la política dominante), no sólo es aburrido sino que es, sobre todo, estéril. Algunos periodistas necesitan sentir que determinadas fuentes, aquellas que (afortunadamente para todos) están entregadas a la defensa de nuestro patrimonio común, celebran su determinación y, sobre todo, su incuestionable toma de postura. Pero es que los periodistas no nos debemos a nuestras fuentes, por loable y abnegado que sea su trabajo, sino a nuestros receptores, esos que necesitan conocer, sin juicios previos, todas las posturas enfrentadas, todos los puntos de vista, todas las aproximaciones, todas las incertidumbres… Y lo peor es que esos periodistas, convertidos en militantes (ciegos), exigen esa misma militancia a sus colegas, como prueba de compromiso y pureza. Como si esto fuera una guerra y no un debate en el que deben primar los argumentos por encima de las adhesiones. La furia es, con frecuencia, la que contamina algunos discursos supuestamente periodísticos, discursos que, en realidad, son mítines en donde resulta mucho más fácil juzgar que entender. Por eso, y aunque resulte paradójico, algunos de los que dicen combatir la censura han acabado por convertirse en los nuevos censores.

“La gente empieza a tener miedo de decir ciertas cosas, pero no porque me van a insultar los otros, sino porque me van a insultar los míos. A mí es eso lo que realmente me preocupa. (…) La postcensura funciona así: gente que tiene una ideología pero puede que no esté al 100% de acuerdo con ella acaba no expresando sus puntos de disconformidad por miedo a que los suyos le llamen traidor. Mucha gente no se atreve a cuestionar ciertos dogmas porque la presión puede ser insufrible. Ahí es donde está el peligro, que nos volvemos monolíticos”. (Entrevista a Juan Soto Ivars a propósito de la presentación de su ensayo Arden las redes).

Aunque a algunos les cueste admitirlo todas, todas las banderas son de conveniencia. Mejor un diálogo (abierto) que una guerra a golpe de banderas…

Predicar al coro nunca sirvió de mucho. Sentirte aplaudido por los fieles es el objetivo de los incapaces. Buscar la aprobación de los gurús, de los líderes inmaculados, sólo sirve para alimentar el ego y alejarnos de la calle, ese espacio en donde nada es inmaculado. Ahora, más que nunca, se necesita una comunicación conciliadora donde esté presente la diversidad, donde podamos conocer todos los elementos en disputa y, sobre todo, concederles la posibilidad de que expresen sus puntos de vista porque en ellos habrá, seguro, alguno o algunos razonables, legítimos.

No se, hay algo que no me cuadra. Algunas de las partes en conflicto, aquellas que se consideran legítimas per se, dicen que quieren cambiar el mundo, acabar con las injusticias, perseguir la corrupción, ayudar a los más débiles, proteger el medio ambiente, trabajar por la paz… Pero todo eso lo defienden con un tono y unos argumentos que no se corresponden con esas (buenas) intenciones. No se, hay algo que no me cuadra cuando leo, cuando escucho, a alguno de estos justicieros de última hora que quieren salvarnos por obligación y a cara de perro. Ni me gustan los toros ni soy cazador, pero, ¿qué sentido moral tiene que un animalista se alegre de la muerte de un torero, o un ecologista de la muerte de un cazador? ¿Qué autoridad ética le concedemos al que justifica el insulto como un arma para la defensa propia? La violencia, aunque sólo sea verbal, ¿es un medio razonable para defender intereses legítimos?

No sólo para los políticos, las instituciones internacionales o las ONGs son utilísimos los trabajos de Johan Galtung, el gran científico de la paz. También los periodistas deberíamos conocer, y tener muy presentes, las reflexiones de Galtung a propósito de la resolución de conflictos porque igualmente sirven para construir esa comunicación democrática, conciliadora y creativa. Sobre esta última virtud, que tanto me interesa y sobre la que ya he escrito en este blog, Galtung nos regala su particular punto de vista: en un conflicto entre partes, explica el sociólogo y matemático noruego, no se trata de convencer, se trata de escucharlas a todas para entender, para entenderlas, y luego se necesita “mucha creatividad para tender puentes entre objetivos legítimos, porque todas las partes tienen, como mínimo, un objetivo legítimo“.

Es preferible escuchar a gritar, interpretar con reposo antes que correr en busca de la exclusiva (un triunfo ridículo en un mundo  interconectado en tiempo real). Condenar a los que no piensan como nosotros es excluirlos de una solución que será cooperativa… o no será. Diálogo, no arengas. Conversaciones, no mítines. Y aquí, por favor, sí que se necesitan algunas gotas de buen humor.

 

Los prejuicios son, con demasiada frecuencia, el disfraz de la ignorancia y el miedo.

 

 

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Las audiencias se ganan o se pierden de acuerdo a nuestra capacidad de análisis (reposado) y no en función de la velocidad con la que atendamos las noticias: ¿de qué sirve correr para contar todos lo mismo? (En la imagen un momento de la conocida como “carrera de los becarios”, en la que jóvenes periodistas cubren la distancia que hay entre el edificio del Tribunal Supremo, en Washington DC, y las unidades móviles de televisión, llevando en la mano la nota de prensa de algún pronunciamiento noticioso. Absurdo… pero cierto).

 

En un escenario informativo cada vez más complejo las empresas de comunicación prescinden de la experiencia:  menuda contradicción !! La crisis y sus EREs han fulminado a los periodistas veteranos. Muchas empresas renuncian a la especialización porque requiere reposo, tiempo y recursos (es más rentable el periodista todoterreno, y mejor aún si es un becario baratito –por no hablar de esos ¿compañeros? que se ofrecen a trabajar gratis–). En estos casos, el objetivo ya no es tanto el rigor, la calidad o la credibilidad, sino la audiencia, sin más. “Si tengo que explicarlo, renuncio a contarlo”, resumía Lorenzo Milá hace algunos años cuando se quejaba de este fenómeno. A veces, es cierto, no se renuncia a contarlo, pero se recurre a la banalidad, que es casi peor.

(…)

“Tierra y Mar”, el informativo semanal dedicado al sector primario que dirijo en Canal Sur Televisión, es un magnífico ejemplo de cómo se cumple una idea paradójica que llevo años defendiendo a contracorriente: los programas no necesariamente se prolongan en el tiempo porque tienen audiencia (no debería ser así), sino que, por el contrario, en muchos casos tienen audiencia porque se mantienen en el tiempo. El argumento es, justamente, el contrario al que estamos acostumbrados a oír. Los programadores viven presos de una convulsión, de una atención desmedida a las audiencias, que con frecuencia se convierte en nuestra peor enemiga. Esa convulsión impide el reposo que necesitan algunos programas, que desaparecen de la parrilla antes de haber conseguido madurar y así fidelizar a la audiencia. Y, desde luego, en el área de Informativos es en donde menos sentido tiene esta obsesión por las audiencias, que se ganan o se pierden de acuerdo a nuestra capacidad de análisis (reposado) y no en función de la velocidad con la que atendamos las noticias: ¿de qué sirve correr para contar todos lo mismo?

(…)

No caigamos en la trampa de la televisión low cost, ese modelo que algunos gurús quieren vendernos como solución a la crisis: la especialización no es barata, la calidad no es barata, el rigor no es barato. Es imposible un periodismo digno en condiciones indignas.

Rosa María Calaf también resume este sinsentido en una frase muy elocuente: “Ya están aquí estos que tanto saben de cubrir crisis y nada saben de la crisis que tienen que cubrir”. Lo dicho: con demasiada frecuencia el continente vence al contenido, la anécdota a lo sustancial.

Insisto: se nos olvida que informar, in-formar, es dar forma y, por tanto, explicar, interpretar. Hoy en los medios, en las redacciones de todos los medios, hay muchos más redactores que periodistas, no sé si me explico…

(…)

Cuando hablamos de crisis, referida a los medios de comunicación en general, y a la televisión en particular, parece que todo se resumen a un problema de modelo de negocio, pero yo no soy empresario, soy periodista, y por eso insisto en las virtudes tradicionales del buen periodismo, del periodismo que no sabe de épocas ni de revoluciones tecnológicas. Es cierto que si no hay negocio no hay futuro, pero no es menos cierto que el negocio debería descansar sobre esas virtudes, y no al contrario. El futuro va a depender de cómo nos ocupemos del CONTEXTO, la PROXIMIDAD, la CREDIBILIDAD, el RIGOR, la DIVERSIDAD, la ÉTICA, la PROFUNDIDAD, la COMUNICACIÓN, la INTERACCIÓN, la EMPATÍA…

Conviene no perder de vista estos valores, confundidos por el negocio, las audiencias o el tecnoptimismo, porque de ellos depende nuestro futuro, y son, además, las señas de identidad, diferenciales, de una televisión pública. Señas de identidad que, en nuestro caso, tienen, incluso, la fuerza de la ley.

PD: Estos son algunos párrafos de mi intervención, el pasado mes de noviembre, en el XXX Congreso Internacional de Comunicación (CICOM) que se celebró en la Universidad de Navarra. Acabo de ordenarlos, después de recuperar las notas a vuela pluma que me sirvieron de guía, para que la ponencia pueda publicarse en las actas de este interesantísimo encuentro académico y profesional.

 

 

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Información

Una cumbre como la COP21 pone a prueba nuestra capacidad de síntesis, nuestra agenda, nuestros conocimientos pero, sobre todo, pone a prueba nuestra resistencia y la habilidad para administrar energía.

Antonio me lo dijo al oído. Con algo de pudor y mucha retranca me aseguró que en las cumbres lo importante, lo realmente importante, era “poder comer algo y dormir un poco”. Los dos participábamos como ponentes en el Taller de Herramienta Periodísticas para Sobrevivir a la COP21, la Cumbre del Clima que estos días se celebra en París, y los dos coincidimos en que estos elementos tan prosaicos, sin ser herramientas periodísticas, eran fundamentales para sobrevivir a uno de estos encuentros donde todo es desproporcionado.

Las cumbres ponen a prueba nuestros conocimientos sobre la materia en cuestión (en este caso, en el de la COP21, el protagonista es el cambio climático), nuestras relaciones (la agenda personal es mucho más importante que la que te dictan a diario los organizadores), nuestra capacidad de síntesis (¿cómo contar en poco tiempo, o espacio, lo más sustancial de una reunión monumental?), pero, sobre todo, miden nuestra capacidad de resistencia y la habilidad para administrar energía.

En estas circunstancias extremas conviene alejarse de algunos mitos, de algunas rutinas y de algunos personajes con los que ganamos muy poco (ganancia entendida como información trascendente para nuestros receptores) y consumimos mucha energía. Se trata de conseguir el optimal foraging que descubrió Tono Valverde en los ecosistemas de Doñana: un predador persigue a una presa con una intensidad que es proporcional a la energía que obtiene e inversamente proporcional a la energía que consume. En una cumbre maratoniana un periodista no debería publicar lo que rinde poco o lo que cuesta mucho adquirir. Dicho de otra manera, si Darwin descubrió que sólo sobreviven los más aptos, Valverde matizó este principio: “Sólo sobreviven los que mejor aprovechan la energía”. Y en una cumbre donde se reúnen más de 30.000 especialistas durante dos semanas hay que aprovechar la energía al máximo para destilar información que realmente sea comprensible y útil para nuestros receptores, sin desfallecer…

Conviene, antes que nada, antes incluso de aterrizar en París, olvidarse de los cumbrólogos, una subespecie de periodista realmente dañina por cuanto está más interesada en los entresijos de la cumbre, en sus mecanismos internos y liturgias, que en el propio contenido y trascendencia de la misma. Los cumbrólogos suelen alimentar nuestra ansiedad informativa porque siempre que hablan uno tiene la sensación de que saben algo que tú deberías saber. Ellos, supuestamente, manejan las claves ocultas de la cumbre y saben descifrar las señales casi imperceptibles que emiten los mandatarios, los ecologistas y hasta el personal de seguridad. Parafraseando a Rosa María Calaf, la veterana periodista de TVE, cuando uno los ve aparecer en uno de estos encuentros no puede evitar este pensamiento: “Ya están aquí los especialistas que tanto saben de cubrir cumbres y nada saben de la cumbre que tienen que cubrir“. Periodistas que escriben para otros periodistas, o para que sus jefes admiren sus habilidades, pero que olvidan quiénes son sus verdaderos receptores.

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Desde 1992, cuando viajé a la Cumbre de Río, mucho han cambiado las cosas en el periodismo ambiental, pero la esencia de este oficio sigue siendo la misma: hacer comprensible lo complejo a receptores no especializados.

Tampoco hay que obsesionarse con las primicias, ni siquiera con estar a la última de lo que se cuece en la cumbre. Con las herramientas de comunicación disponibles en la actualidad aquellos ciudadanos realmente interesados en conocer las novedades de la reunión estarán conectados directamente a las mismas fuentes que nosotros, de manera que, casi siempre, tendrán la información al mismo tiempo (o incluso antes) que nosotros. Y para el común de los mortales, para los receptores no especializados, lo importante es cómo se lo vamos a contar no cuándo se lo vamos a contar. Lo importante no es llegar el primero, lo importante es explicarlo mejor que nadie, interpretar la información, procesarla de tal manera que tenga sentido para nuestros receptores.

Y esto último tiene mucho que ver con otro concepto fundamental en cualquier cumbre internacional: debemos anteponer los intereses locales (con todos sus matices) a la perspectiva globalizada (demasiado simplista). Por razones obvias, este tipo de reuniones están dominadas, desde el punto de vista informativo, por los grandes medios (la mayoría de ellos anglosajones), los medios globalizados que necesitan de un discurso homogéneo, no sometido a la variabilidad de los múltiples paisajes en donde se va a consumir la información. Pero, ¿cómo explicar la trascendencia del cambio climático sin bajar a la escala local, sin acomodarlo a escenarios domésticos, sin vincularlo a actividades que nuestros receptores puedan identificar sin dificultad? ¿Qué sentido tiene, para un vecino de Sevilla o una vecina de Almería, hablar de la fusión de los glaciares patagónicos?

En este tipo de cumbres, a pesar de todos los obstáculos que se nos presentan y frente a la hegemonía de los grandes medios, hay que defender el periodismo de proximidad. El domingo, cuando aterrice en Paris y tenga que empezar a tejer las primeras crónicas para los Informativos de Canal Sur Televisión, atenderé a las negociaciones que se están produciendo en la COP21, claro que sí; a los compromisos que están presentado los países para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, sin duda; a las declaraciones y contradeclaraciones de mandatarios y portavoces políticos, por supuesto; pero, sobre todo, tendré presente la conexión que todos esos elementos tienen con Andalucía, con los andaluces. Trataré, en definitiva, de interpretar la información para situarla en un contexto de proximidad y así generar verdadera conciencia.

El periodismo de proximidad es la antítesis del periodismo de convocatoria, ese que sólo se alimenta de notas y ruedas de prensa, o de comparecencias vía plasma. Un periodismo en el que no hay sitio para los cumbrólogos ni para los que andan obsesionados con la exclusiva. Un periodismo que se ejerce con calma, con el reposo que requiere cualquier reflexión, porque la ansiedad informativa, aunque forma parte de la épica y la estética de este oficio, es un veneno que destruye nuestro objetivo más preciado: la comprensión.

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periodista

Hubo un tiempo en el que (casi) bastaba con una vieja máquina de escribir y un cigarrillo…

Hace diez o quince años un panel titulado “El periodista ambiental: los pioneros” hubiera sido una magnífica excusa para lanzarnos al relato de unas cuantas batallitas, de esas que invitan a la risa, sacándole de paso un poco de brillo al ego, ese monstruo al que tanto cuesta dominar en este oficio de locos.  Pero hoy, en los últimos días de 2013, un panel con ese título obliga a domar la nostalgia y, sobre todo, la melancolía, para que no se desaten más allá de lo razonable.

Acabo de terminar mi intervención en la mesa de los “pioneros”, el panel al que me invitó el comité organizador del X Congreso Nacional de Periodismo Ambiental que estos días se celebra en Madrid convocado por APIA (Asociación de Periodistas de Información Ambiental). Creo que he conseguido escapar de la melancolía, quizá porque ésta es incompatible con la rabia que uno siente cuando ve lo que está ocurriendo con el periodismo, con cualquier periodismo, en este país, y lo compara no ya con las ilusiones –intactas- con las que comenzamos sino con las conquistas, reales, que fuimos atesorando en desiguales batallas.

La melancolía la he dejado a un lado, pero ¿quién se resiste a la nostalgia? Soy periodista vocacional (perdón por la redundancia). Con 17 años, cuando llevaba un mes en la Facultad de Ciencias de la Información, agarré un autobús que me dejó en el más allá, en el extrarradio desconocido de Sevilla, en el polígono de la Carretera Amarilla, justo enfrente de la cárcel, donde se levantaba el destartalado edificio de Editorial Sevillana. Y allí, con la osadía de la juventud, llamé a las puertas de un periódico y dije que quería ser periodista. Mi primer reportaje se publicó el 3 de diciembre de 1981 (a punto está de cumplir 32 años) y ocupó una doble página del querido Nueva Andalucía, el único vespertino que existió en mi comunidad autónoma. Escribí de las amenazas que planeaban sobre el Brazo del Este, en el Bajo Guadalquivir, un humedal que hoy es espacio natural protegido. Después vino una página semanal pionera (Página verde), que firmé en El Correo de Andalucía entre 1982 y 1985, y luego pasé al otro lado de la trinchera para convertirme en el primer director de Comunicación de la recién nacida Agencia de Medio Ambiente (AMA) de la Junta de Andalucía (organismo que también fue pionero en el panorama de la administración ambiental española). Aprobé las oposiciones en la Radio Televisión de Andalucía (RTVA) y seguí haciendo periodismo ambiental en radio, en televisión, en prensa escrita, en revistas especializadas, en Internet, en las redes sociales, en universidades…

Cualquier tiempo pasado es… anterior.  Hace treinta años no todo era maravilloso en el mundo del periodismo patrio, pero lo mejor de aquellos años, lo que sí que ha desaparecido casi por completo, es la posibilidad de aprender de los mayores, de los periodistas más veteranos. Nuestra generación desembarcó en las redacciones con todo el atrevimiento del mundo, como debe ser, pero los que nos enseñaron el oficio fueron los hombres y mujeres (algunas había) que entonces bregaban en los medios. El relevo generacional existía y se respetaba a rajatabla: la mayoría de nosotros aprendimos lo mejor de nuestro oficio, los valores esenciales de nuestra profesión, de aquellos viejos periodistas que, en la mayoría de los casos, no habían pisado una universidad (ni falta que les hacía). Aún hoy siguen siendo mis maestros y los trato con el mismo respeto y admiración que entonces, cuando sólo tenía 17 años.

Ahora, los mejores, los que atesoran mayor experiencia, son las primeras víctimas de cualquier ajuste, de cualquier regulación insensata. Y los que quedan, los nuevos periodistas que se van incorporando a esta máquina de picar carne (humana) sólo cuentan con su atrevimiento (que no es poco) y la más que discutible formación que han recibido en las facultades de Periodismo. Quizá por eso algunos novatos, unos pocos salvapatrias de medio pelo y los acostumbrados visionarios de siempre, andan deslumbrados con los nuevos periodismos, los que nos van a salvar de la quema, esos a los que debemos entregarnos sin reservas porque en ellos habita el futuro. Seguramente si tuvieran cerca a un perro viejo, uno de esos que han sido víctimas de los ERE después de haberse dejado el pellejo en una redacción cualquiera, la solución no les parecería tan sencilla.

Hace pocos días reflexioné sobre estas mismas cuestiones en el Congreso Internacional de Comunicación CICOM2013, y mi conferencia, y el post en el que la resumí, sirvieron para abrir (quizá por lo descarnado de mis testimonio) un interesante debate al que hoy, tecleando desde el AVE que me devuelve a casa antes de lo deseable, aporto nuevos elementos.

Para empezar por lo obvio (o sea, por lo que primero se oculta o se olvida) conviene advertir que cualquiera no puede ser periodista, os lo aseguro, aunque las nuevas herramientas parezcan posibilitar lo contrario. El periodismo ciudadano, por poner un ejemplo de ese futuro que algunos defienden, tiene todas las virtudes de los movimientos sociales multiplicadas por la potencia de las nuevas tecnologías, pero muy pocas de las virtudes del periodismo real (¿cómo contrastar la información que circula, a borbotones, por las redes?). Su éxito depende, en gran medida, de la traición que hemos ido perpetrando los propios periodistas y que nos ha ido alejando de nuestros receptores. Los ciudadanos están cansados de discursos (que es lo que solemos ofrecer en los medios convencionales) y lo que quieren son conversaciones, pero no todas las conversaciones que encontramos en las redes sociales se ajustan a esas reglas éticas que son esenciales en el ejercicio del periodismo (tenga éste el apellido que tenga).

¿Qué queremos ser? ¿Sismógrafos? ¿Simples herramientas que amplifican cualquier señal, se manifieste en casa o a miles de kilómetros, y la hacen visible a propios y extraños?  ¿O preferimos ser sismólogos?, auténticos especialistas que son capaces de interpretar esas señales, que son capaces de discriminar lo intrascendente de lo realmente importante (porque no es lo mismo un terremoto en Filipinas que la caída de un armario en el salón de casa). Las redes sociales, esas en las que habitan los nuevos-periodismo- que-nos-van-a-salvar-de-la-crisis, son magníficos sismógrafos que no están atendidos por ningún sismólogo.

En los medios convencionales algunos llevamos décadas luchando contra la dictadura de los sucesos y ahora queremos entregarnos de nuevo a ella, porque, no nos engañemos, la dictadura de los sucesos se ha hecho fuerte en las redes sociales (así es la condición humana). ¿Qué es lo que prima en Twitter o en FB? ¿Qué es lo que provoca más actividad, más interacción, más comunicación? ¿La empatía o la agresividad? ¿La cooperación o el insulto? ¿Las buenas prácticas o las catástrofes? ¿La denuncias o los anuncios -parafraseando a María Novo-?

Como nos recordaba María Novo las redes sociales están llenas de revolucionarios de salón. Todo el mundo se indigna, todo el mundo expresa su inquietud, todo el mundo llama a las barricadas. ¿Pero quiénes están, de verdad, en las barricadas? ¿Quiénes han pasado de la opinión a la acción?

Las redes sociales nos proporcionan excelente materia prima para hacer nuestro trabajo. Las redes sociales nos proporcionan el acceso, inmediato y sin intermediarios, a valiosas fuentes de información. Las redes sociales nos permiten interactuar con nuestra audiencia (al fin podemos comunicarnos de verdad, en las dos direcciones y en igualdad de condiciones). Todo eso ha revolucionado nuestro oficio, está revolucionando nuestro oficio, pero todo eso, en si mismo, no es periodismo. El periodismo está por encima de todo eso y requiere (insisto) un código ético inquebrantable, unos valores que no deben modificarse y una capacidad de análisis que se lleva muy mal con la inmediatez y con el ruido.

Lo importante ya no es correr, como hace treinta años, lo importante es pensar. Este ya no es un oficio de “exclusivas”, entre otras cosas porque vivimos atrapados en la perversa rueda de la información convocada (notas de prensa, ruedas de prensa –sin preguntas–, comunicados…). Si queremos sobrevivir vamos a necesitar ofrecer lo que pocos tienen (capacidad de análisis) y lo que ya comienza a ser un bien escaso (serenidad, educación y respeto).

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Sin periodistas no hay periodismo. Sin periodismo no hay democracia (imagen tomada de http://www.vanguardia.com).

No acostumbro a escribir mis conferencias, ni mis clases, sea cual sea el escenario académico al que me inviten; me suele bastar con unos apuntes que sirvan para no perder el hilo y no olvidar las ideas clave. Sin embargo, cuando empecé a pensar en lo que quería decir en el Congreso Internacional de Comunicación en el que acabo de participar como ponente, me di cuenta de que, por una vez, necesitaba escribir, palabra a palabra, coma a coma, lo que quería exponer. No era una cuestión de vértigo o de inseguridad, era una cuestión de firmeza en los argumentos. Necesitaba una estructura sólida que otorgara rotundidad a lo que quería contar y que garantizara que nada iba a quedar en el tintero o que algo pudiera malinterpretarse (aunque, como veréis, en el texto, entrelíneas, habitan, ocultos, otros textos).

Esto es lo que quería contar y lo que finalmente he contado en el Aula 1 de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra:

Creo que en las circunstancias actuales, y por más que este sea un congreso internacional y que en esta misma mesa se sienten algunos colegas que vienen de otros países con otras realidades, creo que sería ridículo, o más bien sería un ejercicio de cinismo, no hablar de la situación en la que hoy, en España, se desarrolla el oficio de periodista y el exterminio (perdonadme por el calificativo pero es el que más se acerca a la realidad), sistemático y calculado, al que nos están condenando los enemigos del pluralismo y la libertad de expresión.

Vengo de Sevilla, donde el periódico decano de la prensa local (115 años está a punto de cumplir) se encuentra al borde de la desaparición, con todos sus trabajadores encerrados y en huelga, después de una humillante operación mercantil en la que su propietario lo vendió por un euro. Eso es lo que vale hoy un periódico digno como El Correo de Andalucía, donde, por cierto, yo mismo me formé como periodista y en donde firmé una página semanal de medio ambiente en el lejano 1981; una página pionera en el panorama del periodismo ambiental español, un espacio que entonces (imaginaos) era milagroso conquistar todas las semanas; un espacio que con los años se fue extendiendo y que fuimos conquistando, todos los periodistas ambientales, en multitud de medios. Un espacio que hoy hemos vuelto a perder, que hoy nos han arrebatado.

Un euro es lo que vale El Correo de Andalucía. Un euro para los que piensan que la información de calidad es una simple mercancía, barata, con la que se trafica sin mayores escrúpulos, y no un bien público que debemos defender todos, periodistas y ciudadanos, porque de él depende, en gran medida, nuestra propia libertad.

Me escucho hablar y siento el vértigo de quien ha retrocedido décadas en el tiempo, de quien está reivindicando, de nuevo, los espacios de dignidad que ganamos a finales de los 60 y que creíamos invulnerables en un sistema democrático.

Desde hace ya algunos años, demasiados, los medios de comunicación, la mayoría de los medios de comunicación, no están gobernados por periodistas, ni siquiera en las parcelas que son estrictamente informativas. Ahora nos sometemos al criterio de los políticos, los gerentes, los publicistas, los analistas de audiencias, los programadores (en el caso de la televisión)… profesionales para los que la información, insisto, es una simple mercancía sobre la que se anteponen otros valores (poder, beneficio económico, audiencia) que nada tienen que ver con el ejercicio, digno, del periodismo.

También vengo de una televisión pública, Canal Sur TV, donde, desde hace exactamente 17 años existe una sección específica de medio ambiente en el organigrama de los Servicios Informativos (la primera y única sección de sus características en las televisiones españolas), y un informativo semanal de medio ambiente (Espacio Protegido) que ha cumplido quince años en antena (en la escala temporal que se maneja en el universo de la televisión esto es una barbaridad). Justamente el mismo año en que nacía Espacio Protegido, 1998, nacía también Medi Ambient, nuestro programa hermano de la Televisión Valenciana, de Canal Nou, que, por cierto, ha cosechado aquí, en Telenatura, algún que otro galardón más que merecido. Un programa que, sospecho, nunca más  volveremos a ver porque es una de las muchas víctimas del cierre de Canal Nou decidido esta semana por un gobierno, el de la Generalitat valenciana, que sumió a esta empresa pública en la ruina económica (1.200 millones de deuda acumulada) y, lo que es peor aún, en el descrédito ciudadano (os recomiendo la lectura del testimonio de Iolanda Mármol, periodista de los Servicios Informativos de Canal Nou, o la lectura del libro “¿Y tú qué miras?” de Mariola Cubells, donde se relata cómo se trabajaba en la redacción de informativos de Canal Nou y a qué punto de degradación se había llegado).

Represento, en fin, a un colectivo, el de los periodistas ambientales, que sufre, como pocos, el impacto de esta crisis, porque son los periodismos especializados los primeros que se sacrifican en un medio que naufraga, los primeros que se lanzan por la borda tratando de evitar el hundimiento. Los profesionales mejor formados, los que gozan de mayor experiencia, los que se manejan con mayor soltura en el terreno de la información compleja, los que pueden transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones de periodistas, esos son los primeros en caer víctimas de los ERES, los ERTES y otros engendros administrativos similares.

Hemos vuelto al redactor o redactora todo terreno y baratito (y también sumiso), al becario explotado y a los colaboradores que se ofrecen gratis (ya ni siquiera hay que buscarlos, ellos mismos se ofrecen, a cero euros, con tal de enlucir su curriculum y, por supuesto, sin mirar el daño que causan al resto de sus compañeros). Y no hablo de algo que ocurre en medios de pequeño tamaño (esos ya se han extinguido o están a punto de extinguirse), hablo de medios de gran tamaño donde se ha instalado, con absoluto desparpajo, esta forma indigna de hacer periodismo. Una buena amiga, con muchas horas de vuelo en uno de los periódicos más importantes de este país, me lo resumió de manera magistral en un correo electrónico: Vamos a la estructura laboral de un reloj de arena muy culón. Por arriba los mandamases cobrando un congo, en la cintura (cada vez más estrecha), nosotros —profesionales con experiencia y preparados–, especie en extinción; y debajo, los becarios esclavos, una franja movible y volátil, a duro la jornada, que hará ricos a los de arriba. Nos queda poco, muy poco”.

¿Qué clase de información podemos ofrecer en estas condiciones? ¿Se puede hacer un periodismo ambiental digno y riguroso cuando tus condiciones laborales son indignas y la manera en que hay que despacharse para encarar una información compleja –como lo es la información ambiental— es cualquier cosa menos rigurosa? Cualquier análisis, hecho en España, a propósito del periodismo ambiental, cualquier análisis como los que hemos conocido en este congreso, está enturbiado por este contexto. Y aún así, seguimos haciendo periodismo ambiental de calidad y manteniendo, muy activa, una asociación profesional (APIA) que suma cerca de 200 socios.

Aunque los entierros superan, con mucho, a los nacimientos, todavía hay vida en este sector maltratado. Una revista imprescindible como Quercus ha pasado a ser gobernada por sus (pocos) trabajadores, un grupo de valientes que se han atrevido a hacer lo que pocos se atreverían a hacer, y La Vanguardia acaba de estrenar, en su oferta digital, un canal de información ambiental donde escriben algunos de los mejores profesionales de esta especialidad.

No todo está perdido, pero hemos perdido mucho de lo que habíamos conquistado en las tres últimas décadas. Y la pérdida más valiosa no es material, lo más valioso que estamos perdiendo es la capacidad de análisis que habíamos sido capaces de brindar a los ciudadanos, esa que permite conectar el cambio climático (o cualquier otro asunto ambiental trascendente) a su vida cotidiana, a sus intereses, a su calidad de vida, a sus expectativas de trabajo o a su salud.

¿Sirve de algo reproducir, y repetir como cacatúas, los últimos datos, las últimas evidencias científicas del IPCC, sin ser capaces de analizar esa información, sin ser capaces de interpretar (“informar” es “dar forma”) esa información para adaptarla al grado de conocimiento de nuestros receptores y al contexto (social, económico, cultural…) en el que estos viven?

Si el cambio climático no somos capaces de conectarlo con la salud, con la agricultura o con el turismo (por citar tres ámbitos que resultan esenciales para la sociedad española), no dejará de ser un simple asunto “mágico” (como decía Miguel Delibes parafraseando a Umberto Eco), aislado de causas y consecuencias, que sólo es capaz de provocar asombro o angustia. Sin esas conexiones, sin esa interpretación, que sólo es capaz de aportar el comunicador especializado, el cambio climático es comprensible y trascendente para los científicos, pero no para el común de los ciudadanos.

Es cierto que el periodismo ambiental, como periodismo especializado, está sufriendo de manera particularmente intensa esta crisis, pero, paradójicamente, debería ser el que mejor resistiera esta crisis, uno de los periodismos con mayor capacidad de supervivencia, porque es capaz, porque somos capaces, de interpretar una realidad compleja y por tanto podemos otorgar un valor añadido a nuestro trabajo, un plus que lo convierte en único dentro de una oferta informativa demasiado homogénea e intrascendente.

Los visionarios de turno, o los tontos útiles (que son muy útiles en esta demolición de los medios y sus profesionales), nos hablan de reinventarnos (la palabra mágica para sobrevivir a la crisis). Tan en serio se lo han tomado algunos colegas que en sus perfiles profesionales ya no se identifican como periodistas (o esta condición ha pasado a un vergonzante segundo plano) porque ahora son escritores, community managers o asesores en Social Media.

Tenemos que reinventarnos dicen los gurús, pero ¿qué es lo que tenemos que reinventar? ¿El periodismo? ¿Tenemos que renunciar a las señas de identidad de este oficio, las que no han cambiado ni deben cambiar, las que se basan en la pluralidad, en el contraste de la información, en la honestidad, en la investigación, en el vínculo inquebrantable con nuestros receptores y no con nuestros pagadores? ¿Eso es lo que debemos reinventar? Una cosa es adaptarse al lenguaje (cuestión de empatía) o a las herramientas que marcan los tiempos (adaptación sobre todo tecnológica) y otra muy distinta es inventar un periodismo diferente al único periodismo posible: el periodismo riguroso y honesto.

Y ya que he hablado de adaptación tecnológica: ¡ cuidado con el tecno-optimismo ! No se hace mejor periodismo porque tengamos un ipad o un smartphone. Arnold Newman, uno de los mejores fotógrafos norteamericanos del siglo XX, lo explicó muy bien refiriéndose a su disciplina: “Muchos fotógrafos piensan que si compran una cámara mejor serán capaces de hacer mejores fotos. Una cámara mejor no hará nada por ti si no hay nada en tu cabeza o en tu corazón”.

El periodismo, como ha hecho siempre, se adapta a las nuevas herramientas pero no por ello debe sacrificar sus señas de identidad.

¿Cuándo escribimos en Twitter, o en nuestro blog, o en Facebook, podemos prescindir de las reglas éticas que estamos obligados a respetar en un periódico o en una televisión convencionales? ¿Debemos relajar el contraste de la información, la búsqueda de los datos precisos, la localización de las fuentes rigurosas, el lenguaje respetuoso, la independencia real, la educación? ¿Esa es la reinvención de la que nos hablan algunos visionarios?

Los periodistas ambientales, reunidos en APIA, cumplimos veinte años y lo celebramos con un congreso nacional que, dentro de muy pocos días, tendrá lugar en Madrid; un congreso que se desarrollará bajo el lema “Tenemos futuro”. Quizá nos hemos olvidado de los signos de interrogación, o los hemos obviado para poner un poco de esperanza. Pero, de verdad, sinceramente, ¿tenemos futuro? El periodismo en el que se formó mi generación y la de los periodistas que me enseñaron el oficio, el periodismo que necesita de valores  más que de herramientas, ese periodismo… ¿tiene futuro? Las facultades de Comunicación están repletas de estudiantes convencidos de que ese futuro existe, ¿pero ellos y nosotros hablamos del mismo periodismo?

No todo se debe a la crisis económica, también hay una profunda crisis de valores, una suicida pérdida de las señas de identidad del verdadero periodismo consumidas en el negocio puro y duro.

Siempre cito, cuando hablo de esta degradación imparable, la película “Buenas noches, y buena suerte”, de George Clooney , en la que se retrata el pulso entre el periodista de la CBS Ed Murrow y el senador integrista Joseph McCarthy. Murrow, en el remotísimo 1952, ya advirtió que la información en el medio televisivo estaba a punto de ser derrotada por el espectáculo. El peligro no viene de la censura directa, no viene de los mandamases empeñados en colocarnos una mordaza, el peligro viene de la banalidad. ¿De qué manera se ha neutralizado en TVE un programa informativo de referencia como Informe Semanal? ¿Lo han eliminado sin más? No, simplemente lo han ido adulterando poco a poco y al final, cuando nos resultaba casi irreconocible, lo han relegado a un horario indecente, y su hueco, en el prime time, lo ocupa ahora un concurso casposo (de nuevo estamos en este extraño túnel del tiempo que nos devuelve cincuenta o sesenta años atrás…)

Nuestra pérdida de valores incluye esa insana afición al cainismo, común en casi todas las profesiones pero que en el caso del periodismo se practica con inusual soltura y, sobre todo, sin pudor alguno. Acostumbramos a ser nuestros peores enemigos y, por eso, cuando un medio desaparece o un profesional sufre un traspiés los primeros en alegrarse, sin recato, son sus colegas, somos los propios periodistas. Echadle un vistazo a las reacciones, en los medios, a la desaparición de Canal Nou. Eso de que perro no muerte a perro ya pasó a la historia. Ahora los perros comen de todo; incluso se comen a ellos mismos (¿autocanibalismo?).

Consuela comprobar, como yo mismo he comprobado en otras tierras, que el cainismo no es exclusivo de nuestro país, aunque aquí lo practicamos con un grado de refinamiento difícil de alcanzar en otras latitudes. Aquí se suele disfrazar de santa indignación, de honestidad a prueba de bombas, de rigor presupuestario, de defensa de valores universales, de lucha obrera o de cualquier pamema al uso. Pero el cainismo no busca el bien común, solo busca el provecho propio: quien quiere comer solo es porque quiere comer más.

En España la crisis económica está resultando terrible para el periodismo, pero la conjura de los necios que ha nacido de nuestra propia incapacidad, de nuestra pérdida de valores, de nuestra soberbia, es aún más terrible, porque su origen y su solución sólo depende de nosotros mismos. A nadie podemos echarle la culpa.

Paradójicamente estamos en un momento, crucial, en el que, quizá, la única forma de avanzar hacia ese futuro incierto sea volviendo a los orígenes, retrocediendo hasta el mismo corazón de este oficio. Si me lo permitís quisiera acabar citando a Kapuscinski, donde, a pesar de todo, siempre encuentro consuelo y esperanza, porque nos remite a esos orígenes perdidos que son los que nos hacen periodistas sea cual sea la tormenta que tengamos que sortear.  “Creo”, escribió el periodista polaco en 1999, “que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino”.

Nuestro destino, el de los periodistas, es el destino de nuestros conciudadanos, y creo que en este momento, si queremos sobrevivir con dignidad, ellos y nosotros tenemos que rebelarnos (que no reinventarnos). Rebelarse es, en este justo instante, mucho más importante que reinventarse.

Gracias.

 

XXVIII Congreso Internacional de  Comunicación

Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra.

Viernes, 8 de noviembre de 2013

 

P.D.: Gracias a Bienvenido León, y su equipo, por invitarme a participar como ponente en este congreso. Y gracias, sobre todo, por su compromiso, desde hace muchos años, con el mejor periodismo ambiental, un compromiso que, desgraciadamente, no es muy frecuente en las facultades de Comunicación que es en donde más lo necesitamos.

Si uno no se rebela cuando es estudiante, ¿cuándo se va a rebelar?

 

 

 

 

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“De ser una actividad que no se había explicado a la sociedad, la gestión de los residuos radiactivos se convirtió en España, a mediados de los años ochenta del siglo pasado, en una tarea que requería, a partes iguales, una notable excelencia técnica en su ejecución y un extraordinario esfuerzo de transparencia informativa. Comunicar conocimientos complejos a públicos heterogéneos, buscar la precisión sin caer en una jerga indescifrable y evitar que a las palabras se adhieran emociones que las desvirtúen, no eran, ni entonces ni ahora, empresas sencillas”.

Esta es la introducción del artículo, “El laberinto de la palabras”, que acabo de publicar en el número 100 de la revista Estratos, y del que os ofrezco unos pocos párrafos en los que trato de desentrañar algunos de los problemas a los que nos enfrentamos los divulgadores científicos. Si os interesa, podéis leer el texto completo (además de otras muchas colaboraciones de colegas comprometidos con el periodismo científico y ambiental) en: http://www.enresa.es/files/multimedios/estratos100.pdf

“No es cierto que todo conocimiento sea posible codificarlo de una forma óptima en algún tipo de lenguaje, ya sea común o científico. El lenguaje es un ser vivo que habita en su propio laberinto, y en él se encuentra con las emociones, los prejuicios o los conocimientos previos sobre la materia en cuestión. Numerosos estudios, y este argumento es ya un clásico dentro de este debate, han puesto de manifiesto cómo la actitud favorable de los ciudadanos frente a cuestiones relacionadas con la energía nuclear aumenta con el grado de conocimiento sobre esta materia. Y el conocimiento se construye, principalmente, entre la escuela, los medios de comunicación y la experiencia directa. Tres fuentes en las que es inevitable que estén presentes las emociones. ¿Es posible, entonces, gobernar ese cóctel?”.

“Incluso cuando se recurre al lenguaje técnico o científico más duro no hay garantías de que un término, prácticamente intraducible para un lego en la materia y por tanto aparentemente neutro, esté realmente desposeído de connotaciones indeseables. Como demostraron en 2009 los investigadores Hyunjin Song y Norbert Schwarz, del Departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, existe una relación directa entre la dificultad para pronunciar un nombre científico (en su caso se trataba de un nombre químico) y el riesgo que se percibe asociado a dicho elemento. O, dicho de otra manera, el nombre puede definir al objeto y determinar su eficacia y su toxicidad, como mínimo, según demostraron Song y Schwarz, en lo que se refiere a fármacos, aditivos alimentarios y otras sustancias químicas”.

“Frente a todas estas dificultades el comunicador, además de contar con una excelente capacitación, sólo puede esgrimir una mirada honesta y buenas dosis de humildad. Lo advierte el lingüista alemán Harald Weinrich, preocupado por el lenguaje de la divulgación científica: “El mundo tiene poco que esperar y mucho que temer del especialista que sólo se ocupa de difundir sus resultados dentro de los límites de su especialidad particular”. Y por eso recomienda algo que en el pulso entre comunicadores y técnicos aporta un argumento de peso a los primeros: “Cuando escribas para tus colegas especialistas, asegúrate de tener un receptor de otras especialidades, afines o no, con el objeto de evitar los guetos  científicos”. 

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