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Posts Tagged ‘poesía’

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Mis amigas luminosas tienen la hermosa costumbre de enredarse flores en el pelo, y a mi me encanta… (Foto: JMª Montero)

Hubo mujeres, estaban allí, yo las conocí, sus familias las encerraron en manicomios, se les sometía a tratamientos por electrochoque. En los años 50 si eras hombre podías ser un rebelde, pero si eras mujer tu familia te encerraba. Hubo casos, yo las conocí. Algún día alguien escribirá sobre ellas” (Gregory Corso en Women of the Beat Generation , de Brenda Knight)

Me gustan las mujeres luminosas. Al cabo de los años admito que las busco de manera intencionada, las identifico entre la multitud y, finalmente, casi siempre, nos reconocemos (como sostenía Vinicius de Moraes). Pero no es menos cierto que el azar, caprichoso, también me regala encuentros fortuitos con mujeres que atesoran el carácter, el criterio y la determinación que tanto necesito para sostener mi vitalidad. Encuentros fugaces pero decisivos, porque en ellos pesa más el azar que la rutina, lo incierto que lo previsto.

Incluso cuando esas virtudes, tan poderosas, se tuercen y enseñan su lado más áspero me dejo seducir por el viento cálido y palpitante de una personalidad femenina indómita, silvestre, que pone luz en unos paisajes a menudo demasiado grises y domesticados. Hay en esas mujeres algo sencillo, una manera de sentir primitiva y sincera, libre de prejuicios, valiosa porque no se ha dejado maniatar ni ha sido cubierta por capas y capas de corrección y contención. Cuando quiero mirar algo con la mirada de asombro que mantendría un niño, pero esperando la explicación de un adulto más o menos sensato (o al menos sensible), uso los ojos, la mirada, de alguna de estas mujeres, de alguna de estas amigas.

Me gustan las mujeres luminosas. Las que no atienden a razones porque tienen razones propias. Las que se rebelan sin perder la sonrisa. Las que se emocionan, de corazón, sin pudor. Las que no se rinden, aunque lloren a solas. Las que alimentan mi alegría. Las que me regalan motivos para ser, a pesar de todo, optimista.

Me gustan las mujeres libres, las atrevidas, las heterodoxas, es decir, esas que suelen causar cierto pánico en algunos (bastantes) hombres. Quizá por eso mismo no me gustan (nada) los hombres que tratan de apagar a las mujeres luminosas, por las malas (ignorándolas, despreciándolas, ridiculizándolas, ninguneándolas) o por las muy malas (recurriendo a la intimidación o, directamente, a la violencia); y tampoco me gustan las mujeres que cambian de bando, y de valores, para medrar (o, tal vez, quién sabe, por puro miedo) y así hacerse un hueco, disfrazadas de hombres-muy-hombres, en un mundo demasiado masculino, y, al fin, terminar brillando con la luz cegadora, efímera y peligrosa, de una explosión.

Pero las que menos me gustan, porque en ellas sí que hay miedo y ni siquiera el cariño o la compasión me valen (a veces) para entender sus porqués, son aquellas mujeres que, en un mundo razonablemente libre (es decir, en nuestro mundo occidental-civilizado-democrático-etc-etc-etc) ocultan su brillo; las que se envuelven en una manta bien gruesa para que nadie adivine que son luminosas; las que se prohíben; las que se mutilan; las que se someten; las que se callan; las que no se atreven; las que renuncian; las que sólo lo intentan; las que frenan cuando hay que acelerar; las que no bailan; las que no cantan; las que no se conceden ni siquiera la sencilla alegría de ser luminosas y libres.

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Quien bien te quiere, bien te conoce y bien te regala. ¿Poetisas de la generación beat? Acertó (una vez más ;-)) Sospecho que el añadido (cuaderno, en blanco, para recetas de cocina) es una indirecta, porque de la poesía se come regular y porque las hay abonadas, desde hace décadas, a mis platos, incluso cuando me salen regular…tirando a churrete… (Foto: JMª Montero)

Si hoy me ha dado por escribir este post, dedicado a mis amigas luminosas, es porque acabo de leer Beat Attitude, la antología de mujeres poetas de la generación beat, esa generación tan enrollada que, sin embargo, estaba corroída por el mismo machismo que entonces (y ahora) parecía reservado a los carcas. Annalisa Marí Pegrum, la poeta y traductora ibicenca que se ha ocupado de esta oportuna selección, confiesa en las primera páginas de este libro la misma sorpresa: “Siempre me ha llamado la atención que la literatura de la generación beat pareciera limitarse a una escritura masculina con un punto de vista masculino cuya descripción de las mujeres rozaba a veces la misoginia. ¿Dónde estaban las mujeres? ¿Había mujeres? Y, si es así, ¿escribían?

Pues sí, escribían, aunque a la sombra de Kerouac, de Burroughs o de Ginsberg. Y escribían con la misma luz y atrevimiento, con la misma fuerza, con la misma obscenidad y poesía, con el mismo desgarro y el mismo romanticismo. Sólo que unos pocos, muy pocos, tuvieron la fortuna de conocerlas, de disfrutarlas (aunque hoy, algunas, siguen en la brecha, como Diane di Prima, de quien he escogido los versos del poema que cierran este post).

 

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Robert y Patti demostrando que la palabra “amistad”, a pesar de su inmensidad, no comprende todos los matices ni contempla todas las posibilidades (Foto: JMª Montero).

Después de releer este verano, a modo de bálsamo curalotodo, la autobiografía sentimental de Patti Smith (Éramos unos niños) y los pasajes poéticos que más tarde recopiló en Tejiendo sueños, he tenido la suerte de que una mujer luminosa me regale Beat Attitude y así no olvidar, aunque a estas alturas es difícil que se me olvide, que me gustan (mucho) las mujeres luminosas, que no soporto a los hombres que tratan de oscurecerlas ni a las mujeres que tratan de imitarlos, y, sobre todo, que me apenan esas otras mujeres que ocultan su brillo y se suman, dóciles, al gris, o al negro absoluto, hasta diluirse en el más puro aburrimiento, en la nada.

 

No puedo prometerte

que nunca pasarás hambre

o que no estarás triste

en este mundo

descuartizado

y reducido a cenizas

pero puedo enseñarte

cielo

a amar tanto

que tu corazón se rompa

por siempre jamás

(Diane di Prima, Song for baby-o, unborn)

 


 

 

 

 

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Jimi

Aún conservo y pincho este vinilo, el primero que, de mi mano y mi bolsillo, entró en mi casa en un lejano 1975… (Foto: JMª Montero)

Con 12 añitos, cuando por fin entró un tocadiscos en mi casa, me compré mi primer vinilo: Midnight Lightning, de Jimi Hendrix. Desde entonces estoy enganchado al rock más eléctrico, ese en el que algunos oídos (demasiado remilgados o definitivamente insensibles) son incapaces de descubrir la poesía, a veces de un lirismo inesperado, que es el verdadero corazón del rock y del blues, incluso en sus versiones más ásperas, ácidas y heavies.

En mi casa y en mi coche se mezclan discos de los géneros más variopintos. Este verano, por ejemplo, salto de Tomasito a Janis Joplin, y de ahí a Patti Smith, Coque Malla, Jacqueline du Pré, Soha, José Larralde, Vicky Gastelo, Silvia Pérez Cruz, Jocelyn Pook, Mayte Martín o la Banda El Recodo (menudo gazpacho…). Pero entre los cientos de discos que tengo por aquí y por allá no hay ninguno de Extremoduro. Nunca me compré ni grabé un disco de la banda extremeña a pesar de que algunas de las letras de Robe Iniesta, su líder, son las mejores que he escuchado nunca en el limitado universo del rock hispano (dejaré a los argentinos, o hispano-argentinos, fuera de esta comparativa).

En cada disco de Extremoduro, si uno lo desbrozaba un poco, descubría perlas como Standby, la balada casi perfecta (aunque en mi particular universo musical habría que pedirle permiso, como mínimo, a Lou Reed y su Coney Island Baby, y a Los aviones de Andrés Calamaro).

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Robe Iniesta

Ahora, en medio de alabanzas y críticas (más las segundas que las primeras), Robe se ha lanzado en solitario a descubrirnos, por fin, toda esa poesía que andaba revoloteando por su extremo duro. Lo que aletea en nuestras cabezas es el delicadísimo disco con el que este verano nos ha sorprendido para despellejarnos el corazón sin apenas levantar la voz. Se puede ser romántico y eléctrico, rockero y sensible, delicado y directo… Y sí, esta vez me lo he comprado. Ya era hora, o ya era la hora.

Os dejo con un Suspiro acompasado. Nueve minutos de poesía con alma de rock… ¿sinfónico? ¿folk? ¿punk? ¿urbano?. Con alma de Robe…

Y mañana se viene al trabajo conmigo, en el coche, al amanecer…

Comencé por dejar la puerta abierta siempre /
para ver si llega hasta aquí tu aire caliente /
respirarlo y que me cuente /
tus noticias más urgentes…

 

 

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Estrasburgo Abril 2015

Así me hablaba Estrasburgo el pasado 27 de abril. Como para no prestarle atención a ese lenguaje oculto… (Fotos: JMª Montero)

 

Desde hace algunos meses veo mejor sin gafas, mucho mejor. La oftalmóloga que me revisó hace unos días me explicó que a veces los ojos corrigen, de manera natural, sus anomalías morfológicas y por eso la miopía que me acompañaba desde mi juventud, el ligero astigmatismo que se unió a ella en edad adulta y la inevitable presbicia que se anunció con la madurez se habían diluido hasta casi desaparecer, y el cerebro, siempre adaptativo y flexible, se había encargado de reordenar todo este complejo mecanismo de manera que las pequeñas desviaciones que ahora sufría se neutralizaban en una suerte de sistema cooperativo donde el ojo que mantenía mejores condiciones ayudaba al menos eficiente y la suma de ambos me devolvía a aquellos lejanos años en los que no necesitaba gafas.

Que los oftalmólogos que lean este post me perdonen si mi explicación es rústica e incluso acientífica, pero algo así entendí y lo cierto, y esta es la mejor evidencia, es que veo mucho mejor sin gafas, a cualquier distancia y en cualquier circunstancia (sí, tenéis razón, a ver cómo se lo explico a la Benemérita hasta que vuelva a pasar una revisión médica que me permita disponer de un nuevo carnet de conducir en el que no aparezca la obligatoriedad de llevar gafas… ).

En esta curiosa e inesperada regresión todo parecen ventajas, pero, en una de mis clásicas fantasías, he comenzado a sospechar que mis gafas no sólo mejoraban mi agudeza visual sino que me permitían distinguir detalles ocultos, elementos que pasan desapercibidos cuando mis ojos están desnudos. Al igual que no puedo escribir a mano sin que aparezcan, en los rincones de un folio o en la esquina de una libreta, mis adoradas “anotaciones al margen” tampoco puedo caminar por una ciudad sin fijarme en el lenguaje que se esconde en los soportes más inusuales, y estoy convencido de que ese lenguaje secreto sólo puedo verlo cuando llevo gafas (las de sol no valen, ya lo he comprobado).

Barcelona Junio 2015

En Barcelona, el 6 de junio, la ciudad insistía en su mayday… (Fotos: JMª Montero)

El experimento definitivo lo lleve a cabo la semana pasada en Barcelona (aunque unos días antes ya había disfrutado de esa rara lectura urbana en Estrasburgo). Recorrí el Paseo de Gracia con y sin gafas, y mis sospechas se confirmaron. Sin gafas, paisaje, anuncios y viandantes se mostraban nítidos y brillantes, pero la ciudad no me decía nada que no fuera evidente. El lenguaje de este gran escaparate de la arquitectura modernista catalana era el previsible y por mucha atención que puse (recordando al desaparecido Nash en los delirios que refleja la película Una mente maravillosa) no encontré ningún mensaje cifrado.

Volví sobre mis pasos con mis gafas de siempre y ahí estaban, escondidas, las palabras de ese lenguaje que todas las ciudades que visito esconden. Para que no me acusen de paranoico, como a Nash, he terminado por fotografiarlas y así he descubierto, además, que todas ellas, unidas, componen un discurso que se rebela contra el ruido, contra la contaminación, contra la prisa, contra la violencia, contra el desamor… Un discurso en el que la ciudad reivindica la poesía que el asfalto se empeña en enterrar.

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Bajo el asfalto y el hormigón de Estrasburgo, la poesía sigue viva y se expresa. ¿Anuncia el porvenir o es un simple juego de palabras? (Fotos: JMª Montero)

En la urbe más deshumanizada los escaparates hablan, en un delicioso francés, de amor, de placer, de pasión… y reservan el inglés para la locura. En los viejos muros de un puente, oculta entre yedras, está ella ; y en la parada del tranvía se reivindica la libertad. La vida es breve, nos recuerda el fragmento luminoso de un anuncio que nos vende algo innecesario. ¿Mejor? nos interroga la valla que oculta un triste solar. Hay belleza, y hay magia, y hay sueños

Cuando paseo por la ciudad con mis gafas de siempre veo peor pero distingo lo que casi nadie quiere ver. Y ahora no sé muy bien qué hacer, si dejar mis ojos desnudos y ajenos a ese lenguaje oculto, o llevar siempre a mano las viejas gafas para que las ciudades, todas las ciudades, me cuenten que ni el hormigón, ni el asfalto, ni las prisas, ni el desamor, han acabado con la poesía.

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Son sólo palabras, pero paseamos sin verlas. Estas me estaban esperando en el Paseo de Gracia (Barcelona) – (Fotos: JMª Montero)

PD: En realidad no sé si ese lenguaje oculto está esperando a cualquier paseante curioso, como un agónico mayday, o en realidad se trata de un relato que me busca a mí y que me habla de lo que quiero ver en la ciudad, de lo que espero ver en la ciudad, de lo que deseo que ocurra en la ciudad… ¿O, quizá, es un simple juego de palabras?

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La constelación de Coma Berenices (Cabellera de Berenice) en el Atlas Coelestis de Johannes Hevelius (1690)

 

Me pierdo. Paseo la mirada con todo detenimiento pero… me pierdo. Nunca he sido capaz de encontrarla. En alguna de esas noches de verano en las que duermo al raso, en la oscuridad de la sierra, he buscado con paciencia la Cabellera de Berenice (confieso que atraído más por el mito que por la astronomía). En la inmensidad del universo, de riguroso luto, esa discreta constelación se me resiste. Quizá es que la intensidad del cúmulo de estrellas, su lejano brillo, no esté a la altura de la propia leyenda de la que toman nombre.

La hermosa Berenice ofreció su cabellera (sin par en las tierras de Egipto, jura la mitología) a la diosa Afrodita, ofrenda extrema con la que buscaba asegurar el regreso, sano y salvo, de su amado, el rey Ptolomeo III, enredado en alguna de esas campañas bélicas que siempre han tenido entretenidos a los poderosos. Volvió el rey y la cabellera se depositó en el altar del templo de Afrodita de donde desapareció, misteriosamente, durante la noche. No fue un hurto, aseguró el astrónomo de la corte, Conón de Samos, sino un traslado divino: una nueva constelación (Coma Berenices), que recordaba a una larga melena, había aparecido en el firmamento, lugar en el que Afrodita, sin duda, había decidido depositar la ofrenda.

Nunca he sido capaz de encontrarla, aunque sólo fuera por situar la leyenda en algún punto del cielo nocturno e imaginar que a ese mismo punto miraron, hace más de dos mil años, Berenice y Ptolomeo III, convencidos de que Afrodita estaba de su parte. Imaginando incluso, aunque en esto ahora juego con ventaja, cómo se ondulaba aquella cabellera mítica.

Cubierta MGVMe di por vencido. Pero como el destino es caprichoso, y a veces nos regala lo que pedimos pero envuelto de otra manera, hace unos meses, cuando visitaba la impresionante exposición antológica de Pepi Sánchez (La dama entre duendes), su hijo, mi amigo Manolo, me regaló un pequeño librillo de poemas (inéditos) de su padre, Manuel García Viñó (un escritor tan extraordinario como desconocido, quizá porque se empeñó en ser azote de mediocres y advenedizos). “La Cabellera de Berenice” es el título de esta delicada selección de poemas (Ediciones de la Isla de Siltolá, Sevilla 2014, Colección Tierra) que hoy traigo a mi blog porque en ella encontré, al fin, la dichosa constelación, el discreto cúmulo de estrellas. Un poema, un solo poema, de esos que te deslumbran y te desgarran, de los que te toman por las solapas y no te sueltan hasta el último verso, cuando ya te está faltando el aire. Y entonces, al fin, suspiras y dices (o piensas o susurras): así es.

 

Canción para el futuro

Y pasarán los hombres y pasarán las cosas:

las flores en un día y en mil siglos las piedras,

y brotará la hierba sobre las tumbas rotas

y será ayer lejano lo que aún es mañana.

 

Apagarán cien lluvias el sol de cien veranos

y cambiarán de sitio las estrellas:

se estirará la Osa Mayor como un caballo

y yo la habré cantado como un carro de luz.

 

Pero yo ya habré muerto y allí donde repose

bostezará un lagarto cansado al mediodía,

y en el árbol que cubra mi última morada

se arrullarán sus trinos dos pájaros sin nombre.

 

Mi voz se habrá dormido y mi sitio en la tierra

habrá sido cubierto por una flor pequeña

que temblará al empuje de la brisa amorosa

que traiga el eco oculto de lo que ya no exista.

 

Y se hundirá la torre donde mis ilusiones

habrán brillado ciertas como un faro continuo,

y todo será sombra en la ignorada playa

donde yo habré jugado, pobre niño poeta,

a vaciar el océano con una concha blanca.

 

Todo, amor, pasará, como pasan las nubes

sin dejar ni una estela sobre el azul intacto.

El polvo y las marañas ocultarán las huellas

de mi paso cansado por el camino antiguo.

 

Pasarán los recuerdos y pasará la historia

que los dos escribimos con nuestra propia sangre,

y quedará el oasis donde yo te he amado

como esta misteriosa ciudad abandonada.

 

(Manuel García Viñó, Ruinas de Itálica, otoño de 1951)

 

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PEriódico Machado

Esta era la parte más suculenta de mi doble página machadiana, con la que me sentí orgulloso aquel 12 de abril de 1983.

Como por entonces no tenía coche ni carnet de conducir (ni un duro), a Baeza me llevó mi padre, convertido, como otros tantos domingos, en solícito conductor de un cuasi-periodista. Con mi flamante Yashica FX-3, diecinueve años y una novia entregada a la poesía, el 10 de abril de 1983 me planté en el homenaje nacional a Antonio Machado, a pesar de que el fiscal Jesús Vicente Chamorro, artífice del encuentro y fundador de Justicia Democrática en plena dictadura, me había confesado por teléfono que le parecía “demasiado joven” para cubrir con rigor un acto de tamaña  trascendencia.

En verdad el homenaje se convocó un 20 de febrero de 1966 pero las autoridades franquistas lo prohibieron y expedientaron a Chamorro por su atrevimiento. El fiscal mantuvo escondido en su casa, durante 17 largos años, el enorme busto de bronce del poeta que, al fin, iba a colocarse en un fanal de hormigón, mirando a la sierra de Cazorla, no muy lejos del instituto donde Machado impartiera clases de francés.

Homenaje a Machado - Montero CIRCULO

Buscando en la red documentación sobre aquella jornada festiva me he encontrado con este regalo: una foto del homenaje de 1983 en la que me he reconocido entre la multitud. A mi novia no la veo 😦

Más de 5.000 personas tomaron Baeza aquella mañana de primavera, soleada y alegre. Y a pesar de las reticencias de Chamorro, yo cubrí, sin que nadie me lo encargara, aquel homenaje capitaneado por Paco Rabal y Rafael Alberti. Con ellos me coloqué en la cabeza de la improvisada peregrinación laica que iba recorriendo todos los hitos machadianos, recitando, en cada uno de ellos, algún poema del ilustre profesor. Y a cada verso encendido yo disparaba mi cámara y miraba a mi novia (o al contrario, ya no me acuerdo bien).

El lunes, de vuelta a la redacción del vespertino Nueva Andalucía, me ofrecí para componer una doble página a la altura del acontecimiento que había tenido la suerte de vivir. En un periódico dirigido por un escritor de buen corazón (Javier Smith) y una teresiana progresista (Carmen Yanes) no era difícil que a un pipiolo  que llevaba de ayudante de redacción unos meses le aprobaran una doble página donde todo (texto, fotos y maqueta) quedaba bajo su responsabilidad.

El reportaje, a doble página, se publicó el martes y cuando, a pie de rotativa, estaba disfrutando de su lectura, hinchado como un pez globo, alguien tocó mi hombro y con voz ronca me preguntó: “¿Es usted comunista?”. El consejero delegado de la empresa editora del diario, Antonio Uceda, me miraba fijamente, con cara de pocos amigos, esperando una respuesta. “Noooooo”, debí contestar con la vocecilla atiplada característica de un pez globo cuando se desinfla a marchas forzadas. Entonces, apretó: “¿Por qué ha puesto usted en el reportaje la foto de Paco Rabal con el puño en alto?”. Tiré de erudición, hice la finta y logré escabullirme cuando ya me veía recogiendo el finiquito: “La hice justo en el momento en que Paco Rabal recitaba <Los olivos>, ya sabe usted, ese poema que dice: <… de los que muestran el puño / al destino / los benditos labradores…>”.

Paco Rabal

Así de revolucionario fotografié a Paco Rabal para plantarlo en las páginas centrales de un diario del Arzobispado. El atrevimiento del becario.

Quizá porque era de Palma del Río, y los labradores no debían resultarle ajenos, o porque el adjetivo “benditos” inspiraba cierta confianza en una empresa propiedad del Arzobispado de Sevilla, el caso es que Antonio Uceda, el temible consejero delegado, soltó a su presa, y el pez globo, convertido ya en un tembloroso chanquete, se escurrió por los talleres hasta alcanzar su Vespa 150 con la que logró escapar, sano y salvo, de aquellas viejas naves del polígono de la Carretera Amarilla.

Desde entonces desconfío de la gente a la que no le gusta la poesía, a la que no le conmueve un verso. O, dicho de otra manera, tiendo a juntarme con personas que encuentran en la poesía consuelo, futuro y alegría.

Hoy, celebrando el Día Mundial de la Poesía, y también la primavera, me lo ha dicho un amigo: “Si me tienen que operar de algo quisiera que el cirujano fuera un lector de poesía, un buen cirujano pero, además, amante de la poesía”. Y yo le alabo el gusto porque, ¿quién si no va a entender, de verdad, qué es lo que hay aquí dentro y cómo es posible que funcione?

P.D.: De casi todo hace ya treinta años…

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Efectivamente, estos romanos son de chiste, inmortalizados en una de las mejores escenas de “La vida de Brian”, de los geniales Monty Python.

Hay días en los que la tristeza sepulta a la indignación (que ya es decir…). Días en los que no entiendes ese afán por separar cuando más unidos tenemos que estar, esa obsesión por reivindicar el ombligo propio, esa malsana costumbre de buscar las diferencias y no las afinidades. Días en los que una apisonadora sin corazón vuelve a machacar, un poco más, este oficio, laminando las bondades de muchos profesionales extraordinarios (¡maldito martes y 13!).  Y, sobre todo, días en los que se te resquebraja la esperanza porque hasta las personas más queridas empuñan un garrote, aunque sólo sea verbal…

Afortunadamente otras personas, no menos queridas, desenfundan la poesía y nos disparan letras de esas que cuando impactan alivian el dolor. Letras como las que hace un rato me ha regalado @MonteroQuercus, recordando a ese emperador-poeta que nació aquí cerquita, en Itálica (Santiponce, Sevilla), y que amaba, a partes iguales, la filosofía estoica y la epicúrea:

Mi manera de obrar se basaba en una serie de observaciones sobre mí mismo, hechas desde mucho tiempo atrás; toda explicación lúcida me ha convencido siempre, toda cortesía me conquista, toda felicidad me da casi siempre la cordura. Y sólo escuchaba a medias a los bien intencionados que afirman que la felicidad relaja, que la libertad reblandece, que la humanidad corrompe a aquellos en quienes se ejerce. Puede ser; pero en el estado actual del mundo, eso equivale a no querer dar de comer a un hombre exánime por miedo de que dentro de unos años sufra de plétora. Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños — todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas(“Memorias de Adriano”, Marguerite Yourcenar).

Para mi gusto lo único que combina con la poesía, si lo que buscamos es ese dulce efecto terapéutico que nos libre de la melancolía, es el humor. Así es que, regalo por regalo, os dejo este eficaz tratamiento contra el dogmatismo y las angustias identitarias, esas que, en cuanto nos despistamos, nos conducen al odio y la soledad (un territorio en el que nunca habita la risa):

 

 

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