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Las audiencias se ganan o se pierden de acuerdo a nuestra capacidad de análisis (reposado) y no en función de la velocidad con la que atendamos las noticias: ¿de qué sirve correr para contar todos lo mismo? (En la imagen un momento de la conocida como «carrera de los becarios», en la que jóvenes periodistas cubren la distancia que hay entre el edificio del Tribunal Supremo, en Washington DC, y las unidades móviles de televisión, llevando en la mano la nota de prensa de algún pronunciamiento noticioso. Absurdo… pero cierto).

En un escenario informativo cada vez más complejo las empresas de comunicación prescinden de la experiencia: menuda contradicción !! La crisis y sus EREs han fulminado a los periodistas veteranos. Muchas empresas renuncian a la especialización porque requiere reposo, tiempo y recursos (es más rentable el periodista todoterreno, y mejor aún si es un becario baratito –por no hablar de esos ¿compañeros? que se ofrecen a trabajar gratis–, o los temibles todólogos que, con desparpajo, se pasean por las tertulias para pontificar de lo que haga falta). En estos casos, el objetivo ya no es tanto el rigor, la calidad o la credibilidad, sino la audiencia, sin más. “Si tengo que explicarlo, renuncio a contarlo”, resumía Lorenzo Milá hace algunos años cuando se quejaba de este fenómeno. A veces, es cierto, no se renuncia a contarlo, pero se recurre a la banalidad, que es casi peor.

(…)

“Tierra y Mar”, el informativo semanal dedicado al sector primario que dirijo en Canal Sur Televisión, es un magnífico ejemplo de cómo se cumple una idea paradójica que llevo años defendiendo a contracorriente: los programas no necesariamente se prolongan en el tiempo porque tienen audiencia (no debería ser así), sino que, por el contrario, en muchos casos tienen audiencia porque se mantienen en el tiempo. El argumento es, justamente, el contrario al que estamos acostumbrados a oír. Los programadores viven presos de una convulsión, de una atención desmedida a las audiencias, que con frecuencia se convierte en nuestra peor enemiga. Esa convulsión impide el reposo que necesitan algunos programas, que desaparecen de la parrilla antes de haber conseguido madurar y así fidelizar a la audiencia. Y, desde luego, en el área de Informativos es en donde menos sentido tiene esta obsesión por las audiencias, que se ganan o se pierden de acuerdo a nuestra capacidad de análisis (reposado) y no en función de la velocidad con la que atendamos las noticias: ¿de qué sirve correr para contar todos lo mismo?

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No caigamos en la trampa de la televisión low cost, ese modelo que algunos gurús quieren vendernos como solución a la crisis: la especialización no es barata, la calidad no es barata, el rigor no es barato. Es imposible un periodismo digno en condiciones indignas.

Rosa María Calaf también resume este sinsentido en una frase muy elocuente: “Ya están aquí estos que tanto saben de cubrir crisis y nada saben de la crisis que tienen que cubrir”. Lo dicho: con demasiada frecuencia el continente vence al contenido, la anécdota a lo sustancial.

Insisto: se nos olvida que informar, in-formar, es dar forma y, por tanto, explicar, interpretar. Hoy en los medios, en las redacciones de todos los medios, hay muchos más redactores que periodistas, no sé si me explico…

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Cuando hablamos de crisis, referida a los medios de comunicación en general, y a la televisión en particular, parece que todo se resumen a un problema de modelo de negocio, pero yo no soy empresario, soy periodista, y por eso insisto en las virtudes tradicionales del buen periodismo, del periodismo que no sabe de épocas ni de revoluciones tecnológicas. Es cierto que si no hay negocio no hay futuro, pero no es menos cierto que el negocio debería descansar sobre esas virtudes, y no al contrario. El futuro va a depender de cómo nos ocupemos del CONTEXTO, la PROXIMIDAD, la CREDIBILIDAD, el RIGOR, la DIVERSIDAD, la ÉTICA, la PROFUNDIDAD, la COMUNICACIÓN, la INTERACCIÓN, la EMPATÍA…

Conviene no perder de vista estos valores, confundidos por el negocio, las audiencias o el tecnoptimismo, porque de ellos depende nuestro futuro, y son, además, las señas de identidad, diferenciales, de una televisión pública. Señas de identidad que, en nuestro caso, tienen, incluso, la fuerza de la ley.
PD: Estos son algunos párrafos de mi intervención, el pasado mes de noviembre, en el XXX Congreso Internacional de Comunicación (CICOM) que se celebró en la Universidad de Navarra. Acabo de ordenarlos, después de recuperar las notas a vuela pluma que me sirvieron de guía, para que la ponencia pueda publicarse en las actas de este interesantísimo encuentro académico y profesional.

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Cada cierto tiempo un crimen atroz nos sobrecoge: las niñas de Alcásser, Rocio Wanninkhof, Madeleine, Mari Luz Cortés, Marta del Castillo, Ruth y José…

Cada cierto tiempo la realidad nos recuerda que la maldad existe y está ahí afuera, cerca de casa.

Por si el espanto que todos estos casos provocan en las personas de buen corazón no fuera suficiente, algunos colegas (¿colegas?) se ocupan de multiplicar el dolor hurgando en las heridas, removiendo el fango, retorciendo los sucesos hasta encajarlos en esos brillantes contenedores donde el espectáculo más macabro se disfraza de periodismo.

Hace algunos años Enric González lo explicaba de manera magistral refiriéndose a la feria que algunos medios habían montado en torno a la tragedia de Marta del Castillo:

Hay algo que deberíamos establecer con claridad: el «seguimiento mediático»  no tiene nada que ver con el periodismo. Es espectáculo y entretenimiento, generalmente de mal gusto, pero no periodismo. ¿Es información? Sí, como las etiquetas de las conservas, las matrículas de los coches o la posición de las estrellas. El periodismo es otra cosa.

La distorsión resulta especialmente notoria en las televisiones. Los únicos programas que pueden ser juzgados bajo criterios periodísticos son lo que llamamos telediarios. Lo demás, aunque contenga periodistas, se atiene a otras normas que, en general, podemos resumir en una: audiencia.

Vayamos haciéndonos a la idea de que el periodismo representa sólo una porción pequeña y decreciente de la oferta mediática. El periodista no sólo debe comprometerse a proporcionar una información fiable y contrastada, sino que debe someterse a una serie de reglas deontológicas. En el entretenimiento informativo no se requieren ni fiabilidad ni límites”.

Ryszard Kapuscinski, al que ya he citado en este blog, apuntaba algunas posibles explicaciones a este enigma por el cual los responsables de cierta programación televisiva se empeñan en ofrecer productos que, aún reuniendo audiencias millonarias, son repudiados por su banalidad, su escaso rigor y su mal gusto. Hoy los medios de comunicación, aseguraba el periodista polaco, “se gobiernan de tal manera que pesa más el criterio empresarial que el informativo. Las televisiones están lideradas por economistas, publicistas, expertos en marketing y analistas de audiencias, mientras que los periodistas se colocan en un segundo plano. Al menos los periodistas que responden, quizá, a un modelo de este oficio por desgracia ya caduco”. “Antes”, insistía, “la profesión de periodista era un trabajo de especialistas. Había un limitado grupo de periodistas especializados en algún campo en concreto. Ahora la situación ha cambiado por completo: no existen especialistas en ningún campo”. Y concluye: “Los medios de comunicación, la televisión, la radio, están interesados no en reproducir lo que sucede, sino en ganar a la competencia. En consecuencia, los medios de comunicación crean su propio mundo y ese mundo suyo se convierte en más importante que el real”.

Vaya, ya salió la famosa máxima que desde los orígenes de este oficio siguen, con verdadera devoción, algunos profesionales (¿profesionales?) del gremio: “No dejes que la realidad te joda un buen titular”. Porque una cosa es la realidad, y otra, muy distinta, es nuestra realidad, ese mundo que con demasiada frecuencia se inventa la televisión para que sea más atractivo, más polémico o más tranquilizador.

Umberto Eco se preguntaba en un debate sobre los reality show  en televisión: “¿La boda de Ladi Di hubiera sido igual sin la presencia de la televisión?” La respuesta, obviamente, era que no porque, entre otras cosas, a los caballos que escoltaban el séquito, y esta es una anécdota bastante extravagante aunque cierta, se le administraron  laxantes para que todas sus defecaciones tuvieran un mismo tono de color y pasaran así discretamente inadvertidas en las televisiones de medio mundo. La mierda y la realeza, aunque a menudo convivan, casan mal en televisión si lo que queremos vender es glamour. En televisión ese espectáculo resultaría escatológico, aunque se admita la más dura pornografía cuando de lo que se trata es de vender un crimen.

Y todas estas reflexiones vienen a cuento porque durante unos días me he sentido (una vez más) orgulloso de trabajar en los informativos diarios de Canal Sur TV, la televisión pública andaluza, desde donde nos hemos enfrentado al crimen de Ruth y José, o a la tragedia del incendio forestal de la Costa del Sol, con el respeto y el rigor que merecen informaciones que hablan de dolor, de pérdida, de sufrimiento.

No todas las televisiones son iguales. No es verdad. Otra televisión no sólo es posible sino que ya existe, y la hacen (más allá del color de los gobiernos y los vaivenes presupuestarios) profesionales rigurosos y comprometidos con el servicio público.

La mierda no es bueno disfrazarla, pero tampoco conviene revolcarse en ella…

P.D.:  Es justo no olvidar que algunos compañeros y compañeras se revuelcan en la mierda siguiendo órdenes, para poder así ganarse un sueldo… de mierda. Pobre Periodismo.

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