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Posts Tagged ‘salinas’

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Somos seres salados, y si tenemos la suerte de llorar, de sangrar o de sudar en buena compañía, ese es el regusto que nos queda del otro, el sabor más primitivo del amor y del dolor (Fotografía de Paco Portillo).

 

Hay quien asegura, aunque no he conseguido certificar el rigor histórico de esta afirmación, que los primitivos habitantes del litoral gaditano adoraban, aún antes de la llegada de los fenicios, a un dios al que llamaban Salambobe, cuyo culto estaba directamente relacionado con el valor que se otorgaba a la sal y la necesaria protección que este elemento requería. En el Nuevo Mundo, y formando parte de la religión azteca, dicha tarea estaba en manos de Uixtocíuatl, la diosa de los salineros y de las aguas salobres, cuya veneración se mantuvo, incluso, después de la conquista, reconvertida en diferentes advocaciones marianas como la de Nuestra Señora de la Sal de Ixtapa, en Chiapas. Otros referentes mágicos o sobrenaturales asociados a la sal, cuya finalidad no era otra que mostrar el debido respeto ante tan valioso recurso, los recoje Hans Biedermann en su Diccionario de símbolos, en el que nos recuerda, por ejemplo, cómo en la antigua Roma se ponía sal en los labios de los lactantes para protegerles de cualquier peligro, idea que sintoniza con otro mito, presente en diferentes culturas y religiones, por el que la sal se convierte en un poderoso vínculo entre Dios y su pueblo, de manera que los demonios la abominan.

Paradójicamente, estos mitos y creencias remitían a un universo mágico que todos sabían traducir, que estaba profundamente arraigado en los comportamientos cotidianos porque invitaba a la acción. Una magia que servía para explicar lo inexplicable, para prestar valor a los bienes más humildes y tomar partido en su defensa.

Las salinas, al igual que ocurre con otros aprovechamientos típicamente mediterráneos, son el mejor ejemplo de cómo el hombre y la naturaleza pueden tejer, en un marco geográfico determinado, una sabia complicidad de la que ambos terminan beneficiándose. Sin dejar de ser explotaciones cuya finalidad última es la obtención de beneficios materiales, las salinas, y todo el entramado cultural que rodea su manejo, están profundamente ligadas a un paisaje y unos ecosistemas característicos, de manera que en ellas, como ocurre también en las dehesas, es difícil separar economía, ecología y cultura. Son, en este sentido, un modelo de ese desarrollo sostenible que hoy perseguimos con ahínco sin saber muy bien hacia dónde dirigir la mirada. Cada vez nos resulta más difícil reconocer como excepcional aquello que nos rodea de forma cotidiana, y, así, terminamos renunciando a nuestras propias señas de identidad, aquellas que encierran la herencia de nuestro pasado y también el secreto de nuestro futuro. Lo común, aunque esté amenazado, es en donde, verdaderamente, habita lo extraordinario.

Sal y piel

…la que se queda en los labios después del primer baño, la que cristaliza en la piel cuando abandonamos la playa…

Pero todo esto que hoy escribo (en realidad lo que un día lejano escribí para el prólogo de un libro imprescindible: Salinas de Andalucía) no es más que un discurso racional con el que seguramente no os puedo trasladar ni una pizca de esa emoción, sencilla, que me recorre cuando llego a los esteros de El Puerto de Santa María, me interno en las viejas salinas de Puerto Real o dejo descansar la mirada en los caños de cualquier rincón de la Bahía de Cádiz. Y luego está la sal que la brasa fundió en las escamas de un pez, la que se oculta en una castora de manzanilla, la que multiplica la intensidad de un buen chocolate, la que se esconde en la masa madre de una hogaza crujiente, la que empapa los jugos de un choco sucio, la que se queda en los labios después del primer baño, la que cristaliza en la piel cuando abandonamos la playa, la que me das a probar (con cuidado) apoyada en la yema de tu dedo índice…

¿Qué queda cuando se evaporan nuestras lágrimas? ¿Qué sabor se instala en el paladar cuando con la punta de la lengua retiramos una minúscula gota de sangre o paladeamos el sudor ajeno? Somos seres salados, y si tenemos la suerte de llorar, de sangrar o de sudar en buena compañía, ese es el regusto que nos queda del otro, el sabor más primitivo del amor y del dolor. Es la magia de la sal, de una pizca de sal…

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Salinas de Cabo de Gata (Almería). Foto de Paco Portillo.

No es necesario detenerse en los detalles de la nueva Ley de Costas, aprobada hace unos días, para adivinar su intención. No es necesario ser un especialista en Derecho o conocer las peculiares características ecológicas de nuestro litoral para descifrar la música de esta nueva partitura. El espíritu de la ley es comprensible para todos los públicos. Si hasta ahora la costa se consideraba un elemento natural que debía estar sometido a una serie de cautelas para preservar sus funciones ambientales, la nueva ley prefiere mirar el litoral como el escenario de múltiples actividades económicas que generan empleo y riqueza. Y esa mirada, ese espíritu desproporcionadamente mercantilista (aún en época de crisis), facilita el que se desarrollen, con muchas menos trabas y prevenciones, nuevas amenazas sobre un recurso escaso (la costa ocupa menos del 4 % de la superficie del país), sometido a una enorme presión (cerca del 50 % de la población se concentra ya en las zonas costeras) y tremendamente frágil.

Si nos detenemos en algunos apartados de la ley lo que encontramos son medidas encaminadas a desdibujar el carácter natural de algunos de los elementos característicos de los ecosistemas litorales. Se podría decir que el legislador busca una cierta “desnaturalización” de la costa, lo que siempre ayuda a ejecutar proyectos que, quizá, no se mirarían con  buenos ojos en un escenario estrictamente natural. Por ejemplo, las salinas dejan de considerarse elementos amparados en el dominio público, como si sólo importara su condición de aprovechamiento económico.

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Salinas de Bonanza en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Foto de Antonio Dorado.

Las salinas, al igual que ocurre con otras actividades típicas de la cultura mediterránea,  son el mejor ejemplo de cómo el hombre y la naturaleza pueden tejer, en un marco geográfico determinado, una sabia complicidad de la que ambos terminan beneficiándose. Sin dejar de ser explotaciones cuya finalidad es la obtención de beneficios materiales, las salinas, y todo el entramado cultural que rodea su manejo, están profundamente ligadas a un paisaje y unos ecosistemas característicos, de manera que en ellas, como ocurre también en las dehesas, es difícil separar economía, ecología y cultura. Son, en este sentido, amplificadores de la biodiversidad y, al mismo tiempo, un modelo de ese desarrollo sostenible que hoy perseguimos con ahínco sin saber muy bien hacia dónde dirigir la mirada. Pero, por desgracia, el legislador ha decidido que los elementos culturales y ambientales son, en este caso, irrelevantes frente a los económicos. Menuda ceguera.

Cada vez nos resulta más difícil reconocer como excepcional aquello que nos rodea de forma cotidiana, y, así, terminamos renunciando a nuestras propias señas de identidad, aquellas que encierran la herencia de nuestro pasado y también el secreto de nuestro futuro. Lo común, aunque este amenazado, es en donde, verdaderamente, habita lo extraordinario.

A pesar de la fuerte presión urbanística que soporta el litoral y el propio declive de esta industria ancestral, en Andalucía todavía se contabilizan más de 8.000 hectáreas de salinas, aunque algunas de ellas se encuentren abandonadas desde hace años. Desde el punto de vista faunístico, las salinas de Cabo de Gata, situadas en el interior del parque natural almeriense del mismo nombre, son unas de las más valiosas. A lo largo de casi 5 kilómetros de litoral se extienden los estanques, que ocupan unas 300 hectáreas y en los que se dan cita numerosas especies migratorias en su tránsito entre Europa y África, así como otras muchas sedentarias. Avocetas, cigüeñuelas o flamencos son visitantes habituales de este humedal, cuyo manejo se organiza de tal manera que es posible compatibilizar la explotación de la sal y la conservación de la avifauna.

No menos importantes, aunque en este caso se trate de espacios mucho más extensos, son las salinas de la bahía de Cádiz que ocupan unas 5.300 hectáreas. Las primeras referencias históricas de esta industria se remontan al siglo V antes de Cristo, alcanzando en 1920 su máximo esplendor con un total de 146 salinas en producción, de las que se obtenían unas 250.000 toneladas de materia prima al año. Con el paso del tiempo se fueron abandonando la mayor parte de estas explotaciones, aunque las más importantes quedaron incluidas en el perímetro del parque natural declarado en 1989.

Creado por los cartagineses y consolidado por los romanos, el modelo de salina gaditana, en su trazado y funcionamiento, es diferente a cualquier otro de los existentes en el país, lo cual añade a este espacio indudables valores culturales.

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Salinas de Cabo de Gata. Foto de Paco Portillo.

Las salinas gaditanas suelen ser terrenos marismeños transformados en un laberíntico sistema de canales y extensas zonas encharcadas de escasa profundidad, donde las aguas mareales van pasando por gravedad de unos compartimentos a otros.  El mantenimiento de toda esta estructura hace posible, asimismo, el desarrollo de otras actividades económicas de importancia, como la pesca en los esteros o las más modernas granjas acuícolas. Como en Cabo de Gata, este entramado de caños y esteros, algunos de ellos prácticamente vírgenes, sirve de refugio a algunas de las colonias españolas más importantes de charrancitos, avocetas o cigüeñuelas, siendo también habitual la presencia de flamencos y espátulas.

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Avifauna en las salinas de Bonanza, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Foto de Antonio Dorado.

“La conservación es enemiga del desarrollo”. ¿Os suena esta cantinela demodé? Pues la crisis, unida a ciertas dosis de ignorancia, ceguera y codicia, la han vuelto a poner de moda, y el litoral no va a ser la única víctima.

 

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