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Penacho de sedimentos arrojados por el Guadalquivir al Atlántico. Imagen obtenida por el satélite Terra (NASA) el 13 de noviembre de 2012.

La imagen es espectacular, hermosa e inquietante, a partes iguales. El pasado 13 de noviembre el sensor MODIS del satélite Terra (NASA) captaba una descomunal pluma de sedimentos que, desde la desembocadura del Guadalquivir, se esparcia por el Golfo de Cádiz. El color de la imagen es natural y da idea del volumen de tierra que el cauce entregaba ese día al océano como consecuencia de las fuertes lluvias otoñales.

Las tímidas precipitaciones que suelen salpicar un prolongado periodo seco apenas pueden considerarse un alivio, por más que los ciudadanos las reciban como un regalo del cielo. Con frecuencia, el agua que depositan no es suficiente para equilibrar las graves carencias que sufren los suelos. En un trabajo sobre clima y sequía en España, publicado por el Instituto Nacional de Meteorología, se explica con detalle las necesidades que es necesario cubrir en estas circunstancias: “Después de un largo periodo de sequía, la recuperación de humedad de los suelos no es inmediata sino que se va haciendo de forma progresiva, dependiendo mucho del tipo de planta y carácter del suelo. Se requieren cantidades de 100 a 150 litros por metro cuadrado y periodos de 25 a 40 días o más, para la recuperación de la humedad del suelo”.

Claro que, en el otro extremo de la balanza, las lluvias torrenciales plantean graves problemas, aún cuando aporten más recursos a ecosistemas y embalses. Sufrir una intensa sequía a la que bruscamente ponen fin lluvias no menos intensas es un cóctel típico del clima mediterráneo y, al mismo tiempo, una peligrosa combinación para los suelos, en los que dispara los índices de erosión.

En Andalucía alrededor de un 38 % de la superficie regional está afectada por riesgos elevados o muy elevados de erosión (el equivalente a la suma territorial de las provincias de Granada, Málaga y Córdoba), al manifestarse pérdidas de suelo superiores a las 10 toneladas por hectárea y año. En numerosos puntos estas pérdidas pueden llegar a superar las ¡¡ 300 toneladas !! y, lo que es más grave, tal cantidad de suelo fértil puede verse arrastrado al mar no en un año sino en días, como consecuencia de unas pocas tormentas como las que se están registrando estas últimas semanas.

No todas las precipitaciones tienen la misma capacidad erosiva: mientras que en áreas templadas solo un 5 % de la lluvia tiene la intensidad y energía adecuadas para provocar este tipo de daños, en zonas como Andalucía, con chaparrones propios de latitudes tropicales o subtropicales, el porcentaje de lluvias erosivas puede alcanzar el 40 %.

Cuando este tipo de aguaceros se producen tras un dilatado periodo de sequía, los daños se multiplican, porque la cubierta vegetal ha perdido buena parte de su capacidad protectora y el suelo presenta unos índices muy bajos de humedad que lo hacen más sensible al impacto de las gotas. El agua que reciben como una bendición bosques y zonas húmedas, se convierte, al mismo tiempo, en la peor enemiga de los cultivos en pendiente, zonas con escasa vegetación y tierras agrícolas en desuso.

En el caso de que las lluvias sean particularmente intensas y prolongadas los cauces terminaran por arrastrar ingentes cantidades de suelo. En el Guadalquivir, por ejemplo, la cantidad de tierra que se ha llegado a medir en la desembocadura llegaba, en algunos casos, a rondar las 20.000 toneladas por hora.

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Así las fotografié cuando el sábado avanzaban desde el Atlántico

El sábado las vi avanzar bien cargadas de Atlántico. Rechonchas, grises, decididas a soltar su pesada carga de agua dulce con nada que las agitara el frío viento de poniente.

Esa misma noche descargaron con fuerza, y mientras oía el repiqueteo de la lluvia imaginé los centenares de humedales que estarían recibiendo ese regalo de primavera.

A pesar de estar considerada una región en donde escasea el agua, Andalucía reúne la nómina de zonas húmedas más rica, variada y mejor conservada de la Unión Europea. Ecosistemas que ocupan miles de hectáreas y que son fundamentales para la supervivencia de un buen número de especies animales y vegetales, alguna de ellas exclusivas del territorio andaluz.

Según el Inventario Nacional de Lagos y Humedales de España, en Andalucía se localizan  309 masas de agua, no desecadas, poco profundas y de un tamaño superior a 0,5 hectáreas. En conjunto suman algo más de 78.000 hectáreas, siendo Doñana, con unas 50.000 hectáreas, el territorio que más superficie aporta a este inventario. Si se excluye este extenso espacio protegido, el resto de humedales se reparten, en su gran mayoría, entre las provincias de Huelva (53 %), Cádiz (34 %), Almería (6 %) y Málaga (6 %).

Frente a los que piensan que el sur de península ibérica es un erial, las evidencias que reúne el inventario demuestran cómo el 56 % de la superficie que en España ocupan las áreas inundables se encuentra en Andalucía. Pero aún más valiosa que su extensión es la variedad de estos ecosistemas, única en todo el continente. En una sola región se encuentran lagunas hipersalinas, como la de Fuente de Piedra (Málaga); ramblas mediterráneas, como las que abundan en el litoral almeriense; humedales de alta montaña, localizados en el macizo de Sierra Nevada, o extensas marismas, de influencia atlántica, como las de la Bahía de Cádiz o el Odiel (Huelva).

Estos paisajes del agua, como los denominan algunos ecólogos, sirven para amplificar la biodiversidad, para multiplicar la variedad y riqueza de especies animales y vegetales. Por eso, la modesta extensión superficial de muchos de estos enclaves no les resta importancia. Por ejemplo, las tres lagunas de Espera (Cádiz), que apenas ocupan un total de 30 hectáreas, sirven de refugio, o zona de cría, a cuatro de las quince especies de aves que en España están catalogadas en peligro de extinción: focha cornuda, malvasía, cerceta pardilla y porrón pardo. Y en lo que se refiere a las plantas acuáticas, más de la mitad de todas las que se han descrito en nuestro país se encuentran representadas en los humedales andaluces.

Más allá de sus valores naturales, las zonas húmedas aportan una larga serie de beneficios a la sociedad, difíciles de cuantificar pero imprescindibles. El flujo de agua entre la tierra y el mar se detiene en estos ecosistemas, en los que se filtran y reciclan los nutrientes, actuando así como verdaderos riñones que facilitan la eliminación de sustancias nocivas. Sirven, asimismo, para controlar el efecto de las inundaciones, retienen los sedimentos y materia orgánica que enriquece los suelos, y ayudan a reponer las reservas de agua acumulada en los acuíferos subterráneos, vitales para el abastecimiento humano y la agricultura en numerosas comarcas.

Como para no bendecir a las nubes que esta semana nos están visitando para descargar su regalo de primavera…

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"El primer salto de agua del Ebro" - Fontibre (Cantabria) - Fotografía de Ernesto Sardina

Decir que en un río “sobra” agua para justificar así un trasvase es uno de los argumentos más absurdos que suelen esgrimirse en el eterno debate en torno al mejor reparto de un recurso que la naturaleza (como debe ser) ha distribuido siguiendo sus propios criterios.

Anoche, en Twitter, José Luis Gallego (@ecogallego) advertía, una vez más, de este disparate. “Después de la primera semana recorriendo el Ebro”, señalaba José Luis, “una reflexión urgente: a este río, sobrexplotado al límite, no le sobra una gota de agua”. Fue leerlo y recordar una frase que ilustra, como pocas, la torpeza del argumento: “Decir que a un río le sobra agua es como decir que a un bosque le sobran árboles”.

Y fue lanzarla a Twitter y descubrir que muchos internautas se identificaban de inmediato con esta comparación que sirve, insisto, para revelar el absurdo de una consideración que volveremos a oír una y mil veces.

Desgraciadamente en nuestro país se suele reflexionar en torno al agua cuando esta escasea. Los grandes debates sociales a propósito de este recurso vital abundan en los periodos de sequía, justo cuando cualquier razonamiento se ve empañado por argumentos pasionales. No son los momentos de crisis hídrica los más adecuados para establecer estrategias que solucionen los problemas de abastecimiento y, sin embargo, no pocas decisiones trascendentales se toman justamente en esos momentos de alarma. Y esta estrategia suicida será, una vez más, con la que nos toque lidiar en los próximos meses, después de un invierno poco generoso en lluvias.

A pesar de las muchas evidencias científicas que hablan del impacto ecológico, económico, social y hasta emocional de una política hidráulica basada únicamente en la regulación de los cauces y en la explotación de las aguas subterráneas, volveremos a oír que la única solución a la sed de personas y campos son pantanos y trasvases.

Y a cuenta de este sinsentido recuerdo otra comparación, tan gráfica como la de los bosques, que le escuché a Pedro Arrojo hace más de diez años: “Contemplar el Gran Cañón del Colorado como un paraíso de cerradas óptimas para construir presas, las cataratas de Iguazú como un salto perfecto para producir electricidad o el Parque Nacional de Ordesa como un valle ideal para embalsar agua, implicaría un enfoque comprensible en los años treinta, pero hoy resulta tan absurdo que roza la comicidad”.

Lástima que algunos no sólo no se rían ante semejantes propuestas sino que las consideren serias, justas, viables y necesarias…

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En el Año Internacional de los Bosques y en el Día Mundial de la Biodiversidad podemos unir ambas celebraciones viajando, sin salir de la Península Ibérica, hasta la selva del sur.

En contra de lo que algunos pudieran pensar a la vista de esos soberbios tapices vegetales que adornan amplias zonas de la Europa más fría, los bosques del centro y norte del continente cuentan con una biodiversidad relativamente baja. En ellos habitan muy pocas especies vegetales, y las funciones que desempeñan rara vez se superponen. Es decir, hay territorios forestales específicamente dedicados a la producción de madera, otros que actúan como tapiz protector del suelo; los hay que se aprovechan para el esparcimiento de la población o para brindar soporte a especies animales y vegetales.  En cambio, en los bosques mediterráneos todas estas funciones se superponen, son espacios humanizados, en los que crecen un elevadísimo número de especies, muchas de ellas endémicas, y presentan una biodiversidad muy elevada. Su gestión, por tanto, es sumamente compleja, ya que hay que conjugar los múltiples aprovechamientos con la conservación de los recursos que los hacen posibles.

Además, los terrenos forestales de países como España, Portugal, Grecia, Italia o Francia están sometidos a unas peculiares condiciones climáticas. Las sequías, que periódicamente azotan a estos territorios, unidas a los incendios estivales complican aún más la conservación de este patrimonio. La lista de amenazas se completa con la sobreexplotación a la que están sometidos algunos de estos bosques, habitualmente situados en zonas deprimidas desde el punto de vista social y económico. El fantasma de la erosión, uno de los peligros ambientales más graves del sur continental, está presente en muchos de estos territorios.

Andalucía alberga algunas de las mejores muestras de bosque mediterráneo que se conservan en todo el continente. Los encinares y alcornocales, que suman más de un millón de hectáreas, son el exponente más valioso de este tipo de ecosistemas. No menos importantes, en una región amenazada por la desertización, son las 200.000 hectáreas que ocupa el matorral mediterráneo noble, con una gran diversidad de especies y alta densidad.

El Parque Natural de los Alcornocales (Cádiz-Málaga), es uno de los mejores ejemplos que en todo el ámbito europeo se pueden encontrar de lo que es un bosque mediterráneo bien conservado, en el que la mayoría de las actividades humanas, agrícolas y ganaderas, están perfectamente integradas en el medio.

Ya en 1844, cuando las tierras del sur peninsular se convirtieron en destino predilecto de naturalistas foráneos, el científico alemán Moritz Willkomm llamó a estas  espléndidas masas forestales “la selva virgen europea”, después de reconocer que se trataba del bosque más bello e interesante que habían visto sus ojos. Pero el aprecio que suscitaban fuera de nuestras fronteras no era compartido por las autoridades españolas, hasta el punto de que, en 1855, las leyes desamortizadoras de Madoz autorizaron la venta, y posterior corta, de muchos de los alcornocales que entonces se extendían por numerosas comarcas españolas.

La nefasta disposición tenía sin embargo algunas excepciones que, a larga, serían providenciales. Así, no se incluían aquellos montes poblados con quejigo y con  roble enano, precisamente dos de las especies más abundantes en los alcornocales gaditanos. En palabras de Máximo Laguna, botánico de la época, “el pigmeo salvó del hacha destructora al gigante”.

El Parque Natural de los Alcornocales resulta, en sus más de 170.000 hectáreas de extensión, un espacio paradójico. A primera vista presenta una cierta uniformidad, muestra un paisaje que pudiera parecer monótono y hasta pobre al visitante. Sin embargo, la mezcla de unas peculiares condiciones geológicas y climáticas, combinadas con su estratégica posición geográfica, hacen de estos territorios un paraíso para la biodiversidad, en donde se alternan numerosos ecosistemas, algunos de ellos ciertamente peculiares y hasta exclusivos.

Parque Natural de los Alcornocales (Ventana del Visitante):

http://www.juntadeandalucia.es/medioambiente/servtc5/ventana/mostrarFicha.do;jsessionid=F855116252882DD95EB9FC7166021D0B?idEspacio=7410

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Casi me olvido de que hoy se celebra el Día Meteorológico Mundial. Mi contribución, en este caso, se aleja de las nuevas tecnologías para unir, en extraño matrimonio, la física y la metafísica. ¿Por qué sacamos a los santos en procesión cuando no llueve, o llueve en demasía? ¿Para qué sirven esas romerías? Traté de desvelar esos enigmas en un reportaje para la revista “Sierra Albarrana”.
EL AGUA QUE VIENE… DEL CIELO 

Más allá del valor que le otorgan los creyentes, las rogativas pidiendo lluvia, que la Iglesia católica incluye en sus ritos desde el siglo V, permiten fijar aquellos periodos de sequía que se registraron en épocas donde no se contaba con el auxilio de los modernos instrumentos de medida. La meteorología histórica recurre a esta y otras curiosas fuentes documentales para tratar de establecer la fecha precisa en que se manifestaron episodios donde la disminución o el aumento de las precipitaciones fue notable.

Implorar a la divinidad que sea generosa y permita que el cielo libere lluvias abundantes es, posiblemente, un ruego que ha estado presente en todas las religiones del mundo a lo largo de la historia. Organizar estos ruegos de manera que formen parte de una liturgia reglamentada es, sin embargo, algo exclusivo de las grandes religiones. La Iglesia católica incorporó los rituales de petición de lluvias (rogativas

pro pluvia) a su liturgia entre los siglos IV y V, y de su celebración han quedado registrados numerosos y precisos testimonios en los archivos parroquiales.

Lo que podría parecer un recurso anacrónico sigue siendo una fórmula más que viva. En septiembre de 2005 el obispo de Córdoba, Juan José Asenjo, remitió una nota a los medios de comunicación en la que anunciaba el exhorto que había realizado “a los sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles cristianos, para que pidieran a Dios el fin de la sequía”. El vicario general de la Diócesis habría precisado las instrucciones de esta petición, de manera que “en todas las misas y oraciones comunitarias se eleven súplicas (…) para que Dios, por su misericordia, nos libre de esta calamidad y nos bendiga con el agua que necesitamos”.

Una iniciativa muy similar fue la que anunciaron, en febrero de 1995 y coincidiendo con uno de los últimos periodos de sequía, todos los obispos de Andalucía occidental, aunque en aquella ocasión se ciñeron a las oraciones específicamente previstas para la petición de lluvias en el Misal Romano. Idéntica petición, aunque de acuerdo a la liturgia islámica, había realizado, tres años antes, el rey Hassan II de Marruecos para que se tuviera en cuenta en todas las mezquitas del país.

La utilidad de estos ruegos va más allá del valor que le otorgan los creyentes ya que, en algunos casos, constituyen la única referencia histórica que se puede utilizar para situar periodos de sequía en épocas remotas. Con frecuencia los propios meteorólogos, al evaluar un periodo en el que han disminuido de forma alarmante las precipitaciones, suelen asegurar que se trata del ciclo más seco “desde que hay registros”. Pero, ¿desde cuándo hay registros?

“En España”, precisa el meteorólogo Inocencio Font, “aunque las observaciones meteorológicas mediante instrumentos se iniciaron en Madrid en 1737, las pluviométricas no lo hicieron hasta finales del siglo XVIII, y aún así, desgraciadamente, debido a diversas vicisitudes, incluido el vandalismo de las tropas napoleónicas, la mayor parte de estos registros fueron destruidos o extraviados, por lo que sólo disponemos de dos series de datos pluviométricos que superen los 150 años, iniciadas a principios del siglo XIX en Madrid y San Fernando (Cádiz)”.

Este tipo de registros se fueron extendiendo, poco a poco, a la mayoría de las capitales y, así, uno de los primeros registros fiables que se han conservado es el procedente del Observatorio de la Encarnación (Sevilla), en el que se anotan las precipitaciones del periodo 1865-1874, y en el que aparece una brusca disminución de las lluvias en los años 1869 y 1874. Recurriendo a archivos similares, Font señala diferentes periodos de sequía situados en los periodos 1876-80, 1920-34, 1940-55, 1980-84 y 1990-95, siendo éste último el más acusado de todos.

Sin embargo, aún se puede retroceder más en el tiempo acudiendo a los archivos eclesiásticos y municipales en los que han quedado registradas las rogativas pro pluvia. Incluso es posible recurrir a otros relatos históricos como el del autor musulmán Ibn Hayyán, que en el año 936 relata una intensa sequía en tierras andaluzas, posiblemente la primera de la que ha quedado testimonio escrito. “Fue este el año más seco de los años conocidos en ella [en al-Andalus], pues no cayó una gota de lluvia ni llegó a mojarse el suelo”, asegura Ibn Hayyán. Cinco años después, en el invierno de 941-942, el mismo historiador cordobés ofrece noticias de una nueva sequía durante la que “se secaron los aljibes, se interrumpió la labranza y aumentó la esterilidad”, sequía que obligó a organizar diferentes rogativas.

La ordenada liturgia que la Iglesia católica organizó en torno a estas peticiones de lluvia permite interpretar la gravedad de las diferentes sequías, como ha estudiado, entre otros, Mariano Barriendos, especialista del grupo de Climatología de la Universidad de Barcelona. De esta manera, si lo que se anotan son oraciones especiales en las misas, la intensidad del fenómeno es baja y tan sólo se trata de acciones preventivas. Aún dentro del templo, si se exponen reliquias o imágenes es porque la ausencia de lluvias comienza a causar daños, aunque poco importantes, en la agricultura. La pérdida parcial de las cosechas obliga a salir de la iglesia y a procesionar por la localidad en cuestión, procedimiento que suele indicar la aparición de una sequía severa. Si las reliquias o imágenes se someten a una inmersión en agua (procedimiento que terminó siendo prohibido por los daños que se ocasionaban a estos elementos) la ausencia de lluvias es extrema, con pérdida de la práctica totalidad de las cosechas. Los episodios catastróficos, en donde aparece una crisis de subsistencia, suelen señalarse con peregrinaciones a santuarios de especial veneración.

Los excesos hídricos, episodios de precipitaciones prolongadas o intensas, también tienen su reflejo documental, como explica Barriendos, de manera que los especialistas que se ocupan de la meteorología histórica pueden, asimismo, rastrear estas evidencias en los más antiguos archivos parroquiales. Cuando las lluvias se extendían durante un largo periodo de tiempo, amenazando cultivos y otras propiedades, la Iglesia católica organizaba las rogativas pro serenitate que hoy, a diferencia de las que reclaman agua, prácticamente han desaparecido de la liturgia. Hoy, por tanto, somos más vulnerables a la escasez que al exceso.

Pero, ¿son realmente fiables estas fuentes o, por el contrario, su valor está condicionado al capricho de quién organizaba estos ruegos? Barriendos expone al menos tres argumentos que, a su juicio, otorgan suficiente rigor a estos registros. En primer lugar, al ser actos litúrgicos estaban sometidos a un estricto control institucional que, en determinados periodos, era ejercido por la temida Inquisición, de manera que no era fácil hacer un mal uso de las rogativas. Al mismo tiempo se desarrollaban de acuerdo a un cierto equilibrio entre administraciones civiles y religiosas. “Es decir, mientras que a la Iglesia le podía interesar su sobredimensionamiento o uso excesivo por propio lucimiento o prestigio social, a los gobiernos municiales no les interesaba en absoluto este abuso pues los costes económicos de todas y cada una de las rogativas que determinaban tenían que ser abonados a la Iglesia, gastos de los que queda constancia en los libros de contabilidad municipales”. Y, por último, tanto en las actas municipales como capitulares, intervenían y daban fe de la veracidad de lo registrado notarios públicos o personas de rango similar.

La meteorología histórica, que hasta la década de los 80 apenas llamó la atención de los científicos españoles, es hoy una disciplina en expansión cuya utilidad podría ser decisiva, por ejemplo, en los trabajos que giran en torno al cambio climático, necesitados de series históricas fiables. Un volumen ingente de registros documentales están pendientes de análisis, no sólo en el territorio nacional, sino también en aquellos países que un día integraron nuestra extensa nómina de colonias.

Tensiones en seco

El Sistema Español de información sobre el Agua (Hispagua), puesto en marcha por los ministerios de Fomento y Medio Ambiente, advierte en su página web (http://hispagua.cedex.es/) que las sequías, en territorio peninsular, “no son un fenómeno reciente, como algunos podrían creer”. También en este caso se citan las crónicas recogidas en Andalucía durante el califato de Abderramán III, y los diferentes registros de rogativas católicas que aparecen en archivos parroquiales de todos el país.

También se anotan los terribles efectos de algunas sequías ya olvidadas, como la que se produjo en torno al año 1930. En este caso, la ausencia de lluvias “acrecentó la tensión social y política que se venía arrastrando desde hacía años”. En los latifundios se redujo la contratación de mano de obra, por lo que los campesinos reclamaron tierras para poder subsistir. De alguna manera este fenómeno meteorológico precipitó la proclamación de la II República en abril de 1931.

Lo cierto es que la sequía tiene efectos directos en la agricultura, en los terrenos forestales (que son más vulnerables a los incendios), en la ganadería, en la industria, en el medio ambiente y en la gestión del agua (con perturbaciones en la calidad y/o suministro de la misma), pero también son notables los efectos indirectos, que pueden ocasionar alteraciones en el comercio, las finanzas, el turismo, la salud pública, el empleo o la política (los clásicos enfrentamientos entre comunidades autónomas a cuenta, por ejemplo, de los trasvases).

Según detalla Hispagua, la brusca disminución de precipitaciones puede originar “un incremento de las enfermedades cardiovasculares, las alergias y las infecciones respiratorias”, y en lo que se refiere al mercado de trabajo “la sequía se traduce en un menor soporte socioeconómico reflejado en un aumento del desempleo”. Durante el periodo de sequía 1992-1995 se anotó, a escala nacional, un notable decremento de la producción agrícola, que se cifró en pérdidas anuales de entre 200.000 y 300.000 millones de pesetas, junto a una duplicación de los seguros agrarios contratados para los cultivos de secano (pólizas por las que se desembolsaron 750.000 millones de pesetas).

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No puedo resistirme a la invitación del hashtag #dmagua con el que en Twitter estamos celebrando el Día Mundial del Agua. Esta es mi contribución. Estas son mis cuentas del agua, las que hice por invitación de la revista GEO y la Universidad de Sevilla no hace mucho tiempo…

Durante largo tiempo, el hombre, en su afán por encontrar algún rastro de vida más allá del planeta Tierra, miró al cielo buscando una señal inteligente, rastreó la superficie de los planetas del Sistema Solar tratando de adivinar los vestigios de alguna civilización oculta o extinguida y, por fin, fue capaz de enviar sondas robotizadas a mundos desconocidos. ¿Qué deberían identificar estos artefactos para asegurar la existencia de vida? ¿Qué elemento certificaría que no estamos solos en el Universo?

Frente a la complejidad que cabe imaginar en un empeño de esta naturaleza, basta una gota de agua, una simple gota de agua, para albergar esperanzas de vida. Ya sea en un cráter marciano, en los polos lunares o en el núcleo del cometa Tempel, la búsqueda de este elemento, que ocupa el 71 % de la superficie terrestre, concentra hoy los esfuerzos de aquellos científicos para los que nuestra húmeda atmósfera es una frontera demasiado cercana.

Y mientras lanzamos la mirada a millones de kilómetros de distancia, el agua del planeta Tierra, la que hace posible nuestra vida, la que sostiene nuestra compleja biodiversidad, recibe un trato que en nada se corresponde con su importancia. La derrochamos y contaminamos como si fuera un bien infinito, y condenamos a una muerte temprana a aquellos terrícolas, más de mil millones, que no pueden alcanzarla en la cantidad o la calidad necesarias.

Si prescindimos del agua salada que atesoran los océanos (el 97,5 % de toda el agua que se reparte por el planeta), y de la que, aún siendo dulce, se concentra en los casquetes polares, los glaciares o los acuíferos profundos (un 2,24 %), el volumen de agua dulce accesible apenas representa el 0,26 % del total. Y, para colmo, se reparte de forma desigual y su disponibilidad, sin contar con las alteraciones causadas por el hombre, está sometida a múltiples factores, sobre todo climáticos. De esta manera, y tomando como referencia las estimaciones de la ONU, el volumen de agua dulce potencialmente accesible varía, según los años, entre los 35.000 y los 50.000 kilómetros cúbicos, aunque, en realidad, sólo está en condiciones de ser aprovechada una fracción que oscila entre los 9.000 y los 12.000 kilómetros cúbicos. Seamos optimistas admitiendo la opción más favorable: 12.000 billones de litros. ¿Suficientes?

Si tenemos en cuenta que, a escala planetaria, la agricultura precisa alrededor del 90 % de estos recursos y que la demanda industrial se sitúa en torno al 4 %, todavía nos quedan, para consumo humano, más de 700 billones de litros. Seamos optimistas y no sigamos restando, aunque para ellos tengamos que negar la evaporación o la presencia de residuos que inutilizan este líquido vital. ¿Cuánto nos queda? Imaginemos un escenario equitativo, aunque irreal. Repartamos el agua disponible sin distinciones de ningún tipo y, de acuerdo a estas cifras, concedámosle, así, más de 100.000 litros de agua por año a cada habitante del planeta o, lo que es lo mismo, alrededor de 270 litros por día. ¿Suficientes?

A juicio de la Organización Mundial de la Salud, un hogar que disponga de un buen sistema de suministro, sin interrupciones y a través de numerosos grifos, puede cubrir todas las necesidades básicas (hidratación, higiene, limpieza y preparación de alimentos) con unos 100 litros de agua por persona y día, sin someterse a ningún riesgo sanitario. Incluso con 50 litros de agua por persona y día, advierte este organismo internacional, podrían cubrirse esas necesidades básicas, aunque el nivel de seguridad sanitaria descendería. Las cuentas, por tanto, nos otorgan un cierto excedente, aunque nuestro escenario, por desgracia, sea equitativamente irreal.

Los niños nacidos en países desarrollados consumen entre 30 y 50 veces más agua que los nacidos en países en desarrollo. En zonas de extrema pobreza una persona sobrevive con apenas cinco litros de agua al día, mientras que en España los inquilinos de una sencilla vivienda unifamiliar pueden llegar a demandar más de 300 litros por jornada. Esta es la realidad, y por eso nuestros cálculos, aunque equitativos, no tienen ningún sentido.

En estas circunstancias no resulta exagerado hablar de las futuras “guerras del agua”, conflictos que, aún de forma larvada, ya se están manifestando en algunos territorios, sobre todo de Oriente Medio y América del Sur, donde el control de este elemento supone, más allá de un factor de desarrollo, una cuestión de simple supervivencia.

Además del pésimo reparto, la demanda sigue creciendo por encima, incluso, de la explosión demográfica: entre 1900 y 1995 la demanda de agua en el mundo se multiplicó por siete, más del doble del crecimiento experimentado por la población. Y para complicar aún más este negro panorama, la disponibilidad de agua decrece a manos de un modelo de desarrollo insostenible: hoy la contaminación afecta a unos 12.000 kilómetros cúbicos de agua dulce, cifra que, en 2050, podría llegar a los 18.000 kilómetros cúbicos.

Cada vez resulta más difícil cuadrar las cuentas y, sin embargo, al agua se le concede hoy más valor cuando, en cantidades ridículas, somos capaces de encontrarla a millones de kilómetros de nuestro planeta, que cuando escasea en nuestra propia ciudad. Con el paso de los siglos, el respeto a este elemento se ha ido diluyendo y por eso ahora, en un intento desesperado de corregir este rumbo suicida, se alzan voces que reclaman una “nueva cultura del agua”. ¿Nueva?

Hace bien poco leía un magnífico artículo de Carlos de Prada referido a la presencia de los cursos de agua en la obra de Homero, un buen ejemplo de esa otra mirada que se fue oscureciendo con el paso de los siglos. En la mitología griega los ríos tenían la consideración de dioses, tenían personalidad propia. En la literatura clásica, en la Odisea o en la Ilíada, los ríos no sólo son elementos del paisaje, son auténticos personajes que se relacionan, de igual a igual, con los héroes, y estos se refieren a ellos con palabras que revelan un profundo respeto.

Durante la época árabe, de la que conservamos importantes señas de identidad, el agua era, asimismo, objeto de altísima consideración. En la España islámica los tratados de hisba, o de control de los mercados, por ejemplo, incluían múltiples referencias al saneamiento urbano, y, así, prohibían arrojar basuras e inmundicias en determinados puntos de zonas poco frecuentadas pero muy valiosas, como las orillas de los ríos.

El agua era un elemento de gran importancia en la sociedad hispano-musulmana, ya que a su utilidad como bien indispensable para la vida unía su valor religioso, que se concretaba en las fuentes y pabellones para las abluciones de las mezquitas. Pero, además, tenía un gran valor estético, algo que se manifiesta con singular fuerza en la Alhambra de Granada. Acueductos, norias, molinos, aceñas, aljibes, desagües y baños, son el testimonio de que la España islámica sobresalió como comunidad modélica en el uso racional del agua.

El poso de todo este patrimonio cultural, que otorgaba al agua un enorme valor, se ha conservado en algunas comarcas, como en los almerienses Campos de Níjar, curiosamente en forma de mitos y leyendas bajo los que se esconde, en definitiva, ese profundo respeto a un elemento escaso y primordial para la vida. En torno a los aljibes y otros depósitos de agua se han tejido multitud de leyendas, en las que intervienen brujas, aparecidos, duendes y fantasmas. Esta mitología pretende evitar accidentes, sobre todo de niños que pudieran caer a estos tanques, pero también la defensa de un bien escaso. Por eso, las historias con elementos sobrenaturales se repiten de igual manera en otras comarcas españolas y para otros espacios como pozos, norias o canalizaciones.

Estos son hoy algunos de los restos de una cultura, la del agua, que fue arrasada con la llegada de un supuesto progreso, de un modelo de desarrollo que se olvidó del río y se concentró en el puente, en la obra del hombre y no en la de la naturaleza. De esta manera triunfó la visión puramente utilitarista, de manera que los ríos terminaron por convertirse en simples colectores de agua, cuyo valor se reduce a su capacidad para evacuar residuos, para producir electricidad o para aportar recursos a la agricultura o el abastecimiento urbano.

Dejaron así los ríos de ser esos dioses con personalidad propia, esos cuerpos vivos, complejos y dinámicos que hacen posible no sólo la vida, sino que, además, aportan elementos lúdicos, estéticos, simbólicos y hasta religiosos a nuestra existencia. Los paisajes del agua, fundamentales en las culturas mediterráneas, comenzaron a ser literalmente arrasados. Lo que era un activo ecológico y social se convirtió en un mero recurso productivo.

Hoy casi nadie piensa en un río como un lugar donde bañarse o donde introducir las manos para beber un poco de agua fresca, y quien esto piense es, como mínimo, un temerario que se expone a contraer alguna grave enfermedad. Con frecuencia reparamos en los ríos porque sobre ellos hay puentes. Cuando el sabio señala a las estrellas, sólo los tontos se fijan en el dedo… Cuando el sabio señala el río, sólo los tontos se fijan en el puente… El tonto mira al puente, a la acequia, a la central hidroeléctrica, y no al agua que hace posible todos estos aprovechamientos.

Paradójicamente, este discurso dominante estamos obligados a ponerlo en cuestión cada cierto tiempo, querámoslo o no, porque aquí, en las tierras del Mediterráneo, el clima es caprichoso y extremo, y nos somete, cada cierto tiempo, a intensos periodos de sequía. En España solemos reflexionar en torno al agua cuando ésta escasea, y entonces nuestro discurso se contamina de argumentos pasionales, y lo que deberían ser grandes acuerdos se convierten en cruentas batallas. No son los momentos de crisis hídrica los más adecuados para establecer estrategias que solucionen los problemas de la gestión de este recurso, y, sin embargo, las decisiones más trascendentales se suelen tomar justamente en esos momentos de alarma.

Este es nuestro absurdo ciclo hidro-ilógico: si el agua es abundante nos olvidamos de ella, nos concentramos en el puente, la derrochamos, la maltratamos, la contaminamos. Pero cuando escasea, entonces tratamos de mimarla, y limitamos su uso (a menudo con criterios absurdos, que castigan los aprovechamientos urbanos y no los agrícolas o los industriales), la llevamos de un sitio a otro, la entubamos, tratamos de almacenarla donde sea y cómo sea, alabamos su valor, lamentamos su contaminación. En fin, nos olvidamos del puente y buscamos el agua que debería pasar bajo él. Y cuando por fin llueve, volvemos al punto original de este ciclo hidro-ilógico, retomamos de nuevo este absurdo camino circular.

Y mientras todo esto ocurre, los humanos, en un aparente signo de civilización y progreso, buscamos agua en los confines del Universo, convencidos de que lo que nos sostiene es el puente, aunque bajo sus arcos, bajo nuestros pies, comience a dibujarse un negro abismo seco.

 


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