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Contaminantes, radiación solar y altas temperaturas, el cóctel perfecto para crear una dañina “atmósfera de verano” en la que se disparan los niveles de ozono troposférico.

 

La advertencia forma parte ya de las rutinas del verano pero no por ello debería provocar indiferencia y, menos aún, apatía o inacción. Pero mucho me temo que, este verano también, pasaremos de puntillas sobre un problema (uno más) que tiene un impacto innegable en nuestra salud.

El tiempo estable y las elevadas temperaturas con las que se ha estrenado el mes de septiembre, junto al aumento del tráfico rodado y el consumo energético (algo característico del fin de las vacaciones), explican que desde la pasada semana, y al igual que ha ocurrido en otros momentos del estío, se hayan vuelto a disparar los niveles de ozono troposférico en numerosas zonas del país.

Ecologistas en Acción es quien advierte de esta circunstancia que afecta a la salud, sobre todo de colectivos vulnerables (ancianos, niños y personas aquejadas de alguna enfermedad respiratoria), pero también daña a la vegetación, ya sea silvestre o cultivada. Los niveles más elevados de este contaminante, señala la nota de esta organización, se están registrando en el interior de Galicia y el norte de Castilla-León, el norte de Madrid, el interior de Cataluña y Valencia, el valle del Ebro, Andalucía occidental y Extremadura.

Aunque se trata del mismo elemento, nada tiene que ver este ozono, que se concentra a baja altura (troposférico), con aquel otro que se dispone en la estratosfera, a unos 20 kilómetros de altura, y que nos protege de las radiaciones ultravioletas.

El ozono que se acumula cerca del suelo se produce al reaccionar óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles en presencia de una radiación solar intensa, lo que explica que los índices más elevados de este contaminante comiencen a registrarse en primavera y disminuyan a partir del otoño. Los óxidos de nitrógeno tienen su origen, sobre todo, en las emisiones de los vehículos a motor, mientras que los compuestos orgánicos volátiles proceden de los gases de combustión, de la evaporación de combustible en depósitos y estaciones de servicio y de algunos disolventes.

Cuando se combinan estos elementos (contaminantes, radiación solar y elevadas temperaturas) comienza a generarse ozono en grandes cantidades. Si, además, el régimen de vientos no ayuda a la dispersión de este gas, pueden alcanzarse elevadas concentraciones en zonas pobladas. Se trata de un gas altamente tóxico, con propiedades oxidantes, que causa daños en la vegetación, en distintos materiales y en la salud de las personas que lo respiran.

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La foto corresponde a Londres y fue tomada en noviembre de 1953, hace más de 60 años, en una de esas jornadas en la que el smog hacía imposible la respiración. En el invierno de 1952, y en tan sólo cinco días de intensa contaminación atmosférica, cerca de 3.500 personas murieron por complicaciones respiratorias en la capital británica. El problema viene de lejos, sus efectos son evidentes, conocemos la solución, pero…

 

Este fenómeno, que como digo se repite todos los veranos, es un buen ejemplo de la complejidad que manifiestan la mayoría de los problemas ambientales, complejidad que no admite soluciones rápidas ni sencillas y que, en la mayoría de los casos, nos remite a una cuestión nuclear que es, en definitiva, la que todo lo explica y todo lo complica: un modelo de desarrollo basado en el consumo desproporcionado e insensato de combustibles fósiles.

Dicho de otra manera, ¿se reducen los niveles de ozono troposférico limitando, por ejemplo, y de manera radical, la circulación de vehículos a motor? Sí… y no.

El peculiar y complejo proceso que da lugar al ozono troposférico hace que sea muy difícil combatir la presencia de este gas en la atmósfera urbana. En principio, las medidas más razonables pasan por evitar la emisión de los agentes que dan lugar a este contaminante. Es decir, deberían reducirse los vertidos a la atmósfera de óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles, algo que, es cierto, puede conseguirse reduciendo el tráfico de los vehículos a motor.

Sin embargo, este tipo de medidas pueden tener un efecto opuesto al que se persigue. En grandes ciudades, donde el nivel de contaminación atmosférica es apreciable, los óxidos de nitrógeno recién emitidos pueden combinarse inmediatamente con el ozono provocando que la concentración de este disminuya. Esta y otras reacciones químicas similares hacen que, a veces, al controlar con la mejor intención las emisiones de óxidos de nitrógeno el ozono se dispare. Es lo que los expertos denominan efecto fin de semana, curioso fenómeno observado en algunas ciudades europeas donde la contaminación por ozono troposférico alcanza sus mayores niveles en días festivos, justo cuando disminuye el tráfico y con él las emisiones de óxidos de nitrógeno.

En estos casos la mejor estrategia pasa por reducir los compuestos orgánicos volátiles y mantener cierta concentración de óxidos de nitrógeno. Pero, para complicar aún más las cosas, esta fórmula debe invertirse en las zonas que no están sometidas a una gran contaminación atmosférica, como sucede en ciudades de pequeño tamaño. También es frecuente que los mayores niveles de ozono troposférico se midan en la periferia de las grandes ciudades y no en el mismo casco urbano. En definitiva, hay que enfrentarse a un caldo fotoquímico cuya composición y reacciones son variables, por lo que también la receta para combatirlo es diferente en cada caso y exige información precisa, y en tiempo real, de lo que ocurre en esa parcela de la atmófera.

Ningún problema complejo admite soluciones simples, aunque en este caso, y en otros muchos, insisto, el comienzo de la solución pasaría por una apuesta, política y ciudadana, mucho más decidida a favor de las energías renovables. No es una decisión sencilla, ni simple, pero es, sin ninguna duda, la más sensata. Y la tecnología disponible ya nos permite dar este paso. ¿A qué estamos esperando?

 

 

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“¡Por San Cupido, pues! ¡Soldados, al campo de batalla!” Longaville, Dumaine, Berowne y Fernando, rey de Navarra, en el momento crucial del perjuro… (Trabajos de amor perdidos, William Shakespeare)

“Así, antes que halléis la luz en el seno de las tinieblas, vuestra luz se tornará obscura por la pérdida de vuestros ojos. Estudiad, más bien el medio de regocijar vuestros ojos fijándolos en otros más bellos, que aunque os deslumbren, al menos os servirán de gula y os devolverán la luz que os hayan robado”

(Berowne, Acto I-Escena I, “Trabajos de amor perdidos”, William Shakespeare)

Un Shakespeare ligero, sí… Un poco farragoso, vaaale… Distraído en ocasiones, también…. pero Shakespeare-Shakespeare, con esos fogonazos de lucidez que salpican un parlamento frenético en el que se mezclan la poesía, el humor, el amor, la melancolía…

Anoche, para celebrar… esto… ¿qué celebrábamos?

Anoche, celebrando el verano y sus encuentros imprevisibles, disfrutamos de un Shakespeare ligero, sí… pero Shakespeare-Shakespeare.

Anoche, celebrando la madrugada madrileña, tan fresca y revoltosa, nos llevamos a Shakespeare hasta la azotea del Círculo de Bellas Artes y allí lo olvidamos, en las sencillas copas de vino y en los platos más sofisticados, porque, como siempre, nos pudo la urgencia de narrar, la intensidad de narrarnos. Y también las risas, también nos pudieron las risas que siempre adornan nuestros encuentros

Anoche, celebrando que el tiempo y la salud a veces son benevolentes, nos asomamos, sin vértigo, al filo de la madrugada. ¡Qué bonita lucía la gran ciudad, con sus luces y sus sombras! ¡Qué suerte poder compartir una manera de mirar al mundo en la que manda la alegría y no la pesadumbre, en la que improvisar es vivir! Un paréntesis en donde no hay sitio para la melancolía, esa señora, gris, que nos paraliza y aburre.

“La convirtió en melancólica, triste y apesarada, hasta que murió. De haber sido tan ligera como vos, de un humor tan alegre, vivo y revoltoso, no hubiera muerto sin ser abuela. Lo que os sucederá a vos, pues un corazón encendido vive mucho tiempo”

(Catalina a Rosalina, Acto V-Escena II, “Trabajos de amor perdidos”, William Shakespeare)

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De la ya mítica serie “he-pillado-dos-entradas-con-la-remuneración-de-la-chapa” (yo me entiendo), adjunto la imagen probatoria correspondiente a la función shakesperiana/madrileña que tuvo su prólogo/jamonero en Príncipe y su epílogo/cool en la azotea del CBA. Ahí es ná…

¡Qué tipo más listo era Shakespeare! En cualquier obra, por intrascendente que parezca, encuentras una perla en mitad del océano, una luz en la niebla, una explicación, un argumento, un consuelo…

Podría pasar por una típica comedia dedicada a los embrollos del amor, una de las obras más extravagantes y menos conocidas de Shakespeare o un simple entretenimiento, jocoso, sin mayores pretensiones. Pero no, todo eso es verdad y serviría para explicarnos a otros muchos autores pero, cuidado, estamos hablando de Shakespeare que, una vez más (aunque sea de forma un tanto distraída y ligera), se asoma, como nosotros mismos, al filo del balcón desde donde se contemplan las luces y las sombras de la condición humana: el amor frente a la erudición, el final feliz que no termina de ser ni final ni feliz, el misterioso pulso vital que enfrenta a mujeres y hombres, las leyes del corazón (y sus caprichos), la cobardía vencida, la falsa valentía, el poder, la mentira, la inútil inteligencia sin sabiduría, el absurdo amor sin juego, y la risa, claro, la risa que todo lo entiende y todo lo explica…

¿Cómo es posible que alguien te hable desde el pasado sabiendo lo que habrá de ocurrir en el futuro? ¿Cuántas personas distintas, con sus miedos y sus esperanzas, habitaban en la imaginación de William? ¿Por qué nos conocía a todos?

¡Qué tipo más listo era Shakespeare!

“Tal es la doctrina que extraigo de los ojos de las mujeres, que centellean siempre como el fuego de Prometeo. Ellas son los libros, las artes, las academias; que enseñan, contienen y nutren al universo entero. Sin ellas nadie puede sobresalir en nada. Por eso erais unos insensatos al abjurar de las mujeres, y lo seríais más aun si mantuvierais vuestro juramento. En nombre de la sabiduría, palabra que todos aman; en nombre del amor, vocablo que a todos gusta; en nombre de los hombres, autores de las mujeres; en nombre de las mujeres, por quienes han sido engendrados los hombres, olvidemos una vez más nuestros juramentos para acordarnos de nosotros mismos, si no queremos olvidarnos, guardando nuestros votos. La religión pide que perjuremos de esta suerte. La caridad colma la ley. Y ¿quién podría separar el amor de la caridad?

(Berowne, Acto IV-Escena II, “Trabajos de amor perdidos”, William Shakespeare)

 

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Con Shakespeare todavía en el paladar nos asomamos, sin vértigo, al filo de la madrugada. ¡Qué bonita lucía la gran ciudad, con sus luces y sus sombras! ¡Qué suerte poder compartir una manera de mirar al mundo en la que manda la alegría y no la pesadumbre, en la que improvisar es vivir! Así lucía Madrid, desde la terraza del Círculo de Bellas Artes, una noche de julio, una noche de verano…

 

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Bahía de Cádiz, 23 de julio de 2015, primeras luces… “Me voy por la mañana / a ver el sol nacer…” (Foto: José Mª Montero)

Me despedí de la bahía, en luna menguante, mirando la danza de Júpiter y Venus sobre el Campo de las Balas. Pedí un deseo cuando una estrella fugaz, diminuta, señaló el castillo de Santa Catalina. Dejamos que el poniente nos abrigara y que esa misma brisa atlántica se llevara, camino de La Caleta, la última emoción furtiva, la que se encendió, la que se incendió, con una canción (casi) a capella.

Me despedí de la bahía sin saber que había vuelto al punto de partida con la rara exactitud de los relojes. Paré y pacté. Dejé que el tiempo pasara, muy lento, y que el calendario de las ciudades del mundo no se detuviera. Me guardé, una a una, todas las piedritas en los bolsillos y me entregué a un silencio que, protegido entre delicados corchetes, estaba en todos los rincones menos en las circunvoluciones de mi cerebro (donde los recuerdos seguían, alborotados, jugando al escondite).

Me embarqué, ya en luna creciente, para volver a pisar Cádiz, y me di el gusto de ver amanecer antes de tocar tierra. Poco a poco las primeras luces fueron pintando las olas y luego, en un suave tono naranja, la línea del horizonte. Desde allí, a lo lejos, me lanzaron un reflejo (¿un guiño?) las cristaleras cómplices.

Me perdí por Cádiz, como siempre, y mis ojos, sin gafas, descubrieron que no sólo en Barcelona o en Estrasburgo la ciudad tenía escondidos mensajes cifrados sino que también aquí, en las callejas de la Viña y del Pópulo, la ciudad hablaba de sueños, de sonrisas o de poesía. Palabras escondidas. Palabras viajeras. Palabras.

 

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En mi móvil guardé las palabras que se escondían en los escaparates de Cádiz y también las que, en negrita, viajaron desde lejos, en una rara sincronía, para acompañarlas. Foto: José Mª Montero

PD: Hoy es 7 de agosto y, por tanto, la Tierra, como en aquel pequeño vals, ha dado una vuelta completa alrededor del Sol para dejarme exactamente en el mismo lugar. ¿Somos nosotros los que, de manera mansa e imperceptible, volvemos al punto de partida, una y otra vez, o es el universo entero el que gira para regalarnos una segunda oportunidad? Convencidos de que el curso del tiempo es lineal e irreversible no admitimos esos misteriosos bucles a los que tanto esfuerzo dedican poetas y físicos, emparejados, aunque resulte extraño, en la búsqueda de una explicación a esa paradoja que traiciona los relojes, los calendarios y las agendas.

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Frida, en su sana despreocupación, administra el batiburrillo de libros que se amontonan en la mesa del porche, los olisquea y los ignora, quizá porque todo lo que explican ella ya lo sabe (Foto: JMª Montero)

Creo que la pasión lectora que este verano se ha apoderado de mi no me visitaba desde Bachillerato, aunque, en realidad, se parece, sobre todo, al apetito literario de aquellos primeros años de Universidad, donde lo devoraba casi todo, con desigual criterio, tratando de educar mi apetito con sabores absolutamente dispares.

¿Quién dijo que escribir es difícil? A veces lo que más cuesta es no escribir, y quizá esa obligada contención, a la que me estoy entregando este verano casi como un sacerdocio, es la que explica la necesidad desmedida de leer, y leer, y leer… y releer. Si no puedo explicarme, al menos que sean otros los que se expliquen, y me lo cuenten, en silencio, al borde del mar, en el porche que mira al jardín o entre los pliegues de la almohada (bien pasada la medianoche).

El cóctel que he elegido y que, como siempre, queda bajo la atenta administración de Frida, mezcla géneros, territorios y épocas de acuerdo a un orden que no comprendo pero que seguro existe. Si leo lo que leo… por algo será. Por ejemplo, sólo leo a Llamazares en verano, ¿por qué? Mezclo la poesía clásica (Catulo, 86 a.C. – 40 a.C.) con la de última hora (Irene X, una aragonesa que no ha cumplido los 25) y con la de siempre (Benedetti, al que vuelvo buscando piedritas), pero ¿tiene algún sentido esta mezcla? Mis comisarios favoritos siguen siendo mediterráneos (Montalbano de Camilleri, Jaritos de Márkaris) o ibéricos de pata negra (los picoletos Bevilacqua y Chamorro, de Silva), pero entre medias, y de la mano de una amiga, se me ha colado un militar islandés (el coronel Keimppainen, de Paasilinna), ¿a qué viene este disparate geográfico? Me consuelo en Patti Smith (releo, emocionado, Éramos unos niños) y me acojono con la última novela de David Trueba (Blitz, cuyo comienzo no dejo de aplazar para protegerme, convencido que va a retomar el hilo a partir de uno de los pocos párrafos que me gustó de la fallida Saber perder), ¿a qué viene tanto sentimiento pegado a unas letras? Y entre medias, para enredar aún más este aparente sinsentido, picoteo en Schopenhauer (agudo aunque políticamente muy incorrecto), en Calamaro (tan excesivo y disperso en sus escritos como en sus canciones), en Gil de Biedma (para no abandonar los excesos, ni la intensidad) o en Dylan (un malafollá imprescindible cuando hay que conducir, solo y de noche, camino a no se dónde, y entonces te acuerdas de que te han regalado Bob Dylan at Budokan en CD: sí, ese mismo, el que perdiste o regalaste hace treinta años…).

Las letras de este verano me quieren decir algo, pero no tengo ni idea de qué es lo que me quieren decir… Ahí van algunas pistas cazadas con el rotulador verde:

Bueno, ¿y qué era? Todavía no lo sé. Me atraían sus ojos, su voz, su cintura, su boca, sus manos, su risa, su cansancio, su timidez, su llanto, su franqueza, su pena, su confianza, su ternura, su sueño, su paso, sus suspiros. Pero ninguno de estos rasgos bastaba para atraerme compulsiva, totalmente. Cada atractivo se apoyaba en otro. Ella me atraía como un todo, como una suma insustituible de atractivos, acaso sustituibles. (…) Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.” (La tregua, Mario Benedetti)

El tiempo y la naturaleza, que son sabios, nos permiten reemplazar las capas de alegría y de ilusión que nos van arrancando por capas de comprensión y serenidad, sostenidas en la intuición de que, junto a lo que va deshaciéndose por el camino, hay algo que construimos y que no puede perderse, algo que terminamos siendo y desde donde nos cabe resistir.” (Los cuerpos extraños, Lorenzo Silva)

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Libros que no me canso de leer porque me emocionan como el primer día. Es la vida. Sin más. (Foto: JMª Montero)

Yes, I believe it’s time for us to quit
When we meet again
Introduced as friends
Please don’t let on that you knew me when
I was hungry and it was your world.
Ah, you fake just like a woman, yes, you do
You make love just like a woman, yes, you do
Then you ache just like a woman
But you break just like a little girl.” (Just like a woman, Bob Dylan)

A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.

(Himno a la juventud, Jaime Gil de Biedma)

Al menos estoy segura de algo: yo no quiero a alguien seguro de lo que quiere. Yo quiero a alguien seguro de que me quiere. Y ya está. Que nunca deje de dudar, pero que me tenga claro. Que me tenga, claro. Y que me ame oscura.” (Grecia, Irene X)

Hoy, frente a San Antonio, tampoco encontró ese espejo, tan sólo el de los cristales de las ventanas de los hoteles que miran a la bahía, pero lo encontrará mañana, cuando vuelva a emerger por Portinatx y se refleje en las buganvillas de toda Ibiza, que son tantas como estrellas hay esta noche en su firmamento. Seguramente, también, la mayoría se agitarán con la brisa que acompaña siempre al amanecer e incluso alguna perderá parte de sus flores, que pasarán a integrar la tierra como las estrellas que se deslizan desde hace rato por la bóveda del cielo lo hacen de la piel de éste y como los recuerdos pasan a formar parte de nuestra biografía. Es el destino de todo lo que se cae, de todo lo que se mueve, ya sea en el cielo, ya sea en la tierra. O en nuestro corazón, que también tiene estrellas y flores como esta noche de San Lorenzo“. (Las lágrimas de San Lorenzo, Julio Llamazares)

Odio y amo. ¿Por qué es así, me preguntas? No lo sé, pero siento que es así y me atormento” (Epigrama 85 – Amor y odio, Catulo)

El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear“. (Saber perder, David Trueba)

La luz entraba a raudales por las ventanas y bañaba sus fotografías y el poema que componíamos nosotros dos sentados por última vez. Robert muriéndose: creando silencio. Yo, destinada a vivir, prestando oído a un silencio que tardaría toda una vida en expresar“. (Éramos unos niños, Patti Smith)

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En algunos libros también se esconden anotaciones-al-margen que explican cómo, dónde y a qué hora se hicieron vivas esas letras (Foto: JMª Montero)

 

 

Aunque la distancia no pueda con la memoria, busco el calor como las aves migratorias, porque pedir perdón de nuevo ya no sirve para nada. (…) Es que partir es morir un poco. A veces, optar entre un entorno seguro que te abriga y que te espera, y elegir la libertad desesperada de inventarse cada día es una decisión dramática. No importa la elección, es imposible no arrepentirse“. (Paracaídas &vueltas. Diarios íntimos, Andrés Calamaro).

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Afortunadamente, Frida, en su papel de bibliotecaria de jardín, pone algo de orden en el caos…

 

Tengo unos cuantos libros en la mesilla, otros tantos en la mochila de playa y alguno más extraviado en la casa serrana, y voy de uno a otro sin importarme mucho el orden. Olvido y releo. Me salto párrafos. Marco algunas líneas que me llaman la atención. Mancho las páginas de tinto o de aftersun. Abandono a la tercera página libros que acabo de comprar y vuelvo a repasar libros que he leído mil veces. Me sorprendo de cómo la vida se acerca a la literatura, ¿o es al contrario? Habito en los libros y por eso a veces me resulta difícil distinguir dónde están los límites de la realidad.

Es verano, y en verano leo de manera anárquica, porque ya bastante orden y compostura soporto durante el resto del año…

Durante un momento hubo la posibilidad de que no fueran capaces de hacer el cambio, de verse el uno al otro de forma distinta; no recordarían cómo se produjo el cambio, ni les sería otorgada la gracia, y si eso fuese así, ¿qué estaban haciendo en aquel lugar? Al cerrar él la puerta ella volvió a verle. El perfil de su rostro y la inclinaciónde sus pómulos, una inclinación tártara maravillosa y perfecta. Ella percibió el acto de cerrar la puerta como clandestino e insensible, y supo que no había ninguna posibilidad en el mundo de que no hicieran el cambio. Ya estaba hecho” (Las lunas de Júpiter, Alice Munro)

El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre” (Elogio de la ociosidad, Bertrand Rusell).

Si puedes sentarte en silencio después de recibir noticias difíciles; si en momentos de apuro económico puedes permanecer perfectamente en calma; si puedes ver a tus vecinos viajar a lugares fantásticos sin sentir envidia; si puedes comer cualquier cosa que pongan en tu plato y sentirte tan contento; si puedes dormir después de un día terrible sin tomar un trago ni recurrir a una píldora; si siempre estás contento, estés donde estés, probablemente eres un perro“ (Una lámpara en la oscuridad, Jack Kornfield).

La vida que murmura. La vida abierta.
La vida sonriente y siempre inquieta.
La vida que huye volviendo la cabeza,
tentadora o quizá, sólo niña traviesa.
La vida sin más. La vida ciega
que quiere ser vivida sin mayores consecuencias,
sin hacer aspavientos, sin históricas histerias,
sin dolores trascendentes ni alegrías triunfales,
ligera, sólo ligera, sencillamente bella
o lo que así solemos llamar en la tierra.
(La vida nada más, Gabriel Celaya)
 

…lo más importante que he aprendido al hacer este trabajo es que cocinar nos introduce en una red de relaciones sociales y ecológicas con las plantas, los animales, la tierra, los horticultores, los microbios que hay dentro y fuera de nuestro organismo y, por supuesto, con las personas a las que nutren y deleitan nuestros platos. Es decir, que lo más importante que he aprendido es que cocinar conecta. La cocina –sea de la clase que sea, la cotidiana o la extrema- nos sitúa en un lugar muy especial del mundo, ya que nos coloca entre el mundo natural por un lado y el mundo social por otro. El cocinero permanece firme entre la naturaleza y la cultura, dirigiendo un proceso de traducción y negociación. Tanto la naturaleza como la cultura se transforman mediante el trabajo, y descubrí que el encargado de realizar ese proceso es el cocinero” (Cocinar. Una historia natural de la transformación, Michel Pollan).

El capitán Van Donck era un hombre brutal y simple, que creía en algo, por repugnante que fuera. Era uno de ésos a los que se puede perdonar. Pero a quien Castle nunca podría perdonarle nada era a aquel suave y educado funcionario del BOSS. Los de su especie, los hombres que tienen educación suficiente para saber lo que hacen, son los que organizan el infierno, a pesar del cielo. Pensó en aquello que tan a menudo le había dicho Carson, su amigo comunista: <Nuestros peores enemigos no son los ignorantes ni los simples, por crueles que éstos sean; nuestros peores enemigos son los inteligentes y los corruptos>” (El factor humano, Graham Greene)

 
 
 
 

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Hace poco más de un año dediqué un post a los golpes de calor (https://elgatoeneljazmin.wordpress.com/2011/07/08/golpe-de-calor/), pero con la que está cayendo (son cerca de las 11 de la noche y el termómetro, lejos de la gran ciudad, se resiste a bajar de los 32 grados) no tengo más remedio que volver a hablar del infierno.

Hay quien piensa (sobre todo los bárbaros del norte) que los sureños somos un pelín exagerados cuando relatamos los efectos devastadores del calor. Pero no, las alteraciones que nos provoca la caló no forman parte del folclore sureño, son pura ciencia. Y si no lo creen, ahi van algunos datos…

El cuerpo es capaz de hacer frente a una elevación de la temperatura ambiental disipando con variados mecanismos el calor sobrante. Los más efectivos son la dilatación de los vasos sanguíneos (aparece el característico enrojecimiento de la piel), la sudoración y el descenso de la actividad muscular.

En el plazo de una semana se manifiesta un proceso de aclimatación. Se modifican las frecuencias cardiaca y respiratoria, baja la temperatura corporal, aumenta el volumen de sudoración (hasta tres litros por hora) y se incrementa la eficacia muscular (a igual trabajo se genera menos calor). Sin embargo, cuando las condiciones ambientales adversas se prolongan en el tiempo (temperatura superior a 35 grados y humedad por encima del 60 %), los mecanismos de adaptación comienzan a fallar y el organismo puede terminar por colapsarse, apareciendo el temido golpe de calor. En este vía crucis tienen especial relevancia las temperaturas nocturnas, ya que la sensación de calor es más acusada si durante la madrugada la temperatura se mantiene por encima de los 20-25 Cº, la famosa “barrera del insomnio”.

La disposición psicológica influye en esa capacidad de adaptación. Enfrentarse a una ola de calor con el convencimiento de que puede controlarse la situación ayuda al organismo a hacer frente a un ambiente hostil. Los aumentos moderados de temperatura aumentan la activación, con lo que mejoran los rendimientos en las tareas fáciles y empeoran relativamente en las difíciles. Pasado un cierto punto, en torno a los 35 grados, la activación comienza a disminuir y se hacen cada vez más difíciles tareas como la vigilancia, la conducción de automóviles o el cálculo mental.

En personas sensibles, las habituales conversaciones recurrentes en las que se magnifican los niveles y efectos de las altas temperaturas dificultan la aclimatación psicológica.

La conducta social también resulta modificada en estas circunstancias meteorológicas. Es habitual que aumente la distancia física interpersonal porque buscamos apartarnos de otros individuos como defensa contra el calor que producen. En pruebas de laboratorio se ha comprobado cómo se tiende a calificar peor a desconocidos cuando la temperatura es elevada.

Algunos investigadores han encontrado una correlación estadística entre las olas de calor y el inicio de motines, revueltas y otros desordenes. Si bien las relaciones entre agresividad y temperatura son complejas, parece que los ambientes calurosos favorecen las conductas agresivas en individuos que habitualmente no son irritables y las reducen en personas más temperamentales.

En Andalucia, una ola de calor sirve también para poner en evidencia los diferentes mecanismos de apoyo social que funcionan en áreas urbanas y rurales. Los fallecimientos por golpes de calor se concentran en las grandes ciudades y en personas mayores, mientras que en los pueblos, donde existe un mayor control y apoyo de la colectividad, la tasa de mortalidad es menor.

 

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Las repentinas e inesperadas “olas de calor” no son una rareza en estas tierras del sur. Para lo bueno y para lo malo la clave está en los vientos. En Sevilla cuando soplan del sureste suelen ser de procedencia africana, y en su viaje a través de las cordilleras béticas (Ronda o Grazalema) se recalientan lo suficiente como para convertir la ciudad en un infierno. La tortura acaba, igualmente, de una forma brusca: los vientos cambian a componente suroeste, de procedencia atlántica, y la temperatura máxima llega a caer hasta 10 Cº en apenas 24 horas

En Málaga, sin embargo, los aires africanos se refrescan a su paso por el mar de Alborán y llegan a la costa rebajados de temperatura. En esta capital los que provocan el sofoco suelen ser los conocidos como terrales, vientos procedentes de la meseta y recalentados a su paso por las serranías cercanas a la ciudad.

Al margen de las condiciones que dicta la propia naturaleza, la estructura y la dinámica de las grandes urbes también contribuye a empeorar la situación. La temperatura es más elevada dentro del recinto urbano que en el exterior, un efecto que los  meteorólogos denominan “isla de calor”. No es difícil imaginar quiénes son los responsables del mismo: industrias, aparatos de climatización, automóviles e, incluso, los procesos metabólicos de los mismos ciudadanos. Además, los materiales de pavimentación más comunes (asfalto, cemento o piedra) absorben y conducen el calor más deprisa que un suelo esponjoso y húmedo.

 

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