Feeds:
Entradas
Comentarios

image

Quien ha escrito la reseña afirma, con acierto, que “en pocas ocasiones [Truffaut] dejó entrever tanta pasión como en Jules et Jim”

Aunque sea a alta velocidad, el AVE que hoy me lleva a Barcelona me regala el suficiente tiempo como para preparar el trabajo, dormitar un poco y encontrar, hojeando el periódico, un guiño inesperado que me devuelve a otro tiempo y, sobre todo, al placer (ese sí, intemporal) que brindan algunas películas.

No creo que esté en el hotel a esa hora, pero disfrutaría viendo por ¿enésima vez? Jules et Jim, una de mis películas favoritas (hoy, quizá, mi película favorita, aunque hay tantas que mañana podría alzar a otra sin que esta joya francesa, en riguroso blanco y negro, se retirara de mi terna imprescindible).

jules_et_jim16-thumb-600x3361

¿Quién puede permanecer invulnerable a ciertas sonrisas, incluso en los días nublados?

Cuando la vi por vez primera me enamoré (inevitable) de Jeanne Moreau y de la forma en que recita, en un fundido a negro, estos cuatro versos agridulces: “Me dijiste: te amo. Te dije: espera. Iba a decirte: tómame. Respondiste: vete“. Y de la forma en que sonríe en mitad de la tormenta o a pleno sol, con ese aire tan francés en donde se mezclan la sofisticación y la inocencia.

Me enamoré de una forma de entender el amor y la amistad que sólo unos cuantos entienden, que muchos condenan, que algunos ridiculizan y que pocos, muy pocos, tienen la fortuna de vivir. No es tan dulce como lo pintan los poetas ni tan trágico como lo describen los románticos más fatalistas, pero ese territorio incierto en el que a veces se aventura el corazón humano nos reserva algunas de las mejores sorpresas con las que se construye la vida, al menos ese tipo de vida, intensa, que se entrega a lo inevitable, que huye de la rutina y que le sonríe al dolor para engañarlo.

No sé por dónde andaréis a las 23:40 h. pero cruzar la medianoche viendo Jules et Jim es una muy buena forma de despedir un martes de otoño.

800px-Bootes

La constelación de Coma Berenices (Cabellera de Berenice) en el Atlas Coelestis de Johannes Hevelius (1690)

 

Me pierdo. Paseo la mirada con todo detenimiento pero… me pierdo. Nunca he sido capaz de encontrarla. En alguna de esas noches de verano en las que duermo al raso, en la oscuridad de la sierra, he buscado con paciencia la Cabellera de Berenice (confieso que atraído más por el mito que por la astronomía). En la inmensidad del universo, de riguroso luto, esa discreta constelación se me resiste. Quizá es que la intensidad del cúmulo de estrellas, su lejano brillo, no esté a la altura de la propia leyenda de la que toman nombre.

La hermosa Berenice ofreció su cabellera (sin par en las tierras de Egipto, jura la mitología) a la diosa Afrodita, ofrenda extrema con la que buscaba asegurar el regreso, sano y salvo, de su amado, el rey Ptolomeo III, enredado en alguna de esas campañas bélicas que siempre han tenido entretenidos a los poderosos. Volvió el rey y la cabellera se depositó en el altar del templo de Afrodita de donde desapareció, misteriosamente, durante la noche. No fue un hurto, aseguró el astrónomo de la corte, Conón de Samos, sino un traslado divino: una nueva constelación (Coma Berenices), que recordaba a una larga melena, había aparecido en el firmamento, lugar en el que Afrodita, sin duda, había decidido depositar la ofrenda.

Nunca he sido capaz de encontrarla, aunque sólo fuera por situar la leyenda en algún punto del cielo nocturno e imaginar que a ese mismo punto miraron, hace más de dos mil años, Berenice y Ptolomeo III, convencidos de que Afrodita estaba de su parte. Imaginando incluso, aunque en esto ahora juego con ventaja, cómo se ondulaba aquella cabellera mítica.

Cubierta MGVMe di por vencido. Pero como el destino es caprichoso, y a veces nos regala lo que pedimos pero envuelto de otra manera, hace unos meses, cuando visitaba la impresionante exposición antológica de Pepi Sánchez (La dama entre duendes), su hijo, mi amigo Manolo, me regaló un pequeño librillo de poemas (inéditos) de su padre, Manuel García Viñó (un escritor tan extraordinario como desconocido, quizá porque se empeñó en ser azote de mediocres y advenedizos). “La Cabellera de Berenice” es el título de esta delicada selección de poemas (Ediciones de la Isla de Siltolá, Sevilla 2014, Colección Tierra) que hoy traigo a mi blog porque en ella encontré, al fin, la dichosa constelación, el discreto cúmulo de estrellas. Un poema, un solo poema, de esos que te deslumbran y te desgarran, de los que te toman por las solapas y no te sueltan hasta el último verso, cuando ya te está faltando el aire. Y entonces, al fin, suspiras y dices (o piensas o susurras): así es.

 

Canción para el futuro

Y pasarán los hombres y pasarán las cosas:

las flores en un día y en mil siglos las piedras,

y brotará la hierba sobre las tumbas rotas

y será ayer lejano lo que aún es mañana.

 

Apagarán cien lluvias el sol de cien veranos

y cambiarán de sitio las estrellas:

se estirará la Osa Mayor como un caballo

y yo la habré cantado como un carro de luz.

 

Pero yo ya habré muerto y allí donde repose

bostezará un lagarto cansado al mediodía,

y en el árbol que cubra mi última morada

se arrullarán sus trinos dos pájaros sin nombre.

 

Mi voz se habrá dormido y mi sitio en la tierra

habrá sido cubierto por una flor pequeña

que temblará al empuje de la brisa amorosa

que traiga el eco oculto de lo que ya no exista.

 

Y se hundirá la torre donde mis ilusiones

habrán brillado ciertas como un faro continuo,

y todo será sombra en la ignorada playa

donde yo habré jugado, pobre niño poeta,

a vaciar el océano con una concha blanca.

 

Todo, amor, pasará, como pasan las nubes

sin dejar ni una estela sobre el azul intacto.

El polvo y las marañas ocultarán las huellas

de mi paso cansado por el camino antiguo.

 

Pasarán los recuerdos y pasará la historia

que los dos escribimos con nuestra propia sangre,

y quedará el oasis donde yo te he amado

como esta misteriosa ciudad abandonada.

 

(Manuel García Viñó, Ruinas de Itálica, otoño de 1951)

 

926950_1442677449346127_611099420_n

La historia de esta caldereta se inicia en el bullicio matutino del Mercado Central de Cádiz, donde ya me estaban esperando estos cabrachos (Foto: JMª Montero)

 

“¿Hay algo menos egoísta, algún trabajo menos alienado, un tiempo mejor aprovechado que preparar algo delicioso y nutritivo para las personas que queremos?”

(Cocinar. Una historia natural de la transformación, Michael Pollan)

 

El secreto de una buena caldereta de pescado y marisco, como el de otras tantas recetas, no está en la cocina sino en el mercado. La técnica no es compleja (aunque hay que ser minucioso), el cariño se supone, las dudas se resuelven en las miles de páginas dedicadas a la gastronomía casera en Internet, el tiempo se araña o se conquista, y la compañía se busca (excelente) para la ocasión, pero la materia prima… ese elemento no admite azar, trampa ni conformismo.

Así es que esta caldereta de pescado y marisco nace en el Mercado Central de Cádiz, una mañana, bien temprano, de finales de julio, cuando después de cruzar la bahía en catamarán (el del Consorcio de Transportes de la Bahía de Cádiz, que yo no tengo barco propio…) visitamos, sin prisa, los puestos donde se ordenan (desde hace unos tres mil años) cabrachos y gallos, atunes y cigalas, almejas y corvinas.

Elegimos dos cabrachos de mediano tamaño (sumaban cerca de un kilo), una cola de rape que también rozó el mismo peso, tres cuartos de kilo de almejas y otros tres cuartos de kilo de gambas blancas. En el capítulo de las verduras (suministradas desde los cercanos huertos de Chipiona y Conil) elegimos puerros, cebollas moradas, pimientos de freír (cornicabras autóctonos), ajos y tomates bien maduros. El inventario para la alquimia se completó con manzanilla de Sanlúcar (La Cigarrera), oloroso de la Señora (Taberna der Guerrita), harina, guindilla, sal gruesa (gaditana, of course), pimienta negra en grano (recién molida) y perejil fresco.

10543902_1465171557074323_1547209707_n

Así lucía el bodegón marinero en mi cocina. Daba pena tener que cocinarlo (Foto: JMª Montero)

Ver cómo un pescadero experimentado limpia el género es un espectáculo que se disfruta y del que se aprende mucho, pero yo soy uno de esos bichos raros que, casi siempre, prefiere limpiar él mismo el pescado, para que nadie me prive de ese placer (sí, he escrito placer). Así es que comencé limpiando los cabrachos para, con mucho cuidado y tino (precauciones básicas si no queremos que se nos clave alguna de sus espinas venenosas), separar los lomos, bien limpios de raspas, y depositar todos los restos en una olla grande (tranquilos, el calor inactiva el veneno de las espinas).

Limpiamos la cola de rape, separando la carne de la raspa y eliminando cualquier tejido oscuro que aún tuviera adherido. Y la raspa, troceada, también al puchero.

Pelamos las gambas, y las cabezas y cáscaras… efectivamente: al perol.

Cocemos al vapor las almejas: en una sartén amplia ponemos dos dedos de agua con sal y cuando comience a hervir añadimos las almejas, que iremos retirando en el mismo momento en que se abran. Ese agua bien impregnada en el sabor de las almejas no se tira porque… también se añade a la marmita.

Ponemos unos seis litros de agua en la olla y animamos el fuego para que hiervan todos los despojos marineros. Cuando empiece el burbujeo añadimos un puerro cortado en tacos, una cebolla troceada en dos mitades, dos ramas de perejil, un puñado de sal y una copa (generosa) de manzanilla. Hervimos a fuego moderado durante unos 30 minutos (retirando la espuma que se va generando en la superficie) y luego dejamos reposar el caldo (podemos tostar unas hebras de azafrán y machacarlas con un poco de ese caldo para añadir el mejunje final a la cazuela).

10547364_1445008342436830_936946402_n

La transformación final está cerca… (Foto: JMª Montero)

En sartén amplia (la de las almejas ya está libre) empezamos a elaborar el sofrito. Un chorreón de AOVE (Aceite de Oliva Virgen Extra) en el que, cuando esté caliente, ponemos cuatro o cinco dientes de ajo laminados y una guindilla seca, pequeña, troceada. Mareamos y cuando los ajos estén casi dorados añadimos una cebolla grande laminada. Mareamos unos minutos y añadimos dos o tres pimientos troceados y sin pepitas. Dejamos pochar a fuego lento. Ya casi pochado añadimos un par de puerros cortados en finas rodajas. Seguimos pochando con suavidad.

Los lomos de cabracho y de rape los cortamos en dados no muy grandes y los enharinamos. Ponemos aceite a calentar y cuando esté listo para la fritura pasamos el pescado por la sartén hasta dorarlo un poquito (solo un poquito). Retiramos y empapamos el aceite sobrante del pescado con papel de cocina.

Añadimos el pescado al sofrito de verduras. Mareamos con suavidad para que los dados de cabracho y rape no se deshagan. Añadimos dos tomates pelados y rayados (o bien troceaditos). Mareamos. Añadimos una copita de oloroso. Seguimos mareando unos minutos, hasta que se evapore el oloroso y el tomate se haga un poco.

Colamos el caldo del pescado y lo mantenemos bien caliente. En cada bol, o en cada plato hondo, disponemos unas cuantas gambas, unas cuantas almejas y una ración de sofrito con pescado. Regamos con el caldo en la cantidad que a cada uno le guste (los hay que se decantan por el modelo sopa-con-tropezones y otros que prefieren el pescado y el marisco apenas mojados en el caldo). Las gambas (tienen que ser bien frescas) se hacen con el mismo calor del caldo (aunque las podemos hervir ligeramente en la marmita antes de disponerlas en el plato).

1208446_724546384268193_1529001590_n

Del mercado a la mesa: pura alquimia. De la bahía de Cádiz al paladar, y vuelta… (Foto: JMª Montero)

Tomamos la cuchara, nos la llevamos a la boca, cerramos los ojos y volvemos al mismo centro de la bahía de Cádiz, a su luz y a su sal. Nos dejamos mecer por el poniente. Suspiramos.

P.D.: El vino lo pusieron los vecinos: un Yugo Airén (Valdepeñas) y un Torre de Gazate Crianza 2008 (también de Valdepeñas). Este último se defendió bien con la ternera de Retinto, vuelta y vuelta, que nos comimos de segundo plato, y también con los quesos del postre.

Efectivamente, no fue una comida al uso, fue un banquete, gaditano, de despedida.

 

 

10453998_1445117289090470_846291114_n

Afortunadamente, Frida, en su papel de bibliotecaria de jardín, pone algo de orden en el caos…

 

Tengo unos cuantos libros en la mesilla, otros tantos en la mochila de playa y alguno más extraviado en la casa serrana, y voy de uno a otro sin importarme mucho el orden. Olvido y releo. Me salto párrafos. Marco algunas líneas que me llaman la atención. Mancho las páginas de tinto o de aftersun. Abandono a la tercera página libros que acabo de comprar y vuelvo a repasar libros que he leído mil veces. Me sorprendo de cómo la vida se acerca a la literatura, ¿o es al contrario? Habito en los libros y por eso a veces me resulta difícil distinguir dónde están los límites de la realidad.

Es verano, y en verano leo de manera anárquica, porque ya bastante orden y compostura soporto durante el resto del año…

Durante un momento hubo la posibilidad de que no fueran capaces de hacer el cambio, de verse el uno al otro de forma distinta; no recordarían cómo se produjo el cambio, ni les sería otorgada la gracia, y si eso fuese así, ¿qué estaban haciendo en aquel lugar? Al cerrar él la puerta ella volvió a verle. El perfil de su rostro y la inclinaciónde sus pómulos, una inclinación tártara maravillosa y perfecta. Ella percibió el acto de cerrar la puerta como clandestino e insensible, y supo que no había ninguna posibilidad en el mundo de que no hicieran el cambio. Ya estaba hecho” (Las lunas de Júpiter, Alice Munro)

El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre” (Elogio de la ociosidad, Bertrand Rusell).

Si puedes sentarte en silencio después de recibir noticias difíciles; si en momentos de apuro económico puedes permanecer perfectamente en calma; si puedes ver a tus vecinos viajar a lugares fantásticos sin sentir envidia; si puedes comer cualquier cosa que pongan en tu plato y sentirte tan contento; si puedes dormir después de un día terrible sin tomar un trago ni recurrir a una píldora; si siempre estás contento, estés donde estés, probablemente eres un perro“ (Una lámpara en la oscuridad, Jack Kornfield).

La vida que murmura. La vida abierta.
La vida sonriente y siempre inquieta.
La vida que huye volviendo la cabeza,
tentadora o quizá, sólo niña traviesa.
La vida sin más. La vida ciega
que quiere ser vivida sin mayores consecuencias,
sin hacer aspavientos, sin históricas histerias,
sin dolores trascendentes ni alegrías triunfales,
ligera, sólo ligera, sencillamente bella
o lo que así solemos llamar en la tierra.
(La vida nada más, Gabriel Celaya)
 

…lo más importante que he aprendido al hacer este trabajo es que cocinar nos introduce en una red de relaciones sociales y ecológicas con las plantas, los animales, la tierra, los horticultores, los microbios que hay dentro y fuera de nuestro organismo y, por supuesto, con las personas a las que nutren y deleitan nuestros platos. Es decir, que lo más importante que he aprendido es que cocinar conecta. La cocina –sea de la clase que sea, la cotidiana o la extrema- nos sitúa en un lugar muy especial del mundo, ya que nos coloca entre el mundo natural por un lado y el mundo social por otro. El cocinero permanece firme entre la naturaleza y la cultura, dirigiendo un proceso de traducción y negociación. Tanto la naturaleza como la cultura se transforman mediante el trabajo, y descubrí que el encargado de realizar ese proceso es el cocinero” (Cocinar. Una historia natural de la transformación, Michel Pollan).

El capitán Van Donck era un hombre brutal y simple, que creía en algo, por repugnante que fuera. Era uno de ésos a los que se puede perdonar. Pero a quien Castle nunca podría perdonarle nada era a aquel suave y educado funcionario del BOSS. Los de su especie, los hombres que tienen educación suficiente para saber lo que hacen, son los que organizan el infierno, a pesar del cielo. Pensó en aquello que tan a menudo le había dicho Carson, su amigo comunista: <Nuestros peores enemigos no son los ignorantes ni los simples, por crueles que éstos sean; nuestros peores enemigos son los inteligentes y los corruptos>” (El factor humano, Graham Greene)

 
 
 
 
1597646_737487889645339_1935358584_n

Un vals que sirve tanto para el ocaso como para el amanecer… (El primer atardecer de las vacaciones, Playa de las Tres Piedras – Foto: JMª Montero)

Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac,
que moja su cola en el mar…”.

(Pequeño vals vienés, Federico García Lorca)

Me encuentro de nuevo con estos versos (anoche, en el gaditano Baluarte de la Candelaria). Dicen que Lorca los escribió en Nueva York como un preludio poético, y surrealista, a la libertad que ya adivinaba en la Cuba a la que se dirigía. Quién sabe qué pensó el poeta en su inspiración. Quién sabe por qué justamente este poema se vistió con una de las mejores melodías de Leonard Cohen y por qué Enrique Morente (con Lagartija Nick) le dió otra vuelta de tuerca para que regresara a Granada convertido en himno.

“Pequeño vals vienés” es una de esas canciones que te persiguen a lo largo de toda la vida. Lo mismo la encuentro en un funeral que en una boda. En el sentido y multitudinario homenaje a un artista excepcional, o en el reducido espacio en el que dos amantes se la susurran cómplices. La he escuchado en auditorios y también en la barra de una taberna. Con ella he llorado y me he reido (más lo primero que lo segundo). Nunca me deja indiferente.

Por más que repaso la letra no encuentro motivo alguno para explicar por qué este pequeño vals vienés me resulta una desgarradora invitación a la vida. Cuando, como hace poco, la he escuchado (a modo de réquiem) en la despedida de alguien al que la muerte sorprendió de manera prematura, he sentido, como siempre, unas tremendas ganas de vivir. De vivir sin precauciones ni cautelas. Sin cálculos. Sin explicaciones. De vivir.

Mañana es una palabra absurda. Vamos dando tumbos, resolviendo los problemas cotidianos (cotidianos y aburridos), y se nos olvida que el presente, a pesar de sus rutinas y fracasos, nos sigue ofreciendo, con terca insistencia, posibilidades. Estamos vivos y todo puede pasar. Vemos amanecer y es la señal de que se nos concede un día más (en buena compañía). En mitad del ruido descubrimos su sonrisa y su tacto, su olor, y nos estremecemos. Porque estamos vivos. Porque todo es posible aún. Porque sí. Ahora.

P.D: Lo malo de escribir a propósito de los propios sentimientos (y no de cocina o de residuos radiactivos) es que el texto tendrá tantas interpretaciones como lectoras, y quizá quien de verdad pueda interpretarlo (sin errar)… no lo leerá jamás.

[ Esta versión de “Pequeño vals vienés”, la que más me gusta, es sobrecogedora. Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández se sumergen, casi a cappella -eléctrica, muy eléctrica-, en las profundidades de la melodía para descubrirnos su trágica vitalidad. Anoche volví a disfrutarla, a disfrutarlos, en el corazón de Cadíz, a orillas de la bahía... y este texto, en definitiva, es uno de los efectos secundarios de una madrugada caletera... ]

 

Segura de la Sierra. Abril85

Segura de la Sierra (Jaén). Abril de 1985 (todavía no existía el parque natural). Primera promoción de Monitores Ambientales de Andalucía. No están todos los que éramos, pero éramos todos los que estábamos… ¿Quién es quién? ¿Os reconocéis?

 

A comienzos de 1984, hace justamente treinta años, en Andalucía sólo gozaban de protección dos espacios naturales: Doñana y el Torcal de Antequera. Juntos sumaban algo más de 73.000 hectáreas, lo que apenas suponía el 0,6 % del territorio regional. En un par de años, y en un proceso inédito en el resto del país, la cifra se disparó (a pesar de las muchísimas resistencias que hubo que vencer). El milagro fué posible gracias a la valiente estrategia de conservación que puso en marcha la Agencia de Medio Ambiente (AMA), en la que tuve el privilegio de trabajar, como Jefe de Prensa (entonces no existían los dircom ni los community manager), entre 1985 y 1989. Lo hicimos porque no sabíamos que era imposible (parafraseando a Conrad), y a pesar de nuestro inocente atrevimiento nos sacaron a pedrada limpia (y esto no es una metáfora) de más de un pueblo.

Hoy, treinta años después, en el catálogo andaluz de espacios naturales protegidos se anotan 165 enclaves que ocupan alrededor de 2.800.000 hectáreas, el equivalente a algo más del 32 % del territorio regional. ¿Conocéis un caso parecido en algún otra región de Europa –islas aparte–?

Esta es la obra de un numerosísimo grupo de personas, desde los ecologistas que cimentaron las bases del respaldo social a este tipo de iniciativas hasta los agentes de medio ambiente que todos los días trabajan para conservar estos territorios únicos, pasando por los científicos, los vecinos de los municipios que aportan territorio a este catálogo, los periodistas, los técnicos, los escolares que han hecho suyo este patrimonio, los políticos (algunos hay que se ha dejado el pellejo en este empeño, doy fe)… Pero si tenemos que ponerle nombre a la aventura, al compromiso y al atrevimiento, permitidme que recuerde a aquel grupo de pioneros con el que tuve el privilegio de trabajar y que treinta años después siguen siendo mis amigos: Tomás Azcárate, Isabel Mateos, Mariluz Márquez, Charo Pintos, Fernando Molina, José Antonio Torres, Rafael Arenas, Juan Clavero, Manolo Rendón, Reyes Vila, Benito de la Morena, Antonio Camoyán, Diego de la Rosa,… En la primitiva calle Laraña no estábamos muchos más, y si me olvido de algun@, que me perdone y se de por incluid@, de oficio, en la nómina de los pioneros.

P.D.: Una cierta generación de progres patrios siempre ha presumido de su participación en las movilizaciones del mayo del 68 francés, de manera que, como señaló un notable filósofo, si todos los que juran haber estado en aquel entonces  lanzando adoquines en el Barrio Latino no mintieran, España habría estado desierta durante aquella gloriosa primavera… Pues algo parecido ocurre con esta pequeña historia a propósito de la conservación de la naturaleza en Andalucía: a algunos de esos que hoy presumen de su compromiso en aquellos días, de su participación en aquella  aventura de mediados de los ochenta, yo no los ví nunca metidos en faena. Los hubo que (sencillamente) no estaban, otros llegaron tarde, también hay que señalar a los conversos de ultimísima hora y a los clásicos oportunistas, pero  los más, de esos que hoy tanto presumen, ni se enteraron de lo que entonces se estaba cociendo.

 

 

ensaladilla

Así la puse en el plato y quedó que ni pintada. Emplatado espontáneo ;-)

 

La ensaladilla es una de las tapas más maltratadas. No es raro encontrarse bajo esta denominación un engrudo de mahonesa de bote con tropezones de patata mal cocida, algunos guisantes de lata y tres gambas congeladas. Otra cosa es cocinarla en casa, con todo el cariño, y, como siempre, improvisando con lo que hay en la despensa o con lo que nos pide el paladar.

Una de estas mañanas de verano me traje del mercado de Chipiona (Cádiz) unas patatas del terreno, algunos aguacates motrileños (en su punto), medio kilo de langostinos tigre (de la vecina Sanlúcar de Barrameda), cebolletas moradas y tomates pera. Y de esta combinación, en la que no está presente la mahonesa (es una salsa que con frecuencia se me engollipa…), nació esta ensaladilla (heterodoxa) de langostinos.

Cocemos los langostinos en abundante agua saturada de sal y con unos granos de pimienta negra. Los echamos en el primer hervor y los retiramos en cuanto el agua vuelva a hervir. Los enfriamos en agua con hielo.

Reservamos el agua en donde ha hervido el marisco porque en ella vamos a poner a cocer un par de patatas sin pelar (unos 30 minutos si son de tamaño medio).

Una vez cocidas pelamos las patatas y las trituramos con un tenedor. A ese puré le unimos la carne de un aguacate grande, bien maduro. Trituramos y mezclamos con el tenedor. Aliñamos con zumo de limón, sal, un chorreón de aceite de oliva y unas gotas de Tabasco.

Disponemos el puré en la ensaladera, cortamos un par de tomates en rodajas no muy gruesas y sobre esas rodajas colocamos láminas finas de cebolleta y, finalmente, los langostinos pelados. Les añadimos unos granos de sal gorda y sésamo tostado.

Ensaladilla de langostinos casera y heterodoxa, con un cierto aire mexicano…

P.D.: Mientras cocinaba me bebí una castora de manzanilla sanluqueña en rama,  y ya en la mesa descorché una botella de La Purísima, un syrah 2013 que me traje de Yecla (Murcia) y que es una delicia.

Y ya que estamos con aires mexicanos (y aprovechando la sensualidad a la que siempre invita el marisco), ahí va una versión, de muy alto voltaje, de una paloma que hacía cucurrucucú… La escuchaba en la cocina y no podía concentrarme en la ensaladilla… Este verano estoy embelesado con Silvia, no lo puedo remediar…

 

 

 

 

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 3.991 seguidores