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Afortunadamente, Frida, en su papel de bibliotecaria de jardín, pone algo de orden en el caos…

 

Tengo unos cuantos libros en la mesilla, otros tantos en la mochila de playa y alguno más extraviado en la casa serrana, y voy de uno a otro sin importarme mucho el orden. Olvido y releo. Me salto párrafos. Marco algunas líneas que me llaman la atención. Mancho las páginas de tinto o de aftersun. Abandono a la tercera página libros que acabo de comprar y vuelvo a repasar libros que he leído mil veces. Me sorprendo de cómo la vida se acerca a la literatura, ¿o es al contrario? Habito en los libros y por eso a veces me resulta difícil distinguir dónde están los límites de la realidad.

Es verano, y en verano leo de manera anárquica, porque ya bastante orden y compostura soporto durante el resto del año…

Durante un momento hubo la posibilidad de que no fueran capaces de hacer el cambio, de verse el uno al otro de forma distinta; no recordarían cómo se produjo el cambio, ni les sería otorgada la gracia, y si eso fuese así, ¿qué estaban haciendo en aquel lugar? Al cerrar él la puerta ella volvió a verle. El perfil de su rostro y la inclinaciónde sus pómulos, una inclinación tártara maravillosa y perfecta. Ella percibió el acto de cerrar la puerta como clandestino e insensible, y supo que no había ninguna posibilidad en el mundo de que no hicieran el cambio. Ya estaba hecho” (Las lunas de Júpiter, Alice Munro)

El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre” (Elogio de la ociosidad, Bertrand Rusell).

Si puedes sentarte en silencio después de recibir noticias difíciles; si en momentos de apuro económico puedes permanecer perfectamente en calma; si puedes ver a tus vecinos viajar a lugares fantásticos sin sentir envidia; si puedes comer cualquier cosa que pongan en tu plato y sentirte tan contento; si puedes dormir después de un día terrible sin tomar un trago ni recurrir a una píldora; si siempre estás contento, estés donde estés, probablemente eres un perro“ (Una lámpara en la oscuridad, Jack Kornfield).

La vida que murmura. La vida abierta.
La vida sonriente y siempre inquieta.
La vida que huye volviendo la cabeza,
tentadora o quizá, sólo niña traviesa.
La vida sin más. La vida ciega
que quiere ser vivida sin mayores consecuencias,
sin hacer aspavientos, sin históricas histerias,
sin dolores trascendentes ni alegrías triunfales,
ligera, sólo ligera, sencillamente bella
o lo que así solemos llamar en la tierra.
(La vida nada más, Gabriel Celaya)
 

…lo más importante que he aprendido al hacer este trabajo es que cocinar nos introduce en una red de relaciones sociales y ecológicas con las plantas, los animales, la tierra, los horticultores, los microbios que hay dentro y fuera de nuestro organismo y, por supuesto, con las personas a las que nutren y deleitan nuestros platos. Es decir, que lo más importante que he aprendido es que cocinar conecta. La cocina –sea de la clase que sea, la cotidiana o la extrema- nos sitúa en un lugar muy especial del mundo, ya que nos coloca entre el mundo natural por un lado y el mundo social por otro. El cocinero permanece firme entre la naturaleza y la cultura, dirigiendo un proceso de traducción y negociación. Tanto la naturaleza como la cultura se transforman mediante el trabajo, y descubrí que el encargado de realizar ese proceso es el cocinero” (Cocinar. Una historia natural de la transformación, Michel Pollan).

El capitán Van Donck era un hombre brutal y simple, que creía en algo, por repugnante que fuera. Era uno de ésos a los que se puede perdonar. Pero a quien Castle nunca podría perdonarle nada era a aquel suave y educado funcionario del BOSS. Los de su especie, los hombres que tienen educación suficiente para saber lo que hacen, son los que organizan el infierno, a pesar del cielo. Pensó en aquello que tan a menudo le había dicho Carson, su amigo comunista: <Nuestros peores enemigos no son los ignorantes ni los simples, por crueles que éstos sean; nuestros peores enemigos son los inteligentes y los corruptos>” (El factor humano, Graham Greene)

 
 
 
 
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Un vals que sirve tanto para el ocaso como para el amanecer… (El primer atardecer de las vacaciones, Playa de las Tres Piedras – Foto: JMª Montero)

Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac,
que moja su cola en el mar…”.

(Pequeño vals vienés, Federico García Lorca)

Me encuentro de nuevo con estos versos (anoche, en el gaditano Baluarte de la Candelaria). Dicen que Lorca los escribió en Nueva York como un preludio poético, y surrealista, a la libertad que ya adivinaba en la Cuba a la que se dirigía. Quién sabe qué pensó el poeta en su inspiración. Quién sabe por qué justamente este poema se vistió con una de las mejores melodías de Leonard Cohen y por qué Enrique Morente (con Lagartija Nick) le dió otra vuelta de tuerca para que regresara a Granada convertido en himno.

“Pequeño vals vienés” es una de esas canciones que te persiguen a lo largo de toda la vida. Lo mismo la encuentro en un funeral que en una boda. En el sentido y multitudinario homenaje a un artista excepcional, o en el reducido espacio en el que dos amantes se la susurran cómplices. La he escuchado en auditorios y también en la barra de una taberna. Con ella he llorado y me he reido (más lo primero que lo segundo). Nunca me deja indiferente.

Por más que repaso la letra no encuentro motivo alguno para explicar por qué este pequeño vals vienés me resulta una desgarradora invitación a la vida. Cuando, como hace poco, la he escuchado (a modo de réquiem) en la despedida de alguien al que la muerte sorprendió de manera prematura, he sentido, como siempre, unas tremendas ganas de vivir. De vivir sin precauciones ni cautelas. Sin cálculos. Sin explicaciones. De vivir.

Mañana es una palabra absurda. Vamos dando tumbos, resolviendo los problemas cotidianos (cotidianos y aburridos), y se nos olvida que el presente, a pesar de sus rutinas y fracasos, nos sigue ofreciendo, con terca insistencia, posibilidades. Estamos vivos y todo puede pasar. Vemos amanecer y es la señal de que se nos concede un día más (en buena compañía). En mitad del ruido descubrimos su sonrisa y su tacto, su olor, y nos estremecemos. Porque estamos vivos. Porque todo es posible aún. Porque sí. Ahora.

P.D: Lo malo de escribir a propósito de los propios sentimientos (y no de cocina o de residuos radiactivos) es que el texto tendrá tantas interpretaciones como lectoras, y quizá quien de verdad pueda interpretarlo (sin errar)… no lo leerá jamás.

[ Esta versión de “Pequeño vals vienés”, la que más me gusta, es sobrecogedora. Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández se sumergen, casi a cappella -eléctrica, muy eléctrica-, en las profundidades de la melodía para descubrirnos su trágica vitalidad. Anoche volví a disfrutarla, a disfrutarlos, en el corazón de Cadíz, a orillas de la bahía... y este texto, en definitiva, es uno de los efectos secundarios de una madrugada caletera... ]

 

Segura de la Sierra. Abril85

Segura de la Sierra (Jaén). Abril de 1985 (todavía no existía el parque natural). Primera promoción de Monitores Ambientales de Andalucía. No están todos los que éramos, pero éramos todos los que estábamos… ¿Quién es quién? ¿Os reconocéis?

 

A comienzos de 1984, hace justamente treinta años, en Andalucía sólo gozaban de protección dos espacios naturales: Doñana y el Torcal de Antequera. Juntos sumaban algo más de 73.000 hectáreas, lo que apenas suponía el 0,6 % del territorio regional. En un par de años, y en un proceso inédito en el resto del país, la cifra se disparó (a pesar de las muchísimas resistencias que hubo que vencer). El milagro fué posible gracias a la valiente estrategia de conservación que puso en marcha la Agencia de Medio Ambiente (AMA), en la que tuve el privilegio de trabajar, como Jefe de Prensa (entonces no existían los dircom ni los community manager), entre 1985 y 1989. Lo hicimos porque no sabíamos que era imposible (parafraseando a Conrad), y a pesar de nuestro inocente atrevimiento nos sacaron a pedrada limpia (y esto no es una metáfora) de más de un pueblo.

Hoy, treinta años después, en el catálogo andaluz de espacios naturales protegidos se anotan 165 enclaves que ocupan alrededor de 2.800.000 hectáreas, el equivalente a algo más del 32 % del territorio regional. ¿Conocéis un caso parecido en algún otra región de Europa –islas aparte–?

Esta es la obra de un numerosísimo grupo de personas, desde los ecologistas que cimentaron las bases del respaldo social a este tipo de iniciativas hasta los agentes de medio ambiente que todos los días trabajan para conservar estos territorios únicos, pasando por los científicos, los vecinos de los municipios que aportan territorio a este catálogo, los periodistas, los técnicos, los escolares que han hecho suyo este patrimonio, los políticos (algunos hay que se ha dejado el pellejo en este empeño, doy fe)… Pero si tenemos que ponerle nombre a la aventura, al compromiso y al atrevimiento, permitidme que recuerde a aquel grupo de pioneros con el que tuve el privilegio de trabajar y que treinta años después siguen siendo mis amigos: Tomás Azcárate, Isabel Mateos, Mariluz Márquez, Charo Pintos, Fernando Molina, José Antonio Torres, Rafael Arenas, Juan Clavero, Manolo Rendón, Reyes Vila, Benito de la Morena, Antonio Camoyán, Diego de la Rosa,… En la primitiva calle Laraña no estábamos muchos más, y si me olvido de algun@, que me perdone y se de por incluid@, de oficio, en la nómina de los pioneros.

P.D.: Una cierta generación de progres patrios siempre ha presumido de su participación en las movilizaciones del mayo del 68 francés, de manera que, como señaló un notable filósofo, si todos los que juran haber estado en aquel entonces  lanzando adoquines en el Barrio Latino no mintieran, España habría estado desierta durante aquella gloriosa primavera… Pues algo parecido ocurre con esta pequeña historia a propósito de la conservación de la naturaleza en Andalucía: a algunos de esos que hoy presumen de su compromiso en aquellos días, de su participación en aquella  aventura de mediados de los ochenta, yo no los ví nunca metidos en faena. Los hubo que (sencillamente) no estaban, otros llegaron tarde, también hay que señalar a los conversos de ultimísima hora y a los clásicos oportunistas, pero  los más, de esos que hoy tanto presumen, ni se enteraron de lo que entonces se estaba cociendo.

 

 

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Así la puse en el plato y quedó que ni pintada. Emplatado espontáneo ;-)

 

La ensaladilla es una de las tapas más maltratadas. No es raro encontrarse bajo esta denominación un engrudo de mahonesa de bote con tropezones de patata mal cocida, algunos guisantes de lata y tres gambas congeladas. Otra cosa es cocinarla en casa, con todo el cariño, y, como siempre, improvisando con lo que hay en la despensa o con lo que nos pide el paladar.

Una de estas mañanas de verano me traje del mercado de Chipiona (Cádiz) unas patatas del terreno, algunos aguacates motrileños (en su punto), medio kilo de langostinos tigre (de la vecina Sanlúcar de Barrameda), cebolletas moradas y tomates pera. Y de esta combinación, en la que no está presente la mahonesa (es una salsa que con frecuencia se me engollipa…), nació esta ensaladilla (heterodoxa) de langostinos.

Cocemos los langostinos en abundante agua saturada de sal y con unos granos de pimienta negra. Los echamos en el primer hervor y los retiramos en cuanto el agua vuelva a hervir. Los enfriamos en agua con hielo.

Reservamos el agua en donde ha hervido el marisco porque en ella vamos a poner a cocer un par de patatas sin pelar (unos 30 minutos si son de tamaño medio).

Una vez cocidas pelamos las patatas y las trituramos con un tenedor. A ese puré le unimos la carne de un aguacate grande, bien maduro. Trituramos y mezclamos con el tenedor. Aliñamos con zumo de limón, sal, un chorreón de aceite de oliva y unas gotas de Tabasco.

Disponemos el puré en la ensaladera, cortamos un par de tomates en rodajas no muy gruesas y sobre esas rodajas colocamos láminas finas de cebolleta y, finalmente, los langostinos pelados. Les añadimos unos granos de sal gorda y sésamo tostado.

Ensaladilla de langostinos casera y heterodoxa, con un cierto aire mexicano…

P.D.: Mientras cocinaba me bebí una castora de manzanilla sanluqueña en rama,  y ya en la mesa descorché una botella de La Purísima, un syrah 2013 que me traje de Yecla (Murcia) y que es una delicia.

Y ya que estamos con aires mexicanos (y aprovechando la sensualidad a la que siempre invita el marisco), ahí va una versión, de muy alto voltaje, de una paloma que hacía cucurrucucú… La escuchaba en la cocina y no podía concentrarme en la ensaladilla… Este verano estoy embelesado con Silvia, no lo puedo remediar…

 

 

 

 

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¿Tiene el quejío alguna patria? ¿Tiene alguna bandera? Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández, sin condiciones ni precauciones.

Yo soy un moro judío / que vive con los cristianos, / no sé qué Dios es el mío / ni cuáles son mis hermanos.

(El moro judío, Chicho Sánchez Ferlosio)

 

¿En dónde habita el quejío? ¿De dónde nace el quejío? ¿Qué es el quejío? Alguien lo describió como “una forma estilizada de gritar”, un lamento, profundo y musical, que parece ser exclusivo de los cantaores flamencos, de la gente jonda del sur (por cierto, ¿en dónde comienza el sur? ¿y en dónde acaba?). Por eso a los puristas les sorprende la mera posibilidad de que el quejío esté presente en una garganta catalana que, además, es joven y no es flamenca (o sí). Una garganta en la que conviven, en sorprendente armonía, Morente con Albert Pla, la Piaf y Fito Páez, o Maria Bethânhia al lado de Schumann.

Anoche, en la Buhaira, escuchamos habaneras (de esas que cruzaron, en un viaje de ida y vuelta, dos veces el charco) cantadas en un hermosísimo catalán, sobre la tierra en la que crecieron los jardines de un antiguo palacio almohade (aquí hay que añadir sangre bereber a la mixtura), en una ciudad andaluza (agitamos bien la mezcla) y para un público que era de aquí y de allá (a estas alturas el cóctel se nos había disparatado). Y nadie sacó una bandera. Y nadie habló de patrias.

Silvia Pérez Cruz y Raúl Fernández (Refree) se subieron al escenario sin condiciones (ni precauciones), y nos dieron lo que traían de algún lugar que sonaba a ratos muy lejano y a ratos muy familiar, íntimo. Había quejío. Y silencio. Y mosquitos. Y una guitarra que, en manos de Raúl, es una sofisticada filarmónica para sólo dos manos (¿sólo dos manos?). Y una voz que cuando Silvia la agarra con las manos, con las dos manos (porque Silvia también canta con las manos, como las grandes) deja de ser algo inmaterial, y por eso la moldea, la deshace, la vuelve a construir, la lanza, la recoge, la rompe, la acaricia, la pellizca, nos pellizca…

Y fue después de muchos pellizcos, al filo ya de la medianoche, cuando Silvia y Raúl (y viceversa) nos regalaron al bueno de Chicho Sánchez Ferlosio, para despedirse, para despedirnos, con sus versos. Una manera elegante y pacífica de recordarnos que con menos banderas, y menos patrias, y menos puristas… otro gallo cantaría (quien sabe, quizá el gallo rojo… ).

 

 

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“Yo soy un loco / que se dió cuenta / que el tiempo es muy poco…” AC en el escenario de FIBES (Foto: JMª Montero)

De un tiempo olvidado
ha venido un recuerdo mojado
de una tarde de lluvia
de tu pelo enredado

(Para no olvidar, Andrés Calamaro)

Cuando antes del concierto llegamos a la pizzería aún estaban escondidos y callados. Ocultos. Inmóviles. Si nada ni nadie los convoca podríamos llegar a pensar que, en realidad, esos recuerdos nunca existieron; o que se consumieron como el tiempo en el que habitaron; o que fueron enterrados a oscuras, sin una señal que permitiera localizarlos, en algún recoveco sombrío del alma.

A veces los despierta el párrafo de una novela, una camisa que habíamos olvidado en el fondo del armario o un paisaje en el que, de pronto, nos reconocemos con algunos años menos. A veces los despierta un olor o una canción, y entonces reptan, como una serpiente venenosa, desde el ombligo hasta el corazón, buscando aquel calor antiguo en el que crecieron.

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Camino del concierto: tren, tango y tinto (Foto: JMª Montero)

A Andrés Calamaro hace tiempo que le dimos la llave para que entrara en casa sin llamar. Para que revolviera en los armarios. Para que rebuscara en el fondo del congelador o avivara los rescoldos dormidos de la chimenea. A Andrés Calamaro le dimos permiso para que convocara a nuestros viejos recuerdos, a los que curan y a los que queman. Por eso, cada vez que vamos a verlo aceptamos, con alegre resignación, que del concierto saldremos con una buena colección de recuerdos haciéndonos cosquillas o dándonos mordiscos.

Imposible olvidar.

 

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La última levantá de atunes en la almadraba de Barbate (Foto: JMª Montero)

“El llamado arte culinario se basa en un asesinato previo, con toda clase de alevosías. Si ese mal salvaje que es el hombre civilizado arrebatara la vida de un animal o planta y comiera los cadáveres crudos, sería señalado con el dedo como un monstruo capaz de bestialidades estremecedoras. Pero si ese mal salvaje trocea el cadáver, lo marina, lo adereza, lo guisa y se lo come, su crimen se convierte en cultura y merece memoria, libros, disquisiciones, teoría, casi una ciencia de la conducta alimentaria

(Manuel Vázquez Montalbán)

 

Tengo amigos que son vegetarianos porque sencillamente (e inexplicablemente) no les gusta la carne ni el pescado, ni tan siquiera un humilde trozo de queso blanco o un rústico huevo de gallina campera. También los tengo que se entregaron a las verduras por una cuestión de salud (real o imaginaria). E incluso, y estos son a los que mejor entiendo, los hay que no comen ninguna clase de animales porque no pueden soportar alimentarse merced al sufrimiento de otros seres vivos.

Cualquiera está legitimado (faltaría más) para estremecerse ante el sacrificio de una inocente gallina, la muerte de un rollizo cerdo ibérico o la pesca de un soberbio atún rojo, pero tan sólo los vegetarianos que llegaron a esta condición precisamente por no poder soportar esta violenta manera de obtener proteínas son, nos guste o no, consecuentes y honestos.

Disponer de las pechugas de la gallina asépticamente fileteadas en una bandeja de poliespan, el jamón del cochino (bien curado) en un delgado sobre al vacío o la ventresca de atún en una hermética lata de aluminio, no resta violencia al sacrificio de estos animales, tan sólo oculta este hecho para que los podamos consumir sin cargo de conciencia. Todos lo sabemos pero hacemos como que no lo sabemos, curioso ejercicio de distracción que aplicamos a cualquier capítulo del frenesí consumista (¿quién fabricó nuestras zapatillas de deporte o nuestros vaqueros? ¿en dónde? ¿con qué horario y con qué sueldo?).

Quien lamenta la muerte de un animal y critica a sus matarifes, para luego zampárselo elogiando su textura y sabor, practica, con soltura, ese ejercicio de hipocresía gastronómica tan común en nuestra cultura y en nuestras sociedades desarrolladas. No hay comida sin sacrificio, sin sufrimiento, ya sea el de un animal o el de una persona (¿quién cosecha nuestras fresas? ¿cuánto tiempo pasa en el tajo? ¿en dónde se cultivaron esas patatas? ¿cómo es posible traer naranjas del otro lado del mundo? ¿a cuánto se las pagaron al productor?).

En el colmo del cinismo, hay quien admite, sin rechistar, procedimientos diabólicos para obtener comida sencillamente porque no son visibles, ni mediáticos, y condena al infierno a aquellos que tienen la desgracia de buscar proteínas de una manera sostenible y ancestral, aunque quizá demasiado atávica, y visible, para los tiempos que corren. Pero, como decía Jung, es más fácil juzgar que pensar, sobre todo si una mínima reflexión nos lleva a descubrir nuestras propias contradicciones.

En todo esto andaba yo pensando cuando hace unos días tuve la fortuna de asistir, en primerísima línea, a la última levantá de la almadraba de Barbate (Cádiz). Desde el barco de la sacá, donde el capitán de la almadraba no dejaba de repartir vigorosas órdenes, fui testigo privilegiado de ese pulso ancestral (y desigual) que, desde hace cerca de tres mil años, libran en aguas del Mediterráneo hombres y peces.

Hay quien se espanta de esa lucha, aún cuando ya no se usan los bicheros que antes servían para ensartar los atunes y así poderlos izar a las embarcaciones, pero no por ello deja de comer atún. Así de contradictorios somos los humanos. A mí, sin embargo, me parece una modalidad de pesca bastante respetuosa y sostenible, admitiendo que el sufrimiento del animal es inevitable, aunque en este caso, y visto de cerca, creo que los pescadores (los copejadores como se llaman en la almadraba) mantienen una llamativa actitud de respeto al enorme depredador. Los vi abrazarse a los atunes mientras estos, sin espacio ya para nadar y respirar, quedaban narcotizados hasta que la grúa los izaba a cubierta. Y en ese contacto íntimo entre hombre y animal, que ya no se manifiesta en ninguna otra pesquería ni matadero industrial, creo que habita un vínculo muy primitivo que habla de una historia en común, en la que naturaleza presta sus recursos, de manera limitada, a los hombres del mar. Durante meses pescadores y peces han convivido en un espacio común, el mismo que llevan compartiendo desde tiempos de los fenicios. Y finalmente la manera de sacrificar a los atunes que caen en el copo, con un corte rápido y preciso en las agallas, reduce la agonía al mínimo indispensable: entre su captura y su muerte apenas transcurren unos minutos.

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Pesca industrial de cerco en aguas africanas (Foto: Greenpeace)

Hay quien se recrea en este espectáculo poniendo el acento en su crueldad porque, quizá, le parezca menos dolorosa, por desconocida e invisible, la pesca industrial de cerco. Redes kilométricas que barren el mar para atrapar todo tipo de organismos vivos. Trampas en las que caen atunes de todos los tamaños, delfines, tiburones, tortugas… Un procedimiento visualmente aséptico que prolonga la agonía de los animales y obliga a deshacerse de todos aquellos que no son comestibles o rentables. Una forma de pesca en la que pez y pescador no mantienen contacto alguno. No hace falta conocer al animal, como ocurre en la almadraba, es suficiente con saber atraparlo sin demasiadas cautelas.

¿Alguien sabe, con datos rigurosos, cuántos atunes se capturan en todo el mundo gracias a las potentísimas flotas industriales? No me creo ninguna de las cifras porque nadie que conozca esta pesquería se las cree, pero las supongo escalofriantes: en 2007, y sólo en el Mediterráneo, se pudieron pescar unas 60.000 toneladas de atún rojo, de las que más de la mitad fueron ilegales ya que el cupo establecido no llegaba ni a las 30.000 toneladas. Pero lo que sí me creo es que la almadraba, por sus propias características, no puede escapar a ningún control (la de Barbate ha pescado este año unos 2.000 ejemplares de atún rojo –menos de 400 toneladas– y ha liberado alrededor de 15.000 individuos –unas 3.000 toneladas–).

Si alguien se siente herido por estos comentarios, lo lamento de veras, pero así lo vi y así lo cuento. Otra cosa bien distinta es reflexionar sobre nuestra depredación sin límites. ¿Hasta cuándo podrá soportar la naturaleza que sigamos extrayendo recursos de ella? ¿Dónde está el límite que separa lo indispensable de lo caprichoso? ¿Disponemos de conocimientos fiables, y de suficiente sentido común, para saber hasta dónde podemos llegar sin colapsarnos? Mientras respondemos a estas preguntas, y si no somos vegetarianos, deberíamos convivir con nuestras contradicciones, de la mejor manera posible y, sobre todo, sin juzgar alegremente al prójimo.

P.D.: No pocas corrientes de pensamiento se han interesado por ese vinculo, dramático, entre nuestra alimentación y el sufrimiento de otros seres vivos. El jainismo es, quizá, la religión más estricta en este sentido. Para los que quieran profundizar en esta particular manera de entender nuestra relación con animales y plantas recomiendo el libro (ya citado en este blog) de Satish Kumar Tú eres, luego yo soy.

 

 

 

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