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En medio del desánimo y la incertidumbre es comprensible, aunque no podamos compartirla, esa primitiva reivindicación de la violencia como definitivo recurso de autodefensa. Los hay que la llevan en su ADN, como los extremistas (de cualquier signo), pero también encontramos a los que nunca hubieran pensado que terminarían justificándola porque las amenazas que les acechan sobrepasan, sencillamente, su capacidad de sufrimiento.

Es el momento de insistir en el absurdo de un remedio que lejos de solucionar un problema, cualquier problema, nos empuja a oscuros escenarios donde siempre termina por imponerse la ley del más fuerte. Se empieza recurriendo a la sed de justicia y se concluye exterminando a cualquiera que no comulgue con nuestro credo.

Quizá sea el momento más adecuado para revisitar a Gandhi, uno de esos gigantes que la historia sitúo en una encrucijada terrible y que lejos de elegir el camino más fácil se empeñó en la complicadísima tarea de hacer que el mundo fuera mucho mejor sin recurrir a la agresión.

Estas son algunas de las palabras que hoy he rescatado de su extensa obra, elegidas a partir de la selección que en 1982 publicó Richard Attenborough (en España la edición, a cargo de Bruguera, apareció en febrero de 1983). Palabras más que oportunas, aunque hayan cumplido casi un siglo de vida, que deberían invitarnos a la reflexión individual y colectiva:

“Todo sistema económico que desatiende las consideraciones morales y sentimentales es como una figura de cera que, a pesar de su semejanza con lo humano, carece de la vitalidad de la carne humana. En momentos cruciales, esas modernas leyes económicas han fracasado en la práctica. Los individuos o naciones que las aceptan como axiomas están llamados a sucumbir”.

“No hay ninguna institución humana que no entrañe sus peligros. Cuanto más grande es la institución, mayor es la posibilidad de abusar. La democracia es una gran institución y, por eso, es susceptible de grandes abusos. El remedio no es la abolición de la democracia, sino la reducción de esos abusos al mínimo”.

“La no violencia y la cobardía son incompatibles. Puedo imaginarme a un hombre armado hasta los dientes que sea un cobarde, en el fondo. La posesión de armas implica un sentimiento de miedo, si no de cobardía. Pero la no violencia es inconcebible si no se posee auténtico coraje”.

“No creo en el éxito logrado por los atajos de la violencia… Por más solidaridad y admiración que me inspiren las causas justas, me opongo inflexible a los métodos violentos, incluso cuando sirven a la más noble de las causas… La experiencia me dice que el bien duradero nunca puede ser fruto de la violencia y la falsedad”.

“Debemos (entonces) extraer orden del caos. Y no me cabe duda de que el método mejor y más expeditivo es el de implantar la ley del pueblo y no la de las turbas”.

“Siempre ha sido un misterio para mí el que el hombre pueda sentirse honrado por la humillación de su prójimo”.

Las repentinas e inesperadas “olas de calor” no son una rareza en estas tierras del sur. Para lo bueno y para lo malo la clave está en los vientos. En Sevilla cuando soplan del sureste suelen ser de procedencia africana, y en su viaje a través de las cordilleras béticas (Ronda o Grazalema) se recalientan lo suficiente como para convertir la ciudad en un infierno. La tortura acaba, igualmente, de una forma brusca: los vientos cambian a componente suroeste, de procedencia atlántica, y la temperatura máxima llega a caer hasta 10 Cº en apenas 24 horas

En Málaga, sin embargo, los aires africanos se refrescan a su paso por el mar de Alborán y llegan a la costa rebajados de temperatura. En esta capital los que provocan el sofoco suelen ser los conocidos como terrales, vientos procedentes de la meseta y recalentados a su paso por las serranías cercanas a la ciudad.

Al margen de las condiciones que dicta la propia naturaleza, la estructura y la dinámica de las grandes urbes también contribuye a empeorar la situación. La temperatura es más elevada dentro del recinto urbano que en el exterior, un efecto que los  meteorólogos denominan “isla de calor”. No es difícil imaginar quiénes son los responsables del mismo: industrias, aparatos de climatización, automóviles e, incluso, los procesos metabólicos de los mismos ciudadanos. Además, los materiales de pavimentación más comunes (asfalto, cemento o piedra) absorben y conducen el calor más deprisa que un suelo esponjoso y húmedo.

 

Pareja de cernícalos primilla en la catedral de Sevilla. Acuarela de Gabriel de la Riva (http://www.bublegum.net/gdelariva/).

La contemplación de aves rapaces en libertad no es, en contra de lo que pudiera pensarse, una actividad reservada a los espacios naturales protegidos o a determinadas áreas rurales en donde estos animales son abundantes. En el mismo casco urbano de nuestras ciudades, incluso en las de gran tamaño, habita un pequeño halcón que emplaza sus nidos en discretas cavidades de todo tipo de edificios. El cernícalo primilla, de apenas 30 centímetros de longitud, actúa como un eficacísimo insecticida natural, barriendo los cielos y los campos de cultivo que rodean a las grandes urbes para hacerse con su botín de  saltamontes, cigarras, grillos, escarabajos o escolopendras.

En Espacio Protegido (Canal Sur 2, http://bit.ly/e4nvZ8) acabamos de grabar un reportaje en Jerez de la Frontera (Cádiz), donde la colonia urbana de esta rapaz está recibiendo todo tipo de cuidados para facilitar su reproducción, habilitando, por ejemplo, vasijas y cajas nido en diferentes edificios de la ciudad. Actuaciones decisivas para el futuro de una especie que llegó a estar seriamente amenazada.

Hasta la década de los 60 esta era una de las rapaces más abundantes de España. Entonces se estimó que se reproducían en todo el país unas 100.000 parejas de cernícalo primilla. Diez años después los más optimistas consideraban que esa población se había reducido a la mitad, y en 1989, cuando se llevó a cabo un censo nacional de la especie, el número de parejas apenas llegaba a las 5.000. Gracias a una política de conservación decidida la situación en la actualidad ha mejorado y se calcula que son unas 12.000-15.000 parejas reproductoras las que hoy se reparten por toda España.

Estas cifras sugieren que nuestro país acoge más de la mitad de los primillas europeos, siendo Andalucía y Extremadura las dos regiones que concentran mayores efectivos.

El cernícalo primilla se reproduce en las ocho provincias andaluzas, sumando una población estimada en algo más de 5.000 parejas repartidas en 694 colonias, de las que 412 se localizan en el medio rural y 282 en ambientes urbanos.

A pesar de que la especie ha mejorado de forma notable sus efectivos los ornitólogos no están seguros de que esta rapaz esté consiguiendo sortear las múltiples amenazas que hipotecan su futuro. Algunas de ellas pueden considerarse naturales, como ocurre con la competencia de otras especies (palomas y grajillas), la depredación que llevan a cabo diferentes animales o las variaciones, no provocadas, en la disponibilidad de alimento. Sin embargo, hay factores en los que claramente interviene la mano del hombre, como ocurre con las múltiples alteraciones que sufren aquellos lugares en los que el cernícalo primilla nidifica o se alimenta

De todas las amenazas que se atribuyen a la acción de los humanos la que más puede perjudicar al cernícalo primilla es la relacionada con la imparable modificación del paisaje agrario, donde las explotaciones intensivas van comiéndole terreno a los aprovechamientos tradicionales y a las manchas de vegetación natural asociadas a los mismos. En este tipo de escenarios el esfuerzo por conseguir alimento se multiplica y el número de pollos capaz de salir adelante disminuye.

Rompiendo la noche

“Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, al menos un instante, en el paraíso” (J.L. Borges)

Cuando descubrí Instagram encontré una manera, muy simple, de fotografiar y compartir lo más sencillo. Pequeños detalles del mundo que nos rodea a los que sólo hay que acercar la cámara de un móvil, con su mínima sofisticación. De esta manera he ido coleccionando imágenes de piedras batidas por las olas, de cardos que crecen en las cunetas, de amaneceres, de atardeceres, de nubes, de insectos, de sombras, de puertas, de tejas, de charcos… Y el único punto en común de elementos tan dispares ha sido la belleza. Sencillamente.

Concretar la belleza, tratar de atraparla en una definición que establezca las condiciones que la hacen posible, es un empeño al que, desde hace siglos, se dedican, con desigual fortuna, artistas, filósofos, teólogos y hasta físicos. Desde los más fríos parámetros objetivos, que los clásicos llamaron armonía o proporción, hasta el cálido y subjetivo universo de los sentimientos, en donde la belleza es el motor invisible de algunos de nuestros más primitivos placeres, hemos aplicado un sinfín de lentes tratando de enfocar un elemento borroso, difuso, esquivo,… pero esencial.

Charco

Con frecuencia nuestra mirada, inquisitiva, se dirige a la naturaleza, donde el hombre siempre ha convivido con la belleza, quizá porque ambos nacieron al unísono (¿es posible la belleza antes de que en ella se pose nuestra mirada?). Los seguidores de la conocida como hipótesis de la biofilia no dudan en afirmar que los millones de años durante los cuales hubo un estrecho contacto entre los humanos y la naturaleza han inculcado en el Homo sapiens una profunda necesidad emocional congénita de sumarse al resto del mundo de los seres vivos, aspiración cada vez más difícil de consumar en el teatro urbano y post-industrial. La belleza sería, así, el reclamo del paraíso perdido, la llamada de un mundo que nos es propio y que, sin embargo, hemos convertido en ajeno.

Zen playero

A diferencia de lo que ocurre con alguno de los múltiples objetos, hermosos, que el hombre es capaz de crear, la belleza que nos sorprende en el ordenado vuelo de una bandada de gansos, en el sonido del viento sobre las dunas, en el lento discurrir del sol en un crepúsculo junto al mar, en las sombras que proyecta el amanecer entre los árboles o en los caprichosos dibujos que las olas trazan al batir un guijarro…lo que diferencia a todas estas sorpresas es que no necesitan de explicaciones. Podemos percibir la belleza sin saber nada a cuenta de lo que estamos contemplando. Podemos prescindir de la razón, y hasta de la memoria. Sobran las palabras (nunca mejor dicho) o hacen falta muy pocas (¿quién se resiste a un pie siendo periodista?). Algo, profundo y antiguo, nos dice que ahí habita la belleza y, a veces, también nos advierte de su enorme fragilidad.

En soledad

¿Qué perdemos cuando desaparece esa clase de belleza? Lo único que realmente perdemos es lo que no somos capaces de sustituir. Por eso, la muerte de un ser querido nos provoca el mayor dolor. Y un dolor parecido debería producirnos la desaparición de la belleza que palpita en la naturaleza, porque perdemos lo irreproducible, lo inimitable. Seamos sinceros: hasta ahora no hemos conseguido desentrañar, y comprender, la densa maraña de vínculos y equilibrios que hacen posible el más simple de los ecosistemas. La naturaleza desconcierta a la ciencia y a la tecnología, al arte y a la filosofía,  a cualquiera de las herramientas con las que el hombre trata de convertirse en creador, porque es un infinito juego de contradicciones, una enorme paradoja, que no admite copias, en donde conviven la armonía y el caos, la proporción y la desmesura, la perfección y el error, lo absoluto y lo incompleto, lo permanente y lo efímero.

Microselva gallega

Instagram es la excusa. El smartphone es, al mismo tiempo, soporte y vehículo. Y este blog me sirve de escaparate para mostraros algunas de esas instantáneas que he ido capturando aquí y allá. Pero el utensilio fundamental, el único realmente imprescindible para asomarme a la belleza cotidiana, y compartirla, es el asombro. Sencillamente.

Mi colección de imágenes puede visitarse en:

http://followgram.me/monteromonti/

Así las fotografié cuando el sábado avanzaban desde el Atlántico

El sábado las vi avanzar bien cargadas de Atlántico. Rechonchas, grises, decididas a soltar su pesada carga de agua dulce con nada que las agitara el frío viento de poniente.

Esa misma noche descargaron con fuerza, y mientras oía el repiqueteo de la lluvia imaginé los centenares de humedales que estarían recibiendo ese regalo de primavera.

A pesar de estar considerada una región en donde escasea el agua, Andalucía reúne la nómina de zonas húmedas más rica, variada y mejor conservada de la Unión Europea. Ecosistemas que ocupan miles de hectáreas y que son fundamentales para la supervivencia de un buen número de especies animales y vegetales, alguna de ellas exclusivas del territorio andaluz.

Según el Inventario Nacional de Lagos y Humedales de España, en Andalucía se localizan  309 masas de agua, no desecadas, poco profundas y de un tamaño superior a 0,5 hectáreas. En conjunto suman algo más de 78.000 hectáreas, siendo Doñana, con unas 50.000 hectáreas, el territorio que más superficie aporta a este inventario. Si se excluye este extenso espacio protegido, el resto de humedales se reparten, en su gran mayoría, entre las provincias de Huelva (53 %), Cádiz (34 %), Almería (6 %) y Málaga (6 %).

Frente a los que piensan que el sur de península ibérica es un erial, las evidencias que reúne el inventario demuestran cómo el 56 % de la superficie que en España ocupan las áreas inundables se encuentra en Andalucía. Pero aún más valiosa que su extensión es la variedad de estos ecosistemas, única en todo el continente. En una sola región se encuentran lagunas hipersalinas, como la de Fuente de Piedra (Málaga); ramblas mediterráneas, como las que abundan en el litoral almeriense; humedales de alta montaña, localizados en el macizo de Sierra Nevada, o extensas marismas, de influencia atlántica, como las de la Bahía de Cádiz o el Odiel (Huelva).

Estos paisajes del agua, como los denominan algunos ecólogos, sirven para amplificar la biodiversidad, para multiplicar la variedad y riqueza de especies animales y vegetales. Por eso, la modesta extensión superficial de muchos de estos enclaves no les resta importancia. Por ejemplo, las tres lagunas de Espera (Cádiz), que apenas ocupan un total de 30 hectáreas, sirven de refugio, o zona de cría, a cuatro de las quince especies de aves que en España están catalogadas en peligro de extinción: focha cornuda, malvasía, cerceta pardilla y porrón pardo. Y en lo que se refiere a las plantas acuáticas, más de la mitad de todas las que se han descrito en nuestro país se encuentran representadas en los humedales andaluces.

Más allá de sus valores naturales, las zonas húmedas aportan una larga serie de beneficios a la sociedad, difíciles de cuantificar pero imprescindibles. El flujo de agua entre la tierra y el mar se detiene en estos ecosistemas, en los que se filtran y reciclan los nutrientes, actuando así como verdaderos riñones que facilitan la eliminación de sustancias nocivas. Sirven, asimismo, para controlar el efecto de las inundaciones, retienen los sedimentos y materia orgánica que enriquece los suelos, y ayudan a reponer las reservas de agua acumulada en los acuíferos subterráneos, vitales para el abastecimiento humano y la agricultura en numerosas comarcas.

Como para no bendecir a las nubes que esta semana nos están visitando para descargar su regalo de primavera…

“El hombre retrocede del mono”, aseguraba El Roto, con su sencilla lucidez, el pasado lunes. Y uno no puede estar más de acuerdo con esta peculiar interpretación del darwinismo, sobre todo a la vista de ciertos comportamientos atávicos que nos colocan muy por debajo del raciocinio que gasta, en sus ratos malos, un bonobo (Pan paniscus).

La secuencia es de sobra conocida porque siempre, o casi siempre, se repite siguiendo el mismo esquema, ese que nunca, nunca, repetiría un bonobo:

1.- Depositamos inmoderadas expectativas en alguien, y esperamos que sean satisfechas sin discusión y en el menor plazo de tiempo posible. “Es un tipo estupendo, me va a dar lo que necesito; seguro que me lo da porque es mi amigo”.

2.- Lo que nace como un deseo, como una expectativa, se convierte rápidamente en una necesidad. “Si no me lo da, no podré ser feliz, me faltará algo esencial”.

3.- Lo que para mi es esencial, para el otro es superfluo (suponemos). “A mi me vendría de maravilla y, total, a él le sobra, no lo necesita y no le cuesta ningún trabajo dármelo”.

4.- De la necesidad pasamos a la (falsa) justicia. “Tiene que dármelo porque, en realidad, es mío, y me corresponde, y tengo derecho a ello”.

5.- Mientras esperamos que se cumplan las expectativas lanzamos en su busca, de nuevo, a las suposiciones. “Si no me lo da es porque es una mala persona, un egoísta,  un falso y un sinvergüenza”.

6.- Las suposiciones, cuando pasan del mundo de las ideas al de las acciones, casi siempre se inclinan por el lado de la violencia (gratuita). “No me lo da porque me odia, porque busca hacerme daño, porque quiere acabar conmigo”.

7.- Y la violencia llama a la violencia. “No puedo quedarme quieto ante semejante atropello. Antes de que me robe lo que es mío le arreo una bofetada y se lo quito”.

8.- Y si caemos en la violencia es, por supuesto, en defensa propia. “Yo por las buenas soy muy bueno, pero por las malas…”.

9.- Y concluimos presumiendo de la hazaña, como aviso para navegantes y, sobre todo, para que la Humanidad sepa lo perspicaces que somos. “Iba de buena persona, pero yo lo calé desde el primer momento. A mí no me la pega nadie”.

10. Si conseguimos satisfacer nuestros deseos, volvemos a alimentarnos con nuevas expectativas, y si no, también. “Bueno, tampoco era para tanto, en realidad lo que yo necesitaba era… otra cosa”.

Quien no se reconozca en esta secuencia delirante, o en alguna de sus diez estaciones de penitencia, que levante la mano. Quien no se haya dejado arrastrar por las expectativas, las suposiciones y la violencia (gratuita) que tire la primera piedra. Eso sí, los hay que tropiezan en la piedra una o dos veces (cual bonobo en un rato malo) y los que se abonan a este círculo infernal hasta convertirlo en un vía crucis de recorrido diario.

Satish Kumar

Satish Kumar es uno de los grandes pensadores indios contemporáneos. Afincado desde hace años en Inglaterra, en donde ha fundado el Schumacher College y el Small School, ha inspirado con su palabra, recogida en una dilatada obra, a un gran número de personas y, en particular, al movimiento ecologista. Discípulo de Bertrand Russell y Gandhi, en 1962 se embarcó en una peregrinación por la paz que, a pie y sin dinero, lo llevó desde Bangalore (India) hasta las capitales de la Unión Soviética, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Tres años le ocupó un viaje en el que consiguió entrevistarse  con los líderes de todas las potencias nucleares de la época, a los que, de alguna manera, trató de hacerles recapacitar sobre esos absurdos círculos viciosos que nos conducen al precipicio.

Aunque aquella travesía está relatada en su libro “No Destination”, el párrafo que copio a continuación pertenece a su autobiografía espiritual, “Tu eres, luego yo soy”, un manual que nos reconcilia, si lo leemos con cierta atención y humildad, con la dulce sabiduría de los bonobos.

O, dicho de otra manera, es posible escapar de ese círculo vicioso que nos lleva desde un deseo, más o menos razonable, hasta un comportamiento violento absolutamente suicida; porque uno empieza disparando a los enemigos, después dispara a los amigos y, finalmente, se pega un tiro en la cabeza.

Es posible escapar del absurdo. Se puede conseguir, y es más sencillo de lo que parece (siempre parece mucho más complicado). Entre otros pasajes, Kumar lo explica cuando recuerda su encuentro, en 1965, con Martin Luther King, quien se interesó por el sentido último de su peregrinación:

“Me asombra que hayáis caminado desde India y sin dinero”, dijo King. “¿Cómo coméis? ¿Mendigáis por comida y cobijo?”

“Caminamos como peregrinos por la paz”, dije yo. “Como peregrinos practicamos la paciencia. Hemos aprendido a esperar hasta que se nos ofrece ayuda o un regalo, y entonces aceptamos menos de lo que se nos ofrece”.

“¿Y cómo hacéis eso?”, preguntó King.

“Cuando llegamos a un lugar extraño comenzamos a establecer contacto con personas que no conocemos de nada y les ofrecemos lo que podemos entregarles, en lugar de pedirles algo. Les ofrecemos nuestra presencia, nuestras historias, nuestras canciones, y nos interesamos genuinamente por sus vidas. Cuando la gente se interesa, comienza a hacer preguntas y averiguar quiénes somos y por qué estamos caminando, y por qué no llevamos dinero. Una vez descubren la naturaleza de nuestro viaje, en la mayoría de casos comienzan a abrirse y a demostrar su generosidad. Después de caminar a través de una docena de países durante más de dos años hemos visto que en todos los sitios las personas son iguales. El instinto natural de las personas de todos los países, de todas las culturas y religiones, es ser servicial. La hospitalidad es normal, la hostilidad es excepcional”.

“¿Habéis desarrollado algunas técnicas para disolver las sospechas que la gente tiene hacia los extraños?”, King estaba intrigado.

“No hay una técnica fija. El peregrinaje es un proceso creativo. Cada situación es diferente. Cada día es un nuevo día. El cimiento, la técnica principal y quizás la única, es la confianza. Nunca albergamos en nuestros corazones ninguna duda de que pueda llegar un día en que nadie nos ofrezca ayuda”, dije.

“Pero ha debido de haber ocasiones en las que no os ofrecieron ninguna ayuda. ¿Qué hicisteis entonces?”, indagó King.

“Ese también fue un buen día; una oportunidad para ayunar, una oportunidad para dormir bajo las estrellas. En un viaje sagrado, una oportunidad para sufrir es tanto un regalo como una oportunidad para celebrar. Ninguna situación es constante, todo pasa”, comenté.

Bonobo (Fotografía de Vanessa Woods, Department of Evolutionary Anthropology, Duke University)

La bondad es lo normal. La hostilidad es lo excepcional. Pero a una hay que alimentarla (todos los días, a todas horas), y a la otra hay que dejarla pasar, sin permitir que se pose y, sobre todo, nada de echarle de comer suposiciones, deseos, expectativas, falsas necesidades… Hay animales que enloquecen cuando comen esas cochinadas. Un bonobo, por ejemplo, jamás las probaría…

Y, en el peor de los casos, no olvidéis (y esto también lo saben los bonobos) que todo, absolutamente todo, pasa…

P.D.: Durante unos días dejaré reposar este blog porque me lanzo a caminar. On the road, again.


Hubo un tiempo en el que el calendario mandaba en los fogones. Se cocinaba, sin discusión, lo que correspondía a cada época del año, ya fuera porque la naturaleza iba proporcionando la materia prima de acuerdo a las estaciones o porque las convenciones religiosas y festivas obligaban a consumir (o dejar de consumir) determinados manjares.

La Semana Santa era una de esas épocas en las que la cocina debía someterse a las estrictas reglas que dictaba la iglesia católica. Lástima que hoy esos mandamientos se hayan relajado hasta el punto de liberar a los cocinillas de algunas benditas esclavitudes, como la que tenía por protagonista al bacalao, ingrediente fundamental en los potajes de Cuaresma.

En mi casa se cocinaba un potaje de garbanzos, acelgas (o espinacas) y bacalao, capaz redimir todos los pecados, ya fueran veniales o mortales (bastaba con ajustar la dosis de potaje a la gravedad de la falta).

Es un guiso sencillo en donde prima, más que la técnica, la materia prima y, sobre todo, la paciencia y el cariño, como ocurre en casi todos los guisos.

400 gramos de garbanzos.

700 gramos de acelgas o espinacas.

150 gramos de bacalao desalado y desmigado.

Caldo de pescado (o media pastilla de caldo de pescado).

2 cebollas.

1 tomate maduro.

Laurel, ajos, pimentón dulce, harina y perejil.

Los garbanzos se dejan bañados en agua con sal desde la noche anterior, y también un día antes se inicia el desalado del bacalao (en agua fría que cambiaremos, al menos, cuatro veces).

Escurrimos los garbanzos y los ponemos en la olla a presión con agua caliente (un litro de agua caliente + un litro de caldo de pescado caliente, o, si no tenemos caldo, dos litros de agua caliente). Añadimos media cabeza de ajos sin pelar, una hoja de laurel, la cebolla entera y una pizca de sal (cuidado con la que aporta el bacalao y el caldo de pescado). Cerramos la olla, la ponemos al fuego y cocinamos los garbanzos hasta que estén en su punto (depende del tipo de olla y de la variedad de garbanzos pero, como referencia, podemos tomar unos 20-30 minutos de cocción, es decir, desde que la válvula de la olla comienza a expulsar vapor y bajamos el fuego). No nos conviene que se queden excesivamente blandos, porque la olla aún estará al fuego un buen rato y siempre podemos corregir la cocción si se ha quedado corta.

Abrimos la olla y, aún en el fuego (medio), añadimos el bacalao. Dejamos cocer otros quince o veinte minutos. Si no pusimos caldo de pescado ahora podemos añadir media pastilla de caldo de pescado y las acelgas (o espinacas) lavadas y troceadas. Dejamos cocer otros quince minutos.

En una sartén freímos una cebolla muy picada hasta que esté ligeramente dorada (no dejamos que se tueste). Añadimos el tomate bien maduro, pelado, sin pepitas y troceado (también podemos usar un buen tomate de lata, al natural y triturado) y sal. En otra sartén tostamos, con el fuego bajo, una cucharada de harina y la añadimos al sofrito de cebolla y tomate. Por último ponemos media cucharadita de pimentón dulce, y dejamos que el sofrito se haga a fuego suave. Finalmente lo pasamos por la batidora y lo añadimos a la olla del potaje. Corregimos de sal y dejamos cocer todo junto otros quince minutos.

No se si este potaje está más rico en el mismo momento en que se cocina o al día siguiente.

Si los pecados que tratamos de redimir con este guiso celestial son de extrema gravedad podemos añadir unas bolitas de perejil que aportan unas cuantas indulgencias más al potaje. Este complemento se obtiene a partir de una masa elaborada con huevo batido, miga de pan, perejil picado y ajo picado, que moldeamos formando bolitas (del tamaño de una canica). Las freímos en aceite muy caliente y cuanto estén doradas y crujientes las ponemos a disposición de los comensales, que las añadirán a sus platos de potaje a discreción.

 

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