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Chubas

¿Quién tiene miedo al temporal con un chubasquero decente y unas buenas botas? (es un selfie fallido, pero me gusta… :-) )

Me gusta cuando en invierno, solitaria, la playa se asilvestra. El anuncio del temporal, que debería ser reclamo y no alarma, disuade a los paseantes y, así, pocos somos los que disfrutamos de esa estampa, primitiva y poderosa, que componen el viento, la lluvia y el oleaje batiendo caóticos la orilla. La naturaleza en puro desequilibrio, como está siempre, por cierto, aunque pensemos lo contrario…

 

Un chubasquero decente, unas buenas botas y el asombro a flor de piel, el mismo asombro con el que recorría las playas de mi infancia buscando piedritas, guijarros pulidos que adornaban el alfeizar de una ventana.

Piedras

Hoy he vuelto a casa con los bolsillos llenos de piedritas…

Hoy, caminando contra el viento, he vuelto a buscar piedritas, porque así no me distraigo y mi atención reposa en los pequeños detalles, esos en los que se esconde la belleza; porque esa ocupación, infantil e improductiva, me obliga a olvidarme de lo complejo y a caminar despacio (ya correré el lunes y me defenderé a duras penas de las complicaciones…).

Hoy he vuelto a casa con los bolsillos llenos de piedritas y he recordado el poema de Benedetti: quién sabe si alguna terminará en manos de la alegría, que siempre anda buscando piedritas para llamarnos, para anunciarse, para recordarnos que está ahí fuera, esperando…

 

Piedritas en la ventana
(Mario Benedetti)

De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas

quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuándo mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajo hallaré para no seguirlos

está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana.

 

Piedrass

Quién sabe si la alegría no terminará por usar alguna de estas piedritas para anunciarse, para llamarnos…

 

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Anotación al margen en los apuntes que usé durante mi intervención en el Congreso de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza – Málaga, 23 de enero de 2015)

 

Los que me conocéis sabéis de mi fascinación por la tecnología, por los gadgets (algunos de ellos claramente prescindibles) y las herramientas de última hora que, además de divertirme, pueden ayudarme en mi trabajo.

Hace años, como nos pasó a tantos otros, me hice adicto al PowerPoint y empecé a coleccionar presentaciones, cada vez más alambicadas y efectistas, sobre todos aquellos temas de los que hablo en escenarios variopintos (desde el gigantesco salón de actos de un Palacio de Congresos hasta el aula recoleta de una escuela rural). A fuerza de construir discursos que se apoyaban en una secuencia de diapositivas descubrí que quien de verdad estaba dictando la conferencia eran… las diapositivas, que mi palabra sólo servía para apoyar, discretamente, esa película que dejaba embobados a algunos y dormidos a otros. Y que, para colmo, el discurso era necesariamente lineal, sin mucho margen para los recovecos, las curvas peligrosas, las anotaciones al margen o las salidas de ruta (en busca de nuevos caminos, inciertos pero atractivos). Quien mandaba en el discurso era PowerPoint, y no admitía que se le discutiera el camino a seguir.

De manera casual, en una de esos ratos en los que me gusta vagabundear por las estanterías de una librería, encontré “Presentación Zen”, de Garr Reynolds, un manual atípico que me hizo reconsiderar mi manera de dictar una conferencia, mi manera de diseñar una diapositiva y, en definitiva, mi manera de usar el inflexible PowerPoint. Por cierto, que algunas de las ideas que Reynolds me inoculó aparecen en este blog, porque las usé, a plena satisfacción, en cursos a los que le tengo especial cariño, como el de Ciencia, Arte y Redes Sociales.

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Algunas anotaciones no añaden ideas sino que me sirven para no olvidar el sentimiento que debe inspirar una acción (apuntes que usé en el Congreso de la UICN – Málaga, 23 de enero de 2015)

Apoyándose Reynolds en la filosofía zen lo lógico era que, habiéndome convertido en su devoto discípulo, siguiera simplificando mis presentaciones hasta reducirlas a la mínima expresión de lo comprensible, jugando así con los espacios vacios y no con las diapositivas repletas de información y deslumbrantes efectos. Y lo cierto es que ese parecía el camino al que me conducía la obra de este norteamericano educado en Japón, pero… en mi camino de presentaciones cuasi-espirituales se cruzó Prezi, un veneno que vino de la mano de mi hijo, y despertó, de nuevo, mi fascinación por los artilugios high-tech. Con Prezi mantengo una relación ocasional y, desde luego, si la audiencia está entre los 15 y los 25 años tiro sin dudarlo de este programa que nos sube a todos en una divertida montaña rusa desde la que puede que no aprecies todos los detalles del paisaje pero divertirte te vas a divertir seguro.

¿Y en dónde estoy ahora? Pues, al margen del divertimento ocasional con Prezi y el rigor académico, a veces inevitable, que me obliga a encadenarme a un PowerPoint (aunque sea en su versión zen), he vuelto a mi clásica libreta verde que se cierra con una gomilla, a los folios blancos reciclados y al austero Moleskine negro, soportes en los que, con mucha antelación o sobre la marcha, garabateo las ideas que quiero exponer, y las adorno, para explicarme, con flechas, llaves, asteriscos, subrayados… Compongo así un gráfico en el que se dibuja mi tormenta de ideas y que me sirve de mapa en el que, con frecuencia, me pierdo buscando destinos inesperados, imprevisibles o absurdos. Pero lo que más me gusta de esta rústica herramienta no son las infinitas posibilidades que abre a la improvisación, la libertad que otorga al discurso oral, las pocas distracciones que regala al público realmente interesado… no, lo que más me gusta es que me permite hacer anotaciones al margen, guiños, recuerdos, frases que me inspiran aunque nada tengan que ver con el tema central de mi discurso.

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Un folio salpicado de anotaciones al margen, anotaciones a las que tengo especial cariño (guión garabateado de mi intervención en el Congreso Nacional de Medio Ambiente – Madrid, 27 de noviembre de 2014).

En esos esquemas garabateados hay muchas ideas, las que quiero exponer, y también muchos sentimientos que no expongo, pero que necesito sentir cerca, con la evidencia que proporciona la palabra escrita. Algunas veces he colgado fotos de estos apuntes y alguien se ha dado cuenta de esa aparente anomalía, de esas palabras que no tienen sentido en ese contexto, de esas frases que parecen haberse colado en un sitio que no le corresponde. Bueno, pues ya sabéis cuál es el motivo de ese cóctel garabateado en donde conviven razones y emociones, aunque estas últimas sólo sean para mis ojos… y para los ojos de quienes saben leer entre mis líneas.

Al fin y al cabo, la vida está llena de anotaciones al margen…

 

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La tormenta se adivinaba en las costas de África y el sol terminaría por rendirse, como todos los días. Pero el pequeño faro de Punta Carnero (Algeciras) estaba listo para iluminar el Estrecho. De todas las fotos que he hecho a lo largo de 2014 esta es, con diferencia, la que más me gusta. ¿Por qué? No sé… (Foto: José María Montero)

¿Qué podemos hacer entonces? Entregarnos al presente con toda nuestra alma. Construir cada momento dándonos completamente a lo que nos toca vivir, aquí y ahora” (Álex Rovira).

Nos ha dejado huellas, de las que se ven, y se presume de ellas, y también de esas que, ocultas, hablan, sin más, del paso del tiempo, de los hallazgos que nos han hecho mejores o de los accidentes que fuimos capaces de transformar en lecciones. Nos ha marcado con cicatrices de las que escuecen los días de lluvia o, peor aún, heridas de las que se resisten a cerrarse y, de vez en cuando, aún dejan escapar una gota de sangre que mancha nuestra esperanza. Nos ha traído días luminosos y terribles noches de insomnio. Dibujó inesperados arcoiris para indicarnos el camino en mitad de la tempestad y amaneceres que teñían de naranja nuestras más grises ocupaciones.

Se llevó, sin avisar, a quién aún debería estar a nuestro lado, y puso a nuestro lado a quién nunca imaginamos que sabría descifrar el mohín con el que sonreímos o soñamos. Hizo de la novedad una fiesta y salpicó de risas la más aburrida de las rutinas. Nos hizo valientes cuando sentimos miedo y nos convenció de que la rareza, por escasa, es en realidad una hermosa virtud. Nos hizo amar, sencillamente, y sencillamente nos convenció de que lo imposible no existe. Nos ayudó a no traicionarnos, a no mentirnos, a no causar dolor, a no exigir, a elegir lo más sencillo, a vivir… sin pensar en vivir, por puro placer.

Quizá es que me he acostumbrado a la tormenta y he terminado por encontrar el camino que, con menos luz y mucho más despacio (slow… slow…), es capaz de llevarme, en buena compañía, a donde quiero ir. No se muy bien lo que ha traído el azar y lo que ha venido de la mano del esfuerzo, la búsqueda, el deseo o el cálculo, pero lo cierto es que este 2014 que ando despidiendo me ha parecido maravilloso. Y lo mejor de todo es que l@s que me habéis regalado el milagro de vivir con tanta intensidad lo bueno y lo menos bueno, l@s que me habéis cuidado, no conocéis el paso del tiempo (¿aprenderé alguna vez a no llevar reloj?). Siempre vivís en el presente y allí os encontraré el año que viene. Daros las gracias me sabe a poco, así es que esperadme, allá donde estéis, para un abrazo, nuestro abrazo de año nuevo…

Tejo

Así recuerdo el tejo al que me abracé, hace treinta años, en la jiennense Sierra de Cazorla (la imagen la he tomado de http://wwwsenderoscazorlenses.blogspot.com.es/)

 

Entre mis amigos hay una rara comunidad de individuos que se abrazan a los árboles. Lo hacen por puro gusto, por la satisfacción que da sentirse unidos a un ser vivo que nos presta innumerables servicios, vitales, sin pedirnos nada a cambio. Yo mismo no puedo evitar abrazarme a algunos árboles cuya presencia me conmueve, como me sucedió hace bien poco en un viejo castañar de Fuenteheridos (Huelva).

Esta aparente rareza tiene su base científica porque no son pocos los que, desde una posición más racional que emocional, defienden la hipótesis de la biofilia: los millones de años durante los cuales hubo un estrecho contacto entre los humanos y la naturaleza han inculcado en el Homo sapiens una profunda necesidad emocional congénita de sumarse al resto del mundo de los seres vivos, y por eso necesitamos ese contacto íntimo con vegetales y animales.

Uno de esos raros abrazos que aún permanece vivo en mi memoria, a pesar de los años transcurridos (algo así como tres décadas), se lo di a un tejo, centenario, quizá hasta milenario, que crecía (y espero que siga creciendo) en un rincón de la Sierra de Cazorla. Un árbol imponente que no es extraño que haya sido considerado mágico por muchas culturas, y cuyas virtudes, ocultas, reveló la Medicina no hace muchos años.

Sobre todo en las regiones más occidentales del continente europeo, desde Alemania a Galicia, a lo largo de toda la costa atlántica y las islas británicas e irlandesa, el tejo ha sido considerado desde la antigüedad un árbol sagrado. En torno a esta especie se han tejido numerosas leyendas y ritos, y ejemplares milenarios crecen junto a ermitas, abadías o cementerios. Ignacio Abella, botánico que ha rastreado toda la mitología asociada al tejo, explica algunas de las razones por las que los humanos nos hemos sentido atraídos por este árbol: “Posiblemente la admiración y el culto provengan de aspectos como su asombrosa longevidad, la capacidad de rebrotar incesantemente aún después de caído, el follaje perenne, la dureza pétrea de su madera y su increíble elasticidad, el color rojo intenso de este material y la potencia letal de todas sus partes, exceptuando la envoltura carnosa de su semilla”.

A pesar de la importancia que el hombre le ha concedido, el tejo se encuentra en franca regresión en todos aquellos enclaves en los que se distribuye. En Andalucía todavía podemos encontrarlo en las provincias de Almería (Sierra Nevada), Granada (Sierra de Baza, Sierra de Castril, Sierra Harana, Sierra de Játar, Sierra Nevada y Sierras de Tejeda y Almijara), Jaén (Sierras de Cazorla y Segura, Sierra Mágina) y Málaga (Sierra de las Nieves, Sierras de Tejeda y Almijara). En total se calcula que sobreviven en la región entre 1.200 y 1.800 ejemplares, distribuidos en pequeñas manchas que, en el mejor de los casos, apenas llegan a reunir una veintena de ejemplares. Incluso hay poblaciones que están compuestas por uno o dos individuos aislados. Este fenómeno, que también es frecuente en otros puntos de la península, ha hecho que al tejo se le bautice como el “ermitaño del bosque”, y que su sola presencia justifique la protección de un enclave.

El tejo añade a su valor botánico, determinado por su escasez, interesantes aplicaciones en el campo de la farmacología. Ya a mediados del siglo XIX se utilizaban infusiones de hojas para combatir los gusanos intestinales, regular la menstruación o provocar abortos. Asimismo, se usaba para aliviar espasmos musculares y nerviosos, en molestias de las vías urinarias, reumatismo y artrosis.

Al margen de estas aplicaciones tradicionales, la medicina oficial comenzó a interesarse por el tejo a comienzos de los años 60, cuando investigadores norteamericanos identificaron una sustancia, el taxol, presente en extractos de corteza y hojas de este árbol. El taxol se mostró muy eficaz en el tratamiento de algunos tipos de cáncer, aunque no parecía fácil convertirlo en un medicamento de uso convencional, ya que se necesitaban de tres a cuatro tejos centenarios para obtener el taxol necesario en el tratamiento de un solo enfermo.

Aún así, y después de numerosas experiencias para obtener taxol mediante diferentes procedimientos que no implicaran el sacrificio de los árboles, el gobierno norteamericano aprobó, en 1992, el primer fármaco (Paclitaxel) que contenía este principio activo, indicado para el cáncer de ovario resistente a otros tratamientos. En España se comercializa, con el mismo nombre, desde 1994, y en los últimos años han surgido otros compuestos similares que se usan con éxito en diferentes afecciones tumorales.

¿Es para abrazarlo o no?

Bubo

El croissant de Bubó hay que rozarlo con los labios y luego dejar que los dientes, con el mordisco más sutil del que seamos capaces, se encarguen de ir rompiendo capa a capa (y son casi infinitas) el crujiente envoltorio en el que se esconde la gianduja… (Foto: JMª Montero)

 

No fue una orden, pero tampoco una recomendación distraída. Cuando me dijo: “No dejes de ir a Bubó”, yo sabía que, con o sin tiempo, en mi viaje a Barcelona tendría que ir a Bubó. Porque su manera de entender la belleza hace que se fije, sin darle mayor importancia, en lo esencial, y no es fácil que alguien te señale dónde está el detalle preciso, ese que, aún sin tu saberlo, andabas buscando.

Antes de sentarme en la pequeña barra negra, donde apenas se disponen tres o cuatro taburetes, pasee la mirada por el mostrador en el que se alineaban, dibujando un paisaje tentador, pasteles, bombones, galletas y croissants. Bubó es una pastelería pero también podría ser una joyería en manos de imaginativos orfebres o un pequeño museo dedicado a exhibir las brillantes piezas de un tesoro recién descubierto en algún rincón del Mediterráneo.

Si ella dedicó los mejores elogios al croissant de gianduja, mi primera elección (porque sabía que habría más) tenía nombre. La amabilísima argentina que atendía la barra dispuso el croissant sobre una pequeña bandeja blanca y lo acompañó con una austera servilleta negra. Sin más. ¿Quién quiere cubiertos? Rozaríamos el sacrilegio si dejáramos que un par de herramientas de frío metal se interpusieran entre esa promesa de bollería única y nuestro ansioso paladar. El croissant de Bubó hay que agarrarlo con ternura y conducirlo a la boca con decisión pero sin prisa. Hay que rozarlo con los labios y luego dejar que los dientes, con el mordisco más sutil del que seamos capaces, se encarguen de ir rompiendo capa a capa (y son casi infinitas) el crujiente envoltorio en el que se esconde la gianduja, mientras salpicamos la mesa de azúcar glass y también escapan, para delatarnos, unas gotas de saliva y hasta una lágrima. ¿Suena lujurioso? Es pura lujuria. Es pecado. Y la única penitencia posible es pedir otro croissant y entregarse a las tentaciones y no a las indulgencias. No diré a qué me supo, a quién me supo, de quién habló mi lengua, porque la lujuria necesita de la imaginación, o de la memoria, para hacerse presente.

Aún bajo los efectos de la dulce orgía quiero recordar que crucé tambaleante el Paseo de Grácia, con ese temblor de piernas del que se ha entregado, sin medida, pudor ni culpa, al más intenso de los placeres. Entré en la Casa del Libro, buscando algo de sosiego y el olvido que siempre procura un buen libro, y entre todo el público que rebuscaba en estanterías y mesas decidí arrimarme, atraído por su conversación, a una pareja de elegantes abuelos. Ella, con un foulard de seda roja (¿o era naranja?), le hablaba a los nietos (quizá demasiado pequeños para entenderla) de las hazañas de Homero y los tesoros de Atenas, mientras el abuelo, rozando el ala de su sombrero, coqueteaba con una joven dependienta a la que pidió que le recomendara un libro “pequeño, hermoso y divertido”. El reto era tremendo pero, lejos de amilanarse, la librera caminó con decisión a una mesa, tomo un librillo casi insignificante entre tanto mamotreto, y se lo tendió al viejo lector, añadiendo, para que el juego de la coquetería tuviera su justa réplica: “Yo lo he disfrutado mucho”.

El grupo se perdió camino de la caja y yo me acerqué a la mesa para elegir, a ciegas, exactamente el mismo libro. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, entre tanto trajín personal y laboral, también necesitaba algo “pequeño, hermoso y divertido”. El libro, del que no tenía ninguna referencia más allá del disfrute de la librera, resultó ser La filosofía del vino”, de Béla Hamvas.

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Y el arroz, el tinto y las palabras, se pasearon juntos por la boca tejiendo una sustancia que era mitad materia, mitad espíritu (Foto: JMª Montero)

Con el regusto del croissant aún jugueteando en el paladar y la promesa de un libro atractivo, fui paseando hasta la esquina de Santa Mónica con Drassanes, en donde había quedado citado con mi amigo Luis para cumplir con el ritual gastronómico que nos reúne todos los años,  y en el que nos ponemos al día con una buena dosis de humor. Hablamos de nuestro presente, de lo que hemos dejado en el camino y de lo que se adivina en el horizonte. Despellejamos a algunos impresentables de medio pelo, arreglamos dos o tres problemas de escala planetaria, recordamos a todos los amigos (y sobre todo a las amigas) que nos han hecho como somos y nos compadecimos de los magnates que tenían atracados sus yates cerca de nuestra terraza, convencidos de que ninguno de ellos estaría disfrutando como nosotros de un arròs negre soberbio, unos suaves buñuelos de bacalao y un tinto del Priorat que se escapaba de la botella a una velocidad de vértigo. Y no hubo una sola copa de vino sin brindis. Y el arroz, el tinto y las palabras, se pasearon juntos por la boca tejiendo una sustancia que debe parecerse mucho a la que compone la sagrada forma con la que comulgan los cristianos: mitad materia, mitad espíritu. Un alimento, etéreo, que lo mismo alegra el paladar que alivia el alma.

“¿Podremos?”, le pregunté a Luis en la despedida, como un guiño provocador, y él me aseguró que era mucho mejor despedirse con un “seguimos”, que, sin duda, “es mucho más revolucionario”. Y después corrí a la Plaza del Diamante en donde me alegré de la inesperada generosidad de Sabine, y de allí, faltándome el resuello, agarré mis apuntes en el hotel y conseguí, casi al límite, llegar el primero a la sesión que tenía que dictar en la Pompeu. Y luego cené en una terraza en donde la brisa parecía llegar del mismísimo Caribe. Y me acosté. Y dormí, a ratos. Y soñé con el sabor del croissant (¿o era el sabor de la piel a la que el croissant recordaba?). Y volví a correr para que no se me escapara el AVE de vuelta al sur.

Estaba amaneciendo cuando abrí el libro “pequeño, hermoso y divertido”. Un placer lento a alta velocidad. Y entonces ocurrió lo que estaba tratando de evitar: leí tres o cuatro páginas, volvió el sabor del croissant al paladar, cerré el libro y no pude evitar ponerme a escribirte…

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Y entonces ocurrió lo que estaba tratando de evitar: leí tres o cuatro páginas, volvió el sabor del croissant al paladar, cerré el libro y no pude evitar ponerme a escribirte…(Foto: JMª Montero)

La boca se caracteriza por tres actividades: habla, besa y se alimenta. Por desgracia, nada puedo decir por el momento sobre el habla; ni sobre el beso, mal que me pese. Sólo diré que la boca me mantiene directamente unido al mundo y que esta unión hace posible mis tres actividades: dar, tomar o dar y tomar. Doy con la palabra; tomo con el alimento; doy y tomo con el beso. La dirección de la palabra es el exterior; la del alimento, el interior; la del beso, el exterior y el interior, es decir, el círculo. Por supuesto, una actividad no excluye a las otras dos; es más, se refuerzan entre sí, porque la tierra me habla y me enseña cuando me alimenta, pero también me besa; y cuando beso a una mujer bella, me alimento de ella y ella de mí, y nos nutrimos el uno del otro, y nos enseñamos y nos hablamos el uno al otro; en general, nos decimos cosas para cuya profundidad la palabra se revela insuficiente

(El Universo de la Boca, en La filosofía del vino, Béla Hamvas)

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Dedicado a mi amigo Pedro, por su tacto infinito…

Cuánto empeño ponemos en describir los diferentes olores o sabores que nos visitan a diario. Qué variedad de sonidos somos capaces de distinguir en una sencilla canción y qué multitud de colores adornan el amanecer que se filtra por la ventana. Pero, ¿quién encuentra en el tacto, cotidiano, todos esos matices que habitan en el resto de sentidos? Parece que a la piel sólo le importa tocar o ser tocada, y, tal vez, una cierta delicadeza, o brusquedad, en el gesto. Sin más.

Así es que uno llega al shiatsu, con esa primitiva idea del tacto, y descubre los  infinitos matices que parecían únicamente reservados al oído, al olfato, a la vista o al gusto.

Más allá del efecto terapéutico (o quizá, quien sabe, este sea el verdadero efecto terapéutico del shiatsu) el cuerpo agradece, de entrada, ese descubrimiento. A cada centímetro de piel, a cada recodo olvidado, le corresponde su dosis de tacto. Una dosis medida, ajustada, precisa, diferente… La dosis oportuna, la que se necesita en ese lugar y en ese instante.

Acostumbrados a otros muchos masajes, inspirados en diferentes técnicas, tendemos a pensar que para que se manifieste este descubrimiento es suficiente una buena disposición, en el receptor, y una adecuada cualificación en el emisor. Pero también aquí el shiatsu introduce un matiz decisivo: la conexión, la confianza.

Si el tacto es capaz de multiplicarse en infinitos matices es, sobre todo, porque las manos de quien nos toca buscan algo más que un simple alivio físico. Nos buscan a nosotros. Buscan a la persona en su laberinto. Buscan lo que se expresa (en forma de dolor o de pérdida) y también lo que no se manifiesta, lo que se esconde, oculto, esperando que alguien lo revele con el simple tacto de una mano abierta.

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Los que hacen equilibrismos al borde del abismo son Charly y Arturo. Yo, con mi vértigo a cuestas, me mantengo en un discreto segundo plano…

 

Nunca entendí como podían llamar “microcentro” a un barrio que suma más de 60 manzanas y en el que trabajan a diario unos 4 millones de personas, pero Buenos Aires es así y se recrea en su desmesura. Nos tuvimos que subir a la azotea de un rascacielos del microcentro para poder abarcar la infinita trama urbana de la capital porteña porque con ella, como contraste a la desolación de la Pampa o el desierto patagónico, queríamos que comenzara el primer capítulo (Las alas de la Pampa) de la serie documental que en abril de 2007 rodamos en tierras argentinas. Tocando el cielo me acompañan Arturo Jiménez (operador de cámara) y Charli Guiard (realizador).

Es contagiosa la vitalidad de esta ciudad que ha experimentado uno de los procesos de urbanización más poderosos de todo el continente americano. A mediados del siglo XIX Buenos Aires apenas sumaba 90.000 habitantes y tan sólo 50 años después ya rebasaba el millón de pobladores. Hoy concentra casi el 40 % de toda la población argentina, cerca de 14 millones de personas repartidas en más de 12.000 manzanas y alrededor de 3.000 calles.

Sin límites ni accidentes geográficos que nos permitan estructurar este paisaje urbano, podemos tomar como referencia las kilométricas avenidas que surcan la urbe y, desde ellas, alcanzar los diferentes barrios que componen este desproporcionado callejero. En La Boca o en Recoleta se templa la desmesura y el paisaje vuelve a adquirir una escala humana.

Corrían los últimos días de la primavera austral que se hacía presente en los tranquilos jardines de la céntrica plaza de San Martín, en el animado bullicio de la calle Florida o en el abigarrado y centenario mercadillo de San Telmo. Y al final del día, cerca de aquel hotelito de la Avenida de Mayo que miraba al mítico Café Tortoni, siempre nos despedíamos con una Quilmes, bien fría, en Los 36 Billares…

P.D.: Creo que hoy se me nota la nostalgia porteña… y la culpa la tiene Fabiana Cantilo…

 

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