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A este plato azul le tengo especial cariño, al igual que a mi curtida tabla de madera. Este es mi mediodía en la cocina gaditana donde regreso a Ítaca de la mano de un aliño de langostinos con albahaca y sésamo. Foto: José María Montero.

Hay quien suspira imaginando largas horas de lectura, siestas sin despertador, animadas tertulias a la luz de la luna o viajes a destinos exóticos. A todo eso me entrego en verano, en reparador desorden, pero mi particular Ítaca está en la cocina, en mi cocina gaditana (*). No concibo empezar las vacaciones sin un buen madrugón para elegir el mejor pescado de la lonja y luego encerrarme en mi pequeña cocina a inventar, a disfrutar, a compartir. Cada año me da por enredar en una dirección, y eso explica que haya veranos donde reinan las vichyssoises (heterodoxas) con coco y rape, otros en los que dominan los guisos de raya, o las calderetas, o el sushi-a-la-andaluza o las albóndigas. Y lo mismo que cambio de recetas cambio de vinos, imprescindibles mientras cocino, transitando entre las manzanillas (en rama, pasadas, amontilladas), los finos, los amontillados, los finos perdidos, los palos cortaos…

Imaginar las vacaciones es soñar con días y días y días y días cocinando. Cocinando por la mañana, por la tarde, por la noche. Cocinar para dos, para cuatro, para diez. Cocinar pescados, cocinar verduras, cocinar carnes, cocinar postres. Cocinar a la gaditana, a la cordobesa, a la italiana, a la japonesa, a la dominicana. Cocinar.

Este año rompí (como debe ser) la tradición y la primera receta propia (si es que existen recetas propias) la cociné en territorio sevillano, el último día de trabajo y a las 6 a.m., cuando resulta complicado probar el plato o acompañar la faena con una copa de algo que no sea café. Cociné, una vez más, para compartir, para despedir la temporada de “Tierra y Mar” y “Espacio Protegido” (Canal Sur Televisión) con aquellas personas del equipo que durante un largo año han dado lo mejor en lo laboral y en lo personal. Cada cual aportó algo y, un viernes más, brindamos por el trabajo bien hecho. Brindar también es trabajar (seguro que ya hay por ahí algún coach, algún gurú, que coincide con esta particular política de personal).

Estas amigas me estaban esperando este año en mi primer día de vacaciones. Los paisajes de Cádiz son extraordinarios. Foto: José María Montero

Antes de salir el sol ya andaba cocinando un aliño de gambones con albahaca y sésamo, aunque un oportuno comentario de mi amiga Chica me hizo considerar, muy seriamente, la posibilidad de ejecutar esta ricura con langostinos chiguatos de Sanlúcar de Barrameda (ya tenéis tarea, ya estáis tardando en agarrar el omnisciente Google para saber qué es eso de los langostinos chiguatos).

– Langostinos chiguatos en cantidad generosa (que menos que tres o cuatro por cabeza).

– Tomates cherry, cebolleta morada, pimiento y rábano.

– Sésamo, lima, sal, pimienta negra, albahaca fresca, piñones y aceite AOVE.

– Manzanilla (para cocinar y para beber mientras se cocina).

Como son chiguatos los langostinos no hay que pelarlos, pero sí que separamos las cabezas y las ponemos en una sartén con un poco de aceite. Sofreímos presionando con el cucharón para los animalitos suelten todo su jugo. Regamos con un poco de manzanilla, concedemos unos minutos para que en la crema rosada se combinen bien los sabores del marisco y la manzanilla. Colamos y reservamos.

Preparamos un picadillo generoso de tomates cherry, cebolleta morada, rábano, pimiento y algunas hojas de albahaca. O bien picada o, tirando de mandolina, todas las verduras cortadas en finas láminas. Disponemos el picadillo sobre una fuente.

En el mortero majamos, con paciencia y decisión, unas cuantas hojas de albahaca fresca, unos granos de pimienta negra, la piel de media lima rallada, el zumo de esa media lima, un puñado de piñones y un buen chorreón de AOVE. Reservamos ese aliño (que podemos corregir en una u otra dirección según nos guste más cítrico o menos, más apiñonado o menos, más picante o menos…).

En una sartén salteamos el sésamo para que se aromatice. Reservamos. En la misma sartén ponemos un poquito de AOVE y una guindilla partida, calentamos y salteamos los chigüatos (sin pasarnos). Retiramos la guindilla, el aceite lo mezclamos con el aliño del mortero y los chiguatos (cuando se enfríen) los disponemos sobre el picadillo.

Emplatamos: cubrimos picadillo y chiguatos con el aliño y el sésamo. Mezclamos y sacamos la botella de manzanilla del congelador. Suspiramos: hemos llegado a Ítaca.

(*) Hay quien considera (ojo) que Ítaca, la patria de Odiseo, no es una isla del mar Jónico sino que, en realidad, los poemas homéricos hablan de Ítaca cuando se refieren a Cádiz. Según esta teoría Monte Nérito es Nertobriga (San Fernando), el puerto de Forcis es LaCaleta, el Puerto Retro es el actual puerto de Cádiz y la Fuente de Aretusa es Fuente Amarga, cerca de Chiclana de la Frontera. Vale que el defensor de esta tesis (Iman Jacob Wilkens) no haya sumado muchos adeptos, pero yo coincido con él: para mí Ítaca es Cádiz, sin duda alguna.

Para que esta mosca sea mosca han tenido que pasar muchas cosas y establecerse muchas relaciones. Para que esta preciosa mosca ayude a la polinización de la lechetrezna sureña que visita (sin darse importancia) la naturaleza ha tejido lazos invisibles que, sin embargo, algunos pueden ver. La foto es de Carlos Herrera y está fechada en la sierra de Cazorla (Jaén) el 8 de julio de 2019.

 

Con la rotunda lucidez que brindan dos copas de manzanilla (de Sanlúcar) acostumbro a tomar grandes decisiones. Decisiones difíciles pero trascendentales. Por ejemplo, cuando el velo de flor me despeja el intelecto y me regala una dosis extra de arrojo considero la posibilidad, largamente aplazada, de abandonar, ad infinitum, las redes sociales. Juro que he pasado demasiadas veces por el trago, nunca mejor dicho, de sujetar la copa con una mano y apoyar el índice de la otra en el tentador comando delete-all-forever. Casi puedo tocar ese paraíso analógico, libre de ruido y hooligans, donde todo discurre despacio y no pocas cosas, y hasta personas, son feas, sin más y sin remedio, sin filtros. Feas y aburridas, como nuestras propias vidas cuando se empeñan en ser confortablemente convencionales, dulcemente rutinarias, y no hay quien las haga salir del letargo.

Lástima que en el último minuto siempre aparezca la puñetera belleza, sí, esa que habita, aunque no lo parezca, en el mismo epicentro del caos. Casi siempre es una frase, o una cita, o una larga reflexión, o un diálogo chispeante. Casi siempre es la palabra la que me cautiva, began-again, y me hace retirar el índice del gatillo.

Ayer, sin ir más lejos, andaba vagabundeando por Facebook, buscando-un-no-se-qué, sin una copa de manzanilla, y, posiblemente debido a esa carencia, sin un atisbo del coraje imprescindible para darme de baja y salir, por fin, de esa chisporroteante noria cansina, cuando (!maldita belleza!) apareció Carlos Herrera (ojo, el profesor de investigación del CSIC, experto en ecología evolutiva, uno de los científicos más brillantes de nuestro país) hablando de una mosca. Sí, habéis leído bien: Carlos-Herrera-el-investigador-hablando-de-una-mosca-en-Facebook. Con foto, eso sí, con una preciosa foto del bicho posado sobre una lechetrezna, como algunos serranos llaman, en román paladino, a esta herbácea silvestre (bueno, en honor a la verdad Carlos precisó que la mosca estaba visitando “flores de Euphorbia nicaeensis” en la sierra de Cazorla).

Creo que merece la pena reproducir el diálogo que a partir de ese instante los dos mantuvimos on line y sin bajarnos de la noria de Facebook, prueba palpable de que, de vez en cuando, las redes sirven, sin marearnos demasiado, para tejer algo que, además de útil, puede llegar a resultar hermoso:

Carlos Herrera (CH).-  Por mucho que nos apasione una letra del alfabeto, por ejemplo la “m” de mariposa, no podremos entender el Quijote si nuestro libro contiene exclusivamente palabras que empiecen por la letra preferida. Utilicé ayer esta analogía en mi charla a los alumnos de un curso de mariposas para transmitirles la importancia decisiva del contexto biológico para una comprensión cabal de cualquier fenómeno natural. Hoy rememoré la analogía mientras observaba a esta mosca del género Gymnosoma visitar flores de Euphorbia nicaeensis. Mientras era larva vivió dentro de una chinche Pentatomidae, a la cual mató finalmente para convertirse en esta preciosa mosca adulta. La difunta chinche que le dio la vida es parte del contexto invisible de esta foto. Sierra de Cazorla, 8 de julio de 2019.

Yo mismo (Ym).- Siempre es un placer leerte (y aprender) Carlos, demostrando que en este océano virtual además de ruido hay música. Hoy me has recordado el precioso texto de Thich Nhat Hanh dedicado a explicar el concepto de “interser” (o como dice Haskell: “No existe el individuo dentro de la biología. La unidad fundamental de la vida es la interconexión y la relación. Sin ellas, la vida termina”).

Si eres un poeta podrás ver sin dificultad la nube que flota en esta página. Sin nubes no hay lluvia, sin lluvia los arboles no crecen y sin árboles no se puede fabricar papel. Las nubes son imprescindibles para fabricar papel. Si no hubiera una nube tampoco habría una página, de modo que podemos afirmar que la nube y el papel interson. Interser es un término que todavía no está en el diccionario. Si combinamos el prefijo inter y el verbo ser obtendremos este neologismo: interser.
Contemplemos de nuevo la página con más intensidad y podremos ver la luz del sol en ella. Sin luz los bosques no crecen. En realidad, sin la luz solar no crece nada, así que podemos afirmar que ella también está en esta página. La página y la luz solar interson. Si seguimos mirándola podemos ver al leñador que taló el árbol y lo llevó a la factoría para que lo transformaran en papel. Y veremos el trigo, y por lo tanto el trigo que más tarde será su pan, el pan del leñador, también está en la cuartilla. A su vez están el padre y la madre del leñador. Mirémosla bien y comprenderemos que sin todas esas cosas la página no existiría.
Si contemplamos aún con mayor profundidad podemos vernos a nosotros mismos en esta página. No resulta un proceso muy difícil porque mientras la miramos forma parte de nuestra percepción. Vuestra mente y la mía están ahí. No falta nada, están el tiempo, el espacio, la tierra, la lluvia, los minerales y el suelo, la luz solar, las nubes, los ríos, el calor. Todo coexiste en esta página. Por eso considero que la palabra interser debería estar en el diccionario. Ser es interser. Sencillamente, es imposible que seamos de forma aislada si no intersomos. Debemos interser con el resto de las cosas. Esta página es porque, a su vez, todas las demás cosas son
”.

PD: Perdón por el ladrillo zen Carlos 😉

CH.- De ladrillo nada, es fantástico. Es lo que yo pienso sobre la naturaleza, pero bien escrito. “Interser”, sí señor, me gusta mucho la idea. Llevo varios años rumiando algo que, si tengo salud, espero escribir alguna vez, y esa idea está en el centro del asunto. Aunque no la había bautizado todavía. A ver cómo lo digo en English 🙂

Ym.- Por si te resulta útil he buscado el texto original en inglés y así es como lo dice este vietnamita: « “Interbeing” is a word that is not in the dictionary yet, but if we combine the prefix “inter” with the verb “to be”, we have a new verb, inter-be. Without a cloud, we cannot have paper, so we can say that the cloud and the sheet of paper inter-are».

CH.- Gracias Jose María. Sí, “interbeing” me suena bien. “Transbeing” podría ser una alternativa si el prefijo trans no estuviera tan “cargado” hoy en día con otras cosas. Hay un concepto bastante antiguo en ecología, propuesto por Dawkins, que es el de “extended phenotype” que se podría beneficiar también de la idea del interser. Por ejemplo, si el olor de una flor se debe no tanto a la cualidad de la planta que la produce sino a la cualidad de las levaduras que viven en su néctar, la flor sería un fenotipo floral “extendido” por un hongo. O bien, la flor “intersería” flor y hongo a la vez. Me encanta, voy a poner todo esto en mi cuaderno antes de que se me vaya el santo al cielo. Gracias otra vez.

Ym.- Fantástico !!! La idea sigue creciendo gracias a que nosotros también intersomos 😉 Y al poner el ejemplo de las levaduras del néctar se me ha venido a la cabeza el interser que habita, gracias a las levaduras, en las manzanillas de Sanlúcar, en el fino de Montilla o en un amontillado de Jerez… pero esa es otra historia.

Y ahí quedó todo, que no es poco, aunque yo seguí dándole vueltas al asunto.  Y como soy más de enología recreativa que de ecología evolutiva insistí, copa en mano, en la analogía de la manzanilla sanluqueña donde, si uno se fija lo suficientemente bien, no sólo adivinará el interser que mantienen vino y levaduras, sino que también identificará la presencia de las microscópicas diatomeas (algas unicelulares que poblaban la Andalucía sumergida de hace más de 20 millones de años) que fertilizan los suelos de albariza, atisbará la humedad dulzona del Guadalquivir, los vientos caprichosos de levante y poniente, la sal del Atlántico, las bacterias lácticas y hasta la yema, callosa, del viticultor que acarició el hollejo de las palomino camino a la bodega.

En fin. Hoy tampoco me marcho de las redes sociales, por si las moscas…

PD: Carlos Herrera será uno de los especialistas que nos acompañarán en el XIII Congreso Nacional de Periodismo Ambiental (Madrid, noviembre 2019) para explicarnos cómo comunican los científicos.

 

 

Científicos y comunicadores en el desierto australiano (2009)

Desde 2002 la Estación Biológica de Doñana (CSIC) y la Radio Televisión de Andalucía (RTVA) vienen colaborando en el desarrollo y difusión de expediciones científicas a diferentes espacios naturales que, más allá de la Península Ibérica, mantienen algún vínculo ecológico con nuestro país. De esta manera, y en una experiencia pionera en España, un equipo de televisión (“Espacio Protegido”, Canal Sur Televisión / Andalucía Televisión) filma, en tiempo real, los avatares de un viaje de estas características, rodeado de dificultades pero, también, abierto a sorprendentes descubrimientos científicos. Aventura y rigor no son valores incompatibles en este producto televisivo.

Documentales atípicos que refuerzan el compromiso de la RTVA con la divulgación de la Ciencia y la difusión de aquellos proyectos que, desde instituciones de investigación radicadas en Andalucía, buscan mejorar el conocimiento y protección de nuestro patrimonio natural, haciendo atractivo este empeño para el gran público y, sobre todo, para los espectadores más jóvenes.

La iniciativa, a la que en 2006 se sumó el Parque de las Ciencias de Granada, se ha materializado, hasta la fecha, en cuatro series documentales: “El jardín de los vientos” (Expedición a Kazajstán, 2003); “Mauritania, tres colores” (Expedición a Mauritania, 2004), “El sur infinito” (Expedición a Argentina, 2006) y “Planeta Australia” (Expedición a Australia, 2009).

Aprovechando que los alumnos del Máster en Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) me han pedido que les facilite el visionado de algunos de estos documentales, cuelgo en este post los enlaces de aquellos videos que están disponibles en Internet:

· “El jardín de los vientos” Capítulo 1: http://www.youtube.com/watch?v=EFEtZDSHwGY&feature=mfu_in_order&list=UL

· “Mauritania, tres colores”. Capítulo 1: http://www.youtube.com/watch?v=kYwUl8CNVks&feature=youtu.be&a

· “Argentina: las alas de la Pampa”: http://www.youtube.com/watch?v=9GgM3elKtjY&feature=mfu_in_order&list=UL

· “Argentina: el sur infinito”: http://www.youtube.com/watch?v=c0puqGmA4_c&feature=mfu_in_order&list=UL

· “Planeta Australia: los archivos de la Tierra” : http://www.youtube.com/watch?v=N0tCCBGcc3k

· “Planeta Australia: la vida en las antípodas”: http://www.youtube.com/watch?v=ev5p8A6SvMM

También pueden verse en la CienciaTK del CSIC (www.cienciatk.csic.es).

Otros materiales de interés:

El día que las hice nadie se distrajo haciéndoles una foto (estábamos en el asunto de disfrutarlas), así es que no tuve más remedio que cocinarlas de nuevo para inmortalizarlas junto a una copa de moscatel dorado.

 

Si no versiono me aburro. En la cocina raramente me someto al dictado de una receta, entre otras cosas porque pocas recetas conozco que garanticen el resultado que prometen si uno es fiel, sin desvío alguno, a los procedimientos, las cantidades y los tiempos. Hay en todas las recetas, incluso en las que uno mismo considera propias (y por ello exactas), enormes dosis de incertidumbre que sólo cabe atribuir a circunstancias cuyo cálculo y previsión no encontraremos en ningún manual: estado de ánimo, perfil de los comensales, condiciones atmosféricas, calidad de la materia prima, tipo de fuego, características del utillaje, música de fondo, paisaje que se contempla desde la ventana, día de la semana, excelencia o no de los cuchillos (ítem decisivo), vino que acompaña al cocinero en sus quehaceres, etc, etc, etc.

Versiono porque es imposible la fidelidad a lo que es por naturaleza cambiante y también porque me aburro. Me aburren la ortodoxia y la pureza llevadas a la cocina, donde me divierto precisamente porque ahí nada es puro y la heterodoxia es la puerta por donde entran los grandes fracasos (de los que tanto se aprende) y los hallazgos brillantes (que celebrarán los comensales). En realidad la ortodoxia me aburre en cualquier quehacer, por eso también en el universo del arte, en sus múltiples manifestaciones, me fascinan las versiones hasta el punto de coleccionarlas en el caso de obras para piano (una misma pieza la escucho en manos de Kissin, de Lang Lang, de Buniatishvili, de Wang, de Ashkenazy, de Lisitsa, de Volodin o de Trifonov, por citar una playlist que llevo en mi móvil para asombro, y desesperación, de algunos que me han pedido escucharla y no han podido soportar el bucle de versiones).

En cada versión, ya sea música, pintura o cocina, hay un matiz que enriquece el original, un elemento sorprendente que aniquila lo previsible, un chispazo que ilumina lo que antes estaba en sombra o no existía. Me gustan las versiones porque cuando vivimos, con conciencia de estar vivos, estamos versionando constantemente, saliéndonos del plan trazado, improvisando. Desconfío (mucho) de aquellos que ejecutan las recetas o las partituras con disciplina militar, los que conducen sólo por autopistas y con ayuda de un navegador y, sobre todo, los que viven sin cambiar de planes.

Hace unos años, como ya conté en este mismo blog, tuve un sueño en el que cocinaba torrijas sin descanso. Al amanecer, con el cerebro bañado en canela, no tuve más remedio que cumplir el sueño, ajustándome, de forma heterodoxa, a la receta de mi abuela y de mi madre. Desde entonces no había vuelto a cocinar torrijas, hasta que hace unos días las incorporé como postre a una comida con amigos. Y lo hice porque se apoderó de mí (las recetas siempre se apoderan de mí, no encuentro otro verbo que exprese mejor el deseo de cocinar) una versión que seguro alguien ya había perpetrado antes que yo pero que a mí me pareció original y tentadora en su atrevimiento: torrijas de horchata con salsa de cítricos. Dicho y hechas.

– Una docena de rebanadas de pan como de un dedo de grosor. A mí no me gusta usar pan de molde ni ese pan que anuncian como “especial para torrijas”. Me gusta una barra de buen pan, prieta, pero del día anterior, un poquito dura, o, como mucho, un pan brioche que también sea del día anterior.

– 1 litro de horchata fresca (la venden en los refrigerados de Mercadona, en recipiente de cristal, y gana bastante en comparación con las más industriales).

– 1 vaso de zumo de naranja natural.

– 1 copa de amontillado o de oloroso seco.

– Cáscara de naranja y de limón.

– Canela en rama y clavo.

– Azúcar morena.

– 3 huevos batidos

– Aceite de oliva, aceite de girasol y mantequilla.

Los pasos son muy sencillos y, como en tantas otras recetas, lo único decisivo es la audacia, el cariño y la calidad de la materia prima.

En una sartén amplia y honda mezclamos 3/4 de aceite de girasol y 1/4 de aceite de oliva (AOVE) y ponemos el fuego en posición medio-fuerte. Añadimos unas cáscaras de naranja (sólo la cáscara, sin el albedo -la parte blanca-) que van a aromatizar la fritura y también nos servirán como referencia de la temperatura porque colocaremos las torrijas cuando las cáscaras estén flotando y burbujeando -las retiraremos en ese momento-).

Empapamos muy bien las rebanadas de pan en la horchata, pero no tanto como para que se deshagan (dos o tres minutos por cada lado). Pasamos las rebanadas por huevo batido y las freímos con el aceite bien fuerte pero controlando la temperatura para que se doren sin quemarse. Las vamos colocando en una fuente con papel de cocina que absorba el exceso de aceite.

En otra sartén derretimos una cucharada sopera de mantequilla, añadimos cáscara de naranja y de limón, un trozo de canela en rama y dos o tres clavos (especia, ojo). Salteamos todo a temperatura media, subimos el fuego y añadimos el amontillado. Cuando empiece a hervir acercamos una cerilla y flambeamos (cuidado con los extractores o muebles que quedan muy cerca del fuego) para que se evapore el alcohol. Ya sin llama bajamos el fuego y añadimos el zumo de naranja. Dejamos reducir a fuego medio hasta que todo el líquido se convierta en salsa (retiramos las cáscaras de cítricos, la canela y el clavo). Reservamos.

En un cacillo mezclamos tres o cuatro cucharadas de azúcar moreno con un par de cucharadas de agua y calentamos la mezcla hasta obtener un caramelo no demasiado espeso. Reservamos.

Servimos las torrijas (a mí me gustan aún tibias) cubriéndolas con un hilo de caramelo y otro de salsa de cítricos. Ponemos los ojos en blanco. Suspiramos. Repetimos.

El moscatel de Chipiona, las naranjas de nuestro jardín, los limones del vecino, la canela de nuestra visita a Tánger…

PD: No me resultó difícil elegir el vino con el que acompañar este postre versionado: Moscatel Dorado César Florido. Olvidaros del clásico moscatel denso y empalagoso (que tiene sus aficionados, por supuesto), este moscatel dorado que se cría en Chipiona (Cádiz), en una bodega familiar cuyas botas reposan a cincuenta metros escasos del Atlántico, es otra cosa. Un vino de postre delicadísimo, repleto de matices (cacao, miel, avellanas tostadas, roble…), que compro desde hace años, junto a un amontillado salino y un curioso fino amanzanillado, en el viejo despacho de la mismísima bodega.

Aquí está la prueba que quedó registrada en mi Instagram el 28 de octubre de 2018: la cazuela de quesos británicos salteados, en The Cheese Bar, alcanzó la categoría de delicatessen gracias a la inesperada compañía de este moscatel. El sol de Chipiona en Londres.

 

Un moscatel con el que (para mi sorpresa) cené el pasado otoño en The Chesse Bar (Candem Stables, Londres) donde brillaba con luz propia junto a la carta de quesos. La sugerencia de maridaje de un chef culto y atrevido, de esos que no le temen a las versiones.

 

 

Hace unos días, en un debate en la Facultad de Comunicación de Sevilla, me preguntaron si, frente a la emergencia climática, todavía era optimista. Creo que por vez primera confesé en público haber perdido el optimismo del que siempre he presumido. Ya no tengo argumentos lo suficientemente sólidos como para sostenerlo y no soy persona que se entregue al júbilo de un futuro mejor desde la inconsciencia. Me he convertido, contra mi voluntad, en un optimista bien (demasiado bien, por desgracia) informado.

He perdido el optimismo y me he agarrado a la esperanza, me he atado a ella como el marino que se ata al timón de un velero desarbolado en el corazón de una galerna. La esperanza se alimenta de lo inesperado, de lo inédito, de lo que nace a contracorriente desafiando la razón, de lo que se impone por encima del silencio obligado, de lo que aparece, sin esperarlo, contradiciendo al pesimismo. Greta Thunberg es esperanza. Los escolares europeos de los Fridays for Future son esperanza.

Pero justo al encenderse esta tímida luz en mitad de la oscuridad, este faro que parece indicarnos cómo sobrevivir a la galerna, es cuando más cuidado debemos tener para no recuperar, en el peor momento, el optimismo perdido. ¿Qué es lo mejor que podemos hacer los adultos para ayudar a Greta? Apartarnos de su camino, no entorpecer, no molestar y, sobre todo, no contaminar con nuestros viejos errores las nuevas esperanzas.

Resulta tentador, por ejemplo, combatir la apatía ambiental de políticos, medios de comunicación y ciudadanos recurriendo al miedo (aunque no sepamos, o no estemos muy seguros, en qué dirección debemos correr) o, peor aún, considerando que, tal vez, no sea tan mala idea empezar a aplicar estrictas y urgentes regulaciones “ecológicas”, al margen de la aprobación ciudadana, para evitar así el colapso. Por muy negro que se dibuje el horizonte (y se dibuja cada vez más negro) las dos me siguen pareciendo, como siempre he defendido, muy malas soluciones, atajos peligrosamente cercanos al ecofascismo (al ecototalitarismo, para ser más certeros en el uso del calificativo) que ya asoma las orejas y al que, mucho me temo, veremos crecer y crecer (sobre todo en las sociedades más opulentas). Ya tenemos entre nosotros, con apariencia de personas comprometidas con la conservación del medio ambiente, a unos cuantos ecofascistas que se pasean por las redes sociales como impolutos salvapatrias y sospechosos gurús sabelotodo. Y aparecerán muchos más, seguro. Ya no existen los negacionistas (nadie puede contradecir a la Ciencia), ahora sólo nos enfrentamos a oportunistas (aunque se tengan que camuflar) dispuestos a reservarse el uso exclusivo de unos recursos naturales amenazados (aunque hablen del bien común). Cuidado con los lobos con piel de cordero. Cuidado con la maldad disfrazada.

Un momento. Dejadme que me contradiga un poco (como acostumbro): quizás sea el tiempo del miedo, de acuerdo; quizás haya que mostrar, de manera descarnada, hacia dónde nos conduce tanta insensatez. Quizá sea el momento de hablar de crisis existencial porque lo que está en juego es nuestra propia supervivencia como especie (empezando, por supuesto, por los más débiles, por los desfavorecidos, por los oprimidos). Quizás sea el tiempo del miedo, pero… ¿hacia dónde corremos? El problema no puede desvincularse de las soluciones, y por eso hay que insistir en los nuevos escenarios, en los nuevos actores, en las nuevas alianzas, en los motivos para la esperanza. Hay que insistir en el diálogo. Las coincidencias son maravillosas (¡ qué seguros nos sentimos con los nuestros !) pero poco fértiles, es mucho más estimulante la discrepancia educada. Así es que debemos explorar todas las perspectivas y, sin miedo, todas las aristas de este diálogo (que son muchas). Hay que señalar hacia dónde, asustados, sería conveniente correr.

Recapitulando: ¿con miedo o sin miedo? Difícil elección. Sigo pensando, a pesar de la emergencia, que es mejor convencer que asustar, y muchísimo mejor acordar que imponer. La crisis ambiental no puede resolverse con una merma en la calidad democrática de nuestras sociedades (otra merma más, quiero decir). El fin no justifica los medios; el fin, en este caso, sólo justifica a los totalitarios de siempre, esta vez disfrazados de justicieros ambientales (¿sálvese quien pueda?). En vez de traicionar la esencia del modelo democrático lo que hay que hacer es mejorarlo, reforzarlo. Los que creemos en la democracia, con todos sus defectos y sus enormes virtudes, estamos obligados a una inmisericorde autocrítica desde la que explorar, sin miedo o asustados, nuevos modelos de gobernanza, esos que pide Greta de una manera contundente y firme; de forma poco sofisticada pero emocional y, sobre todo, radicalmente educada. No, no es necesario gritar, mejor es convencer. Con calma. Con respeto.

Amenazados por la crisis ambiental, cuando más necesarias son las redes sociales para dialogar, buscar alianzas, confrontar opiniones, potenciar las relaciones y tejer nuevos modelos de sociedad… más se esfuerzan los hooligans en hacer ruido, disparando a todo lo que se mueve, torpedeando cualquier conversación a la que no hayan dado su visto bueno. El ecofascismo tiene en el mundo virtual un magnífico caldo de cultivo. Pero no, desde la mala educación, desde la soberbia y la violencia no se puede construir un futuro mejor. Y, por favor, no me habléis de la emergencia como excusa para sacar el garrote y la imposición. Se puede ser rebelde… y educado (Gandhi). Se puede ser revolucionaria… y educada (Vandana Shiva). Se puede ser firme… y educado (Bertrand Russell). Se puede ser visionaria… y educada (Rachel Carson). La educación no está reñida con la rebelión, con la resistencia, con la protesta. No. En esto también nos está dando una lección, a los adultos, Greta Thunberg y el movimiento de escolares europeos que lidera. No los molestemos, hagámonos a un lado o, mejor aún, coloquémonos detrás, siguiendo, con respeto, su estela. No seamos como esos políticos que el día-mundial-de-lo-que-sea sostienen la pancarta que abre la manifestación-de-lo-que-sea, los que se suben a la mesa-presidencia-de-lo-que-sea, los que cortan la cinta-de-lo-que-sea.

No contaminemos con nuestro ego y nuestro cabreo la esperanza que representan Greta y millones de escolares europeos, no hagamos el gilipollas ni los convenzamos de que se conviertan en gilipollas para medrar. Ya hemos visto para que sirve la gilipollez que nos invade, esa que por no distinguir no distingue ni colores políticos.

Hay mucho abusón que se cree con derecho a ser desagradable con otros en nombre de una buena causa como la sostenibilidad, la solidaridad o la excelencia profesional”, aseguraba, fiel a una realidad que muchos consideramos familiar, el periodista Héctor Llanos cuando hace unos días entrevistaba en Copenhague al filósofo Aaron James. Y este último le contestó con otra evidencia que también constatamos muchos, demasiados, en nuestro día a día: “Exacto. En este caso, hay que olvidarse de la dicotomía derechas o izquierdas. Tenemos que centrarnos en la idea de que ser o tolerar a un gilipollas nunca favorece a un colectivo. Puede que los gilipollas logren cierto poder o control sobre las cosas, pero van a ser siempre infelices. Lo opuesto a ser gilipollas es ser feliz. Es algo que debemos enseñar a nuestros hijos”.

Los gilipollas que, siempre cabreados y mirándose el ombligo, andan vociferando por las redes sociales son el mejor ejemplo de la infelicidad humana, y el colmo es que nos la quieran imponer con el argumento que sea. No, por favor, dejadnos ser pesimistas activos y civilizados, dejadnos alimentar la esperanza para, aún en el corazón de la peor galerna, no renunciar a la democracia, ni al diálogo, ni a la justicia, ni a la educación, ni a la felicidad.

Escuchar a Federico Mayor Zaragoza es aprender y, sobre todo, recuperar la esperanza perdida e, incluso, ese convencimiento, que a veces también se nos tambalea, que habla de un futuro mejor sin renunciar a la bondad.

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno y hacerlo durar, y darle espacio” (Italo Calvino, Las ciudades invisibles)

La figura del amigo común resulta decisiva en ese delicado y sorprendente entramado de relaciones que uno va tejiendo a lo largo de la vida. La existencia de un amigo común nos predispone a la confianza y hace que la nueva relación nazca de una manera más cariñosa, con menos pudores y cautelas, con el interés de descubrir si esa amistad compartida es sólo el primer anuncio de otras muchas coincidencias que servirán, en definitiva, para que siga creciendo nuestro mejor patrimonio emocional, el de los amigos, el de las amigas.

A Federico Mayor Zaragoza lo conocí gracias a una buena amiga común, María Novo, una mujer luminosa que desde hace décadas es, para muchos de los que transitamos por el universo de lo ambiental, referente imprescindible. María es uno de esos raros ejemplos en los que se combinan, con absoluta naturalidad, la ciencia y el arte, y también representa a esos pocos especialistas (y aquí me da igual la materia a la que hagamos referencia) que sin renunciar al rigor trabajan desde la bondad, la lealtad y la más atrevida creatividad. María Novo, catedrática de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible en la UNED, es mi amiga y, aún así, me sigo sintiendo su alumno, el discípulo, privilegiado, que sigue aprendiendo de lo mucho que siempre está dispuesta a compartir.

Compartir a su buen amigo, Federico Mayor Zaragoza, ha sido uno de sus últimos regalos. Gracias a esta conexión afectiva tuve oportunidad de disfrutar de un largo desayuno con el que fuera director general de la UNESCO, antes de que ambos, de la mano de Teresa Cruz, directora de la Fundación Descubre, participáramos en un encuentro de divulgación científica en Granada (*). Allí, con el perfil de Sierra Nevada dibujándose al otro lado del ventanal, hablamos de todo un poco, porque con este hombre, lúcido y comprometido, cualquier conversación se convierte en un recorrido apasionante por los escenarios, las épocas, los personajes, los debates, los retos, los problemas, la soluciones… que más nos preocupan (o nos deberían preocupar) a los humanos. Escuchar a Federico es escuchar, parafraseando a Calvino, a quien, en medio del infierno, de los muchos infiernos por los que seguro ha debido transitar, no es infierno, reconocer a quien mira el lado oscuro de la existencia y no se deja contaminar por él, a quien se enfrenta a la injusticia, sin abandonar la firmeza, desde la sensatez y la bondad.

Nada más comenzar ese desayuno Federico puso sobre la mesa el valor de la filosofía en el terreno de la ciencia, de la buena ciencia, y también subrayó la responsabilidad del científico y su papel, decisivo, en una sociedad democrática que aspira a la felicidad. Hace casi seis décadas, recordó, ya recomendaba a sus alumnos de Bioquímica que leyeran filosofía, causando, supongo, el lógico desconcierto entre los futuros farmaceúticos. Citó entonces a Francisco Giner de los Ríos en su defensa de la filosofía y las enseñanzas artísticas “para dirigir con sentido la propia vida“, y yo no pude evitar referirme a Bertrand Rusell, al que había venido releyendo (“La conquista de la felicidad”) en el autobús que me llevó a Granada: “El secreto de la felicidad es este: que tus intereses sean lo más amplios posibles y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles“.

Quizá lo tengo siempre en la mesilla de noche porque cuando duermo también me habla y alimenta mis sueños.

Como quiera que Federico no conocía este pequeño ensayo de Russell decidí regalarle el ejemplar que yo mismo me regalé con motivo de mi cincuenta cumpleaños. Me pareció un gesto sencillo con el que, a través de un libro (¿existe mejor complicidad que la de un libro?), podríamos lanzar otro hilo en esta urdimbre que ya nos une (el libro, por cierto, debe de estar en Madrid, o en Zurich, o en Roma, o en Nueva York, o en vaya-usted-a-saber la ciudad de esa extensa nómina de urbes que Federico sigue visitando con una vitalidad envidiable).

De ese ensayo conservo bastantes apuntes, entre los que se cuentan algunos que ya he compartido en este blog (como el dedicado a los turbios apóstoles de la destrucción, tan presentes y tan cansinos), así es que no me ha resultado difícil localizar una nueva entrega para sumar a esta desmedida devoción, compartida, por Rusell, devoción que hoy adquiere un matiz singular porque no todos los días tiene uno el privilegio de disfrutar de un desayuno pausado con alguien que ha hecho de su vida el mejor ejemplo de que la felicidad no es una utopía sino el objetivo al que deben dedicarse, de manera pacífica y dialogante, los mejores esfuerzos de la comunidad internacional, esa en la que tanto necesitamos a personas como Federico Mayor Zaragoza. A pesar de que en esa conversación con sabor a café transitamos por escenarios complejos (Cataluña, el Brexit, Trump, el cambio climático, la inmigración…) no hubo en su discurso ni el más remoto atisbo de violencia, de rencor, de soberbia, de autoritarismo… La rotundidad con la que Federico se enfrenta a las injusticias está teñida con la misma humanidad y el mismo pacifismo que llevó a Rusell a la cárcel, así es que estoy convencido de que Bertrand y Federico son buenos compañeros de viaje y que el libro, ese que me regalé y le regalé, también debe estar disfrutando de ese encuentro.

La desigualdad no se puede vencer desde la infelicidad como muchos quieren hacernos creer. La felicidad no se puede alcanzar desde la violencia.

PD: Vaya-usted-a-saber a dónde a ido a parar Bertrand de la mano de Federico, pero en casa sigue estando, porque me lo volví a regalar al día siguiente para así colocarlo de nuevo junto a la almohada, ese lugar, cercano, desde el que Rusell sigue recordándome que la maldad puede combatirse desde la bondad, y que el ego desbocado, la envidia o el rencor hay que dejárselos a los malvados para que, prisioneros de esos demonios, se consuman en sus infiernos cotidianos (si puede ser a cierta distancia, a una distancia prudente, de las buenas personas).

Aunque es cierto que la envidia es la principal fuerza motriz que conduce a la justicia entre las diferentes clases, naciones y sexos, también es cierto que la clase de justicia que se puede esperar como consecuencia de la envidia será, probablemente, del peor tipo posible, consistente más bien en reducir los placeres de los afortunados y no en aumentar los de los desfavorecidos“. (La conquista de la felicidad, Bertrand Rusell).

(*) Próximamente en iDescubre y en Canal Sur Televisión.

“La vida sería trágica sino fuera graciosa”, aseguraba Stephen Hawking. Su extraordinaria inteligencia se adornaba con un luminoso sentido del humor.

La ciencia se moldea con los mismos materiales con los que se construye la más apasionante de las hazañas o el más fabuloso de los sueños. En ese territorio que algunos contemplan con la indiferencia, o el miedo, que nos provoca lo incomprensible hay enormes dosis (ocultas) de aventura, acción y misterio. Stephen Hawking supo conducirnos a los escenarios más complejos de la física poniendo el acento en esas virtudes tan cinematográficas, revelando ese guión donde la ciencia es la protagonista de una gran epopeya, la heroína de una odisea, repleta de incógnitas, que habla de nuestro propio origen y de nuestro incierto destino.

Hawking aseguraba que la ciencia no es sólo “una disciplina de razón, sino también de romance y pasión”. Su propia vida fue un ejemplo de esa contagiosa vitalidad con la que igual se enfrentaba al reto de una nueva ecuación, capaz de ayudarle a resolver la teoría del todo, que sorteaba los estragos de una enfermedad a la que burló en sus peores pronósticos.

Aún atrapado por la esclerosis, prisionero de una silla de ruedas y esclavo de un sintetizador de voz, Hawking fue un seductor, el más libre y elegante de los seductores, ese que nos cautiva, como un Cyrano contemporáneo, sin más barreras que las que dibuja el ingenio. ¿De qué otra manera puede explicarse el fenómeno editorial de aquella “Breve historia del tiempo” de la que se han vendido más de 9 millones de ejemplares? ¿Cuántas personas se acercaron por vez primera a la divulgación científica gracias a aquel libro que nos llevaba del Big Bang a los agujeros negros? ¿Cuántas vocaciones científicas nacieron de sus escritos o de sus conferencias?

De Hawking nos gustaba esa manera tan mediática de acercarse a la ciencia más árida. Algunos puristas criticaban ese gusto por el espectáculo, pero lo cierto es que el espectáculo ya estaba en la ciencia y él sólo se ocupó de revelarlo. Y claro, necesitó un discurso apasionado, un relato en el que no faltaran ni el humor ni el amor, como en las mejores películas. Quizá esa difícil combinación de sentimientos y razones, sin acudir al recurso fácil de alguna divinidad todopoderosa, esa mezcla de corazón inquieto y cerebro privilegiado, sea la única manera (humana) de entender el universo, de entendernos a nosotros mismos, de entenderlo todo.

Nota: Este es el apresurado editorial que esta tarde he colgado en la revista iDescubre, donde seguiremos añadiendo materiales a este particular homenaje a un divulgador excepcional.