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Quizá nació en la duna de Monsul, sorteó las rocas volcánicas del Cabo de Gata, dobló el perfil de la Sierra de la Plata y coronó, por fin, las arenas de Bolonia en donde me alborotó el pelo (y los sentimientos) antes de seguir viaje para, sin esfuerzo ni resistencia, desdibujar el paisaje, encender el deseo y achicharrar las dudas. El Levante es… así. (Foto: José María Montero).

 

“El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse” (Saber perder, David Trueba)

 

Parece un viento aunque, en realidad, es un estado de ánimo. Levante. Levantisco. Levantera. Cuando dobla la esquina de la Sierra de la Plata y encara la duna de Bolonia viene ya dispuesto a alborotarnos el pelo y los sentimientos. Viene buscando pelea.

Pule, con cada grano de arena envalentonado, nuestra resistencia. Lima el olvido y el porvenir. Enciende el deseo y achicharra las dudas, todas las dudas. Sin prisa. Sin esfuerzo aparente.

Maltrata las sombrillas, espanta a las abuelas y tuesta la piel (y la paciencia) de los niños. Viene buscando una gota de sudor, una lágrima, la saliva en la comisura de los labios, cualquier rastro de humana-humedad para convertirla en vapor salado. En un raro equilibrio, que no dejará de repetirse, se lleva lo que nos dejó el Poniente.

Sólo acostumbran a defenderlo los que aprendieron a cabalgarlo. Sólo elogian su bravura los que, sin miedo, despliegan sus velas cuando comienza a silbar, cuando quema entre los dedos.

Un día, quién sabe, tal vez nos envolvamos -libres- en el Levante y nos dejemos llevar, sin miedo, a contratiempo, a contraviento.

Recuérdame (si es que lo olvido) que el Levante nos arrastra a lugares en los que nadie nos conoce, rincones del Sur en donde nace este viento, cálido, que en realidad es un estado de ánimo, ese que, sin esfuerzo ni resistencia, enciende el deseo y achicharra las dudas.

Puede que nos barra, que nos borre o que nos brinde, de nuevo, la oportunidad de volar.
Pídeme que abra las puertas y las contraventanas cuando sople el Levante, como aquel sábado de marzo en el que fuimos arena y luz.
Mírame y dime si es así como lo recuerdas.

PD: Aquella primera noche, la de mi llegada, soplaba el Poniente. La última noche, la de la despedida, nos visitó el Levante. Escribo sobre el viento para que lo que escribo llegue lejos, justo a donde tiene que llegar…

Esto es lo que ve Coelho al atardecer, así, al natural, sin filtros. Pero por muy espectacular que sea el mirador es mucho más lo que oculta Lisboa que lo que muestra… (Foto: José María Monetro).

Partiste, tudo na vida tem fim / Sempre disse cá para mim que isto iria acontecer…”  (Vou lá ter, Mario Móniz)

No, no me hice una foto con Pessoa en la puerta del Café A Brasileira. No, no peregriné a Belém en busca de pastéis, ni me aburrí en una cola interminable para apiñarme en el elevador do Carmo, ni pagué una fortuna para cenar unos petiscos resecos mientras alguien decía cantar fados. Apenas pisé el corazón del Chiado, escapé de la rúa Augusta, evité el Terreiro do Paço, no subí al Castelo ni metí codo para poder embutirme en el 28 (sacando medio cuerpo por la ventanilla para fotografiar el Largo da Sé o el de las Portas do Sol).

No, no me subí a un tuk-tuk, ni a un Go-car, ni a un Segway para conocer lo que sólo se puede conocer andando despacio, muy despacio.

¿Qué se esconde en la otra orilla? ¿A dónde nos llevó el Cacilheiro? ¿Quién escribió “Atira-te ao rio” al final de este paseo por la otra Lisboa? (Foto: José María Montero).

No, no es esa mi Lisboa, la Lisboa a la que viajo desde que era niño, la Lisboa de la que me enamoré gracias a mis padres. Aquellas señas de identidad que me deslumbraron cuando apenas tenía doce o trece años han sido devoradas, y prostituidas, por un turismo de masas que poco o nada sabe del delicado espíritu de esta ciudad o, lo que es peor, que aún sabiendo cuál es el alma de Lisboa no duda en sumarse a esa corriente simplona y mercantilista que se recrea en los tópicos hasta convertirlos en dogmas o caricaturas. Y no hablo de reservar esa Lisboa a una élite, ni de despreciar a cualquiera que, sin mala intención, se deja llevar por aquellos que comercian con Lisboa como quien vende una entrada para Disneyland. No, este no es un discurso exclusivo, sólo para iniciados. Sin necesidad de ser un erudito ni un apóstol del turismo sostenible se puede ser visitante en Lisboa (y en cualquier sitio) aplicando el más sencillo respeto, el que nace de la  empatía y el sentido común.

Así habla Mouraria… (Foto: José María Montero)

Que sí, que sí, que las administraciones lusas tienen mucho que decir a este respecto (y es justo reconocer que la izquierda lisboeta está ejecutando decisiones trascendentales, como la de evitar la privatización del transporte público), pero que conviene no olvidar que todo empieza, mucho antes que en un decreto o en una ordenanza, en la doméstica decisión que tomamos cualquiera de nosotros.

Claro que mola subirse a los tranvías, pero a lo mejor hay que moderarse cuando uno descubre (y no hay que ser un lumbreras para darse cuenta) que son el medio de transporte, público y popular, para cientos de lisboetas, esos  que tienen serias dificultades para abordarlos cuando a todas horas suelen ir abarrotados de turistas. Esa es una decisión individual y sencilla, pero hay muchas más.

El relevo generacional está asegurado: con la gran fadista Diana Vilarinho en el Barrio Alto (al filo de la medianoche), después de su actuación en la minúscula Mascote da Atalaia.

Decidir que dos calles más allá de esa plaza atestada hay hermosos rincones (casi) solitarios. Decidir que el fado, el auténtico fado, hay que buscarlo, y rebuscarlo, en pequeñas tabernas en las que (casi) no hay turistas, porque el fado, el auténtico fado, no es el hilo musical de un triste parque temático. Decidir que no vamos a hospedarnos en alojamientos sospechosamente baratos situados en el casco histórico de la ciudad porque si lo hacemos así (casi) siempre estaremos  alimentando el negro negocio de los alquileres especulativos, esa mafia legal que expulsa a los vecinos de sus casas para comerciar con ellas. Decidir que la auténtica comida lisboeta es la que comen… los lisboetas, la que se sirve temprano, a precios populares pero con todo el mimo del mundo, en las tascas de los barrios menos turísticos o, incluso, en la humilde cantina de un céntrico convento de monjas. Decidir que en Lisboa se puede ir andando a (casi) todos lados. Decidir hablar tan bajito y ser tan educados como (casi) todos los portugueses. Decidir que hay otra Lisboa más allá de Graça, de Estrela o del Bairro Alto, otra Lisboa a la que se llega en el Transtejo, en el destartalado Cacilheiro o brujuleando, sin prisa, por Ourique, Santos, Mouraria, Mandragoa, Estrela d´Ouro…

Mirando al Tajo desde el ojo entreabierto del MAAT (Foto: José María Montero).

Y no, la otra Lisboa de la que hablo tampoco es esa urbe cool que hace unos días nos pintaban en el dominical de El País, ese paraíso poblado de pijipis que vampirizan el espíritu de la ciudad para vendernos no-se-qué-moda-y-no-se-qué-ultimísimo-diseño-exquisito-y-no-se-qué-star-up-tecnológica-de-rabiosa-vanguardia. Lo siento, si en un reportaje dedicado a Lisboa leo que el futuro está en manos de eso que uno de los entrevistados llama “gente guapa”, si leo que las nuevas inmobiliarias “más que edificios crean conceptos”, o si leo que alguien admite que “el precio de los pisos está por las nubes” pero se justifica añadiendo que “hace poco nadie los quería”, entonces concluyo que, efectivamente, esa tampoco es Lisboa, al menos no es mi Lisboa. Y sí, claro que hay espacio para ese grupo de emprendedores cool que  seguro está dinamizando la ciudad (yo mismo he celebrado en esta última visita el continente  del MAAT, la elegante almeja que se abre al Tajo sin destrozar el horizonte gracias a las curvas orgánicas de Amanda Levete, aunque el
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 sea discutible y los titulares del museo sean más que discutibles…), pero, aún así, por favor, que no nos vendan que eso es Lisboa, la otra Lisboa  (“Lisboa, ¿pero dónde estabas”, se titula el reportaje), porque eso, eso mismo, ya lo he visto, lo he vivido y lo he sufrido, en Nueva York, en Berlín, en Buenos Aires o en Barcelona.

Y se va… desde las Escadinhas da Rua das Farinhas (Foto: José María Montero).

Lisboa ha sobrevivido a un terremoto, a una dictadura, a Bruselas y sus hombres de negro… Lisboa sobrevivirá a los cruceros y a los hipster, a la especulación y a la fast food. Lisboa, aunque ahora no lo parezca, sigue sin tener prisa, y conserva intactas, aunque ahora deba ocultarlas, sus más poderosas señas de identidad. El alma de Lisboa no es fácil de entender, y mucho menos de vencer. Amigos y enemigos, aunque estos últimos no lo admitan, están condenados a enamorarse de esta ciudad en la que todos los relojes, y todos los calendarios, mienten.

PD: No, no me hice una foto con Pessoa en la puerta del Café A Brasileira porque le tengo su respeto al poeta y porque su espíritu, no en frío bronce sino en vivo, es fácil de reconocer en la conversación queda tejida con ese viejo vecino que busca el fresco en el escalón de su casa de Alfama, o ese otro que resopla, sin lamentarse, mientras corona unas escadinhas en Mouraria, justo cuando el sol se despide de Lisboa, de mi Lisboa, de esa otra Lisboa.

Carlos “Lola” en el escalón de su casa de Alfama. ¿Quién necesita fotografiarse con la estatua, fría, de Pessoa? (Foto: José María Montero).

 

Me gustan las partituras manuscritas, con sus tachaduras, sus notas, sus silencios… Con el pulso de lo que quiere ser pero todavía no ha sido. Con sus tiempos y sus contratiempos. Esta, por cierto, es de Beethoven.

“El sonido también ocupa espacio” (Marcel Duchamp)

No sólo el sonido ocupa espacio, también el silencio necesita expresarse y es en ese duelo, con su armonía y su caos, en donde nace la música, cualquier música. A veces el pulso es intencionado, y responde a un cierto cálculo, pero también es verdad que lo inesperado, la magia o el desorden que habita en lo cotidiano, también hace de las suyas y construye melodías imposibles (¿imposibles?)  con la sencilla (¿sencilla?) combinación que brinda el más primitivo sistema binario: sonido, silencio, sonido, silencio, sonido, silencio… La melodía puede ser la de una sinfonía endiablada o la de una conversación a media luz y a media voz. Pueden ser notas o pueden ser palabras. O risas, a las que Kant atribuía la curiosa condición de ser el único sonido, junto con la música, que produce placer sin necesidad de revestirse de un significado.

 

“ MIGUEL -Siempre he envidiado a los pintores. Ellos no necesitan las palabras…

ÁNGELA – Pero si las usas bien…, las palabras me refiero…

MIGUEL – Pero no se tocan, no huelen… Por eso son odiosos los museos. No te dejan tocar, los cuadros ya no huelen. Lo hermoso debía ser oler Las Meninas recién pintadas, ¿no?

Miguel se detiene frente a Ángela, muy cerca de ella…

MIGUEL – La historia de la literatura es la historia de la pelea para contar cosas con palabras… ¿Cómo cuentas esto, por ejemplo?

Miguel está pasando su mano por el rostro de Ángela. Muy despacio, como si fuera un pintor descubriendo los rasgos de su modelo”

(Madrid 1987 – David Trueba) 

 

Hay autores por los que siento predilección y, aún así, no estoy al tanto de su trabajo, quizá para reservarme la sorpresa, y el placer, de encontrarme, sin esperarlo, con algún texto desconocido que andaba oculto en algún rincón, esperándome.

Madrid 1987  es un guión, que no había leído, de una película, que no he visto, de un autor (David Trueba) por el que siento debilidad desde que lo descubrí en Cuatro amigos (1999). De manera inexplicable entre Saber perder (2008) y Blitz (2015) me salté este relato aparentemente sencillo, casi anecdótico, pero salpicado de minas, cargas de profundidad y llamaradas (de esas que iluminan y achicharran a un tiempo). Un guión que me llevé a la playa y que ahí, en la cresta de una duna gaditana, fui saboreando con tal placer que no pude evitar compartir ese goce íntimo. Tomé una cita del libro (la misma que encabeza este párrafo), la subí a mis redes sociales y confesé ser muy vulnerable a los relatos que dibujan romances a contratiempo, sobre todo si transcurren en Madrid (una ciudad de la que estoy, desde niño y gracias a mi padre, fatalmente enamorado).

No tardó mucho en aparecer una amiga para preguntar qué era eso de un romance-a-contratiempo, y entonces me di cuenta que la expresión la había utilizado sin pensar aunque, en realidad, no era un adjetivo caprichoso (el cerebro sabe muy bien por qué elige determinadas palabras, otra cosa es que lo confiese o que logremos que lo confiese).

“Creo en la supremacía total de la música. Sólo ella, y quizá la poesía, merecen el nombre del arte que revela lo inexplicable. Ni la literatura ni la pintura lo son” (Yasmina Reza a propósito de Hammeklavier).

Sin pretenderlo, al menos de manera consciente, había usado el contratiempo en sentido musical. Una historia de amor, o desamor, que se revela como esa irregularidad rítmica que los entendidos llaman contratiempo, ese compás que traiciona el compás y parece manifestarse contra natura, haciendo que silencios y sonidos ocupen el lugar que (aparentemente) no les corresponde. El contratiempo se posa revoltoso sobre el tiempo débil del compás y sustituye los tiempos fuertes por silencios. Y entonces, tal y como ocurre tantas veces en la vida, ese juego de contrarios, ese poner patas arriba lo que debería estar ordenado, lejos de destruir la melodía la enriquece, el tiempo adquiere otro sentido y provoca otro efecto emocional, y  si no que se lo pregunten a cualquiera que tenga un poquito de oído para el flamenco (ya que escribo cerca de Jerez adjunto ejemplo de compás, desnudo, por bulerías, con su miajita de contratiempo).

 

 

El contratiempo es una contradicción, una sorpresa, algo inesperado, fuera del orden establecido, fuera de la norma, de lo normal y de los normales. Y, sin embargo, cuando aparece, cuando lo hacemos aparecer, viene a iluminar la melodía y pide, incluso, un compromiso que va más allá de la simple audición, un compromiso que invade al resto de los sentidos, un compromiso físico y, por eso mismo, primitivo y placentero (quizá no exista un recurso que invite más al baile que este cambio en la acentuación de las pulsaciones). Eso que llaman swing necesita de unas dosis generosas de contratiempos, no digo más.

“La exactitud no es verdad” (Henri Matisse)

Así es que, ¿cómo vivir sin conducirse a contramano, a contratiempo, aunque sólo sea un poquito? ¿Cómo no escaparse de la rígida pauta sin salirse del compás? ¿Cómo no alterar el curso del tiempo? ¿Cómo no bailar cuando la fiesta parecía haberse terminado? ¿Cómo no apreciar, en definitiva, los romances, en riguroso contratiempo, de David Trueba?

El tiempo es el que manda y no es fácil hacerle frente, sortearlo para que, sin detenerse, ilumine, aunque sea de manera fugaz, nuestra existencia y nos regale una chispa de belleza. “Déjate llevar”, diría el gitano de Jerez que marca el compás a contratiempo, y en esas dos palabras se resume el único sentido de tanto sinsentido.

“La belleza se resume en apreciación, concluyó. El paso del tiempo es la expresión perfecta de la fugacidad y es precisamente ese discurrir el que dota a cada etapa vital de significado. El sentido de la vida es vivir siguiendo el sentido de la vida” (Blitz – David Trueba).

Hummmm… creo que no me estoy explicando muy bien (algo ya clásico en este blog heterodoxo y algo caótico), así es que mejor os dejo con Sara Vaughan y su interpretación, salpicada de delicadísimos contratiempos, de Lullaby of Birdland

“Never in my woodland could there be words to reveal / In a phrase how I feel….”                         (Lullaby of Birdland)

 

 

 

 

 

 

 

No se de dónde nacen ciertas pasiones, sólo se que me arrastran y me poseen, y que únicamente encuentro descanso cuando se hacen realidad. Así se materializó mi rape rebozado con hojas de puerro y salsa de sésamo free-style-my-way. Y a su lado una copa de manzanilla pasada (otra pasión…).

Una amiga periodista me pregunta si mi afición por la cocina es una pasión reciente o una anomalía propia de la edad (madura) con la que distraer la pérdida de otras pasiones. Y no es raro que piense una u otra cosa (o las dos a un tiempo) porque la burbuja gastronómica en la que nos hemos embarcado provoca esa brusca entrega a los fogones en individuos que jamás sintieron la llamada de la sartén; y la exaltación de la juventud a la que nos arrastran los medios (y los mediocres) nos hace creer que no hay pasiones (incluso tórridas pasiones) más allá de… ¿los cuarenta?, ¿los cincuenta? El que nunca cocinó y ahora pontifica desde fogones propios o ajenos terminará por olvidar esa fiebre cuando se embarque en la próxima calentura, la que sea, la que dicte la siguiente burbuja. Y el que nunca se entregó a una pasión no tendrá que lamentar su pérdida alabando distracciones menos volcánicas: donde no hubo, no hay.

Es más, me da a mi que quien cocina, que quienes cocinamos arrastrados por una pasión es que somos (muy) vulnerables a ese tipo de trastorno anímico (tan humano). Lo traemos de serie. No encuentro otra explicación para la curiosa manera en que, a veces (casi siempre), se me mete una receta en la cabeza… hasta poseerme. Voy conduciendo y, vaya-usted-a-saber-por-qué, en plena rotonda pienso en una vichyssoise, y la imagino con crema de coco (¿con crema de coco?), y veo con nitidez cómo se mezclan los ingredientes; de pronto aparece una cola de rape, y la troceo, y la rebozo, y la frío, y está crujiente. Los despojos del rape…, ¿qué hago con los despojos? Un fumet, hago un fumet, así es que retrocedo y comienzo con el fumet, y es entonces cuando se cuelan unos berberechos al vapor (un vapor de agua y manzanilla, líquidos que también terminarán en la marmita del caldo). Y entonces cuezo los puerros en ese caldo (después de haber pochado una cebolla con mantequilla). Y añado la crema de coco, y comienzo a enredar con las hojas (sobrantes) del puerro. Y vuelvo a retroceder (olvidé añadir un poco de guindilla al tiempo que pochaba la cebolla). Y sigo conduciendo por la ciudad, presente pero ausente, impasible ante los atascos, poseído por una vichyssoise heterodoxa de coco, rape y berberechos. Abducido. Entregado a esa pasión que, tarde o temprano, tendré que materializar, porque no es un amor platónico, no, no, es una señora pasión (muy carnal) que espera ser consumada.

Todo comenzó con unos lomos de rape que andaban rondándome la imaginación…

Juro que así nació esta receta, la primera nueva receta de estas vacaciones. Y la consumé en mi refugio gaditano en cuanto solté las maletas, me asomé al mercado y ordené la cocina. Una pasión no admite esperas.

6 puerros grandes / 1 cebolla mediana / 1 rape mediano / Una redecilla de berberechos / Una lata de crema de coco / Manzanilla / Mantequilla / Guindilla / Huevo /Harina de freir.

Limpiamos el rape y sacamos los lomos. La cabeza y la raspa van a una cacerola, cubrimos con agua, añadimos unos granos de pimienta negra, fuego medio y mantenemos el hervor (con suavidad) durante una media hora como mínimo. En una sartén amplia ponemos medio vaso de agua y una copita de manzanilla, dejamos que la mezcla hierva y en ese momento añadimos los berberechos para que se abran con el vapor. Los reservamos y el caldo que quedó en la sartén lo sumamos a la marmita del fumet de rape.

En una olla derretimos una nuez de mantequilla y pochamos una cebolla cortada en láminas y una guindilla pequeña. Añadimos los puerros también laminados. Salteamos (diez minutos) y añadimos el fumet para que las verduras cuezan en ese caldo de rape y berberechos. Cuando estén cocidas retiramos el caldo (para que no termine siendo un sopa sino más bien una crema), ponemos un poco de sal, añadimos una lata de crema de coco, mareamos un poco y batimos todo bien batido (¡vade retro Thermomix!). Ajustamos con el caldo si queremos que la vichyssoise quede más o menos densa. Reservamos en el frigorífico (la tomaremos fría, como le corresponde a una vichyssoise… aunque sea heterodoxa).

La parte alta del tallo de los puerros no va a terminar en la basura (una costumbre que me traje del refugio que mira a la Contraviesa). Quitamos las primeras hojas (las que estén más feas) y el resto las lavamos y las cortamos en tiras finas. Las salteamos con mantequilla pero no mucho, lo suficiente como para que sean comestibles pero manteniendo un toque crujiente.

Troceamos los lomos de rape en dados no muy grandes. Salpimentamos. Los vamos pasando (en este orden) por harina de freír, huevo batido y (una vez más) harina de freir. En la sartén el aceite tiene que estar a buena temperatura, es decir, fuerte, casi humeando, y ese será el momento de freir el rape hasta dejarlo dorado y crujiente.

Ya en la mesa el plato pinta bien: el rape crujiente adornando los berberechos y los tallos de puerro que flotan, a gusto, sobre la vichyssoise de coco…

¿Emplatamos? El rape en el fondo. Lo cubrimos con un cazo generoso de vichyssoise, ponemos unos pocos berberechos y unas hojas de puerro salteadas. Unas gotas de limón, quizá, y a consumar la pasión, a convertir en comestible un sueño que nació en una rotonda, en mitad de un atasco, en esa ciudad que ahora está tan lejos…

PD: Este verano me ha dado por la la cola de rape, así es que pocos días después volví a rebozar y a freir unos dados de este pescado tan inquietante como sabroso. Lo coloqué encima de unas hojas de puerro salteadas pero en vez de con una vichyssoise de coco lo alegré con una salsa de sésamo free-style, inspirada en alguna salsa de nems que me gustó no-se-muy-bien-dónde y que reiventé my-way (ajo muy picado y frito con una guindilla, mezclado con aceite de sésamo, sésamo tostado y sésamo molido, zumo de lima, salsa de soja, perejil picado… y no me acuerdo si mezclé algo más a este invento). Los más jóvenes celebraron el atrevimiento, los mayores no tanto. En la cocina también pesan las generaciones, qué le vamos a hacer…

PD2: En ambos casos, y en otros muchos más, el vino (vivo) vino de las Bodegas El Gato, las últimas bodegas que se mantienen en Rota (Cádiz), pequeñas, familiares y con toda la tradición del Marco de Jerez. Elegí una manzanilla pasada, con más de una década de reposo, y un oloroso seco de esos que aguantan el tipo con carnes y pescados. Puro #efectogaditano. Pasiones del sur.

Pinares de Doñana quemados en el incendio que en junio (2017) arrasó 8.500 hectáreas de este valioso espacio natural. Fotografía de Jorge Sierra (WWF).

 

Bajo de Guía (Doñana), 19.7.17

Decidme, vosotros que me conocéis bien, si soy yo.

¿Soy el bosque? ¿Seguro que soy el bosque?

Decidme, vosotros que me conocéis bien, si es cierto que soy el bosque. Vosotros que me habéis respirado, que habéis acariciado mi piel, que me habéis paseado. Vosotros que buscasteis mi sombra, que comisteis mis frutos, que calmasteis vuestra sed con las lluvias que atraje. Vosotros que escuchasteis cómo silbaba el viento entre mis hojas y cómo cantaban los pájaros en mis ramas. Vosotros que os perfumasteis con el aroma de mis resinas y mis jaras.

Vosotros (¿lo habéis olvidado) que un día también fuisteis BOSQUE.

Vosotros, que me conocéis bien, decidme si es verdad que soy yo, que soy el BOSQUE.

Me aseguran que esta es mi sangre calcinada, la ceniza de mis troncos, el polvo oscuro de lo que un día fui…

Pero yo no me reconozco en esta tinta negra, tan negra, y tampoco os reconozco a vosotros, los que un día (¿lo habéis olvidado?) también fuisteis BOSQUE.

 

Hay cartas que se redactan de corazón, es decir, (casi) sin pensar…

PD: “Cartas desde el bosque” es una hermosa campaña organizada por WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza) con la que dar voz a los que no tienen voz. Me invitaron a que me sumara a esta iniciativa y me pareció el mejor regalo con el que empezar mis vacaciones. Gracias a Coral García recibí en mi retiro gaditano la tinta (negra) fabricada a partir de las cenizas recogidas en la zona del incendio que arrasó 8.500 hectáreas de la comarca de Doñana, una pluma sencilla y unos folios en blanco. Me pidieron que hablara en nombre del bosque y… decidí ser bosque.

Mi carta la escribí en Bajo de Guía (Sanlúcar de Barrameda), de un tirón, sin pensar mucho, en la misma orilla de Doñana.

Uno, aunque no lo parezca, siempre escribe para una sola persona. Aunque esté lejos, aunque esté allí, lejos, en el azul metálico, en el azul turquesa, de este sur agitado por el poniente… (Foto: José Mª Montero).

 

Era tan desobediente / como el viento de poniente / revoltoso y juguetón

(Como el viento de poniente –pregón por milongas–, José Domínguez “El Cabrero”)

Poniente. Cuando el vello se me eriza y el salitre deja su huella atlántica en el paladar; cuando al atardecer hay que buscar abrigo y abrazo, es el poniente, tímido y poderoso, el que se hace con la playa.

Parece, y es verdad, que nació entre las olas y de su espuma revoltosa trae ese olor a algas y a manzanilla fresca. Parece, y es cierto, que se emboscó en Doñana antes de sorprenderme con su aliento cariñoso y juguetón.

Musgo. Me sabe a musgo y a madrugada. Silba, entre las piedras ostioneras, la canción del porvenir, los compases (a contratiempo) de una noche de noviembre, las estrofas melancólicas de aquel otro septiembre, el de Broadway, el de Berlín, el de Madrid. El de cualquier otoño de esos en los que fuimos y también de esos otros en los que seremos, los que nos esperan (sin prisa).

Sur. Son cosas de este sur donde hasta el viento más ariscón tiene su gracia. A ver quién se atreve a elegir brisa o ventolera.

Uno no sabe, llegados a este rumbo, si el torbellino es parte de la fiesta o prólogo de un naufragio (de otro naufragio, quiero decir). Uno no es capaz de adivinar si es beso o mordisco, si es susurro o ciclón.

Razones no le faltan a los que temen al poniente y se marchan, o guardan prudente silencio, cuando (por fin) sopla tímido y poderoso, revoltoso y juguetón.

Pero a mi me gusta.

Poniente.

Musgo y madrugada.

La sumiller dijo “Cámbrico” y quise imaginar las viñas que crecen, sin prisa, sobre las rocas de granito, el magma que hace 500 millones de años se enfrió en las laderas más escarpadas de la Sierra de Francia.

Está pasando un minuto en la vida del mundo. Píntalo como es” (Paul Cézanne)

En la escala temporal del Universo somos una anécdota. Y aún así, cuando renunciamos al orden y a la razón, cuando nos entregamos a lo inesperado y abandonamos el parloteo del intelecto, cuando solamente escuchamos el rumor primitivo de ese caldo arcaico en el que flotan las neuronas, el eco de todo lo que fuimos y seremos, entonces, y sólo entonces, tenemos la rara capacidad de convertir en infinito un instante diminuto. Así de raros somos los humanos: efímeros chispazos en mitad de la oscuridad y, a un tiempo, dueños (inconscientes) de la única eternidad posible.

Ya no soporto ningún discurso racional, todo lo que ha hecho que el mundo sea el mundo, todo lo que ha sido bello y grande en este mundo, no ha nacido nunca de un discurso racional (Arte, Yasmina Reza)

La amistad, incluso sometida a la cruel sinceridad con la que juega Yasmina, también es una rareza de la condición humana. Una forma de amor que es más compleja que el mismo amor (por eso necesita tanta atención y cuidados). Un vínculo tan frágil que puede quebrarse con una sola palabra (una sola). Un lazo tan poderoso que suele permanecer inalterable sin que medie la voluntad de los amigos (la encontramos, intacta, justo en el lugar en el que la abandonamos, distraídos). Un pequeño triunfo frente al dolor de lo absurdo, porque en la amistad todo tiene sentido (todo). Un quiebro, travieso, a la razón y a lo razonable, a la posesión, al miedo y a la soledad. Una tímida victoria frente al paso del tiempo, porque la amistad es uno de los pocos lugares en donde no nos abruma la eternidad.

Si nos alcanza el infinito que sea con una sonrisa y en buena compañía…

La mano del hombre sólo puede llegar en este proceso –es casi una cuestión de fe – hasta un discreto límite de vigilancias y enmiendas. Lo demás, el recóndito carácter del vino, su personalidad propia, el más vivificante secreto de sus virtudes, se hace sólo con el tiempo o no se hace nunca  (Breviario del vino, José Manuel Caballero Bonald).

La sumiller dijo “Cámbrico“, sin vacilar, y añadió algunas virtudes a las que, creo recordar, no prestamos especial atención, convencidos, o dudosos (vaya usted a saber), de que el guiño geológico no desentonaba con las rocas, la madera y las caracolas; el apunte prehistórico era oportuno y la rotundidad de una palabra que prometía tiempo, mucho tiempo, era el complemento perfecto para una noche en la que, una vez más y sin expectativas, íbamos a saldar nuestras cuentas de esa forma desordenada, divertida y cálida que espantaría al mejor contable.

Estaban los viejos granitos, el rumor de las caracolas, el tintineo del vidrio, el eco de nuestras palabras…

Las viñas crecieron, sin prisa, sobre las rocas de granito, el magma que hace 500 millones de años se enfrió en las laderas más escarpadas de la Sierra de Francia. Las raíces, tozudas, sortearon durante más de medio siglo las trampas del cascajal para lamer, sin prisa, el agua escondida. El mosto también fermentó sin prisa y, sobre todo, sin que nadie tuviera que dictarle las reglas de ese milagro que sólo necesita tiempo. Y así, con calma, el vino llegó a la botella, y la botella a la bodega de ese rincón de Santa María y, por fin, una noche cualquiera, o mejor dicho, la única noche posible, alcanzó nuestras copas y se agitó, para despertar, justo antes del brindis, como aquel magma primigenio que burbujeaba en el Cámbrico, hace 500 millones de años, cuando no éramos nada, ni éramos nadie y lo éramos todo.

La nada en si misma — en vez de ser un espacio vacío, como en occidente– vibra de posibilidades. Es un mundo aparte: ningún lugar, cualquier lugar, todos los lugares” (Wabi Sabi para Artistas, Diseñadores, Poetas y Filósofos, Leonard Koren)

La deuda sólo quedó saldada unos minutos. En nuestras manos el equilibrio, afortunadamente, dura poco, muy poco…

 

El trazo de una pluma (azul eléctrico) subraya palabras y salpica resplandores aquí y allá, humanizando decretos y sonriéndole al mañana. Hay planes, procedimientos y proyectos que reclaman, al fin-por fin, la armonía y los compases de una vida propia. En las agendas, esas en donde el porvenir descansa en sillas escondidas, brillan citas posibles e imposibles, sin que seamos capaces de distinguir unas de otras. Es el tiempo el que nos llama, el que nos lleva, el mismo que apagó el sol de mediodía, el que nos regaló esta tarde de verano, el tiempo que nos condujo, sin prisa y a media luz, junto a una ventana, un guijarro y una caracola.

Nunca calculamos, no hacemos números ni previsiones. Desconocemos el saldo. Ignoramos el debe y el haber. No sabemos restar y tenemos cierta tendencia al derroche, así, en general. Creo que somos los peores contables del Universo, quizá porque en nuestras manos, siempre ocupadas en detener el tiempo, el equilibrio, afortunadamente, dura poco, muy poco.

Conocemos el nombre exacto de las cosas, aunque a veces se nos olvida. Celebramos todas las coincidencias y quizá por eso las multiplicamos de manera misteriosa. Y siempre, siempre, damos las gracias, da igual si es porque nos sorprende lo inesperado o porque lo esperado tiene el valor de lo que somos capaces de reconocer sin muchas explicaciones (o ninguna).

No tenemos prisa. Nunca hemos tenido prisa, ni siquiera cuando la sumiller dijo “Cámbrico“, con rotunda seguridad, y nosotros, a lo nuestro (palabra va, palabra viene), nos tomamos todo el tiempo del mundo para decidir si esos 500 millones de años serían suficientes.

 

“La historia triunfa sobre el olvido, la música ofrece un centro, el dibujo supone un reto a la desaparición” (Dibujado para ese momento, John Berger)