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Del sueño al plato en cinco pasos… No es bueno dejar los deseos insatisfechos porque siguen alimentando más sueños y puede que hasta alguna pesadilla…

Liberada de ataduras, sin filtros que atemperen sus desmanes ni sordinas que dulcifiquen sus estridencias, la mente, esa gran fábrica de ideas, hace de la noche el patio de su recreo. A veces saca a pasear a los fantasmas y se empeña en revisar, uno a uno, todos los miedos que andábamos ocultando, y otras se entretiene jugando con recuerdos, dulces, que ya habíamos olvidado, o con proyectos, apetecibles o absurdos, que nunca llevamos a cabo.

La última madrugada me la he pasado cocinando en sueños; cocinando docenas y docenas de torrijas que aparecían y desaparecían en un bucle empalagoso e infinito. No es uno de mis postres favoritos, ni lo había cocinado nunca, pero en mi mente, dormida, sólo había montañas de torrijas. Y, claro, el sueño, ya de día, se convirtió en deseo, y el deseo en pasión, y a la pasión hay que darle salida para que no se convierta en obsesión y siga alimentando sueños y pesadillas.

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Desde la cocina toda la casa se perfumó con ese perfume a cáscara de naranja frita, a canela, a limón, a Oloroso gaditano…

Dicho y hecho: antes de agarrar la bici para perderme en la playa he cocinado mis primeras torrijas, algo heterodoxas, porque no soporto el empalago de las tradicionales, el exceso de dulce que me satura el paladar, ni tampoco me gusta empaparrucharlas hasta convertirlas en algo parecido a unas natillas. Y, además, he tenido que cocinarlas con lo que tenía a mano, sin florituras. El resultado (perdonad la inmodestia): impecable (han pasado el examen benevolente de mi madre y el riguroso de mi vecino Iñaki, un navarro que en asuntos de cocina no hace prisioneros… ).

La receta es la clásica con un final adaptado a mis gustos:

Una barra rústica de pan duro (sobró de ayer)

1/2 litro de leche entera

4 huevos

Aceite de girasol y aceite de oliva

Canela en rama, cáscara de limón, cáscara de naranja, azúcar, miel y Oloroso

Ponemos la leche a calentar (que no hierva) con un poco de canela en rama, una cucharada de azúcar y un trozo de cáscara de limón. La mantenemos bien caliente durante 15 o 20 minutos. Apartamos y dejamos enfriar.

Cortamos la barra en rebanadas como de un dedo de grosor (efectivamente, no me gustan las torrijas flacuchas…) y las empapamos en la leche. Hay que dejar reposar unos minutos cada rebanada sobre la leche, de un lado y de otro, para que la miga no se quede seca.

En una sartén amplia ponemos a calentar el aceite (3/4 partes de girasol y 1/4 parte de oliva), bien fuerte, con un trozo de cáscara de naranja. Cuando la cáscara empiece a freírse con cierta alegría habremos alcanzado la temperatura perfecta (unos 170 grados) y será el momento de empezar a freír las torrijas, bajando el fuego a una posición media.

Las torrijas las pasaremos por huevo batido antes de freírlas, y estaremos muy atentos para que no se quemen, dejándolas doradas por ambas caras. Las vamos retirando y reservando en un plato cubierto de papel de cocina para que empape el exceso de aceite.

En un cacito ponemos una cucharada de miel, una cucharada de agua y cinco o seis cucharadas de Oloroso (no seamos mezquinos con el vino… sobre todo si es de Sanlúcar de Barrameda). Mezclamos bien a fuego bajo, hasta que se forme un sirope con el que iremos empapando, ligeramente, las torrijas (como una o dos cucharaditas de sirope por torrija).

El deseo, y la pasión, quedaron satisfechas.

A ver qué sueño esta noche…

 

Let it be

Entre Octopus Garden y Across the Universe. Ahí está Let it be invitándonos a dejar que las cosas sean… como tengan que ser.

Hace algún tiempo os conté en este mismo blog mi primera visita a Portobello Road, allá por las navidades de ¿1985?, y cómo en el famoso mercadillo londinense compré el doble azul y el doble rojo de los Beatles (en riguroso vinilo, of course).

De vez en cuando, como esta tarde, los saco de sus fundas de cartón y los coloco en el tocadiscos (sí, todavía uso tocadiscos…). No hay nostalgia en este revival, más bien, al contrario, me sorprende la sintonía que algunas de esas canciones mantienen con mi presente o los guiños que en ellas encuentro tres décadas después.

Let it be siempre ha sido una de mis favoritas, y ahora, además, adquiere un sentido peculiar porque me invita a hacer lo que todos deberíamos hacer con más frecuencia: dejarlo estar.

La verdad es que, frente a algunas situaciones conflictivas o simplemente complejas, lo ideal es “soltar”, pero como liberarse nunca es tan sencillo como parece una opción que también nos procura cierta tranquilidad en momentos de incertidumbre o zozobra es… dejarlo estar. Let it be, let it be… No hay soluciones milagrosas y los dogmas de poco sirven frente a las sorpresas que nos regala la vida (si estamos dispuestos a aceptarlas), así es que, con frecuencia, lo mejor es dejar que las cosas sean… como tengan que ser. Y disfrutrar de esa flexibilidad que tanto se parece al asombro, incondicional, con el que los niños viven lo cotidiano y lo extraordinario.

Pero mejor que yo lo explica Jack Kornfield, al que también he traído en más de una ocasión a este blog:

Cuando se presentan los problemas y somos capaces de soltar, simplemente soltémoslos. Pero ¡cuidado! No es tan fácil como parece. Por regla general descubrimos que estamos demasiado apegados o embrollados con la historia o el sentimiento para hacerlo. Otras veces intentaremos ‘soltar’, porque algo no nos gusta. Pero eso no es ‘soltar’, es aversión, es decir, se trata realmente de gestos de crítica y rechazo. 

Sólo cuando hay equilibrio en la mente y compasión en el corazón, se puede producir el auténtico ‘soltar’. A medida que desarrollamos habilidad en nuestras prácticas de meditación, se hace sencillamente posible soltar ciertos estados problemáticos, tan pronto como se presenten. Este ‘soltar’ no contiene disgusto alguno; se trata de una elección directa de abandonar un estado mental y centrar serenamente nuestra concentración, de un modo más hábil, en el próximo instante. Esta capacidad es fruto de la práctica. Se produce a medida que crece nuestra compostura. Se puede cultivar, pero nunca forzar.

Cuando no es posible soltar, se puede utilizar una versión más blanda de esta práctica, denominada ‘déjalo estar’. Se presente lo que se presente, ya sea dolor, miedo o conflicto, en lugar de soltar, seamos conscientes de ello, dejémoslo ir y venir. ‘Déjalo estar’. Dejarlo estar no significa escapar o eludir, sino simplemente liberar. Permite que lo que esté presente surja y pase, como las olas de un océano. Si hay llanto, llora. Si surge pena o ira, déjalas estar. 

El espíritu de ‘dejar estar’ o ‘soltar’ se expresaba con belleza en un poster, que vi hace unos años, que anunciaba meditación y yoga. Un famoso gurú indio, con el pelo gris y una larga barba flotante, permanecía exquisitamente en equilibrio sobre un solo pie, en la postura de yoga conocida como ‘el árbol’. Sólo llevaba un pequeño taparrabos. Pero lo más sorprendente es que permanecía en equilibrio… sobre una tabla de surf, encima de una gran ola. Debajo del poster, con grandes letras, decía: ‘No puedes detener las olas, pero puedes aprender surf’. De este modo podemos acoger las contradicciones de nuestra vida y soltarlas o dejarlas estar”.

(“Después del éxtasis, la colada”, Jack Kornfield)

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Sí, todavía hay quien, con buen criterio, defiende y fabrica pañales reutilizables, más económicos y menos agresivos para el medio ambiente.

 

La pareja que me precedía en la cola del supermercado arrastraba un carro monumental y monotemático: pañales desechables. Suficientes pañales desechables, he razonado, como para cubrir las necesidades de unos sextillizos durante un mes (o será, más bien, que he olvidado la velocidad a la que un bebé consume esos sofisticados contenedores de celulosa y plástico…).

Como me ha picado la curiosidad, y con ella nunca está tranquilo un periodista hasta que la sacia, he trasteado un poco en busca de los orígenes del pañal desechable y, sobre todo, de su impacto ambiental. Confieso que el interés no es nuevo, porque hace más de catorce años me hice las mismas preguntas (en realidad este post no es más que una modesta actualización de aquella primitiva página que firmé en El País).

No existe ningún estudio riguroso sobre la cuestión (o al menos yo no lo conozco) y las estimaciones, realizadas por algunos fabricantes, bailan entre cifras (todas ellas) estratosféricas. Hay quien considera que en España se consumen cada año alrededor de 1.600 millones de pañales desechables y quien eleva esta suma hasta los 3.600 millones. El caso es que a la basura, en el mejor de los casos y en todo el país, se arrojan cada año cerca de un millón de toneladas de pañales, la mayoría de los cuales, por los materiales que los componen, tardarán, siendo optimistas, unos doscientos años en degradarse.

Hasta mediados de los años 60 del pasado siglo para cambiar a un bebé se usaban piezas de algodón sujetas con imperdibles, que podían lavarse con facilidad y reutilizarse un buen número de veces. No era una opción muy cómoda para los padres, pero sí que resultaba económica y poco agresiva para el medio ambiente.

Aunque algunos pueblos esquimales venían usando rudimentarios pañales que incorporaban elementos vegetales absorbentes, el primer pañal desechable, fabricado con pulpa de papel, apareció en el mercado a comienzos de los años 70, y poco después se incorporaron las braguitas de plástico que lo cubrían. Hasta 1980 no se integraron ambos elementos, papel y plástico, y los geles de gran absorbencia se añadieron en 1987. En poco tiempo el uso de pañales desechables supuso la práctica desaparición de los reutilizables que, a pesar de todo, aún cuentan con defensores y fabricantes.

Todavía se mantienen grandes discusiones a propósito de la incidencia de ambos tipos de pañales en las alteraciones y enfermedades de la piel, cuestión prioritaria en los primeros meses de vida. Los fabricantes de pañales desechables argumentan que los geles absorbentes ayudan a prevenir las irritaciones cutáneas ya que mantienen la humedad y las deposiciones alejadas de la epidermis, con lo que esta se mantiene suave y sana. Los partidarios de los pañales de algodón, por el contrario, mantienen que este tipo de tejido permite la respiración natural de las zonas corporales que cubre y, por tanto, deberían ser los que se usaran en clínicas y maternidades.

La piel limpia y seca no es propensa a la dermatitis, y seguramente el que se mantenga en buen estado depende sobre todo de la cantidad de veces que se cambie de pañal y no tanto del tipo de artículo que se emplee.

Para los consumidores preocupados por las reacciones alérgicas o el uso de sustancias agresivas es difícil descubrir qué productos químicos, como perfumes o agentes hidratantes, intervienen en la composición de los pañales desechables puesto que esta información no suele detallarse en los embalajes.

Y no sigo trasteando en las redes porque me temo que esta es sólo la punta del iceberg de un tema que, en la cola del supermercado, me parecía mucho más irrelevante, y mi curiosidad anda ya buscando nuevos horizontes…

 

 

Chubas

¿Quién tiene miedo al temporal con un chubasquero decente y unas buenas botas? (es un selfie fallido, pero me gusta… :-) )

Me gusta cuando en invierno, solitaria, la playa se asilvestra. El anuncio del temporal, que debería ser reclamo y no alarma, disuade a los paseantes y, así, pocos somos los que disfrutamos de esa estampa, primitiva y poderosa, que componen el viento, la lluvia y el oleaje batiendo caóticos la orilla. La naturaleza en puro desequilibrio, como está siempre, por cierto, aunque pensemos lo contrario…

 

Un chubasquero decente, unas buenas botas y el asombro a flor de piel, el mismo asombro con el que recorría las playas de mi infancia buscando piedritas, guijarros pulidos que adornaban el alfeizar de una ventana.

Piedras

Hoy he vuelto a casa con los bolsillos llenos de piedritas…

Hoy, caminando contra el viento, he vuelto a buscar piedritas, porque así no me distraigo y mi atención reposa en los pequeños detalles, esos en los que se esconde la belleza; porque esa ocupación, infantil e improductiva, me obliga a olvidarme de lo complejo y a caminar despacio (ya correré el lunes y me defenderé a duras penas de las complicaciones…).

Hoy he vuelto a casa con los bolsillos llenos de piedritas y he recordado el poema de Benedetti: quién sabe si alguna terminará en manos de la alegría, que siempre anda buscando piedritas para llamarnos, para anunciarse, para recordarnos que está ahí fuera, esperando…

 

Piedritas en la ventana
(Mario Benedetti)

De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas

quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuándo mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajo hallaré para no seguirlos

está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana.

 

Piedrass

Quién sabe si la alegría no terminará por usar alguna de estas piedritas para anunciarse, para llamarnos…

 

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Anotación al margen en los apuntes que usé durante mi intervención en el Congreso de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza – Málaga, 23 de enero de 2015)

 

Los que me conocéis sabéis de mi fascinación por la tecnología, por los gadgets (algunos de ellos claramente prescindibles) y las herramientas de última hora que, además de divertirme, pueden ayudarme en mi trabajo.

Hace años, como nos pasó a tantos otros, me hice adicto al PowerPoint y empecé a coleccionar presentaciones, cada vez más alambicadas y efectistas, sobre todos aquellos temas de los que hablo en escenarios variopintos (desde el gigantesco salón de actos de un Palacio de Congresos hasta el aula recoleta de una escuela rural). A fuerza de construir discursos que se apoyaban en una secuencia de diapositivas descubrí que quien de verdad estaba dictando la conferencia eran… las diapositivas, que mi palabra sólo servía para apoyar, discretamente, esa película que dejaba embobados a algunos y dormidos a otros. Y que, para colmo, el discurso era necesariamente lineal, sin mucho margen para los recovecos, las curvas peligrosas, las anotaciones al margen o las salidas de ruta (en busca de nuevos caminos, inciertos pero atractivos). Quien mandaba en el discurso era PowerPoint, y no admitía que se le discutiera el camino a seguir.

De manera casual, en una de esos ratos en los que me gusta vagabundear por las estanterías de una librería, encontré “Presentación Zen”, de Garr Reynolds, un manual atípico que me hizo reconsiderar mi manera de dictar una conferencia, mi manera de diseñar una diapositiva y, en definitiva, mi manera de usar el inflexible PowerPoint. Por cierto, que algunas de las ideas que Reynolds me inoculó aparecen en este blog, porque las usé, a plena satisfacción, en cursos a los que le tengo especial cariño, como el de Ciencia, Arte y Redes Sociales.

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Algunas anotaciones no añaden ideas sino que me sirven para no olvidar el sentimiento que debe inspirar una acción (apuntes que usé en el Congreso de la UICN – Málaga, 23 de enero de 2015)

Apoyándose Reynolds en la filosofía zen lo lógico era que, habiéndome convertido en su devoto discípulo, siguiera simplificando mis presentaciones hasta reducirlas a la mínima expresión de lo comprensible, jugando así con los espacios vacios y no con las diapositivas repletas de información y deslumbrantes efectos. Y lo cierto es que ese parecía el camino al que me conducía la obra de este norteamericano educado en Japón, pero… en mi camino de presentaciones cuasi-espirituales se cruzó Prezi, un veneno que vino de la mano de mi hijo, y despertó, de nuevo, mi fascinación por los artilugios high-tech. Con Prezi mantengo una relación ocasional y, desde luego, si la audiencia está entre los 15 y los 25 años tiro sin dudarlo de este programa que nos sube a todos en una divertida montaña rusa desde la que puede que no aprecies todos los detalles del paisaje pero divertirte te vas a divertir seguro.

¿Y en dónde estoy ahora? Pues, al margen del divertimento ocasional con Prezi y el rigor académico, a veces inevitable, que me obliga a encadenarme a un PowerPoint (aunque sea en su versión zen), he vuelto a mi clásica libreta verde que se cierra con una gomilla, a los folios blancos reciclados y al austero Moleskine negro, soportes en los que, con mucha antelación o sobre la marcha, garabateo las ideas que quiero exponer, y las adorno, para explicarme, con flechas, llaves, asteriscos, subrayados… Compongo así un gráfico en el que se dibuja mi tormenta de ideas y que me sirve de mapa en el que, con frecuencia, me pierdo buscando destinos inesperados, imprevisibles o absurdos. Pero lo que más me gusta de esta rústica herramienta no son las infinitas posibilidades que abre a la improvisación, la libertad que otorga al discurso oral, las pocas distracciones que regala al público realmente interesado… no, lo que más me gusta es que me permite hacer anotaciones al margen, guiños, recuerdos, frases que me inspiran aunque nada tengan que ver con el tema central de mi discurso.

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Un folio salpicado de anotaciones al margen, anotaciones a las que tengo especial cariño (guión garabateado de mi intervención en el Congreso Nacional de Medio Ambiente – Madrid, 27 de noviembre de 2014).

En esos esquemas garabateados hay muchas ideas, las que quiero exponer, y también muchos sentimientos que no expongo, pero que necesito sentir cerca, con la evidencia que proporciona la palabra escrita. Algunas veces he colgado fotos de estos apuntes y alguien se ha dado cuenta de esa aparente anomalía, de esas palabras que no tienen sentido en ese contexto, de esas frases que parecen haberse colado en un sitio que no le corresponde. Bueno, pues ya sabéis cuál es el motivo de ese cóctel garabateado en donde conviven razones y emociones, aunque estas últimas sólo sean para mis ojos… y para los ojos de quienes saben leer entre mis líneas.

Al fin y al cabo, la vida está llena de anotaciones al margen…

 

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La tormenta se adivinaba en las costas de África y el sol terminaría por rendirse, como todos los días. Pero el pequeño faro de Punta Carnero (Algeciras) estaba listo para iluminar el Estrecho. De todas las fotos que he hecho a lo largo de 2014 esta es, con diferencia, la que más me gusta. ¿Por qué? No sé… (Foto: José María Montero)

¿Qué podemos hacer entonces? Entregarnos al presente con toda nuestra alma. Construir cada momento dándonos completamente a lo que nos toca vivir, aquí y ahora” (Álex Rovira).

Nos ha dejado huellas, de las que se ven, y se presume de ellas, y también de esas que, ocultas, hablan, sin más, del paso del tiempo, de los hallazgos que nos han hecho mejores o de los accidentes que fuimos capaces de transformar en lecciones. Nos ha marcado con cicatrices de las que escuecen los días de lluvia o, peor aún, heridas de las que se resisten a cerrarse y, de vez en cuando, aún dejan escapar una gota de sangre que mancha nuestra esperanza. Nos ha traído días luminosos y terribles noches de insomnio. Dibujó inesperados arcoiris para indicarnos el camino en mitad de la tempestad y amaneceres que teñían de naranja nuestras más grises ocupaciones.

Se llevó, sin avisar, a quién aún debería estar a nuestro lado, y puso a nuestro lado a quién nunca imaginamos que sabría descifrar el mohín con el que sonreímos o soñamos. Hizo de la novedad una fiesta y salpicó de risas la más aburrida de las rutinas. Nos hizo valientes cuando sentimos miedo y nos convenció de que la rareza, por escasa, es en realidad una hermosa virtud. Nos hizo amar, sencillamente, y sencillamente nos convenció de que lo imposible no existe. Nos ayudó a no traicionarnos, a no mentirnos, a no causar dolor, a no exigir, a elegir lo más sencillo, a vivir… sin pensar en vivir, por puro placer.

Quizá es que me he acostumbrado a la tormenta y he terminado por encontrar el camino que, con menos luz y mucho más despacio (slow… slow…), es capaz de llevarme, en buena compañía, a donde quiero ir. No se muy bien lo que ha traído el azar y lo que ha venido de la mano del esfuerzo, la búsqueda, el deseo o el cálculo, pero lo cierto es que este 2014 que ando despidiendo me ha parecido maravilloso. Y lo mejor de todo es que l@s que me habéis regalado el milagro de vivir con tanta intensidad lo bueno y lo menos bueno, l@s que me habéis cuidado, no conocéis el paso del tiempo (¿aprenderé alguna vez a no llevar reloj?). Siempre vivís en el presente y allí os encontraré el año que viene. Daros las gracias me sabe a poco, así es que esperadme, allá donde estéis, para un abrazo, nuestro abrazo de año nuevo…

Tejo

Así recuerdo el tejo al que me abracé, hace treinta años, en la jiennense Sierra de Cazorla (la imagen la he tomado de http://wwwsenderoscazorlenses.blogspot.com.es/)

 

Entre mis amigos hay una rara comunidad de individuos que se abrazan a los árboles. Lo hacen por puro gusto, por la satisfacción que da sentirse unidos a un ser vivo que nos presta innumerables servicios, vitales, sin pedirnos nada a cambio. Yo mismo no puedo evitar abrazarme a algunos árboles cuya presencia me conmueve, como me sucedió hace bien poco en un viejo castañar de Fuenteheridos (Huelva).

Esta aparente rareza tiene su base científica porque no son pocos los que, desde una posición más racional que emocional, defienden la hipótesis de la biofilia: los millones de años durante los cuales hubo un estrecho contacto entre los humanos y la naturaleza han inculcado en el Homo sapiens una profunda necesidad emocional congénita de sumarse al resto del mundo de los seres vivos, y por eso necesitamos ese contacto íntimo con vegetales y animales.

Uno de esos raros abrazos que aún permanece vivo en mi memoria, a pesar de los años transcurridos (algo así como tres décadas), se lo di a un tejo, centenario, quizá hasta milenario, que crecía (y espero que siga creciendo) en un rincón de la Sierra de Cazorla. Un árbol imponente que no es extraño que haya sido considerado mágico por muchas culturas, y cuyas virtudes, ocultas, reveló la Medicina no hace muchos años.

Sobre todo en las regiones más occidentales del continente europeo, desde Alemania a Galicia, a lo largo de toda la costa atlántica y las islas británicas e irlandesa, el tejo ha sido considerado desde la antigüedad un árbol sagrado. En torno a esta especie se han tejido numerosas leyendas y ritos, y ejemplares milenarios crecen junto a ermitas, abadías o cementerios. Ignacio Abella, botánico que ha rastreado toda la mitología asociada al tejo, explica algunas de las razones por las que los humanos nos hemos sentido atraídos por este árbol: “Posiblemente la admiración y el culto provengan de aspectos como su asombrosa longevidad, la capacidad de rebrotar incesantemente aún después de caído, el follaje perenne, la dureza pétrea de su madera y su increíble elasticidad, el color rojo intenso de este material y la potencia letal de todas sus partes, exceptuando la envoltura carnosa de su semilla”.

A pesar de la importancia que el hombre le ha concedido, el tejo se encuentra en franca regresión en todos aquellos enclaves en los que se distribuye. En Andalucía todavía podemos encontrarlo en las provincias de Almería (Sierra Nevada), Granada (Sierra de Baza, Sierra de Castril, Sierra Harana, Sierra de Játar, Sierra Nevada y Sierras de Tejeda y Almijara), Jaén (Sierras de Cazorla y Segura, Sierra Mágina) y Málaga (Sierra de las Nieves, Sierras de Tejeda y Almijara). En total se calcula que sobreviven en la región entre 1.200 y 1.800 ejemplares, distribuidos en pequeñas manchas que, en el mejor de los casos, apenas llegan a reunir una veintena de ejemplares. Incluso hay poblaciones que están compuestas por uno o dos individuos aislados. Este fenómeno, que también es frecuente en otros puntos de la península, ha hecho que al tejo se le bautice como el “ermitaño del bosque”, y que su sola presencia justifique la protección de un enclave.

El tejo añade a su valor botánico, determinado por su escasez, interesantes aplicaciones en el campo de la farmacología. Ya a mediados del siglo XIX se utilizaban infusiones de hojas para combatir los gusanos intestinales, regular la menstruación o provocar abortos. Asimismo, se usaba para aliviar espasmos musculares y nerviosos, en molestias de las vías urinarias, reumatismo y artrosis.

Al margen de estas aplicaciones tradicionales, la medicina oficial comenzó a interesarse por el tejo a comienzos de los años 60, cuando investigadores norteamericanos identificaron una sustancia, el taxol, presente en extractos de corteza y hojas de este árbol. El taxol se mostró muy eficaz en el tratamiento de algunos tipos de cáncer, aunque no parecía fácil convertirlo en un medicamento de uso convencional, ya que se necesitaban de tres a cuatro tejos centenarios para obtener el taxol necesario en el tratamiento de un solo enfermo.

Aún así, y después de numerosas experiencias para obtener taxol mediante diferentes procedimientos que no implicaran el sacrificio de los árboles, el gobierno norteamericano aprobó, en 1992, el primer fármaco (Paclitaxel) que contenía este principio activo, indicado para el cáncer de ovario resistente a otros tratamientos. En España se comercializa, con el mismo nombre, desde 1994, y en los últimos años han surgido otros compuestos similares que se usan con éxito en diferentes afecciones tumorales.

¿Es para abrazarlo o no?

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