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Una erupción como la de 1963 podría lanzar rocas hasta una altura de ocho kilómetros y gases hasta los 10.000 metros.

En 1963, la erupción explosiva del volcán Gunung Agung causó la muerte de más de mil quinientas personas, una tragedia que las autoridades de Bali tratan de evitar estos días evacuando las poblaciones más cercanas y limitando el tráfico aéreo en la zona. El gigante (3.400 metros de altura) despertó de su letargo el pasado verano y los especialistas temen que en cualquier momento esta isla del archipiélago indonesio, situada en el denominado Cinturón de Fuego del Pacífico, sufra las consecuencias de una nueva serie de erupciones catastróficas. Los efectos de la erupción de 1963 sirvieron para demostrar, por vez primera con argumentos científicos, la relación que existe entre este tipo de sucesos y determinadas alteraciones en el clima. 

Los volcanes, en definitiva, siguen manifestando la potencia destructora que puede desarrollar la naturaleza, sin que exista tecnología capaz de evitarla ni contenerla. Una fuerza que, de acuerdo a los trabajos de algunos investigadores, ha sido capaz de cambiar el curso de la historia.

Dos geólogos norteamericanos, Michael Rampino y Stephen Self, apuntaron en 1992 la posibilidad de que una erupción volcánica de enormes proporciones fuera la causante de una anomalía en la evolución del género humano. La catástrofe que pudo afectar a nuestros ancestros se produjo hace unos 74.000 años cuando el volcán Toba, situado en la isla indonesia de Sumatra, explotó con una violencia que hoy es difícil de imaginar, arrojando a la atmósfera unos 800 kilómetros cúbicos de cenizas mezcladas con otros 2.000 kilómetros cúbicos de diversos materiales. La erupción, calificada de magnitud 8 (o “mega-colosal” en el argot de los vulcanólogos), puede considerarse la mayor de las registradas en los últimos 25 millones de años.

Las cenizas alcanzaron las capas más altas de la atmósfera y se extendieron por todo el planeta. Algunos autores consideran que la columna de humo volcánico pudo alcanzar los 40 kilómetros de altura, y lo cierto es que se han encontrado estratos con importantes capas de cenizas, procedentes del Toba, en diferentes emplazamientos de India y China situados a miles de kilómetros de distancia del volcán.

La erupción del Agung en 1963 sirvió para verificar que determinadas alteraciones climáticas pueden ser debidas a erupciones volcánicas.

El escudo de cenizas que se instaló en la atmósfera filtró la radiación solar hasta originar un acusado descenso en la temperatura media del planeta (descenso evaluado en unos 3 grados centígrados), lo que provocó un invierno volcánico global que pudo extenderse a lo largo de unos seis o siete años. En las regiones templadas, señalaron Rampino y Self, la temperatura media pudo llegar a descender unos 15 grados centígrados, lo que provocó una brusca alteración en las condiciones ambientales. Al margen de esos seis o siete años donde el impacto climático de la erupción del Toba pudo ser extremo, también se sospecha que las alteraciones atmosféricas causadas por el volcán provocaron una etapa de frío intenso que se prolongó durante unos 1800 años y que afectó al conjunto de la biodiversidad terrestre.

Un antropólogo también norteamericano, Stanley H. Ambrose, combinó toda esta información con algunas evidencias obtenidas a partir de estudios genéticos en los que se señalaban ciertos “cuellos de botella” en la historia evolutiva de las poblaciones humanas, es decir, momentos en los que se manifestaron reducciones drásticas en el número de individuos. Y una de estas reducciones coincidía, precisamente, con la época en la que el Toba originó un invierno volcánico global. A juicio de Ambrose, la catástrofe colocó casi al borde de la extinción a las diferentes especies de humanos (homo sapiens y neardentales) que entonces poblaban el planeta, de manera que sólo habrían sobrevivido las poblaciones de homo sapiens que vivían en las zonas ecuatoriales.

Ambrose llegó a considerar que este fenómeno también influyó de manera decisiva en la diferenciación humana. El invierno volcánico, argumentó, terminó provocando el aislamiento de unas pocas poblaciones humanas que tuvieron que adaptarse a las condiciones de cada emplazamiento, lo que explicaría, según este antropólogo, la escasa diversidad genética de nuestra especie y, sin embargo, los diferentes caracteres físicos que se manifiestan en las numerosas etnias. Como el propio Ambrose explica: “Cuando la diáspora de los humanos modernos africanos pasó a través del prisma del invierno volcánico del Toba, apareció un arco iris de diferencias”.

Las teorías de Rampino, Self y Ambrose han sido muy discutidas y hoy no se sabe a ciencia cierta cuál fue el verdadero impacto que la monumental erupción del Toba tuvo en las poblaciones humanas de hace 74.000 años. Incluso se discute la intensidad del invierno global originado por el escudo de cenizas que se instaló en la atmósfera, ya que algunos científicos chinos, como Meng-Yang Lee, han demostrado, estudiando los restos de otras mega-erupciones ocurridas hace miles de años, que si bien el bloqueo de las radiaciones solares origina un enfriamiento del clima éste no causa alteraciones a largo plazo y mucho menos origina una glaciación. En el caso del Toba, señalan estas investigaciones, el clima del planeta ya se deslizaba hacia una etapa más fría y la erupción sencillamente aceleró este tránsito.

Un año sin verano

Aunque el ejemplo del Toba es una referencia habitual a la hora de conectar las erupciones volcánicas con ciertas alteraciones climáticas, no es necesario remontarse a sucesos que ocurrieron hace miles de años para certificar esta conexión.

Aunque modifiquemos la escala de nuestro calendario de nuevo tendremos que situarnos en Indonesia, en una pequeña isla llamada Sumbawa donde se ubica el volcán Tambora, protagonista de otra de esas erupciones colosales. En este caso la gran explosión se produjo en los primeros días del mes de abril de 1815, aunque la actividad volcánica se prolongó hasta finales de agosto de ese mismo año, arrojando a la atmósfera unos 30 kilómetros cúbicos de cenizas y otros materiales. La erupción provocó un tsunami que barrió zonas litorales situadas a casi 2.000 kilómetros de distancia, provocando la muerte de más de 80.000 personas. Los vulcanólogos consideran que éste es el mayor cataclismo volcánico de los últimos diez mil años.

Columna de vapor de agua y cenizas durante la erupción del volcán Grimsvötn (Islandia, noviembre 2004).

En su libro El hombre y el clima el físico francés Jacques Labeyrie se atreve a calcular el volumen de cenizas que el Tambora arrojó a la atmósfera: “Es lógico pensar que se hayan inyectado, por encima de los 15 kilómetros de altura, por lo menos 150 millones de toneladas de estas partículas de polvo muy finas. Su dimensión de pocos micrones no les permitió durante varios años caer al nivel del mar”. De acuerdo a los vientos predominantes en las capas altas de la atmósfera y a su diferente orientación e intensidad según las distintas latitudes, Labeyrie explica cómo las cenizas del Tambora terminaron por cubrir todo el planeta y por eso se han encontrado estratos con cenizas procedentes de esta erupción en Groenlandia o en las mesetas heladas de la Antártida.

Pero lo cierto es que a comienzos del siglo XIX nadie se preocupaba por la influencia que una erupción volcánica, localizada en una remota isla del sudeste asiático, pudiera tener en el clima. La conexión entre ambas circunstancias ya había sido esbozada por Benjamin Franklin a finales del siglo XVIII, pero no se demostró como cierta, con las correspondientes evidencias científicas, hasta que en 1963 se estudiaron, precisamente, los efectos de la erupción del volcán Gunung Agung en la isla de Bali.

Sin embargo, y aunque entonces no pudiera establecerse esta relación, la erupción del Tambora provocó una serie de anomalías climáticas bien documentadas que dieron lugar, en 1816, a lo que los historiadores del clima denominan “el año sin verano”.

En un extenso artículo, publicado en la Revista del Aficionado a la Meteorología, la historiadora Carmen Gozalo de Andrés detalla las particulares condiciones ambientales que se registraron en diferentes puntos de Europa durante aquel año atípico. “La ciencia meteorológica de aquel momento”, explica, “no relacionó el continuo velo de polvo atmosférico, ni los deslumbrantes crepúsculos, con la erupción del volcán Tambora, cuya existencia probablemente desconocía. Se contemplaba con estupor el comportamiento del extraño verano que había retrasado las vendimias del sur de Francia hasta los últimos días de octubre y las de la cuenca del Rhin hasta principios de noviembre. En Paris se registraban en el mes de julio temperaturas medias inferiores en 3,5 grados a las normales de aquel mes, y en agosto estos valores eran casi tres grados más bajos”.

Ya que no existen registros meteorológicos que lo puedan certificar, en España se ha recurrido al estudio de fuentes indirectas para comprobar si efectivamente aquel verano también fue anómalo. Los libros de tazmías, donde se anotaban los diezmos que, procedentes de la agricultura y la ganadería, los feligreses entregaban a sus parroquias, son un excelente indicador de la producción agropecuaria y de cómo ésta se veía mermada por circunstancias meteorológicas adversas. “Hecho un estudio comparativo entre las tazmías de los años 1815, 1816 y 1817 en cuarenta localidades cántabras”, detalla Gozalo de Andrés, “se puede asegurar, sin ninguna duda, que Cantabria no disfrutó en 1816 de su habitual verano confortable. Mucho frío, poco sol y excesivas lluvias contribuyeron a reducir las cosechas a cotas de miseria y retrasar su recolección hasta noviembre, ya bien entrado el otoño”.

Un volcán revolucionario

Las repercusiones sociales y políticas de estas anomalías en la producción agroganadera ya se habían estudiado en otros países de Europa, y en algunos casos aparecen también vinculadas a circunstancias climáticas inducidas por erupciones volcánicas.

No muy lejos del volcán Eyjafjall, que en la primavera de 2010 colapsó el tráfico aéreo de toda Europa, se encuentra el Laki, también en suelo islandés, cuya erupción de 1783-84 lanzó a la atmósfera más de diez millones de toneladas de dióxido de azufre que terminaron convirtiéndose en ácido sulfhídrico, un agente muy tóxico que provocó daños gravísimos en la agricultura y la ganadería. Las cenizas expulsadas cubrieron una superficie de más de 8.000 kilómetros cuadrados, y el invierno, como ocurriría poco después con el Tambora, registró unas temperaturas medias más bajas de lo normal. Este cóctel de circunstancias, achacables a la erupción del Laki, provocaron una hambruna que se extendió por gran parte del continente, hambruna que algunos autores consideran el detonante de la Revolución Francesa.

En épocas más recientes se han registrado erupciones de gran calibre cuyo efecto climático ha podido analizarse con mucha más precisión. Los dos ejemplos que suelen citarse son el del Chichón (México, 1982) y el del Pinatubo (Filipinas, 1991). La erupción de este último, situado en la isla de Luzón, lanzó gran cantidad de cenizas a la estratosfera, de manera que terminaron por distribuirse por todo el planeta permaneciendo, las de menor calibre, más de un año sin caer a tierra. Las cenizas llegaron a depositarse a cerca de 2.500 kilómetros de distancia del volcán. En este caso los científicos pudieron determinar el impacto climático de la erupción: la temperatura media del planeta disminuyó en 0,5 grados centígrados. En cierto modo la erupción frenó el calentamiento global, pero, al mismo tiempo, los gases expulsados a las capas altas de la atmósfera aceleraron la destrucción del ozono estratosférico.

Erupción del volcán Colima (México) con la que Sergio Tapiro ha recibido el premio al Mejor Fotógrafo de Viajes 2017 de National Geographic.

La erupción del Pinatubo se combinó, además, con una duración más larga de lo habitual en el fenómeno de El Niño, un calentamiento periódico de las aguas del Pacífico, de manera que los climatólogos certificaron, en 1992 y en diferentes partes del mundo, un invierno excesivamente cálido y un verano con temperaturas demasiado frías.

Estos son ejemplos excepcionales porque lo cierto es que, a corto plazo, no es fácil determinar la influencia de los volcanes en el clima, ya que habría que analizar otras muchas variables (desde la evolución de las capas de nubes hasta la acumulación de nieve en los casquetes polares) y, sobre todo, no se dispone de un registro completo y fiable de la actividad volcánica en todo el planeta. Sólo a lo largo del siglo XX se estima que el número de erupciones volcánicas pudo superar las 3.600, y muchas de ellas pasaron inadvertidas para los científicos.

La naturaleza del material expulsado durante una erupción, explica el meteorólogo Luis Carlos Baldicero, también dificulta identificar sus efectos climáticos. “Cuando se compone de poco dióxido de azufre y muchas partículas, las consecuencias probablemente no se extiendan más allá de seis meses, mientras que si hay abundante dióxido de azufre las repercusiones sobre el clima pueden durar más de dos años. Y otra variable importante es la dirección de los vientos”. Demasiadas circunstancias para poder determinar el impacto climático real de cada una de las erupciones que se producen en el planeta.

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Fragmento de la conferencia “El círculo de la voluntad” que dicté en el acto de entrega de los Premios de Comunicación Flacema (Sevilla, 26 de octubre de 2017).  

Para salir airosos de la encrucijada a la que nos conduce el debate en torno a la Economía Circular, y hablando de la cooperación como herramienta decisiva, resulta imprescindible el concurso de los medios de comunicación generalistas, el trabajo de los periodistas que deben, que debemos, trasladar a públicos heterogénos y no especializados la complejidad de estas cuestiones que nos enfrentan a nuestra propia supervivencia. Vivimos prisioneros de los sucesos, que nos entretienen, captan la atención y encienden el debate, pero que difícilmente generan conocimiento. Esta, la información ambiental, es una información de procesos en la que hay que señalar causas, consecuencias, actores, soluciones…, y la atención a todos estos elementos requiere tiempo y conocimiento, reposo y mirada democrática. Los problemas ambientales se llevan muy mal con el periodismo urgente, plagado de inexactitudes y ruido (con frecuencia interesado).

Tampoco conviene caer en la trampa de sentirse más cerca de nuestras fuentes que de nuestros receptores. Cuando un periodista se pone a escribir sólo puede militar en el periodismo. No somos ecologistas, ni somos portavoces de la industria, ni nos alineamos con la Administración… por muy loables que sean sus argumentos: únicamente nos debemos a nuestros receptores. Si nos identificamos con nuestras fuentes hasta el extremo de confundirnos con ellas es fácil que caigamos en un periodismo reduccionista, ese que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador (o inquietante) escenario de buenos y malos, un paisaje de negros y blancos del que han desaparecido los infinitos matices en los que  buscar una explicación, una solución. El periodismo no debe perseguir adhesiones sino argumentos.

¿Qué quieren nuestros receptores? Que les ayudemos a entender la complejidad del mundo que les rodea sin hurtarles ninguno de los elementos que lo componen, incluidas incertidumbres, contradicciones y zonas oscuras. Por eso un periodista, el verdadero periodista ambiental,  necesita una mirada abierta, democrática y conciliadora. Es más importante entender que juzgar, pero es más fácil juzgar que entender. Y no es que los juicios sean malos per se, es que un buen juicio necesita comprensión, interpretación, argumentos, tiempo… Pero un escenario periodístico frenético, entregado a la urgencia del suceso, la denuncia o la exclusiva, se alimenta no de juicios sino de prejuicios (que son fáciles y rápidos, pero que con frecuencia traicionan el verdadero conocimiento de un problema y la búsqueda cooperativa de soluciones).

Insisto: nuestros receptores no quieren, ni merecen, juicios (y menos prejuicios), ni sentencias y condenas rápidas, inapelables, ni siquiera manuales sobre lo que deben o no deben hacer.  En el periodismo en general (y en el ambiental en particular) necesitamos más creatividad que reactividad. Necesitamos una mirada plural, formada, reposada y conciliadora. Y aunque esta es, sobre todo, una responsabilidad nuestra, de los propios periodistas, no lo es menos de cierta clase política, esa que aplaude al peor periodismo, y de algunas fuentes cualificadas (industria, ecologistas, científicos…) que a veces prefieren comportarse como enemigos y no como aliados de los medios de comunicación, sobre todo en cuestiones de tan evidente calado social como es el modelo de desarrollo con el que podemos escapar del desastre.

Abrir espacios como este, donde diferentes voces pueden entablar un diálogo reposado, plural y en libertad, en torno a problemas ambientales complejos, es lo que más necesitamos. Insisto: quizá con más urgencia que leyes o inversiones. Dice mi amiga María Novo, catedrática de Educación Ambiental, y dice bien, que en torno a algunas cuestiones ambientales hemos generado mucho más conocimiento que relaciones, y que, quizá, hay que insistir en las relaciones para poder salir de esta crisis que amenaza nuestra propia supervivencia. Y Einstein aseguraba que en momentos de crisis es más importante la imaginación que el conocimiento. Necesitamos más relaciones, más imaginación, más creatividad, más diálogo, más cooperación, más transparencia, más serenidad… Necesitamos inversiones y tecnología, claro que sí, pero sobre todo necesitamos herramientas intangibles y gratuitas que sólo precisan de nuestra voluntad, la de todos.

 

Me gustan los parques que dibuja Alicia Varela porque en ellos habita esa rara  belleza que nos regala el desorden (El arenque rojo, Alicia Varela).

 

“Julio se sentó en un banco cercano, desplegó el periódico y se dedicó a observarla. A medida que pasaba el tiempo aumentaba su desazón, porque penetraba en él con más fuerza el sentimiento de que algo de lo que poseía esa mujer era suyo también, o lo había sido en una época remota; lo cierto es que su modo de mirar y de sonreír, pero también de mover el cuerpo o de relacionarse con sus partes alteraron la situación sentimental de quien desde ese día, cada martes y viernes a las cinco de la tarde, entraría en el parque de Berlín con el único objeto de contemplar a aquella mujer” (El desorden de tu nombre, Juan José Millás).

 

El mapa de las ciudades en donde hemos sido felices nada tiene que ver con el triste callejero que manejan los taxistas o la fría pantalla de uno de esos navegadores que raramente permiten que nos extraviemos. El mapa nunca se corresponde con el territorio, y menos aún con el de los afectos. Nada sabe la razón de la cartografía con la que se orientan los sentimientos. Hay brújulas desobedientes que siempre apuntan al Sur y caminos que no llevan a ninguna parte (ni falta que hace).

Hace treinta años leí “El desorden de tu nombre”, de Juan José Millás, y desde entonces en el planisferio íntimo en donde se va dibujando todo mi mundo, el real y el imaginario, quedó señalado un parque, el de Berlín, donde los protagonistas de la novela (Julio y Laura) se conocen y se reconocen. Imaginé ese parque madrileño, sin haberlo pisado jamás, y lo convertí en el verdadero protagonista del relato, quizá porque en él, en ese territorio desconocido, era donde se hacía posible el desorden, el fantástico desorden de vivir con el que nos tienta Millás (ese que de forma natural expresan los niños y que tanto miedo nos provoca a los adultos).  Yo que con frecuencia olvido la calle por la que he caminado cientos de veces, hasta no distinguirla de cualquier otra, y que confundo paseos y plazas del barrio en donde nací o de la ciudad en donde vivo, llevo treinta años recorriendo el parque de Berlín sin perderme nunca, sin haberlo pisado jamás. No soy capaz de señalarlo en un mapa, pero se dónde está.

En tantos y tantos viajes a Madrid el azar, de manera calculada y meticulosa, se ha empeñado en ocultarme el camino, cualquiera de los caminos (tangibles) que llevan a ese parque. Y quizá, quién sabe, alguna madrugada haya rozado sus esquinas. En cualquier extravío o en cualquier caminata decidida podría haber terminado en el parque de Berlín, en el verdadero parque de Berlín, pero nunca ocurrió (o no dejé que ocurriera, quién sabe).

Eran las cinco de la tarde de un martes…“. Así comienza la desordenada novela de Millás. Y en la segunda línea ya detalla el autor a dónde nos dirigimos siguiendo los pasos del protagonista: “…había atravesado Príncipe de Vergara y ahora entraba en el parque de Berlín“. El martes pasado, a eso de las cinco de la tarde, después de encontrar el mapa y dejarme conducir por la mejor guía, atravesé Príncipe de Vergara y entré, por primera vez, en el parque de Berlín. Podría haber ocurrido cualquier otro día, a cualquier otra hora o de cualquier otra manera pero fue así, y así tuvo sentido.

Ahora es cuando yo debería escribir que mi parque imaginado era más hermoso que el real, que lo esperaba más grande o más pequeño, que jamás lo adorné con fuentes, que cuando todavía era un desconocido conservaba la magia de lo que no se ha visto aún, o que a partir del martes ya no puedo situar en ese territorio ningún sueño. Pero no, nada de eso puedo escribir porque el martes, este martes, el parque de Berlín era el mismo parque de Berlín que comencé a idear hace treinta años. Un territorio, sin mapa ni calendario, donde uno puede dejar que la vida, hermosa y traviesa, se desordene como suelen desordenarla los niños.

También me gustan los parques de Leire Salaberria porque en ellos hay espacio suficiente para imaginar lo que aún no existe.

Nos enfrentamos a una nueva extinción (masiva) de especies. Ya no hay duda, o, dicho de otra manera, las evidencias científicas son tan sólidas que no cabe moderar la gravedad de la noticia con el consuelo de la incertidumbre. La última extinción de este calibre, la quinta en el particular cómputo que manejan los científicos, tuvo lugar hace 65 millones de años y fue la que hizo desaparecer a los dinosaurios. La sexta extinción ya está en marcha, y las pruebas más recientes (reunidas por Ceballos, Ehrlich y Dirzo, tres investigadores que llevan tiempo estudiando este fenómeno) se publicaron el pasado mes de julio en la prestigiosa revista norteamericana Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Después de analizar con detalle el estado de conservación de 177 especies de mamíferos repartidas por todo el mundo, los autores de este trabajo concluyeron que “todas han perdido un 30% o más de su distribución geográfica, y más del 40% de estas especies han experimentado una grave disminución de sus poblaciones”.

Esta anomalía, particularmente intensa en las zonas tropicales, es mucho más grave de lo que se percibe, porque va más allá de la desaparición de individuos o especies. Reducir la diversidad biológica también implica la pérdida de los servicios ambientales que nos prestan los ecosistemas, beneficios casi invisibles pero cruciales como es el caso de la polinización que llevan a cabo las abejas, la formación de suelo fértil o la purificación del aire o el agua. Procesos en los que actúan esos múltiples elementos que componen el complejo puzle de la vida.

En resumen, como advierten estos investigadores, se trata de una verdadera “aniquilación biológica” que tendrá graves consecuencias ecológicas, sociales y económicas. Y no hablamos de un impacto localizado, sino de una ola que recorre el planeta sin freno y sin distinguir fronteras.

Estos son los verdaderos problemas en los que deberíamos concentrar nuestra atención y nuestro esfuerzo, porque lo que está en juego es la propia supervivencia de la especie humana. Nos enfrentamos a riesgos, llamados existenciales, que amenazan con barrer del mapa a la humanidad”, explica Anders Sandberg, investigador del Instituto para el Futuro de la Humanidad (Universidad de Oxford). Y detalla: “No se trata solo de los riesgos de grandes desastres, sino de desastres que podrían acabar con la historia”. Las evidencias de esta amenaza son tan contundentes que hace menos de un año la comunidad científica comenzó a considerar que también hemos cruzado el umbral de una nueva era geológica, el Antropoceno, donde el hombre se convierte en el gran protagonista a cuenta de su inquietante capacidad para alterar las condiciones naturales a escala planetaria. Pero, ¿cuándo comenzó el Antropoceno? La fecha y el acontecimiento que proponen los geólogos no deja lugar a dudas: 1950, cuando se multiplicaron las pruebas nucleares en diferentes territorios hasta diseminar isótopos radiactivos por todo el planeta. Esa será la marca, indeleble, que identificará esta nueva era… si es que alguien nos sobrevive para describirla.

[ Este es un fragmento del artículo que acabo de publicar en la revista Mercurio: Devorando el planeta ]

Bajo gruesas capas de papel y desmemoria descubro una joya sepultada, resucita un recuerdo olvidado, reconstruyo un trocito minúsculo de mi pasado que nunca llegó a destruirse pero que parecía condenado al olvido.

 

No es que uno no tenga memoria, o que quiera olvidar de manera intencionada (¿se puede conseguir algo así?), pero a partir de cierta edad, y con nada que la vida haya sido vivida (aunque parezca una perogrullada no todo el mundo lo consigue), vamos acumulando tal cantidad de recuerdos que finalmente, y como ocurre con los grandes archivos, unos documentos entierran a otros y es fácil perderle la pista a aquella jornada maravillosa, a aquel día funesto, a la imagen de una noche que jamás se repetiría, a los sonidos de un viaje, a los ojos que juramos no olvidar, a las palabras de un amigo…

Todos los veranos cumplo con el ritual de bajar a mi estudio y ponerlo patas arriba. Tiro toneladas de papeles innecesarios, ordeno libros, recoloco los recuerdos que se han ido acumulando en las estanterías y dedico más tiempo del que debería a espulgar mi mastodóntico archivo de consulta (casi 80 cajas de cartón, numeradas, en las que guardo, desde 1981, docenas de sobres con documentación variopinta). Cada verano abro unas cuantas cajas y decido lo que aún merece ser conservado (por puro romanticismo o por razonable utilidad). Y a veces, pocas veces, en mitad de ese estimulante aquelarre se produce un milagro: bajo gruesas capas de papel y desmemoria descubro una joya sepultada, resucita un recuerdo olvidado, recupero algo importante que creía perdido, reconstruyo, en definitiva, un trocito minúsculo de mi pasado que nunca llegó a destruirse pero que parecía condenado al olvido.

A veces basta con abrir un viejo sobre para que de golpe, y aún sin haber examinado su contenido, nos sorprenda el inconfundible aroma de las emociones extraviadas, las que dormían entre dragonas, linces, delfines y… un punto rojo.

Lo de menos es el objeto (una foto, una carta, una agenda, un dibujo…), lo realmente valioso de estos hallazgos inesperados son los sentimientos, las emociones que quedaron prendidas en esos materiales neutros y los iluminaron durante ese momento que el azar ha prolongado más allá, mucho más allá, del tiempo que les estaba reservado. A veces basta con abrir un viejo sobre para que de golpe, y aún sin haber examinado su contenido, nos sorprenda el inconfundible aroma de las emociones extraviadas, las que, en ese mismo instante, se reproducen (cinco, diez, veinte años después…) con la misma intensidad con las que nacieron aquel día, el lejano día en el que impregnaron  una foto, una carta, una agenda o un dibujo.  Y entonces vuelven también los sonidos y el tacto, el sabor y las imágenes. El cinemascope de la memoria, cuando se pone en marcha, es insuperable.

Son capsulas del tiempo en las que congelamos, sin querer, un pequeño episodio de nuestra vida. Sencillos módulos de hibernación en los que (como en una odisea espacial) el pasado sobrevive para alcanzar el futuro sin arrugarse. Delicadas arcas emocionales que profana un sorprendido arqueólogo para descubrirse a sí mismo.

En la excavación de este verano he encontrado valiosos tesoros, algunos íntimos y otros públicos. De los primeros sólo puedo decir que han mantenido su belleza original a pesar de los años y las tormentas, pero sí que hablaré algo más de los segundos.

Fiesta de las Dunas, 12 de mayo de 1984 (Pinares de San Antón. El Puerto de Santa María, Cádiz). El que toma notas soy yo, acompañado de Salvador González (Grupo Ecologista Guadalete) y Tomás Azcárate (futuro presidente de la Agencia de Medio Ambiente). Detrás mía está Lourdes Lucio. La fotógrafa ocasional fue Isabel Pedrote.

 

El que, en riguroso blanco y negro, está sentado tomando notas soy yo. Tenía entonces 20 años y participaba, sin saberlo, en uno de esos momentos reservados a la construcción de las grandes historias, las que nacen de manera informal e intrascendente y conforme pasa el tiempo se van tiñendo de oportunidad y valor. La foto me la hizo mi amiga y periodista Isabel Pedrote que, junto a la también amiga y periodista Lourdes Lucio, me acompañaron en un viaje en el que hubo muchas más risas que trabajo (solía ser así en aquellos años). Extravié la foto, las fotos, de aquella jornada campestre y este verano, gracias a mi aquelarre de semisótano, las he recuperado y con ellas la luz de aquellos días.

Estoy sentado en una de las rústicas mesas de madera que salpicaban el pinar de San Antón, el oasis verde al que nos había convocado mi amigo Juan Clavero, activista infatigable que por aquel entonces lideraba el grupo ecologista Guadalete. La Fiesta de las Dunas se llamaba el encuentro que, en mayo de 1984, sirvió para que un grupo variopinto de personas comprometidas en la conservación de la naturaleza andaluza nos reuniéramos, sin cautelas ni orden del día, para seguir inventando lo que a veces parecía imposible y otras se adivinaba como una de esas pocas utopías que se le cuelan al Sistema y que, milagrosamente, terminan por hacerse realidad.

En torno a la mesa, y de izquierda a derecha, Saturnino Moreno, Fernando Molina, Jesús Vozmediano, Tomás Azcárate y Anastasio Senra. A Chelo Atencia, hablando con su hijo en primer plano, apenas se le ve (pero allí estaba). Fiesta de las Dunas, 12 de mayo de 1984 (Pinares de San Antón, El Puerto de Santa María, Cádiz). Foto: José María Montero.

 

 

En las fotos de aquel encuentro reconozco a algunos de los pioneros del movimiento ecologista andaluz como el propio Clavero junto a Salvador González (Guadalete, Cádiz), Anastasio Senra y Jesús Vozmediano (Andalus, Sevilla), Chelo Atencia y Saturnino Moreno (Silvema, Málaga). También están Tomás Azcárate, director general de Medio Ambiente y futuro presidente de la Agencia de Medio Ambiente (AMA) de la Junta de Andalucía, y Fernando Molina, jefe del Servicio de Espacios Naturales en esos mismos organismos.

Hoy resultaría extraño (por no escribir que resulta del todo inconcebible) ver sentados en una misma mesa a políticos, técnicos y ecologistas, sin cautelas ni orden del día, buscando la mejor manera de hacer posible una utopía, compartiendo compromisos sin renunciar cada uno a su papel y a su perspectiva, buscando soluciones imaginativas a problemas complejos. Tristemente inconcebible, sí, pero lo que hoy resultaría del todo imposible es que a esa misma mesa, sin que nadie tomara precauciones, se sentara, además, un periodista, y que todos coincidieran, coincidiéramos, en la necesidad de contar, de trasladar al resto de los ciudadanos, de una manera rigurosa pero asequible, con un discurso firme pero cercano, lo que estaba ocurriendo, lo que iba a ocurrir, lo que queríamos que ocurriera.

Todo estaba por estrenar, y esa es la emoción que impregna estas fotos, la que ha vuelto a aflorar ahora. Todo era nuevo, y esa novedad, y el atrevimiento con el que nos enfrentábamos a ella, eran condiciones extraordinarias de las que guardo profunda nostalgia. Y también siento orgullo, ese pellizco en el ego que uno experimenta al comprobar (lo dicen las fotos, aunque me cueste creerlo porque me resisto, como todos, al paso del tiempo) que estaba allí, que participé en aquella aventura y que lo hice en la mejor compañía. Orgulloso de seguir teniendo como amigos a muchos de aquellos pioneros, y también triste por haber perdido en el camino a algunos (Anastasio Senra, Carlos Segovia, Fernando Molina) con los que tantas coincidencias celebré. Y también me siento indignado, muy indignado, porque algunos de aquellos miserables a los que fuimos capaces de plantar cara hace más de 30 años siguen empeñados en destruir nuestro patrimonio común ensuciando el nombre de Juan Clavero, un hombre honesto, sensato y valiente.

Quizá con el paso de los años nuestra mirada se vuelve más indulgente con los hechos del pasado y más crítica con los del presente, pero, aún admitiendo esta ilusión óptica, sigo considerando que en aquellos años el índice de mediocridad era muy inferior al que hoy padecemos en la política, la Administración y el periodismo (por citar sólo tres escenarios). Por eso no estoy seguro de que hoy pudiéramos llevar a cabo la mayoría de las iniciativas que nacieron de aquella atípica alianza sin que unos y otros, o todos a la vez, nos mandaran a callar, nos encorsetaran en algún laberinto burocrático o, como padecieron algunos de esos pioneros (y no es una metáfora), nos apedrearan sin pudor alguno (aunque ahora lo hicieran en las redes sociales, que es menos peligroso y mucho más cobarde).

Ya veis que una simple foto esconde mucho más que lo que muestra. Aunque son el espejo de un pequeño instante congelado hoy, al volverlas a mirar, me han contado todas las historias que comenzaron a tejerse un mediodía de mayo, en un pinar gaditano, hace más de treinta años.

PD: Los tesoros íntimos también hablan, pero lo hacen al oído…