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Cuando llego fundido al viernes este es mi spa. Un balneario en el breve espacio de una encimera, cerca del Atlántico. Aquí me reseteo, limpiando unas melvas frescas (hay gente pa tó). (Foto: José María Montero)

 

¿Cuándo fue que nos robaron el placer de la temporalidad? Comíamos naranjas cuando era el tiempo de las naranjas, esperábamos impacientes los primeros melones dulces, cuando el frío apretaba la matanza estaba cerca y no recuerdo que las pescaderías ofertaran suculentas piezas de atún en los meses de invierno.

¿Cuándo fue que acabamos con la suave incertidumbre de la espera? No es ya que el precio ambiental de tener de todo en cualquier momento del año sea insostenible, es que, además, hemos perdido el sentido del tiempo, el valor de la paciencia, el pellizco del deseo insatisfecho.

¿Cuándo fue que dejamos de acudir al mercado con la ilusión del que espera una sorpresa? La misma lista de la compra nos sirve en enero, en julio o en octubre. Siempre hay de todo. Cualquier capricho se satisface al instante (si te lo puedes permitir, que esa es otra). Para llegar a la mesa más humilde, o precisamente en las más humildes, hay alimentos que han recorrido miles de kilómetros, han saltado de un continente a otro, han permanecido congelados meses, han viajado por autopistas, han visitado aeropuertos, han cruzado océanos. Acercamos la vista a la etiqueta y nos sorprenden, en letra pequeña, unos auténticos espárragos de Navarra cultivados en Perú, unas brillantes naranjas de Sudáfrica, una jugosa ternera argentina o unos tentadores langostinos de Ecuador.

Lomos de melva listos para recibir un majado facilón e improvisado (Foto: José María Montero).

Hay muchas formas de combatir esta corriente que nos conduce al precipicio de la insatisfacción y el colapso ambiental, pero la más sencilla, la que está al alcance de todos, la que sumando voluntades puede reorientar un rumbo suicida se llama “cesta de la compra”. Claro que, para comprar con sensatez, no sólo hace falta algún dinero, información y compromiso, hace falta saber qué quieres cocinar y cómo lo vas a cocinar. Vivimos en la absurda contradicción de consumir horas y horas de programas de televisión dedicados a la cocina y emplear apenas unos minutos en elaborar nuestra propia comida, el menú de nuestra familia y amigos. Seguimos con atención la sofisticada receta que nos propone el chef mediático y con ella en la retina, sólo en la retina, nos convertimos en resueltos gastrónomos que, sin pisar la cocina, sabemos muchísimo de cocina pero… apenas cocinamos.

Este raro síndrome, que invita a pontificar sobre alimentos y recetas a cualquiera que se haya comido un huevo frito, se manifiesta también en esa corriente de comprometidos defensores de la cocina sostenible, el menú austero y la vida slow. Algunos gurús (un tanto flojeras, esa es la verdad) de la alimentación sostenible se la pasan en el discurso monotemático que gira, como una peonza cansina, en torno a los productores locales, el kilómetro cero y los bienes de proximidad. Un discurso en el que hay que colar, aunque sea con calzador, el cambio climático y las migraciones. Con esos elementos, copiados de aquí y de allá, construyen un discurso políticamente correcto y monísimo, pero impostado porque ninguna de esas virtudes (imprescindibles, ojo) tiene sentido si esos alimentos, además, no los cocinamos nosotros mismos, en casa, con respeto y cultura, y no los compartimos con un cierto sentido de igualdad (cocinar es compartir). Todo empieza con una buena elección en el mercado, claro que sí, pero la proximidad y la sostenibilidad no acaban ahí… no.

Cuando hablo de cocina (y hablo mucho de cocina) siempre aparece alguno de estos individuos, los sostenibles de falsete, que acostumbran a despreciar la buena mesa excusándose en que es puro esnobismo para élites adineradas. En fin, tontería hay en todos lados y la ignorancia no tiene límites, pero la buena mesa no es eso, ni de lejos. Quien así suele pronunciarse ni sabe comer ni sabe cocinar, y su ignorancia la disfraza con ese discurso (insisto) que apela a la justicia universal como cortina de humo para enmascarar lo que haga falta. Son los mismos que persiguen, con diferentes argumentos, aquellos gustos vinculados a la belleza que emana de la cultura (la buena mesa, la música clásica o el arte moderno) como si su disfrute fuera pecado (son progres, pero moralistas).

El aliño haciendo su trabajo (Foto: José María Montero).

Con frecuencia los que dan tantas lecciones sobre alimentación sostenible llegan a sus casas a mesa puesta, y suelen ser las mujeres de su entorno (madres, esposas, hijas, abuelas…) las que les compran, les cocinan y les sirven esa comida sostenible de la que tanto hablan, escriben y pontifican. Sí, y también les friegan los platos. Son tan slow tan slow que siempre llegan a la cocina cuando todo está recogido. Qué extraña sostenibilidad… Y si no tienen a mano ninguna chacha resuelven con algún precocinado del montón o se esconden en algún abrevadero de fast-food, de los que, por supuesto, no dicen ni pío.

Si a pesar de estas advertencias no podéis evitar la compañía de uno de estos gastro-influencer jamás se os ocurra preguntarles qué platos suelen cocinar en casa, cómo resolverían esa receta o qué acostumbran a comprar en el mercado. Os mentirán como bellacos. La mayoría no sabe encender la hornilla, la receta más sofisticada que han ejecutado es la del sandwich mixto, y al mercado sólo van si es un gastro-mercado de esos que ahora abren por la noche para servir minihamburguesas de buey, tataki de atún y carísimos gintonics que parecen salidos del laboratorio del doctor Bacterio.

Y después de este desahogo, una digresión a la que ya os tengo acostumbrados, volvamos al titular: melva de proximidad. Eso es, pescado azul de lonjas andaluzas que, justamente ahora, está en su momento cumbre y a un precio (excesivamente) barato. Este fin de semana compré melva fresca en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) por menos de 5 euros el kilo, y como se presta a lo inmediato y

también al futuro así la he cocinado: a la plancha para comer el mismo día de la adquisición, y embotada en aceite de oliva para seguir disfrutándola dentro de unos días. ¿Y la receta? Facilona e improvisada, aunque la cocina es memoria (con frecuencia no sabemos de dónde viene esa idea y la consideremos propia, pero seguro que no es original).

Ingredientes:

4 melvas grandes

Melva en presente: a la plancha con un picadillo simple (Foto: José María Montero)

Aceite de oliva (lo más suave posible, con lo que, quizá, el AOVE no sea siempre la mejor elección para embotar).

Ajos, orégano, pimienta negra, comino, clavo, guindilla, lima (o limón) y sal.

Si la pescadera, o el pescadero, son buenos profesionales serán capaces de limpiar las melvas y dejar los lomos relucientes, sin piel ni espinas. Si no llegan a ese punto, el trabajo, de precisión, tendremos que hacerlo nosotros en casa con un cuchillo decente (sí, soy uno de esos tipos raros a los que le gusta limpiar pescado).

En el mortero preparamos un majado de ajos (la cantidad varía en función de nuestro gusto por este ingrediente), ralladura de piel de lima, unos cuantos granos de pimienta negra, un pellizco generoso de comino molido, orégano, una guindilla pequeña, el zumo de la lima y una generosa dosis de aceite.

Embadurnamos los lomos en este majado y los dejamos reposar en el frigorífico un par de horas.

Engrasamos con AOVE la plancha y la ponemos a tope de temperatura. Sellamos bien los lomos, hasta que se doren por todos los lados, sin dejar que se hagan demasiado para que mantengan el punto jugoso del pescado fresco. Cuando estén listos los salamos antes de servir.

Melva en futuro: especiada, dorada y embotada en aceite de oliva. (Foto: José María Montero)

Unos irán directamente a la mesa (¿con un sencillo picadillo de tomate, cebolla y pimiento?) y el resto los dejamos enfriar para embotarlos: los vamos colocando bien apretaditos en un bote de cristal que rellenamos con aceite de oliva (muy suave) hasta el mismo borde, añadiendo unos granos de pimienta negra, una hojita de laurel y un par de clavos. Así aguantarán fácilmente varias semanas (no es una conserva en sentido estricto). Y el aceite especiado, cuando desembotemos la melva, servirá, por ejemplo, para freir o guisar pescado (aquí no se desperdicia casi nada).

PD: A mi las melvas me gusta comerlas en familia, con manzanilla pasada (bien fría) y no demasiado lejos de Cádiz. Caprichoso que es uno.

Esta es la (pequeña) pluma de arrendajo con la que he fijado en mi cuaderno de verano la amistad de Carlos y la cita de Wilson, tomada de su Génesis. (Foto: José María Montero)

Siempre he sido un lector despistado, algo caótico e inconstante. Como estudié el bachillerato de Ciencias me salté, por pura ignorancia, a unos cuantos clásicos (tardé en darme cuenta que eran imprescindibles) y esa deuda todavía no la he terminado de saldar. Ya en la Facultad de Periodismo desarrollé un apetito feroz (quizá para recuperar el tiempo perdido) aunque un poco a la contra, quiero decir que cuando el boom latinoamericano yo andaba triscando en otros territorios, que la moda de la novela histórica ni me rozó, que llegué con retraso a la novela negra y tal vez muy pronto a la ciencia ficción. Ahora que lo pienso creo que sólo en la poesía me he mantenido siempre atento, da igual si es clásica o novísima.

A lo largo de los años he defendido la costumbre de terminar sólo los libros que deseo terminar. Me cuesta mucho cruzar un desierto y abandono con facilidad, y sin reparo ni culpa, cualquier libro que se me resista en el paladar (también es verdad que algunos vuelven, al cabo del tiempo, convertidos en una inesperada delicatessen). Hay obras f-u-n-d-a-m-e-n-t-a-l-e-s que en las que jamás he conseguido llegar a la última página e, incluso, hay obras m-a-e-s-t-r-a-s que ni siquiera he abierto (a veces es simple pereza o esa ñoña rebeldía de no leer lo que todo el mundo te dice que deberías leer).

El verano, como nos pasa a tantas personas, suele convertirse en la época dedicada a leer, leer y leer. Mucho menos de lo que andabas especulando en primavera, pero muchísimo más de lo que habías ido arañándole al sueño en invierno. Este verano, extraño en tantas de sus manifestaciones, no ha sido diferente en esa avidez por la lectura, ni tampoco en el tiempo dedicado a ella, ni tan siquiera en mi actitud de lector despistado, algo caótico e inconstante. La pandemia no ha alcanzado ese territorio sagrado ni ha trastornado mis manías.

Durante el confinamiento disfruté con una biografía chispeante –qué bien le sienta el humor a los clásicos- de Shakespeare (una condición – la de divertir sin perder rigor – que sólo está al alcance de autores como Bill Bryson), con el descubrimiento de Los Asquerosos (Santiago Lorenzo), una obra sencilla en la que no faltan cargas de profundidad, y con las últimas páginas (se me resistió varios meses) de La bendición de la Tierra, del Premio Nobel Knut Hamsun, un autor maldito por su adhesión al nazismo pero que en esta obra, donde no hay atisbo de sus torcidas inclinaciones políticas pero sí una buena dosis de su exquisita prosa, retrata, con un profundo lirismo, la esencia de la Noruega profunda y los vínculos del campesinado nórdico con una naturaleza tan generosa como áspera.

Ni con la ayuda del encierro fui capaz (lo confieso) de terminar Los perros de Riga (Henning Mankell), El rey recibe (Eduardo Mendoza), Cuaderno de montaña (John Muir) y El agente confidencial (Graham Greene). Vaya usted a saber por qué…

Cuando, por fin, llegó el verano andaba leyendo a mi amigo Miguel Delibes (hijo), que poco antes de la llegada de la nueva estación me había regalado su último libro (Cuaderno del carril bici. Pedaladas de un viejo naturalista en Sevilla y más allá), disfrutando, como si fueran míos, de unos maravillosos paseos sobre dos ruedas:
“En bicicleta, uno marcha a una velocidad que no es la de un peatón ni la de un motorista o conductor de automóvil. Los primeros pueden observar con mucho detalle, pero pocas cosas, en tanto los segundos apenas ven nada, inmersos en el atosigante tráfago ciudadano”.

Cuando llegaron las vacaciones salté a la autocaravana de Steinbeck, no si antes anunciar en redes, con esta foto, que procedía a una saludable desconexión digital. Para explicarme me ayudó una pieza de Chilly Gonzales y un poema de Benedetti: “Vale decir preciso / o sea necesito / digamos me hace falta / tiempo sin tiempo” (Foto: José María Montero)

De la bici de Miguel salté a la autocaravana –Rocinante– de John (Steinbeck) y así comencé el verano (Viajes con Charley) recorriendo Estados Unidos, su geografía y, sobre todo, su espíritu (contradictorio, fascinante). Como siempre que leo a Steinbeck (también me pasa con Russell) me cuesta creer que algunas de sus agudas reflexiones tengan ya más de cuarenta años:
“…llegará un momento en que las ciudades congestionadas se desgarren como vientres dehiscentes y derramen otra vez a sus hijos por el campo. Ratifica esta profecía la tendencia de los ricos a hacer eso ya. A donde van los ricos, irán luego los pobres, o lo intentarán”.

Incluso se adivina, entre líneas, el curioso vínculo entre virus y sentimientos, las peores consecuencias de una pandemia que entonces ni siquiera podía imaginarse:
“Me puse a formular una nueva ley que describiese la relación entre protección y abatimiento. Un alma triste puede matarte más deprisa que un germen, mucho más rápido”.

Pero, sobre todo, el periplo de John, Charley y Rocinante es una vibrante exaltación al viaje sin rumbo, a los viajeros que transitan por carreteras secundarias sin el auxilio de un simple mapa:
“Yo nací perdido y no me causa ningún placer que me encuentren ni me siento demasiado identificado con los contornos que simbolizan continentes y estados”.

Y como Steinbeck me deja casi siempre tan buen sabor de boca me llevé a nuestro paraíso del norte una de sus obras más originales (Por el Mar de Cortés). Una rara mezcla de ciencia y aventura, un cuaderno de bitácora con el que un día puse a la Baja California en mi lista de destinos pendientes (se me ha escapado un par de veces, por los pelos). Decidí regalarlo y, al mismo tiempo, releerlo, para disfrutar de pasajes en los que aprender a describir con precisión, poesía y no demasiadas palabras:
“Quizá después del mar, el concepto más fuerte en nosotros es el de la luna. Pero la luna, el mar y la marea es una sola cosa”.

Steinbeck, apasionado de la biología marina, conoce bien el oficio, y sobre todo el alma, de los biólogos, de manera que no me costó demasiado identificar a algunos amigos y amigas con los que, yo también, he vivido aventuras un tanto extremas en paraísos remotos:
“Nos sentamos sobre un canasto de naranjas y pensamos lo buenos hombres que son la mayoría de los biólogos, tenores del mundo científico… temperamentales, caprichosos, libertinos, de risa fuerte, y saludables. De vez en cuando, uno piensa en la otra clase -los que en el argot universitario solían llamarse <pelotas secas>-, pero esos hombres no son verdaderos biólogos. Son los embalsamadores que sólo ven la forma preservada de vida, sin considerar ninguno de sus principios. Fuera de sus mentes enquistadas, crean con el ácido fórmico un mundo arrugado. El verdadero biólogo trata con la vida, con una vida que se prolifica bulliciosa, y aprende que la primera regla de la vida es vivir”.

Incluso a la hora de explicar los lazos que nos unen a algunos objetos inanimados, Steinbeck descubre que hay algo, más allá de la biología, que dota de vida a una sencilla embarcación (si tenéis a algún amigo o amiga marineros, leedles esta cita, por corroborar que no es un exceso del norteamericano):
“Algunos han dicho que han sentido temblar a un barco antes de estrellarse contra una roca, y llorar cuando llega a la playa y las olas rompen contra su casco. Esto no es cuestión de misticismo, sino de identificación. El hombre, al construir el más grande y personal de todos sus instrumentos, ha recibido a cambio una mente modelada como un barco, y el barco, un alma humana.

También los caminos nos han modelado como especie, y lo explica, de manera concienzuda, bien documentada y con una prosa suelta que convierte el ensayo en un fluido relato de eso que ahora llaman nature writing, Robert Moor. En los senderos es otro acierto de la editorial Capitán Swing, que esta vez ha traducido la obra de un periodista ambiental capaz de saltar de la geología a la antropología pasando por el senderismo extremo, sin salirse, nunca, de un camino, ya sea una olvidada trocha cheroqui o una vertiginosa red informática:
“A lo largo de toda la vida en la Tierra hemos creado senderos para guiar nuestros viajes, transmitir mensajes, optimizar la complejidad y preservar el saber. Al mismo tiempo los caminos han configurado nuestros cuerpos, esculpido nuestros paisajes y transformado nuestras culturas. En el laberinto del mundo moderno, la sabiduría de los caminos es más esencial que nunca, y, ante el desarrollo de redes tecnológicas cada vez más laberínticas, lo será aún más. Para poder transitar hábilmente por este mundo necesitaremos entender cómo hacemos los caminos y cómo estos nos hacen a nosotros”.

Quizá el camino (como en esa otra obra maravillosa, Los trazos de la canción, la odisea aborigen de Chatwin) sea el único lenguaje, primitivo y olvidado, en el que todo adquiere sentido:
“La vida es una lucha constante por dar sentido a la complejidad del mundo. El conocimiento solo se obtiene a base de esfuerzo, y tanto el lenguaje hablado como el escrito son formas de consolidarlo y transmitirlo. Aunque tendemos a imaginar que existe una clara dicotomía entre las culturas orales y las que han desarrollado un lenguaje escrito, como revelan los indicadores de los caminos, existe una enorme diversidad de medios -ramitas, montones de piedras, dibujos, mapas- que disuelven la línea divisoria entre ambas. Pero quizá el más sencillo de todos estos sistemas de signos – y el más <disolvente> en este sentido sea la protoinscripción que antecede al lenguaje escrito y aun a la palabra hablada: el propio camino en sí”.

Mientras leía a Moor picoteaba, de cuando en cuando, en Walt Whitman (Yo soy el poema de la Tierra, una atinada antología con prólogo de Manuel Rivas y cuidada traducción de Eduardo Moga). Lo cierto es que Moor y Whitman se llevan de maravilla, y la combinación era casi inevitable:
“… lejos, muy lejos, en el bosque, o luego, en verano, holgazaneando, antes de saber a dónde ir, sin nadie, oliendo el olor de la tierra, parándome aquí y allá, en silencio, me creía a solas, pero pronto me rodea un grupo: algunos caminan a mi lado, otros detrás y otros me cogen del brazo o me abrazan; cada vez se congregan más –son los espíritus de mis amigos más queridos, vivos o muertos-, hasta hacerse multitud y yo en medio, reuniendo, repartiendo, cantando, camino con ellos,…(Estas, cantando en primavera. Walt Whitman).

La soledad, las ventanas, el silencio nórdico, la ruralidad… también han sido protagonistas de mis lecturas de verano. Esta casa sami la fotografié en Karasjok (Laponia noruega) en agosto de 2019. (Foto: José María Montero).

Acabo de darme cuenta, escribiendo este post, que precisamente el verano en el que no he salido de territorio español, ha sido, posiblemente, el que más tiempo he pasado en territorio (literario) extranjero y, curiosamente, en un país (Estados Unidos) que no figura entre mis destinos favoritos. Y no sólo se ha tratado del dulce encanto de la vida en el campo sino, también, el dibujo literario de una ciudad tan atractiva como desmesurada:
“Los neoyorquinos, escritores incluidos, tienden a sentirse en una ciudad-mundo: desmesurada pero encerrada en sí misma, autónoma y aislada, como si más allá de sus fronteras comenzara el desierto o el espacio interestelar. Estados Unidos fuera de Nueva York es la tierra de las raíces, pero también un lugar común que se brinda fácilmente a la ironía” (Nueva York es una ventana sin cortinas, Paolo Cognetti).
Nueva York es una ventana sin cortinas (del italiano Paolo Cognetti) es uno de los mejores retratos que he leído de la gran manzana, al menos tal y como yo la recuerdo en mis vagabundeos de aquel otro verano:
“Cuando toca la clasificación de los puentes, tengo sentimientos encontrados. El puente de Brooklyn encarna la valentía de sus proyectistas, la sangre de los muertos que lo construyeron, los poetas que lo cantaron: es hermano de las grandes catedrales europeas, como ellas suscita fascinación y casi una impresión de sacralidad”.
“El mismo gusto suele aplicarse en verano a la jardinería. No se ven parterres bien cuidados, ni prados a la inglesa como en Brooklyn, sino enredaderas que crecen en mitad de los rosales y tulipanes plantados entre matorrales. Produce un efecto de vegetación silvestre, como un pedazo de selva tropical entre los muros desconchados del East Village. Son los community gardens, espacios característicos del barrio y de toda Nueva York”.

Aunque la ciencia salpicaba las obras de Steinbeck y la de Moor, también me entregué a ella, en exclusiva, gracias a un libro prestado (Génesis, del biólogo evolutivo Edward O. Wilson, el primero en usar el término biodiversidad). Un ensayo breve pero apasionante sobre el origen de las sociedades a la luz de la selección natural. Curiosamente Wilson y Moor coinciden en su atención a las hormigas y sus sorprendentes patrones de comportamiento. En Génesis encontré la que, quizá, sea la cita de este verano, la que mejor dibuja lo que ocurre a mi alrededor, a nuestro alrededor, y lo que siento en medio de la tormenta (la leí apoyado en un escalón de piedra, en la puerta de la casa de Carlos y Conce, en Torla, antes de que empezara a llover):
“La capacidad para el lenguaje, la ciencia y el pensamiento filosófico nos convirtió en los administradores de la biosfera. ¿Poseemos la inteligencia moral necesaria para cumplir con esta tarea?”.

En el extremo de los libros sencillos, que te conmueven o te hacen reír al detenerse en un hecho aparentemente intrascendente, en una epopeya rural poco sofisticada o en la intrahistoria de una tradición familiar sin artificios, he disfrutado con La Cata (Roald Dahl), El hombre que plantaba árboles (llevaba años sin saldar esta deuda con Jean Giono) y Delibes en bicicleta (Jesús Marchamalo me hizo cerrar el círculo que ya había abierto con otro Delibes y otras bicicletas).

En algún momento de flaqueza, o más bien de incertidumbre (porque este verano ha estado repleto de incertidumbres), me agarré, como quien se agarra al timón en medio de la galerna, a la Biografía del silencio (Pablo d´Ors) que, leída y releída desde hace tiempo, nunca termina por marcharse de mi mesilla de noche:
“Las experiencias, si vive uno para coleccionarlas, nos zarandean, nos ofrecen horizontes utópicos, nos emborrachan y confunden. Ahora diría incluso que cualquier experiencia, aun la de apariencia más inocente, suele ser demasiado vertiginosa para el alma humana, que solo se alimenta si el ritmo de lo que se la brinda es pausado. (…)
El silencio es solo el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Lo sorprendente es que no es nada, nada en absoluto: la vida misma que transcurre, nada en especial. Claro que digo <nada>, pero muy bien podría también decir <todo>”

De una manera mucho más orgánica, hurgando entre los pliegues del cerebro (en sentido literal), con las manos manchadas de sangre y la congoja de quien batalla contra la muerte todos los días, puse los pies en la tierra gracias a las memorias del neurocirujano Henry Marsh (Ante todo, no hagas daño). Lo lees, y se te quitan todas las tonterías. Lo lees, y te sientes cómplice de los pacientes y también del personal sanitario. Lo lees, y das gracias por estar vivo y sano:
“…aquella intervención se realizaba en el cerebro, el misterioso sustrato de todos los pensamientos y sentimientos, de todo lo importante en la vida del ser humano; un misterio tan grande, me parecía, como las estrellas en la noche y el universo que nos rodea. Fue una operación elegante, delicada, peligrosa y llena de profundo significado. ¿Qué podía haber mejor, me dije, que ser neurocirujano? ”.
“…cuanto mayor me hago, menos capaz me siento de negar que estoy hecho de la misma carne y de la misma sangre que mis pacientes, y que soy igual de vulnerable que ellos. Así que ahora puedo volver a sentir lástima por ellos, una lástima más profunda que la que sentí en el pasado, cuando empezaba. Sé que también yo, tarde o temprano, acabaré postrado en una cama en una abarrotada sala de hospital, temiendo por mi vida, como hoy lo hacen ellos”.
“Los parientes angustiados y furiosos son una carga que todo médico debe sobrellevar, pero haber sido uno de ellos fue una parte importante de mi formación como cirujano. Como les digo siempre entre risas a mis residentes, los médicos no sufren lo suficiente”.

De una u otra manera, los senderos han estado presentes en casi todas mis lecturas de verano. Este es el que conduce a Torla por el Turieto, uno de los paraísos en donde nos dieron cobijo en medio de la incertidumbre. (Foto: José María Montero)

Y justamente ahora, cuando el otoño ya se adivina en el horizonte, cargado, también, de incertidumbres y miedo, llega por sorpresa un libro (San, el libro de los milagros) en el que he depositado grandes esperanzas, sobre todo aquellas relacionadas con el consuelo que nos brindan algunos escritores (sí, ya sé que jugar con las expectativas es muy peligroso). Aún no lo he abierto, pero la entrevista que Luis Reguero le hizo en El Asombrario a su autor (Manuel Astur) es como un faro que señala un rumbo seguro, una derrota que nos aleja de las corrientes más peligrosas, los arrecifes traicioneros o los bajíos invisibles:
“¿Salvar el mundo? ¿De qué? Cada cual tiene sus propios miedos. A lo máximo que puede aspirar uno es a la salvación individual. En ese aspecto soy radicalmente individualista, pero porque creo en algo tan de Perogrullo como que hay que predicar con el ejemplo. Si en general está muy mal decirles a los demás cómo tienen que vivir o pensar, está aún peor si tú mismo no lo haces”.
“Pero sí, en un mundo absolutamente líquido en el que la narración de la realidad cambia a mayor velocidad que nuestra capacidad para asimilarla, en una sociedad que considera que la verdad es lo que cada uno cree y que nos quiere entretenidos –que es otro modo de decir distraídos–, volver a lo cercano, a lo que tenemos ante los ojos, al alcance de la mano, a la hierba, a una flor en una maceta, a la mesa y al pan, al sereno aburrimiento, volver, en definitiva, al hogar es una necesidad casi revolucionaria”.
“… para mí ser libre hoy es atreverse a no ser nada. Nunca he tolerado que me digan lo que se supone que tengo que pensar o hacer por ser hombre, o por ser de clase media, o por ser asturiano, etc. Siempre me he negado a que me identifiquen por algo que es puro azar. Nada más radicalmente libre hoy que decir: no tengo la menor idea, y no me importa”.

Pues sí, yo también lo confesé hace tiempo en este mismo blog: no tengo la menor idea, y no me importa.

Aunque, mientras tanto, me empeño en seguir leyendo.

Siempre es un placer colaborar con la Fundación Social Universal, en esta ocasión aportando mi análisis en torno al lenguaje del cambio climático y a la biodiversidad democrática que, creo, hay que incorporar a este debate.

 

Nota al margen: En febrero publiqué en este mismo blog un texto a propósito del lenguaje del cambio climático (La lengua del cambio). Pocas semanas después los responsables de la Fundación Social Universal me pidieron un artículo, para su revista, sobre esta misma cuestión, un problema que preocupa mucho a las entidades comprometidas con las acciones de ayuda al desarrollo y las atención a los más desfavorecidos. Aunque el artículo en papel reproduce algunos párrafos de aquel primer post también es verdad que incorpora contenidos diferentes que creo oportuno compartir, sobre todo porque así me lo han pedido algunos amigos y colegas. Espero que estas reflexiones os sean de utilidad. 

El 17 de octubre de 1976 el diario El País elegía este titular a dos columnas para advertir de un problema ambiental en ciernes: “El clima mundial va a cambiar”. El origen del fenómeno se precisaba en un antetítulo no menos claro: “Provocado por la contaminación de anhídrido carbónico”. Nadie puede excusarse diciendo que nada se sabía del cambio climático hasta hace poco porque desde aquella información en un periódico generalista hasta hoy han pasado más de 40 años de información pública ininterrumpida. Si esta inquietud queremos trasladarla al ámbito andaluz podemos elegir el reportaje, a página completa, que yo mismo firmé, también en El País, un 15 de marzo de 1993 y que titulé “Paisajes para un nuevo clima” (en este caso era el subtítulo el que no dejaba lugar a dudas: “Científicos andaluces tratan de predecir los efectos del cambio climático”). Visto lo acontecido desde entonces es inevitable pensar que, en el mejor de los casos, hemos desperdiciado un cuarto de siglo, porque las acciones llevadas a cabo hasta ahora no se corresponden con la gravedad del problema y sus consecuencias a escala planetaria y, en particular, en nuestra propia comunidad autónoma.

Uno de los elementos que más me preocupan en esta peligrosa dejación, tanto de las administraciones como de los ciudadanos, es el empeño en aplicar fórmulas que ya se han demostrado poco eficaces, la tozuda insistencia en el bucle endogámico que sólo conduce a las clásicas prédicas al coro, el uso de un lenguaje que seduce muy poco a los que se muestran ajenos a esta emergencia. Frente al cambio climático, y las acciones que buscan moderar su impacto, no valen los discursos de siempre, donde se encuentran cómodos (inexplicablemente cómodos) hasta los más comprometidos activistas, algo que pudimos comprobar algunos de los periodistas que asistimos a la reciente Cumbre del Clima (COP25). Demasiados lugares comunes que provocan indiferencia, demasiados tópicos y generalizaciones con las que amplios sectores de la sociedad nunca se han identificado, demasiados puristas, demasiados pesimistas, demasiado postureo. Vivimos instalados en un peligroso abuso del catastrofismo, como estrategia para llamar la atención, y en un permanente requerimiento de compromiso a ciudadanos que apenas conocen la naturaleza del problema y su relación con el mismo. Sostiene Maxwell Boykoff, investigador de la Universidad de Colorado-Boulder (EEUU) y director del Observatorio de Medios y Cambio Climático, y su reflexión es tan aguda como provocadora, que, “en ocasiones, al elegir términos como <desafíos climáticos> y <crisis climática>, puede que nuestros sinceros esfuerzos para facilitar el compromiso público con el cambio climático acaben construyendo más muros que puentes.

Quizá sea el momento, por pura urgencia, de multiplicar los puentes, y en esta tarea de delicada ingeniería social el lenguaje resulta decisivo, tanto como la propia actitud (sincera) de diálogo (la suma de puntos de vista no necesariamente coincidentes), actitud que está muy presente en los movimientos sociales más jóvenes pero que se enreda y se espesa en otros actores tan bienintencionados como desactualizados. Dentro de poco, y formando parte de las acciones ligadas a la declaración de emergencia climática decretada por el gobierno central, tendremos que desarrollar en España una herramienta similar a la Asamblea Ciudadana del Clima que ya funciona en el Reino Unido. ¿Qué es lo que más me seduce de la experiencia británica? Su biodiversidad que, más allá de un carácter democrático indiscutible, busca evitar el mencionado bucle endogámico, el discurso de los de siempre con los resultados de siempre. Quien se asome a la web de esta asamblea (https://www.climateassembly.uk/) descubrirá que el 22,7 % de sus miembros tienen entre 16 y 29 años, que el 50 % son mujeres, que el 38,2 % se sitúan en el nivel más bajo de cualificación educativa, que el 17 % se sienten poco o nada preocupados por el cambio climático, que el 16,4 % pertenecen a minorías étnicas y que, además, se han establecido mecanismos que garantizan la presencia de ciudadanos que habitan en las zonas más desfavorecidas del país. Pura biodiversidad democrática.

A propósito de muros y puentes hice mías, cuando las descubrí, las aportaciones de John Galtung, el especialista noruego que lleva décadas liderando las investigaciones sobre la mejor manera de resolver los conflictos sociales. Sus recomendaciones en escenarios tan complejos como el que nos plantea el acuerdo social en torno al cambio climático también pasan por el desarrollo de una comunicación democrática, conciliadora y creativa. Sobre esta última virtud, Galtung nos regala su particular punto de vista: en un conflicto entre partes, explica este sociólogo y matemático, no se trata de convencer, se trata de escucharlas a todas para entender, para entenderlas, y luego se necesita “mucha creatividad para tender puentes entre objetivos legítimos, porque todas las partes tienen, como mínimo, un objetivo legítimo“.

En lo que respecta a los medios de comunicación, mi hábitat natural, los ciudadanos desean, creo, que el periodista les ayude a entender la complejidad de este problema ambiental (por no decir existencial) sin hurtarles ni uno solo de los elementos que lo componen. La contradicción forma parte de esa realidad compleja, y la incertidumbre también, así es que necesitamos, más que nunca, periodistas dispuestos a mantener, insisto, una mirada abierta, democrática y conciliadora. Y estas tres virtudes no hay por qué sacrificarlas en el periodismo de denuncia, al contrario, son las que lo dignifican y lo alejan del periodismo sectario. La primera señal con la que se anuncia el totalitarismo, con la que se presentan los totalitarios, es la eliminación de los grises.

Los ciudadanos (creo) no quieren juicios (y mucho menos prejuicios), ni sentencias y condenas inapelables, ni manuales sobre lo que deben hacer y lo que no deben hacer. Tampoco vale poner como excusa otro futuro que no sea el nuestro. No hay que escudarse en nuestros hijos, ni en nuestros nietos, porque mucho más consecuente sería traducir esa lógica preocupación familiar  en espacios donde los que hablen y decidan sean nuestros hijos y nuestros nietos. Se acabó el ocupar las vanguardias cuando ya se nos pasó el tiempo de ser vanguardia. Se acabó el obstaculizar el camino a los que vienen reclamando ser actores y no meros espectadores. Y tampoco nos valen los líderes que sólo saben de mítines y arengas en las que se busca la aprobación de los prosélitos. Predicar al coro nunca sirvió de mucho. Sentirte aplaudido por los fieles es el objetivo de los incapaces. Buscar la aprobación de los gurús, de los caudillos inmaculados, sólo sirve para alimentar el ego y alejarnos de la calle, ese espacio en donde nada es inmaculado. Ahora, más que nunca, se necesita una comunicación conciliadora donde esté presente la diversidad, donde podamos conocer todos los elementos en disputa y, sobre todo, una comunicación plural donde concederles a los disconformes, a los desinformados, a los críticos, a los discriminados, a los desfavorecidos, la posibilidad de que expresen sus puntos de vista, porque en ellos habrá, seguro, alguno o algunos razonables, legítimos (que diría Galtung).

La lucha contra el cambio climático, que sólo tiene sentido (dada la magnitud del fenómeno y la urgencia en la toma de decisiones) si a ella se suman ciudadanos de toda condición, necesita también de un nuevo lenguaje, un discurso actualizado y plural, el diseño (colaborativo) de una comunicación (creativa) de precisión, adaptada, como sostiene Boykoff y como defendemos algunos periodistas (¿pocos?), al contexto y a las señas de identidad de las audiencias (en plural, porque no existe una audiencia única, aunque traten de convencernos de lo contrario). Seguir con lo de siempre, también en lo que se refiere a la comunicación, es renunciar a que nos entiendan y nos acompañen.

Para contar, escuchar y hacer lo de siempre… ya tengo a los de siempre… con los resultados de siempre. Y, sinceramente, más allá de un cierto entretenimiento narcisista (al que todos somos vulnerables) esta sintonía monocorde entre iguales me parece un empeño muy poco estimulante, aburrido y escasamente fértil. En determinados escenarios (creo) los adultos, los de siempre, están, estamos, sobrerrepresentados y, lo que es peor (creo), estamos auto-investidos de una sabiduría sobrevalorada (sólo hay que ver cómo hemos resuelto, o no-resuelto, algunos problemas vitales). El “eso-ya-te-lo-decía-yo”, el “yo-ya-lo-sabía” y la petulante “voz-de-la-experiencia” reducen notablemente su valor en territorios, como el del cambio climático, absolutamente inéditos y, por tanto, absolutamente desconocidos. Territorios en donde se requiere de mucha imaginación y atrevimiento, valores que (ley de vida) van mermando con los años. Lo dicho: hay establecer una auténtica y generosa diversidad, esa que a los mayores nos cuesta muchísimo.

No podemos, no debemos, ser propietarios de nuestro propio presente, y del presente de nuestros hijos, y del presente de nuestros nietos y del futuro universal. Eso es sí que es un Ministerio del Tiempo, egoísta, monolítico y plenipotenciario. Cada cual es dueño de su propio tiempo y el de mis hijos es… de mis hijos. Lo dicho: no es fácil dar un paso atrás para dejar espacio a otras voces (porque el ego y el vértigo vital son muy puñeteros), pero considero que en este empeño, y aunque resulte paradójico, un paso atrás nos va a ayudar, a todos, a dar varios pasos adelante.

Nota confinada: Este artículo lo escribí a comienzos del pasado mes de febrero. Entonces no podía imaginar que la última frase (“…un paso atrás nos va a ayudar, a todos, a dar varios pasos adelante”) era casi una premonición de lo que se nos venía encima. Hoy (mediados de abril) los responsables de la revista me piden que revise el texto y estoy, como millones de ciudadanos en todo el planeta, confinado en casa, confinado y convencido de que la Covid-19 es una nueva oportunidad, muy dolorosa, de ordenar nuestras prioridades y frenar (no ya por imposición sino por convicción) un modelo de desarrollo que nos conduce al abismo. El planeta entero ha dado un paso atrás para evitar que la pandemia cause aún más daño del que está causando, justo lo que necesitamos para enfrentar otros problemas vitales como el del cambio climático. Mientras cambiamos de rumbo (como en la manida metáfora del barco que se dirige hacia un iceberg) hay que, al menos, reducir la velocidad para ganar tiempo. Las evidencias científicas no dejan lugar a dudas en la íntima relación que existe entre la destrucción de la naturaleza, la pérdida de biodiversidad, y la multiplicación de epidemias de potenciales efectos devastadores. Proteger nuestros recursos naturales, combatir el cambio climático, es protegernos a nosotros mismos.

 

Estos pajarracos son los conocidos como “médicos de la peste negra”, especialistas que, a partir del siglo XVII, se enfrentaron a esta enfermedad infecciosa con mascarillas muy vistosas aunque, sospecho, algo menos eficaces que las que hoy venden en las farmacias (por no hablar del terror que debían causar en los pacientes).

 

Casi podría afirmarse que el mayor logro de William Shakespeare no fue escribir Hamlet o los Sonetos sino, simplemente, sobrevivir a la peste”. (Shakespeare, Bill Bryson).

Días antes de que nos alcanzara la pandemia, y oliéndome la que se nos venía encima, recurrí a Gerald Durrell para contar, en este mismo blog, lo que suele ocurrir en un país latino cuando aparece un agente infeccioso. El relato del cómico besapiés (no olvidemos el humor a pesar de la tormenta) a San Spiridion, patrono de Corfú, y sus nefastas consecuencias, no dejaba lugar a dudas del relajo con el que, en estas latitudes, acostumbramos a enfrentarnos a las peores amenazas. Quizá por eso en el sur hay que dictar órdenes para conseguir lo que en el norte se obtiene con unas sencillas recomendaciones. Cuestión de carácter y civismo…

Al igual que no conviene alejarse demasiado del humor, tampoco es recomendable despreciar la memoria (aunque esta es muy frágil en situaciones de emergencia). Estos días me he concentrado (es un decir: me concentro muy mal, como casi todos los confinados) en lecturas que, sin dejar de ser rigurosas, no pierdan el tono distendido y sirvan para desdramatizar los peores acontecimientos, una actitud para la que resulta decisiva la (buena) memoria.

Shakespeare desde el humor y el rigor, al más puro estilo Bryson.

Cada noche disfruto de un buen rato de desconexión gracias al divulgador Bill Bryson, al que muchos conoceréis por su imprescindible “Una breve historia de casi todo” o su jocoso recorrido por Australia (“En las antípodas”). Todos los días antes de dormir (es un decir: estoy durmiendo fatal, como muchos confinados) Bryson me acerca a la figura de William Shakespeare con una biografía (¿o es un ensayo?) desenfadada pero repleta de valiosa información bien contrastada. Y es en ese relato donde he encontrado el infierno al que llegó el Bardo de Avon en 1564. Después de leer la larga lista de enfermedades que asolaban la Inglaterra de mediados del siglo XVI es inevitable concluir que si hoy disfrutamos de “El sueño de una noche de verano” es debido a un milagro, al igual que nuestra vida, la de hoy, la que disfrutamos los habitantes del primer mundo, es un auténtico lujo que muy pocas personas a lo largo de la historia han podido disfrutar, un lujo que hoy, si miramos a nuestro alrededor, sólo está al alcance de unos pocos privilegiados.

Bryson me hace reír, me hace pensar y me ayuda a tener conciencia en mitad de esta tormenta.

Contad vosotros mismos las enfermedades a las que William sobrevivió… sin vacuna alguna:

El mundo en el que nació Shakespeare estaba falto de personal y hacía esfuerzos por conservar el que había. En 1564, la población inglesa oscilaba entre tres y cinco millones de habitantes, muchos menos que tres siglos antes, cuando las continuas epidemias de peste empezaron a cobrarse su despiadado diezmo. El número de británicos vivos estaba en franco retroceso. Durante la década anterior, la población nacional había sufrido una merma del 6% y sólo en Londres pudo haber muerto una cuarta parte de los ciudadanos.
Pero la peste no fue más que el primero de una larga serie de azotes. Los vapuleados isleños tendrían que vérselas también con frecuentes brotes de tuberculosis, sarampión, raquitismo, escorbuto, dos clases de viruela (lisa y hemorrágica), escrófula, disentería y una vasta y amorfa colección de supuraciones y fiebres —fiebre terciana, fiebre cuartana, fiebre puerperal, fiebre de los barcos, fiebre cotidiana, fiebre maculosa—, así como con «frenesíes», «malos espíritus» y otras enfermedades de variada y desconocida índole. Por supuesto, ninguna de ellas respetaba rango o procedencia. En 1562, dos años antes de que Shakespeare naciera, la viruela casi se cobra la vida de la mismísima reina Isabel.
Incluso las afecciones menores, como unos cálculos renales, una herida infectada o un parto complicado, podían llevar rápidamente a la muerte. Además, los tratamientos eran casi tan peligrosos como las enfermedades que pretendían curar. Las víctimas eran alegremente purgadas y sangradas hasta desfallecer, protocolo poco indicado en pacientes con las defensas bajas. Era improbable, en aquella época, que un niño llegara a conocer a sus cuatro abuelos.
Muchas de las enfermedades de tintes exóticos en tiempos de Shakespeare se conocen hoy por otro nombre (su fiebre de los barcos es nuestro tifus, por ejemplo), aunque hubo algunas misteriosamente específicas de la época. Entre ellas, el «sudor inglés», que acababa de erradicarse tras una serie de brotes mortales. Le decían «el azote sin pánico», debido a su asombrosa rapidez: a menudo las víctimas enfermaban y morían en el mismo día. Afortunadamente, muchos sobrevivían y poco a poco la población fue adquiriendo una inmunidad colectiva, de tal modo que en la década de 1550 la enfermedad ya estaba erradicada. La lepra, otra de las grandes plagas medievales, también había remitido piadosamente en las últimas décadas y ya nunca regresaría en todo su vigor. Pero cuando estos terribles flagelos parecían dar un respiro a los pobladores, una nueva fiebre, llamada «el nuevo mal», arrasó el país, matando entre 1556 y 1559 a decenas de miles en sucesivas oleadas. Para empeorar aún más las cosas, estos brotes coincidieron con las desastrosas hambrunas de 1555 y 1556. Aquélla fue una época pavorosa.
No obstante, de todos los flagelos, el más tenebroso seguía siendo la peste. Aún no se habían cumplido tres meses del nacimiento de William cuando la sección de defunciones del registro parroquial de la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford reflejaba las ominosas palabras Hic incepit pestis (Aquí empieza la peste) junto al nombre de un niño llamado Oliver Gunne. El brote de 1564 fue brutal. En Stratford murieron al menos doscientas personas, diez veces más que lo habitual. En años libres de peste, la mortalidad infantil en Inglaterra rondaba el 16%; aquel año, alcanzó los dos tercios del total (se sabe de un vecino de los Shakespeare que perdió a sus cuatro hijos).
Casi podría afirmarse que el mayor logro de William Shakespeare no fue escribir Hamlet o los Sonetos sino, simplemente, sobrevivir a la peste”.

(Shakespeare, Bill Bryson).

Lo malo de las maravillosas estepas de Asia Central es que no hay manera de encontrar una sencilla fuente, una rústica ducha, un manantial silvestre… Esos dos puntitos en mitad de la infinita pradera son las dos camioneta soviéticas en las que durante un mes recorrimos el corazón de Kazajstán, pasando un poco de sed, pasando un poco de hambre, pasando un poco de miedo.

La sed era una sensación primitiva y casi olvidada, un eco lejano de aquellas tardes de verano en las que se te iba el santo al cielo jugando al fútbol o cazando lagartijas y, con la boca pastosa, tenías que buscar una fuente (el chorrito  que decíamos en el barrio) o el auxilio providencial del tabernero (cascarrabias) que estaba a medio camino de casa. Y el hambre ni eso, porque hambre, lo que se dice hambre, nunca llegamos a pasar, quizá, si me apuras, un poco de gazuza porque habíamos olvidado el bocadillo, se retrasó el almuerzo o el bar estaba cerrado.

De ciertas estrechuras vitales nuestra generación sabe poco (o nada). Y los que nada (o poco) sabemos de aquellas estrechuras poco podemos explicar de sus consecuencias; de poca pedagogía de posguerra podemos presumir para sobrellevar este confinamiento con templanza. Repetimos la cantinela que llegamos a repudiar en nuestros abuelos, hacemos nuestras aquellas calamidades que nos aburrían (por desconocidas). Seamos sinceros: no sabemos de sed, no sabemos de hambre, no sabemos de miedo.

Y lo peor de todo es que no queremos saber de sed, ni de hambre, ni de miedo. Por eso todos los gobiernos, y buena parte de los ciudadanos, se resisten a hablar de emergencia, y mucho menos a declararla. En nuestro mundo (casi) feliz no hay lugar para alarmas. Todo está (parece) bajo control. Aquí, ahora, no es posible la sed, el hambre, ni el miedo. Eso es algo antiguo, algo que, como mucho, le pasa a los otros, nunca a nosotros.

Algo parecido ha ocurrido con la tristeza. Una vez alcanzados por el tsunami vírico se impuso de manera espontánea una absurda celebración de todo lo que nos había traído la catástrofe, convirtiendo en una fiesta cualquier noticia (buena, regular o catastrófica). Aplausos, conciertos en azoteas, canciones machaconas que invitan a la resistencia, retos para compartir fotografías de infancia, tutoriales de cocina creativa, vídeos ridículos de gente haciendo el ridículo… Ruido, mucho ruido. En nuestro mundo (casi) feliz no hay lugar para la tristeza. Todo está (parece) bajo control. Aquí, ahora, no es posible la pena, ni el abatimiento, ni la nostalgia. Eso es algo antiguo, algo que, como mucho, le pasa a los otros, nunca a nosotros, entregados a la canción, la danza y el teatro, espontáneos.

Sin renunciar, con moderación, a ciertos bálsamos, y a una sensata vitalidad con la que poner algo de luz en medio de la tormenta, yo no tengo, en plena emergencia, el cuerpo de fiesta, y me alegro que alguien (Octavio Salazar, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba) se haya atrevido a explicar este derecho a la tristeza que muchos se empeñan en maquillar, convencidos, quién sabe, de que la fiesta y el alboroto son la mejor manera de combatir la pandemia y sus devastadores efectos. “Miro más allá de la emergencia sanitaria”, escribe Salazar, “y al vislumbrar el horizonte lamento no tener ni el cuerpo ni el alma para cánticos resistentes. Pasados ya más de 20 días en la jaula, reivindico ahora el silencio, la serenidad e, incluso, ese punto de espiritualidad que habitualmente esquivo”. Sí, el silencio, ese silencio que tanto nos espanta, es una poderosa medicina para no perder la consciencia.

No hay mala intención, tan solo desconocimiento. Por eso celebro a los que, sin quererlo, me enseñaron a entender lo que estaba por venir. Esa lección tan áspera, la lección de la escasez extrema aplicada a un hijo de la abundancia, fue una de las lecciones inesperadas, y maravillosas, de mi experiencia (extrema) con los especialistas de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) durante el rodaje de la serie documental (para Canal Sur Televisión) que nos llevó a los rincones más agrestes de los cinco continentes. En mi memoria y, sobre todo, en el íntimo almacén de mi nostalgia, ocupan lugares de privilegio las estepas vírgenes de Kazajistán, las cantarinas ballenas patagónicas, los densos y primitivos bosques de Tasmania, las interminables playas desiertas del Banc d´Arguin mauritano, la explosión de biodiversidad en la desembocadura del río Senegal, los estromatolitos de Shark Bay en el índico australiano o los cocodrilos de un remoto oasis en el límite del desierto del Sahara, pero, sobre todo, el mordisco de la melancolía hace presa en el recuerdo edulcorado de aquella sed, de aquella hambre, de aquella falta de sueño, de la mugre que nos hacía suspirar por una ducha, del frío, del calor extremo, de la incertidumbre, del miedo…

Cuando te decides a comer armadillo cocido (“peludo” en el argot argentino) es que la cosa se ha puesto realmente chunga…

HAMBRE.- A eso de las cuatro de la madrugada estábamos sorbiendo un mate tibio y masticando un trozo de bizcocho duro mientras esperábamos el amanecer en la linde de las redes que habíamos tendido junto a uno de los pozos de la hacienda “La Holanda”, en el corazón de la Pampa argentina. Diez horas después, sin otro alimento que aquel lejano mate y aquel dulce reseco que nos entretuvo el estómago mientras capturábamos churrinches, horneros o calandrias, volvíamos al galpón donde nos esperaba un peludo cocido (que levante la mano quien haya comido armadillo… no por curiosidad gastronómica sino por pura necesidad). Vale que nos reíamos esquivando a las tarántulas pampeanas (araña pollito –Grammostola rosea- ) o canturreando alguna milonga tristísima con Miguel Delibes y Martina Carrete haciendo los coros, pero teníamos hambre, hambre de verdad, hambre de esa posguerra que no conocimos, que no llegamos a padecer.

Al fin, una tarde de extrema desesperación, Chiqui y yo agarramos una de las furgonetas porteñas y nos fuimos, sorteando baches y barro, a hacer la compra a Toay, como quien se acerca al Mercadona del barrio. Unas tres horas después (porque en la Pampa todo está, como mínimo, a tres horas de camino) entramos a la tienda de comestibles de Toay como quien entra en la Capilla Sixtina: babeando, con la boca abierta y los ojos llorosos. Tirando de cartera, y presos de una excitación casi pornográfica, compramos y compramos y compramos. Llenamos la furgoneta de vituallas con la alegría sin freno de quien ha sido comisionado para resolver el hambre canina de una pandilla de investigadores que arrastran (casi) el mismo apetito feroz que un asilvestrado equipo de televisión.

Parados en mitad de un bosque de caldenes calcinados, en el corazón de la Pampa argentina, suspirando por un poco de comida decente y una Quilmes bien fría.

Del homenaje que nos dimos hay pruebas, fugaces, en el documental “Las alas de la Pampa”, justo en esa secuencia en la que suena Calamaro y se nos ve relajados en las hamacas, brindando con vino tinto frente a un abundante plato de pasta. Haciendo bromas, como si nunca hubiéramos pasado hambre o como si, de haberla pasado, la hubiéramos dado por buena, a modo de sacrificio menor en pos de la mejor ciencia y la más extraordinaria divulgación.

PD: Poco tiempo después de aquella expedición a Argentina se descubrió que el consumo de armadillo podía multiplicar el riesgo de contraer lepra. Otro susto más para la colección.

SED.- Con la despreocupación inconsciente del expedicionario bisoño partimos de Almatý en un par de desvencijadas camionetas soviéticas en las que se amontonaban pertrechos suficientes (suponíamos) para internarnos durante varias semanas en las estepas de Kazajistán.

La primera noche en el campo disfrutamos de la inquietante compañía de una manta de solífugos asiáticos a los que habíamos importunado arando, azadón en mano y casi a oscuras, el terreno imprescindible para plantar nuestras sencillas tiendas de campaña. Nos reunimos en torno a una hoguera, sentados en el suelo, a disfrutar de la remesa de Jack Daniel´s comprada en la Duty Free de Frankfurt, convencidos de que no había lugar ni compañía mejor en toda Asia Central. Mientras mordisqueábamos un infame embutido, de incierto origen y nula certificación sanitaria, nos enfrentamos, por vez primera, a la que la que pronto bautizamos como “duda kazaja”, un curioso rasgo en la personalidad de este pueblo mestizo, un atributo, desesperante, que se expresaba, de manera particularmente intensa, en nuestro guía Serguei.

Explicada de manera sencilla la “duda kazaja” consiste en la imposibilidad biológica, cultural o qué se yo, de decir “no”. Todas las negaciones desaparecen milagrosamente de la conversación que queda reducida a afirmaciones tajantes o a extrañas dudas que nadie sabe muy bien cómo interpretar. Ni siquiera una pregunta directa sirve para neutralizar la finta: si la respuesta al interrogante es “no” jamás escucharás ese “no” (ni nada que se le parezca). Así es que cuando le preguntamos a Serguei si teníamos agua suficiente respondió algo así como “bueno-en-realidad-el-agua-es-un-elemento-muy-importante-sobre-el-que-resulta -complicado-decir-si-disponemos-de-mucha-o-de-poca-más-bien-todo-lo-contrario-pero-en-cualquier-caso-sería-conveniente-considerar-el-carácter-indispensable-del-agua-en-un-territorio-donde-es-difícil-encontrarla”.

– ¿Un territorio donde es difícil encontrarla?  Pero, ¿cómo de difícil?

– Bueno-en-realidad-la-dificultad-puede-ser-variable-porque-dependemos-de-los-viejos-pozos-artesianos-que-llevo marcados-en-mi-mapa-y-que-a-veces-tienen-agua-potable-y-otras-tienen-agua-pero-poco-potable-y-a-veces-están-cerca-y-otras-lejos-o-a-medio-camino.

– Esto… ¿tenemos agua suficiente, Serguei? O mejor, para evitar dudas, ¿tenemos agua, Serguei?

– Bueno-para-mi-lo-suficiente-puede-ser-distinto-a-lo-que-vosotros-consideráis-suficiente-y-hablando-de-agua-uno-nunca-sabe-si-la-que-tiene-bastará-o-hará-falta-un-poco-más-para-lo-que-ciertamente-podemos-necesitar”.

Viendo nuestra cocina de campaña, en el interior de una de las camionetas soviéticas, cualquiera puede entender que en nuestra expedición a los confines de Asia Central no disfrutábamos de muchas comodidades ni de una higiene a prueba de patógenos surtidos.

No era un problema de traducción (a pesar de que Serguei manejaba el inglés con la misma soltura que nosotros el ruso) sino la primera embestida de la “duda kazaja”. Así es que de nada sirve reproducir la larga conversación con nuestro guía porque en ella no vais a encontrar, como nos ocurrió a nosotros, ni un minúsculo “no”. Como ya habréis imaginado, la serpenteante “duda kazaja” daba a entender, de manera concluyente, que no, que NO teníamos agua. Bueno, atesorábamos la ridícula cantidad que habíamos guardado en nuestras pequeñas cantimploras personales, esas a las que ahora cada uno miraba de reojo, con lujuria y miedo.

Primero apareció la sed psicológica, provocada por la simple idea de la escasez, y luego vino la sed física, la auténtica, la indomable (a la que contribuyó un tal Jack Daniel´s). Aunque las quisimos disimular, para no parecer expedicionarios bisoños, Serguei interpretó correctamente nuestras señales de pánico, así es que agarró su viejo Lada y se marchó en busca de agua. Imaginaros lo que pasa por la cabeza de un expedicionario bisoño, cuando, noche cerrada y en mitad de la nada, ves a tu guía perderse, solo, camino hacia esa nada en busca de agua. Sin teléfono móvil, con un viejo mapa de la época soviética lleno de garabatos y en un coche que en España llevaría años siendo carne de desguace. ¿Volverá? ¿Volverá con agua? ¿Cuándo volverá? ¿Traerá agua suficiente? ¿Será agua potable?

Racioné mi cantimplora, medida que incrementa hasta valores insoportables la sed psicológica y traté, sin conseguirlo, de evitar los malos pensamientos. En posición fetal, dentro del saco de dormir, me imaginé bebiendo el agua de los radiadores, chupando el rocío depositado sobre los rastrojos de la estepa, lamiendo las toallitas que nos servían para el aseo personal o sorbiendo la sangre de las marmotas que terminaríamos cazando para no morir deshidratados. Fue la noche en la que he pasado más sed en toda mi vida. Una noche de insomnio deseando oír el petardeo del viejo Lada en su regreso triunfal al campamento, con un Serguei sonriente (¿sonríen los rusos cuando están sobrios?) cargado de bidones de agua cristalina.

Serguei regresó muchas horas después (vale, lo mismo regresó a las seis o siete horas de irse, pero a mi aquella ausencia se me hizo eterna), con agua suficiente para todo el grupo. Nadie preguntó de dónde la había sacado pero yo la filtré (con la camiseta) y le apliqué mi mejunje para casos extremos, y así la potabilicé en mi cantimplora (lo que me obligó a otra espera -desesperante- mientras la química hacía su trabajo).

A partir de ese día, y durante las 24 jornadas (sí, casi un mes) que pasamos potreando en las estepas de Kazajistán, sin un mal grifo al que amorrarnos ni una primitiva ducha en la que ablandar nuestra roña, nunca nos faltó agua de boca, aunque Serguei aplicó la “duda kazaja” a otras muchas cuestiones de logística e intendencia, necesidades que tuvimos que ir sorteando con grandes dosis de resignación, abundantes raciones de incertidumbre y un poco de miedo.

 

Casi treinta días de estepa, en condiciones extremas, no pudieron con nosotros. Lo cierto es que los amigos de la Estación Biológica de Doñana (CSIC) nos lo pusieron difícil, pero el equipo de “Espacio Protegido” (Canal Sur Televisión) sobrevivió a la prueba.

 

MIEDO.- La mujer del patrón llamó al hotel a media tarde para comunicarnos que su marido había sufrido un infarto y que no podría hacerse cargo, tal y como habíamos acordado, de la embarcación que debía llevarnos hasta las islas Chafarinas. Como era el único civil autorizado a realizar este viaje la solución que nos propuso fue contar con un amigo de su marido, militar en la reserva, que tenía ciertos conocimientos naúticos y contaba con el beneplácito de las autoridades castrenses. No teníamos otra opción para cubrir las menos de 30 millas que separan Melilla del archipiélago así es que aceptamos la contraoferta y nos citamos en el puerto de la ciudad autónoma con las primeras luces.

El día amaneció desapacible, encapotado y con un arisco viento de levante, dos condiciones atmosféricas nada excepcionales en un mes de mayo pero, cuando menos, incómodas para un equipo de televisión. Al resto del pasaje (especialistas del Parque Nacional de Doñana y de la Estación Biológica de Chafarinas) tampoco le gustó cómo pintaba aquel sábado de primavera en la costa africana pero, siendo sinceros, ni unos ni otros supimos interpretarlo en clave naútica. Quien tenía que decidir si navegábamos o no era el patrón sustituto, que no parecía muy ducho, y, sobre todo, su grumete, un viejo lobo de mar al que nos entregamos con algo más de confianza que al primero.

– Vamos a cargar el barco y decidimos a lo largo del día –concluyó el patrón después de mirar al horizonte, simulando la característica pose del entendido, y conversar, simulando un cierto aire distraído, con su grumete – .

Nos volvimos a citar a primera hora de la tarde, después de comer, por si las circunstancias hubieran mejorado.

Quiero recordar que volvimos al puerto a eso de las tres o las cuatro, convencidos de que nuestro viaje se aplazaba porque, lejos de mejorar, el tiempo se había ido torciendo y el viento de levante, nuestro principal enemigo, seguía bravo. Además, las horas de luz disponibles menguaban hasta un punto que considerábamos arriesgado incluso para una travesía que, siendo optimistas, no debía ser demasiado larga.

– Nos vamos. La previsión meteorológica es mejor para esta tarde, el viento va a amainar y en el entorno de Chafarinas las condiciones no son malas. Llegaremos a la isla de Isabel II antes de que anochezca – sí, también en este caso nos habló con autoridad, simulando la característica pose del marino que ha sorteado temporales, galernas y tifones sin despeinarse -.

¿Os habéis confiado alguna vez a un marino que muestra evidentes signos de temeridad? ¿Os habéis embarcado alguna vez con un patrón cuyos conocimientos naúticos son muy básicos y, además, se le nota? ¿Habéis navegado alguna vez con un desconocido que patronea un barco que no es suyo en unas condiciones difíciles y con rumbo hacia una isla diminuta? Pues bien, ¿cómo es posible que siendo evidentes todas estas circunstancias nadie, absolutamente nadie, se negara a embarcar?

Lo bueno de este oficio es que el miedo, cuando aparece, se olvida pronto. Al día siguiente del susto ya estaba en faena, rodando con César y Fermín la colonia de gaviota de Adouin en la desierta isla del Rey Francisco. Al fondo, la isla de Isabel II.

Así funciona el miedo, supongo, cuando nunca has tenido esa clase de miedo y no sabes identificarlo. Así funciona nuestra pueril confianza en la tecnología, los conocimientos ajenos, el buen juicio de los que velan por nosotros y hasta el destino que, como todo el mundo sabe (el primer mundo, quiero decir), siempre juega a nuestro favor. Sólo son abandonados a su suerte, en un rincón del Mediterráneo, los otros. Sólo naufragan los otros. Sólo se ahogan los otros.

Con la inconsciencia de quienes no conocen esa clase de miedo y, por tanto (insisto en nuestro descargo), no saben interpretarlo, nos embarcamos en aquel pequeño yate rumbo a la isla de Isabel II, la única poblada (por un destacamento de Regulares) del archipiélago de las Chafarinas, una desapacible tarde de mayo.

Creo que el infinito respeto que le tengo al mar, a los barcos y a los marinos (a los marinos de verdad, quiero decir), nació esa tarde de mayo. No me arrugaron ni el viento ni las olas que no dejaron de zarandear el yate de manera violenta. No me asusté cuando llegó la noche, lejos aún de las Chafarinas. No me preocupó el mareo de algunos pasajeros, ni siquiera el inquietante silencio en el que fuimos cayendo todos. El miedo, el auténtico miedo, llegó cuando vi al patrón sustituto agarrado al timón, pálido, mirando-a-no-sé-dónde y discutiendo con su grumete.

– Tenemos que dar la vuelta. Hay que regresar a Melilla –vociferaba aquel grumete de pelo cano, visiblemente nervioso–.

– Ya no podemos volver. Es imposible. Corremos más peligro tratando de volver –le respondía, también a gritos, el patrón, visiblemente acojonado-.

Luego vinieron las llamadas por radio exponiendo nuestra delicada situación. La respuesta desde Chafarinas, donde aseguraban que no nos veían a pesar de que, al parecer, no estábamos demasiado lejos del archipiélago. Los mensajes de Melilla orientando como podían a aquel hombretón, pálido, aferrado al timón. Y el silencio del pasaje. El rugido del motor (¡por dios que no se pare!), los golpes del oleaje (¡por dios que paren un poco!) y el silencio, rotundo, del pasaje. Yo tampoco dije ni una palabra cuando me puse el chaleco salvavidas y me quité los zapatos (menuda estupidez: si terminaba en el agua iba a morir de frío, por mucho que pataleara sin el lastre de los zapatos, porque nadie iba a ir a buscarnos en plena noche, en pleno temporal de levante).

Si en vez de un reportaje sobre los valores naturales de las islas Chafarinas aquel despropósito hubiera formado parte del rodaje de un bonita película de aventuras juro que al desembarcar, dando tumbos, mitad sobrecogido y mitad indignado, hubiera besado a aquella soldado tatuada, natural de Monachil (Granada), que fue la primera persona a la que me agarré ya en tierra firme (y que luego se pasó unos cuantos días cachondeándose, cariñosamente, de un servidor). Y después hubiera besado el suelo de la isla de Isabel II, y el pan de la cena (en el comedor de oficiales), y la bandera de España, y la del Tercio de Regulares, y la almohada de la cama del barracón y el grifo del lavabo. Juro que hubiera besado las piedras, los palmitos, las gaviotas de Adouin y hasta las praderas de Posidonia (aún a riesgo de ahogarme).

Pasé miedo, mucho miedo. Creo que es la vez que más miedo he pasado en mi vida (o al menos la vez que he temido morir sin remedio, porque otros miedos he sufrido sin que en ellos peligrara mi vida o no lo hiciera de una manera tan evidente). Un miedo desconocido o, más exactamente, el miedo a lo desconocido. El miedo que nace de un peligro al que nunca te habías enfrentando y que no sabes cómo evitar. Un miedo repleto de interrogantes, un miedo para el que no sirven de solución ni el dinero, ni la tecnología, ni el lugar de residencia, ni la raza, ni los seguros a todo riesgo.

Sí, exactamente igual que nos ocurre ahora, cuando hay demasiadas dudas en torno a esta pandemia y no nos queda otra que esperar, con infinita paciencia, tratando de gobernar el miedo, la incertidumbre y la resignación, esa resignación, desconocida, de la que nos hablaban nuestros abuelos. Tratando de admitir que hemos pecado de soberbia. Convencidos, por fin, de que nuestro primer mundo es vulnerable y que su fragilidad no desaparece levantando muros. Haciendo un esfuerzo para que no nos secuestren los malos pensamientos, sorteando los zarpazos de la tristeza, la soledad o la amarga sensación de derrota. Pero si vienen, ojo, hay que dejarlos estar, porque esos sentimientos, en momentos de dolor e incertidumbre, son mucho más humanos que esa estúpida alegría, esa absurda celebración permanente a cuenta de nada, con la que algunos tratan de maquillar el miedo.

PD: ¿A qué viene esta parrafada, este tocho, este kilométrico e inútil post autobiográfico? Debe ser el miedo. Seguro que es el miedo: cuando tengo miedo mi terapia (pura consciencia) es cocinar o escribir. Cada uno sortea el abismo como puede… pero el abismo sigue ahí.

Primero lo escuché y luego lo leí. Y en ambos registros, en vinilo y en papel, siempre tengo a Luis Eduardo a mano, como un botiquín emocional. Mi vida está repleta de momentos, dulces y amargos, cuyo recuerdo está cosido a una canción de Aute o a uno de sus poemas, esos que te dediqué detrás de la portada de esta primera antología, editada en un lejano (y en algunas cosas demasiado cercano) 1976. Una antología que, de manera inevitable, me lleva, por diferentes y curiosos caminos, al corazón de Madrid.

 

Yo pertenezco a la brisa

y al viento que nunca se inmoviliza

yo pertenezco al recuerdo

de aquel que se marchó

(Yo pertenezco, Luis Eduardo Aute)

 

Se publicó en 1976, pocos meses después de la muerte del dictador, pero yo lo compré en una pequeña librería de la calle Imagen (Sevilla) un 9 de noviembre, martes, de 1982. Seguramente lo guardé en el bolsillo de mi Peyton, junto al paquete de tabaco, y agarré mi Vespa camino de la redacción del vespertino Nueva Andalucía (en el lejano Polígono de la Carretera Amarilla), o, quizá, volví a casa caminando, a mi habitación de alquiler en un pisito de estudiantes de la cercana calle Lepanto.  La fecha la señalé en lápiz junto al precio (150 pesetas), y seis días después, el lunes 15 de noviembre, ya en otra ciudad, escribí la dedicatoria (porque era un libro delicado y dedicado). Con pulcra letra de Bic azul dejé constancia de aquel invierno del 82 (en realidad todavía era otoño…), de una noche y de una almohada.

Las “Canciones y Poemas” de Luis Eduardo Aute (Ediciones Demófilo, 1976) han sobrevivido al paso de los años, las noches, los otoños, los inviernos y las almohadas. Aquel librillo, del que seguramente se imprimieron pocos ejemplares, sigue en casa y goza de una magnífica salud: no se ha perdido ni una sola página, ni se ha desprendido la portada, ni, milagrosamente, luce mancha alguna. Como el destino es travieso, y a mí me fascinan las ocultas sincronías que nos regala, en este librillo se esconde, por diferentes circunstancias (sincronizadas), mi Madrid, el Madrid de mis años universitarios, ese Madrid (el de los cielos de otoño) por el que siento un amor intacto, inalterable al paso del tiempo. Las canciones de Aute (y este efecto es maravillosamente inevitable) me devuelven a la Complutense, a la Pensión La Plata, al cine Alphaville, a la calle Huertas (al caer la tarde), a Malasaña (de madrugada), a los expresos en Atocha, a la luminosa plaza de Santa Ana… ¿Se os ocurre mejor sitio para fundar una editorial entre caña y caña? Ediciones Demófilo, que se aventuró a publicar la obra de Aute en un temprano 1976, nació en la cervecería alemana de la plaza de Santa Ana cuando, en 1971, allí se reunieron José Luis Ortiz Nuevo, Enrique Morente y Andrés Raya y decidieron poner en marcha una editorial en la que publicar libros de flamenco (el primero de todos: “Colección de Cantes Flamencos”, de Antonio Machado). Así es que el epicentro (oculto) de este torbellino sentimental es la madrileña plaza de Santa Ana en donde nos reunimos, sin saberlo, Aute, los editores de sus canciones y poemas, Caballero Bonald (autor del prólogo) y yo mismo. No es mal sitio para este encuentro porque la plaza y su entorno (Príncipe, Huertas, Santa María…) sigue provocando intensos torbellinos sentimentales cada vez que piso Madrid y me acerco a ese dédalo urbano en donde palpitan tantos recuerdos capaces de convivir con tantas promesas de futuro.

“…cierta mañana… del 82…”. Tan emocionado estaba que equivoqué la estación y en la dedicatoria te hablé del invierno cuando en realidad lo compré en otoño.

Las sincronías no descansan porque hace apenas dos o tres días hablaba de la incertidumbre en el arte, en la vida de los artistas, con una querida amiga madrileña (ducha en torbellinos y sincronías), y hoy, alguien que sabe mucho más que yo de zozobras artísticas, me devuelve a esa misma conversación. Las letras de Aute están en la nube, al igual que están sus canciones, sus poemas, sus conciertos, sus discos, sus entrevistas, sus cuadros… Pero no todo está en la rechoncha nube a la que acude Google con su anzuelo. En este viejo librillo que compré cierta-mañana- de-1982 se embosca el prólogo que José Manuel Caballero Bonald le regaló a Aute. Un texto breve, pero certero, que no encontraréis en Internet; tres páginas deliciosas de este jerezano vitalista, frases perdidas, poéticas y premonitorias (aunque errara en la esperanza de vivir sin fantasmas). Transcribo algunos párrafos para que de aquel prólogo quede una huella en la nube y, ahora sí, más allá del papel otros puedan disfrutar de esta elegía a la (necesaria, imprescindible) incertidumbre:

Cada vez que me encuentro con Luis Eduardo Aute (incluso aunque sea de noche) suele hablarme con metódico fervor de sus dudas. A mí me parece que esa actitud ha ido acrecentando gradualmente mi credulidad en su obra, quizá porque pienso que pocos argumentos pueden ser más válidos y estimulantes para un artista que los tramitados por su incertidumbre. El artista que está seguro de todo lo que busca (o de todo lo que encuentra) ya se ha ganado –por lo pronto- una meritoria beatitud en el limbo de los mediocres. Como seguramente nadie ignora, la seguridad no es más que una estática variante de la burocracia; la dubitación, en cambio, propicia el dinamismo de los que nunca renunciarán a la testaruda libertad de equivocarse. Aute pertenece, afortunadamente, a los defensores de esa creadora y fecunda forma de libertad.

(…)

Desde los emblemas del erotismo a los de la muerte y desde la más grosera mitología contemporánea al saludable ejercicio del autosarcasmo, Aute ha transcrito con denodada reiteración –y con similar patetismo- algunas arquetípicas historias personales de esa delirante aventura que, para entendernos, llamamos colectivamente historia.

(…)

Qué razón tenía Caballero Bonald: “La plaza pública llegará un día a cantar estos poemas”. ¿Cuántas veces te hemos cantado, cuántas más te cantaremos?

El discurso sentencioso, hermético por momentos, se ha convertido repentinamente en habla cotidiana; la sátira se ha entremezclado de humor; la despiadada penumbra, de fulgurantes desenfados. Para una mayor eficacia comunicativa, el autor debió recurrir en este caso a una regla de oro: la poesía que no es divertida es oratoria. Lo más probable, sin embargo, o lo más dudoso, es que Aute no cante nunca estos poemas en la plaza pública. Pero la plaza pública llegará un día a cantar estos poemas. De lo que sí puede estar seguro Aute es que eso ocurrirá cuando ya no estén aquí los fantasmas

(José Manuel Caballero Bonald, Prólogo a las Canciones y Poemas de Luis Eduardo Aute, Ediciones Demófilo 1976).

 

PD: Podría elegir una de sus numerosas grabaciones, pero esta refleja, creo, mejor que ninguna otra, la sencilla dulzura de un artista sencillo. Así se expresaba Luis Eduardo Aute en Radio Nacional de España cuando, en 1975, acudió a presentar sus discos “Rito” y “Espuma”. Quien ha colgado esta grabación la describe de manera fiel: “Es preciosa la fragilidad y la belleza que se respira“.

 

 

Me basta un puñado de habas frescas, como las que hoy trajo Maite de nuestro huerto, para revisitar mi infancia. Son la chispa que desata el torbellino químico con el que mi cerebro es capaz de rebuscar en lo más profundo de la memoria para devolverme a aquel otro huerto, a aquellas otras habas, a aquella otra primavera…

 

Para el refinado de Proust el más rotundo poder de evocación lo atesoraba el aroma de una magdalena mojada en té. Yo soy más prosaico: el recuerdo de mi infancia se despierta con el olor, y el sabor, de un puñado de habas crudas como las que hoy ha traído Maite de nuestro huerto. Las acerco a la nariz, las muerdo, y vuelvo a aquel otro huerto, a aquella otra primavera, a aquella felicidad sencilla de los seis o siete años, cuando triscaba por el campo con pocas expectativas y ninguna preocupación.

El estrecho vínculo entre olor y emoción se debe, en gran medida, a que la zona del cerebro que procesa los olores está situada en el interior del sistema límbico, muy relacionado, asimismo, con las emociones. Afinando un poco más (sí, también me gustan la anatomía y la neurología), los olores son procesados por el bulbo olfatorio que está dotado de células mitrales, neuronas especializadas en recibir información de los nervios olfatorios. Parte de esa información termina en la amígdala (involucrada en la consolidación de la memoria) y en el hipocampo (decisivo en la conducta emocional) donde, además, se resuelven los comportamientos instintivos e innatos.

Ayudándome de un artículo de Adrián Triglia voy a insistir en esta deliciosa evocación que se ha despertado, de manera inconsciente, en mi cerebro; voy a seguir dando más detalles de esta conexión biológica que desata lo que deja de pertenecer al cuerpo y entra en el difuso territorio de lo inmaterial (¿de qué sustancia están hechas las sensaciones, los recuerdos, las emociones?). “Tanto el olor como el gusto”, detalla Triglia, “están conectados directamente a la parte baja del sistema límbico, la zona emocional  del cerebro, a diferencia del resto de sentidos, los cuales pasan primero por el tálamo y son por ello más accesibles por el pensamiento consciente”.  Por este motivo, precisa este psicólogo y divulgador científico, “las señales químicas que recibimos a través de la nariz actúan drásticamente sobre la regulación del tono emocional, aunque no nos demos cuenta, y por eso los olores son una vía única para incidir sobre el estado anímico de las personas aunque estas no se den cuenta”. Además, como en el sistema límbico están incluidos el hipocampo y la amígdala, “las señales recogidas por la nariz evocan con facilidad experiencias ya vividas, y lo hacen acompañando este recuerdo con una gran carga emocional“.

¿Y por qué este puñado de habas frescas me lleva directamente a la infancia y no a la adolescencia o a la madurez, si mi gusto por este vegetal me ha acompañado desde que tengo uso de razón? Para seguir afinando en esta búsqueda de razones, a partir de una emoción, he leído el curioso resumen de un trabajo de investigación realizado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Dresde que comienza así: “La evidencia conductual indica que los recuerdos autobiográficos provocados por el olor son más antiguos, más emocionales, menos pensados ​​e inducen características de viaje en el tiempo más fuertes que los recuerdos autobiográficos provocados por otras modalidades”. Es decir, que un olor te lleva mucho más atrás en el tiempo que una imagen o un sonido, así es que si lo que quieres es revisitar tu infancia, sin hacer paradas intermedias, apuesta por un olor porque seguramente lo que te ocurrió antes de los diez años sólo se conserve en tu cerebro, en tu archivo biológico, en forma de olor y esa sea la única llave para abrir otros archivos más profundos donde quizá, quién sabe, sí se conserven imágenes, sonidos o incluso aquella suavidad de la piel en las manos de tu madre.

Como diría mi amigo Miguel Delibes, siento haber recurrido a la ciencia y así haber roto la magia, el hechizo, la poesía… con la que comenzaba este post. Lamento haber usado una delicada haba fresca, recién cosechada por mi mujer, para encaminarme al complejo procesamiento sináptico de las células mitrales. Dicen que fue el poeta John Keats quien brindó contra la memoria de Newton por haber destruido la poesía del arco iris convirtiéndolo en un frío prisma. Mi humilde haba fresca ha terminado convertida en un alambicado cóctel químico de neurotransmisores que impregnan dendritas y axones en uno de los rincones más primitivos del cerebro humano. Pero es que para mí esto que acabo de escribir también es poesía.

Psicólogos y neurólogos están muy interesados en la memoria olfativa porque, entre otras peculiaridades, se ha comprobado que una memoria olfativa defectuosa puede ser la antesala de la demencia. Para recalcar esta relación, explican en otro interesante artículo Johnson y Moss (dos psicólogos de la Universidad de Bournemouth), las personas que tienen un determinado alelo del gen de la ApoE (un tipo de lipoproteína sanguínea), usado como marcador que determina un cierto factor de riesgo a la hora de padecer la enfermedad de Alzhéimer, presentan, además, una identificación defectuosa de los olores. Dicho de manera más sencilla: si el aroma de unas habas frescas no te dice nada, si no te evoca ningún recuerdo ni te invita a ninguna receta, si ni siquiera puedes identificar si son habas o boquerones, quizá tu cerebro ha comenzado a averiarse y te lo anuncia por la nariz. Así es que la poesía de mi haba fresca, la que Maite trajo del huerto este mediodía, no sólo me ha regalado la memoria, también fresca, de aquella infancia despreocupada y feliz sino que, al mismo tiempo (una vez pasada –eso sí- por el tamiz de la neurología), me ha sugerido que en mi vejez, si conservo el olfato, tal vez pueda seguir disfrutando de esos y otros muchos recuerdos, los que guardo en el rincón más primitivo de mi cerebro, los recuerdos que me explican.

PD: Sí, en estas cosillas irrelevantes, en estos conocimientos inútiles, en estas circunvoluciones dialécticas que bailan entre la ciencia y la poesía entretengo las largas horas de mi doble confinamiento.

Espantados ante la terrible perspectiva de disponer de cientos de horas libres, y no saber muy bien qué hacer con ellas, las redes se llenaron, en los primeros minutos de la emergencia, de tutoriales para entregarse al macramé aún sin conocimientos previos, manuales para tocar el oboe con soltura en una semana, actividades para entretener a preescolares sin recurrir a los opiáceos, enlaces para ver gratis todo el cine búlgaro (no subtitulado), conciertos (en streaming) desde los domicilios de los principales solistas de Didgeridoo afincados en Queensland, recetas (infalibles) de la cocina tradicional peruana adaptadas para Thermomix, plantillas para imprimir y colorear la obra completa de Pollock o libros electrónicos suficientes para estar leyendo dieciséis horas diarias hasta la Feria del Libro de 2120.

La avalancha de tentadoras ocupaciones domésticas (incluidas las que te capacitan, en dos o tres lecciones on-line, para opinar como resuelto virólogo o sentenciar como avezada epidemióloga) no se ha detenido y, sin embargo, escasean los llamamientos a la vaguncia radical, las soflamas en defensa de la inactividad absoluta o las prédicas alabando las infinitas virtudes de la indolencia. El confinamiento doméstico al que nos ha conducido el coronavirus ha excitado a los defensores del ocio productivo y tiene en silencio a los gandules.

A pesar de sus escritos, no me imagino a Bertrand Rusell ni ocioso ni aburrido. Menuda contradicción…

Es cierto que algunos estamos genéticamente incapacitados para quedarnos quietecitos (valga este post como prueba) pero para aquellos que estén considerando la posibilidad de internarse en el seductor territorio de la gandulería, y no quieran convertirse en objeto de crítica o burla por parte de sus semejantes virtuales (todos ellos ocupadísimos, por el bien de la Humanidad, haciendo macramé, tocando el oboe o viendo cine búlgaro), he preparado un contundente argumentario filosófico recurriendo a mi adorado Bertrand Rusell (al que ya sabéis que visito cada vez que la realidad me supera y necesito algo de luz).

Siguiendo las reflexiones de Russell he llegado a la conclusión de que la ociosidad (no productiva) a la que invita el confinamiento domiciliario tiene, como mínimo, tres ventajas que fácilmente vais a identificar ayudados por algunos párrafos de su obra, párrafos tomados de varios ensayos fechados en la década de los años 30 (del pasado siglo) y que yo mismo he seleccionado en mi biblioteca doméstica… para no aburrirme.

Ventaja 1 .- Una cierta capacidad para aguantar el aburrimiento predispone a la alegría.

ABURRIMIENTO Y EXCITACIÓN (1930)

* El aburrimiento como factor de la conducta humana ha recibido, en mi opinión, mucha menos atención de la que merece. Estoy convencido de que ha sido una de las grandes fuerzas motrices durante toda la época histórica, y en la actualidad lo es más que nunca. El aburrimiento parece ser una emoción característicamente humana. Es cierto que los animales en cautividad se vuelven indiferentes, pasean de un lado a otro y bostezan, pero en su estado natural no creo que experimenten nada parecido al aburrimiento. La mayor parte del tiempo tienen que estar alerta para localizar enemigos, comida o ambas cosas; a veces están apareándose y otras veces están intentando mantenerse abrigados. Pero no creo que se aburran, ni siquiera cuando son desgraciados. Es posible que los simios antropoides se nos parezcan en este aspecto, como en tantos otros, pero como nunca he convivido con ellos no he tenido la oportunidad de hacer el experimento. Uno de los aspectos fundamentales del aburrimiento consiste en el contraste entre las circunstancias actuales y algunas otras circunstancias más agradables que se abren camino de manera irresistible en la imaginación. Otra condición fundamental es que las facultades de la persona no estén plenamente ocupadas. Huir de los enemigos que pretenden quitarnos la vida es desagradable, me imagino, pero desde luego no es aburrido. Ningún hombre se aburre mientras lo están ejecutando, a menos que tenga un valor casi sobrehumano. De manera similar, nadie ha bostezado durante su primer discurso en la Cámara de los Lores, con excepción del difunto duque de Devonshire, que de este modo se ganó la reverencia de sus señorías. El aburrimiento es básicamente un deseo frustrado de que ocurra algo, no necesariamente agradable, sino tan solo algo que permita a la víctima del ennui distinguir un día de otro. En una palabra: lo contrario del aburrimiento no es el placer, sino la excitación.

* Ahora nos aburrimos menos que nuestros antepasados, pero tenemos más miedo de aburrirnos. Ahora sabemos, o más bien creemos, que el aburrimiento no forma parte del destino natural del hombre, sino que se puede evitar si ponemos suficiente empeño en buscar excitación.

* Una vida demasiado llena de excitación es una vida agotadora, en la que se necesitan continuamente estímulos cada vez más fuertes para obtener la excitación que se ha llegado a considerar como parte esencial del placer. Una persona habituada a un exceso de excitación es como una persona con una adicción morbosa a la pimienta, que acaba por encontrar insípida una cantidad de pimienta que ahogaría a cualquier otro. Evitar el exceso de excitación siempre lleva aparejado cierto grado de aburrimiento, pero el exceso de excitación no solo perjudica la salud sino que embota el paladar para todo tipo de placeres, sustituyendo las satisfacciones orgánicas profundas por meras titilaciones, la sabiduría por la maña y la belleza por sorpresas picantes. No quiero llevar al extremo mis objeciones a la excitación. Cierta cantidad es sana, pero, como casi todo, se trata de una cuestión cuantitativa. Demasiado poca puede provocar ansias morbosas, en exceso provoca agotamiento. Así pues, para llevar una vida feliz es imprescindible cierta capacidad de aguantar el aburrimiento, y esta es una de las cosas que se deberían enseñar a los jóvenes.

* La capacidad de soportar una vida más o menos monótona debería adquirirse en la infancia. Los padres modernos tienen mucha culpa en este aspecto; proporcionan a sus hijos demasiadas diversiones pasivas, como espectáculos y golosinas, y no se dan cuenta de la importancia que tiene para un niño que un día sea igual a otro, exceptuando, por supuesto, las ocasiones algo especiales. En general, los placeres de la infancia deberían ser los que el niño extrajera de su entorno aplicando un poco de esfuerzo e inventiva.

* La clase especial de aburrimiento que sufren las poblaciones urbanas modernas está íntimamente relacionada con su separación de la vida en la tierra. Esto es lo que hace que la vida esté llena de calor, polvo y sed, como una peregrinación por el desierto. Entre los que son lo bastante ricos para elegir su modo de vida, la clase particular de insoportable aburrimiento que padecen se debe, por paradójico que esto parezca, a su miedo a aburrirse. Al huir del aburrimiento fructífero caen en las garras de otro mucho peor. Una vida feliz tiene que ser, en gran medida, una vida tranquila, pues solo en un ambiente tranquilo puede vivir la auténtica alegría.

Ventaja 2.- La reducción organizada del trabajo conduce a la felicidad.

ELOGIO DE LA OCIOSIDAD (1932)

* Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél.

* El hecho es que mover materia de un lado a otro, aunque en cierta medida es necesario para nuestra existencia, no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la necesidad de tener contentos a los pobres, que ha impulsado a los ricos durante miles de años, a reivindicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo para el que de verdad trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor parte de su vida, no es probable que os responda: “Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento”. Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores. Consideran el trabajo como debe ser considerado como un medio necesario para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.

* Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En la medida en que ello es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que, hasta cierto punto, ha sido inhibida por el culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba.

* Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han llevado a la mayoría a ser pasivos: ver películas, observar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Esto resulta del hecho de que sus energías activas se consuman solamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte activa.

* En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social; esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes, descubrió las ciencias, escribió los libros, inventó las máquinas y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie.

Ventaja 3.- El confinamiento es una oportunidad magnífica para adquirir conocimientos… inútiles.

CONOCIMIENTO INÚTIL (1932)

* El hábito de encontrar más placer en el pensamiento que en la acción es una salvaguarda contra el desatino y el excesivo amor al poder, un medio para conservar la serenidad en el infortunio y la paz de espíritu en las contrariedades. Es probable que, tarde o temprano, una vida limitada a lo personal llegue a ser insoportablemente dolorosa; sólo las ventanas que dan a un cosmos más amplio y menos inquietante hacen soportables los más trágicos aspectos de la vida.

* Una disposición mental contemplativo tiene ventajas que van de lo más trivial a lo más profundo. Para empezar están las aflicciones de menor envergadura, tales como las pulgas, los trenes que no llegan o los socios discutidores. Al parecer, tales molestias apenas merecen la pena de unas reflexiones sobre las excelencias del heroísmo o la transitoriedad de los males humanos, y, sin embargo, la irritación que producen destruye el buen ánimo y la alegría de vivir de mucha gente. En tales ocasiones, puede hallarse mucho consuelo en esos arrinconados fragmentos de erudición que tienen alguna conexión, real o imaginaria, con el conflicto del momento; y aun cuando no tengan ninguna, sirven para borrar el presente de los propios pensamientos. Al ser asaltados por gente lívida de rabia, es agradable recordar el capítulo del Tratado de las pasiones de Descartes titulado “Por qué son más de temer los que se ponen pálidos de furia que aquellos que se congestionan”.

* El conocimiento de hechos curiosos no sólo hace menos desagradables las cosas desagradables, sino que hace más agradables las cosas agradables. Yo encuentro mejor sabor a los albaricoques desde que supe que fueron cultivados inicialmente en China, en la primera época de la dinastía Han; que los rehenes chinos en poder del gran rey Kaniska los introdujeron en la India, de donde se extendieron a Persia, llegando al Imperio romano durante el siglo I de nuestra era; que la palabra “albaricoque” se deriva de la misma fuente latina que la palabra “precoz”, porque el albaricoque madura tempranamente, y que la partícula inicial “al” fue añadida por equivocación, a causa de una falsa etimología. Todo esto hace que el fruto tenga un sabor mucho más dulce.
Hace cerca de cien años, un grupo de filántropos bienintencionados fundaron sociedades “para la difusión del conocimiento útil”, con el resultado de que las gentes han dejado de apreciar el delicioso sabor del conocimiento “inútil”.

Esto no es China: no esperemos órdenes. Y tampoco somos chinos: no esperemos que la interacción social, tan latina, decrezca de manera espontánea. La única forma de frenar la curva de infecciones del coronavirus, evitar el colapso del sistema sanitario y limitar el número de muertes (de los más vulnerables) es reduciendo las interacciones sociales al máximo, y esa es una responsabilidad individual. Así de sencillo. Así de complicado.

Desde hace varios días estoy devorando, en silencio, las fuentes científicas más fiables con respecto a la expansión del coronavirus, y aunque soy poco dado a las encíclicas, jamás me uno a las cadenas de mensajes tontorrones y no suelo prodigarme en los grupos de Whatsapp, hoy he creído necesario, indispensable, asomarme a las redes sociales y a este blog para recomendaros que limitéis los viajes y las interacciones sociales al máximo. Aplazad excursiones, fiestas, cenas de amigos, presentaciones de libros, conferencias, teatro, cine, clases de baile, bodas,… qué se yo. Esto no es China: no esperemos órdenes. Hay que actuar desde lo individual sin esperar a que las administraciones, demasiado lentas, demasiado temerosas, nos digan lo que tenemos que hacer. No os avergoncéis de tomar este tipo de decisiones, al contrario, defendedlas como un acto de generosidad, de responsabilidad, de civismo.

 

Seguro que me están leyendo personas que trabajan en el sector sanitario y también personas con formación científica. Ambos colectivos si no saben ya lo que voy a contar (que es lo más seguro) lo van a entender rápido. Y para el resto (yo incluido) os recomiendo la lectura de un artículo, sólo un artículo. No hace falta saber inglés, con un buen traductor en línea podéis descifrarlo. Hay muchos artículos circulando por las redes pero este, creo, es muy claro, repleto de evidencias científicas actualizadas y en un lenguaje asequible: Coronavirus: Why you must act now

El problema no es que enfermemos nosotros. En este nosotros quiero pensar que predominan las personas jóvenes y sanas, y, por tanto, la probabilidad de una infección problemática es muy baja, y digo problemática porque seguramente algun@ de nosotros ya está infectad@, aunque sea de manera asintomática. El problema, el verdadero problema, es que nos convirtamos en transmisores del virus y alimentemos su progresión, haciendo que gane velocidad y altura la curva de la pandemia.

Como explica el autor del artículo, tomar estas decisiones nos expone al cachondeo de los demás, al miedo al ridículo, a las acusaciones de alarmismo (sobre todo en sociedades latinas) pero, como también explica el autor (y subraya con evidencias científicas irrefutables), el efecto de estas acciones, o de la inacción, se mide en grandes números (las progresiones exponenciales rebasan nuestra capacidad de entendimiento) y se calcula en días, en horas. Echadle un vistazo al artículo y a lo mejor ya no os parece tan ridículo o exagerado reducir al máximo los viajes y la interacción social durante unos días, y tomar, además, esta decisión ya, de inmediato. Comprobad qué pasó durante la pandemia de gripe de 1918 en las ciudades que limitaron las interacciones sociales de manera rápida y efectiva y las que relajaron esas medidas. Comprobad qué ha pasado en Italia, o en China, o en Corea del Sur. Mirad los números (de fuentes oficiales, rigurosas). Mirad el efecto de las acciones que se han ido tomando y su validez en función del tiempo de respuesta. Comprobad las curvas de mortalidad y la presión sobre el sistema sanitario.

 

Durante las próximas semanas, no dar la mano a alguien no será una falta de educación, sino un signo de responsabilidad cívica. Cada beso en la mejilla a nuestra amiga puede convertirse, de rebote, en el beso de la muerte para su anciana madre”. El párrafo no lo han escrito dos piraos alarmistas, dos indocumentados: lo firman en el diario EL PAÍS Miguel A. Hernán, epidemiólogo de la Universidad de Harvard (EE UU), y Santiago Moreno, jefe de Enfermedades Infecciosas del Hospital Ramón y Cajal, en Madrid.

Perdonad este alegato pero creo que la situación obliga a usar todos los medios de comunicación a nuestro alcance para pedir responsabilidad individual, civismo, sentido de ciudadanía, que son, en estas circunstancias, herramientas mucho más poderosas que la acción gubernamental para frenar la pandemia, reducir la curva de infectados y dar así tiempo al sistema sanitario para actuar sin colapsar. Tenemos un sistema sanitario muy robusto, envidiable frente al de otros países, con un personal cualificado y comprometido, y protegerlo en estas circunstancias no es sólo una cuestión de cuidado e inversiones (que también) sino de responsabilidad individual (insisto). Frenar nuestra vida social sirve para proteger nuestros hospitales y a su personal. Es así de sencillo.

Y que conste que este esfuerzo de civismo no significa despreciar las acciones de las diferentes administraciones, indispensables sobre todo por su enorme capacidad para generar conocimiento fiable, coordinar información y esfuerzos, tomar decisiones ejecutivas que se extienden a todos los órdenes, y organizar recursos de manera equitativa. Pero no esperemos órdenes, no nos sentemos a esperar que nos digan lo que tenemos que hacer. Esto no es China.

No difundir bulos también forma parte de esta responsabilidad individual. Usemos el enorme potencial de las redes sociales (además de para compartir chistes, porque el humor es buena medicina) para organizarnos como sociedad responsable. Nada de alarmismo ni de pánico, todo lo contrario: serenidad y confianza en la ciencia, en el sistema sanitario, en las administraciones, pero, sobre todo, en el enorme potencial de una sociedad organizada, cooperativa y responsable.

PD: Si os parece que este alegato es fiable, oportuno y necesario… compartidlo en vuestras redes, en vuestros círculos, en vuestra casa.

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos”.

(Este texto, que circula por las redes, se lo atribuyen a un psicólogo italiano, F. Morelli. No he podido contrastar la fuente pero, en cualquier caso, la reflexión, sea o no del tal Morelli, me parece oportunísima).

En un guiño que no se cómo interpretar (porque no creo que el azar sea tan azaroso) el cartel aparece colocado junto a la entrada de la farmacia del pueblo. Anuncia un “besamanos” (y una “presentación de niños“) al término de la misa dominical. En letra pequeña el opúsculo detalla que la imagen se expondrá en “devoto besamanos a aquellos fieles que deseen besar su bendita mano” (valga la redundancia). Seguro que he leído el cartel otros años, y seguro que a lo largo de mi vida he visto carteles similares por toda la geografía española, pero nunca había establecido una relación tan inquietante entre esta piadosa costumbre y la propagación de un virus. Fue leerlo y recordar el divertido párrafo en el que Gerald Durrell se adelanta (1956) al pánico que está originando el Covid-19, y a lo complicado que resulta frenar la propagación de un coronavirus en sociedades como la mediterránea, tan propensas al achuchón y el besuqueo. ¿Que nos mantengamos a un metro de distancia? ¿Que evitemos las fiestas multitudinarias? ¿Que se prohiban los besamanos? Ni que esto fuera la Carelia rusa, oiga (estará pensando, seguro, el autor del cartel).

Cuando volví a casa rebusqué en mi biblioteca y encontré el párrafo de mi adorado Durrell, con el cómico besapiés en la isla griega de Corfú, de nefastas consecuencias para su presumida hermana Margo.

Ahí va el relato, por si resulta de utilidad a algún epidemiólogo que quiera combatir los besamanos, los besapiés y los besos (así, en general) en esta tierra:

La corriente nos arrastró en dirección opuesta al coche, hasta embutirnos en medio de un enorme gentío que se agolpaba en la plaza mayor del pueblo. Le pregunté qué sucedía a una anciana campesina que tenía cerca, y se volvió hacia mí radiante de orgullo.
—Es San Spiridion, kyria —explicó—. Hoy se puede entrar en la iglesia a besarle los pies.
San Spiridion era el santo patrón de la isla. Su cuerpo momificado se veneraba en la iglesia en un ataúd de plata, y una vez al año era sacado en procesión por el pueblo. Era muy milagrero, y podía conceder favores, curar enfermedades y obrar otros mil portentos si la petición le pillaba de buen ánimo. Los isleños le adoraban, y uno de cada dos hombres de la isla se llamaba Spiro en su honor. Hoy era un día especial; al parecer, se abría el ataúd y se permitía a los fieles besar los pies embabuchados de la momia, y hacerle las peticiones que quisieran. La composición del gentío mostraba cuánto le amaban los corfiotas: allí estaban las ancianas campesinas vistiendo sus mejores ropas negras, y sus maridos encorvados como olivos, con sus anchos bigotes blancos; los morenos y musculosos pescadores, tiznadas sus camisas de la oscura tinta de las sepias; y también los enfermos, los retrasados mentales, los tísicos, los inválidos, viejos que apenas podían andar y niñitos envueltos y liados como gusanos en su capullo, con sus caritas pálidas como la cera congestionadas de tanto toser. Había incluso unos cuantos pastores albaneses, mocetones bigotudos de aspecto salvaje, con el cráneo pelado y enfundados en grandes pieles de borrego. Esta sombría y variopinta cuña de humanidad avanzaba lentamente hacia la negra puerta de la iglesia, arrastrándonos consigo como pedruscos incrustados en un río de lava. Ya a Margo la habían llevado muy por delante de mí, mientras Mamá quedaba a igual distancia a mis espaldas. Yo estaba firmemente atrapado entre cinco gordas campesinas que se apretaban contra mí como almohadones despidiendo olor a sudor y ajos, y Mamá estaba empotrada sin remedio entre dos enormes pastores albaneses. Poco a poco nos hicieron subir los escalones y entrar en la iglesia.
Dentro la oscuridad era casi total, sólo interrumpida por una ristra de cirios que brillaban cual amarillos crocos a lo largo de un muro. Un sacerdote barbudo y vestido de negro, con un alto sombrero, aleteaba como un cuervo en la penumbra, canalizando al gentío en una fila que recorría el interior del templo hasta pasar por detrás del gran ataúd de plata y salir por otra puerta a la calle. El ataúd, puesto en pie, era como una crisálida de plata, y en su extremo inferior se había abierto un segmento por el que aparecían los pies del santo, envueltos en babuchas ricamente bordadas. Al llegar al ataúd cada persona se agachaba, besaba los pies y murmuraba una oración, mientras al otro extremo del sarcófago la cara negra y consumida del santo se asomaba a través de un cristal, con un gesto de aguda repugnancia. Era evidente que, quisiéramos o no, tendríamos que besarle los pies a San Spiridion. Mirando hacia atrás, yo veía a Mamá debatirse frenéticamente por acercarse a mí, pero su guardaespaldas albanés no cedía un milímetro y sus esfuerzos resultaron vanos. Al fin atrapó mi mirada y empezó a hacer muecas señalando el ataúd, mientras sacudía enérgicamente la cabeza. Esto me dejó bastante perplejo, lo mismo que a los dos albaneses, que la observaban con aprensión mal disimulada. Creo que temían que Mamá estuviera a punto de sufrir un ataque, y no sin razón, pues se había puesto roja y sus muecas eran cada vez más alarmantes. Por fin, desesperada, renunció a toda cautela y me bisbiseó sobre las cabezas de la multitud:
—Dile a Margo… que no lo bese… que bese al aire… al aire.
Me volví para transmitir a Margo el mensaje de Mamá, pero era demasiado tarde: allí estaba, agachada sobre los embabuchados pies, besándolos con un entusiasmo que encantó y sorprendió grandemente a la concurrencia. Cuando me llegó el turno obedecí las instrucciones de Mamá, besuqueando sonoramente y con considerable alarde de devoción un punto situado a unos quince centímetros por encima del pie izquierdo de la momia. De allí fui empujado y expelido por la puerta del templo a la calle, donde la gente se iba disgregando en corrillos, riendo y charlando. Margo nos aguardaba en los escalones, visiblemente satisfecha de sí misma. Al momento apareció Mamá, catapultada desde la puerta por los morenos hombros de sus pastores. Tambaleándose como un trompo bajó los escalones y se nos unió.
—Esos pastores —exclamó débilmente—. Qué modales tan zafios… salgo casi asfixiada del tufo… una mezcolanza de incienso y ajos… ¿Qué harán para oler así?
—Es igual, ya pasó —dijo Margo alegremente—. Habrá valido la pena si San Spiridion me concede lo que le he pedido.
—Un sistema muy poco higiénico —dijo Mamá—, más apropiado para sembrar enfermedades que para curarlas. Me aterra pensar lo que podríamos haber cogido si llegamos a besarle los pies.
—Pues yo se los besé —dijo Margo, sorprendida.
—¡Margo! ¡No será verdad!
—Bueno, era lo que hacían todos.
—¡Después de decirte expresamente que no lo hicieras!
—Tú no me dijiste nada de… ‘./>
Interrumpí para explicar que la advertencia de Mamá había llegado demasiado tarde.
—Después de que toda esa gente ha estado rechupeteando las babuchas, no se te ocurre nada mejor que besarlas.
—Me limité a hacer lo que hacía todo el mundo.
—Es que no comprendo qué pudo impulsarte a hacer una cosa así.
—Pues… pensé que quizá me curaría el acné.
—¡El acné! —dijo Mamá con sorna—. Date por contenta si no coges algo además del acné.
Al día siguiente Margo cayó en cama con un fuerte gripazo, y el prestigio de San Spiridion a los ojos de Mamá quedó a la altura del betún. Spiro fue despachado urgentemente al pueblo en busca de un médico, y regresó con un hombrecito esferoidal de acharolados cabellos, leve indicio de bigote y ojillos de botón tras gruesas gafas de concha.
Era el doctor Androuchelli: una persona encantadora, con incomparable estilo para sus enfermos.
—Po—po—po (1) —dijo, mientras irrumpía en la alcoba mirando a Margo con aire guasón,
¡po— po—po! Poco inteligente ha sido usted, ¿no? ¡Besarle los pies al santo!
¡Po—po—po—po—po!
Casi podría haber atrapado algunos bichos desagradables. Tiene usted suerte: es gripe. Ahora hará lo que yo le diga, o me lavo las manos. Y, por favor, no aumente mi trabajo con estupideces semejantes. Si vuelve a besar los pies de algún santo no seré yo quien venga a curarla… Po—po—po… qué ocurrencia.
Y mientras Margo languidecía en cama por espacio de tres semanas, con Androuchelli pepeándola cada dos o tres días, los demás nos acomodamos en la villa.
(1) Todavía se mantiene en algunas partes de Grecia la costumbre clásica de repetir la sílaba «po» para contrarrestar el mal de ojo y otras influencias nocivas (N. de la T.) “.

(Mi familia y otros animales, Gerald Durrell).