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Me gustan los solares salpicados de malas hierbas, las veredas en desuso, los matojos que se abren paso entre el hormigón, los insectos que se atrincheran en cualquier descampado… (Foto: José Mª Montero)

“Wildlife is and should be useless in the same way art, music, poetry and even sports are useless. They are useless in the sense that they do nothing more than raise our spirits, make us laugh or cry, frighten, disturb and delight us. They connect us not just to what’s weird, different, other, but to a world where we humans do not matter nearly as much as we like to think. And that should be enough” (Useless creatures, Richard Conniff en The New York Times)

A ojos de la soberbia humana es difícil contemplar la naturaleza desde la óptica de la más absoluta inutilidad, esa a la que se resisten, incluso, algunos (quizá demasiados) conservacionistas. La luminosa argumentación de Conniff en ese artículo, imprescindible, es la misma que nos plantea David G. Haskell cuando describe, mezclando poesía y biología, un metro de bosque o cuando relata las alucinantes partituras (ocultas) en las que se inspiran las canciones de los árboles. La que encontramos en la inteligencia vital  de Jordi Pigem, esa que se expresa en un territorio difuso que, sorprendentemente, comparten Dalí (“La naturaleza es sobrenatural“), Darwin (“La naturaleza se esmera en crear las formas más bellas y maravillosas“) y Schrödinger (“La base de la realidad no es la materia, es la conciencia“). La que Bruce Chatwin descubrió en la compleja, y aparentemente absurda, cosmogonía de los aborígenes australianos: demasiado extraña, demasiado hermosa. La misma con la que el Zen defiende el “no-sé”, esa mirada abierta, clara, del principiante, la mirada del asombro, la que sólo atiende a lo bello y emocionante, nunca a lo útil.

Defender la utilidad de la naturaleza, desde una trinchera o desde la contraria, es tan reduccionista como peligroso. El postmaterialismo del que habla, entre otros Pigem, es una forma de enfrentarse a esta exaltación de lo útil que es, en definitiva, uno de los síntomas más llamativos de una crisis de percepción, planetaria, donde lo fundamental se obvia en favor de lo accesorio.

No me gusta la naturaleza domesticada. Me gusta el desorden de lo vivo. La mejor manera de olvidarse de lo feo es acercarse a la belleza… espontánea y caótica (Foto: José Mª Montero)

En las ciudades, incluso en las áreas rurales que rodean a las grandes urbes, la naturaleza se ha domesticado hasta el punto de que sólo se considera como tal cuando se ha transformado en un elemento tan humano y útil como una carretera o un polideportivo. La naturaleza se llama “jardines”, “zonas verdes” o “parques”, y lo que no se ordena en esos espacios útiles, y previsibles, no es naturaleza. Pocos son los que elogian los solares salpicados de malas hierbas, las veredas en desuso, los matojos que se abren paso entre el hormigón, los insectos que se atrincheran en cualquier descampado…

Una gota, dos gotas, tres gotas, cuatro gotas… En mi jardín. (Foto: José Mª Montero).

No me gustan los jardines donde todo obedece a un plan, por eso si hay un exceso de orden busco el caos reduciendo la escala, acercándome a lo pequeño, fisgoneando en lo diminuto, allí donde no llega el afán utilitario de los jardineros. Me gustan las gotas de rocío, los hormigueros, las grietas, las hojas muertas, las telas de araña. Me gusta la flora oportunista (qué acertada definición) a la que acuden orugas, mariposas y aves; la que da soporte a los insectos que persiguen las lagartijas y salamanquesas, que entran y salen de mi casa con desparpajo, o los murciélagos que nos rondan, sigilosos, en el ocaso.

Me gusta el desorden y la inutilidad de la vida.

Un buen ejemplo de naturaleza hermosa e inútil, la que se expresa entre las grietas del hormigón… (Foto: José Mª Montero)

 

 

Lo que sabemos con certeza de este gran universo cambiante es muy limitado. No todo obedece a un plan. Casi nada es previsible.

Pura inutilidad. Pura sorpresa. Pura vida.

 

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Por encima de los manuales, de los autores a los que venero, de aquel Kitchen Notebook que Carmela me trajo de Londres (y que no he dejado de manchurrear), por encima de todo, de todos, está el recetario manuscrito de mi madre. La cocina es memoria, y respeto a esa memoria.

“Pensado como un objeto transgeneracional y actualizado durante décadas, el cuaderno de cocina posee un valor que trasciende al mero registro de un paso a paso culinario: cómo un libro de cocina fue marcado o modificado por notas o cómo se fue ensuciando es una evidencia física de que las recetas fueron preparadas una y otra vez. La mancha tiene aquí un valor; es un indicio del uso, una huella de la preparación e indica la vida del mismo cuaderno, especialmente de aquellas recetas que forman parte de la memoria alimentaria de una familia” (Páginas sucias: recetarios y cuadernos de cocina. Begoña Alberdi)

En mi cocina tengo una pequeña biblioteca en la que reposan, al alcance de la mano, mis manuales de cabecera, esos que consulto cuando me pierdo haciendo-de-comer (es decir: casi siempre), y también una desordenada colección de cuadernos, bien manchurreados, en los que he ido anotando recetas, trucos, fracasos, ideas que no llegaron a ningún sitio, hallazgos inesperados, minutas para días de fiesta, menús para jornadas grises, vinos, postres… En uno de ellos, a punto de la desintegración a pesar de su robusta encuadernación británica, guardo algunas de las recetas que me transmitieron, hace décadas, mi madre y mi suegra (que a su vez las recibieron de sus madres y abuelas). Es decir, un hombre ha venido a interrumpir esa cadena de mujeres, esa red histórica de saberes femeninos, y se ha infiltrado en un género que hasta hace bien poco nos era ajeno (los hombres firmaban –incluso cuando nada tenían que ver con la verdadera autoría– los libros, los manuales, los tratados de cocina… pero los recetarios de andar por casa, los de batalla, los que de verdad resuelven la intendencia de una familia tirando de imaginación, técnica y buena administración, los que no salían de las cuatro paredes de la cocina, los que se manchaban sin pesar, esos eran los únicos de cuya autoría podían presumir las mujeres). Así es que, mi hijo o mi hija, o ambos, heredarán parte de los saberes culinarios de sus abuelas, bisabuelas y tatarabuelas a través… de su padre.

Dicho lo cual, y lleno de indisimulado orgullo, vuelvo a ese Kitchen Notebook que mi amiga Carmela me trajo de Londres (vaya, otra mujer se suma a la cadena). En él hay recetas que ocupan varias páginas, a pesar de conducirnos a platos de apariencia sencilla, y otras que se resuelven en unas líneas, aún cuando el resultado sea de una riqueza extraordinaria. Dentro de estas últimas destaca una categoría fascinante: esa que agrupa las elaboraciones que una madre resuelve mediante la expresión “todo-en-crudo”. Vale, es verdad que esas tres palabras son tan engañosas como otras temibles afirmaciones de cocineras curtidas (“lo-que-te-va-pidiendo” o “se-hace-en-un-momento” son trampas mortales para el cocinilla inexperto) pero es cierto que son recetas poco sofisticadas para el resultado que podemos obtener, procedimientos básicos con los que fracasar se hace difícil (aunque no existe un lugar -la cocina- en donde sea más fácil fracasar con independencia del grado de soltura que hayamos alcanzado, ojo).

Una de esas recetas, (casi) en crudo, es este rabo de toro (perdón, quise decir cola de vaca) que mi madre bordaba para alegría de la familia. Un plato muy cordobés, aunque se haya extendido, o esté presente, en otros territorios. Así lo cociné esta semana, entre semana (ya sabéis de mi batalla contra los cocineros de weekend: hay que comer bien los siete días de la semana, oiga).

  • Así quedó la cosa, un miércoles cualquiera, sin más motivos que comer bien.

    Kilo y medio de rabo de toro troceado a cuchillo (o, más bien, cola de vaca, porque no es fácil conseguir el primero; y a cuchillo porque los cortes a máquina pueden originar molestas, y hasta peligrosas, astillas en el hueso).

  • Una cebolla grande
  • Tres tomates maduros
  • Un pimiento morrón (rojo) y una ñora (pimiento choricero) pequeña.
  • Una cabeza de ajos
  • Una punta de jamón serrano.
  • 1 litro de caldo de pollo (o una pastilla de caldo de carne).
  • Aceite de oliva Virgen Extra (AOVE), media copa de vino blanco (amontillado u oloroso, si es posible), una hoja de laurel, una guindilla, una pizca de azafrán en hebra, un poco de tomillo, media cucharilla de comino molido y unos granos de pimienta negra

En una olla amplia ponemos un chorreón generoso de AOVE, que cubra bien todo el fondo, y disponemos en ella los trozos de rabo y la cebolla troceada. A fuego medio-alto doramos el rabo y la cebolla, mojamos con el vino y dejamos que este evapore el alcohol. Pelamos y troceamos los tomates, troceamos también el pimiento (quitándole rabo y pipas) y los añadimos al guiso junto con la guindilla. Mareamos un poco esos ingredientes y entonces sumamos la ñora (troceada y quitándole rabo y pipas) y la cabeza de ajos (tal cual). Mareamos un par de minutos y añadimos el resto de ingredientes. Cubrimos con caldo y agua, o bien sólo con agua enriquecida con una pastilla de concentrado de carne (cuidado con la sal: la presencia de jamón y caldo puede jugarnos una mala pasada). Que el líquido –importante- sobrepase con generosidad a todos los ingredientes. Ajustamos la temperatura para que el guiso burbujee de forma moderada y lo mantenemos así alrededor de tres o cuatro horas (o hasta que comprobemos que la carne está blandita y jugosa), añadiendo caldo/agua si fuera necesario para que termine con una cantidad de salsa suficiente (en este plato lo de mojar pan se convierte en ley, por no hablar de las patatas fritas…). Nada de usar harina para espesar: ya se ocupa el colágeno del rabo de darle el necesario punto meloso al guiso.

Variantes. Podemos sustituir el rabo de toro por callos/menudo, o por manitas de cerdo, sin modificar el resto de la receta (quizá sólo cabría ajustar los tiempos de cocción y añadir, según los gustos, un trocito de chorizo decente o una morcillita fresca).

En la etiqueta de este Sandogal Nº 3 hay dos guiños que añaden un plus de belleza a este tinto: la silueta de un pato colorado al que identifican por su nombre científico (Netta Rufina) y la referencia a la Reserva Natural de la Laguna de Manjavacas (Mota del Cuervo, Cuenca).

A mi este plato me gusta comerlo con un tinto que no sea demasiado expresivo, para que las florituras de la salsa, bien especiada, no se vean eclipsadas. Cuando lo cociné (este miércoles) se emparejó, de manera espontánea, con un tinto ecológico de Mota del Cuervo que se vino con nosotros en nuestra última visita a Cuenca (Sandogal Organic Nº 3, un Tempranillo & Petit Verdot sencillo, con un fondo de especias y mucha fruta negra, honesto y a un precio excelente). Claro que si no queremos equivocarnos, y somos lo suficientemente atrevidos, yo lo comería (casi) siempre, y sin dudarlo, con un amontillado que tenga la personalidad adecuada (en casa, el amontillado de referencia, imbatible en precio viendo la calidad que te ofrece, es Amanecer, de las montillanas Bodegas La Aurora, un elixir cordobés que en su Tierra de Vinos me descubrió mi amiga Carmen).

Como en un diminuto bosque de ribera sobre el musgo se levantan microscópicos troncos anaranjados buscando los primeros rayos de sol. Es lo que encontré sobre la piel cobriza de la tinaja un sábado de invierno (Foto: José María Montero)

“La belleza ecológica no es el estímulo estético o la novedad sensorial. Una comprensión de los procesos de la vida subvierte a menudo esas impresiones superficiales. (…) Puede que la comunidad microbiana bajo nuestros pies sea más complejamente bella que una puesta de sol en la montaña, obvia en su grandiosidad. Puede que en la podredumbre y las capas de suciedad encontremos lo sublime viscoso. La estética ecológica es eso: la capacidad de percibir belleza en la relación sostenida y encarnada en el seno de una parte concreta de la comunidad de la vida” (Las canciones de los árboles. Un viaje por las conexiones de la naturaleza, David George Haskell).

Esta es la tinaja en cuya piel de barro crece un bosque microscópico. Lleva con la familia más de un siglo, apenas un suspiro en la escala temporal de las tinajas habitadas… (Foto: José María Montero)

La tinaja, uterina y rechoncha, acompaña a la familia desde hace más de un siglo. La cocieron en alguno de los alfares cuyas ruinas sestean junto al arroyo, en la vereda de los Huertos de la Virgen, en este rincón de la Sierra Morena cordobesa. Tiene algunas heridas, suturadas con grapas herrumbrosas, y esconde el lago oscuro que las pocas lluvias de este invierno han alimentado en su panza. Ya no almacena vino ni guarda aceite. Ni siquiera se mantiene en pie: la dejaron tumbada en el prado que se abre frente a la casa, a la vista del porche, como si ya no tuviera otra función, ni más uso, que el de servir de adorno.

Los musgos son los bosques-isla de esta campiña cocida en un viejo alfar (Foto: José María Montero).

Y es cierto que su perfil, y el ocre de las arcillas con que se modelaron sus curvas, añade un suave rasgo de humanidad, de primitiva humanidad, al paisaje, y lo hace, si cabe, más hermoso. Pero, como ocurre con tantos otros elementos que salpican este raso de Los Linares, es mucho más lo que la tinaja oculta que lo que muestra, y aunque no es fácil reparar en ese llamado –porque es susurro que el viento compone, a su capricho, cuando roza los labios de barro dormido –, su boca, abierta en mueca de asombro, pide que nos acerquemos, que nos acerquemos un poco más, que rocemos su piel, la piel habitada, la rugosa superficie cobriza en la que crece ese bosque que casi nadie conoce, la selva escondida, el microcosmos en el que la naturaleza se multiplica (y se repite, a diferentes escalas) lejos de la mirada (ciega) de los humanos, esa que no distingue la más humilde expresión de la vida.

Estos son los delicados y diminutos tulipanes que se alzan sobre las encrespadas hojas del musgo (Foto: José María Montero).

Lo que parecían irrelevantes manchas verdosas se convierten, cuando el ojo se acerca, en tupidos matorrales (gametófitos) entre los que se alzan árboles anaranjados (esporófitos) cuyas copas se encierran en cápsulas (esporangios) que atesoran las esporas del musgo. Los hay esbeltos y ordenados, como si quisieran recordarnos un bosque de ribera, y otros de líneas curvas y transparencias propias de los más delicados tulipanes. Las algas y hongos que desde hace millones de años viven en simbiosis tapizan los labios de la tinaja, líquenes abrasados por el sol mediterráneo que sobreviven como una triste capa de ceniza hasta que, milagrosamente, se hinchan al contacto con las gotas de rocío para dibujar botones y cálices de un amarillo chillón. Y este derroche de vitalidad, este despliegue de recursos cromáticos, formas extravagantes y estrategias radicales de supervivencia, se manifiesta, insisto, a espaldas de los humanos que, aunque también son piezas de este entramado, andan en otros menesteres, mirando al cielo o mirándose el ombligo, ajenos al espectáculo gratuito que las criptógamas han montado en la tinaja familiar.

Es un microscópico bosque de ribera con árboles anaranjados que brotan entre los matorrales (Foto: José María Montero).

Los que sí saben de su existencia son algunos pájaros que aprecian el amargor de los líquenes, los minúsculos artrópodos (colémbolos) que se sienten atraídos por el perfume del musgo (un reclamo sexual con el que consiguen diseminar su material genético) o las semillas de otros vegetales que aprovechan estos reductos de humedad para germinar.

Vuelve a sorprenderme, como tantas otras veces, la sincronía de la literatura y la experiencia, de lo leído y lo vivido: después de varias décadas de paciente espera la tinaja me reveló su secreto el fin de semana en el que comencé a leer Las canciones de los árboles, de David George Haskell. ¿Y cómo comienza este ensayo de botánica-poética que se ha venido conmigo desde Madrid hasta Los Linares?  Primera frase: “El musgo ha echado a volar, elevándose sobre unas alas tan finas que la luz apenas se da cuenta de la travesía”.

La luz, y la mirada, cómplices en la búsqueda de las redes, casi invisibles, de la vida.

Cuando el ojo se acerca es fácil entender que todo está conectado, que todo tiene sentido, que la individualidad sólo conduce a la extinción.

Cuando la mirada se detiene (lejos de tantas distracciones) es capaz de leer lo que jamás pensó que estaba escrito en la rústica superficie de una vieja tinaja familiar.

El musgo ha echado a volar…

Es suficiente con unas gotas de rocío para que de la ceniza nazca fuego. Los líquenes atesoran la paciencia de los hongos y la sensualidad de las algas (Foto: José María Montero)

“Y esta nuestra vida retirada del bullicio público/ descubre idiomas en los árboles, libros en los arroyos, / sermones en las piedras y el bien en todas las cosas” (Como gustéis, William Shakespeare).

PD: Hace tiempo que dejé en el cajón mi Canon G8 convencido de que la mejor cámara de fotos es la que siempre llevas en el bolsillo. El microcosmos de esta tinaja lo retraté con mi móvil, un Samsung S8+, sin accesorios, a pulso. Claro que, dos días después, cautivado por estas imágenes, ya me había comprado un sencillo macro para adaptárselo al teléfono…

 

Los casos de gripe han aumentado ligeramente en la primera semana del año y se observa una tendencia a la estabilización, lo que significa que estamos próximos a alcanzar la máxima incidencia gripal de la temporada. Así lo indica el último informe del Sistema de Vigilancia de la Gripe en España que certifica, con respecto a los datos del pasado año, una mayor incidencia de la enfermedad este invierno.

Pero, ¿por qué a la gripe le gusta tanto el invierno? La evidente relación del virus con esta época del año se creía sobre todo vinculada al hecho de que durante los meses más fríos acostumbramos a permanecer agrupados, y durante muchas horas al día, en espacios cerrados. Sin embargo, diferentes investigaciones han demostrado que, al margen de comportamientos sociales que favorecen la transmisión del patógeno, el indice de contagio aumenta de manera considerable en condiciones de baja temperatura y cuando la humedad relativa del aire también es reducida. Este tipo de circunstancias ambientales, en donde predomina el aire frío y seco, podrían por un lado favorecer la estabilidad del virus y por otro disminuir la eficacia de algunos de nuestros mecanismos de defensa, como la barrera mucosa de la nariz.

El caso es que, sin duda, las condiciones meteorológicas están directamente relacionadas con un buen número de dolencias y es nuestra sorprendente capacidad de adaptación la que nos expone a estos riesgos. Son mayoría los especialistas que sostienen que los humanos están diseñados para vivir en un ambiente tropical, cálido y húmedo, donde no existan grandes fluctuaciones de temperatura que puedan dificultar el esfuerzo metabólico de mantener el cuerpo entre 36 y 37 ºC. Pero lo cierto es que el organismo cuenta con sofisticados mecanismos para aclimatarse a situaciones extremas, compensando el frío o el calor del ambiente, recurso que ha permitido el poblamiento de lugares inhóspitos como desiertos o zonas polares.

Lo que no ha podido evitar la naturaleza humana, ni tan siquiera los avances médicos, es la influencia de los factores ambientales en la salud. Hay numerosas enfermedades que aparecen o se agravan ante determinadas condiciones atmosféricas. Conocidas como meteoropatologías, las más frecuentes son las de tipo inflamatorio, como el reuma, además de los dolores de cabeza, las crisis asmáticas, eczemas, arritmias o cambios en la tensión arterial. También son frecuentes las alteraciones psicológicas asociadas a los cambios de estación, o la aparición de algunas epidemias coincidiendo con situaciones atmosféricas que se repiten de forma cíclica. Junto a la gripe, que todos los años nos visita en época invernal, hay otras infecciones que muestran cierta predilección por determinados periodos del año como la temida meningitis.

El invierno es quizás la estación en la que más claramente se observa la influencia del tiempo en la salud. La aparición de los primeros frentes fríos, acompañados de depresiones atmosféricas y lluvias, dibujan un panorama poco propicio para los cardiacos, asmáticos y reumáticos, como reflejan algunas estadísticas médicas. Las tensiones vasculares que puede provocar este cambio estacional se reflejan, igualmente, en enfermedades como la arterioesclerosis, hipertensión o úlceras de estómago. Las variaciones de presión afectan a las articulaciones  y a los gases que se acumulan en algunas partes del cuerpo, particularmente en los intestinos, provocando molestias de distinto tipo.

Está claramente establecido que la mayor parte de las afecciones respiratorias presentan una relación inversa, muy estrecha, con la temperatura, aumentando los casos de asma o bronquitis en los periodos fríos. También aparece una fuerte correlación entre las situaciones de bajas presiones y las alteraciones agudas del sistema circulatorio. De hecho, la formación de coágulos o el desarrollo de apoplejías, colapsos y embolias figuran entre las causas de muerte más dependientes de las condiciones atmosféricas.

Una de las meteoropatologías más frecuentes asociadas con el cambio de estación es la astenia, ese decaimiento general que empuja a la melancolía y facilita la aparición de algunas dolencias. Los episodios asténicos se suelen producir en primavera y otoño, y a menudo provocan la aparición de crisis en enfermedades crónicas. Parece ser que, en virtud de un cierto ritmo interior, los nacidos en verano son más propensos a la astenia otoñal y los nacidos en invierno acusan con más intensidad el cambio primaveral.

Aunque todas las personas perciben las alteraciones del tiempo hay individuos particularmente sensibles para los que un cambio de estación, o una modificación brusca de las condiciones ambientales, puede convertirse en un verdadero suplicio al aparecer dolores en las articulaciones o en viejas heridas, cefaleas o molestias estomacales, sobre todo úlceras que despiertan de su letargo. Habitualmente se considera que un 25 % de la población pertenece a este grupo, un porcentaje elevado que se nutre, en gran medida, de ancianos y niños cuyo sistema de adaptación a los estímulos externos no responde de forma óptima.

Escalas, luces, sombras y una figura que se recorta, decidida, sobre una línea de fuga. Algo así recuerdo de aquella tarde…

Uno de los grandes dones de la vida es que al nacer todos hablamos con fluidez una segunda lengua. Este idioma, la música, es patrimonio de todos; un fenómeno capaz de salvar vidas, de darles mayor intensidad, algo de una hondura asombrosa. Todo lo anterior cobra una fuerza aún mayor porque se trata de algo completamente inexplicable, tan inaprensible mediante la razón y la lógica como impregnado de una sensación de consuelo, de milagroso”  (Fugas, James Rhodes)

El auditorio está vacío. Las luces apagadas a excepción de un foco que ilumina las teclas de un soberbio Steinway & Sons. Hay figuras que, en silencio, se mueven sigilosas entre las butacas, otras que susurran a pie de escenario. El afinador elogia el sonido del piano y una mujer, recortada en la oscuridad, mira a la luz, asiente y sonríe.

Debe ser la liturgia habitual pero para quien no está acostumbrado a esa rutina todo, hasta el más mínimo detalle, obedece a un orden desconocido que nos va conduciendo al momento en el que, de manera casi imperceptible, el intérprete llega, se sienta y hace que despierten los primeros sonidos. Quizá en ese instante recuerda el guiño a Mozskowski de la pasada noche y por eso hace que vuele sólo su mano izquierda. Su mano izquierda vuela. Se agita el aire contenido en la cola del Steinway. Vibra todo el auditorio (vacío) y la mujer, recortada en la oscuridad, también vibra.

Tal y como James lo describe en “Fugas” este es el momento en el que todo adquiere un cierto sentido…

Llegó el día, llegó la hora, llegó James Rhodes.

Creo ser el único que, en ese preludio, no tiene otra ocupación que escuchar y disfrutar. La mujer que vibra -recortada en la oscuridad- me ha regalado el privilegio de asistir a los ensayos, zascandilear por el escenario, saludar a James Rhodes y compartir ese clima íntimo que el intérprete crea (casi) en soledad, antes de que llegue el público.

Soy un observador pudoroso. Soy un oyente asombrado.

“La música apela a las dos partes de nuestra naturaleza: es esencialmente emocional y esencialmente intelectual. A menudo, cuando escuchamos música, somos conscientes de ambas: nos conmovemos hasta lo más hondo al tiempo que apreciamos la estructura formal de la composición”  (Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro, Oliver Sacks)

La intensidad del momento, la emoción que termina por invadirme hasta dejarme mudo e inmóvil (para no agitar ni siquiera el aire que compartimos), encuentra algunos motivos que la explican pero, sobre todo, se pierde, y se distrae (feliz), en lo inexplicable. La música, la belleza y la amistad habitan ese territorio al que la razón no alcanza: por mucho que observemos una partitura, un rostro o la sonrisa de quien nos ha conducido a este espacio luminoso, por mucho que todos esos elementos obedezcan a un patrón, tengan un orden interno o se acomoden al dictado de las matemáticas o la geometría, incluso admitiendo que sean (en realidad) fugas en las que el contrapunto teje todas las voces dotándolas de sentido, incluso mirándola desde esa perspectiva tan musical, la combinación de todos esos elementos resulta (casi) indescriptible, del todo inexplicable y absolutamente irreproducible. Son ahora, ocurren ahora, en este justo instante, y jamás volverán a ser ni a coincidir, así es que debo fijarlos de alguna manera para que la memoria (como está haciendo hoy, más de dos meses después) sea capaz de retener esta fuga para evocarla en todos sus detalles, para recordarla con cierta (o ninguna, vaya usted a saber…) fidelidad.

James Rhodes no es un virtuoso del piano (ni falta que hace) pero tiene la virtud de borrar con un gesto distraído todo el clasicismo con el que algunos nos quieren alejar de la música clásica. James Rhodes habla, con una inesperada dulzura (sí, los tacos también aparecen de manera aterciopelada), de nuestra complejidad y nuestra fragilidad, del amor y del horror, de la violencia y la poesía, de la rabia y el humor, de la mesura y las pasiones, de la memoria y el olvido.

Cuando conoces sus tormentos aún te sorprende más su amabilidad, o quizá es que entendió que, en ocasiones, al menos en el sur, la única certeza de que algo está ocurriendo es el contacto. La emoción, y el respeto, piden (cálida) proximidad.

James Rhodes pone luz en la oscuridad y luego se sienta al piano y no, no es un virtuoso pero nos toca el corazón (Orfeo y Eurídice, Gluck) y nos hace felices. Y luego vienen los preludios y las fugas. Más fugas. Y Bach. Y Rachmaninoff. Y no, en sus interpretaciones no hay una maestría sublime (ni falta que hace): lo que se escucha, lo que apreciamos en silencio y en penumbra, es el atrevimiento y la determinación del discípulo fascinado, la del alumno -rebelde- poseído por la música, la del niño que escapa del infierno, la del pianista, sincero y frágil, que se entrega a una melodía -antigua- como quien se entrega a un primer amante (sin precauciones, sin mandamientos).

P.D: Y todo esto ocurre, ocurrió, una tarde de otoño en Madrid, gracias a Pilar, a su vibrante ingenio, a su infinita generosidad, a su vitalidad, a su esfuerzo y, sobre todo, al cariño (sin red, sin límites, sin cautelas) que pone en todo lo que hace.

Así nació DAM, y hoy, casi dos meses después, estoy (aún más) convencido de que lo que nació seguirá creciendo (no-expectations) para que en la más negra oscuridad siempre nos consuele un poco de luz. Gracias (one-more-time).

“La vida es caótica e imperfecta, y en esa imperfección caótica hay una fragilidad y una humanidad que resultan preciosas, buenas y profundamente reparadoras. Al igual que pasa con la música, esa fragilidad nos une a todos del modo más consolador” (Fugas, James Rhodes)

Melodía de Orfeo (Christoph Willibald Ritter von Gluck, transcripción de Giovanni Sgambati). James Rhodes al piano en el Hay Festival (Manchester, 28 de mayo de 2017).

 

Parece que son 365, ¿verdad? Pues no, en realidad sólo existe un día. Eso es, sólo existe este día. Hoy. PD: La foto es un canto al presente y un homenaje a Extremadura. 

 

“Para estar contigo las horas, /
para estar contigo despierto, /
para hacerle al mundo mejoras /
y para volar… necesito tiempo, /
únicamente tiempo” (Del tiempo perdido, Robe).

 

Es lo único que necesito y lo único que pido. Para mi y para vosotros. Tiempo. Y que muchas de las horas que nos promete el nuevo año sean horas compartidas. Que en ellas sigamos inventado juntos, o sencillamente que estemos juntos, al hilo de la corriente o, mejor aún, a contracorriente. Y que nos visite el asombro. Y la risa. Y que los aburridos no nos reconozcan. Y que los violentos pierdan la voz. Y que la ganen los poetas. Y que si no hay más remedio que medir las horas que sea con ese péndulo que recorre todos los segundos, todos los extremos, en los que algo, o alguien, es posible. Y que lo posible se cumpla. Y que haya música, y vino, y besos (todo a la vez… ¿es mucho pedir?).

 

PD: Hasta lo más sencillo (o, precisamente, lo más sencillo) requiere tiempo…

 

 

Una erupción como la de 1963 podría lanzar rocas hasta una altura de ocho kilómetros y gases hasta los 10.000 metros.

En 1963, la erupción explosiva del volcán Gunung Agung causó la muerte de más de mil quinientas personas, una tragedia que las autoridades de Bali tratan de evitar estos días evacuando las poblaciones más cercanas y limitando el tráfico aéreo en la zona. El gigante (3.400 metros de altura) despertó de su letargo el pasado verano y los especialistas temen que en cualquier momento esta isla del archipiélago indonesio, situada en el denominado Cinturón de Fuego del Pacífico, sufra las consecuencias de una nueva serie de erupciones catastróficas. Los efectos de la erupción de 1963 sirvieron para demostrar, por vez primera con argumentos científicos, la relación que existe entre este tipo de sucesos y determinadas alteraciones en el clima. 

Los volcanes, en definitiva, siguen manifestando la potencia destructora que puede desarrollar la naturaleza, sin que exista tecnología capaz de evitarla ni contenerla. Una fuerza que, de acuerdo a los trabajos de algunos investigadores, ha sido capaz de cambiar el curso de la historia.

Dos geólogos norteamericanos, Michael Rampino y Stephen Self, apuntaron en 1992 la posibilidad de que una erupción volcánica de enormes proporciones fuera la causante de una anomalía en la evolución del género humano. La catástrofe que pudo afectar a nuestros ancestros se produjo hace unos 74.000 años cuando el volcán Toba, situado en la isla indonesia de Sumatra, explotó con una violencia que hoy es difícil de imaginar, arrojando a la atmósfera unos 800 kilómetros cúbicos de cenizas mezcladas con otros 2.000 kilómetros cúbicos de diversos materiales. La erupción, calificada de magnitud 8 (o “mega-colosal” en el argot de los vulcanólogos), puede considerarse la mayor de las registradas en los últimos 25 millones de años.

Las cenizas alcanzaron las capas más altas de la atmósfera y se extendieron por todo el planeta. Algunos autores consideran que la columna de humo volcánico pudo alcanzar los 40 kilómetros de altura, y lo cierto es que se han encontrado estratos con importantes capas de cenizas, procedentes del Toba, en diferentes emplazamientos de India y China situados a miles de kilómetros de distancia del volcán.

La erupción del Agung en 1963 sirvió para verificar que determinadas alteraciones climáticas pueden ser debidas a erupciones volcánicas.

El escudo de cenizas que se instaló en la atmósfera filtró la radiación solar hasta originar un acusado descenso en la temperatura media del planeta (descenso evaluado en unos 3 grados centígrados), lo que provocó un invierno volcánico global que pudo extenderse a lo largo de unos seis o siete años. En las regiones templadas, señalaron Rampino y Self, la temperatura media pudo llegar a descender unos 15 grados centígrados, lo que provocó una brusca alteración en las condiciones ambientales. Al margen de esos seis o siete años donde el impacto climático de la erupción del Toba pudo ser extremo, también se sospecha que las alteraciones atmosféricas causadas por el volcán provocaron una etapa de frío intenso que se prolongó durante unos 1800 años y que afectó al conjunto de la biodiversidad terrestre.

Un antropólogo también norteamericano, Stanley H. Ambrose, combinó toda esta información con algunas evidencias obtenidas a partir de estudios genéticos en los que se señalaban ciertos “cuellos de botella” en la historia evolutiva de las poblaciones humanas, es decir, momentos en los que se manifestaron reducciones drásticas en el número de individuos. Y una de estas reducciones coincidía, precisamente, con la época en la que el Toba originó un invierno volcánico global. A juicio de Ambrose, la catástrofe colocó casi al borde de la extinción a las diferentes especies de humanos (homo sapiens y neardentales) que entonces poblaban el planeta, de manera que sólo habrían sobrevivido las poblaciones de homo sapiens que vivían en las zonas ecuatoriales.

Ambrose llegó a considerar que este fenómeno también influyó de manera decisiva en la diferenciación humana. El invierno volcánico, argumentó, terminó provocando el aislamiento de unas pocas poblaciones humanas que tuvieron que adaptarse a las condiciones de cada emplazamiento, lo que explicaría, según este antropólogo, la escasa diversidad genética de nuestra especie y, sin embargo, los diferentes caracteres físicos que se manifiestan en las numerosas etnias. Como el propio Ambrose explica: “Cuando la diáspora de los humanos modernos africanos pasó a través del prisma del invierno volcánico del Toba, apareció un arco iris de diferencias”.

Las teorías de Rampino, Self y Ambrose han sido muy discutidas y hoy no se sabe a ciencia cierta cuál fue el verdadero impacto que la monumental erupción del Toba tuvo en las poblaciones humanas de hace 74.000 años. Incluso se discute la intensidad del invierno global originado por el escudo de cenizas que se instaló en la atmósfera, ya que algunos científicos chinos, como Meng-Yang Lee, han demostrado, estudiando los restos de otras mega-erupciones ocurridas hace miles de años, que si bien el bloqueo de las radiaciones solares origina un enfriamiento del clima éste no causa alteraciones a largo plazo y mucho menos origina una glaciación. En el caso del Toba, señalan estas investigaciones, el clima del planeta ya se deslizaba hacia una etapa más fría y la erupción sencillamente aceleró este tránsito.

Un año sin verano

Aunque el ejemplo del Toba es una referencia habitual a la hora de conectar las erupciones volcánicas con ciertas alteraciones climáticas, no es necesario remontarse a sucesos que ocurrieron hace miles de años para certificar esta conexión.

Aunque modifiquemos la escala de nuestro calendario de nuevo tendremos que situarnos en Indonesia, en una pequeña isla llamada Sumbawa donde se ubica el volcán Tambora, protagonista de otra de esas erupciones colosales. En este caso la gran explosión se produjo en los primeros días del mes de abril de 1815, aunque la actividad volcánica se prolongó hasta finales de agosto de ese mismo año, arrojando a la atmósfera unos 30 kilómetros cúbicos de cenizas y otros materiales. La erupción provocó un tsunami que barrió zonas litorales situadas a casi 2.000 kilómetros de distancia, provocando la muerte de más de 80.000 personas. Los vulcanólogos consideran que éste es el mayor cataclismo volcánico de los últimos diez mil años.

Columna de vapor de agua y cenizas durante la erupción del volcán Grimsvötn (Islandia, noviembre 2004).

En su libro El hombre y el clima el físico francés Jacques Labeyrie se atreve a calcular el volumen de cenizas que el Tambora arrojó a la atmósfera: “Es lógico pensar que se hayan inyectado, por encima de los 15 kilómetros de altura, por lo menos 150 millones de toneladas de estas partículas de polvo muy finas. Su dimensión de pocos micrones no les permitió durante varios años caer al nivel del mar”. De acuerdo a los vientos predominantes en las capas altas de la atmósfera y a su diferente orientación e intensidad según las distintas latitudes, Labeyrie explica cómo las cenizas del Tambora terminaron por cubrir todo el planeta y por eso se han encontrado estratos con cenizas procedentes de esta erupción en Groenlandia o en las mesetas heladas de la Antártida.

Pero lo cierto es que a comienzos del siglo XIX nadie se preocupaba por la influencia que una erupción volcánica, localizada en una remota isla del sudeste asiático, pudiera tener en el clima. La conexión entre ambas circunstancias ya había sido esbozada por Benjamin Franklin a finales del siglo XVIII, pero no se demostró como cierta, con las correspondientes evidencias científicas, hasta que en 1963 se estudiaron, precisamente, los efectos de la erupción del volcán Gunung Agung en la isla de Bali.

Sin embargo, y aunque entonces no pudiera establecerse esta relación, la erupción del Tambora provocó una serie de anomalías climáticas bien documentadas que dieron lugar, en 1816, a lo que los historiadores del clima denominan “el año sin verano”.

En un extenso artículo, publicado en la Revista del Aficionado a la Meteorología, la historiadora Carmen Gozalo de Andrés detalla las particulares condiciones ambientales que se registraron en diferentes puntos de Europa durante aquel año atípico. “La ciencia meteorológica de aquel momento”, explica, “no relacionó el continuo velo de polvo atmosférico, ni los deslumbrantes crepúsculos, con la erupción del volcán Tambora, cuya existencia probablemente desconocía. Se contemplaba con estupor el comportamiento del extraño verano que había retrasado las vendimias del sur de Francia hasta los últimos días de octubre y las de la cuenca del Rhin hasta principios de noviembre. En Paris se registraban en el mes de julio temperaturas medias inferiores en 3,5 grados a las normales de aquel mes, y en agosto estos valores eran casi tres grados más bajos”.

Ya que no existen registros meteorológicos que lo puedan certificar, en España se ha recurrido al estudio de fuentes indirectas para comprobar si efectivamente aquel verano también fue anómalo. Los libros de tazmías, donde se anotaban los diezmos que, procedentes de la agricultura y la ganadería, los feligreses entregaban a sus parroquias, son un excelente indicador de la producción agropecuaria y de cómo ésta se veía mermada por circunstancias meteorológicas adversas. “Hecho un estudio comparativo entre las tazmías de los años 1815, 1816 y 1817 en cuarenta localidades cántabras”, detalla Gozalo de Andrés, “se puede asegurar, sin ninguna duda, que Cantabria no disfrutó en 1816 de su habitual verano confortable. Mucho frío, poco sol y excesivas lluvias contribuyeron a reducir las cosechas a cotas de miseria y retrasar su recolección hasta noviembre, ya bien entrado el otoño”.

Un volcán revolucionario

Las repercusiones sociales y políticas de estas anomalías en la producción agroganadera ya se habían estudiado en otros países de Europa, y en algunos casos aparecen también vinculadas a circunstancias climáticas inducidas por erupciones volcánicas.

No muy lejos del volcán Eyjafjall, que en la primavera de 2010 colapsó el tráfico aéreo de toda Europa, se encuentra el Laki, también en suelo islandés, cuya erupción de 1783-84 lanzó a la atmósfera más de diez millones de toneladas de dióxido de azufre que terminaron convirtiéndose en ácido sulfhídrico, un agente muy tóxico que provocó daños gravísimos en la agricultura y la ganadería. Las cenizas expulsadas cubrieron una superficie de más de 8.000 kilómetros cuadrados, y el invierno, como ocurriría poco después con el Tambora, registró unas temperaturas medias más bajas de lo normal. Este cóctel de circunstancias, achacables a la erupción del Laki, provocaron una hambruna que se extendió por gran parte del continente, hambruna que algunos autores consideran el detonante de la Revolución Francesa.

En épocas más recientes se han registrado erupciones de gran calibre cuyo efecto climático ha podido analizarse con mucha más precisión. Los dos ejemplos que suelen citarse son el del Chichón (México, 1982) y el del Pinatubo (Filipinas, 1991). La erupción de este último, situado en la isla de Luzón, lanzó gran cantidad de cenizas a la estratosfera, de manera que terminaron por distribuirse por todo el planeta permaneciendo, las de menor calibre, más de un año sin caer a tierra. Las cenizas llegaron a depositarse a cerca de 2.500 kilómetros de distancia del volcán. En este caso los científicos pudieron determinar el impacto climático de la erupción: la temperatura media del planeta disminuyó en 0,5 grados centígrados. En cierto modo la erupción frenó el calentamiento global, pero, al mismo tiempo, los gases expulsados a las capas altas de la atmósfera aceleraron la destrucción del ozono estratosférico.

Erupción del volcán Colima (México) con la que Sergio Tapiro ha recibido el premio al Mejor Fotógrafo de Viajes 2017 de National Geographic.

La erupción del Pinatubo se combinó, además, con una duración más larga de lo habitual en el fenómeno de El Niño, un calentamiento periódico de las aguas del Pacífico, de manera que los climatólogos certificaron, en 1992 y en diferentes partes del mundo, un invierno excesivamente cálido y un verano con temperaturas demasiado frías.

Estos son ejemplos excepcionales porque lo cierto es que, a corto plazo, no es fácil determinar la influencia de los volcanes en el clima, ya que habría que analizar otras muchas variables (desde la evolución de las capas de nubes hasta la acumulación de nieve en los casquetes polares) y, sobre todo, no se dispone de un registro completo y fiable de la actividad volcánica en todo el planeta. Sólo a lo largo del siglo XX se estima que el número de erupciones volcánicas pudo superar las 3.600, y muchas de ellas pasaron inadvertidas para los científicos.

La naturaleza del material expulsado durante una erupción, explica el meteorólogo Luis Carlos Baldicero, también dificulta identificar sus efectos climáticos. “Cuando se compone de poco dióxido de azufre y muchas partículas, las consecuencias probablemente no se extiendan más allá de seis meses, mientras que si hay abundante dióxido de azufre las repercusiones sobre el clima pueden durar más de dos años. Y otra variable importante es la dirección de los vientos”. Demasiadas circunstancias para poder determinar el impacto climático real de cada una de las erupciones que se producen en el planeta.