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Bis Jansen

Cuando es poseída por la música Janine Jansen se despeina, hace saltar las crines del arco, se agita buscando la mejor expresión del sonido, sonríe en mitad de un torbellino de dolor ajeno…

La he llamado para que se acercara a mi portátil y lo viera con sus propios ojos. Que no mediara palabra, ni juicio. Que no tuviera que enfrentarme a la dificilísima tarea de escoger un adjetivo, o varios, para describir una de las virtudes nucleares de la existencia, uno de los dones que multiplican la intensidad de la vida hasta hacerla extraordinaria o trágicamente insoportable.

La he llamado para que viera a Janine Jansen al violín; apenas unos fragmentos del ensayo de un concierto de Shostakóvich, en el Auditorio Nacional de Madrid, bajo la batuta de Valeri Gergiev. El director, con esa gravedad y ese timbre de voz tan ruso, va relatando el desagarro del compositor y cómo esa carga emocional, que se esconde en las partituras, necesita ser expresada. Es algo más que técnica y comunicación, es pasión, pura pasión.

(Aquí está el vídeo de Janine Jansen y Valeri Gergiev)

He llamado a mi hija Sol para que viera como Janine Jansen es poseída por la música; cómo se despeina, como hace saltar las crines del arco, cómo se agita buscando la mejor expresión del sonido, cómo sonríe en mitad de ese torbellino de dolor ajeno… Sí, ya se que a Janine le han colocado ese adjetivo, algo malicioso, con el que ahora se tiñe casi todo lo que circula por las redes: mediático, mediática… Sí, Janine Jansen es muy mediática y por eso, afortunadamente, puedo traerla a casa, y que la vea mi hija, sin necesidad de viajar al Auditorio Nacional de Madrid o al Barbican Centre de Londres (que tampoco estaría mal, dicho sea de paso…).

DuPre_Big_Laugh

Basta con mirar esta foto de Jacqueline du Pré para saber que en ella también habitaban la pasión y la alegría…

Me gustan estos ejemplos y la casualidad, que nunca es causal del todo, ha querido que justo cuando este blog cumple cinco años lo celebre de la misma manera con que lo inicié: con el ejemplo de mujeres apasionadas. En aquella ocasión (un 5 de febrero de 2011) conté cómo de la mano de Luz Casal llegué, hace bastantes años, hasta Jacqueline du Pré, la extraordinaria violonchelista británica que con sólo 28 años tuvo que retirarse de la interpretación aquejada de esclerosis múltiple. La foto en blanco y negro que ilustra este párrafo lo dice todo a propósito de Jacqueline, igual que ocurre en el vídeo de Janine Jansen.

¿Qué mejor manera de explicarle a mi hija Sol cómo se manifiestan la pasión y la alegría, esas virtudes esquivas e imprescindibles?

(Aquí está el video de Jacqueline du Pré interpretando una sonata de Brahms con Daniel Barenboim)

 

 

Torrente Full

Menuda mezcla: Fray Leopoldo de Alpandeire con Gonzalo Torrente Ballester. Este mestizaje extremo sólo es posible encontrarlo en la pared de una sencilla tiendita de pueblo donde, entre abalorios, se defiende el valor del habla andaluza. (Foto: JMª Montero)

Esta tarde he hecho uno de esos descubrimientos que tanto me gustan. En la tiendita del pueblo, justo debajo de las barbas de Fray Leopoldo y junto a algunos abalorios sinceramente kitsch, los dueños del negocio tienen una fotocopia que recoge, con rigurosa fidelidad, parte de la conferencia que un lejano 10 de mayo de 1985 Gonzalo Torrente Ballester dictó en Bilbao. Conferencia en la que (de acuerdo a la crónica que publicó El País unos días después) el literato gallego afirmó:

Los andaluces son los que mejor hablan el castellano, con independencia de su pronunciación (…). La riqueza léxica y sintáctica de los andaluces es extraordinaria, sobre todo en las clases populares. Cuando voy a Andalucía y caigo al lado de un grupo que está hablando me quedo turulato. En Andalucía están vivas una serie de palabras y de expresiones que han muerto en el resto de España. Es el suyo el arte de burlarse de la gramática para que la frase sea más expresiva“.

Pues eso, que nos reímos hasta de la Real Academia porque lo importante, lo realmente importante, es expresarse, ¿o no? Comunicarse, ¿o no? Hacerse entender, ¿o no? Llama la atención ese discurso cansino y falsamente identitario que reivindica la lengua como arma para no entenderse y así poderse mirar el ombligo, en rigurosa soledad, hasta el aburrimiento; y aún más ridículo es el discurso de esos ignorantes que desprecian el andaluz por considerarlo una variante pobre y cómica del castellano recio.

Algunos amigos que practican otros acentos encuentran el mío divertido, y eso me encanta. Pero los hay (conocidos, no amigos…) que se pasean por esta tierra haciéndose los graciosos, imitando el acento que no tienen (ya quisieran disfrutar de la riqueza de timbre vocálico que hay en el sur) y, lo que es peor, considerándose unos eruditos porque no se comen ni una sola consonante, ni una sola vocal. Sí, efectivamente, alguna de esta gente tan formal es la que, usando tan requetebién el lenguaje, no ha sabido entenderse y a las primeras de cambio se ha liado a garrotazo limpio con el prójimo. El lenguaje, insisto, sirve para expresarse, para comunicarse, para hacerse entender… Lo mismo que la risa y el humor (otro bien escaso en ciertos territorios bienhablados). Lo demás es humo, y lo saben hasta en una humilde tiendita de pueblo…

Copa-Good

Lobbo & Camins & Palir (Nos sobró un poco de vino, nos faltó un poco de tiempo)

Cambié el billete porque no quería correr. Me entretuve con Kandinsky en Cibeles, y también en los vericuetos del Botánico, porque no tenía prisa. No subí las escaleras del Metro de dos en dos ni crucé a la carrera Príncipe de Vergara. No miré el reloj porque me hubiera distraído de esa primera imagen que tanto me gusta (la que se adivina tras las cristaleras cuando aún no he cruzado la puerta), y de esa primera sonrisa en la que nos reconocemos, esa que disuelve, en un instante, todos los instantes transcurridos desde nuestra última cita.

Nunca me dejo convencer por un camarero urgente, aunque su indumentaria y sus modales sean exquisitos o en el tono de su voz haya más imposición que sugerencia. El pudor y la indecisión que me acompañan en tantos otros menesteres no existen cuando tengo que decidirme por un vino. Esa elección minúscula requiere determinación y tiempo, y al cabo resulta decisiva porque ese vino, y sólo ese, va a despertar y enriquecer los sentidos, todos los sentidos, durante un momento único.

Hay que admitir que el arte de beber no tiene su propia Musa, pero a pesar de ello sólo pueden apreciar un buen vino las personas que se dedican a cultivar las musas, que leen poesía y que son capaces de disfrutar de la música aunque no sean músicos y de apreciar la pintura. Estas personas también saben escoger el momento oportuno para trabajar, para pasear, para dormir, para conversar y para leer; sólo ellas saben que el amor y el vino…, en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier manera “.

(La filosofía del vino: ¿Cuándo beber y cuándo no? Béla Hamvas)

En la postal, que había viajado desde Málaga, reconoció de inmediato (con ojos de pianista) el viejo papel pautado, ese que marca el tiempo y el tempo, el compás y la armonía. Tres manos, de un rojo intensísimo, que se buscan (y se encuentran) a una distancia mínima y a una hora exacta: las 10 am (aunque advertí, en cómica impostura, que eran las de una buhardilla bohemia del barrio de Chelsea, en NYC, y no las de un mediodía de invierno en esa terraza cálida y madrileña).

Manos -Good

Bourgeois convertida en una golosina de papel… no homologada. Así es como Daniel, sin hablar ni leer, conoce y sabe. Tinta y saliva.

Daniel -todavía- no saber leer (ni falta que le hace). Daniel -todavía- no sabe de normas, ni de reglas, ni de mandamientos (ni falta que le hace). Daniel -todavía- no sabe quién era Louise Bourgeois ni quién es Jerry Gorovoy (ni falta que le hace). Daniel -todavía- no se preocupa en guardar, ni en ordenar, ni en clasificar (ni falta que le hace). Daniel, en resumen, no calcula, pero sabe distinguir perfectamente lo que le pertenece (lo que es suyo) y por eso lo separa, con un puchero o un manotazo, de todo aquello que le es ajeno, extraño, antipático…

Daniel se come el mundo (literalmente), y por eso los sentimientos -dulces- que viajan anotados, a vuelapluma (azul), sobre esa postal malagueña terminan convertidos en el mejor postre, en una golosina de papel… no homologada (ni falta que le hace). Así es como Daniel, sin hablar ni leer, conoce y sabe. Tinta y saliva.

         “En el vientre materno estamos unidos al mundo a través del cordón umbilical. Después de nacer, a través de la boca. (…) La boca engulle cuanto desea. Y sólo puedo saber lo que algo es si lo saboreo. La boca es la fuente de la experiencia inmediata. El bebé lo sabe: cuando quiere conocer una cosa se la mete en la boca. Pero al crecer lo olvidamos”.

(La filosofía del vino: El universo de la boca. Béla Hamvas)

No recuerdo bien qué comimos, pero sí que recuerdo las flores de Camins, la cáscara de naranja enroscada en la ginebra, el amarillo limón de un Perro Verde, el tiempo (casi) detenido, el tintineo de las copas que iban y venían, el corcho y el chupete (hermanados) esperando su momento, esperando volver a la boca… Y, sobre todo, nos recuerdo  hablando y riendo, sin pausa, como siempre que, en un instante, disolvemos todos los instantes transcurridos desde nuestra última cita.

Nos sobró un poco de vino y nos faltó un poco de tiempo. Tú te llevaste el vino y yo, finalmente, tuve que mirar el reloj para no perder el tren…

La conversación, la risa y el vino están conectados de un modo especialmente íntimo y profundamente humano

(Sobrebeber. Kingsley Amis)

David-Good

David García-Intriago (meditabundo entre copas y público) es el autor, director y actor de “Oh, vino”, una lúdica, lúcida, espiritual, dionisiaca, irreverente y culta exaltación de la vida… y el vino (pero, ¿no son la misma cosa?).

 

PD: David recitó pausadamente este bellísimo epitafio que, lejos de las costas turcas, hoy reposa, aburrido, en un museo danés:

Brilla mientras estés vivo. Sé alegre, que nada te perturbe. Que la vida pasa y el tiempo se cobra su derecho“.

(Epitafio de Seikilos, la composición musical completa más antigua que se conserva; un “escolión”, canción de bebida, que hace más de 2.200 años Sícilo talló en una columna de mármol sobre la tumba de su esposa Euterpe).

Porque nada es casual, la vieja canción de Sícilo me llevó, sin prisa, del Auditorio Nacional de Música al Museo del Vino de Málaga. Y allí, en la plaza de los Viñeros, me vi de nuevo agarrado a una copa (de Botani, garnacha malagueña con una etiqueta tan hermosa como la de Camins), recordando y celebrando, imaginando, resistiéndome al paso del tiempo…

         “Al final quedaron dos, Dios y el vino”

(La filosofía del vino: Un libro de plegarias para ateos. Béla Hamvas)

 

 

 

 

Terremoto

¿Existen animales capaces de predecir los terremotos? Lo que se consideraba fruto de la superstición parece ser, sin embargo, una muestra más de la minuciosa capacidad de observación de las poblaciones rurales, muy atentas al comportamiento de los seres vivos con los que conviven a diario.

 

Los terremotos que, desde el pasado mes de diciembre, se vienen registrando al sur del Mar de Alborán, y que se han dejado sentir en numerosas localidades andaluzas, han puesto una vez más de manifiesto las limitaciones a las que se enfrenta la Ciencia cuando trata de predecir este tipo de fenómenos naturales. Aún en zonas de elevado riesgo sísmico, plagadas de sensores y vigiladas de forma permanente, se producen temblores inesperados que pueden llegar a ser catastróficos. Curiosamente, científicos andaluces describieron, hace ya más de quince años, cómo algunos animales perciben los terremotos, incluso antes de que estos se produzcan, y cómo esta cualidad se refleja en su comportamiento o en el metabolismo de alguno de sus órganos vitales, aunque no fueron capaces de precisar el funcionamiento exacto de este sistema de alerta natural.

Nadie suele otorgar rigor científico a los relatos, muy extendidos en el medio rural, en los que determinados animales se convierten en profetas de una catástrofe. En el caso de los terremotos es frecuente oír hablar de pájaros que cantan en plena noche, perros que no dejan de aullar en tono lastimero, caballos que se muestran excitados sin motivo o roedores que abandonan precipitadamente sus madrigueras. Comportamientos anómalos a los que sigue, si hacemos caso a la tradición oral de muchos de nuestros pueblos, un movimiento sísmico de cierta importancia.

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La observación del comportamiento animal fue decisiva para predecir el terremoto de Liaoning (China, 1975).

Esta creencia no es exclusiva de nuestro territorio. Cuando las autoridades chinas, tratando de profundizar en el conocimiento de los terremotos, revisaron todas las citas históricas en las que se hacía mención a uno de estos fenómenos encontraron argumentos similares. En la mayoría de los casos, los cronistas anotaban comportamientos extraños en algunos animales antes de producirse el temblor. Ya que esta afirmación se repetía en numerosos documentos, y a lo largo de varios siglos, se llevó a cabo un ambicioso experimento. Durante el verano de 1974, y en la provincia de Liaoning, en Manchuria, los sismógrafos advertían de una importante actividad que podía interpretarse como el anuncio de un gran terremoto. A la población se le pidió que comunicara cualquier anomalía relacionada con el comportamiento de los animales, y se reclutó a un grupo de más de 100.000 voluntarios para que transmitieran sus observaciones. Pasados seis meses comenzaron a acumularse los relatos de extraños hechos: reptiles que despertaban de su letargo invernal y aparecían muertos sobre la nieve; ratas que salían por docenas de sus escondites en pleno día; caballos que huían despavoridos de los establos o gallinas que, asustadas, se encaramaban a la copa de los árboles. Los especialistas interpretaron que el temblor estaba cerca y organizaron un minucioso plan de evacuación. El 4 de febrero de 1975, pocas horas después de que la población se hubiera puesto a salvo, un terremoto, que alcanzó una magnitud de 7,3 en la escala de Richter, arrasó Liaoning.

Sismólogos de todo el mundo comenzaron a interesarse por informaciones que hasta entonces habían despreciado. Los japoneses, por ejemplo, rescataron la vieja tradición de observar el comportamiento de los siluros, peces de agua dulce a los que popularmente se atribuía la facultad de anunciar temblores de tierra, y los norteamericanos revisaron los archivos del terremoto de San Francisco (1906) para estudiar detenidamente las referencias que en ellos se hacía a la extraña actitud de algunos animales en los momentos previos a la catástrofe. Sin embargo, en julio de 1976, un nuevo seísmo sacudió la región china de Tangshan, sin que se advirtiera de ninguna anomalía o señal que lo anunciara. Se registraron más de 650.000 muertos y cerca de 800.000 heridos. Los sistemas de predicción volvieron a cuestionarse.

Las modificaciones en el comportamiento animal, advirtieron algunos especialistas, no dejaban de ser un factor subjetivo, cuya interpretación dependía del observador que las anotara y su cualificación. No podía considerarse, por tanto, una referencia científicamente fiable, a no ser que se encontraran otros parámetros más objetivos, justamente los que a finales de los años 90 del pasado siglo describieron un grupo de investigadores andaluces que, paradójicamente, nada tenían que ver con el mundo de la sismología.

Manuel Repetto, entonces director del Instituto Nacional de Toxicología en Sevilla, hacía tiempo que venía observando cómo algunas de las analíticas que se les realizaban a determinados animales de laboratorio arrojaban, sin motivo aparente, datos extraños en fechas muy concretas. Estas pruebas se consideraban inválidas, pero aún así eran archivadas. Un día, recordaba en 1999 Repetto, “la aparición de estos análisis anormales coincidió con una serie de terremotos en Italia y pensamos que, quizá, ambos hechos estaban relacionados, así es que solicitamos una relación histórica de terremotos de cierta intensidad, y con ella nos fuimos al archivo en donde conservábamos la relación de nuestros análisis fallidos”.

Para sorpresa de estos investigadores, seísmos y resultados anormales en algunas pruebas de laboratorio coincidían en muchos casos. Es más, añadía entonces Repetto, “cuando recopilamos información a propósito de otros fenómenos naturales vimos que también afectaban”. Días de grandes tormentas o eclipses provocaban alteraciones significativas en algunos parámetros bioquímicos de los animales usados en experimentación, “y esto no es una opinión subjetiva, sino un dato objetivo, una cifra que se puede medir”, advertía este toxicólogo. Por ejemplo, en el caso de las ratas comprobaron cómo “son capaces de detectar la existencia de movimientos sísmicos ocurridos a grandes distancias del laboratorio, y que el estrés que este hecho les produce se pone de manifiesto en una brusca disminución del glucógeno hepático, que puede quedar reducido a menos del 10 % de sus valores normales”.

A veces se trataba de terremotos registrados en Andalucía, pero también se observó la influencia de seísmos cuyo epicentro estaba en otras regiones o países del entorno. De la misma manera, las alteraciones de las analíticas aparecían coincidiendo con el temblor y, en algunas ocasiones, horas antes de que este se produjera. Las ratas de laboratorio parecen ser las más sensibles a estos fenómenos, aunque también se registraron anomalías en el metabolismo de conejos, cobayas y perros. Los datos recogidos mostraban alteraciones en el normal funcionamiento de órganos como el hígado o el cerebro, aunque no llegaron a precisarse de qué manera se activan estos mecanismos de alerta.

Nerja

El terremoto de la madrugada del 25.1.16 tal y como se anotó en el sismógrafo de Nerja (Málaga).

Los investigadores del Instituto Nacional de Toxicología reconocían, en una de las comunicaciones científicas dedicadas a esta anomalía, “que la relación causa-efecto de este tipo de fenómeno es difícil de demostrar de forma inequívoca, ya que son aleatorios, la coincidencia es fruto de la casualidad y no son susceptibles de experimentación”. Aún así, añadían en el mismo documento, “resulta evidente la necesidad de tener en cuenta estas interacciones en la experimentación animal”. Dicho de otra manera: aunque los terremotos son percibidos por algunas especies, originando en ellas diversas respuestas bioquímicas, esta situación no se da en todos los casos y no parece fácil determinar por qué ocurre así.

Algunos expertos sospechan que los animales perciben en estos casos algún tipo de alteración eléctrica causada por el seísmo, algo parecido a lo que ocurre cuando se fragua una tormenta y el aire se carga de iones positivos provocando desasosiego y nerviosismo en algunas personas. Los criadores de toros bravos saben que cuando sopla levante, un viento saturado de iones positivos, aumenta la agresividad de las reses y que en las corridas lidiadas en estas circunstancias cambia la forma de embestida. También es posible que los temblores originen cambios en el campo electromagnético natural, como los que provocan las erupciones solares, fenómeno que se ha relacionado, por ejemplo, con un aumento de la fertilidad en algunas especies animales.

Toda esta información, que de forma detallada se hizo pública en congresos y revistas especializadas, es prácticamente desconocida por los sismólogos ya que se dirigía exclusivamente a sectores relacionados con la medicina o la toxicología. “Nuestro objetivo”, precisaba Repetto, “era señalar la existencia de algunos factores, que hasta entonces no se tenían en cuenta, capaces de alterar el resultado de algunas analíticas, no el establecer un sistema que permitiera avanzar en la predicción de los terremotos”.

Estudios posteriores, específicamente destinados a analizar la relación entre el comportamiento animal y los terremotos, han aportado nuevas pruebas que refuerzan las tesis de aquellos trabajos localizados en Andalucía y también algunas de las hipótesis avanzadas por los investigadores. Efectivamente, como demostraron entre 2011 y 2015 científicos de la Universidad Anglia Ruskin (Reino Unido), ciertos animales modifican de manera notable su comportamiento días antes de que se produzca un seísmo, hecho que analizaron en el entorno de Contamana (Perú).

Una de las causas más probables de la respuesta inusual de los animales ante este tipo de fenómenos, precisan los investigadores británicos, “son los iones con carga positiva presentes en el aire, que se sabe se generan en grandes cantidades en la superficie terrestre cuando las rocas de las capas profundas son sometidas a las tensiones crecientes previas al terremoto”.

En el caso de Contamana los científicos identificaron “perturbaciones en la ionosfera, las cuales comenzaron dos semanas antes de un terremoto de magnitud 7”. Se midió una fluctuación particularmente grande ocho días antes del seísmo, coincidiendo con una disminución relevante en la actividad de los animales. Una carga inusualmente elevada de iones positivos en el aire pudo ser la causante de “efectos adversos en animales y humanos, como el síndrome de la serotonina, causado por un aumento en la concentración de este neurotransmisor”, circunstancia que puede provocar inquietud, agitación, hiperactividad y confusión.

Lo que se consideraba fruto de la superstición parece ser, sin embargo, una muestra más de la minuciosa capacidad de observación de las poblaciones rurales, muy atentas al comportamiento de los seres vivos con los que conviven a diario. La Ciencia aporta ya algunas evidencias que ratifican lo que en el saber popular apenas se intuía: existen los profetas de terremotos.

 

Poema

Me gustan los años repletos de encrucijadas, de escaleras que no sabes si son para subir o para bajar, de puertas entreabiertas, de citas… No se si esta foto la hice subiendo o bajando las escaleras de Shakespeare & Co., en París, el pasado 13 de diciembre al anochecer. Pero, ¿qué más da si subía o bajaba? Lo que me gusta es la cita (del poeta sufí Hafez de Shiraz) que esconden los peldaños, te lleven al cielo o al infierno: “I wish I could show you, when you are lonely or in darkness, the astonishing light of your own being” (“Quisiera poder mostrarte, cuando te sientas solo o en la oscuridad, la asombrosa luz de tu propio ser”) – Foto: José María Montero.

No se si llamarlo balance o exorcismo. Se acaba el mes de enero y lanzo la última mirada al retrovisor. Allí, a lo lejos, todavía se adivinan las luces (y las sombras) del año que se fué. Todavía las reconozco y me reconozco en ellas. En unos días pasarán al archivo de los recuerdos; en pocos meses me resultará difícil describir de memoria aquellos días felices o las jornadas más tristes; bastará un lustro para nombrarlo como un año más y reducir sus 8.760 horas a unos minutos de conversación intrascendente.

Todavía lo reconozco y me reconozco, gracias a este blog, en ese 2015 que se marchó  y del que he decidido disecar quince párrafos, quince pájaros que ya no cantan pero que aquí exhiben, en pose inmortal, sus alas multicolor, aunque ya no sirvan para viajar a ningún sitio.

El verbo vuela pero lo escrito permanece…

Anotaciones al margen / sábado, 24 de enero de 2015

En esos esquemas garabateados hay muchas ideas, las que quiero exponer, y también muchos sentimientos que no expongo, pero que necesito sentir cerca, con la evidencia que proporciona la palabra escrita. (…) Al fin y al cabo, la vida está llena de anotaciones al margen…

Let it be / viernes, 18 de marzo de 2015

No hay soluciones milagrosas y los dogmas de poco sirven frente a las sorpresas que nos regala la vida (si estamos dispuestos a aceptarlas), así es que, con frecuencia, lo mejor es dejar que las cosas sean… como tengan que ser. Y disfrutar de esa flexibilidad que tanto se parece al asombro, incondicional, con el que los niños viven lo cotidiano y lo extraordinario.

Sueño con torrijas / jueves, 2 de abril de 2015

Liberada de ataduras, sin filtros que atemperen sus desmanes ni sordinas que dulcifiquen sus estridencias, la mente, esa gran fábrica de ideas, hace de la noche el patio de su recreo. A veces saca a pasear a los fantasmas y se empeña en revisar, uno a uno, todos los miedos que andábamos ocultando, y otras se entretiene jugando con recuerdos, dulces, que ya habíamos olvidado, o con proyectos, apetecibles o absurdos, que nunca llevamos a cabo.

Guerras perdidas, cenizas en el aire / jueves, 28 de mayo de 2015

Desde que escuché aquella primera canción de Tequila la música de Ariel Rot forma parte de la banda sonora de mi vida, hasta el punto de que hay recuerdos que no existirían, o se habrían extinguido, si sus acordes y su voz no les hubieran imprimido sentido y eternidad. (…) El del viernes no fue un concierto extraordinario, es cierto, pero la noche fue bonita y la celebramos con la felicidad de siempre, la que nos viene acompañando desde aquel Madrid de los ochenta y a la que no pensamos renunciar mientras tengamos amig@s que la alimenten con sus sonrisas y esparzan las cenizas, todas las cenizas, en el aire de la madrugada.

El lenguaje (oculto) de las ciudades / martes, 9 de junio de 2015

En la urbe más deshumanizada los escaparates hablan, en un delicioso francés, de amor, de placer, de pasión… y reservan el inglés para la locura. En los viejos muros de un puente, oculta entre yedras, está ella ; y en la parada del tranvía se reivindica la libertad. La vida es breve, nos recuerda el fragmento luminoso de un anuncio que nos vende algo innecesario. ¿Mejor? nos interroga la valla que oculta un triste solar. Hay belleza, y hay magia, y hay sueños

Tartar de atún rojo / sábado, 18 de julio de 2015

La cocina es generosidad y abundancia, por eso no entiendo a los que practican una cocina de estrechuras en la que cualquier ingrediente se juzga, en su dosis o cantidad, como excesivo. Desconfío, no puedo evitarlo, de aquellos que nos escatiman los placeres y miden, con estricta severidad, las porciones de felicidad que vamos a consumir. Los miro como el que teme al rancio moralista que juzga lo que es bueno o malo y, en consecuencia, dicta condena y establece la penitencia exacta. Ni más, ni menos. Una forma de cocinar ridícula que traiciona la misma esencia de la cocina que no es sino la búsqueda del placer a través de los alimentos.

Las pistas que cacé con mi rotulador verde (letras de verano) / sábado, 1 de agosto de 2015

¿Quién dijo que escribir es difícil? A veces lo que más cuesta es no escribir, y quizá esa obligada contención, a la que me estoy entregando este verano casi como un sacerdocio, es la que explica la necesidad desmedida de leer, y leer, y leer… y releer. Si no puedo explicarme, al menos que sean otros los que se expliquen, y me lo cuenten, en silencio, al borde del mar, en el porche que mira al jardín o entre los pliegues de la almohada (bien pasada la medianoche). Las letras de este verano me quieren decir algo, pero no tengo ni idea de qué es lo que me quieren decir…

Si pero no (y viceversa) / domingo, 16 de agosto de 2015

De él aprendí que, a menudo, la contradicción es el camino más diáfano para llegar a la verdad” (Patti Smith, Éramos unos niños)

Cada vez me gustan menos las certezas, cada vez creo menos en ellas, cada vez me producen más insatisfacción. Lo que lamento es no haber aprendido aún a dejar de perseguirlas porque, con el clásico proceder absurdo con el que acostumbramos a vivir, voy detrás de ellas aún sabiendo que no me van a procurar satisfacción y que, incluso, si me descuido, terminarán por hacerme daño. En demasiadas ocasiones me contemplo como esas mariposillas nocturnas que revolotean en torno a la farola del jardín, tomándola por el centro indiscutible del Universo, hasta que terminan por achicharrarse en la superficie ardiente de una simple bombilla.

Ven / viernes, 4 de septiembre de 2015

Me dijo “ven”. Posiblemente yo contesté “voy”.

Rendido, cubierto de salitre, con la piel quemada y los pies emborrizados en arena me escapaba del abrazo y corría a la destartalada DKW, con su toldo de rayas azules y grises bien estirado; y allí, donde mi madre pasaba el día con el pelo recogido, me refugiaba del miedo y del deseo. Hasta allí no llegaba el olor a algas, ni las olas me salpicaban la cara. Allí, debajo del toldo, la sombra sólo prometía rutina, dulce rutina, aburrida rutina de verano.

Hoy es 4 de septiembre, y aunque el calendario me contradiga es el final del verano…

Habla Louise / lunes, 28 de septiembre de 2015

Hay momentos en que la palabra es tan poderosa, hay tanta densidad en la frase con la que Louise habla del miedo o de la sublimación, que la voz se hace la dueña de la estancia y borra el llanto, lejano, de algún niño, el rumor de los visitantes, ajenos a este ritual, y hasta la respiración del pequeño grupo que rodea, que rodeamos, a Virginia y Elena. Un instante después, como en un vaivén, la tensión verbal se reduce y aparece la mirada. Ya no está perdida ni ensimismada. Ahora los ojos de Elena y Virginia buscan al espectador y cuando lo encuentran, cuando encuentran sus ojos, hay un chispazo de complicidad.

Hoy día todo se reduce a un asunto de miradas y palabras, como se puede observar. Las miradas nos resultan bastante más importantes que las palabras. Las miradas no pueden engañar” (Miradas y palabras, Louise Bourgeois).

Mujeres luminosas / viernes, 2 de octubre de 2015

Me gustan las mujeres luminosas. Al cabo de los años admito que las busco de manera intencionada, las identifico entre la multitud y, finalmente, casi siempre, nos reconocemos (como sostenía Vinicius de Moraes). Pero no es menos cierto que el azar, caprichoso, también me regala encuentros fortuitos con mujeres que atesoran el carácter, el criterio y la determinación que tanto necesito para sostener mi vitalidad. Encuentros fugaces pero decisivos, porque en ellos pesa más el azar que la rutina, lo incierto que lo previsto.

Pensar, decir, hacer… / lunes, 12 de octubre de 2015

A diferencia de Uri Geller ni tu ni yo podemos cambiar nada con un simple pensamiento. Por más que pensemos y pensemos y pensemos… no hay acción. Ni doblamos cucharillas, ni detenemos el tictac de los relojes, ni nos deshacemos… Bastaría una caricia, el roce de un dedo, el aliento entrecortado agitando el vello de la nuca, una gota de sudor – o una lágrima- salpicando la mejilla, las manos entrelazadas… Qué se yo… Bastaría dar un paso, pequeño, que convirtiera el pensamiento en acción para que se produjera un cambio.

Pensar mucho, y no hacer nada, sólo conduce a la melancolía… Y la palabra, aunque poderosa, no es suficiente.

Los pensamientos son las sombras de nuestros sentimientos” (Nietzsche)

Música homicida (un otoño Extremoduro) / domingo, 8 de noviembre de 2015

Música para disolver los recuerdos, para crear cortocircuitos en las sinapsis que codifican y almacenan las imágenes de aquello que pasó y ya no está, de aquello que sentimos y que ahora es vacío. No siempre la música es una herramienta para la evocación, o quizá por eso, porque tiene un enorme poder de evocación es por lo que se hacen necesarios elementos musicales cuya función es justamente la contraria: ayudar a olvidar. (…) Por eso mismo, porque nada es caprichoso en ese canto interior, es por lo que yo uso música para borrar recuerdos. No es algo consciente y, por tanto, no hay intención manifiesta, pero cuando un determinado tipo de música me domina con un grado de exclusividad desproporcionado sé que ha comenzado el exorcismo, reconozco a mi cerebro en el sano ejercicio de olvidar lo que debe ser olvidado para dejar así sitio a la sonrisa y el optimismo. Para dejar espacio al futuro.

En manos del destino / lunes, 21 de diciembre de 2015

Desperté en lugares desconocidos. Crucé bosques al anochecer. Me interné (sin miedo) en las tormentas, buscando un arcoiris. Canté en el coche, al otro lado de la frontera. Descubrí palabras ocultas en las calles de Barcelona, en los escaparates de Estrasburgo, en las azoteas de París, en los acantilados de Swanage, en las bodegas de Valladolid, en las cristaleras de Cádiz, en los portales de Madrid… Cociné, leí, escribí. Regalé. Sonreí. Lloré. Confesé lo que sentía. Escuché. Agarré trenes que me llevaron hasta Bourgeois y Munch. Me entregué a un chaparrón de madrugada. Amé. Descorché cientos de botellas de vino. Cité a Sacks, a Robe, a Patti, a Stevenson, a Benedetti, a Frida, a Catulo… Susurré. Acaricié. Desaparecí en una fiesta. Me hiciste madrugar. Me hiciste reir. Respiré. Volé. Dormí. Soñé.

No, no me he aburrido, pero, eso sí, me he pasado el año huyendo de los aburridos y de los salvapatrias, corriendo en la dirección contraria. Tratando de evitar a los desleales y a los egoístas que, disfrazados, te esperan en cualquier revuelta del camino como bandoleros. No tengo tiempo para ellos, ni para ellas, lo siento. La vida es corta y con personajes así se hace, además, pequeña, muy pequeña, e innecesariamente retorcida.

El espíritu de París / martes, 29 de diciembre de 2015

Sí, además de la fiesta del Players, apuramos los minutos en la capital francesa para perdernos por Le Marais, para visitar (en peregrinación) Shakespeare&Co., para cenar en algún rincón animado de Cour des Petites Écuries (¡gracias Pauline!), en una mesa bohemia de la Rue du Faubourg Saint Denis o en la brasserie más noctámbula de la Rue La Fayette (¡gracias Nieves!); para comprar vino en Nicolas y queso en el mercado navideño de Champs Elysées, para escuchar, en vivo, a Vanina de Franco en el 56 de la Rue Rivoli y a la Piaf en Concorde, para pasear de madrugada (perdidos y felices) buscando el Bulevard Montmartre, para compartir el dolor y el silencio en la Place de la République

Tuvimos tiempo para comprobar que París no se rinde, para asegurarnos que el espíritu de esta ciudad, libre y luminosa, es más poderoso que el terror, que cualquier terror. Tuvimos tiempo de hacerle frente a la zozobra de un futuro incierto con la alegría que siempre te regala esta ciudad donde (casi) todo es posible. Tuvimos tiempo de vivir y de soñar…

 

PD: Hoy es 24 de enero y, por tanto, la Tierra, como en aquel pequeño vals, ha dado una vuelta completa alrededor del Sol para dejarme exactamente en el mismo lugar. ¿Somos nosotros los que, de manera mansa e imperceptible, volvemos al punto de partida, una y otra vez, o es el universo entero el que gira para regalarnos una segunda oportunidad? Convencidos de que el curso del tiempo es lineal e irreversible no admitimos esos misteriosos bucles a los que tanto esfuerzo dedican poetas y físicos, emparejados, aunque resulte extraño, en la búsqueda de una explicación a esa paradoja que traiciona los relojes, los calendarios y las agendas.

Vuelvo al mismo lugar pero… ya no soy el mismo.

Cada tictac es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite. Y hay en ella cada intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir. Que cada uno lo resuelva como pueda…”   (Frida Kahlo)

 

 

 

 

Paco Simó

Francisco Simó (Paco, el de la bomba) no recibió ni las prometidas gratificaciones ni un barco de pesca con el que sustuir al que resultó dañado durante el incidente. El Gobierno norteamericano le pagó con una medalla y un certificado de agradecimiento…

Ayer se cumplieron 50 años del incidente de Palomares (Almería), uno de los sucesos más graves en los que se han visto involucrados artefactos nucleares. A las 10:22 de la mañana de aquel lunes de 1966 chocaban un bombadero B-52 y un avión cisterna KC-135, ambos del Ejército de los Estados Unidos, durante la delicada operación de repostaje en vuelo. El primero, cargado con cuatro bombas de hidrógeno de 1,5 megatones cada una (100 veces más potentes que las que se lanzaron en Hiroshima y Nagasaki), iba camino de Carolina del Norte (EEUU) y el segundo procedía de Morón (Sevilla).

El choque se produjo sobre la vertical del río Almanzora, en tierras almerienses, y los aviones quedaron lteralmente pulverizados mientras que las bombas caían en diferentes puntos. Tres de los artefactos, que afortunadamente no llegaron a explotar, se localizaron y desactivaron pocas horas después del accidente. Pero, ¿dónde estaba la cuarta bomba termonuclear? Para encontrarla los militares consumieron ochenta días de angustiosa búsqueda que concluyó gracias a las precisas indicaciones de un pescador murciano al que nadie inicialmente prestó crédito y al que tampoco gratificaron cuando, finalmente, los norteamericanos reconocieron el mérito del hallazgo. La cuarta bomba se localizó en aguas del Mediterráneo, a cinco millas de la costa y a casi 900 metros de profundidad.

El 1984, coincidiendo con el 18 aniversario del incidente, tuve ocasión de entrevistar a aquel pescador, a Francisco Simó, Paco el de la bomba. Yo tenía 20 años recién cumplidos, trabajaba en el diario Nueva Andalucía y era capaz, como el resto de mis compañeros, como el resto de los periodistas de entonces, de armar un buen reportaje usando un teléfono fijo y una libreta, algo de imaginación y mucha paciencia.

Hoy me he asomado a mi hemeroteca doméstica para rescatar un fragmento de aquel reportaje, un sencillo homenaje a un hombre sencillo.

“Ayer, 18 años después de su sensacional descubrimiento, Francisco Simó faenaba como cualquier día en aguas almerienses. Este tarraconense, afincado hace ya bastantes años en Águilas (Murcia), gobernaba su buque Fonset recordando, tal vez, aquel viejo Manuel Orts en el que, junto a Jesús el Belele y otros compañeros, navegaba el 17 de enero de 1966 frente a las costas de Palomares.

Paco, con sólo unas referencias geográficas rudimentarias, superó la infalible precisión de “la parafernalia yanqui”. Como muestra queda el dato de que Francisco logró localizar, 80 días después del accidente, el lugar exacto donde había “pescado la bomba”, mientras que los americanos necesitaron de una semana de rastreo para situar el lugar que Francisco les había indicado.

Rápidamente, y como era habitual en la época, se organizó un fastuoso homenaje al pescador. El embajador norteamericano, Angier B. Duke, lo recibió solemnemente en Madrid, imponiéndole una medalla y otorgándole un certificado oficial de gratitud. Después vinieron las promesas: los americanos anunciaron gratificaciones, los españoles un nuevo barco de pesca… Paco, el de la bomba, sigue hoy viviendo de la pesca, faenando en embarcaciones que ha pagado de su bolsillo y, seguramente, habrá olvidado todas esas falsas promesas.

PAco Simó II

Con esta doble página nos despachamos en el Nueva Andalucía el 18 de enero de 1984, 18 años después del incidente de Palomares.

Pero lo que Francisco no podrá olvidar tan fácilmente es el día en el que se decidió a sentar en el banquillo de los acusados al Gobierno de los Estados Unidos. Francisco Simó entabló un pleito (que por supuesto perdió) por el que exigía del Gobierno yanqui 5 millones de dólares -de los de 1966-, cantidad en la que cifró el ahorro que le había supuesto a la Marina norteamericana su trabajo, el haber localizado con precisión el artefacto.

Paco humilló a los orgullosos norteamericanos que, finalmente, tuvieron que reconocer la valiosa ayuda del pescador. Eso sí, como lamenta ahora, “sin soltar ni un duro”.

Hoy, Paco, el de la bomba, seguirá faenando en el Fonset y rezará para que sus redes no vuelvan a topar con ninguna bomba H. Es mucho mejor.

(José María Montero para Nueva Andalucía, 18 de enero de 1984, páginas 12 y 13)

Francisco Simó falleció el 4 de septiembre de 2003, en Águilas (Murcia).

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Cada mañana, antes de encerrarme en Le Bourget, disfrutaba del amanecer desde la pequeña terraza de mi habitación. El espíritu de París latía en el Bulevard Montmartre aún en penumbra… (Foto: José María Montero)

Centro de Convenciones París-Le Bourget // 30 de noviembre – 12 de diciembre

En los pasillos de la COP21, la Conferencia Internacional sobre Cambio Climático, lo llamaban “el espíritu de París”, una actitud de generoso entendimiento entre gobiernos muy dispares que salvó el acuerdo en los momentos más delicados de la negociación. Una actitud que servía para recordarnos, a los que asistimos al cónclave, que todos somos habitantes de un único planeta, de un planeta único.

Un planeta, por cierto, para el que resulta intrascendente el cambio climático: sencillamente se adaptaría al nuevo escenario, donde, en la nómina de la biodiversidad, habría perdedores pero también ganadores. La única víctima indiscutible de una subida catastrófica de la temperatura media de la Tierra sería la Humanidad; los únicos que veríamos hipotecado, sin duda ninguna, nuestro futuro seríamos los seres humanos. Por eso el acuerdo de París, más allá de cuestiones ambientales, puede ser el primer ejemplo, aunque tímido e insuficiente, de un nuevo estilo de diplomacia multilateral, de un nuevo modelo de gobernanza planetaria en el que la práctica totalidad de las naciones del mundo, con características culturales y políticas muy diferentes, son capaces de ponerse de acuerdo en favor del bien común.

Las negociaciones de la Cumbre del Clima han sido una muestra de la mejor diplomacia (en manos, sobre todo, de Laurent Fabius) y también de la mejor disposición, porque no es fácil hacer coincidir en una sola idea a 195 países (más la Unión Europea).

Pero, afortunadamente, no todo estaba en manos de los negociadores…

Le Players – Rue de Montmartre, 161 // 13 de diciembre – 02:10 am

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Afortunadamente, el acuerdo no sólo estaba en manos de los negociadores… Los ciudadanos consiguieron pintar algunas líneas rojas en los pasillos de la COP21 (Foto: José María Montero)

Mientras las delegaciones oficiales peleaban los borradores del acuerdo línea a línea, párrafo a párrafo, el espíritu de París no sólo habitaba en esas maratonianas sesiones de debate político, alejadas (demasiado alejadas) de la calle, del sentir de los ciudadanos. Ese espíritu estaba presente, con especial intensidad, en los miles de observadores que asistían a la Cumbre y que representaban a centenares de organizaciones no gubernamentales repartidas por todo el planeta. Ellos eran la voz de los que no estaban en la Cumbre, la voz de los más vulnerables, la voz de los olvidados, la voz de los que ni siquiera saben qué es el cambio climático, la voz de los que no tienen voz. Ellos se ocuparon de recordar a los políticos que todos los que nos dábamos cita en Le Bourget habíamos recibido una suerte de mandato de más de 7.000 millones de seres humanos, y que no podíamos traicionar ese mandato que hablaba de nuestra propia supervivencia.

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¿Qué hubiera sido de nosotros sin los observadores? David (SEO-BirdLife), Alice (Avaaz), Tatiana (Greenpeace) y Mariana (WWF) me ayudaron a entender algunas de las claves que escondía la Cumbre.

Para nosotros, los más de 3.000 periodistas acreditados en la COP21, los observadores fueron un elemento decisivo porque, sorteando el ruido y la confusión, pusieron el acento en lo fundamental; porque nos conectaron con la verdadera trascendencia social del cambio climático; porque nos ayudaron a interpretar las claves de una negociación farragosa; porque desbrozaron los documentos hasta convertirlos en textos comprensibles; porque nos señalaron cuáles eran las líneas rojas que no debían cruzarse y las obligaciones a las que no debíamos renunciar.

Uno de los análisis más lúcidos que he leído a propósito del acuerdo, de cómo se gestó, de qué esperanzas ha alimentado y de qué expectativas ha frustrado, es el que George Monbiot firmó en The Guardian. El comienzo del artículo es brillante, porque establece una llamativa paradoja en la que estábamos de acuerdo muchos de los que asistimos al cónclave del clima: “By comparison to what it could have been, it’s a miracle. By comparison to what it should have been, it’s a disaster” (“En comparación con lo que podría haber sido, es un milagro. Pero en comparación con lo que debería haber sido, es un desastre”). Y en ese difícil equilibrio nos encontramos ahora, entre el milagro y el desastre. Y la fórmula para sortear ese equilibrio sin precipitarnos al vacío también nos la explicaron los observadores. Es obvia, poco sofisticada, pero, aún así, solemos olvidarla: mañana hay que seguir trabajando, todos, para que la balanza caiga del lado del milagro.

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Porque el rigor y la risa no están reñidos… Las largas horas en el multitudinario Media Center de Le Bourget se hicieron más llevaderas con colegas como Miguel G. Corral (El Mundo).

Además de toda esa labor de presión y análisis, buena parte de los observadores, reunidos en CAN (Climate Action Network), hicieron algo aparentemente banal pero igualmente decisivo en un encuentro de esta naturaleza: convocar una fiesta para estrechar aún más los lazos que a tantos desconocidos nos habían unido durante tantas horas. La Cumbre se humanizó en Le Players la madrugada del 13 de diciembre, pocas horas después de haberse firmado el acuerdo, y aún no me explico de dónde sacamos fuerzas (después de una semana con jornadas de trabajo de 16 horas non-stop) para abrazarnos, para cantar, para bailar y para celebrar, con ese ritual tan humano que es la fiesta espontánea y el contacto desinhibido, que el espíritu de París nos unía, nos uniría siempre, fuera cual fuera nuestra procedencia. Que el milagro es posible.

[Anotación al margen: por muy seria que sea la cuestión que nos ocupe desconfío de aquellos que no encuentran un motivo para abrazarse, cantar y bailar. En la expresión de la alegría más simple quizá está el secreto que nos permite enfrentarnos a los retos más complejos.]

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¿Cómo es posible que acabara abrazado a Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, cerca de las tres de la madrugada en la pista de baile de un club de la rue Montmartre? Cosas del espíritu de París… (Foto: una observadora anónima de CAN).

A eso de las dos de la madrugada, y en un gesto que le honra (además de los muchos que, en la sombra, fue tejiendo para hacer más fácil el trabajo de Fabius), Christiana Figueres, Secretaria Ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, apareció en Le Players. Sin escoltas. Sin protocolo. Sin discursos. Apareció en Le Players para abrazar a los que habían sido el verdadero corazón de la Cumbre, para bailar con los que habían mantenido viva la ambición, para cantar con los que habían reclamado responsabilidad a los gobernantes de 195 países.

Esa noche brindamos con amigos que ahora están en Bruselas, La Coruña, Washington, Bogotá, Bonn, Barcelona, Madrid, México DF, San José de Costa Rica, Montevideo, Lima…

 

Place de la République // 13 de diciembre – 04:10 pm.

El azar, que no es tan caprichoso como parece, quiso que el acuerdo se firmara justamente cuando se cumplía un mes de los terribles atentados de París.

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Ya de madrugada en la mesa más bohemia de monsieur Baba, donde unos periodistas noctámbulos y agotados pueden cenar un confit de canard decente… (Foto: José María Montero)

Durante la Cumbre habíamos vivido en un recinto literalmente blindado y cuando de noche salíamos de esa burbuja (para dormir unas pocas horas) la presencia de polícias y militares dibujaba una ciudad un tanto inhóspita. ¿Los terroristas habían conseguido apagar el espíritu de París? ¿El argumento, con frecuencia tramposo, de la seguridad había barrido la alegría de las terrazas? ¿El estado de emergencia era la excusa para no salir, para no cantar, para no bailar?

Sí, además de la fiesta del Players, apuramos los minutos en la capital francesa para perdernos por Le Marais, para visitar (en peregrinación) Shakespeare & Co., para cenar en algún rincón animado de Cour des Petites Écuries (¡gracias Pauline!), en una mesa bohemia de la Rue du Faubourg Saint Denis o en la brasserie más noctámbula de la Rue La Fayette (¡gracias Nieves!); para comprar vino en Nicolas y queso en el mercado navideño de Champs Elysées, para escuchar, en vivo, a Vanina de Franco en el 56 de la Rue Rivoli y a la Piaf en Concorde, para pasear de madrugada (perdidos y felices) buscando el Bulevard Montmartre, para compartir el dolor y el silencio en la Place de la République

Tuvimos tiempo para comprobar que París no se rinde, para asegurarnos que el espíritu de esta ciudad, libre y luminosa, es más poderosos que el terror, que cualquier terror. Tuvimos tiempo de hacerle frente a la zozobra de un futuro incierto con la alegría que siempre te regala esta ciudad donde (casi) todo es posible. Tuvimos tiempo de vivir y de soñar…

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Un mes después, en la Place de la République, las flores siguen pasando de mano en mano… (Foto: José María Montero)

 

Les voix se libèrent et s’exposent /
dans les vitrines du monde en mouvement /
les corps qui dansent en osmose /
glissent, tremblent, se confondent et s’attirent irrésistiblement…

[Las voces se liberan y se muestran /
en movimiento en las ventanas del mundo /
los cuerpos que danzan en ósmosis /
resbalan, tiemblan, se confunden y se atraen irresistiblemente…]

(Les passants / Los transeúntes – ZAZ)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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