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Pantano del Guadalhorce (Málaga). Fotografía de EFE/Jorge Zapata que mereció el Premio Andalucía de Periodismo 2024.

No hace falta ser profeta ni agorero para saber, si te dedicas al periodismo ambiental, cómo se comporta el clima mediterráneo. Cuando el pasado otoño, aún sometidos a una sequía extrema en numerosos puntos de Andalucía, Emasesa me invitó a participar en el oportuno monográfico «Las claves del agua», decidí comenzar mi reflexión anunciando, sin saber la fecha exacta pero convencido de ello, lo que iba a ocurrir, lo que está ocurriendo estos días. El azar ha querido que este volumen de reflexiones en torno a la mejor gestión de las sequía aparezca justamente ahora, cuando las lluvias han sido, por fin, generosas en buena parte del país, y comienza a producirse, de la mano del júbilo, el consiguiente relajo sobre lo que ayer eran urgencias, el olvido de lo que ayer mismo era decisivo.

Los párrafos que vienen a continuación son el comienzo de mi artículo Informar en seco: cómo comunicar (mejor) los conflictos del agua, artículo que se suma a las valiosas aportaciones de un numeroso grupo de especialistas, muchos de ellos miembros, como yo mismo, del Observatorio del Agua, que aportan muy diferentes puntos de vista, pero convencidos, todos ellos, de que se puede mejorar la gestión de este recurso vital desde una perspectiva de servicio público:

[ Efectivamente, si queréis conocer algunas de las soluciones que propongo, tendréis que leer el artículo completo online -en este enlace- o bien descargarlo -en este otro enlace-]

Están los que ya fueron, las que nos dejaron su luz y su alegría, y también asoman, entre las hojas de la agenda normativa, aliviando la grisura de las obligaciones, las que están por venir, los que se anuncian en el futuro. Nunca nos faltan planes para derrochar el tiempo.

Sólo soy ahora, de acuerdo, pero ¿qué no seré mañana? No hay páginas suficientes en mi agenda para detallar todo lo que, de manera azarosa, esconde esa cita que, escrita con letra azul y apresurada, sólo ocupa una línea, o una sola palabra.

Una hora. Una ciudad. Un nombre.

No me gustan las agendas, esas tristes cárceles de papel, y sin embargo cada año las elijo con más cuidado para que, al menos, sean hermosas, porque, lo escribamos o lo guardemos en secreto, la vida es, justamente, lo que aún no ha ocurrido.

No me gustan las agendas, esos contenedores de obligaciones, pero he aprendido a esconder en ellas calendarios festivos en donde habitan la belleza y la fiesta. En esos almanaques libertos salpico astericos en verde, para no olvidarme del lugar, la fecha y el momento exactos. Son mis agendas del tiempo perdido, extraviado, distraído, derrochado, escondido, celebrado.

Y es ahí, en ese anuario confidencial, en donde brillan El Chipi, Rodrigo Cuevas, David García Intrago, Rigoberta Bandini, Silvia Pérez Cruz con Juan Falú, Robe, Vicky Gastelo, Tarque, Maná, Valeria Castro, Guitarricadelafuente, Daniil Trifonov, Cristina Mejías, Manuel Imán… Sin ellos, sin ellas, la vida sería un poco más gris y bastante más triste. Por eso me los administro sin mesura y compro entradas con la alegría, despreocupada, de quien invierte en felicidad sin miedo a la bancarrota.

Silvia Pérez Cruz y Juan Falú. Así de cerca los tuve en el Maestranza, y así de cerca estuve, gracias a ellos, al emocionante folclore de una Argentina que descubrí gracias a quien esa noche me acompañó al concierto.

Hoy los he contado: en 2024 conciertos, teatro, danza y otras hierbas, estimulantes todas ellas, ocuparon 17 días de mi existencia, suficientes para sobrevivir al otro calendario, el oficial, el de las obligaciones, los kapos y los importantes. Y aunque aún estemos en marzo, mi almanaque jubiloso del año en curso luce ya 11 asteriscos en verde. Si sumamos los viajes, los conciertos inesperados, las exposiciones imprescindibles, las aventuras gastronómicas, los baños en pozas clandestinas o las incursiones en bodegas perdidas, creo que podré rebasar los 60 días de bureo (¿qué menos?).

Y lo peor no son los días grises, lo peor son los personajes tristes que muchos de esos días ocupan nuestro espacio vital, los que nos roban el aire (como esos pasajeros que se aprietan sin pudor en un vagón de metro). El otro día los nombraba en este mismo blog, para que sepáis que con demasiada frecuencia trato con individuos de perfil mediocre, palabra turbia y navaja presta. Y no podemos consentir que semejantes bichos nos hurten la alegría.

A ver si es posible que cada vez desperdicie menos el tiempo (el oportuno, el kairós), y que si lo hago sea para mirar nubes o contar los guijarros de la orilla, ocupaciones que algún día serán la principales protagonistas de mi agenda, esa agenda intangible que, al fin, no tendré que comprar ni consultar. La agenda del tiempo perdido, la del tiempo derrochado, la del tiempo contigo.

Paisaje y paisanaje en uno de los fotogramas de La Marisma.

Cuando La Marisma se estrenó el pasado viernes en el XXVIII Festival de Cine de Málaga, entre los espectadores de este documental de Manu Trillo quiero suponer que hubo quien, por fin, descubrió algunas de las primitivas claves que explican Doñana. Pero también es muy posible que, en la oscuridad de la sala, alguien se siguiera haciendo preguntas, más preguntas aún, sin entender del todo el sentido último de esta narración tan afilada como calma.

Para el que conoce las tierras del Bajo Guadalquivir, para los que se han sumergido en estos aguazales y han convivido con el paisanaje, áspero y valiente, de los viejos humedales, este trabajo tiene un enorme poder de evocación (evocare: convocar, llamar, hacer presente). La Marisma te devuelve a la marisma, y sin artificio ninguno, que es una de las señas de identidad de este territorio, te confirma la intensidad con la que aquí se expresa la naturaleza, la (aparentemente) inanimada y también la vivaz. No hay un relato al uso, casi nada es previsible, aunque el sonido, sin artificios también, teje su propia crónica, telúrica, en la que se explica, en parte, lo inexplicable. Hablan el paisaje y los paisanos, cada uno en su lengua propia, y sobre esta oralidad primigenia se deslizan secuencias en blanco y negro que también ayudan a reforzar la austeridad y hasta el anacronismo de estos horizontes (casi) infinitos donde, paradójicamente, nada es lo sobrio y caduco que parece.

Así, para el iniciado puede que La Marisma sea un ejercicio de afirmación en donde todo tiene sentido, una celebración del placer identitario, una invitación a la rebeldía sobre la que se sostiene la supervivencia de este patrimonio colectivo. Pero quien, como Manu, se esfuerza en documentar y construir una narrativa propia en torno a este escenario lo hace, sobre todo, sospecho, pensando en mostrarle al otro lo desconocido, revelarle lo oculto usando un idioma nuevo. ¿Qué ocurrirá entonces, cuando los que no han pisado la comarca de Doñana, o solo lo han hecho de manera ocasional y distraída, vean La Marisma? La cinta no es de las que alimentan la indiferencia, seguro que os lo estabais imaginando. Quiero creer, por eso, que algunos descifrarán gracias a esta cinta los motivos de tanta riqueza y complejidad; entenderán por qué Doñana se debate entre la destrucción y la conservación, por qué en ella la naturaleza no puede separarse de la cultura, por qué la espiritualidad y la ciencia encuentran aquí un escenario fértil, por qué es, a un tiempo, campo de batalla y paraíso de poetas. 

Manu Trillo durante el rodaje de La Marisma.

Pero también es posible que, a la vista de los recursos audiovisuales que ha elegido Manu Trillo, poderosos pero nada convencionales, el relato provoque que se multipliquen las preguntas sin ofrecer nuevas respuestas. ¿Eso es un demérito? No niego que sería un fracaso en otras circunstancias, pero no en esta. Si La Marisma nos obliga a hacernos más preguntas, bienvenidas sean. Si algo necesita esta tierra es que todos nos hagamos preguntas a propósito de su pasado, su presente y, sobre todo, su futuro. De todos los enigmas posibles el más valioso es el que nos interpela a nosotros mismos, a los espectadores, sobre todo a los que creen ser únicamente espectadores (¿qué tiene que ver todo esto conmigo?). Es entonces cuando La Marisma, rebelde, se nos puede, al fin, revelar, mostrando lo que sólo unos pocos saben ver y contar.

PD1: La Marisma podrá verse en Canal Sur Televisión. Mientras llega ese día aquí os dejo este aperitivo.

PD2: Como por obligación tengo que bregar casi a diario con personajes grises, de perfil mediocre, palabra turbia y navaja presta, a estas alturas de mi vida (la profesional y la otra, la más importante) me permito la libertad, y el lujo, de elegir con sumo cuidado a mis compañeros de viaje. Dicho lo cual creo que se entiende mucho mejor por qué acepto su invitación y me sumo al nuevo proyecto marismeño de Manu Trillo.

Es como si el azar, junto con el talento y la generosidad de Manu, me regalaran la posibilidad de retomar aquella historia que comenzó en Agua en la memoria (Canal Sur Televisión, 2002).

Vuelvo a poder contar historias que aún no se han contado…

Soy de los pocos, poquísimos, afortunados (no creo que sumemos más del 10 % de la población mundial) que goza de salud, buena compañía, tiempo libre, trabajo digno, vivienda cálida y dinero suficiente para, por ejemplo, comer tres veces al día lo que se me apetezca. Y aún así, qué le vamos a hacer, se me atraganta la Navidad y sus fastos de cartón piedra. Y los heraldos de semejante farsa, ni te cuento. Es comenzar el mes de diciembre y el mundo, el que puede expresarse y presumir de ello, se llena de personas extraordinariamente bondadosas, esas que llevaban once meses esperando que les montaran el escaparate.

Me parecen razonables las mentiras ¿piadosas? aplicadas a los menores de edad (sí, también puedo considerar esta condición referida al intelecto y no sólo a los cumpleaños), pero alguien debería moderar las imposturas de estas fechas cuando se trata de adultos (más o menos) sensatos. No hace mucho el teatrillo se limitaba a unas luces, unos villancicos, una cabalgata y algún discursito, en blanco y negro, trufado de tibias bienaventuranzas. Un cóctel soportable. Ahora hay que aguantar a los pelmas que saturan todos los canales, desde la televisión convencional hasta las redes sociales (por no hablar de los ¿íntimos? grupos de Whatsapp), de un almíbar tan grandilocuente como fatuo.

Aquí están, un año más, los de siempre, con la exaltación de la paz en un mundo en guerra, el elogio del amor en un escenario repleto de odio, la defensa de la generosidad en tiempos de feroz egoísmo, la alabanza de la hermandad en una sociedad que blinda sus fronteras e ignora a los más débiles. Guerras, odio, egoísmo y desamparo. Sí, también en Navidad, por mucho almíbar que le pongamos a esta ridícula tarta de corazón amargo. Y no, no me refiero únicamente al derroche de bilis en territorios remotos, donde podemos escaquearnos, sin culpa, de nuestra cuota de responsabilidad; no, no hablo de esa lejanía tranquilizadora, me refiero a lo cercano, a lo inmediato, a lo familiar. El dolor, la soledad, la enfermedad, el egoísmo, la violencia, la indiferencia… están aquí, muy cerca, a veces demasiado cerca. Yo mismo, con vergonzosa frecuencia, no veo esa grisura, pero, como justa penitencia a mi ceguera, evito vestirme de amoroso pastorcillo para darle la turra a mis semejantes con la impostada cantinela de la alegría, la paz y el amor. Ojo, que tampoco soporto a los justicieros, con su violenta supremacía moral a tiempo parcial, pero menos aún a estos fariseos para los que todo debe lucir muy mono y muy políticamente correcto. Hasta ahí no llego, ni siquiera en Navidad. 

Menuda farsa.

Así lucíamos el 3 de diciembre de 2024 en nuestro 30 cumpleaños. No están todos los que son, pero son todos los que están. Siempre bien apretados, listos para el achuchón cariñoso.

La anécdota no puede ser más ilustrativa. La contó María García, presidenta de APIA, el pasado martes, en el acto de celebración de los 30 años de APIA. En uno de los tradicionales desayunos de trabajo que venimos organizando desde hace tres décadas con los ministros y ministras competentes en el área de Medio Ambiente, relató María, la jefa de gabinete, conforme íbamos llegando al ministerio, se sorprendió de los abrazos y besos con los que nos saludábamos.

– ¿Sois familia? ¿Amigos íntimos? -preguntó-.
– No -le corrigió María-, somos APIA, y siempre que nos encontramos nos saludamos así.
– Yo es que vengo de Economía y jamás había visto nada igual en ningún otro grupo de periodistas.

El martes, en IFEMA, no sorprendimos a nadie, porque los asistentes al cumpleaños ya sabían de nuestro gusto por los achuchones, de los que, por supuesto, hubo derroche. .

Las asociaciones profesionales se construyen sumando muchos elementos que tienen que ver, sobre todo, con la razón, es decir, con el establecimiento de un soporte que brinde apoyo a los profesionales, con la defensa de la profesión en todo tipo de escenarios, con la búsqueda de recursos que faciliten la formación, con el diseño cooperativo de canales que permitan el acceso a las mejores fuentes informativas… Todo eso lo dicta la razón, y está bien que así sea, pero la urdimbre que sostiene a una buena asociación, sobre todo en los periodos difíciles, viene de la emoción, viene del respeto, el cariño, las ganas de hacer cosas juntos, el compañerismo que suaviza las diferencias, el buen humor…

APIA se ha convertido en lo que es hoy, una asociación sólida y respetada, activa y oportuna, que reúne ya a 300 profesionales de todo el país, porque no hemos querido dejar de ser el grupo de amigos que en 1994 se embarcó en esta aventura. Y a lo largo de todos estos años ha habido, como ocurre en cualquier colectivo, diferencias, roces, debates más o menos apasionados, mosqueos, incertidumbre… Obstáculos que hemos ido sorteando con ayuda de la razón (que casi siempre invita a la sensatez) y, sobre todo, con el auxilio del corazón. Nuestros encuentros, complicados de organizar porque estamos repartidos por todo el país y también por algunos destinos lejanos, siguen siendo una fiesta.

La prueba de que cuando cumplimos 25 años estábamos igual de apretaditos.

Después de haber participado en el grupo de socios fundadores y de haber trabajado durante más de una década en diferentes juntas directivas, creo que conozco lo suficientemente bien APIA como para mostrarme absolutamente convencido de que aquellos a los que les patina el compañerismo y la empatía terminaron por irse a otras asociaciones (o a ninguna). El buen corazón que venimos poniendo en este empeño colectivo ha sido el mejor filtro, el más efectivo método de destilación. Quien se ha quedado, después de conocernos, lo ha hecho porque aprecia nuestros valores, y algunos de los que se han ido tomaron esta decisión porque… no se reconocen en nuestros valores. Así de sencillo. Por cierto, que tanta paz lleven como descanso dejaron.

Otra consecuencia de esas ganas -intactas- de hacer cosas juntos es el continuo desarrollo de proyectos de futuro. Después de 30 años, si las cosas han ido razonablemente bien, la tentación de amorcillarse es realmente peligrosa, sobre todo en el colectivo senior, de manera que reunirnos para celebrar nuestro aniversario y, en el mismo acto, presentar un novísimo programa de mentoría ambiental es el mejor síntoma de que seguimos siendo jóvenes.

La idea de este programa, por cierto, nació en uno de esos espacios festivos en donde los socios de APIA celebramos el estar juntos. Una noche, en Málaga, cenando en el Pimpi después de unas jornadas en la universidad, advertimos, entre risas, que en la mesa nos sentábamos generaciones muy alejadas, que compartíamos el vino socios que rondaban la veintena y otros que pasábamos de los sesenta. Cuando esto ocurre en una asociación, nos dijimos, lo mejor que se puede hacer es aprovechar el potencial de esos dos extremos: la experiencia de los senior frente al empuje de los junior; las redes tejidas a lo largo de décadas frente a las herramientas de última hora; la capacidad de enfrentarnos a los malvados con las espaldas -más o menos- cubiertas, frente al atrevimiento desnudo. Dicho y hecho: con mi buen amigo José Luis Gallego, llegado desde Barcelona, nos pusimos manos a la obra para diseñar, en tiempo récord, un borrador de mentoría, documento que recibió un profundo y fértil pulido gracias a un reducido, y talentoso, grupo de socios que integraron el discreto grupo de trabajo encargado de construir un proyecto viable.

Desde la dirección de APIA acogieron la idea con entusiasmo y dieron el último lustre a la iniciativa, de manera que pudimos presentarla y abrirla a todos los socios. Y en ello estamos justamente ahora, organizando el primer encuentro entre los mentores voluntarios y los socios interesados en acogerse a este programa de acompañamiento laboral y personal. Sí, lo laboral vuelve a ser parte decisiva, como es lógico, pero la mentoría no va a desatender lo personal, lo emocional (son nuestras señas de identidad): los jóvenes periodistas trabajan en condiciones difíciles, a veces en soledad, en condiciones inestables, sometidos a todo tipo de presiones y, en el colmo del disparate en el que se ha embarcado esta sociedad, acosados, en algunos casos, por los villanos que han hecho de las redes sociales un cruel campo de batalla. Ahí también queremos estar, en la cobertura emocional, en el abrazo, en la escucha, en la defensa, en la bondad. Y no olvidemos, como detallé en IFEMA, que son las socias, las jóvenes profesionales, quienes están más expuestas a estos ataques, quienes sufren más el acoso en redes, quienes tienen que aguantar a los violentos machirulos que se pasean por esos mundos virtuales (y también reales) sobrados de testosterona y escasos de educación.

No, no penséis que esto de la mentoría sólo funciona en una dirección (de senior a junior). No hemos caído en la torpeza de envolver esta propuesta en un ridículo halo de superioridad paternalista. Necesitamos que los más jóvenes nos expliquen el mundo, tal y como ellos lo ven, que nos contaminen de su atrevimiento, que nos enseñen a usar las nuevas herramientas, los nuevos lenguajes. Necesitamos que ellos abran la puerta por la que debe entra el aire más fresco a APIA. Sólo así podremos cumplir otros 30 años.

Además de generaciones y géneros, aquella noche en el Pimpi volví a insistir en el valor de las periferias. APIA empezó a gestarse en un viaje en AVE a Sevilla, allá por 1992, y este último proyecto comenzó a tomar forma en Málaga, como un enredo en el que se embarcaban un andaluz y un catalán. Los que me conocen saben la brasa que llevo dando desde hace más de 30 años para abrir un espacio a las periferias en el monolítico escenario capitalino. Todo pasa por Madrid, pero, en lo ambiental, la mayoría de las cosas pasan fuera de Madrid. Sin embargo, en Málaga me di cuenta que este discurso, que a mi me parecía casi revolucionario cuando empecé a defenderlo hace décadas, también se había quedado caduco. Esas nuevas generaciones de periodistas ambientales pueden ser capitalinas o periféricas, pero, sobre todo, son nómadas. Entienden el territorio, porque este es un periodismo de proximidad, pero no tienen un territorio que los identifique. Están aquí y allí, trasladan su espacio de trabajo con un desparpajo impresionante para los que empezamos a padecer síntomas evidentes de fosilización, y desde cualquier destino, a veces en circunstancias más que precarias, lanzan una mirada profesional que no sabe de fronteras. De manera que si hay que buscar un patrón, un escenario común, una seña de identidad en la que podamos reconocernos, quizá sea el corazón, que tampoco sabe de centralidades ni periferias, que se adapta a lo que hay, que es ciudadano de cualquier ciudad; es más, que si pudiera pensar… se pararía (Pessoa dixit).

Una especialidad que busca entender los pilares que sostienen lo natural, que defiende la biodiversidad amenazada, que señala los peligros existenciales a los que nos enfrentamos, que se detiene en la belleza de lo vivo… necesita los sólidos argumentos de la ciencia, pero estos sólo encuentran proyección, más allá de nuestros pequeños círculos endogámicos, gracias al corazón y su ilimitada capacidad de asombro.

A mi estos 30 años se me han pasado volando, pero si en APIA seguimos haciendo las cosas de corazón, si nos seguimos abrazando cada vez que nos vemos, estoy deseando cumplir otros 30 años con lo mejor del periodismo ambiental de este país y sus periferias.

Así lucía mi ssäm antes de rematarlo con un poco de Sriracha picante.

En la cocina lo que aparenta ser sencillo es lo más complejo. Me ha costado muchos años reproducir los más humildes platos callejeros con los que cualquier paisano se alegra la jornada en la más remota población de Asia o Sudamérica. La street food, como la llaman los soberbios gurús de la cocina metropolitana, es una joya que, al igual que otros hallazgos del recetario más  básico y popular, ha terminado por convertirse en un engendro irreconocible con el que te atracan en los restaurantes de moda.

Tardaron algún tiempo en llegar pero, finalmente, a los fogones más reputados de Occidente llegaron los deliciosos ssäm, los tacos verdes de la cocina coreana que esconden todo el mestizaje del que es capaz la cocina asiática, donde los dulces, los amargos, los picantes, los cítricos los balsámicos, pueden convivir, en delicada armonía, sobre una mezcla, por ejemplo, de cerdo y marisco. Cocina mestiza que se crece sobre un atrevimiento que no tiene límites, aunque haya un equilibrio oculto que exige, como decía al principio de este post, un cierto conocimiento y mucho respeto a los orígenes.

Hoy, antes de cocinar un arroz con chocos, le he servido a mis amigos unos ssäm mestizos, para abrir boca, mientras terminaban la copa de manzanilla con aceitunas cornezuelo.  

Panceta fresca de cerdo.

Gambones.

Navajas frescas.

Aguacate, mango, pepino y cebolla morada.

Naranja, lima.

Mezcla de pimientas, sésamo.

Lechuga iceberg.

Comenzamos cocinando la panceta con delicadeza. Hacemos unos cortes en la piel, en forma de rombos (como se hace con el magret de pato), y untamos con AOVE, sal gruesa y algo de comino molido. Precalentamos la freidora de aire 5 minutos a 200 grados. Colocamos la panceta y cocinamos 25 minutos a 200 grados (vigilamos para moverla si vemos necesario que se tueste de forma homogénea). Cocinamos otros 30 minutos a 170 grados, vigilando. Reservamos fuera del frigorífico.

[ Nota: si no tenéis freidora de aire buscad la receta de panceta crujiente en horno convencional ]

En una sartén marcamos dos o tres gambones. Reservamos. En esa misma sartén ponemos algo más AOVE y cuando esté bien caliente hacemos las navajas (que se cocinen pero que no se hagan en exceso). Las vamos a apartado y finalmente, en la mezcla de aceite y jugos que ha quedado en la sartén, ponemos dos cucharadas de amontillado. Reducimos y añadimos el zumo de media lima y el zumo de media naranja. Añadimos unas hojas de albahaca o de hierbabuena. Reducimos. Colamos y reservamos esta salsa de cítricos.

Troceamos un aguacate maduro en cubitos. Troceamos medio mango maduro en cubitos. Cortamos media cebolla morada en juliana muy fina. Troceamos medio pepino sin semillas. Añadimos sal y el zumo de media lima. Mezclamos en un bol. Añadimos la salsa de cítricos.  

Troceamos la panceta, la carne de las navajas y los gambones. Mezclamos y añadimos a la ensalada de aguacate, mango y cebolla. Integramos todo bien. Corregimos de sal y añadimos mezcla de pimientas recién molida y sésamo tostado en sartén.

Este batiburrillo de cerdo, mariscos, vegetales y fruta lo vamos depositando sobre hojas de lechuga iceberg (una, bien generosa, por comensal). Rematamos con salsa Sriracha, unas gotas de Tabasco o una pizca de wasabi (a gusto del comensal).

El vino, sin duda, tiene que ser un generoso, los únicos que aguantan esta mezcla de sabores, y sobre todo los cítricos y picantes del plato. Para mi gusto lo mejor es una copa de manzanilla pasada (Pastora en rama, por ejemplo) o un amontillado no demasiado viejo (Gran Barquero, por ejemplo).

Y a disfrutar del mestizaje.    

PD: Mientras cocinaba sonaba esta joya de Calequi y las Panteras (con la delicada voz de Alana Sinkëy):

Ilustración de Mana Neyestani

Estas pocas líneas componen el mejor resumen, sencillo y contundente, de un libro estremecedor. No hay peor escenario para examinar la condición humana que un campo de concentración nazi, y el relato de este neurólogo austriaco se desarrolla en ese infierno, al que sobrevivió después de tres años (1942-45) de confinamiento. Son muchos los detalles, sin atisbo de rencor, que Frankl recuerda de esa experiencia límite, y es minucioso su análisis de la vida cotidiana y, en particular, del comportamiento de prisioneros y guardias.

Una de sus observaciones más terribles tiene que ver con la indignidad de aquellos que no dudaron en cambiar de bando aunque la pirueta les obligó a maltratar a sus iguales. La crueldad de los carceleros, lamenta, sólo era superada por los kapos, prisioneros de confianza a los que los nazis otorgaban no pocos privilegios y en quienes delegaban la disciplina en el cumplimiento de ciertas normas y, sobre todo, la aplicación de los peores castigos. No eran elegidos al azar, como precisa Frankl, sino que los nazis apreciaban en ellos ciertas condiciones “de egoísmo, brutalidad y sadismo”.

Lo que hoy nos parece una pesadilla lejana que, incluso, algunos tratan de borrar o rebajar en su oscura trascendencia, se sigue reproduciendo en nuestro día a día, hoy, como un patógeno al que resulta imposible exterminar. Así es la condición humana, y así es la raza de los indecentes. Los kapos siguen entre nosotros, aupados por los que ejercen el poder desde la imposición. Siguen siendo prisioneros, sometidos a ese poder arbitrario, pero, como explica Frankl, “no se sienten, por lo general, degradados en modo alguno, como se consideraban la mayoría de los prisioneros, sino que, al contrario, se consideraban ¡promovidos! Algunos incluso alimentaban mínimas ilusiones de grandeza”. Cualquiera diría que este párrafo se refiere a los kapos de los nazis y no a los lacayos con los que bregamos a diario, ridículos en su ridícula parcela de poder pero inflexibles en la aplicación de límites y castigos.  

Siguiendo con la acertada descripción del neurólogo, los kapos, como es lógico, terminan por parecerse a los propios nazis, de manera que no cabe disculpar su crueldad cuando cambian las tornas y entonces invocan eso que, tras la dictadura argentina, se llamó “obediencia debida”, y que no es más que una cortina de humo para escabullirse de su responsabilidad: “Pronto [los kapos] se fueron pareciendo tanto a los miembros de las SS y a los guardianes de los campos que se les podría juzgar desde una perspectiva psicológica similar”.  

Después de escribir La maldad disfrazada he seguido muy atento a las facilidades de que van disfrutando los malvados, los indecentes, para envenenar nuestra existencia, la de los decentes, y así enturbiar la convivencia. Miro a Gaza, a Ucrania, a Albania, pero también miro a mi alrededor, porque el horror que nos visita desde territorios remotos se fragua en lo más cercano, se alimenta de la apatía con la que vivimos en nuestro oasis de paz y opulencia, se sostiene en los kapos  que no son anónimos, ni extranjeros, ni se desdibujan en un documental en blanco y negro: tienen nombres y apellidos, conviven con nosotros a diario y mortifican a sus semejantes de manera constante y cotidiana, como lo han hecho siempre.

En pocos años, y a pesar de esa pandemia que nos iba a hacer mejores, los monstruos que se escondían en las zonas oscuras, los que, a la luz, se hacían pasar por ciudadanos ejemplares, exhiben sus miserias sin pudor alguno e, incluso, presumen de su condición, amenazando a todos aquellos que afean su conducta. Los kapos están crecidos. Nada nuevo. En tiempos de incertidumbre, cuando los poderosos agitan todo tipo de fantasmas, los más crueles, los oportunistas, los indecentes, reivindican su derecho a defenderse. Los vientos soplan ahora a su favor. Cada vez son más los que los jalean cuando aplican mano dura, cada vez somos más los que callamos frente a esta indignidad. Sus filas se nutren de los que cambian de bando a la carrera, de aquellos que levantan la bandera que más les beneficia en cada momento. Los que ayer criticaban a los sátrapas son ahora sus mejores sirvientes; los que se postulaban como adalides de la libertad no dudan ahora en cercenarla; los que hablaban de igualdad cierran los ojos si son sus privilegios los que se cuestionan; los que presumían de cultura y educación son hoy los más zafios verdugos.

La puedes estar esquivando tiempo, porque la respuesta es complicada, pero tarde o temprano la pregunta te alcanza: ¿Cómo convivir con los kapos? ¿Cómo hacer frente a una mala persona? Enfadarte es la peor opción, porque se vuelve contra ti, como la pelota que pateamos con rabia, golpea la pared y, de regreso, se estrella en nuestra cara. La rabia es como una granada de fragmentación que siempre explota demasiado cerca y que no distingue entre amigos y enemigos. Ignorarlos suena muy bien, pero exige la capacidad de desapego y compasión de un monje budista. No hay humano que pueda silbar, imaginando un día de playa, mientras lo apuñalan con saña. La venganza casi nunca llega, y, si lo hace, rara vez está a la altura del agravio ni mucho menos deja la satisfacción que imaginamos. ¿Quién puede vengarse con la contención precisa para no convertirse también en un canalla?

Creo, y admito que tampoco es tarea fácil, que la mejor decisión si tienes que tratar con malas personas es dedicar tu tiempo, y tu atención, a las buenas personas. Así no dejas mucho espacio para semejantes bellacos, y, además, certificas, aplicando una sencilla comparación, que en realidad, y por mucho que abunden, estos hombres y mujeres que se regocijan haciendo daño a los demás, estos personajes oscuros, son una triste anomalía, una malformación social, una incómoda y sucia pústula en donde la vida confina sus detritus.

Hace algunos años tuve el privilegio de que me invitaran a la representación, en el Auditorio Nacional, de Songs for Eternity, un musical, estremecedor, de Ute Lemper. La alemana nos mostró, con delicadeza pero también con determinación, algunas de las composiciones que los prisioneros judíos escribieron en los propios campos de exterminio. ¿Quién, hacinado en un frío barracón de Theresienstadt, pudo escribir una ópera imaginando bosques cuajados de margaritas «como pequeños soles»? ¿Quién, tras las alambradas de Westerbork, fue capaz de organizar un grupo de teatro denominado «Humor y Melodía»? ¿Quién tuvo el coraje de componer una nana con la que acompañar a los niños que caminaban hacia las cámaras de gas en Auschwitz? Viktor UllmanWilly RosenIlse Weber… Aunque resulte inconcebible, cuando Ute los fue presentando, como si fueran viejos amigos, no hubo lugar para la tristeza. Sus nombres se quedaron flotando en el auditorio, como tantos otros nombres ocupan los teatros del mundo, impregnando de humanidad estos templos laicos en donde es posible el perdón y la eternidad sin que medien sacerdotes, religiones ni plegarias.

Vuelven los kapos (en verdad nunca se fueron), y frente a su indignidad seguimos disponiendo de una infinita libertad de elección en nuestra actitud diaria. Nadie nos obliga a estar de su lado. Nadie nos puede imponer su amistad. Nadie puede forzarnos a celebrar su crueldad. No pueden cercenar nuestra sonrisa, nuestra compasión, nuestra empatía. A veces no tenemos más remedio que callar, para sobrevivir, pero nadie puede evitar que cantemos, que bailemos, que hagamos del arte y la alegría un bálsamo con el que resistir y alimentar la esperanza. Los kapos no saben lo que es la belleza.

Las Redes Sociales ya no son lo que eran, es más que evidente, y por eso también es lógico el debate, tan vivo estos días, en torno a irse o quedarse en Twitter/X, un escenario particularmente útil para los periodistas pero que se ha convertido en un cenagal, con el beneplácito de su propietario, donde campa a sus anchas lo peor de cada casa. Es cierto que para quien se asoma sin mucha información, con poco criterio, ganas de polemizar y sin los mínimos hábitos higiénicos, el patio de Elon es un infierno de bulos y balas perdidas, el lugar del que escaparía, sin pensárselo mucho, cualquier persona cabal.

Un día conté en mi blog que no me iba de Twitter porque, en momentos de hastío extremo, me encontraba a personas como Carlos Herrera (ojo, no penséis que se me ha ido la cabeza, hablo del especialista en ecología evolutiva del CSIC), con quien mantengo interesantes conversaciones que nos llevan desde el valor de una mosca como eficaz polinizadora hasta la función oculta de las diatomeas en la historia de los vinos generosos de Jerez.  

Otro día, aún más lejano, pedía que este jardín virtual, aunque repleto de peligrosos depredadores, no nos fuera arrebatado. El espacio (aquí o en cualquier otra plaza pública) que no ocupemos nosotros, los que apostamos por una convivencia sensata, lo tomarán al asalto los hooligans, los extremistas más peligrosos, los sociópatas. La única manera de sobrevivir a esta epidemia de intolerancia es tratando de mantener a raya a los que la propagan, y si no tenemos ganas de gresca basta con la resistencia pasiva, sentarnos cómodamente, sin mover un músculo ni abrir la boca, en un sitio que es de todos y al menos evitar que ese espacio, el nuestro, aunque minúsculo, sea usurpado por los bárbaros.

Pero el principal argumento con el que hoy me decido a quedarme, eso sí, aplicando severas normas de higiene (entre las que destaca el no entrar al trapo NUNCA cuando te cruzas con un hooligan, ni hacerles publicidad de ninguna clase), es porque debemos estar al tanto de lo que ocurre en el lado oscuro del mundo. Volver la espalda a los monstruos no evita que estos existan, al contrario, se vuelven más letales porque nos atacan sin verlos venir. Creo que debemos convertirnos en algo así como atrevidos epidemiólogos que observan el comportamiento de los más peligrosos patógenos sociales, para poder conocerlos, identificar su comportamiento, revelar sus escondites y sus fuentes de alimento, anotar con qué otros bichos se alían, descubrir sus vulnerabilidades, y, reunida toda esa información, saber cómo enfrentarlos. Irse de este enorme laboratorio, repleto de extrañas criaturas ponzoñosas, es renunciar al conocimiento que posiblemente nos permitirá prevenir, o combatir si la cosa se pone más fea aún, una epidemia global de ignorancia, odio, violencia y discriminación.

Yo me quedo (y me gustaría seguir encontrándome con vosotros).

En algunos casos por ignorancia, los menos, y en otros por cinismo, una manifestación de la desvergüenza cada vez más extendida, los hay que no reparan en la estrecha relación que mantienen los flujos migratorios, que tanto nos inquietan, con la reciente historia del continente africano y, sobre todo, en nuestra responsabilidad con este vínculo.  

Las manifestaciones de la injusticia son tantas a escala planetaria que cualquier momento sería oportuno para ver Dag Hammarskjöld. Lucha por la paz, aunque este, hoy, con la atención mediática y política puesta, una vez más, en la frontera de Ceuta o en las aguas de Canarias, me parece un momento oportunísimo. La película acaba de llegar a algunas plataformas (pasó de puntillas, como tantas, por las salas de cine), de manera que podemos verla cómodamente en casa.

El director, Per Fly, usa sólo dos palabras para describir al político sueco cuya trayectoria retrata en la cinta: “idealista intrépido”. Hammarskjöld fue Secretario General de la ONU entre 1953 y 1961, el segundo en ocupar este puesto tras el noruego Trygve Lie, empeñándose en dignificar la labor de este organismo, para lo que no dudó en intervenir, con una determinación que hoy nos parece inalcanzable, en la resolución de algunos conflictos y en particular en el delicado proceso de descolonización que entonces se iniciaba en África.

Aunque el cine requiere de ciertos trazos gruesos, para captar la atención del gran público, no es exagerado, ni mucho menos falso, mostrar cómo se comportaban entonces algunas potencias coloniales que hoy lucen como estados impecables (a las atrocidades dictadas por la monarquía belga se atribuyen, según los cálculos más fiables, un mínimo de diez millones de muertos en lo que hoy es la República Democrática del Congo), o qué grado de poder y violencia, por encima de los propios estados, ejercían las grandes multinacionales dedicadas al expolio de las materias primas que atesoraban estos territorios (en el periodo y el escenario que nos ocupa, la película detalla el comportamiento de la Unión Minera del Alto Katanga, de capital belga y británico). Por cierto, que el colonialismo (atentos a este artículo sobre el neocolonialismo francés en diferentes países del continente africano) y la voracidad de las multinacionales (atentos a este informe de Amnistía Internacional) no son, ni mucho menos, anomalías caducas: África sigue hoy prisionera, atenazada por los poderosos que impiden, de manera calculada, el desarrollo social, político y económico de la mayoría de sus estados. ¿Existe un escenario peor que el de la pobreza extrema para emigrar? ¿De quién es la responsabilidad de este proceso, alimentado por la desesperanza, que tanto incomoda a la próspera Europa?

La de Hammarskjöld es una historia luminosa y triste a partes iguales. Como otros contemporáneos (Gandhi, Luther King, Weil, Kumar…) se embarcó en ambiciosas y delicadas operaciones de paz, combinando una profunda espiritualidad con un útil pragmatismo, un sentido poético de la existencia con una diplomacia firme y creativa que consiguió mantener, contra todo pronóstico, en el turbulento inicio de la Guerra Fría. Y son justamente estas virtudes, esta combinación chocante de sutileza y determinación, de política y poética, de trascendencia y pragmatismo, lo que me fascinó hace años de Dag Hammrskjöld, en cuyos escritos encuentro la misma inspiración y consuelo que me brinda, por ejemplo, mi admirado Bertrand Russell.

Un libro para subrayar en la mesilla de noche y así poner algo de luz en la oscuridad.

Si queréis indagar un poco más en las profundidades de la conciencia de este sueco universal no dejéis de leer su diario, Marcas en el camino, un dietario espiritual que bebe de la mejor tradición mística y que demuestra que la meditación no está reñida con la acción, que la política y la belleza mantienen inesperados puntos de encuentro, que existe una espiritualidad honesta que busca cambiar el mundo en comunidad y desde la justicia. Una obra extraordinaria para leer cuando estigmatizamos a los inmigrantes sin mayores consideraciones, en un momento en el que la política es un cenagal y buena parte de los políticos son de un egoísmo atroz y una mediocridad bochornosa. Unas páginas que nos permitirán convivir con los malvados sin caer en la tentación de la maldad. Un buen libro para noches en las que nos asalta el pesimismo.

Esa es la luz de su historia, una historia que tiene un final oscuro y triste: su muerte en un turbio accidente aéreo en Ndola (Rodesia del Norte), el 18 de septiembre de 1961, cuando viajaba para intervenir personalmente en las conversaciones que buscaban un alto el fuego en el conflicto del Congo. Un accidente cuyas circunstancias, 63 años después, aún trata de aclarar la ONU, que no ha conseguido que países como Estados Unidos y Reino Unido desclasifiquen algunos documentos decisivos para resolver la investigación. En la propia web de esta organización se habla, sin pudor ni falsa cautela, de asesinato.

Aunque le fue concedido a título póstumo, quiza sea Dag Hammrskjöld uno de los más dignos galardonados con el Premio Nobel de la Paz (1961).

Frescos y ordenados, sobre la sal tostada. En una playa doméstica, un chiringuito familiar, una trattoria íntima.

Me ocurre con frecuencia: veo una película que me gusta (en este caso «El hombre bueno», de David Trueba), los protagonistas (Jorge Sanz y Macarena Sanz) comen algo de manera sensual, como una invitación al hedonismo más sencillo (suele ocurrirme, sobre todo, con pescados), e, inevitablemente, se me apetece imitarlos y, para eso, no tengo más remedio que llevarme la escena, y su hedonismo, a mi cocina, a mi casa.

Como cuando la otra noche vimos la película Maite y yo estábamos lejos de nuestra costa gaditana y, además, no soy muy amigo de manejar brasas en verano, me inventé un lecho de sal marina en sartén, mezclada con un poco de zumo de limón, aceite de humo (casero), orégano y romero. Los granos del mineral, irregulares y brillantes, terminaron tostándose (ligeramente), lo justo para colocar encima los peces y ya, con temperatura muy suave, dejar que se fueran cocinando al calor, y al aroma, de esa playa artificial y hogareña (también podríamos trasladarnos a una mesa de la Trattoria di Enzo a Mare, donde peca nuestro admirado inspector Montalbano).

Os juro que la piel de los salmonetes crujía, y su carne, untuosa y de sabor intenso, no desmerecía a una ración, de precio astronómico, recién salida de una parrilla que mirara al Mediterráneo. Nos sentamos en el porche, al amor de la brisa que corría en el Aljarafe, y abrimos una botella de manzanilla (Gabriela en rama, fría). Y entonces empezó la película, nuestra película.

PD: Lo conté, como casi siempre, en redes, y han sido muchos los amigos que me han pedido detalles del guión. No hay nada que me haga más feliz que incitar al hedonismo y provocar el aprecio por la cocina casera, por las recetas sencillas que se te apetece cocinar para la gente a la que quieres. Olvídate de la pizza congelada y el frizzante de saldo, dedica unos minutos a inventarte el mejor chiringuito de la costa para la clientela más exclusiva y agradecida. Pon algo de música (nosotros elegimos a João Gilberto & Stan Getz) y quítate, como mínimo, los zapatos.

En la foto se me coló el sofrito de un arroz con gambas, calamar y alcachofas, pero esa… es otra historia.

Salmonetes de película

1 Kg de buenos salmonetes (a mí me gustan de tamaño medio y precio razonable –no hay que perder la cabeza, pero hay que respetar a los pescadores-).

1 kg de sal marina gruesa.

Aceite de humo/brasas casero. Preparación básica (apta para dummies): encender sobre una sartén dos o tres carbones de los que venden para barbacoa (sale mejor con astillas de madera para ahumar, pero eso nos obliga a salir del nivel dummie y entrar en el pro); dejar que ardan a su ritmo, hasta que sean tizones bien rojizos; llenar un bote de cristal con medio litro de AOVE; introducir los tizones incandescentes en el aceite y tapar el bote (para que el humo no escape); dejar reposar un mínimo de 12 horas; filtrar el aceite con un paño limpio o un colador de tela. Voilá! Ya tienes tu aceite de brasas, casero.

Romero, tomillo, orégano… al gusto. Hablamos de hierbas mediterráneas (si pueden ser naturales, mejor, quiero decir que evitemos esa suerte de serrín insípido que venden en botes).

1 limón grande.

Limpiamos los salmonetes (fuera tripas y escamas) y los secamos bien. Con los dedos los untamos ligeramente en aceite de humo. 

Mezclamos la sal con el zumo del limón, tres o cuatro cucharadas de aceite de humo, y las hierbas mediterráneas elegidas (al menos un par de cucharaditas en total). Repartimos la mezcla en una sartén amplia o en una pequeña paellera, aplanamos para que se distribuya como una cama y ponemos a calentar a fuego medio.

Cuando la sal empiece a adquirir un ligero tono tostado (cuidado con quemarla), movemos y mezclamos de nuevo el lecho de sal, y volvemos a aplanarlo. Bajamos un poco el fuego (medio-bajo).

Colocamos los salmonetes, bien ordenados y en una sola capa, sobre la sal. Vigilamos el fuego para que no se quemen. Cubrimos con tapadera o papel de aluminio (para que se hagan bien por el lado que no está en contacto con la sal). En diez minutos estarán listos. Los retiramos uno a uno, con cuidado, para que no lleguen a la mesa con demasiada sal impregnada (podemos retirarla con la yema de los dedos).

Hay que comerlos con los dedos, y chupárselos entre pequeños tragos de Gabriela fría.

Servimos la manzanilla fría y nos comemos los salmonetes con los dedos (el uso de cubiertos está estrictamente prohibido), chupándolos uno a uno (propios y/o ajenos) cuando acabe el festín. Si queremos que la película sea verdaderamente profesional (insisto) conviene no descuidar la BSO ni los pies descalzos. Que no haya prisa ni falte manzanilla.

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