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¿Por qué en el paraíso de El Bosco algunos placeres se esconden en burbujas translúcidas?

“Empecemos diciéndonos para nuestro fuero interno, y convenciéndonos bien, que no tenemos nada que hacer en este mundo, sino procurarnos sensaciones y sentimientos agradables. Los moralistas que dicen a los hombres: reprimid vuestras pasiones y domeñad vuestros deseos si queréis ser felices, no conocen el camino de la felicidad. Sólo somos felices gracias a las inclinaciones y las pasiones satisfechas; digo inclinaciones porque no siempre somos lo bastante felices como para tener pasiones, y a falta de pasiones, bien está contentarse con las inclinaciones. Pasiones tendríamos que pedirle a Dios si nos atreviéramos a pedirle alguna cosa, y Le Nôtre tenía mucha razón al pedirle al Papa tentaciones en lugar de indulgencias”

(Discurso sobre la felicidad, Émilie du Châtelet) – (*)

No importa si la pieza es desconocida o si la he oído cientos de veces. Ni siquiera importa si esas notas adornan un recuerdo, bueno o malo, o las asocio, con o sin razón, a una persona o a un deseo. Suenan, y suenan por vez primera, limpias, inocentes, sin pasado ni futuro. Están vivas, han nacido en ese justo instante de los dedos de Sol y Bertrand, no estaban encerradas en ningún otro sitio que no fueran esos dedos virtuosos desde los que cruzan, lentamente (¿a qué velocidad viaja el sonido?), el breve espacio que nos separa del escenario.

Uno se despide de ella pensando que, caprichosa, volverá cuando quiera o, quien sabe, que tal vez no vuelva jamás, pero ahí está otra vez, luminosa en la penumbra de la Sala de Cámara, poderosa en los silencios del Auditorio. Sí, es la belleza, y por eso, porque está ahí, presente y armónica, es por lo que todo, objetos y personas, adquieren esa vitalidad alegre y voluptuosa que andaba dormida, mojada y fría, en una tarde de lluvia.

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Se que está ahí porque ilumina la escena con un resplandor desproporcionado cuando Sol y Bertrand entrelazan los dedos.

Se que está ahí porque, sin darme cuenta, suspiro en los silencios. Porque cierro los ojos para ver mejor. Porque sonrío a contratiempo.

¿En qué se inspiró Schumann cuando compuso la primera de sus cinco piezas sobre temas populares, las únicas en las que dialogan violoncello y piano, para nombrarla con la sentencia bíblica Vanitas, vanitatum? Esta noche, mientras sigue lloviendo ahí afuera, quiero creer que no es la vanitas de la soberbia o el orgullo, sino la vanitas de la vacuidad, de lo superfluo y lo insignificante. Es la vanitas de lo breve y lo efímero sobre la que reposa la música, cualquier música; la vanitas de la belleza a la que hay que entregarse, cuando se presenta (fugaz), para así engañar a la muerte y a la tristeza.

Se que está ahí porque el Largo de Chopin se nos hace corto, cortísimo. Porque un folio, distraído entre los macillos y las cuerdas, se convierte en la traviesa percusión de Falla. Y porque sonreímos a un tiempo. Casi siempre sonreímos a un tiempo.

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Tres colores, cinco dedos, dos entradas, un pianista, una violoncellista, un observador solitario, un pasa-partituras ausente, una noche de lluvia, un mapa…

Salimos a la noche y a la lluvia y aún conociendo el camino, aún habiendo transitado por él unas cuantas veces, a pesar de que, en silencio, reconocemos los baches, las curvas peligrosas y las rectas infinitas, buscamos un mapa para no perdernos. Y lo encontramos, semicerrado y a media luz, pero lo encontramos. Un mapa que a ratos nos recordó la cartografía colorista de El Jardín de las Delicias, donde reina la felicidad, y a ratos la grisalla de su trasera, en la que El Bosco imagina el tercer día de la Creación, cuando las aguas se abrieron y se creó el Paraíso, ese paraíso en donde las cosas, animadas e inanimadas, aún no tenían nombre ni recibían la luz del Sol. Pero, ¿quién se atreve a nombrarlas ya de madrugada?

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Creo que el tercer tiempo de Chopin casa bien con ese tercer día de la creación que, en triste grisalla, El Bosco dibuja en la trasera de El Jardín de las Delicias. Aquel tiempo en el que, incapaces, aún no habíamos encontrado el nombre exacto de las cosas…

El tercer tiempo (Largo) de la Sonata de Chopin quizá sea el anuncio de ese tercer día de la Creación que, en triste grisalla, dibuja El Bosco, porque sino ¿a cuenta de qué he amanecido en El Prado buscando el tríptico más famoso de la historia del arte? ¿Qué ando buscando en ese mapa, en su lado luminoso y, sobre todo, en ese otro oscuro? ¿Dónde se esconde el lenguaje –nuestro lenguaje– que no encuentro, las palabras que no me atrevo a pronunciar, los adjetivos que permanecen intactos pero callados, los sustantivos –cobardes– de lo realmente sustantivo?  ¿Hay algo más triste que no saber el nombre exacto de las cosas, que no poder nombrar, nombrarte, la alegría, el miedo, el amor, la luz, la amistad o el dolor?

 

“¡Inteligencia, dame

el nombre exacto de las cosas!

… Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre exacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!

(Juan Ramón Jiménez, Eternidades, 1918)

Todo, todo pasa, y quizá por eso en el paraíso de El Bosco algunos placeres se esconden en burbujas translúcidas, un elemento que en el arte también suele remitir a lo efímero. Todo, todo pasa. Sean placeres terrenales que hay que rechazar (como siempre se ha concluido a partir de la sentencia del Eclesiastés elegida por Schumann) o sean los brillantes dones que regala esta vida y que hay que gozar sin culpa (una interpretación que se ajusta mejor a la más antigua tradición hebrea), el caso es que, Vanitas, vanitatum, Caronte aguarda, y, más pronto que tarde, hará su trabajo con la neutra diligencia que retrató Patinir (mucho más discreto, en una sala contigua a la que ocupa El Bosco). Me da a mí que ahí, en el centro de la laguna Estigia, lejos ya de la orilla, es en donde todo concluye… y los únicos que lo sabemos, ahora, somos nosotros.

“Los vivos, en efecto, saben que morirán /
pero los muertos no saben nada”

(Eclesiastés)

Me gusta cómo todo se entrelaza (Châtelet, Schumann, Chopin, El Bosco, Juan Ramón, Patinir, Jacqueline du Pré…) en esta visita relámpago a Madrid, en la que, como siempre, la belleza, a pesar de la lluvia y el frío, ha vuelto a manifestarse, y ha hecho (muy bien) su trabajo: engañar a la muerte y a la tristeza. Una visita en la que no nos hemos perdido (el mapa, la memoria, la lealtad…), a pesar de que atesoraba, por fin, el difícil encargo de buscar el nombre exacto de las cosas…

PD: Jacqueline du Pré & Daniel Barenboim // Chopin, Sonata para violoncello y piano Op. 65, III Largo // 1972

(*) No, Émilie du Châtelet (1706-1749) no era precisamente una artista de vida disoluta, sino una matemática y física francesa, traductora de Newton y pionera en la defensa del papel de la mujer en la educación y la ciencia

 

 

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Hay un cordón, casi invisible, que une la tierra y el mar. Un cordón que dibuja extraños jeroglíficos sobre el agua. Los habitantes del gran azul no saben que es el dibujo de una trampa. Un cordón, casi invisible, en el que queda atrapada la vida.

PD: Javier Hernández me invitó a que sumara un texto, un pie de foto, a su magnífica exposición de imágenes aéreas del litoral andaluz. Así conté lo que vi. “El vuelo del alcatraz” fue una muestra atípica, una visión inusual de un territorio frágil.

Agenda 2017

Asoman los ojos de Picasso, las vías del tren, los poemas de Rumi, un hotel escondido… En mi agenda de 2017, y eso que acabo de estrenarla, aguarda todo lo que aún no ha ocurrido…

“En la historia de la relación humana es mucho más importante el azar que la rutina, lo incierto que lo previsto. Frente a esas citas de horario fijo y de confirmación compulsiva brillan con luz propia aquellas otras citas en las que el encuentro es el resultado de una magia especial y de una verdadera necesidad de verse” (“De año en año“, Joan Barril).

Durante años me resistí a usar agenda, convencido que una vez escribías en  ellas la cita, el viaje, la obligación, el aniversario, la reunión o el deseo, todos esos instantes, aún sin estrenar, perdían el brillo, y las posibilidades (posibles e infinitas), que otorga el futuro.

Dejadme que me contradiga: sólo somos en el instante presente, de acuerdo, pero ¿quién se resiste a la fascinación del futuro cuando no está anotado en una agenda? ¿Quién no imagina que mañana será el día, ese día, el mejor día? Sólo soy ahora, de acuerdo, pero ¿qué no seré mañana? No hay páginas suficientes en la agenda para detallar todo lo que, de manera azarosa, esconde esa cita que, escrita con letra azul y apresurada, sólo ocupa una línea, o una sola palabra.

Una hora. Una ciudad. Un nombre.

Terminé usando agendas porque la memoria es frágil, pero en ellas casi nunca anoto las citas que más espero. Y si lo hago miento en los nombres, en las horas, en las ciudades. Me basta con saber que ocurrirá, que el deseo se cumplirá, pero no quiero darle más pistas a ese carcelero que siempre acecha para hacer prisionero al futuro y convertirlo en un tipo gris y previsible.

No me gustan las agendas, esas tristes cárceles de papel, y sin embargo cada año las elijo con más cuidado para que, al menos, sean hermosas, porque, lo escribamos o lo guardemos en secreto, la vida es, justamente, lo que aún no ha ocurrido.

“Toda ciudad regala algún secreto.

Todo secreto es siempre decisivo.

Hay un orden oculto para el caos:

lo que nunca ocurrió se llama vida”

(“Nueve suposiciones“, Felipe Benítez Reyes)

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El atún en escabeche de cítricos (vamos a llamarlo así) se adivina, ya dorado, detrás de esa selva de rúcula, granada y frutos secos con la que decidí acompañarlo (Foto: JMª Montero)

Hoy tenía ganas de cocinar. En realidad tengo ganas de cocinar casi todos los días pero hoy, por muchos motivos (contradictorios, eso sí), tenía muchas ganas de cocinar. Es curioso, pero no siempre cocino porque tenga buenos motivos, porque esté contento o quiera celebrar algo; con frecuencia cocino para animarme, porque necesito iluminar la grisura o porque he perdido algo que sólo la cocina es capaz de devolverme. Quizá sea la única actividad a la que me entrego, con idéntica pasión, cuando estoy contento y cuando estoy triste, la única que me produce placer en ambas circunstancias. Y en contra de lo que un día me confesó un notable cocinero las recetas me salen igual de bien (o de mal) estando triste o contento, porque en mi caso lo que determina el resultado no es tanto el estado de ánimo, o (atención a la blasfemia) la materia prima, como los destinatarios del plato. Todavía no he encontrado una actividad más sugerente, ni un estímulo más poderoso, que cocinar, sin ningún motivo especial, para una mujer interesante. Ahí lo dejo.

Como tenía las ganas pero los motivos eran variopintos e, insisto, contradictorios, necesitaba una receta que se ajustara bien a ese cóctel emocional, tan frecuente, en donde conviven la alegría y la nostalgia, el enfado y la celebración. Aunque pensaba cocinar con-lo-que-hay (ni muerto me hubiera separado hoy más de dos o tres metros de mi chimenea) sabía, intuía, que tirando de aquí y de allá, pero sobre todo dándole vueltas al atún que ayer llegó a casa, encontraría la fórmula para llevar a los fogones, y al paladar, esa mezcla de dulce y amargo, de ácido y salado… y hasta de umami. Un atún con los cinco sabores que la lengua es capaz de distinguir, los mismos sabores con los que, a veces, uno amanece y vive.

Ingredientes:

Tres filetes de atún cortados gruesos.

Dos cebollas grandes y cinco dientes de ajo.

Una naranja y un limón.

Orégano, pimienta negra en grano, clavo y sal.

AOVE (Aceite de Oliva Virgen Extra, otra pedantada que puede resumirse en dos palabras: aceite bueno), Angostura y vinagre de Montilla (o blanco de Módena).

Cinco cucharadas de azúcar morena.

Cortamos el atún en dados gruesos, salpimentamos y reservamos. Lavamos la naranja y el limón, sacamos el zumo de ambos y los mezclamos. Reservamos las cáscaras limpias.

Cortamos las dos cebollas en brunoise (efectivamente: es la manera pedante de decir “en daditos muy pequeños”) y también picamos muy finos los dientes de ajo. Rehogamos cebollas y ajos en una sartén con un chorreón generoso de AOVE. Añadimos una cucharadita de orégano.

Mientras se va haciendo la cebolla preparamos una sartén grande, y con cierta altura, en la que ponemos el azúcar mezclada con un poco (dos o tres cucharadas) del zumo de los cítricos. Calentamos hasta que se forme un caramelo fluido (no debe espesarse mucho). Retiramos del fuego y añadimos el resto del zumo y las cáscaras bien picaditas (sin la parte blanca del interior, la que un botánico resuelto llamaría mesocarpo y un cocinero cool llamaría albedo, esa esponjosa cobertura que resulta demasiado amarga). Mezclamos bien.

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Mira que tengo pócimas en la cocina pero estoy fascinado con la Angostura y sus infinitos matices, cítricos y amargos, que viajan desde las selvas venezolanas…

Cuando la cebolla esté tostadita, pero sin quemarse, la añadimos a la mezcla de zumos, caramelo y cáscaras. Dejamos que hierva de manera suave unos minutos, ponemos unos granos de pimienta negra y unos granos de clavo (en realidad son botones secos, flores que no se abrieron –el botánico resuelto ataca de nuevo–), retiramos del fuego y añadimos un chorreón generoso de vinagre de calidad (cuando quiero acentuar el ácido uso vinagre de Montilla y cuando quiero matizarlo empleo vinagre blanco de Módena) y una cucharadita de Angostura (estoy entusiasmado con este brebaje, una pócima antiquísima –mediados del XIX– que de pequeño veía, con su inconfundible botellita envuelta en papel, en los bares más elegantes de la ciudad y que ahora he redescubierto). La mezcla debe quedar más bien caldosa (se puede añadir un poquito más de zumo).

Fuera del fuego colocamos el atún en esa mezcla, moviéndolo de un lado y de otro para que coja bien el sabor, aún caliente, de la mezcla. Cuando se enfríe tapamos la sartén y la colocamos en el frigorífico para que el pescado tome ese escabeche durante, al menos, un par de horas.

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Al atún le sienta de maravilla este baño cítrico con toques de caramelo y con aromas de clavo y genciana…

Cuando llegue la hora de comer retiramos el atún del escabeche, calentamos, más bien fuerte, una sartén con algo de aceite y vamos dorando los tacos de atún. Mientras, en una sartén pequeña o en un cacito, calentamos el escabeche, dejamos que se reduzca un poco y lo convertimos en una salsa para acompañar (sin batir, porque a mi me gustan esos tropezones de cáscara de limón o naranja y esas delicadas láminas de cebolla tostada — ¡¡ muerte a la Thermomix !!, si no lo digo… reviento –).

Pusimos la mesa al sol de invierno. Descorchamos una botella de sidra de pera (bien fría), y no recuerdo por lo que brindé aunque seguro que fue por algo dulce y amargo a un tiempo, ácido y salado… y hasta un poco umami. A veces es difícil brindar por algo que tenga un sólo sabor…

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Seguro que en 2017 mis botas, haya piedras o arroyos, no dejarán de llevarme a sitios maravillosos (Vadeando el Rego dos Fornos, Outeiro de Rei, Lugo, en la primavera de 2016)

“Cada tictac es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite. Y hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir. Que cada uno lo resuelva como pueda…”  (Frida Kahlo) 

Vaya, un año más que no encuentro explicación para todo lo que nos ha ocurrido. Doce meses en los que ha sido imposible detenerse para entender algo que no fuera el mismísimo presente. Trescientos sesenta y cinco días en los que no hemos tenido más remedio que aceptar, con asombro o fastidio, que cada jornada no se parece en nada a la que ya pasó y que nada tendrá que ver con la que nos visitará mañana. Quinientos veinticinco mil seiscientos minutos en los que han mandado las incertidumbres sobre las certezas, pero en los que no han faltado ni risas, ni música, ni vino, ni esperanzas. Treinta y un millones quinientos treinta y seis mil segundos en los que el corazón, sin hacernos preguntas ni reprocharnos nada, ha latido con el ritmo al que la vida, tozuda y traviesa, le ha invitado.

Pues eso, un año más…

Que las incertidumbres, las certezas, las esperanzas, la música, el vino y las risas nos vuelvan a visitar, y que el corazón, el que compartimos, no falte a la cita.

PD: Sólo rompo los calendarios, ignoro las agendas y detengo los relojes cuando estoy con vosotros. Sólo en vuestra compañía no escucho ese monótono tictac…

¡¡¡ Gracias amigas, gracias amigos !!!

“Brilla mientras estés vivo. Se alegre, que nada te perturbe. Que la vida pasa y el tiempo se cobra su derecho” (*)

(*) Epitafio de Seikilos, la composición musical completa más antigua que se conserva; un escolión, canción de bebida, que hace más de 2200 años Sícilo talló en una columna de mármol sobre la tumba de su esposa Euterpe, en la antigua ciudad de Trales, en la costa turca. 

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No se necesita mucho para celebrar la vida como me demostró mi hija Sol una mañana de otoño en la isla de Brownsea (Dorset, UK).

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Arriero junto a los Peñones de San Francisco, en Sierra Nevada (archivo del diario Ideal de Granada Link: goo.gl/dAkkhI)

Hace unos días, y de la mano de la Fundación Descubre, organicé un interesantísimo debate en torno al futuro de la nieve en la alta montaña andaluza, cuestión íntimamente relacionada con el impacto del cambio climático en nuestra región.

Repasando alguna documentación que pudiera ilustrar el diálogo (ya disponible en el último número de la revista de divulgación iDescubre) recordé el reportaje que, hace algún tiempo, firmé para el diario El País, y en el que explicaba el negocio que en torno a la nieve se desarrolló en tierras andaluzas aplicando técnicas que ya se conocían hace más de tres mil años.

Las primeras pruebas documentales del comercio de nieve se remontan mil años antes de Cristo, cuando en los sótanos de algunas viviendas chinas se almacenaba hielo en invierno para consumirlo en verano. Los romanos organizaban caravanas de nieve desde los Apeninos, y en la Edad Media eran los árabes los que transportaban este material desde las montañas del Líbano hasta los palacios de los califas en Damasco y Bagdad.

En la primavera de 1624 se celebró, en lo que hoy es Parque Nacional de Doñana, uno de los festejos reales más sonados de la historia de España. El Duque de Medina Sidonia celebró una monumental cacería en honor de Felipe IV a la que asistieron 1.200 invitados. Las crónicas relatan cómo, para mantener en buen estado los manjares que se transportaron desde diferentes puntos de la región, todos los días llegaban al corazón de las marismas del Guadalquivir, procedentes de la serranía de Ronda, seis cargas de nieve a lomos de cuarenta y seis mulas.

Cuando aún no existían métodos artificiales de refrigeración la nieve acumulada en los puntos más elevados de las comarcas serranas constituía un elemento muy codiciado, no sólo para la conservación de determinados alimentos o la elaboración de refrescos y helados, costumbre que se había extendido entre las clases más pudientes, sino también por sus aplicaciones médicas, ya que se juzgaba imprescindible en el alivio de hemorragias e inflamaciones, y hasta en el tratamiento de la peste.

A mediados del siglo XVII el comercio de la nieve estaba ya más que desarrollado en numerosos puntos del país. Málaga era entonces una de las ciudades que, por su actividad portuaria, demandaba grandes cantidades de nieve. Ésta se obtenía de la que entonces era conocida como sierra de Yunquera, y en particular en el denominado Puerto de los Ventisqueros, a 1.600 metros de altitud.

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Pozo de nieve en el Puerto de los Ventisqueros (Tolox, Parque Natural de la Sierra de las Nieves, Málaga).

Cuando los inviernos eran benignos y escaseaba este recurso en los términos municipales de Yunquera y Tolox, hoy incluidos en el Parque Natural de la Sierra de las Nieves, los comerciantes trasladaban su actividad a la más lejana sierra de Tejeda, en la Alta Axarquía, donde algunos picos, como el de la Maroma, rebasan los 2.000 metros de altitud.

Los neveros no sólo trabajaban en las serranías malagueñas, también operaban en distintos puntos del macizo de Sierra Nevada, donde la disponibilidad de este recurso era mucho mayor, en la cercana sierra de Baza y en diferentes localidades de las serranías jienenses.

Las técnicas que se emplearon en Andalucía para la conservación y transporte de nieve eran similares a las que, siglos atrás, habían desarrollado griegos y romanos, que comprimían este material en pozos practicados en las zonas más elevadas, cubriéndolos con pasto, paja y ramas de árboles. Los primeros manuales que describían el aprovechamiento de este material vieron la luz en Sevilla en el siglo XVI.

Cuando en el siglo XVII la explotación de la nieve experimentó un auge en Andalucía, las condiciones climáticas eran diferentes a las que hoy conocemos y hacían posible que este recurso fuera abundante en lugares en los que hoy escasea. La misma sierra de las Nieves no registra ahora ni las temperaturas ni las precipitaciones que hace unos 300 años la convirtieron en uno de los territorios más apreciados por los neveros.

La conocida como Pequeña Edad del Hielo, periodo que se inició en los siglos XV-XVI, fue la responsable de esta abundancia de nieve en latitudes en las que hoy apenas aparece.

 

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Songs for Eternity. Ute Lemper. Sala de Cámara del Auditorio Nacional. Viernes, 11 de noviembre de 2016.

“Hay muchos tipos de música. La que yo canto refleja nuestro mundo y los conflictos y dolores esenciales de la vida. Ese ha sido desde siempre mi interés: escarbar en el corazón y el alma humanas como una búsqueda de la verdad” (Ute Lemper)


Hay muchos tipos de música, tantos, sospecho, como tipos de personas. Por eso hay una música para cada momento y una persona con quien compartirla. La conjunción de estos elementos no es fácil, y en esa coincidencia, como en casi todos los propósitos que buscan la belleza y la luz, pesa más el azar que el cálculo. Se necesitan más sonrisas que argumentos, y mucha más imaginación que juicio, para tejer canción, momento y compañía.

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Ute Lemper es capaz de detener los relojes, o, lo que es más difícil aún, consigue hacerlos retroceder.

Cuando se apagan las luces y Ute Lemper camina hasta el centro del escenario el tiempo no se detiene, como solemos escribir cuando algo nos conmueve con la intensidad que lo hace la música de esta alemana atípica. No, el tiempo no se detiene, sino que comienza a correr en sentido inverso, a retroceder, a caminar a contramano hasta detenerse en aquel periodo oscuro en el que el hombre, como acostumbra, fue el lobo para el hombre.

Nuestro tango de esclavas/ bajo el látigo de los opresores / Oh, el tango de las esclavas / del campo de Auschwitz, / espuelas de acero de esas bestias, nuestros guardianes / Oh, libertad, los días de la libertad nos reclaman (Auschwitz Tango, Anónimo)

El arte se crece en la adversidad y, lo que es aún más sorprendente, con frecuencia permanece al margen de la tristeza, la oscuridad, el dolor o la desesperanza que proyecta la propia adversidad. El arte es entonces lo único que nos salva del horror; ni siquiera una oración, que apenas es una mano tendida al incierto más allá, nos conduce a lo mejor de nuestra condición humana. Sólo el arte nos devuelve al lugar en el que realmente existimos, a ese diminuto rincón del universo en donde, aunque todo se derrumbe a nuestro alrededor, habita la belleza. El territorio íntimo en el que somos. Y esta noche, como en aquellas otras noches a las que Ute nos conduce, somos música. Quizá sólo lo advierta nuestro corazón pero hoy, ahora, en esta noche de otoño, somos música, nada más que música.

“La música, única entre todas las artes, es a la vez completamente abstracta y profundamente emocional. No tiene la capacidad de representar nada particular o externo, pero sí una capacidad única para expresar estados o sentimientos interiores. La música puede atravesar el corazón directamente; no precisa mediación” (Musicofilia: relatos de la música y el cerebro. Oliver Sacks)

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El arte caminó entre los moribundos y los condenados como un ángel redentor.

Algunas de las canciones que los prisioneros llegaron a componer en los campos de exterminio nazis (sí, habéis leído bien, el arte caminó entre los moribundos y los condenados como un ángel redentor) son las que esta noche de noviembre, en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional, interpreta Ute Lemper. Su voz, poderosa, viene desde muy lejos, desde ese lugar antiguo al que nos trasladamos juntos, sin pensar, con la respiración contenida y el corazón encogido. Pero lo cierto es que, conforme van desgranándose las estrofas, sin esfuerzo aparente, en un alemán indescifrable pero preciso, o en un yiddish tan melancólico y ronco como el violín de Daniel, nos damos cuenta que hay más dramatismo en el contexto en el que nacieron esas melodías que en las canciones mismas, algunas de ellas, muchas de ellas, repletas de luz.

¿Quién, hacinado en un frío barracón de Theresienstadt, pudo escribir una ópera imaginando bosques cuajados de margaritas “como pequeños soles”?

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Kurt, Alek, Shmerke, Rikle, Hermann, Hanah, Ilse, Viktor, Johanna, Jascha, Willy, Ute, Vana, Daniel, Víctor, Romain, Pilar, Jesús… El programa, con todos los nombres, los colores, las sombras… y una silla, ya está en el Sur.

¿Quién, tras las alambradas de Westerbork, fue capaz de organizar un grupo de teatro denominado “Humor y Melodía”?

¿Quién tuvo el coraje de componer una nana con la que acompañar a los niños que caminaban hacia las cámaras de gas en Auschwitz?

Viktor Ullman, Willy Rosen, Ilse Weber… Aunque resulte inconcebible, cuando Ute los va presentando, como si fueran viejos amigos, no hay lugar para la tristeza. Sus nombres se quedan flotando en el auditorio, como tantos otros nombres ocupan los teatros del mundo, impregnando de humanidad estos templos laicos en donde es posible el perdón y la eternidad sin que medien sacerdotes, religiones ni plegarias.

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En primer término Palir, con su mano de pianista generosa sosteniendo el programa azul, y allí al fondo, Ute, con su traje de noche, elegante sobre el escenario del Auditorio Nacional. Ese es el orden correcto. [De la mítica serie culturetadas-con-Palir+Intermezzo]

La emoción no es tristeza, ni tan siquiera melancolía, y menos aún cuando quien te acompaña, esa persona que estaba destinada a ese momento y a esa música, es de las que, como yo mismo, no evita el buen humor en ninguna coyuntura por turbia que se presente. ¿Cabe un mayor respeto que el que brinda la alegría compartida? ¿Existe un mejor antídoto para la mordedura del olvido?  Contenemos la respiración, claro, pero en los intermezzos, nos miramos y sonreímos, agradecidos, felices de estar felices, sin mayores aspavientos, cómplices en el privilegio de estar vivos y en la coincidencia (una más) por el gusto, delicado, de esa September Song que nos traslada al hedonismo despreocupado del Broadway de entreguerras.

 “September, November

and these few precious days

I spend with you.

These precious days

I spend with you…

(September song, Kurt Weill & Maxwell Anderson)

527984Sonó Septemberg song y sólo por eso la noche, que aún estábamos estrenando, mereció la pena. Hay cosas, aseguran Weill y Anderson, que únicamente ocurren entre septiembre y noviembre, noches de otoño en las que te guía, sorteando la oscuridad, cualquier oscuridad, una persona luminosa. Una cita con la belleza. Un encuentro con la generosidad. Un espacio para la esperanza y la resistencia. Un dedo que señala el porvenir, una mano que te conduce a la eternidad. Somos nosotros, y somos música. Ahora.

A veces todo es tan sencillo como una noche, una canción y una persona…