
No hace falta ser profeta ni agorero para saber, si te dedicas al periodismo ambiental, cómo se comporta el clima mediterráneo. Cuando el pasado otoño, aún sometidos a una sequía extrema en numerosos puntos de Andalucía, Emasesa me invitó a participar en el oportuno monográfico «Las claves del agua», decidí comenzar mi reflexión anunciando, sin saber la fecha exacta pero convencido de ello, lo que iba a ocurrir, lo que está ocurriendo estos días. El azar ha querido que este volumen de reflexiones en torno a la mejor gestión de las sequía aparezca justamente ahora, cuando las lluvias han sido, por fin, generosas en buena parte del país, y comienza a producirse, de la mano del júbilo, el consiguiente relajo sobre lo que ayer eran urgencias, el olvido de lo que ayer mismo era decisivo.
Los párrafos que vienen a continuación son el comienzo de mi artículo Informar en seco: cómo comunicar (mejor) los conflictos del agua, artículo que se suma a las valiosas aportaciones de un numeroso grupo de especialistas, muchos de ellos miembros, como yo mismo, del Observatorio del Agua, que aportan muy diferentes puntos de vista, pero convencidos, todos ellos, de que se puede mejorar la gestión de este recurso vital desde una perspectiva de servicio público:
«La secuencia es de sobra conocida para los que vivimos sometidos a los ciclos del clima mediterráneo: después de un largo periodo de sequía, en el que se han visto comprometidos todo tipo de aprovechamientos además del propio abastecimiento urbano, aparecen, por fin, las lluvias. Si son lo suficientemente generosas hay una lógica sensación de alivio. En los medios de comunicación todos celebran la nueva tregua y, por unos días, el fantasma de la falta de agua, y todo el estrés asociado al mismo, pasará a un segundo plano. Es posible que este sea el comienzo de un nuevo capítulo en eso que algunos denominan el ciclo hidro-ilógico: cuando el recurso abunda nos relajamos, olvidando las acciones que podrían evitar futuros problemas de escasez, y cuando la sequía nos alcanza se multiplican las tensiones, el peor escenario para buscar soluciones a corto plazo.
La tensión y el relajo, el estrés y la despreocupación, están determinados, en gran medida, por factores emocionales, y no tanto racionales, que, con demasiada frecuencia, se alimentan de informaciones oportunistas y poco rigurosas. Seamos sinceros: más allá del debate científico, de los argumentos que exponen los especialistas o de las consideraciones que defienden las instituciones y colectivos competentes, el discurso en torno al agua se construye en los medios de comunicación. El relato que más pesa en los ciudadanos es el de los mass media y en particular el de la televisión. Un relato que condiciona el imaginario colectivo, que determina los mitos, las suposiciones, los prejuicios y, lo que es peor, las falsedades.
Después de cada periodo de sequía vuelvo a celebrar la lluvia, aún sabiendo que en cualquier momento alguien, a cuenta de unos cauces que quizá recuperen su caudal, reclamará que “los ríos dejen de tirar agua al mar”, que se construyan más pantanos “porque es la única manera de no desperdiciar este agua”. Y también aparecerán las reclamaciones a favor un incremento de los regadíos “como factor de riqueza”, los trasvases como “herramientas de justicia y equilibrio”, o las desaladoras como la “solución definitiva”. Todos estos argumentos están contaminados por la emoción y condicionados por los posicionamientos políticos, de manera que no es fácil encontrar en los medios de comunicación una postura crítica y ecuánime que sirva, al menos, para revelar ventajas e inconvenientes, costes y beneficios, para así mostrar la verdadera complejidad del problema.
No queremos informaciones complejas. No las quieren los ciudadanos y han terminado por rechazarlas los propios medios de comunicación (sobre todo la televisión). “Si tengo que explicarlo”, me decía un compañero de profesión, “renuncio a contarlo”. ¿Cómo resumir en los 60 segundos escasos que se dedican a una noticia en televisión un asunto tan complejo como el de la disponibilidad y aprovechamiento del agua? Por eso triunfan los sucesos sobre los procesos, porque los primeros requieren de poco esfuerzo, de poca interpretación y análisis, y se consumen con facilidad: son la fast food del periodismo. Me puedo quedar en el relato simple de una protesta de agricultores que reclaman agua, o bien ocuparme en hacerme todas esas preguntas que en la universidad nos aseguraron que eran imprescindibles para una buena información: ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿causas?, ¿consecuencias?, ¿actores?… Para responder a estas preguntas se requiere tiempo y capacitación, dos elementos de los que no siempre disponemos y, lo que es peor, recursos que muchas empresas de comunicación no consideran imprescindibles.
Algunas de las consecuencias, perversas, de esta apuesta por la información sencilla, de fácil consumo, son la vulnerabilidad, el desconocimiento y, finalmente, la mala praxis. Abundan los comunicadores que se enfrentan a situaciones de gran complejidad sin los conocimientos mínimos: “Ya están aquí los que tanto saben de cubrir crisis, y nada saben de las crisis que tienen que cubrir” (resumía, con sorna, Rosa María Calaf (1)). Aparece, asimismo, el “periodismo por ósmosis”: uno adquiere conocimientos, providenciales, sobre la noticia al colocarse en el lugar donde se ha producido, y no al contrario (a uno lo envían a cubrir esa noticia porque ya tiene conocimientos sobre la cuestión). Y, por último, medios y profesionales terminan por caer entregados a la información convocada (ruedas y notas de prensa), donde a los comunicadores se les ahorra el esfuerzo de analizar, donde las agendas se dictan fuera de los medios, donde el interés lo marcan otros intereses que no siempre coinciden con los de los ciudadanos. En resumen, la combinación de todos estos factores produce un exceso de información de baja calidad y profundidad, información que poco ayuda a la comprensión de temas complejos pero de una honda repercusión social, como ocurre con aquellos que giran en torno al agua.
Sería injusto atribuir a los periodistas y a las empresas de comunicación todas estas anomalías, porque en el proceso de trasladar una información al gran público intervienen, al menos, otros dos actores decisivos: las fuentes (a las que acudimos en busca de la materia prima que conformará la noticia), y los propios receptores (de los que requerimos una cierta capacidad crítica para saber interpretar, y discriminar, lo que les ofrecen los medios).
Hecho el diagnóstico y la autocrítica, apuntados todos los escollos que hay que sortear en busca de una información de calidad, hay que plantear soluciones, de las que voy a apuntar algunas en este artículo. ¿Qué podemos hacer para mejorar la información en torno a los conflictos del agua?»
[ Efectivamente, si queréis conocer algunas de las soluciones que propongo, tendréis que leer el artículo completo online -en este enlace- o bien descargarlo -en este otro enlace-]
















