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En las marismas del Guadalquivir no vivía ninguna especie de cangrejo de agua dulce hasta que en 1973 se introdujo, de manera intencionada, el cangrejo rojo americano.

Cuando se detecta la presencia de una especie exótica en un ecosistema alejado de su lugar de origen los especialistas aconsejan la inmediata erradicación de la misma, al objeto de evitar el impacto que podría causar en la supervivencia de animales o plantas autóctonas. Algo lógico a la vista de los múltiples ejemplos sobre el efecto letal que estas invasiones pueden llegar a causar en determinados enclaves.

Esta estrategia suele fracasar en numerosas ocasiones debido a las dificultades que plantea el exterminio de ciertas especies que, en poco tiempo, logran multiplicarse hasta colonizar grandes extensiones de terreno. Además, cuando esto ocurre y la invasión se prolonga en el tiempo, surgen vínculos, desconocidos hasta ese momento, entre los especimenes exóticos y el ecosistema en el que se han instalado. Puede manifestarse entonces la paradoja de que ciertas especies autóctonas comiencen a depender del invasor y, en ese caso, la erradicación no sólo es dificultosa sino que también es desaconsejable, al menos hasta conocer ese nuevo entramado biológico.

En las marismas del Guadalquivir no vivía ninguna especie de cangrejo de agua dulce hasta que en 1973 se introdujo, de manera intencionada, el cangrejo rojo americano, cuyos primeros ejemplares procedían de Louisiana (EEUU). Este crustáceo exótico no solo se adaptó sin problemas a su nuevo hábitat sino que comenzó a multiplicarse a gran velocidad. En 1982 se capturaron ya tres millones de kilos, lo que suponía alrededor de 250 millones de individuos, con una densidad que llegaba a superar los 50 animales por metro cuadrado. Hoy está presente en toda la zona marismeña y es objeto de un notable aprovechamiento pesquero; y es precisamente esta última circunstancia la que ha originado un contundente rechazo a la reciente sentencia del Tribunal Supremo que considera al cangrejo rojo especie invasora a todos los efectos, lo que supone la prohibición genérica de posesión, transporte, tráfico y venta de ejemplares vivos o muertos, incluyendo el comercio exterior. Un golpe terrible a una actividad económica que mueve cada año 20 millones de euros y genera más de 150.00 jornales.

Pero aunque la decisión del Supremo sea intachable desde el punto de vista jurídico, no lo es tanto desde el punto de vista socioeconómico y tampoco, aunque resulte paradójico, lo es desde la perspectiva ecológica, incluso si consideramos que esta última es la que justifica la sentencia.

La proliferación de esta especie invasora siempre se ha evaluado de manera negativa, al considerar que el cangrejo rojo ha causado profundas alteraciones en los ecosistemas marismeños y, en particular, en los terrenos protegidos de Doñana. No hay duda de que en este espacio natural se han modificado algunas variables como consecuencia de la invasión de este invertebrado, pero poco se sabía, hasta hace una década, de estas modificaciones, atendiendo tanto a las desventajas como a las ventajas.

Focha común alimentándose de cangrejos rojos (Foto: Rafael Pereiro)

Esta nueva forma de contemplar el problema quedó reflejada en un estudio que, ya en 2004, firmaban Zulima Tablado y Fernando Hiraldo, investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), para los que resultaba imprescindible “conocer el papel que está desempeñando este invertebrado en los ecosistemas marismeños”.

Una revisión exhaustiva de los comportamientos alimenticios de más de 40 especies animales, autóctonas de las marismas y potenciales consumidoras de cangrejos, ha permitido desvelar algunos de esos vínculos tejidos entre el invasor y los nativos, de manera que han podido establecerse algunos de los efectos de esta relación y, en particular, su incidencia en el aumento o disminución de las poblaciones de las especies autóctonas.

No hay duda, señalan Hiraldo y Tablado, de que el cangrejo rojo “es ahora una especie clave en este territorio”, ya que sirve de alimento a un buen número de animales autóctonos. Dependiendo del periodo del año analizado, entre 13 y 18 especies, contando aves, reptiles, mamíferos y peces, consumen cangrejos en proporciones medias o altas. Aunque la aparición de esta nueva presa ha provocado la respuesta de un buen número de especies, estas, precisan los investigadores, “no han modificado sus estrategias de búsqueda de alimento”. Sencillamente, para muchos de estos predadores el cangrejo rojo se ha convertido, por su tamaño, en la presa más rentable desde el punto de vista energético.

La presencia de este alimento, desconocido en la marisma hasta hace treinta años, ha influido en las poblaciones de sus predadores, algo que, por vez primera, demostró de forma clara el trabajo de estos biólogos. En lo que se refiere a las aves, precisaban Hiraldo y Tablado, “los predadores de cangrejo, de los que existían datos sobre la evolución de sus poblaciones, se han incrementado más que otras especies”. Y algo parecido ha ocurrido con especies de las que sólo te tienen referencias de sus tendencias poblacionales, como es el caso de la nutria.

Gaviota sombría tras la captura de un cangrejo rojo (Foto: Gonzalo Criado)

Pero llegados a este punto surge la paradoja. El incremento en las poblaciones de algunas aves, por más que se trate de especies protegidas, puede acarrear una mayor presión sobre algunos otros animales presentes en su dieta, circunstancia que podría terminar por desequilibrar el sistema. Es decir, el cangrejo, de forma indirecta, puede inducir a la desaparición de otros animales valiosos.

Este no deja de ser un escenario pesimista ya que cabe otra interpretación. Quizá, precisan los investigadores, “nos encontremos en un periodo de ajuste entre predadores y presa, de manera que termine alcanzándose un punto de equilibrio distinto al actual, en el que los cangrejos desciendan por efecto de sus predadores y posteriormente estos también rebajen su número para mantenerse en densidades aceptables”. Se conseguiría así una suerte de “control biológico natural”.

Admitiendo ambas hipótesis lo cierto es que los especialistas siguen investigando hacia donde va a evolucionar esta situación, por lo que, en definitiva, estos y otros trabajos similares invitan a nuevas pesquisas, de manera que la influencia del cangrejo pueda modularse en beneficio de las especies autóctonas, empezando, quizá, por los humanos que han hecho de su aprovechamiento una fuente de riqueza en una comarca muy castigada por el desempleo.

POSTDATA: COMPETICIÓN APARENTE

Hasta hace pocos años los especialistas sólo atendían a los efectos directos que las especies invasoras podían causar en los ecosistemas que les daban cobijo. Pasaban así inadvertidos los impactos indirectos que, aunque menos evidentes y a más largo plazo, pueden llegar a causar profundas alteraciones.

Muchos de estos efectos ocultos tienen su base ecológica en el fenómeno conocido como “competición aparente”, mecanismo que es el que han estudiado en Doñana, y con referencia al cangrejo rojo, Fernando Hiraldo y Zulima Tablado. Con frecuencia, si hacemos caso al previsible desarrollo de este fenómeno, la aparición de una nueva presa, como es el caso de este crustáceo americano, provoca en los animales que la consumen primero una respuesta funcional y luego una numérica.

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Los primeros ejemplares de cangrejo rojo llegaron a Doñana procedentes de Louisiana (EEUU) y no solo se adaptaron sin problemas a su nuevo hábitat sino que comenzaron a multiplicarse a gran velocidad.

Es decir, al principio los predadores disminuyen su presión sobre los animales autóctonos que habitualmente forman parte de su dieta porque incorporan cantidades importantes de la nueva especie exótica. De esta manera aumentan las poblaciones de los predadores con lo que, en una segunda fase, se incrementa la presión sobre las presas autóctonas, anteriormente favorecidas. Si estas cuentan con poblaciones reducidas la nueva situación puede resultar catastrófica.

Para complicar aún más el panorama, los predadores, que han multiplicado sus efectivos gracias al nuevo aporte de alimento, pueden convertirse a su vez en presas de otros animales que acudan atraídos por esta explosión poblacional. La eterna tensión entre ganadores y perdedores, donde los papeles se pueden intercambiar con suma facilidad. Es suficiente un pequeño cambio en el sutil equilibrio de un ecosistema para desencadenar todo este torbellino.

En definitiva, la aparición de una especie exótica supone en muchos casos el inicio de una compleja cadena de alteraciones y desequilibrios difíciles de precisar si no es mediante una investigación minuciosa, algo que raramente se incorpora a una sentencia judicial…


 Epílogo (por ahora): Un blog, aunque parezca lo contrario, lo hacen sus lectores, así es que las oportunas observaciones de un lector me hacen precisar el título, añadiendo dos signos de interrogación, y también citar el trabajo de Pepe Tella (y otros) que en 2010 certificaron las observaciones de Hiraldo y Tablado pero añadiendo el matiz del desequilibrio en la cadena trófica con lo que su balance final era negativo. To be continued…

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Pensé que todos los periodistas eran como Miguel de la Quadra-Salcedo…

Hay personas, profesionales, que no sólo destacan por la excelencia de su trabajo; que no sólo son extraordinarios porque fueron pioneros o porque se internaron en territorios desconocidos. Hay comunicadores sin los que hubiera sido muy difícil conocer, con rigor, el mundo que nos rodea. Comunicadores que relatan desde el conocimiento, desde la cercanía, desde la pasión y también desde el compromiso, los elementos con los que debería componerse cualquier reportaje, cualquier crónica, cualquier documental…

Pero además, y este es un valor particularmente valioso en los tiempos que corren, hay comunicadores que han alimentado cientos de vocaciones, profesionales que dignifican este oficio de locos hasta el punto de transmitir el amor a esta profesión a las nuevas generaciones. Son las semillas que evitan que el periodismo, el auténtico periodismo, se extinga.

Cuando siendo un niño vi en televisión a la persona que ahora vamos a ver todos en la gran pantalla me quedé fascinado, como otros muchos niños, y quizá me hice periodista porque pensé que todos los periodistas, que todos los comunicadores, eran como él… una persona extraordinaria…

Buen viaje, Miguel…

PD: En noviembre de 2015 mis amigos Bienvenido León y Luismi Domínguez, directores del Festival Internacional de Cine y Televisión sobre Vida y  Ecología Urbana URBANTV, me regalaron la agradecida misión de conducir la gala de entrega de premios y presentar el homenaje, el último homenaje, a Miguel de la Quadra-Salcedo. Estos tres párrafos los he rescatado del guión que entonces escribí.

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Somos seres salados, y si tenemos la suerte de llorar, de sangrar o de sudar en buena compañía, ese es el regusto que nos queda del otro, el sabor más primitivo del amor y del dolor (Fotografía de Paco Portillo).

 

Hay quien asegura, aunque no he conseguido certificar el rigor histórico de esta afirmación, que los primitivos habitantes del litoral gaditano adoraban, aún antes de la llegada de los fenicios, a un dios al que llamaban Salambobe, cuyo culto estaba directamente relacionado con el valor que se otorgaba a la sal y la necesaria protección que este elemento requería. En el Nuevo Mundo, y formando parte de la religión azteca, dicha tarea estaba en manos de Uixtocíuatl, la diosa de los salineros y de las aguas salobres, cuya veneración se mantuvo, incluso, después de la conquista, reconvertida en diferentes advocaciones marianas como la de Nuestra Señora de la Sal de Ixtapa, en Chiapas. Otros referentes mágicos o sobrenaturales asociados a la sal, cuya finalidad no era otra que mostrar el debido respeto ante tan valioso recurso, los recoje Hans Biedermann en su Diccionario de símbolos, en el que nos recuerda, por ejemplo, cómo en la antigua Roma se ponía sal en los labios de los lactantes para protegerles de cualquier peligro, idea que sintoniza con otro mito, presente en diferentes culturas y religiones, por el que la sal se convierte en un poderoso vínculo entre Dios y su pueblo, de manera que los demonios la abominan.

Paradójicamente, estos mitos y creencias remitían a un universo mágico que todos sabían traducir, que estaba profundamente arraigado en los comportamientos cotidianos porque invitaba a la acción. Una magia que servía para explicar lo inexplicable, para prestar valor a los bienes más humildes y tomar partido en su defensa.

Las salinas, al igual que ocurre con otros aprovechamientos típicamente mediterráneos, son el mejor ejemplo de cómo el hombre y la naturaleza pueden tejer, en un marco geográfico determinado, una sabia complicidad de la que ambos terminan beneficiándose. Sin dejar de ser explotaciones cuya finalidad última es la obtención de beneficios materiales, las salinas, y todo el entramado cultural que rodea su manejo, están profundamente ligadas a un paisaje y unos ecosistemas característicos, de manera que en ellas, como ocurre también en las dehesas, es difícil separar economía, ecología y cultura. Son, en este sentido, un modelo de ese desarrollo sostenible que hoy perseguimos con ahínco sin saber muy bien hacia dónde dirigir la mirada. Cada vez nos resulta más difícil reconocer como excepcional aquello que nos rodea de forma cotidiana, y, así, terminamos renunciando a nuestras propias señas de identidad, aquellas que encierran la herencia de nuestro pasado y también el secreto de nuestro futuro. Lo común, aunque esté amenazado, es en donde, verdaderamente, habita lo extraordinario.

Sal y piel

…la que se queda en los labios después del primer baño, la que cristaliza en la piel cuando abandonamos la playa…

Pero todo esto que hoy escribo (en realidad lo que un día lejano escribí para el prólogo de un libro imprescindible: Salinas de Andalucía) no es más que un discurso racional con el que seguramente no os puedo trasladar ni una pizca de esa emoción, sencilla, que me recorre cuando llego a los esteros de El Puerto de Santa María, me interno en las viejas salinas de Puerto Real o dejo descansar la mirada en los caños de cualquier rincón de la Bahía de Cádiz. Y luego está la sal que la brasa fundió en las escamas de un pez, la que se oculta en una castora de manzanilla, la que multiplica la intensidad de un buen chocolate, la que se esconde en la masa madre de una hogaza crujiente, la que empapa los jugos de un choco sucio, la que se queda en los labios después del primer baño, la que cristaliza en la piel cuando abandonamos la playa, la que me das a probar (con cuidado) apoyada en la yema de tu dedo índice…

¿Qué queda cuando se evaporan nuestras lágrimas? ¿Qué sabor se instala en el paladar cuando con la punta de la lengua retiramos una minúscula gota de sangre o paladeamos el sudor ajeno? Somos seres salados, y si tenemos la suerte de llorar, de sangrar o de sudar en buena compañía, ese es el regusto que nos queda del otro, el sabor más primitivo del amor y del dolor. Es la magia de la sal, de una pizca de sal…

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De abajo a arriba, y de izquierda a derecha, Coque, Venus y Júpiter. Al fondo el castillo de Santa Catalina y las olas de La Caleta. Y sonando… una canción (casi) a capella, jugando con el poniente y la luna menguante, enredándose como un rizo (rebelde), como un (invisible) hilo rojo…

Dinos nuestro nombre verdadero /

enséñanos el fuego /

Líbranos del tiempo /

líbranos del miedo…

(Santo, SantoCoque Malla).

 

Portada

En la foto de Palir, como en todas las buenas fotos, pesa más lo invisible que lo visible…

Los invitados se marcharon al jardín y en el salón, ya vacío, sólo quedaron las luces, tendidas y encendidas, una guitarra muda y seguramente el germen, invisible, de lo que estaba por venir… Es lo que veo en la foto de Palir Paroa, y también lo que adivino. Quiero creer, con esa fe radical de los ateos, que en ese salón, esa noche, justo cuando Palir disparó su cámara, estaban tejiéndose, lejos de todos y en silencio, algunas de las canciones que cuatro años después, también en noche (casi) cerrada, yo mismo reconocería, como íntimas, frente al poniente del Atlántico, en cuarto menguante, junto a las cristaleras cómplices de una azotea gaditana.

Hay discos, hay canciones, que sin empeño alguno, sin voluntad por parte del que las disfruta, deciden, con criterio propio, acompañarte en un determinado tránsito. Son la banda sonora que alguien compuso para ti con inquietante y risueño tino. Las mujeres de Coque aparecieron en Córdoba, en la Navidad de 2014, y se subieron a mi coche, y en él se quedaron, rodando camino a Algeciras, a Medina Azahara, a Noudar, a Júzcar… Se dejaron tararear en mitad de la lluvia o en plena madrugada, siempre en el momento oportuno, porque todos aquellos momentos fueron oportunos y fugaces (como todos los momentos que son hermosos).

Las que estaban por venir, las que flotaban entre las luces del salón de Coque, las vimos nacer, al fin, en aquella azotea de julio donde, una vez más, quise parar el reloj. Despertaron, acústicas,  junto al Campo de las Balas, sobre La Caleta, al filo de la medianoche, allí donde quisimos librarnos del miedo y del tiempo. Y allí se quedaron, ingrávidas y luminosas, como las bombillas que Palir retrató en el salón de Coque.

Me encantaba comer y beber /

no pensar qué decir ni qué hacer /

Cada minuto, cada segundo /

infinito, infinito…

(El último hombre en la Tierra – Coque Malla).

Y allí seguían cuando, pasado el invierno, nos reconocieron, cuando las reconocimos, cuando volvieron a subirse a mi coche y se dejaron tararear. De Cádiz a Cádiz. Y el mismo poniente, o uno parecido. Y el mismo atardecer, o uno parecido. Y los esteros, y las nubes, y las risas, y las gaviotas, y la sal, y las manos…

Todo igual y todo diferente. Como la primera noche: sin miedo y sin tiempo…

 

 

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Noche estrellada. Cenando al aire libre, junto a uno de los viejos cobertizos de Carbla Station (Overlander North, Western Australia) Foto: Héctor Garrido EBD/CSIC

Un par de arco iris flotaba sobre el valle entre las dos montañas. Los peñascos de la ladera, que habían tenido un color rojo seco, tenían ahora un color negro purpúreo y estaban surcados, como una cebra, por caídas verticales de agua blanca. La nube parecía aún más densa que la tierra y los rayos postreros del sol asomaron por debajo de su borde inferior, inundando el spinifex con rayos de luz verdosa.

– Lo sé -asintió Arkadi-. No hay nada igual en el mundo.”

(Los trazos de la canción, Bruce Chatwin)

Hay quien acusa a Bruce Chatwin de novelar en exceso sus viajes, de adornar el relato con elementos, personajes o acciones que sólo habitaron en su imaginación. Para quien no haya visitado Australia, para quien no se haya internado en el outback, la lectura de Los trazos de la canción, la crónica del periplo australiano de Chatwin, puede resultar un fascinante entretenimiento a cuenta de un mundo inexistente. Resulta difícil de creer, para quien no haya sentido el vértigo del Never Never, que a mediados del siglo XX existan paisajes y personajes como los que describe Chatwin. Humanos a la deriva, héroes que nada tienen que envidiar a los protagonistas de una epopeya griega, aborígenes que nos dibujan una cosmogonía tan compleja como poética: demasiado extraña, demasiado hermosa.

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Entrevistando a Maitland Parker en la garganta de Dales (Karijini). Foto: Héctor Garrido EBD/CSIC

“A continuación explicó cómo se pensaba que, al desplazarse por el país, cada antepasado totémico había esparcido una huella de palabras y notas musicales a lo largo de la sucesión de sus pisadas, y cómo estos rastros de Ensueño estaban impresos sobre la tierra como <medios> de comunicación entre las tribus más distantes.

– Una canción -dijo- era al mismo tiempo un mapa y un medio de orientación. Si conocías la canción, siempre podrías encontrar tu itinerario a través del país”.

(Los trazos de la canción, Bruce Chatwin)

Antes de viajar a Australia traté de sumergirme en las señas de identidad de un país que en realidad es un continente (aunque cuando volví lo bauticé como planeta). Leí (que recuerde) a Bryson, a White, a Carey, a Morris… y en ningún otro libro, como en Los trazos de la canción, he visto reflejado, con tanta nitidez, el corazón de Australia y el de los australianos (los auténticos australianos, quiero decir…). Gracias a mi amigo Javier, y en un inesperado guiño del azar, he disfrutado (mucho) de esta obra difícil de enmarcar en un género, porque es, a un tiempo, autobiografía, relato de viaje, novela de aventuras, tratado de antropología y hasta desordenada antología filosófica y poética en favor del vagabundeo.

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La expedición al completo desayunando en algún remoto pedregal de Pilbara (Western Australia) Foto: Héctor Garrido EBD/CSIC

Chatwin ha conseguido que, sin esfuerzo alguno, haya vuelto por unas horas a las noches estrelladas en Carbla Station, a los amaneceres en Shark Bay, a las colinas desnudas de Knosos, a los bosques de Paluma, a la hoguera que encendimos en el cauce seco de Shaw River, a la cena en la reserva de Karijini con Maitland Parker (del pueblo Banyjima), a los corales y a los tiburones de Wheeler Reef, a la inquietante desolación de Normay Mine, a las rocas sagradas de Gallery Hill, a la soledad infinita del desierto de Pilbara…

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Un alto en el camino. Desierto de Pilbara, cerca de Karijini, a mil kilómetros de cualquier sitio… Foto: Charli Guiard

En 2009 pasé dos meses recorriendo Australia y Tasmania en compañía de un variopinto grupo de investigadores. Uno de esos viajes que no se ofrecen en ninguna agencia, que no aparecen en ningún folleto de aventuras exóticas. Un viaje que difícilmente podría repetir, aunque quisiera, porque hay experiencias que no sólo dependen de los recursos clásicos (tiempo y dinero). Utilizando todo tipo de medios de transporte recorrimos más de 15.000 kilómetros sin abandonar territorio australiano, una cifra ridícula en la inmensidad de una isla que dobla la superficie de toda la Unión Europea y que está poblada por la mitad de habitantes que España.

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Los trazos de alguna vieja canción aborigen. Petroglifos de Gallery Hill (10.000 años de antigüedad) Foto: Héctor Garrido EBD/CSIC

“La migración misma, como el peregrinaje, es el viaje arduo: un <nivelador> en virtud del cual sobreviven los <aptos>, en tanto que los rezagados caen a la vera del camino.

Así el viaje hace innecesarias las jerarquías y las exhibiciones de autoridad. Los <dictadores> de reino animal son aquellos que viven en un ambiente de abundancia. Los anarquistas, como siempre, son los <caballeros del camino>”.

(Los trazos de la canción, Bruce Chatwin)

 

Cuando la televisión está siendo devorada por el entretenimiento más ramplón, todavía somos muchos los que creemos que la caja no es tan tonta y que, por ejemplo, sirve para asomarse a territorios tan lejanos que parecen propios de otro planeta. Y así poder entenderlos, y entendernos…

 

“Planeta Australia: los archivos de la Tierra” – Canal Sur Televisión 2010

“Planeta Australia: la vida en las antípodas” – Canal Sur Televisión 2010

 

 

 

 

 

 

Homenaje Luis

Libre, seductor y crítico, fundido con el humedal. Un pájaro entre pájaros… El sábado 23 de abril Luis García recibe un merecido homenaje en la Doñana Birdfair (Dehesa de Abajo, La Puebla del Río, Sevilla) – Foto: Francisca De Ceballos Bouvier.

Podemos considerarnos afortunados si a lo largo de nuestra vida conocemos a alguien cuyo amor se extiende a los animales y plantas

(La muerte es una ilusión, Thich Nhat Hanh)

Cuando nos acercamos a la naturaleza hacemos exactamente eso: acercarnos. Con veneración, con miedo, con respeto, con indiferencia, con soberbia, con alegría, con violencia… Somos visitantes, sencillos observadores o temibles devoradores, viajeros que salen de su órbita doméstica, y domesticada, para asomarse a un mundo que nos es propio y ajeno a un tiempo.

Ni siquiera los que nos dedicamos a describir la naturaleza, los que tratamos de profundizar en su conocimiento o nos implicamos en su defensa, hacemos poco más que acercarnos unos pasos, quizá algún paso más que nuestros vecinos y con eso, a veces, nos sentimos más que afortunados.

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Si no hay un cigarrillo y un pájaro… no es Luis… (Dibujo: Ana De Ceballos Herrero).

Pero, en realidad, sólo podemos considerarnos unos privilegiados si gracias a estas ocupaciones llegamos a conocer a alguno de esos pocos, poquísimos, humanos que no necesitan acercarse a la naturaleza porque SON naturaleza.

Escasean pero se les reconoce enseguida: describen lo que ven usando las palabras precisas; explican lo que no ven con el silencio justo; miran, con extraño tino, al lugar exacto en donde está lo sustancial y no pasean su vista por lo superfluo; andan despacio, respiran profundamente y escuchan, con atención, ese leve rumor que siempre reina en el campo. La rutina no mata el asombro con el que se internan en un bosque o en un lucio, se mimetizan con el paisaje hasta el punto de desaparecer antes de irse, y su rostro, con los años, va adquiriendo los rasgos de todos los seres vivos con los que han convivido.

No necesitan decir que son libres porque cualquiera advierte, con envidia, que, efectivamente, son libres.

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Un encuentro inesperado. Abrazados, contándonos batallitas… Aprendiendo del maestro (si os fijais bien Luis lleva, junto al telescopio, una botella machacada, algunos plásticos, un trozo de saco, trozos de cuerdas… Toda la porquería que se va encontrando por el campo y que pacientemente recoge al mismo tiempo que dedica algún bonito piropo marismeño al cochino o cochina de turno…).

Mi amigo Luis, Luis García, es uno de esos hombres libres, uno de esos pocos, poquísimos humanos, que no necesitan acercarse a la naturaleza porque ellos SON la naturaleza.

El otro día, de manera inesperada (que es como se presentan los hombres libres), lo encontré sentado en el suelo, al borde la marisma, relatando, de forma pausada, su particular manera de entender y defender Doñana.

Doñana, el verdadero corazón de Doñana, no se entiende sin Luis García, y a Luis García no es posible entenderlo sin Doñana. Encontrarse, de manera inesperada, con mi amigo Luis al borde de la marisma, es uno de esos regalos que te hace la naturaleza un miércoles de invierno.

Libre, seductor y crítico, fundido con el humedal. Un pájaro entre pájaros…

 

PD: Vaya a ser que alguien, cuando hablo del corazón de Doñana, no sepa quién es Luis García… El relato ha cumplido 15 años pero ha envejecido bien (creo)… Lo titulamos “Agua en la memoria” y lo estrenamos en Canal Sur Televisión, en formato de humilde y urgente documental, en junio de 2001. Aquí está parte de la historia de Luis, y de otros hombres, y de muchas mujeres, libres. Los viejos pobladores de la marisma, los que modelaron la Doñana que hoy conocemos, los que asistieron a la extinción de una Doñana que ya sólo habita en la memoria…

 

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Cuando es poseída por la música Janine Jansen se despeina, hace saltar las crines del arco, se agita buscando la mejor expresión del sonido, sonríe en mitad de un torbellino de dolor ajeno…

La he llamado para que se acercara a mi portátil y lo viera con sus propios ojos. Que no mediara palabra, ni juicio. Que no tuviera que enfrentarme a la dificilísima tarea de escoger un adjetivo, o varios, para describir una de las virtudes nucleares de la existencia, uno de los dones que multiplican la intensidad de la vida hasta hacerla extraordinaria o trágicamente insoportable.

La he llamado para que viera a Janine Jansen al violín; apenas unos fragmentos del ensayo de un concierto de Shostakóvich, en el Auditorio Nacional de Madrid, bajo la batuta de Valeri Gergiev. El director, con esa gravedad y ese timbre de voz tan ruso, va relatando el desagarro del compositor y cómo esa carga emocional, que se esconde en las partituras, necesita ser expresada. Es algo más que técnica y comunicación, es pasión, pura pasión.

(Aquí está el vídeo de Janine Jansen y Valeri Gergiev)

He llamado a mi hija Sol para que viera como Janine Jansen es poseída por la música; cómo se despeina, como hace saltar las crines del arco, cómo se agita buscando la mejor expresión del sonido, cómo sonríe en mitad de ese torbellino de dolor ajeno… Sí, ya se que a Janine le han colocado ese adjetivo, algo malicioso, con el que ahora se tiñe casi todo lo que circula por las redes: mediático, mediática… Sí, Janine Jansen es muy mediática y por eso, afortunadamente, puedo traerla a casa, y que la vea mi hija, sin necesidad de viajar al Auditorio Nacional de Madrid o al Barbican Centre de Londres (que tampoco estaría mal, dicho sea de paso…).

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Basta con mirar esta foto de Jacqueline du Pré para saber que en ella también habitaban la pasión y la alegría…

Me gustan estos ejemplos y la casualidad, que nunca es causal del todo, ha querido que justo cuando este blog cumple cinco años lo celebre de la misma manera con que lo inicié: con el ejemplo de mujeres apasionadas. En aquella ocasión (un 5 de febrero de 2011) conté cómo de la mano de Luz Casal llegué, hace bastantes años, hasta Jacqueline du Pré, la extraordinaria violonchelista británica que con sólo 28 años tuvo que retirarse de la interpretación aquejada de esclerosis múltiple. La foto en blanco y negro que ilustra este párrafo lo dice todo a propósito de Jacqueline, igual que ocurre en el vídeo de Janine Jansen.

¿Qué mejor manera de explicarle a mi hija Sol cómo se manifiestan la pasión y la alegría, esas virtudes esquivas e imprescindibles?

(Aquí está el video de Jacqueline du Pré interpretando una sonata de Brahms con Daniel Barenboim)

 

 

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