Feeds:
Entradas
Comentarios

 

Fragmento de la conferencia “El círculo de la voluntad” que dicté en el acto de entrega de los Premios de Comunicación Flacema (Sevilla, 26 de octubre de 2017).  

Para salir airosos de la encrucijada a la que nos conduce el debate en torno a la Economía Circular, y hablando de la cooperación como herramienta decisiva, resulta imprescindible el concurso de los medios de comunicación generalistas, el trabajo de los periodistas que deben, que debemos, trasladar a públicos heterogénos y no especializados la complejidad de estas cuestiones que nos enfrentan a nuestra propia supervivencia. Vivimos prisioneros de los sucesos, que nos entretienen, captan la atención y encienden el debate, pero que difícilmente generan conocimiento. Esta, la información ambiental, es una información de procesos en la que hay que señalar causas, consecuencias, actores, soluciones…, y la atención a todos estos elementos requiere tiempo y conocimiento, reposo y mirada democrática. Los problemas ambientales se llevan muy mal con el periodismo urgente, plagado de inexactitudes y ruido (con frecuencia interesado).

Tampoco conviene caer en la trampa de sentirse más cerca de nuestras fuentes que de nuestros receptores. Cuando un periodista se pone a escribir sólo puede militar en el periodismo. No somos ecologistas, ni somos portavoces de la industria, ni nos alineamos con la Administración… por muy loables que sean sus argumentos: únicamente nos debemos a nuestros receptores. Si nos identificamos con nuestras fuentes hasta el extremo de confundirnos con ellas es fácil que caigamos en un periodismo reduccionista, ese que se asoma a una realidad complejísima y la simplifica hasta obtener un tranquilizador (o inquietante) escenario de buenos y malos, un paisaje de negros y blancos del que han desaparecido los infinitos matices en los que  buscar una explicación, una solución. El periodismo no debe perseguir adhesiones sino argumentos.

¿Qué quieren nuestros receptores? Que les ayudemos a entender la complejidad del mundo que les rodea sin hurtarles ninguno de los elementos que lo componen, incluidas incertidumbres, contradicciones y zonas oscuras. Por eso un periodista, el verdadero periodista ambiental,  necesita una mirada abierta, democrática y conciliadora. Es más importante entender que juzgar, pero es más fácil juzgar que entender. Y no es que los juicios sean malos per se, es que un buen juicio necesita comprensión, interpretación, argumentos, tiempo… Pero un escenario periodístico frenético, entregado a la urgencia del suceso, la denuncia o la exclusiva, se alimenta no de juicios sino de prejuicios (que son fáciles y rápidos, pero que con frecuencia traicionan el verdadero conocimiento de un problema y la búsqueda cooperativa de soluciones).

Insisto: nuestros receptores no quieren, ni merecen, juicios (y menos prejuicios), ni sentencias y condenas rápidas, inapelables, ni siquiera manuales sobre lo que deben o no deben hacer.  En el periodismo en general (y en el ambiental en particular) necesitamos más creatividad que reactividad. Necesitamos una mirada plural, formada, reposada y conciliadora. Y aunque esta es, sobre todo, una responsabilidad nuestra, de los propios periodistas, no lo es menos de cierta clase política, esa que aplaude al peor periodismo, y de algunas fuentes cualificadas (industria, ecologistas, científicos…) que a veces prefieren comportarse como enemigos y no como aliados de los medios de comunicación, sobre todo en cuestiones de tan evidente calado social como es el modelo de desarrollo con el que podemos escapar del desastre.

Abrir espacios como este, donde diferentes voces pueden entablar un diálogo reposado, plural y en libertad, en torno a problemas ambientales complejos, es lo que más necesitamos. Insisto: quizá con más urgencia que leyes o inversiones. Dice mi amiga María Novo, catedrática de Educación Ambiental, y dice bien, que en torno a algunas cuestiones ambientales hemos generado mucho más conocimiento que relaciones, y que, quizá, hay que insistir en las relaciones para poder salir de esta crisis que amenaza nuestra propia supervivencia. Y Einstein aseguraba que en momentos de crisis es más importante la imaginación que el conocimiento. Necesitamos más relaciones, más imaginación, más creatividad, más diálogo, más cooperación, más transparencia, más serenidad… Necesitamos inversiones y tecnología, claro que sí, pero sobre todo necesitamos herramientas intangibles y gratuitas que sólo precisan de nuestra voluntad, la de todos.

 

Me gustan los parques que dibuja Alicia Varela porque en ellos habita esa rara  belleza que nos regala el desorden (El arenque rojo, Alicia Varela).

 

“Julio se sentó en un banco cercano, desplegó el periódico y se dedicó a observarla. A medida que pasaba el tiempo aumentaba su desazón, porque penetraba en él con más fuerza el sentimiento de que algo de lo que poseía esa mujer era suyo también, o lo había sido en una época remota; lo cierto es que su modo de mirar y de sonreír, pero también de mover el cuerpo o de relacionarse con sus partes alteraron la situación sentimental de quien desde ese día, cada martes y viernes a las cinco de la tarde, entraría en el parque de Berlín con el único objeto de contemplar a aquella mujer” (El desorden de tu nombre, Juan José Millás).

 

El mapa de las ciudades en donde hemos sido felices nada tiene que ver con el triste callejero que manejan los taxistas o la fría pantalla de uno de esos navegadores que raramente permiten que nos extraviemos. El mapa nunca se corresponde con el territorio, y menos aún con el de los afectos. Nada sabe la razón de la cartografía con la que se orientan los sentimientos. Hay brújulas desobedientes que siempre apuntan al Sur y caminos que no llevan a ninguna parte (ni falta que hace).

Hace treinta años leí “El desorden de tu nombre”, de Juan José Millás, y desde entonces en el planisferio íntimo en donde se va dibujando todo mi mundo, el real y el imaginario, quedó señalado un parque, el de Berlín, donde los protagonistas de la novela (Julio y Laura) se conocen y se reconocen. Imaginé ese parque madrileño, sin haberlo pisado jamás, y lo convertí en el verdadero protagonista del relato, quizá porque en él, en ese territorio desconocido, era donde se hacía posible el desorden, el fantástico desorden de vivir con el que nos tienta Millás (ese que de forma natural expresan los niños y que tanto miedo nos provoca a los adultos).  Yo que con frecuencia olvido la calle por la que he caminado cientos de veces, hasta no distinguirla de cualquier otra, y que confundo paseos y plazas del barrio en donde nací o de la ciudad en donde vivo, llevo treinta años recorriendo el parque de Berlín sin perderme nunca, sin haberlo pisado jamás. No soy capaz de señalarlo en un mapa, pero se dónde está.

En tantos y tantos viajes a Madrid el azar, de manera calculada y meticulosa, se ha empeñado en ocultarme el camino, cualquiera de los caminos (tangibles) que llevan a ese parque. Y quizá, quién sabe, alguna madrugada haya rozado sus esquinas. En cualquier extravío o en cualquier caminata decidida podría haber terminado en el parque de Berlín, en el verdadero parque de Berlín, pero nunca ocurrió (o no dejé que ocurriera, quién sabe).

Eran las cinco de la tarde de un martes…“. Así comienza la desordenada novela de Millás. Y en la segunda línea ya detalla el autor a dónde nos dirigimos siguiendo los pasos del protagonista: “…había atravesado Príncipe de Vergara y ahora entraba en el parque de Berlín“. El martes pasado, a eso de las cinco de la tarde, después de encontrar el mapa y dejarme conducir por la mejor guía, atravesé Príncipe de Vergara y entré, por primera vez, en el parque de Berlín. Podría haber ocurrido cualquier otro día, a cualquier otra hora o de cualquier otra manera pero fue así, y así tuvo sentido.

Ahora es cuando yo debería escribir que mi parque imaginado era más hermoso que el real, que lo esperaba más grande o más pequeño, que jamás lo adorné con fuentes, que cuando todavía era un desconocido conservaba la magia de lo que no se ha visto aún, o que a partir del martes ya no puedo situar en ese territorio ningún sueño. Pero no, nada de eso puedo escribir porque el martes, este martes, el parque de Berlín era el mismo parque de Berlín que comencé a idear hace treinta años. Un territorio, sin mapa ni calendario, donde uno puede dejar que la vida, hermosa y traviesa, se desordene como suelen desordenarla los niños.

También me gustan los parques de Leire Salaberria porque en ellos hay espacio suficiente para imaginar lo que aún no existe.

Nos enfrentamos a una nueva extinción (masiva) de especies. Ya no hay duda, o, dicho de otra manera, las evidencias científicas son tan sólidas que no cabe moderar la gravedad de la noticia con el consuelo de la incertidumbre. La última extinción de este calibre, la quinta en el particular cómputo que manejan los científicos, tuvo lugar hace 65 millones de años y fue la que hizo desaparecer a los dinosaurios. La sexta extinción ya está en marcha, y las pruebas más recientes (reunidas por Ceballos, Ehrlich y Dirzo, tres investigadores que llevan tiempo estudiando este fenómeno) se publicaron el pasado mes de julio en la prestigiosa revista norteamericana Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Después de analizar con detalle el estado de conservación de 177 especies de mamíferos repartidas por todo el mundo, los autores de este trabajo concluyeron que “todas han perdido un 30% o más de su distribución geográfica, y más del 40% de estas especies han experimentado una grave disminución de sus poblaciones”.

Esta anomalía, particularmente intensa en las zonas tropicales, es mucho más grave de lo que se percibe, porque va más allá de la desaparición de individuos o especies. Reducir la diversidad biológica también implica la pérdida de los servicios ambientales que nos prestan los ecosistemas, beneficios casi invisibles pero cruciales como es el caso de la polinización que llevan a cabo las abejas, la formación de suelo fértil o la purificación del aire o el agua. Procesos en los que actúan esos múltiples elementos que componen el complejo puzle de la vida.

En resumen, como advierten estos investigadores, se trata de una verdadera “aniquilación biológica” que tendrá graves consecuencias ecológicas, sociales y económicas. Y no hablamos de un impacto localizado, sino de una ola que recorre el planeta sin freno y sin distinguir fronteras.

Estos son los verdaderos problemas en los que deberíamos concentrar nuestra atención y nuestro esfuerzo, porque lo que está en juego es la propia supervivencia de la especie humana. Nos enfrentamos a riesgos, llamados existenciales, que amenazan con barrer del mapa a la humanidad”, explica Anders Sandberg, investigador del Instituto para el Futuro de la Humanidad (Universidad de Oxford). Y detalla: “No se trata solo de los riesgos de grandes desastres, sino de desastres que podrían acabar con la historia”. Las evidencias de esta amenaza son tan contundentes que hace menos de un año la comunidad científica comenzó a considerar que también hemos cruzado el umbral de una nueva era geológica, el Antropoceno, donde el hombre se convierte en el gran protagonista a cuenta de su inquietante capacidad para alterar las condiciones naturales a escala planetaria. Pero, ¿cuándo comenzó el Antropoceno? La fecha y el acontecimiento que proponen los geólogos no deja lugar a dudas: 1950, cuando se multiplicaron las pruebas nucleares en diferentes territorios hasta diseminar isótopos radiactivos por todo el planeta. Esa será la marca, indeleble, que identificará esta nueva era… si es que alguien nos sobrevive para describirla.

[ Este es un fragmento del artículo que acabo de publicar en la revista Mercurio: Devorando el planeta ]

Bajo gruesas capas de papel y desmemoria descubro una joya sepultada, resucita un recuerdo olvidado, reconstruyo un trocito minúsculo de mi pasado que nunca llegó a destruirse pero que parecía condenado al olvido.

 

No es que uno no tenga memoria, o que quiera olvidar de manera intencionada (¿se puede conseguir algo así?), pero a partir de cierta edad, y con nada que la vida haya sido vivida (aunque parezca una perogrullada no todo el mundo lo consigue), vamos acumulando tal cantidad de recuerdos que finalmente, y como ocurre con los grandes archivos, unos documentos entierran a otros y es fácil perderle la pista a aquella jornada maravillosa, a aquel día funesto, a la imagen de una noche que jamás se repetiría, a los sonidos de un viaje, a los ojos que juramos no olvidar, a las palabras de un amigo…

Todos los veranos cumplo con el ritual de bajar a mi estudio y ponerlo patas arriba. Tiro toneladas de papeles innecesarios, ordeno libros, recoloco los recuerdos que se han ido acumulando en las estanterías y dedico más tiempo del que debería a espulgar mi mastodóntico archivo de consulta (casi 80 cajas de cartón, numeradas, en las que guardo, desde 1981, docenas de sobres con documentación variopinta). Cada verano abro unas cuantas cajas y decido lo que aún merece ser conservado (por puro romanticismo o por razonable utilidad). Y a veces, pocas veces, en mitad de ese estimulante aquelarre se produce un milagro: bajo gruesas capas de papel y desmemoria descubro una joya sepultada, resucita un recuerdo olvidado, recupero algo importante que creía perdido, reconstruyo, en definitiva, un trocito minúsculo de mi pasado que nunca llegó a destruirse pero que parecía condenado al olvido.

A veces basta con abrir un viejo sobre para que de golpe, y aún sin haber examinado su contenido, nos sorprenda el inconfundible aroma de las emociones extraviadas, las que dormían entre dragonas, linces, delfines y… un punto rojo.

Lo de menos es el objeto (una foto, una carta, una agenda, un dibujo…), lo realmente valioso de estos hallazgos inesperados son los sentimientos, las emociones que quedaron prendidas en esos materiales neutros y los iluminaron durante ese momento que el azar ha prolongado más allá, mucho más allá, del tiempo que les estaba reservado. A veces basta con abrir un viejo sobre para que de golpe, y aún sin haber examinado su contenido, nos sorprenda el inconfundible aroma de las emociones extraviadas, las que, en ese mismo instante, se reproducen (cinco, diez, veinte años después…) con la misma intensidad con las que nacieron aquel día, el lejano día en el que impregnaron  una foto, una carta, una agenda o un dibujo.  Y entonces vuelven también los sonidos y el tacto, el sabor y las imágenes. El cinemascope de la memoria, cuando se pone en marcha, es insuperable.

Son capsulas del tiempo en las que congelamos, sin querer, un pequeño episodio de nuestra vida. Sencillos módulos de hibernación en los que (como en una odisea espacial) el pasado sobrevive para alcanzar el futuro sin arrugarse. Delicadas arcas emocionales que profana un sorprendido arqueólogo para descubrirse a sí mismo.

En la excavación de este verano he encontrado valiosos tesoros, algunos íntimos y otros públicos. De los primeros sólo puedo decir que han mantenido su belleza original a pesar de los años y las tormentas, pero sí que hablaré algo más de los segundos.

Fiesta de las Dunas, 12 de mayo de 1984 (Pinares de San Antón. El Puerto de Santa María, Cádiz). El que toma notas soy yo, acompañado de Salvador González (Grupo Ecologista Guadalete) y Tomás Azcárate (futuro presidente de la Agencia de Medio Ambiente). Detrás mía está Lourdes Lucio. La fotógrafa ocasional fue Isabel Pedrote.

 

El que, en riguroso blanco y negro, está sentado tomando notas soy yo. Tenía entonces 20 años y participaba, sin saberlo, en uno de esos momentos reservados a la construcción de las grandes historias, las que nacen de manera informal e intrascendente y conforme pasa el tiempo se van tiñendo de oportunidad y valor. La foto me la hizo mi amiga y periodista Isabel Pedrote que, junto a la también amiga y periodista Lourdes Lucio, me acompañaron en un viaje en el que hubo muchas más risas que trabajo (solía ser así en aquellos años). Extravié la foto, las fotos, de aquella jornada campestre y este verano, gracias a mi aquelarre de semisótano, las he recuperado y con ellas la luz de aquellos días.

Estoy sentado en una de las rústicas mesas de madera que salpicaban el pinar de San Antón, el oasis verde al que nos había convocado mi amigo Juan Clavero, activista infatigable que por aquel entonces lideraba el grupo ecologista Guadalete. La Fiesta de las Dunas se llamaba el encuentro que, en mayo de 1984, sirvió para que un grupo variopinto de personas comprometidas en la conservación de la naturaleza andaluza nos reuniéramos, sin cautelas ni orden del día, para seguir inventando lo que a veces parecía imposible y otras se adivinaba como una de esas pocas utopías que se le cuelan al Sistema y que, milagrosamente, terminan por hacerse realidad.

En torno a la mesa, y de izquierda a derecha, Saturnino Moreno, Fernando Molina, Jesús Vozmediano, Tomás Azcárate y Anastasio Senra. A Chelo Atencia, hablando con su hijo en primer plano, apenas se le ve (pero allí estaba). Fiesta de las Dunas, 12 de mayo de 1984 (Pinares de San Antón, El Puerto de Santa María, Cádiz). Foto: José María Montero.

 

 

En las fotos de aquel encuentro reconozco a algunos de los pioneros del movimiento ecologista andaluz como el propio Clavero junto a Salvador González (Guadalete, Cádiz), Anastasio Senra y Jesús Vozmediano (Andalus, Sevilla), Chelo Atencia y Saturnino Moreno (Silvema, Málaga). También están Tomás Azcárate, director general de Medio Ambiente y futuro presidente de la Agencia de Medio Ambiente (AMA) de la Junta de Andalucía, y Fernando Molina, jefe del Servicio de Espacios Naturales en esos mismos organismos.

Hoy resultaría extraño (por no escribir que resulta del todo inconcebible) ver sentados en una misma mesa a políticos, técnicos y ecologistas, sin cautelas ni orden del día, buscando la mejor manera de hacer posible una utopía, compartiendo compromisos sin renunciar cada uno a su papel y a su perspectiva, buscando soluciones imaginativas a problemas complejos. Tristemente inconcebible, sí, pero lo que hoy resultaría del todo imposible es que a esa misma mesa, sin que nadie tomara precauciones, se sentara, además, un periodista, y que todos coincidieran, coincidiéramos, en la necesidad de contar, de trasladar al resto de los ciudadanos, de una manera rigurosa pero asequible, con un discurso firme pero cercano, lo que estaba ocurriendo, lo que iba a ocurrir, lo que queríamos que ocurriera.

Todo estaba por estrenar, y esa es la emoción que impregna estas fotos, la que ha vuelto a aflorar ahora. Todo era nuevo, y esa novedad, y el atrevimiento con el que nos enfrentábamos a ella, eran condiciones extraordinarias de las que guardo profunda nostalgia. Y también siento orgullo, ese pellizco en el ego que uno experimenta al comprobar (lo dicen las fotos, aunque me cueste creerlo porque me resisto, como todos, al paso del tiempo) que estaba allí, que participé en aquella aventura y que lo hice en la mejor compañía. Orgulloso de seguir teniendo como amigos a muchos de aquellos pioneros, y también triste por haber perdido en el camino a algunos (Anastasio Senra, Carlos Segovia, Fernando Molina) con los que tantas coincidencias celebré. Y también me siento indignado, muy indignado, porque algunos de aquellos miserables a los que fuimos capaces de plantar cara hace más de 30 años siguen empeñados en destruir nuestro patrimonio común ensuciando el nombre de Juan Clavero, un hombre honesto, sensato y valiente.

Quizá con el paso de los años nuestra mirada se vuelve más indulgente con los hechos del pasado y más crítica con los del presente, pero, aún admitiendo esta ilusión óptica, sigo considerando que en aquellos años el índice de mediocridad era muy inferior al que hoy padecemos en la política, la Administración y el periodismo (por citar sólo tres escenarios). Por eso no estoy seguro de que hoy pudiéramos llevar a cabo la mayoría de las iniciativas que nacieron de aquella atípica alianza sin que unos y otros, o todos a la vez, nos mandaran a callar, nos encorsetaran en algún laberinto burocrático o, como padecieron algunos de esos pioneros (y no es una metáfora), nos apedrearan sin pudor alguno (aunque ahora lo hicieran en las redes sociales, que es menos peligroso y mucho más cobarde).

Ya veis que una simple foto esconde mucho más que lo que muestra. Aunque son el espejo de un pequeño instante congelado hoy, al volverlas a mirar, me han contado todas las historias que comenzaron a tejerse un mediodía de mayo, en un pinar gaditano, hace más de treinta años.

PD: Los tesoros íntimos también hablan, pero lo hacen al oído…

 

 

La portada del disco If Not Now, When?, del grupo Incubus (al que, dicho sea de paso, nunca he escuchado), es la imagen que hace algún tiempo elegí para identificarme en Whatsapp (advirtiendo, eso sí, que: “Me río para mantener el equilibrio“). No sé enfrentarme a la incertidumbre, al vaivén entre el éxito y el fracaso, de otra manera…

 

Nunca habíamos coincidido pero estaba seguro que en el diálogo que nos proponían los organizadores del X Congreso Internacional sobre Investigación en la Didáctica de las Ciencias íbamos a compartir no pocos puntos de vista en torno a algunos elementos que a ambos nos preocupan y que nos parecen decisivos en cualquier debate en torno a la educación y la comunicación de la Ciencia. El rigor, la creatividad, el optimismo o la empatía son valores en los que ambos nos reconocemos y a los que casi siempre nos referimos en nuestras intervenciones.

Con quien tuve ocasión de dialogar hace algunos días, y reconocerme en estas y otras virtudes, fue con José López Barneo, uno de los investigadores más relevantes en el campo de las enfermedades neurodegenerativas, catedrático de Fisiología y director del IBIS (Instituto de Biomedicina de Sevilla). Un periodista y un médico borrando la frontera, anacrónica y estéril, entre las dos culturas.

Frente a un auditorio compuesto por cerca de 800 especialistas llegados de medio mundo e interesados en contribuir a una mejor educación científica, recorrimos algunos de los problemas que dificultan ese esfuerzo, pero también detallamos las soluciones que nos hacen mantener la esperanza en el desarrollo de una sociedad más culta, más crítica y más libre.

Aunque resulte paradójico, el valor que más celebré a lo largo de todo el diálogo, quizá porque suele mantenerse oculto a pesar de su trascendencia, fue el del fracaso. Frente a esa corriente simplona y conformista que quiere hacernos creer que en la cultura científica sólo caben el éxito, la diversión y el asombro, insistí en la necesidad de mostrar (también) el esfuerzo, el error, los tediosos procedimientos a los que se somete el método científico, la falta de reconocimiento y, desde luego, el fracaso, el fracaso como motor de las mejores hazañas. Y justamente en este punto es en donde López Barneo, gracias a su propia experiencia, introdujo algunos matices que arrojaron más luz sobre una cuestión condenada a una cierta oscuridad.

Es necesario apreciar en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo. Esa era la tesis de José López Barneo, la que nos unió, entre otras coincidencias, durante el diálogo sobre educación científica.

En esta tierra, confesó el científico, existe una cierta “celebración del fracaso” entendido como demérito, como tropiezo que únicamente da idea de la mediocridad de aquellos que no consiguen alcanzar sus objetivos. Si un vecino abre un negocio y le va mal, explicó, aquellos que le rodean, o muchos de los que le rodean, sienten un íntimo regocijo, una confirmación de sus peores presagios, una celebración del batacazo. Casi nadie aprecia en el fracaso un motivo para medir la verdadera voluntad de un individuo, su capacidad de sacrificio, la dimensión real de su esfuerzo, la disposición que tiene para adaptarse, para reinventarse, para intentarlo una y mil veces más.

En Estados Unidos, precisó López Barneo, donde no suele existir esta celebración del fracaso ni tampoco ese pudor a admitir que uno ha fracasado, hay quien incluye en su currículum justamente eso: las veces que intentó alcanzar un determinado objetivo, las veces que fracasó antes de conseguirlo. Y esta confesión no sólo no es un elemento que provoque el desprecio de sus semejantes, ni siquiera que invite a un cierto pitorreo, sino que, por el contrario, es el mejor aval para que a uno lo consideren una persona tenaz y decidida, de esas que no le tienen miedo al fracaso, de esas que no se rinden con facilidad.

Me gustaron estas apreciaciones, estas evidencias en torno al valor del descalabro, este elogio de la derrota que tantas satisfacciones nos podría aportar, por ejemplo, en la educación de nuestros hijos, en la defensa de nuestra carrera profesional o, incluso, en nuestras relaciones sociales (siempre sometidas al escrutinio de los que piensan que la felicidad es incompatible con los fracasos emocionales). Y que conste, para que el elogio tampoco se nos vaya de las manos, que una sucesión de fracasos no garantiza, en si misma, el éxito, pero de lo que no hay duda es de que el fracaso nunca debería ser la excusa para no intentarlo (al menos) una vez más (haciendo el esfuerzo oportuno para identificar la pieza que falló, lo que no funcionó como esperábamos, para buscar el mejor remedio).

Curiosamente no fueron americanos, sino mexicanos, los que pusieron en marcha las Fuckup Nights,  breves conferencias (al estilo de lasTed Talks) que cualquiera puede proponer (en directo o grabadas) para relatar su fracaso personal, el doméstico relato de su patinazo, la historia íntima de sus naufragios. Un magnífico ejemplo de cómo el fracaso llega a ser tan valioso que termina convirtiéndose en una herramienta de aprendizaje compartido (siempre que las lecciones se compartan de igual a igual, con humor y humildad, y no haya, por tanto, juicios maniqueos ni doctos sermones). El modelo ya se ha trasladado a algunos escenarios cercanos como el Campus Gutemberg (Universidad Pompeu Fabra), que en sus premios dedicados a prácticas inspiradoras en comunicación científica pide a los candidatos que sean “valientes” y se atrevan a explicar algo “que no salió bien” pero de lo que aprendieron muchísimo, sobre todo para evitar que “otros repitamos el mismo error”.

Me costó tiempo aprender (por una vez, la edad juega a favor) pero, con cierta paciencia y aplicación, he conseguido no temerle al fracaso (si en el empeño he puesto todas mis capacidades, of course). Mucha más inquietud me causan los que celebran el fracaso ajeno, es decir, los auténticos fracasados, y, sobre todo, me espantan aquellos que emplean gran parte de su existencia en zancadillear al prójimo para que, si es posible, no alcance sus metas. Después de reivindicar, como hizo López Barneo, el valor del fracaso e incluirlo en el relato de nuestra experiencia profesional, habrá que ocuparse de aquellos otros que favorecen el fracaso, promoviendo, por ejemplo, su inclusión en los títulos de crédito de una película o un documental, o en las citas de cualquier obra escrita. Si raramente nos olvidamos de agradecer a quien nos ayuda, ¿por qué no indicar, con nombre y apellido, quién hizo todo lo posible por hundir nuestro proyecto? Ese capítulo podríamos titularlo “A pesar de…”, porque si finalmente conseguimos sortear sus zancadillas es justo reconocer el esfuerzo (miserable) de los que intentaron hacernos fracasar… sin conseguirlo.