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Tormenta en campos de Castilla

Ya desde la ventanilla del AVE se adivinaban las tormentas que esa misma noche iban a descargar en Madrid… (Foto: JMª Montero)

Hace unos días me sorprendió, en plena noche y en el centro de Madrid, una de esas tormentas que nos recuerdan el poder de la naturaleza y su carácter imprevisible. En el corazón mismo de la gran ciudad, allí donde todo parece estar bajo control, donde la naturaleza aparenta estar dormida o dominada, el agua, los relámpagos y los truenos se hicieron dueños del asfalto y, al menos durante unos minutos, nos devolvieron a un escenario primitivo y hermoso.

Pero luego vino la razón y entonces recordé, como siempre que cruzo una tormenta monumental, que estos aguaceros, tan característicos del clima mediterráneo, son los principales responsables de la pérdida de suelo fértil en numerosas comarcas (comarcas, todo hay que decirlo, donde la acción humana es responsable de malas prácticas agrícolas o de la pérdida de la cobertura vegetal silvestre), un fenómeno bien documentado en Andalucía. Cuando el año ha registrado lluvias moderadas y han escaseado los episodios tormentosos altamente erosivos, la pérdida de suelo no registra índices alarmantes en el sur de la península, de manera que menos del 10 % del territorio sufre pérdidas superiores a las 100 toneladas de suelo por hectárea y año (cifra a partir de la cual el fenómeno se considera grave). Sin embargo, cuando las lluvias son generosas y las tormentas frecuentes el porcentaje de territorio que pierde suelo por encima de esos índices de alarma puede superar el 20 %.

A veces, bastan unas pocas tormentas de cierta intensidad para que comarcas especialmente vulnerables, como las Alpujarras granadinas, la cuenca del Guadalhorce (Málaga) o la Sierra Sur de Sevilla registren pérdidas de suelo de hasta 300 toneladas por hectárea y año, una verdadera catástrofe ambiental difícil de reparar a corto plazo.

En Andalucía, como ocurre en otras regiones vulnerables, estos fenómenos no son percibidos como un riesgo vital ya que, al localizarse en un país desarrollado, sus efectos pueden mitigarse a través de compensaciones económicas, recursos tecnológicos o infraestructuras. Y este enmascaramiento del perjuicio originado, posible al menos a corto plazo, hace difícil la concienciación social que es el germen de cualquier actuación administrativa.

Para frenar este proceso no basta con lanzarse a repoblaciones forestales que sólo buscan incrementar el número de árboles en el menor tiempo posible. Si lo que se trata es de mejorar la cubierta vegetal de las zonas amenazadas por la erosión, señala la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), hay que actuar, sobre todo, en la restauración de aquellas funciones que tradicionalmente viene cumpliendo el bosque mediterráneo. Hay que favorecer los aprovechamientos sostenibles (como la producción de corcho o la recolecta de plantas aromáticas y medicinales) que, además, evitan la despoblación de estos territorios marginales; mejorar las condiciones que tienen estos ecosistemas para albergar a multitud de especies animales o vegetales, y favorecer, en definitiva, su capacidad para estabilizar los suelos. Mejor actuar sobre los recursos ya disponibles que olvidarse de ellos y apostar por la simple suma de nuevos territorios forestales.

Cualquier estrategia que busque conservar los suelos debería centrarse en el desarrollo de una gestión sostenible de las tierras agrícolas, de los recursos hídricos y de la ordenación del territorio.

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En Tabernas (Almería) no se trata de luchar contra la desertificación, sino de todo lo contrario: conservar la aridez.

Desentenderse de este fenómeno es desentendernos de nuestro propio futuro. Tan irrelevante nos parece el problema que incluso llegamos a confundirlo con otras circunstancias en donde no hay riesgo sino riqueza. A diferencia de lo que ocurre con la desertificación, la aridez no siempre es consecuencia de la acción humana. En Andalucía se localizan amplios territorios donde esta característica es de origen natural, por lo que, a lo largo de la historia, ha modelado ecosistemas peculiares en los que se localizan animales y vegetales perfectamente adaptados a estas condiciones extremas.. Cuando nos referimos a condiciones climáticas áridas podemos estar hablando de las que rigen desde hace cinco mil años en el Paraje Natural del Desierto de Tabernas, en Almería, y en este caso no se puede hablar de lucha contra la desertificación sino de todo lo contrario: conservación de la aridez y su biodiversidad.

 

Estrasburgo Abril 2015

Así me hablaba Estrasburgo el pasado 27 de abril. Como para no prestarle atención a ese lenguaje oculto… (Fotos: JMª Montero)

 

Desde hace algunos meses veo mejor sin gafas, mucho mejor. La oftalmóloga que me revisó hace unos días me explicó que a veces los ojos corrigen, de manera natural, sus anomalías morfológicas y por eso la miopía que me acompañaba desde mi juventud, el ligero astigmatismo que se unió a ella en edad adulta y la inevitable presbicia que se anunció con la madurez se habían diluido hasta casi desaparecer, y el cerebro, siempre adaptativo y flexible, se había encargado de reordenar todo este complejo mecanismo de manera que las pequeñas desviaciones que ahora sufría se neutralizaban en una suerte de sistema cooperativo donde el ojo que mantenía mejores condiciones ayudaba al menos eficiente y la suma de ambos me devolvía a aquellos lejanos años en los que no necesitaba gafas.

Que los oftalmólogos que lean este post me perdonen si mi explicación es rústica e incluso acientífica, pero algo así entendí y lo cierto, y esta es la mejor evidencia, es que veo mucho mejor sin gafas, a cualquier distancia y en cualquier circunstancia (sí, tenéis razón, a ver cómo se lo explico a la Benemérita hasta que vuelva a pasar una revisión médica que me permita disponer de un nuevo carnet de conducir en el que no aparezca la obligatoriedad de llevar gafas… ).

En esta curiosa e inesperada regresión todo parecen ventajas, pero, en una de mis clásicas fantasías, he comenzado a sospechar que mis gafas no sólo mejoraban mi agudeza visual sino que me permitían distinguir detalles ocultos, elementos que pasan desapercibidos cuando mis ojos están desnudos. Al igual que no puedo escribir a mano sin que aparezcan, en los rincones de un folio o en la esquina de una libreta, mis adoradas “anotaciones al margen” tampoco puedo caminar por una ciudad sin fijarme en el lenguaje que se esconde en los soportes más inusuales, y estoy convencido de que ese lenguaje secreto sólo puedo verlo cuando llevo gafas (las de sol no valen, ya lo he comprobado).

Barcelona Junio 2015

En Barcelona, el 6 de junio, la ciudad insistía en su mayday… (Fotos: JMª Montero)

El experimento definitivo lo lleve a cabo la semana pasada en Barcelona (aunque unos días antes ya había disfrutado de esa rara lectura urbana en Estrasburgo). Recorrí el Paseo de Gracia con y sin gafas, y mis sospechas se confirmaron. Sin gafas, paisaje, anuncios y viandantes se mostraban nítidos y brillantes, pero la ciudad no me decía nada que no fuera evidente. El lenguaje de este gran escaparate de la arquitectura modernista catalana era el previsible y por mucha atención que puse (recordando al desaparecido Nash en los delirios que refleja la película Una mente maravillosa) no encontré ningún mensaje cifrado.

Volví sobre mis pasos con mis gafas de siempre y ahí estaban, escondidas, las palabras de ese lenguaje que todas las ciudades que visito esconden. Para que no me acusen de paranoico, como a Nash, he terminado por fotografiarlas y así he descubierto, además, que todas ellas, unidas, componen un discurso que se rebela contra el ruido, contra la contaminación, contra la prisa, contra la violencia, contra el desamor… Un discurso en el que la ciudad reivindica la poesía que el asfalto se empeña en enterrar.

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Bajo el asfalto y el hormigón de Estrasburgo, la poesía sigue viva y se expresa. ¿Anuncia el porvenir o es un simple juego de palabras? (Fotos: JMª Montero)

En la urbe más deshumanizada los escaparates hablan, en un delicioso francés, de amor, de placer, de pasión… y reservan el inglés para la locura. En los viejos muros de un puente, oculta entre yedras, está ella ; y en la parada del tranvía se reivindica la libertad. La vida es breve, nos recuerda el fragmento luminoso de un anuncio que nos vende algo innecesario. ¿Mejor? nos interroga la valla que oculta un triste solar. Hay belleza, y hay magia, y hay sueños

Cuando paseo por la ciudad con mis gafas de siempre veo peor pero distingo lo que casi nadie quiere ver. Y ahora no sé muy bien qué hacer, si dejar mis ojos desnudos y ajenos a ese lenguaje oculto, o llevar siempre a mano las viejas gafas para que las ciudades, todas las ciudades, me cuenten que ni el hormigón, ni el asfalto, ni las prisas, ni el desamor, han acabado con la poesía.

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Son sólo palabras, pero paseamos sin verlas. Estas me estaban esperando en el Paseo de Gracia (Barcelona) – (Fotos: JMª Montero)

PD: En realidad no sé si ese lenguaje oculto está esperando a cualquier paseante curioso, como un agónico mayday, o en realidad se trata de un relato que me busca a mí y que me habla de lo que quiero ver en la ciudad, de lo que espero ver en la ciudad, de lo que deseo que ocurra en la ciudad… ¿O, quizá, es un simple juego de palabras?

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Monsieur Thomasson (Eric Elmosnino) está a punto de acariciar al piano los primeros compases de “Je vais t´amier” convencido de que la joven Paula Bélier (Louane Emera) tiene el corazón suficiente como para interpretar la volcánica declaración de amor que haría “ruborizar a las putas del puerto” (Michael Sardou dixit).

A faire pâlir tous les Marquis de Sade / A faire rougir les putains de la rade / A faire crier grâce à tous les échos / A faire trembler les murs de Jéricho / Je vais t’aimer… (Je vais t´amier, Michael Sardou)

Mis amigos se ríen cuando les digo que, quizá, no deberíamos haber ganado la Guerra de la Independencia y ahora este país tendría una pátina afrancesada que no nos vendría nada mal, sobre todo en el universo de la Cultura. Quién sabe si el curso de la historia no hubiera jugado a nuestro favor dejando a Fernando VII como un noble jubilado en la dulce Valençay y evitando así que nos sumiera en la más absoluta oscuridad tras las luces ilustradas que ya se habían encendido en Cádiz.

Esta es una de mis boutades favoritas, sobre todo cuando veo una película como La familia Bélier y compruebo, una vez más (aunque ya lo he disfrutado, en vivo, en muchas ocasiones) que en las granjas francesas las vallas no se improvisan con viejos somieres oxidados; que los escombros no se esconden a pie de camino rural; que pasear en bici no es un deporte de alto riesgo, o que a los profesores de música, aunque lleven un foulard de colorines, se les tiene el respeto que merece cualquier profesor y (casi) toda la música… Claro, no todo es así de bonito e idílico, pero se le parece bastante.

Y para colmo, la peripecia familiar se adorna con las viejas canciones del controvertido Sardou y descubro a Louane, una nueva voz femenina francesa (que se une a mis adoradas Piaf, Soha o ZAZ), decidida a pellizcarme hasta la médula en la estremecedora Je vais t´amier. Pero, ¿de dónde viene ese estremecimiento? Mi cerebro funciona de forma caprichosa pero a veces, sólo a veces, si le das un poquito de tiempo termina por enlazar las neuronas necesarias y bucear, a pulmón, en esos recuerdos que se han escondido allí abajo, en las mismísimas fosas abisales de la memoria, a donde apenas llega la luz y, aún así, se mantiene la diminuta llama del sentimiento que un día alumbró aquel instante. Y allí estaba Je vais t´amier, sonando en el comediscos de mi tía Juana un día de verano de finales de los setenta (sí, del siglo XX…), con un fondo de guitarras aflamencadas (¿?) y la voz profunda de un Sardou encanallado. Mi tía no sabía francés y yo debía tener, como mucho, trece o catorce años (de los de entonces…), y creo que si los dos hubiéramos sabido traducir la letra de esa canción se nos hubieran puesto los pelos de punta… Ahora, cuarenta años después, al estremecimiento del recuerdo adolescente se une el sentido de la incontinencia poética, irreverente, que Sardou derrocha para describir lo indescriptible con una precisión que sólo conocen algunos amantes.

 

 

Ariel

Cada cosa en su sitio: las entradas, y sus correspondientes notas al margen, siempre terminan guardadas en la carátula de un CD. Así es mi particular archivo…

Mucho más sencillo me resultó interpretar lo que aquel mismo verano (porque no me extrañaría nada que estuviéramos hablando del mismo verano, ¿1978?) escuché en una verbena de Cerro Muriano (Córdoba). En un escenario improvisado con cuatro tablones viejos y mal puestos (efectivamente, perdimos la Guerra de la Independencia y eso se nota), y mientras esperábamos alguna aburrida actuación folclórica al uso, alguien pinchó, para entretener al respetable, un disco que en pocos minutos provocó, a partes iguales, las protestas de los adultos y el frenesí de los adolescentes. El disco se llamaba Matrícula de honor y el grupo que lo firmaba era Tequila. El frenesí duró poco porque otro alguien (lo imagino, no sé por qué, con bigotillo y gomina) se encargó de cortar por lo sano cuando sólo había sonado el primer tema (precisamente el imitadísimo Rock & roll en la plaza del pueblo). Pero… el veneno ya había pasado del oído al cerebro y de allí al corazón. No, no había antídoto ni cura posible.

Foto a Ariel

Aunque el tiempo pasado es una guerra perdida (lo que fue… ya no es) la imagen de Ariel Rot, esa noche, quedará atrapada para siempre en nuestra memoria y en la pantalla de un móvil…

Seguí a Tequila y luego me enganché a Los Rodríguezy entre unos y otros he ido recorriendo, con verdadera devoción, el enorme patrimonio rockero argentino, disfrutando por igual con los que allí se quedaron (el incombustible Charly García, mi querida Fabi Cantilo o la rotunda Bersuit Vergarabat) que con los que vinieron a fertilizarnos, porque el rock de este país no sería el mismo sin las semillas decisivas de Ariel Rot, Andrés Calamaro, Sergio Makaroff, Moris o Alejo Stivel.

Hay veces que te dejas arrastrar / por la corriente sur / prefieres no pensar / Una  carcajada y te vas / viajando sin saber con quien te encontrarás…” (Colgado de la luna, Ariel Rot)

Desde que escuché aquella primera canción de Tequila la música de Ariel Rot (que firmaba con Stivel aquel rock&roll interruptus) forma parte de la banda sonora de mi vida, hasta el punto de que hay recuerdos que no existirían, o se habrían extinguido, si sus acordes y su voz no les hubieran imprimido sentido y eternidad. Por eso entiendo que el pasado viernes hubiera quien se asomó al Malandar buscando a Tequila o a Los Rodriguez y se quedara con esa sensación de agridulce vacío que deja el tiempo pasado que se niega a volver aunque sea en forma de canciones. Esa sí que es una guerra perdida: lo que fue ya no es, y hasta el propio Ariel se resistió a devolvernos aquellos tragos de Tequila, o los metió de nuevo en el alambique para deconstruirlos y transformarlos en una bebida irreconocible y absurda.

Yo me asomé buscando a Ariel Rot, sin más, y disfruté de algunas de esas canciones difíciles de corear, porque no están en la lista de los grandes o los viejos éxitos, pero que forman parte esencial de mi manera de entender, o no explicarme, los vericuetos de la vida, sus maravillosas sorpresas o sus curvas peligrosas. Y otra vez el azar, y el empeño, me regalaron la mejor compañía, esa que convierte la música en un idioma en el que nos reconocemos.

El del viernes no fue un concierto extraordinario, es cierto, pero la noche fue bonita y la celebramos con la felicidad de siempre, la que nos viene acompañando desde aquel Madrid de los ochenta y a la que no pensamos renunciar mientras tengamos amig@s que la alimenten con sus sonrisas y esparzan las cenizas, todas las cenizas, en el aire de la madrugada.

Hay ofertas que no puedo rechazar / hay pactos que jamás voy a romper…” (Cenizas en el aire, Ariel Rot)

PD: Pues sí, acabo de darme cuenta que he terminado por hilar un cancionero espontáneo de Ariel Rot: pinchando en la palabra o en la frase adecuada podéis recorrer parte de esa banda sonora de mi vida…

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Del sueño al plato en cinco pasos… No es bueno dejar los deseos insatisfechos porque siguen alimentando más sueños y puede que hasta alguna pesadilla…

Liberada de ataduras, sin filtros que atemperen sus desmanes ni sordinas que dulcifiquen sus estridencias, la mente, esa gran fábrica de ideas, hace de la noche el patio de su recreo. A veces saca a pasear a los fantasmas y se empeña en revisar, uno a uno, todos los miedos que andábamos ocultando, y otras se entretiene jugando con recuerdos, dulces, que ya habíamos olvidado, o con proyectos, apetecibles o absurdos, que nunca llevamos a cabo.

La última madrugada me la he pasado cocinando en sueños; cocinando docenas y docenas de torrijas que aparecían y desaparecían en un bucle empalagoso e infinito. No es uno de mis postres favoritos, ni lo había cocinado nunca, pero en mi mente, dormida, sólo había montañas de torrijas. Y, claro, el sueño, ya de día, se convirtió en deseo, y el deseo en pasión, y a la pasión hay que darle salida para que no se convierta en obsesión y siga alimentando sueños y pesadillas.

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Desde la cocina toda la casa se perfumó con ese perfume a cáscara de naranja frita, a canela, a limón, a Oloroso gaditano…

Dicho y hecho: antes de agarrar la bici para perderme en la playa he cocinado mis primeras torrijas, algo heterodoxas, porque no soporto el empalago de las tradicionales, el exceso de dulce que me satura el paladar, ni tampoco me gusta empaparrucharlas hasta convertirlas en algo parecido a unas natillas. Y, además, he tenido que cocinarlas con lo que tenía a mano, sin florituras. El resultado (perdonad la inmodestia): impecable (han pasado el examen benevolente de mi madre y el riguroso de mi vecino Iñaki, un navarro que en asuntos de cocina no hace prisioneros… ).

La receta es la clásica con un final adaptado a mis gustos:

Una barra rústica de pan duro (sobró de ayer)

1/2 litro de leche entera

4 huevos

Aceite de girasol y aceite de oliva

Canela en rama, cáscara de limón, cáscara de naranja, azúcar, miel y Oloroso

Ponemos la leche a calentar (que no hierva) con un poco de canela en rama, una cucharada de azúcar y un trozo de cáscara de limón. La mantenemos bien caliente durante 15 o 20 minutos. Apartamos y dejamos enfriar.

Cortamos la barra en rebanadas como de un dedo de grosor (efectivamente, no me gustan las torrijas flacuchas…) y las empapamos en la leche. Hay que dejar reposar unos minutos cada rebanada sobre la leche, de un lado y de otro, para que la miga no se quede seca.

En una sartén amplia ponemos a calentar el aceite (3/4 partes de girasol y 1/4 parte de oliva), bien fuerte, con un trozo de cáscara de naranja. Cuando la cáscara empiece a freírse con cierta alegría habremos alcanzado la temperatura perfecta (unos 170 grados) y será el momento de empezar a freír las torrijas, bajando el fuego a una posición media.

Las torrijas las pasaremos por huevo batido antes de freírlas, y estaremos muy atentos para que no se quemen, dejándolas doradas por ambas caras. Las vamos retirando y reservando en un plato cubierto de papel de cocina para que empape el exceso de aceite.

En un cacito ponemos una cucharada de miel, una cucharada de agua y cinco o seis cucharadas de Oloroso (no seamos mezquinos con el vino… sobre todo si es de Sanlúcar de Barrameda). Mezclamos bien a fuego bajo, hasta que se forme un sirope con el que iremos empapando, ligeramente, las torrijas (como una o dos cucharaditas de sirope por torrija).

El deseo, y la pasión, quedaron satisfechas.

A ver qué sueño esta noche…

 

Let it be

Entre Octopus Garden y Across the Universe. Ahí está Let it be invitándonos a dejar que las cosas sean… como tengan que ser.

Hace algún tiempo os conté en este mismo blog mi primera visita a Portobello Road, allá por las navidades de ¿1985?, y cómo en el famoso mercadillo londinense compré el doble azul y el doble rojo de los Beatles (en riguroso vinilo, of course).

De vez en cuando, como esta tarde, los saco de sus fundas de cartón y los coloco en el tocadiscos (sí, todavía uso tocadiscos…). No hay nostalgia en este revival, más bien, al contrario, me sorprende la sintonía que algunas de esas canciones mantienen con mi presente o los guiños que en ellas encuentro tres décadas después.

Let it be siempre ha sido una de mis favoritas, y ahora, además, adquiere un sentido peculiar porque me invita a hacer lo que todos deberíamos hacer con más frecuencia: dejarlo estar.

La verdad es que, frente a algunas situaciones conflictivas o simplemente complejas, lo ideal es “soltar”, pero como liberarse nunca es tan sencillo como parece una opción que también nos procura cierta tranquilidad en momentos de incertidumbre o zozobra es… dejarlo estar. Let it be, let it be… No hay soluciones milagrosas y los dogmas de poco sirven frente a las sorpresas que nos regala la vida (si estamos dispuestos a aceptarlas), así es que, con frecuencia, lo mejor es dejar que las cosas sean… como tengan que ser. Y disfrutrar de esa flexibilidad que tanto se parece al asombro, incondicional, con el que los niños viven lo cotidiano y lo extraordinario.

Pero mejor que yo lo explica Jack Kornfield, al que también he traído en más de una ocasión a este blog:

Cuando se presentan los problemas y somos capaces de soltar, simplemente soltémoslos. Pero ¡cuidado! No es tan fácil como parece. Por regla general descubrimos que estamos demasiado apegados o embrollados con la historia o el sentimiento para hacerlo. Otras veces intentaremos ‘soltar’, porque algo no nos gusta. Pero eso no es ‘soltar’, es aversión, es decir, se trata realmente de gestos de crítica y rechazo. 

Sólo cuando hay equilibrio en la mente y compasión en el corazón, se puede producir el auténtico ‘soltar’. A medida que desarrollamos habilidad en nuestras prácticas de meditación, se hace sencillamente posible soltar ciertos estados problemáticos, tan pronto como se presenten. Este ‘soltar’ no contiene disgusto alguno; se trata de una elección directa de abandonar un estado mental y centrar serenamente nuestra concentración, de un modo más hábil, en el próximo instante. Esta capacidad es fruto de la práctica. Se produce a medida que crece nuestra compostura. Se puede cultivar, pero nunca forzar.

Cuando no es posible soltar, se puede utilizar una versión más blanda de esta práctica, denominada ‘déjalo estar’. Se presente lo que se presente, ya sea dolor, miedo o conflicto, en lugar de soltar, seamos conscientes de ello, dejémoslo ir y venir. ‘Déjalo estar’. Dejarlo estar no significa escapar o eludir, sino simplemente liberar. Permite que lo que esté presente surja y pase, como las olas de un océano. Si hay llanto, llora. Si surge pena o ira, déjalas estar. 

El espíritu de ‘dejar estar’ o ‘soltar’ se expresaba con belleza en un poster, que vi hace unos años, que anunciaba meditación y yoga. Un famoso gurú indio, con el pelo gris y una larga barba flotante, permanecía exquisitamente en equilibrio sobre un solo pie, en la postura de yoga conocida como ‘el árbol’. Sólo llevaba un pequeño taparrabos. Pero lo más sorprendente es que permanecía en equilibrio… sobre una tabla de surf, encima de una gran ola. Debajo del poster, con grandes letras, decía: ‘No puedes detener las olas, pero puedes aprender surf’. De este modo podemos acoger las contradicciones de nuestra vida y soltarlas o dejarlas estar”.

(“Después del éxtasis, la colada”, Jack Kornfield)

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Sí, todavía hay quien, con buen criterio, defiende y fabrica pañales reutilizables, más económicos y menos agresivos para el medio ambiente.

 

La pareja que me precedía en la cola del supermercado arrastraba un carro monumental y monotemático: pañales desechables. Suficientes pañales desechables, he razonado, como para cubrir las necesidades de unos sextillizos durante un mes (o será, más bien, que he olvidado la velocidad a la que un bebé consume esos sofisticados contenedores de celulosa y plástico…).

Como me ha picado la curiosidad, y con ella nunca está tranquilo un periodista hasta que la sacia, he trasteado un poco en busca de los orígenes del pañal desechable y, sobre todo, de su impacto ambiental. Confieso que el interés no es nuevo, porque hace más de catorce años me hice las mismas preguntas (en realidad este post no es más que una modesta actualización de aquella primitiva página que firmé en El País).

No existe ningún estudio riguroso sobre la cuestión (o al menos yo no lo conozco) y las estimaciones, realizadas por algunos fabricantes, bailan entre cifras (todas ellas) estratosféricas. Hay quien considera que en España se consumen cada año alrededor de 1.600 millones de pañales desechables y quien eleva esta suma hasta los 3.600 millones. El caso es que a la basura, en el mejor de los casos y en todo el país, se arrojan cada año cerca de un millón de toneladas de pañales, la mayoría de los cuales, por los materiales que los componen, tardarán, siendo optimistas, unos doscientos años en degradarse.

Hasta mediados de los años 60 del pasado siglo para cambiar a un bebé se usaban piezas de algodón sujetas con imperdibles, que podían lavarse con facilidad y reutilizarse un buen número de veces. No era una opción muy cómoda para los padres, pero sí que resultaba económica y poco agresiva para el medio ambiente.

Aunque algunos pueblos esquimales venían usando rudimentarios pañales que incorporaban elementos vegetales absorbentes, el primer pañal desechable, fabricado con pulpa de papel, apareció en el mercado a comienzos de los años 70, y poco después se incorporaron las braguitas de plástico que lo cubrían. Hasta 1980 no se integraron ambos elementos, papel y plástico, y los geles de gran absorbencia se añadieron en 1987. En poco tiempo el uso de pañales desechables supuso la práctica desaparición de los reutilizables que, a pesar de todo, aún cuentan con defensores y fabricantes.

Todavía se mantienen grandes discusiones a propósito de la incidencia de ambos tipos de pañales en las alteraciones y enfermedades de la piel, cuestión prioritaria en los primeros meses de vida. Los fabricantes de pañales desechables argumentan que los geles absorbentes ayudan a prevenir las irritaciones cutáneas ya que mantienen la humedad y las deposiciones alejadas de la epidermis, con lo que esta se mantiene suave y sana. Los partidarios de los pañales de algodón, por el contrario, mantienen que este tipo de tejido permite la respiración natural de las zonas corporales que cubre y, por tanto, deberían ser los que se usaran en clínicas y maternidades.

La piel limpia y seca no es propensa a la dermatitis, y seguramente el que se mantenga en buen estado depende sobre todo de la cantidad de veces que se cambie de pañal y no tanto del tipo de artículo que se emplee.

Para los consumidores preocupados por las reacciones alérgicas o el uso de sustancias agresivas es difícil descubrir qué productos químicos, como perfumes o agentes hidratantes, intervienen en la composición de los pañales desechables puesto que esta información no suele detallarse en los embalajes.

Y no sigo trasteando en las redes porque me temo que esta es sólo la punta del iceberg de un tema que, en la cola del supermercado, me parecía mucho más irrelevante, y mi curiosidad anda ya buscando nuevos horizontes…

 

 

Chubas

¿Quién tiene miedo al temporal con un chubasquero decente y unas buenas botas? (es un selfie fallido, pero me gusta… :-) )

Me gusta cuando en invierno, solitaria, la playa se asilvestra. El anuncio del temporal, que debería ser reclamo y no alarma, disuade a los paseantes y, así, pocos somos los que disfrutamos de esa estampa, primitiva y poderosa, que componen el viento, la lluvia y el oleaje batiendo caóticos la orilla. La naturaleza en puro desequilibrio, como está siempre, por cierto, aunque pensemos lo contrario…

 

Un chubasquero decente, unas buenas botas y el asombro a flor de piel, el mismo asombro con el que recorría las playas de mi infancia buscando piedritas, guijarros pulidos que adornaban el alfeizar de una ventana.

Piedras

Hoy he vuelto a casa con los bolsillos llenos de piedritas…

Hoy, caminando contra el viento, he vuelto a buscar piedritas, porque así no me distraigo y mi atención reposa en los pequeños detalles, esos en los que se esconde la belleza; porque esa ocupación, infantil e improductiva, me obliga a olvidarme de lo complejo y a caminar despacio (ya correré el lunes y me defenderé a duras penas de las complicaciones…).

Hoy he vuelto a casa con los bolsillos llenos de piedritas y he recordado el poema de Benedetti: quién sabe si alguna terminará en manos de la alegría, que siempre anda buscando piedritas para llamarnos, para anunciarse, para recordarnos que está ahí fuera, esperando…

 

Piedritas en la ventana
(Mario Benedetti)

De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas

quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuándo mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajo hallaré para no seguirlos

está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana.

 

Piedrass

Quién sabe si la alegría no terminará por usar alguna de estas piedritas para anunciarse, para llamarnos…

 

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