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Todo empezó de madrugada, cuando desde los pasillos desiertos de un hotel madrileño mi hija se encaminaba, con decisión, confianza y mucho equipaje, hacia el futuro. (Fotografía: José María Montero)

Cuando durante meses trabajamos muy duro para poner en marcha aquellas expediciones científicas que nos llevaron a los cinco continentes, mi buen amigo Fernando Hiraldo, director de la Estación Biológica de Doñana (CSIC), se desesperaba, con razón, frente a la desidia de algunos organismos, la dejadez de ciertos profesionales o la vergonzosa incompetencia de aquellos que se pasaban el día presumiendo de (falsa) excelencia. Fernando, con su habitual retranca, decía que en esta tierra se producía un extraño fenómeno por el cual muchos individuos estaban convencidos de que “decir” era equivalente a “hacer”. En las interminables reuniones que mantuvimos con docenas de personas cuya contribución era imprescindible para llevar a cabo aquel proyecto tan titánico como novedoso, e incluso durante el mismo desarrollo de las expediciones, tuvimos que acostumbrarnos a sortear, con diplomacia, aquella anomalía, y buscar los resortes más efectivos para que la palabra dada se transformara en acción, para que los compromisos se cumplieran, para que nadie se olvidara de sus obligaciones sencillamente porque nos había asegurado que las iba a llevar a cabo.

Los que me seguís en redes sociales habréis visto, o más bien intuido,  lo que he vivido este último fin de semana en Madrid. Como me tengo por hombre prudente, como aún estamos trabajando en un acuerdo amistoso y como mi abogado me aconseja que siga practicando esa prudencia zen (al menos por ahora), no he entrado ni voy a entrar en detalles, pero me apetece sumar algunas reflexiones en torno a esa anomalía que, al confundir lo dicho con lo hecho, tanto daño nos hace.

Empecemos indicando que quien estos días la ha sufrido en primera persona y con mayor virulencia ha sido mi hija, que viajaba camino a la Universidad de Wroclaw (Polonia) y que a punto ha estado de ver frustrada su incorporación al programa Erasmus de dicha universidad. Algunos amigos, con la mejor de las intenciones (dictada por los mejores sentimientos), creían que mi turbación digital venía del hecho de la separación, del pellizco que produce el momento en que tus hijos salen de casa para convertirse en hijos del mundo. Pero no, yo soy de esos padres que celebran la separación que busca el crecimiento y, para colmo, tengo el privilegio de tener dos hijos con capacidades sobradas para enfrentarse (ya lo han hecho en más de una ocasión) a los muchos obstáculos que les presenta, y que les va a seguir presentando, la vida, aunque en verdad casi todos esos obstáculos tienen nombre y apellidos, porque las zancadillas vendrán, sobre todo, de ciertos congéneres ineptos, soberbios, sobrados de mal corazón y con escasas entendederas.

No, de verdad, ni me hace daño la separación ni temo por la manera en que serán capaces de enfrentarse a su necesaria independencia. Lo que este fin de semana me hacía hervir la sangre (y se me notaba a pesar de mi contención en redes sociales) es que Sol tuviera que asumir, con sólo 20 años, la más cruda evidencia de que en este país, su país, hay una tolerancia infinita (cuando no una ridícula celebración) de esa desidia, incompetencia, dejadez, irresponsabilidad… que nos conduce al abismo individual y colectivo.  

Para mi hija este cataclismo social resulta del todo inexplicable. Y he tratado de convencerla, además, de que nunca encontrará una explicación razonable a ese desastre. ¿Cómo puedes pedirle a una estudiante que acepte con resignación, aunque no la entienda, esa indolencia extrema cuando en dos años y medio de carrera ha sumado 13 matrículas de honor a base de mucho, muchísimo, esfuerzo personal? Es ese desastre silencioso, y no sólo la crisis económica (vinculada, sin duda, al primer elemento) o la cansina pandemia, el que alimenta la indignación y la desesperanza de nuestra generación mejor preparada. Si de lo que se tienen que ir, si de lo que se tienen que separar poniendo muchos kilómetros de por medio, es de ese panorama gris y romo… que se vayan bien lejos y lo antes posible. Los echaré de menos, echo de menos mucho a mis hijos, claro, y por eso mismo se multiplican mis ganas de verlos, pero no los quiero sufriendo en un país con tan poco horizonte, plagado de mediocres convencidos de ser extraordinarios, de envidiosos amigos del ruido y la mezquindad, de flojos que confunden el decir con el hacer, de malvados que desprecian la empatía. Y, para colmo, de un sistema, y una sociedad, complacientes con lo intolerable.

En las cristaleras de la antigua Casa de Fieras del Retiro, hoy convertida en biblioteca, nos reflejamos los dos, se reflejan la poesía y los árboles desnudos y, sobre todo, el espiritu de Eugenio Trías. (Fotografía: José María Montero)

Para aliviar las horas de incertidumbre e indignación mi hija y yo hemos paseado por algunos de los rincones que más me gustan de mi adorada Madrid, empezando por la antigua Casa de Fieras del Retiro, hoy convertida en una preciosa biblioteca acristalada en donde desde el exterior se adivinan los estantes dedicados a la poesía y se reflejan los árboles desnudos del parque. La biblioteca lleva el nombre de Eugenio Trías, un filósofo al que con acierto alguien llamó “el hombre al que sólo le importaba todo”. Trías es una figura fascinante que, desgraciadamente, se conoce poco fuera de ciertos círculos y al que, creo, no se le valora lo suficiente (tened presente que todo este rollo que os estoy soltando transcurre en España, una circunstancia que sirve para explicar este y otros muchísimos olvidos). Allí, junto a la antigua Casa de Fieras, entre árboles y libros, recuperamos un poco la calma y yo le recordé a Sol algunas de las lúcidas aportaciones de Trías al pantanoso terreno de la ética y la responsabilidad individual, tan presente en el calvario que le estaban haciendo sufrir en su camino hacia Polonia. Medio enjareté la cita de memoria pero luego, ya sentados en la terraza del Kulto, en la cercana calle Ibiza (donde el espíritu también se alimenta), la busqué para añadirla tal y como la dictó Eugenio Trías: El intelectual, el creador, si verdaderamente lo es, debe tener algo más que capacidad analítica de diagnóstico; debe poseer coraje en relación a flagrantes transgresiones de la libertad o de la justicia. La entrega a los intangibles requerimientos de la “intelectualidad” no es excusa para no actuar, ni siquiera el mundo de las ideas nos debe alejar del mundo de la acción; hay territorios sagrados, como el de la libertad o la justicia, en los que la palabra no basta, en donde se necesita el coraje suficiente para actuar en beneficio de todos, de la sociedad en su conjunto. Y si con 20 años no se tiene ese coraje, ¿cuándo se va a tener?

Estaba claro, y el destino nos iba regalando más argumentos en boca de otros amigos invisibles: además de resolver el enredo al que nos habían condenado (de manera que mi hija pudiera llegar de alguna manera a Polonia) no íbamos a contentarnos con el sencillo alivio de la palabra. Teníamos mucho que decir pero, sobre todo, teníamos mucho por hacer. No pudo resultar más oportuna, siguiendo con estos regalos del destino, la visita a la exposición (Curiosidad Radical) dedicada a mi admirado “Bucky” Fuller (otro de esos genios empeñados en construir, a contracorriente, un mundo mejor). No voy a aburriros con la poliédrica y fascinante figura de este inclasificable pensador, arquitecto, filósofo, diseñador y visionario, tan sólo, como en el caso de Trías, voy a añadir a este relato tres citas más para que conozcáis las vigas que mi hija y yo íbamos sumando a la construcción de nuestro empeño por no dejar que la desidia de otros nos arrastrara a la inacción y el desánimo.

¿Leéis a Fuller al final de este pasillo luminoso? Yo os lo leo, y os lo traduzco, por si acaso: Si el éxito o el fracaso de este planeta y de los seres humanos dependiera de cómo soy y de qué hago… ¿Cómo sería? ¿Qué haría? No hay que darle muchas más vueltas… creo… (Fotografía: José María Montero)

Dice Fuller: Si el éxito o el fracaso de este planeta y de los seres humanos dependiera de cómo soy y de qué hago… ¿Cómo sería? ¿Qué haría?. El ser y el hacer, unidos. Y añade: Mis ideas emergen por emergencia. Cuando la desesperación las hace necesarias, son aceptadas. La emergencia como motor del cambio. Y para terminar con este breviario fulleriano: No intentes cambiar un sistema, construye uno nuevo que haga que el anterior se vuelva obsoleto. Creo que no hay frase más estimulante para alguien que tiene 20 años y empieza a vislumbrar que así, en general, no podemos seguir.

Para no contradecirme, para no emborracharme (como a veces nos ocurre a los periodistas) de ideas y citas, y olvidarme así de que todas estas palabras debían conducirnos a la acción, volvimos al hotel, abrimos el portátil, agarramos el móvil, revisamos conversaciones, correos electrónicos y documentos, tomamos notas, hicimos algunas llamadas, pedimos ayuda a amigos, examinamos incidentes similares, rebuscamos en Internet, repasamos la dudosa reputación de algunos y la excelencia de otros, recibimos y agradecimos algunas visitas, ordenamos fotos y vídeos más que elocuentes, contactamos con otros damnificados, consultamos con nuestro abogado, establecimos contacto con administraciones e instituciones varias, nos contuvimos para no narrar en público, ni acusar, ni calentarnos al teléfono o en las redes sociales… Hablamos mucho, pero actuamos aún más.

Podríamos haber disfrutado de más paseos por Madrid, de una buena siesta, de una película tontorrona en la tele, de una cena en el mejicano para el que ya tenía reserva… pero preferimos tomarnos la molestia. Esa es la clave, creo; esa es la decisión que distingue al que solo habla del que actúa: tomarse la molestia. Los hay que se la toman, para que la irresponsabilidad no quede impune o para admitir -con franca humildad- que se han equivocado, y los hay que prefieren entregarse a la molicie y que todo siga más o menos igual, porque tampoco se pierde tanto (más allá de la dignidad y la justicia… que son asuntos ¿menores?). Y aquí, en las últimas horas de un fin de semana arisco pero muy pedagógico, fue cuando recordé a otro de esos amigos invisibles que te brindan argumentos para compartir con tu hija. A Fernando Savater, con el que no comulgo en algunas de sus ideas pero del que siempre aprendo algo, sí que he tenido la fortuna de tratarlo, porque en 2012 lo invité a dictar la conferencia de apertura (“Ética y medio ambiente”) en el XV Seminario Internacional de Periodismo y Medio Ambiente (SIPMA), del que fui director durante más de una década. Fernando ha elogiado en alguna ocasión ese concepto, “tomarse la molestia”, aparentemente intrascendente pero decisivo para hacernos crecer como sociedad. De ese concepto hablamos aquel día de otoño en Córdoba, bajo unos naranjos, cuando lo invité al SIPMA, y nunca he olvidado aquella agradable conversación con el filósofo. Disculpadme que añada otra cita más, la última, a este post, pero es que Fernando Savater se va a explicar mucho mejor que yo:

Hace unos meses, veía en televisión la noticia de lo que sucedió en un avión en el que un bárbaro incalificable –por cierto, inglés, seguro que de los que apoyó el Brexit– se puso como una hidra cuando se le sentó al lado una señora de color. La noticia destacaba que la compañía, Ryanair, no hizo nada. ¡Pero tampoco el resto de los pasajeros! Si ese tipo llega a estar borracho y vomita, sube la policía y lo echan. En ese momento, nadie se tomó la molestia. La gente prefiere que la dejen en paz. Yo ya no sirvo para nada, pero cuando eras joven sentías que tenías que hacer algo frente a las situaciones de injusticia, sobre todo quienes hablábamos de ética y de valores políticos.

(…)

Hay una milonga argentina que dice que la esperanza, a veces, son ganas de descansar, pero también la desesperación. Como todo está tan mal, no hago nada y me echo a dormir. Pero hay cosas muy valiosas que se pueden defender y otras que se pueden mejorar. El campo de intervención ciudadana es grande, porque las cosas no van a cambiar si la ciudadanía no interviene.

“Se tomó la molestia” me parece una magnífico epitafio.

You must never underestimate the power of a woman. Fue mirar el graffiiti, en Fuencarral, y verlo (una vez) muy claro. Yo, que me despacho con un inglés justito, lo he entendido… y ¿tu? (Fotografía: José María Montero)

En fin, que terminó el tormentoso fin de semana, que yo volví a casa sin prisa (costeando Gredos y serpenteando por las riberas del Alberche), y que mi hija ya está abriéndose paso entre las nieves polacas. Y los dos, además de echarnos de menos, nos hemos tomado la molestia. No sólo hemos dicho que lo ocurrido no debería repetirse, es que estamos dedicándole tiempo y trabajo para que de verdad no se repita. Dicho y hecho.

PD: No todo resultó oscuro. Hubo, como casi siempre, personas luminosas que aportaron calma en los momentos más tensos y profesionales que demostraron calidez, ética y dignidad. Hubo, en definitiva, desconocidos que se convirtieron en amigos.

Pero, insisto, la parte más agria de esta historia aún no se ha resuelto. Por eso, insisto, si todas estas molestias, si todo esto esfuerzo, no terminan en un acuerdo amistoso y justo; si nuestro abogado, hombre sensato, nos lo permite, y si me siguen acompañando las ganas de escribir, es posible que añada la narración, desapasionada y rigurosa, de los hechos vividos en Barajas el pasado fin de semana. Un relato a la altura del mejor guión de Berlanga. Un cúmulo de despropósitos que tendrían su gracia como grotesco esperpento destinado a salas de teatro de medio pelo, pero que, como hechos reales, no me provocan ni la más ligera sonrisa.

Sí, lo mismo me tomo también esa molestia…

(Permanezcan atentos a sus pantallas).

Nuestra memoria es débil, pero ya se ocupan las hemerotecas de recordarnos lo que no debería causarnos sorpresa. En la imagen (de la Biblioteca Nacional) algunos titulares de prensa a propósito de la “gripe española” de 1918.

Hace 15 años en este país los virólogos estaban escondidos, trabajando en sus cosas, investigando en silencio. Hoy los encuentras en la cola del supermercado, en las redes sociales y en las tertulias de radio y televisión. España se ha llenado de resueltos virólogos, aunque los de verdad, los que se dedicaban a estos patógenos hace 15 años, siguen trabajando en la sombra y (la mayoría) se cuidan mucho de opinar, sin fundamento ni rigor, en mitad de esta emergencia.

Una de las ventajas de haberme especializado en información científica y ambiental es que, después de llevar casi 40 años escribiendo de estos asuntos en medios de comunicación (me estrené en el diario Nueva Andalucía un lejano 3 de diciembre de 1981, hablando del valor ecológico de los humedales del Bajo Guadalquivir), hay pocos temas que me sorprendan y pocos especialistas de salón que me seduzcan. Por eso me llama la atención, por ejemplo, con qué asombro hablan algunos colegas de los efectos del cambio climático, cuando el diario El País ya informaba con detalle de esta cuestión en 1976; la alarma que desata el virus del Nilo, presente en las marismas del Guadalquivir desde hace décadas, o la repentina atención que merece el vínculo entre la pandemia de COVID19 y determinados factores ambientales, cuando yo mismo me pasé dos años (2005-2006) escribiendo, con cansina insistencia, a propósito de esa peligrosa relación entre enfermedades emergentes, factores ambientales y globalización. De aquella época me siguen pareciendo particularmente valiosas las entrevistas que hice a Adolfo García-Sastre, algunas de ellas emitidas en Canal Sur Televisión (octubre 2006), uno de los máximos expertos en gripe de todo el mundo, al que entonces pocos conocían en nuestro país y que traje desde Nueva York para que dictara, en Córdoba, una de las conferencias del Seminario Internacional de Periodismo y Medio Ambiente de cuya dirección me ocupé durante más de una década.  

Este país se ha llenado de resueltos virólogos, y donde más abundan los todólogos, seamos sinceros, es en los medios de comunicación…

No es la primera vez que presumo en este blog de hemeroteca doméstica. En ella vuelvo a sumergirme hoy, aprovechando las muchas horas de encierro a la que nos obliga el coronavirus, para rescatar algunos párrafos de aquellos textos en los que ya aparecía el temor a una pandemia, la necesidad de controlar el salto de patógenos de animales silvestres a humanos, los riesgos de la globalización en la dispersión de virus a escala planetaria, el vínculo de estas enfermedades con el cambio climático o la atención prioritaria que debería prestarse al trabajo científico y, en particular, al desarrollo de vacunas. Todo suena muy actual, ¿verdad?, pues como veréis lo escribí hace más de 15 años. ¿En qué hemos empleado el tiempo en estos tres largos lustros?

“Virus con alas”. Crónica en verde. El País, 12 de septiembre de 2005

Link: https://elpais.com/diario/2005/09/12/andalucia/1126477345_850215.html

La FAO ha advertido que las aves infectadas [por gripe aviar] en Siberia y Kazajstán pueden alcanzar fácilmente zonas del Caspio, el Mar Negro y los Balcanes, extendiéndose por algunos enclaves del sureste europeo en donde, precisamente, los ejemplares del centro y norte de Europa se mezclan con los de Asia, y el contacto de ambos grupos facilitaría la extensión de la epidemia hacia territorios aparentemente a salvo.

[…]

La Organización Mundial de la Salud, en su último informe sobre la cuestión, fechado el 18 de agosto, admite que “es imposible controlar la gripe aviar en las aves salvajes, y ni siquiera vale la pena intentarlo”. Al igual que la FAO, la OMS recuerda que el papel de estos animales en la propagación de las cepas más agresivas del virus “sigue siendo en gran parte desconocido”.

“La salud incierta”. Crónica en verde. El País, 24 de octubre de 2005

Link: https://elpais.com/diario/2005/10/24/andalucia/1130106148_850215.html

La crisis sanitaria desatada en torno a la gripe aviar ha puesto de manifiesto un conjunto de patologías que afectan a la salud humana y que, en gran medida, están determinadas por las condiciones ambientales y las perturbaciones que hemos ido introduciendo en ellas. Enfermedades exóticas, o erradicadas hace tiempo de determinados territorios, se hacen presentes debido, por ejemplo, al cambio climático, a las migraciones animales o al trasiego de personas y mercancías entre puntos geográficos muy distantes.

[…]

Los especialistas de la OMS que estudian el problema de la gripe aviar consideran que si el temido virus consigue finalmente mutar y adquiere la capacidad de transmitirse de persona a persona, el escenario más peligroso, en la más que probable pandemia estarían implicados los modernos sistemas de transporte. Es decir, el virus no llegaría a destinos alejados del sudeste asiático por medio de las aves migratorias si no que, muy posiblemente, alcanzaría enclaves remotos, como Europa, por medio de personas infectadas que tomaran, por ejemplo, un avión.

“Los orígenes del virus”. Crónica en verde. El País, 23 de enero de 2006

Link: https://elpais.com/diario/2006/01/23/andalucia/1137972137_850215.html

Precisamente este virus, el de la gripe española, ha podido reconstruirse gracias a un complejo proyecto científico en el que ha participado un español, el microbiólogo Adolfo García-Sastre, profesor en la Facultad de Medicina Monte Sinaí, de Nueva York. Un especialista que acaba de visitar Sevilla para reunirse con sus colegas de la Estación Biológica de Doñana, dedicados a la identificación de virus en poblaciones de aves silvestres, cuestión que podría resultar decisiva a la hora de prevenir la temida pandemia.

                Pregunta. ¿De qué manera están relacionados los virus de la gripe presentes en aves y aquellos otros que son propios de la especie humana?

                Respuesta. Los virus de la gripe que afectan a humanos son virus muy determinados, de los que, en la actualidad, sólo existen dos tipos. Estas dos variantes también están presentes en las aves que, además, se ven afectadas por otros 16 tipos de virus de la gripe. Los virus pandémicos aparecen cuando un virus propio de aves es capaz de infectar a humanos. Este salto no es fácil, porque cada virus está adaptado a su propio huésped y no se propaga con facilidad en otro.

                P. Sin embargo ese salto es posible, y ha podido incluso certificarse en el virus de la gripe española de 1918, que usted, junto a otros especialistas, ha sido capaz de reconstruir.

                R. El virus de 1918 tiene unas secuencias muy parecidas a las que encontramos en virus de aves, aunque ambos son un poco distintos porque aparecen ciertos cambios que diferencian a uno y a otros. Es muy posible que en esas secuencias, que hemos identificado en algunos genes, se encuentre la clave que explique por qué un virus propio de aves es capaz de cambiar lo suficiente como para adaptarse a los humanos. Estamos, por tanto, tratando de precisar las características de esas secuencias porque así sabremos hasta qué punto un virus de aves será capaz de infectar a humanos. ¿Se necesitan diez cambios?, ¿veinte cambios?, ¿cuarenta cambios? Cuantos más cambios hayan de producirse en el perfil genético del virus menor riesgo existe de que sea capaz de saltar a humanos.

                 P. ¿El virus de 1918 fue capaz desaltar directamente de aves a humanos?

                R. Sabemos que en otras pandemias, como la de 1957, lo que ocurrió es que un virus de gripe humana fue capaz de adquirir un par de genes de virus propios de aves. En el caso de 1918 no podemos asegurar que se produjera un salto directo de aves a personas, porque no tenemos muestras de virus de humanos que circularan antes de esa fecha, pero debido a las similitudes que este virus presenta con respecto a los que afectan a las aves esta es una hipótesis en la que estamos trabajando. Es posible que un virus aviar, después de una serie de cambios, sea capaz de saltar directamente a humanos.

                P. ¿Es posible anticiparse a ese salto? ¿Podemos identificar a los virus candidatos a producir una pandemia?

                R. Si somos capaces de identificar las secuencias que en determinados genes explican el éxito de un virus a la hora de infectar a humanos, propagarse a gran velocidad y causar enfermedad, podremos reconocer virus que, con las mismas secuencias, se encuentren en la naturaleza, o bien virus que estén cerca de adquirir esas secuencias, virus que necesiten pocos cambios para convertirse en pandémicos. Esos virus serían los que tendríamos que vigilar de cerca porque, potencialmente, son los más peligrosos. Al mismo tiempo, estamos investigando los mecanismos que, a nivel molecular, se desencadenan a partir de esas secuencias genéticas, mecanismos que hacen que la enfermedad sea más severa, porque el conocimiento de estos mecanismos nos permitirá desarrollar fármacos específicos capaces de neutralizarlos. Y esas mismas herramientas moleculares nos van a servir también para diseñar vacunas más efectivas.

                P. ¿Los virus H5, que ahora concentran el temor de todos los especialistas, terminarán por convertirse en virus pandémicos?

                R. Las pandemias han existido siempre, y cuando se producen la mortalidad se dispara, como ocurrió en 1918, cuando la tasa de mortalidad, en una circunstancia extrema, llegó a alcanzar el 2 %. Las pandemias ocurren a intervalos de entre 10 y 90 años, y la última que tenemos registrada es la de 1968. Lo que sí sabemos ahora, y no sabíamos antes, es que los virus proceden de las aves y por eso hay que evitar el contacto entre aves silvestres y domésticas, y entre aves y humanos, como factor de prevención. De todas maneras, no es tan fácil decir que los virus H5 van a ser capaces de producir una pandemia, y si lo fueran tampoco parece probable que sean tan letales una vez que comiencen a propagarse de humanos a humanos, ya que en la actualidad sus tasas de mortalidad rozan el 50 %.

                 P. ¿Disponemos de tiempo? ¿Será posible contar con esas nuevas herramientas de prevención y tratamiento antes de que aparezca una pandemia?

                R. La cuestión del tiempo no es fácil de predecir, pero si para algo ha servido el miedo, quizá exagerado, que ha producido toda esta situación, es para que los gobiernos tomen conciencia de lo grave que resultaría una pandemia y preparen la infraestructura necesaria para fabricar vacunas con rapidez y contar con suficientes antivirales, recursos de los que ahora mismo no disponemos.

Al mismo tiempo que se diseña este sistema de alerta temprana hay que estar preparados para interrumpir la cadena de transmisión del virus. Ya que no es fácil que el  patógeno salte directamente de aves silvestres a humanos, hay que concentrar la atención en los huéspedes intermedios, las aves domésticas, a las que hay que sacrificar en cuanto existan indicios de un brote infeccioso. La última barrera de contención habría que levantarla en el caso de que la enfermedad se transmitiera entre humanos, y en este caso habría que recurrir a vacunas específicas y antivirales efectivos, dos elementos, insiste García-Sastre, “que sólo pueden obtenerse fomentando la investigación y disponiendo de la infraestructura necesaria para actuar con rapidez”.

“Enfermedades sin fronteras”. Revista Estratos, otoño 2006

El sur de España, por el que discurren las rutas migratorias que usan las aves que van y vienen a África, es, en el caso del virus del Nilo, una zona de alto riesgo, como aseguran Rogelio López-Vélez, especialista de la Unidad de Medicina Tropical del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, y Ricardo Molina, especialista de la Unidad de Entomología Médica del Instituto de Salud Carlos III. Y no se trata de un riesgo potencial sino que ya se tienen evidencias de la llegada del patógeno a tierras españolas, puesto que estudios realizados entre 1960 y 1980, detallan estos expertos,  “demostraron la presencia de anticuerpos en la sangre de los habitantes de Valencia, Galicia, Doñana y delta del Ebro, lo que significa que el virus circuló en nuestro país por entonces.

[…]

Algunas de las alteraciones ligadas al cambio climático, como un cierto aumento de la temperatura media, incrementarían el riesgo de transmisión de esta enfermedad, circunstancia que afecta a otras muchas dolencias, exóticas o ya erradicadas en territorio español, circunstancia que han puesto de manifiesto en sus trabajos de investigación los doctores López-Vélez y Molina y que también se incluye entre las advertencias recogidas en el documento “Evaluación preliminar de los impactos en España por efecto del cambio climático”, publicado por el Ministerio de Medio Ambiente. Recurriendo a una explicación simplificada, se puede decir que pequeñas variaciones en la temperatura, las precipitaciones o la humedad podrían afectar a la biología y ecología de ciertos vectores, como los mosquitos, y afectar también a los hospedadores intermediarios de dichas enfermedades o a sus reservorios naturales. 

Revista Sierra Albarrana, octubre 2006

Entrevista a Adolfo García-Sastre, profesor de Microbiología en la Facultad de Medicina Monte Sinaí (Nueva York).

P. ¿Disponemos de tiempo? ¿Será posible contar con esas nuevas herramientas de prevención y tratamiento antes de que aparezca una pandemia?

R. […] Siendo optimista, podemos decir que hoy estamos mejor preparados que hace cinco años, pero siendo pesimista creo que es necesario advertir que tenemos los conocimientos adecuados para enfrentarnos a una emergencia de este tipo pero, sin embargo, aún no hemos desarrollado las capacidades suficientes para hacerlo. Y tanto en lo que se refiere a conocimientos como a capacidades hay que insistir en el hecho de que cualquier acción debe plantearse a escala planetaria, porque de poco sirven los esfuerzos de un grupo de países frente a enfermedades que no saben de fronteras.

Revista Estratos, invierno 2006

Entrevista a Adolfo García-Sastre, profesor de Microbiología en la Facultad de Medicina Monte Sinaí (Nueva York)

                P. ¿Qué evidencias científicas se han obtenido a partir del estudio de anteriores pandemias?

                R. Sólo hay dos pandemias de gripe, la de 1957 y la de 1968, de las que conocemos exactamente cuál fue la composición del virus que las provocó, y en ambos casos el patógeno, sobre un total de ocho genes, tenía de cinco a seis genes que ya estaban presentes en virus de la gripe que afectaban a humanos, virus que ya estaban circulando. Es decir, sólo dos o tres genes cambiaron para adquirir determinantes genéticas procedentes de algún virus de aves. ¿Cómo se originó, pues, el virus pandémico? Nuestra hipótesis es que tuvo que originarse por co-infección en algún huésped que fue infectado, al mismo tiempo, por un virus de aves y un virus humano. Ese huésped pudo ser un cerdo pero también pudo ser un humano. Además de esa co-infección fue necesario que el virus resultante incorporara algunos cambios más hasta lograr transmitirse entre humanos con eficacia. Así se generó la pandemia, y por eso ahora ponemos tanto el acento en la necesidad de prevenir infecciones en los animales domésticos, sacrificando de inmediato a los ejemplares que estén afectados por la enfermedad, ya que estos son el paso intermedio necesario para que finalmente se genere un virus pandémico. En resumen, hay que estar preparados para interrumpir la cadena de transmisión del virus. Ya que no es fácil que el  patógeno salte directamente de aves silvestres a humanos, hay que concentrar la atención en los huéspedes intermedios.

                P. Cuando se desató el temor a una pandemia de gripe aviar se dispararon las ventas de ciertos antivirales. ¿Serían realmente efectivos ante una enfermedad de estas características?

                R. Los antivirales son efectivos, bajo ciertas circunstancias, de un modo profiláctico, de manera que, en caso de pandemia, pueden evitar la infección. Pero, aún así, su uso generalizado podría, en algunos casos, fomentar, de manera muy rápida, el desarrollo de virus mutantes resistentes al antiviral, y esto causaría un problema añadido. Además, si una persona quiere estar protegida durante el desarrollo de la pandemia necesitaría tomar una dosis continuada mientras el virus esté circulando, lo que supone medicarse durante, por ejemplo, tres meses, y en la actualidad no existe capacidad para producir tal cantidad de antivirales, si lo que realmente queremos es proteger a toda la población.

                P. ¿Serían entonces las vacunas el único recurso capaz de proteger a la población a gran escala? 

                R. No puede existir una vacuna hasta que no sepamos exactamente cuál es el virus que causa la pandemia. A partir de ese momento se inicia una auténtica carrera para producir la vacuna, distribuirla y vacunar a los ciudadanos. Por tanto, lo que debemos hacer ahora es engrasar ese mecanismo, a escala internacional, de manera que los plazos se acorten al máximo. Además, debemos potenciar la investigación en busca de vacunas más eficientes, vacunas que sean capaces de ofrecer protección con una dosis diez veces más baja que la que ahora venimos utilizando. Si somos capaces de lograr esta reducción en la dosis habremos resuelto el problema de la producción, seremos capaces de cubrir a mucha más población con los medios disponibles. 

Cuando una emergencia (climática, sanitaria…) se niega con ferocidad, a golpe de opiniones y a pesar de las evidencias, es lícito pedir, al menos, una alternativa, una solución razonable que también se apoye en evidencias. En ciencia todas las opiniones valen lo mismo (incluidas las de los propios científicos): nada.

No debemos dejar de ser críticos ni siquiera en las peores circunstancias. Sólo se avanza cuando se cuestiona, se reformula, se revisa, se discrepa. No me gusta el pensamiento único pero no termino de entender cuál es el propósito último de los que en redes sociales, y desde cualquier otro púlpito, andan rebelándose contra todo (TODO) lo que gira en torno a la COVID. Me vais a perdonar (algunos son amigos y por eso me permito el tuteo), pero sigo sin saber cuál es vuestra alternativa a ese “perverso-pensamiento-único”, cuál es vuestra solución a esta emergencia.

¿Que el virus no existe? ¿Que el virus ha sido fabricado? ¿Que todo es una conjura para dominar el mundo? ¿Que tampoco es para tanto, que la gripe mata más? ¿Que no hay que usar mascarillas? ¿Que el gobierno -cualquier gobierno- nos quiere engañados y sometidos? ¿Que no es necesario respetar la distancia de seguridad y las medidas de contención razonables en cualquier epidemia? ¿Que no hay que ponerse ninguna vacuna? ¿Que la economía es más importante que la salud? ¿Que la libertad es más importante que el virus? ¿Que el sistema sanitario siempre está colapsado con o sin COVID? ¿Que la pandemia remitirá en poco tiempo de manera espontánea? ¿Que los científicos y los medios de comunicación han urdido, juntos, una gran mentira en torno a esta enfermedad? ¿Que los periodistas, así en general, somos unos trápalas y unos ignorantes? ¿Que las farmacéuticas se están forrando a cuenta de vender humo?

La discrepancia no sólo es necesaria, es imprescindible, por eso los resultados de las investigaciones científicas se someten a falsabilidad, reproducibilidad, repetibilidad, revisión por pares y publicación. Es decir, se someten a la discrepancia.  Por ejemplo, desde que en diciembre The Lancet publicó la primera revisión independiente de la vacuna de la Universidad de Oxford y AstraZeneca toda la comunidad científica puede revisarla y someterla a falsabilidad (cosa que ninguno de los que discuten el “pensamiento único” hacen: ¿existe alguna prueba publicada, y sometida a todas las garantías del método científico, que sostenga estas teorías radicalmente críticas?). Las evidencias científicas no son opinables, por eso no es opinable el hecho de que la tierra sea redonda o que exista la fuerza de la gravedad (sí, hay quien lo discute porque… hay gente pató). Y eso no quiere decir que sepamos todo sobre esta pandemia, que estemos seguros de que las acciones para combatirla sean las mejores, que ignoremos el coste social, económico y emocional de todas esas acciones o que tengamos la absoluta seguridad de que todos los gobiernos están actuando con sensatez y que las vacunas y tratamientos van a funcionar sin anomalía alguna. Nadie tendrá nunca esas certezas como absolutos indiscutibles, pero eso no otorga credibilidad a lo que sólo es una opinión, respetable (siempre que no cause daño, porque ese es el límite, el daño al otro, de la tolerancia), pero opinión, únicamente opinión. En ciencia, dice Miguel Pita, “todas las opiniones valen lo mismo: nada, incluso las de los científicos”. Tener una opinión no es tener una solución. Ser una excelente investigadora, haber sido distinguido con un Nobel, ocupar un cargo de responsabilidad en una farmacéutica o en un hospital puntero, haber escrito docenas de libros, tener un programa de televisión o una columna semanal en prensa, lucir un par de doctorados en disciplinas científicas, haber descubierto un patógeno desconocido o un tratamiento milagroso… ninguna de estas virtudes hace que tus opiniones adquieran una cualidad extraordinaria: seas lo que seas (o hayas sido lo que hayas sido) tus opiniones, en lo que respecta a la COVID, valen, en términos científicos, lo que vale cualquier otra opinión: n-a-d-a.

Lo de inventarse una pandemia con más de dos millones de muertos (a día de hoy) resulta difícil de creer. Pero bueno, hay quien cree que la tierra es plana…


En resumen: ¿qué alternativas plantea este coro virtual de escépticos? Las pocas que he leído me producen bastante más inquietud que la propia enfermedad.
Y ahora, para colmo, algunos se manifiestan, poniéndose en riesgo ellos y quiénes los acompañan, liderados por especialistas como Bunbury o Carmen París (estupendos en lo suyo, ojo, en-lo-suyo).
Nuestra capacidad de autodestrucción no tiene límites…


PD: Ya lo he contado en otro post, pero, insisto, como es mi costumbre: en el Reino Unido mueren todos los años unas 3.000 personas por usar aspirina, y se producen unas 20.000 hemorragias graves a cuenta de este medicamente tan antiguo, tan testado y tan “inocuo”. El riesgo cero no existe, pero la ciencia trata de minimizarlo hasta donde sea posible. Exponerse a este virus sin hacer caso a las evidencias científicas es de una enorme irresponsabilidad porque el precio, muy doloroso, lo pagamos todos. Una cosa es la libertad de expresión y otra la libertad de infección.
La discrepancia es necesaria, pero hay que sostenerla en argumentos fiables. El cabreo lo entiendo, la irresponsabilidad no. Los aplausos en redes son inocuos (sólo alimentan el ego de algunos de estos gurús de lo insostenible), pero si de ellos se deriva el convencimiento de que aquí no pasa nada, y esta idea se traduce en acciones que a todos nos ponen en riesgo (sobre todo a los más vulnerables), los aplausos dejan de ser inocentes. Entiendo el miedo, pero si nos equivocamos en la dirección en la que debemos correr para escapar del peligro, porque quien nos señala el camino es un irresponsable, es posible que terminemos por correr en la dirección equivocada, hacia el abismo del que queremos librarnos.
Dicho lo cual reparto abrazos a los amigos discrepantes, para que este cruce de posturas no nos haga perder las buenas formas, el debate sensato y la amistad (que están por encima de virus y pandemias).

Ahora toca correr a guarecerse pero convendría tener un plan, un sistema alternativo y justo, para cuando pase el temporal…  

No intentes cambiar un sistema, construye uno nuevo que haga que el anterior se vuelva obsoleto” (Richard Buckminster Fuller)

No, posiblemente no vamos a necesitar construir un nuevo sistema porque la propia naturaleza, sin preguntarnos, está revelando la peligrosa obsolescencia de un sistema que sólo nos conduce al colapso (empezando por los más débiles, por supuesto). El sistema, a nada que nos despistemos (y andamos muy, muy despistados) se derrumbará él solo, aunque lo ideal sería tener cierto control sobre este hundimiento, de manera que no nos quedemos a la intemperie de la noche a la mañana (¿os acordáis cómo apareció la pandemia?).

Golpeados por la tercera ola de la COVID y azotados por el temporal Filomena, resulta terrible escuchar o leer a algunos de nuestros responsables políticos cuestionando (una vez más) la gravedad del cambio climático, usando las vacunas como arma para atizarse en sus respectivos feudos, relativizando el valor del trabajo científico a la hora de enfrentar estos problemas, echándole la culpa a los otros  (los inmigrantes son los otros  más socorridos en estos casos), animando la vuelta al ocio de mogollón o fiando la recuperación, cualquier recuperación, a una inyección de fondos que refuerce un modelo claramente obsoleto (¿más automóviles?, ¿más turismo de masas?, ¿mayor consumo de energía fósil y materias primas escasas?, ¿mayor presión sobre los recursos pesqueros o las tierras fértiles?, ¿más consumo?).

Cuando domemos la pandemia (que la domaremos) tendremos que enfrentar las consecuencias económicas y sociales de esta emergencia, sin tener garantía alguna de que no nos vuelva a golpear otro patógeno desconocido (¿volveremos a embarcarnos en una carrera en busca de vacunas?, ¿encontraremos vacunas?, ¿podremos pagarlas?). En este tránsito hacia la nueva ¿normalidad? serán cada vez más frecuentes los fenómenos meteorológicos extremos, perturbaciones con las que se anuncia el cambio climático, y da igual si se trata de nevadas históricas, sequías inusuales, olas de calor asfixiantes, huracanes mediterráneos o lluvias torrenciales, todos son consecuencia del mismo problema (sí, puede que la nieve comience a rarificarse en zonas de alta montaña y al mismo tiempo se produzcan temporales de nieve catastróficos, los dos son fenómenos extremos, los dos hablan de una brusca modificación de nuestros patrones climáticos).

Los expertos en biología de la conservación consideran que la humanidad camina de forma inexorable hacia una de esas grandes extinciones que han marcado la evolución del planeta, aunque en esta ocasión la catástrofe sería responsabilidad de una única especie. Janet Larsen, especialista del Earth Policy Institute, considera que nos enfrentamos “a la primera extinción en masa que los seres humanos atestiguarán de primera mano, y no precisamente como simples observadores inocentes”. La última, la quinta en el particular cómputo que manejan los científicos, tuvo lugar hace 65 millones de años y fue la que hizo desaparecer a los dinosaurios.

La sexta extinción ya está en marcha, y las pruebas más recientes (reunidas por Ceballos, Ehrlich y Dirzo, tres investigadores que llevan tiempo estudiando este fenómeno) se han publicado  en la prestigiosa revista norteamericana Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Después de analizar con detalle el estado de conservación de 177 especies de mamíferos repartidas por todo el mundo, los autores de este trabajo concluyeron que “todas han perdido un 30 por ciento o más de su distribución geográfica, y más del 40 % de estas especies han experimentado una grave disminución de sus poblaciones”.

Reducir la diversidad biológica también implica la pérdida de los servicios ambientales que nos prestan los ecosistemas, beneficios casi invisibles pero cruciales como es el caso de la polinización que llevan a cabo las abejas, la formación de suelo fértil o la purificación del aire o el agua. Procesos en los que actúan esos múltiples elementos que componen el complejo puzle de la vida. 

En resumen, denuncian estos investigadores, se trata de una verdadera “aniquilación biológica” que tendrá graves consecuencias ecológicas, sociales y económicas. Y no hablamos de un impacto localizado, confinado en un determinado territorio, sino de una ola que recorre el planeta sin freno y sin distinguir fronteras.

La globalización, en definitiva, es el concepto sobre el que gira esta crisis ambiental porque, como explica la primera ley de la Ecología, “todo está relacionado con todo”. Si preferimos usar una metáfora que nos lleve al terreno de la salud podríamos decir, como sostiene Miguel Delibes, que “la Tierra es un enfermo grave con un fallo multiorgánico. Cambia el clima, se reducen las reservas de agua dulce, se extinguen especies, se multiplica la contaminación, cambian los usos del suelo… Estamos en un planeta muy pequeño y limitado que tiende a ser cada vez más pobre y uniforme“.

Empobrecer nuestra casa no parece la mejor estrategia cuando la población, a pesar de los pesares, no deja de crecer, y lo hace a un ritmo que Naciones Unidas considera insostenible, “pues la disponibilidad de recursos globales no podrá cubrir las necesidades de un planeta que se nos queda cada vez más pequeño“. Si las tasas de fertilidad continúan en los niveles actuales, alerta la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas, “la Tierra se verá obligada a acoger a 134 billones de personas dentro de 300 años”. Este es el escenario más pesimista,  pero en el caso de que el ritmo de crecimiento se estabilice y no se supere el promedio de dos hijos por cada mujer, una previsión quizá demasiado optimista, el planeta “estará habitado en tres siglos por tan sólo 9.000 millones de personas, lo que haría más manejable la disposición de los recursos disponibles”.  Pero, ¿sobreviviremos tres siglos sin colapsar?

La naturaleza nos está brindando la oportunidad de hacernos muchas preguntas incómodas pero imprescindibles, y puede, incluso, que se ocupe ella misma de revelarnos (no sin dolor) el sinsentido del actual modelo económico, pero aunque dejemos en sus manos todo este trabajo sucio convendría tener un plan, un sistema alternativo y justo, para cuando pase el temporal.  

PD: ¿Cómo no dedicar unos minutos a reflexionar sobre lo que nos espera viendo lo que estamos viendo estos días, estos meses? En el caso de este post, la chispa que finalmente lo ha provocado ha sido un repaso nocturno (el insomnio circunstancial tienen algunas ventajas) a la figura de Richard Buckminster Fuller (1895-1983) un visionario en muchas de sus observaciones (de alguna manera anticipó la arquitectura sostenible y la economía circular). Ojalá la tormenta me conceda la tregua necesaria para visitar la exposición (Curiosidad radical) que le dedica en Madrid, y hasta mitad de marzo, la Fundación Telefónica.

Admito que cuando vuelvo del mercado se me suele ir la perola componiendo bodegones en los que reivindico la belleza de los alimentos de proximidad y su poder de evocación. Este bodegón lo dibujé en mi refugio gaditano cuando encontré, en un puesto de Sanlúcar, estas pintarrojas y se me vino a la memoria el caldillo de pintarroja (bien picante) que disfrutaba de pequeño en las tabernas de Málaga, esas en las que mi padre me aupaba al taburete (Foto: José María Montero).

cocinar nos introduce en una red de relaciones sociales y ecológicas con las plantas, los animales, la tierra, los horticultores, los microbios que hay dentro y fuera de nuestro organismo y, por supuesto, con las personas a las que nutren y deleitan nuestros platos. Es decir, que lo más importante que he aprendido es que cocinar conecta”  (Cocina. Una historia natural de la transformación, Michael Pollan)

El mejor manifiesto posible en defensa de nuestro sector primario es este: cocinar.

No hacen falta tantas palabras, sobran las alharacas y los discursos, no son necesarias las proclamas ni los golpes de pecho. Es suficiente con elegir productos de proximidad elaborados de manera sostenible, pagar por ellos un precio justo y cocinarlos con mimo para la gente a la que queremos. Y brindar con vino, de aquí cerquita, puro placer mediterráneo.

La literatura termina donde comienza la vida. La cocina es profundamente revolucionaria, quizá por eso tratan de domesticarla en concursos donde lo de menos es cocinar o donde se cocinan platos que jamás se nos ocurriría comer en casa. La cocina es poder, por eso cuando sale del domicilio y se exhibe en las pasarelas gastronómicas la ejercen, por abrumadora mayoría, hombres. En la cocina se revelan no pocas contradicciones, por eso con demasiada  frecuencia los que se pasan la vida dando lecciones sobre igualdad, justicia y alimentación sostenible llegan a sus casas a mesa puesta, y suelen ser las mujeres de su entorno (madres, esposas, hijas, abuelas…) las que les compran, les cocinan y les sirven esa comida sostenible de la que tanto hablan, escriben y pontifican. Sí, y también les friegan los platos. Son tan slow tan slow que siempre llegan a la cocina cuando todo está ya recogido.

¿Cómo obviar la estimulante conexión que existe entre la naturaleza y la cocina? Cuántos placeres me proporciona una mañana de diciembre en la Sierra Morena cordobesa, buscando setas que luego terminarán en las brasas de nuestra chimenea (Foto: José María Montero).

Desconfío de los que quieren cambiar el mundo y no saben freír un huevo. A mí no me engañan los que tienen unos dedos libres de callos, quemaduras y cicatrices, los que se visten con un mandil sospechosamente impoluto, los que compran vinagres de saldo y, sobre todo, los que en su cocina usan cuchillos penosos. Recelo de los que presumen de no saber cocinar, como si esa fuera un virtud. Me resultan un tanto cómicos los cocineros-de-un-solo-plato (la típica paella de domingo, por citar un clásico) y los que se reivindican como pinches (sin habilidades de ninguna clase) para ocupar algún espacio en este delicado proceso de transformación.

La cocina –sea de la clase que sea, la cotidiana o la extrema- nos sitúa en un lugar muy especial del mundo, ya que nos coloca entre el mundo natural por un lado y el mundo social por otro. El cocinero permanece firme entre la naturaleza y la cultura, dirigiendo un proceso de traducción y negociación. Tanto la naturaleza como la cultura se transforman mediante el trabajo, y descubrí que el encargado de realizar ese proceso es el cocinero(Cocina. Una historia natural de la transformación, Michael Pollan).

Hablar cuesta muy poco y ni siquiera es necesario ser consecuente: somos de una forma y nos explicamos de otra, vivimos de una manera y hablamos de una vida inexistente, defendemos lo que sólo existe en un discurso bienintencionado y dibujamos en el imaginario de los otros un paraíso que nos es ajeno. La cocina doméstica exige, creo, algo más de compromiso, de coherencia, de generosidad. Nadie cocinó nunca para su enemigo, pero tampoco fue capaz de engañar a sus amigos haciéndose pasar por cocinero.

Esta es la mejor manera que conozco de estar con las mujeres y los hombres de la agricultura, la ganadería y la pesca. Es el mejor manifiesto posible: el que se escribe, en silencio, todos los días, en la cocina familiar.

Da igual a dónde vaya o en dónde me soltéis, tarde o temprano terminaré cocinando… con lo que haya a mano. De izquierda a derecha y de arriba a abajo: cocinando en mitad de la nada (Shaw River, Western Australia), con un fogón de campaña y en compañía de Juan Manuel García, durante la expedición Australia-Tasmania de 2009; cocinando en mi refugio gaditano un verano cualquiera; cocinando en el velero de la expedición a la isla de Cabrera de 2016; cocinando en Los Linares (Villaviciosa de Córdoba) un mediodía de invierno cualquiera.

PD: El movimiento se demuestra… cocinando, por eso en estos días de fiesta confinada he multiplicado mi aprecio por los alimentos de proximidad. En mi encimera azul no han faltado las gambas blancas de la lonja de Isla Cristina (Huelva), la concha fina de la Caleta de Vélez (Málaga), el cordero lechal de Felipe Molina (Las Albaidas, Córdoba), el cerdo ibérico del Valle de los Pedroches (Córdoba), los garbanzos lechosos de las tierras de bujeo gaditanas y de Escacena (Huelva), las verduras de nuestro huerto y de los mayetos de Rota-Chipiona-Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), los calamares de potera  de la lonja de Sanlúcar de Barrameda, los níscalos de Sierra Morena (Villaviciosa de Córdoba), los vinagres del Condado (Huelva), Jerez y Montilla-Moriles, el AOVE de Jaén, Córdoba y Granada, la sal marina sin refinar del Algarve portugués y de la Bahía de Cádiz, el jamón y la caña de lomo de pata negra extremeña, los generosos de Contubernio (Jerez, Sanlúcar y Montilla-Moriles) y de Nevado (Villaviciosa de Córdoba), el fino de Cruz Vieja (Jerez) y los amontillados VORS de Lustau (Jerez), el palo cortado de Elías y la manzanilla Gabriela (Sanlúcar), los tintos de Forlong (El Puerto de Santa María), Entredicho (Sierra de Segura, Jaén), Lagar de la Salud (Montilla) y Cortijo Los Aguilares (Ronda, Málaga), el ron pálido Montero (Motril, Granada), los quesos y chacinas de El Bucarito (Rota), la almendras de La Almendrehesa (Chirivel, Almería), los mangos y aguacates de la costa tropical granadina, las naranjas de Palma del Río (Córdoba), los dulces de Aromas de Medina (Medina Sidonia, Cádiz) y de Estepa (Sevilla). Ah, y los pascueros que nos adornan son de savia almeriense, ojo.

Mi encimera azul es el soporte de horas y horas de cocina, y el lienzo donde los alimentos muestran su belleza oculta. Los cefalópodos, que llegaron de Cádiz, pintaba den así de hermosos (Foto: José María Montero).

Menuda despensa, menuda cocina… y seguro que me olvido de alguna delicatessen sureña.

BOLA EXTRA

El movimiento se demuestra… cocinando. No sería bonito soltar este rollo sin añadir una de las recetas en las que me he enredado esta Navidad: chuletillas de cordero rebozadas. Le prometí a Felipe Molina que contaría cómo había cocinado su estratosférico cordero lechal y por eso ofrecí los detalles en mi Facebook. No es algo que me llame la atención, porque sucede con frecuencia, pero conviene apuntar que al compartir esta receta algunas amigas, como Blanca y Ana, recordaron de inmediato a sus madres, la cocina de sus madres se encendió en la memoria y volvió a despertarse el aprecio, emocional, por un plato casero, sencillo y sabroso. Es el maravilloso poder de evocación de la cocina.

Las chuletillas de cordero lechal que le compré esta Navidad a Felipe Molina pertenecen al reducido grupo de los alimentos, de proximidad, estratosféricos. Si queréis descubrir o reconciliaros con el cordero probad estas chuletillas que vienen de animales criados con mimo, en extensivo, en armonía con la naturaleza. Aquí las tenéis en su tránsito hacia el rebozado aromático (Foto: José María Montero).

Es cierto que arriesgué bastante porque se necesita algo de atrevimiento para salir de la zona de confort a la que invitan unas chuletillas de cordero lechal de esa calidad, pero… ¿quién dijo miedo? En mi descargo diré que la receta está inspirada en una elaboración tradicional italiana, como me confirmó mi sobrino Thomas, es decir, que no estaba innovando a lo loco sino versionando con respeto.

La receta comienza comprándole este delicioso cordero cordobés, de raza Merina y criado con mucha delicadeza en extensivo, a Felipe Molina. Una vez en casa, se sacan las chuletillas del frigorífico para que se atemperen. Las secamos bien con papel de cocina y las salpimentamos ligeramente para luego espolvorearlas con una poca (muy poca) harina. Distribuimos la harina con los dedos para que cubra la carne y dejamos reposar unos 10 minutos. Ponemos el horno a 180 grados y, mientras, en un robot de cocina, o con una simple batidora, preparamos una mezcla de pan rallado de buena calidad, un pellizco de tomillo, romero y orégano, un ajo pequeño, una pizca de nuez moscada y un trozo, también pequeño (50 gramos está bien), de buen queso parmesano. Engrasamos la bandeja del horno con AOVE, pasamos las chuletas por huevo batido, las rebozamos en la mezcla que hemos molido, les ponemos un chorrito de aceite por encima y… al horno. Quince minutos por cada lado, que queden crujientes por fuera, doraditas, pero bien jugosas por dentro. Fueron el aperitivo, con sus patatas (agrias) fritas, de la comida de Nochebuena y… volaron.

Fue Carlos quien nos llevó hasta este reflejo pirenaico. El 10 de agosto, entre confinamiento y confinamiento, el río Ara se puso de mi parte y me regaló esta imagen, mitad terrenal, mitad celestial (Foto: José María Montero).

Me detuve en la orilla para ver cómo el haya seca seguía viviendo en el reflejo húmedo del Ara, donde, ajenos a la tormenta, brotaban verdes y azules.

Nos encontraremos en los bosques, en el mar, en las montañas, en los ríos… no importa si la tormenta arrecia, nosotros también somos Naturaleza.

PD: Os deseo lo mejor (de lo mejor). Que sigáis sorteando la tormenta, que disfrutéis de calma, salud y compañía, y que nos volvamos a encontrar aquí o allí.

Esto… también pasará.

En “Tierra y Mar” & “Espacio Protegido” (Canal Sur Televisión) tenemos la buena costumbre de despedir la semana así, sin más motivo que ser viernes. Brindando. Con vino. Y vale que la pandemia ha puesto un paréntesis, pero es sólo eso, un paréntesis.

Admito que si es bueno, o muy bueno, y la comida o la cena están a su altura, es difícil resistirse a una sola copa. Vale que mi carácter mejora cuando lo bebo con moderación. Reconozco que me cuesta imaginar ciertas situaciones sin su compañía. Confieso que empleo parte de mi tiempo libre en recorrer las tierras en donde se cultiva la materia prima y los recintos, sagrados, en donde nace, crece y reposa. Proclamo que rechazo cualquier otra bebida a la hora de brindar y que raramente cedo a las insinuaciones de las espumosas por muy frías  y rubias que sean. Son muchas las virtudes que le atribuimos en casa, pero jamás se nos ocurriría señalar al vino como una “droga legal”. Y, sin embargo, este fue el grueso calificativo que usaron en una información del Telediario (TVE, 15h) del pasado 14 de diciembre, en la que señalaron que el vino “es la droga legal más consumida en España” [sic].

Como es lógico, la tribu virtual de los que le tenemos cariño, y hasta devoción, a una de las señas de identidad de la cultura mediterránea anda estos días revuelta. Tan revuelta que la propia Asociación de Periodistas y Escritores del Vino (AEPEV), que preside José Luis Murcia, ha solicitado una rectificación a la televisión pública después de puntualizar las razones por las que no se sostiene dicha afirmación y precisar el daño que se le hace a un sector con gran peso económico, social y cultural en nuestro país.

El incidente pone de nuevo sobre la mesa una tensión con la que convivimos, desde hace años, los periodistas que debemos informar sobre el mundo del vino (sí, es un mundo) en los medios de comunicación públicos. Los organismos que analizan los contenidos que se emiten en televisión para, entre otras tareas incuestionables, proteger “la integridad física y moral de los menores de edad”, son particularmente celosos a la hora de interpretar, en los tramos horarios de protección infantil, las informaciones que giran en torno al vino. En Andalucía es el Consejo Audiovisual quien se ocupa de esta cuestión y en no pocas ocasiones ha advertido, e incluso sancionado, a aquellas televisiones que, a su juicio, han vulnerado esta norma, incitando, según el Consejo, al consumo de estas bebidas.

Aunque era domingo Jaime González (Bodegas Faustino González, Jerez de la Frontera) tuvo el detalle de abrirnos su bodega familiar y compartir su mucha sabiduría y sus excelentes vinos. Recorrimos, sin perder la compostura, desde los finos más jóvenes hasta un oloroso viejísimo (VORS) en el que se atesoraban más de dos siglos de bodega. Aquí no cabe el pecado. Jaime es un generoso entre generosos.

El asunto no es fácil de dirimir y pondré el ejemplo que mejor conozco, que no es otro que el de “Tierra y Mar”, el informativo semanal dedicado al sector primario que dirijo en Canal Sur Televisión. Se emite en el prime time de los domingos (14h) que es, al mismo tiempo, horario de protección infantil. Se trata del programa más visto en su franja horaria, llega a reunir hasta medio millón de espectadores en Andalucía y dedica, como es lógico, no pocos reportajes al sector vitivinícola. ¿Sería posible obviar en un informativo del sector primario andaluz todo el universo de actividades relacionadas con el vino, desde el cultivo de la vid hasta la fabricación artesanal de toneles, pasando por el trabajo de los enólogos, el esfuerzo de los bodegueros o las dificultades de los distribuidores? La respuesta no admite dudas, pero lo cierto es que a la hora de abordar un reportaje en donde el vino sea protagonista tenemos que extremar las precauciones, a veces hasta el paroxismo. Con frecuencia las secuencias que ilustran la visita a una bodega parecen sacadas del Cinema Paradiso de Tornatore: los protagonistas agarran la copa, la agitan, se la llevan a la nariz, la conducen a los labios y….uyyyyyyyy…, casi…, por los pelos. En el último segundo el sorbo desaparece, el trago se oculta y se sustituye por algún plano comodín (la mano, los ojos, el pelo… qué se yo, el caso es no mostrar a nadie bebiendo vino). En algún lugar deberíamos ir guardando, como Alfredo hacía con los besos en la cinta italiana, los tragos de vino que han desaparecido de todos los reportajes (sorbos y besos, pensándolo bien, se parecen muchísimo).

Hace ya algunos años reclamé, con poca fortuna, que se abriera un debate sincero y sensato sobre esta cuestión, de manera que sin discutir, como es lógico, la autoridad y competencias del Consejo Audiovisual, no fuéramos (los periodistas especializados en información agroambiental de una televisión pública) meros sujetos pasivos de los dictámenes de este organismo en lo que se refiere al sector del vino, sino que también pudiéramos ofrecer nuestra propia visión de este asunto para, juntos, mejorar tanto la eficacia del Consejo como la calidad de nuestras informaciones (ambos somos, en definitiva, servidores públicos). El sentido último de mi propuesta no era otro que tratar de invertir la situación, es decir, trabajar de manera cooperativa buscando convertirnos en el mejor vehículo para promover la cultura del vino, explicar la manera razonable de consumirlo (la más sensata y saludable), destacando todas las ventajas que para nuestra tierra tiene este sector (incluidas las sanitarias, ojo) y precisando todos los peligros de un consumo irresponsable.

INCISO: Antes de entrar en los argumentos que entonces reuní, y que hoy me siguen resultando válidos, destacaré un fenómeno llamativo que a ningún espectador avezado se le oculta: en el mismo tramo horario en el que tanto celo se pone a la hora de supervisar las informaciones relativas al sector del vino, en ese mismo tramo horario, insisto, todas las televisiones hacen clara apología comercial de los refrescos azucarados, la bollería industrial o la fast food en sus múltiples manifestaciones.

Mis argumentos comenzaban, comienzan, con una obviedad: no tiene sentido alguno que el sector vitivinícola (casi) desaparezca de nuestra oferta informativa siendo, como es, un elemento clave en la economía y en la cultura andaluza. Más bien al contrario: debemos tener muy presente que nuestro futuro va a depender en gran medida del fomento de estas actividades (por sus beneficios económicos directos y también indirectos -cultura, gastronomía, turismo-), y eso implica acercarnos a ellas, desde el punto de vista informativo, de una manera sensata, profunda y didáctica. Y en ese esfuerzo, claro está, no se contempla, nadie en su sano juicio contempla, la promoción del consumo irresponsable de alcohol (nosotros, desde luego, nunca lo hemos hecho).

Un ejemplo paradigmático de esta manera de entender las informaciones sobre el vino la tenemos en la escuela infantil de venenciadores de Moriles (Córdoba), a la que dedicamos uno de nuestros reportajes.  Niñas y niños aprendiendo a venenciar, como una actividad extraescolar bien entendida y atendida. Niños conociendo, con buen criterio, todos los elementos de la cultura y la industria del vino. ¿Por qué? Porque su empleo, su futuro, las posibilidades de que se queden en su pueblo y este no pierda población ni empresas, pasa porque conozcan y aprecien desde pequeños la principal seña de identidad del municipio. Así lo contamos en “Tierra y Mar” y no creo que nadie pueda discutir la legalidad y la oportunidad de esta información).

Sí, yo soy de esos españolitos que una tarde de domingo en Londres, en el Estables Market de Camden Town, rechazan la cerveza y el gin tonic para entregarse a un moscatel dorado de Chipiona. Que conste que, con buen criterio, estaba en la carta de The Cheese Bar.

En gran medida, creo, esa obsesión que manifiestan algunas personas e instituciones en torno a las bebidas alcohólicas nace de una cierta confusión y, lo que es peor, de la incorporación de argumentos muy alejados de nuestra identidad cultural y del papel que en ella desempeña el vino. Los países anglosajones y, sobre todo, los nórdicos, tienen gravísimos problemas de alcoholismo (con todas sus derivadas y, en especial, las vinculadas a la violencia) asociados al consumo de destilados de alta graduación que nada tienen que ver con el vino. El vino, en los países meridionales, es un alimento que forma parte de la cultura y la dieta mediterráneas, se obtiene por procedimientos naturales, está vinculado a un cultivo que es fundamental para el sector agrícola (con fuerte repercusión social y ambiental), se bebe (casi siempre) como un elemento que enriquece las comidas y adorna las interacciones sociales. Dicho de otra manera, y a diferencia de lo que ocurre en otras latitudes con los destilados, en los países mediterráneos (casi) nadie compra una botella de vino para bebérsela, a solas y de golpe, metida en una bolsa de papel, escondido en un parque y a oscuras.

A pesar (o precisamente por ese motivo) de las infinitas regulaciones que limitan su venta y consumo, algunas de ellas absolutamente delirantes, el alcohol es un serio problema social, y lo digo por experiencia propia, en países como Suecia o Australia. Las regulaciones, inflexibles, no parecen haber surtido el efecto deseado, más allá de convertir la compra de una botella de vino en una odisea para la que se requiere tiempo, paciencia y un cierto capital.

Este último argumento (el vino es un alimento que nada tiene que ver con los destilados de alta graduación) es el que vienen defendiendo en las instituciones europeas (y en particular en el Parlamento) algunos políticos españoles para evitar que ese frente anglosajón imponga sus criterios, muy alejados de la verdadera naturaleza del vino, y de esa manera desaparezcan las ayudas al sector vitivinícola en los países mediterráneos y, en general, todas aquellas acciones que promueven, de una manera sensata, este alimento.

Las prohibiciones (sobre todo en lo que se refiere a los jóvenes) difícilmente resuelven un problema como el del alcoholismo que precisa, sobre todo, de educación, de divulgación, de pedagogía familiar… justo en lo que podemos ayudar nosotros, los medios de comunicación. Hablar bien del vino, explicar su origen y buen uso, apreciarlo, detallar los beneficios de su consumo moderado, advertir de los peligros que conlleva su abuso y revelar los vínculos con nuestra economía y cultura, es una estrategia que tiene muchas más ventajas que esa otra que busca callar y ocultar. Y esto no quita que deba perseguirse, y sancionarse, con la dureza que corresponde, a aquellos que, bajo los efectos del alcohol, cometen todo tipo de tropelías, desde la conducción temeraria hasta la violencia.

Así se anuncia la primavera en el pago de Montealegre (Jerez). Aquí empieza todo, en los suelos de albariza que prestarán cariño a las vides de Palomino y Pedro Ximénez. Hay mucha naturaleza, y mucha historia, y mucha cultura, y mucho arte… en una simple copa de vino.

A la vista de este post habrá quien, con la mejor de las intenciones, me advertirá del enorme riesgo sanitario que supone el consumo de alcohol, aunque sea moderado y tenga al vino como protagonista. Los argumentos que se relacionan con la salud, creo, no se corresponden con la rotundidad que expresan en sus limitaciones organismos como el Consejo Audiovisual, quizá por esa confusión entre vino y destilados. Revisiones científicas como la que publicó en su día la agencia de noticias científicas SINC abundan en esta idea sin despreciar, insisto, las consecuencias claramente negativas del abuso en el consumo de cualquier bebida alcohólica. Y valgan como muestra un par de testimonios, fiables, recogidos en esta información:

– “A día de hoy se acepta que el consumo moderado de vino, especialmente tinto, contribuye a reducir el riesgo cardiovascular “. Juan Carlos Espín, jefe del Departamento de Ciencia y Tecnología de Alimentos del CEBAS-Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

– “No creo que haya suficiente evidencia como para prohibir el consumo moderado de vino tinto”, afirma Núria Ribas, adjunta en el servicio de cardiología del Hospital del Mar, en Barcelona. De hecho, “las últimas guías de práctica clínica españolas todavía recomiendan un consumo máximo de una copa de vino al día en mujeres y dos en hombres”.

Y si lo que nos preocupa son las conductas violentas,en los países anglosajones llevan décadas estudiando la relación entre consumo de alcohol y violencia (investigaciones que se multiplicaron a raíz de la tragedia del estadio Heysel que, precisamente, derivó en la prohibición de consumir alcohol en los estadios de fútbol británicos). Pues bien, la mayoría de los especialistas consideran que no hay evidencias científicas suficientes que establezcan una relación directa entre ambas variables. Un resumen interesante sobre la cuestión lo encontramos en este reportaje de la BBC.

Un par de apreciaciones recogidas en este resumen aclaran un poco más la cuestión:  

– Aunque se suele pensar que la violencia en el fútbol se puede eliminar con la prohibición de la venta de alcohol en estadios, hay quienes piensan que el licor y la violencia no tienen una relación causal en el escenario futbolístico. Uno de ellos es Steve Frosdick, profesor de la Universidad de Birmingham, especialista en seguridad de eventos y autor del libro “Football Hooliganism”, publicado en 2005.

Según Frosdick, el alcohol es solo una de las innumerables variables que influyen en los conflictos del fútbol: el racismo, la xenofobia e incluso la represión que puede generar la prohibición del alcohol son solo algunas de las causas de los conflictos que se dan en este deporte.

– Geoff Pearson, Ph.D de la Universidad de Liverpool, en su estudio sobre el tema, “On the lash”, encontró que no existen pruebas científicas para probar que el alcohol produce conflictos.

INCISO: El trabajo de Pearson puede consultarse aquí

Lejos del ruido, y los ruidosos, estoy, como tantos sábados, sentado en mi jardín gaditano, al sol de invierno, con un puñado de aceitunas y una copa de amontillado, celebrando la vida. ¿Hay algún pecado en esta fiesta tan mediterránea?

Ninguno de estos argumentos hace bueno un consumo irresponsable de alcohol, pero considerar el vino como una droga, con las connotaciones que el término lleva asociadas, creo que es un disparate que en nada resuelve los abusos y, sin embargo, mancha el disfrute sano de un alimento que forma parte de nuestra identidad.

NOTA FINAL: En este blog el vino es uno de los grandes protagonistas de esos momentos estelares en los que, por un instante, nos creemos audaces enamorados (correspondidos), dueños de nuestro (mejor) destino y, en definitiva, (absurdamente) inmortales. Si una entrada resume los muchos textos que he dedicado a este alimento sagrado es esta: La lengua del vino.

La metáfora es una de las herramientas más valiosas en el periodismo científico, un recurso muy poderoso cuando se trata de divulgar, a públicos no especializados, cuestiones complejas, fenómenos abstractos o procedimientos sofisticados, asociándolos, con imaginación y algo de humor, a objetos o circunstancias de nuestra vida cotidiana, a elementos que sí nos resultan familiares.

Revisando la Retórica de Aristóteles, donde la metáfora ya aparece entre las virtudes de todo buen orador, la colombiana Clarena Muñoz, en su artículo El rol de la metáfora léxica en la divulgación científica, explica que “las metáforas facilitan la persuasión a partir de un doble efecto: por un lado dan la impresión de que el discurso es natural y lo natural es verosímil; y por otro, causan asombro dado que el discurso resulta ingenioso. Con lo anterior, la metáfora logra llevar al oyente, de una disposición de ánimo contrario, a aceptar el punto de vista del orador. La persuasión requiere conmover y explicar, enseñar y las metáforas, según el filósofo, incitan a la indagación y ello torna agradable el aprendizaje”. Hay en esta herramienta, por tanto, tanta razón como emoción, tanto corazón como cerebro, algo que ya se sabía, y se aprovechaba, en la retórica ateniense de hace más de dos mil años. 

Son infinitas las metáforas que han triunfado en la comunicación científica, desde el árbol de la evolución de Gould, al sistema planetario con el que Bohr explica su modelo del átomo, pasando por la escalera de mano con la que Sampedro se acerca a la estructura del ADN o la imagen de un invernadero que encontramos en los escritos de Fourier referidos al calentamiento de la atmósfera. En definitiva, añade Clarena Muñoz, el uso de metáforas “implica una fuerza comunicativa que lleva a la realización de variados roles funcionales que van más allá de la explicación de conceptos: sirven para expresar actitud emocional, cultivar la intimidad, crear efectos humorísticos, argumentar por analogía, sostener ideología, hacer llamados metafóricos a la acción y destacar y poner en primer plano. Precisamente, esta variedad de funciones son las que, en su realización, contribuyen a la estructuración de textos más cercanos y familiares para el lector no experto”.

La búsqueda de metáforas es una de mis ocupaciones profesionales favoritas, sobre todo cuando me llaman los compañeros de los Informativos Diarios de Canal Sur Televisión para que acuda a explicar alguna noticia de actualidad vinculada a la información científica o ambiental. El público en este caso no es el que visita un programa especializado, donde un porcentaje importante de espectadores están familiarizados con estos temas, sino que se trata de la audiencia heterogénea que busca estar informada de todo lo que ocurre en el mundo, en su mundo más cercano pero también en el que más se aleja de su entorno inmediato y de sus conocimientos.

¿Qué ocurrió en Estados Unidos con el sarampión cuando llegó la vacuna?

Una de las palabras que más estamos oyendo estos días, que más vamos a oír en las próximas semanas y meses es “vacuna”. Un recurso que la Medicina viene utilizando con éxito desde finales del siglo XVIII y que ha servido para erradicar la viruela y mantener a raya otras terribles enfermedades como la difteria, el tétanos, el sarampión o la poliomielitis. Ahora toca combatir la COVID y la vacuna, las vacunas, se presentan de nuevo como el mejor recurso para domar la pandemia.

Por este motivo Álvaro Moreno de la Santa, director de “Despierta Andalucía”, el informativo más madrugador de la televisión pública andaluza, me pidió que, una vez más, acudiera a su  programa para explicar el funcionamiento, la seguridad y la disponibilidad de las diferentes vacunas que están en desarrollo para frenar la COVID. Y una vez más tuve que ponerme a estudiar, a consultar declaraciones de especialistas, empresas y organismos de control, a contrastar noticias, a leerme algunos papers, pero, sobre todo, tuve que ponerme a buscar una buena metáfora, una metáfora sencilla y efectiva que nos permitiera presumir en directo de una ciencia para todos los públicos, porque ese debe ser el objetivo, creo, de una televisión comprometida con el servicio público.

Y así es como apareció el ladrón como figura metafórica. ¿Qué ocurre cuando nos infectamos con un patógeno, en este caso con el virus de la COVID? Pues que un ladrón se nos cuela en casa y comienza a hacer de las suyas. Con un poco de suerte nos daremos cuenta de la intrusión y pondremos en marcha todos los recursos posibles para defendernos: gritaremos, llamaremos a la policía, cerraremos todas las estancias que podamos, agarraremos el palo de la fregona para hacerle frente, azuzaremos a nuestro perro… Es posible que poniendo en juego un buen número de mecanismos de defensa consigamos que la intrusión se quede en un susto y alguna que otra molestia pasajera (una ventana rota, unos cajones abiertos…), o, tal vez, no consigamos, a pesar de todo, evitar que la cosa llegue a mayores y la pérdida de bienes valiosos y los destrozos sean cuantiosos e irreparables. Así actúan los ladrones cuando consiguen entrar en casa y así les hacemos frente, con resultados, eso sí, desiguales.

¿De qué manera actúan las vacunas para defendernos ante este tipo de intrusiones? De manera simplificada las vacunas tratan de engañarnos haciéndonos creer que un ladrón ha entrado en casa para que, de esa manera, pongamos en juego todos los mecanismos de defensa que nos serán muy útiles cuando el verdadero ladrón aparezca. Simplificando: si le soltamos la correa al perro ya estará listo para atacar al primer intruso que aparezca (y si lo ha olido antes lo reconocerá de inmediato).

¿Todas las vacunas actúan igual, todos los engaños son similares? No, existen diferentes tipos de vacunas que ofrecen distintos engaños, algunos muy simples y otros muy sofisticados. En el caso de la COVID estamos usando desde las más sencillas trampas hasta las más avanzadas y complejas. Volvamos a nuestro ladrón para que nos ayude a entender las características de este catálogo sanitario con el que vamos a convivir durante los próximos meses:

* Vacunas elaboradas a partir de virus vivos atenuados, inactivados o muertos, o bien usando fragmentos de virus. Todas las alarmas de nuestra casa saltan cuando vemos entrar al ladrón, pero el ladrón viene esposado de pies y manos, viene drogado y apenas se tiene en pie, o le han amputado brazos y piernas. De acuerdo que es un ladrón y ha entrado en casa pero poco daño nos puede causar en las lamentables condiciones en las que aparece, aún así le azuzamos el perro, llamamos a la policía y lo mantenemos a raya con el palo de la fregona. Todos estos recursos (anticuerpos elaborados por nuestro sistema inmunológico) quedan activados y listos para frenar a un posible ladrón en plenitud de facultades (un virus con capacidad para enfermarnos). De este tipo son algunas de las vacunas para la COVID que se están desarrollando en China (Coronavac y Sinopharm), aunque estas muy posiblemente no lleguen a usarse en Europa.

* Vacunas de vector recombinante. Usamos a un intruso que no es peligroso para que lleve al interior de nuestro domicilio el mensaje, inquietante, de un ladrón al que somos capaces de reconocer. Es decir, entra en casa el cartero, sin llamar, y aunque nos sorprende no vemos en ello una amenaza (el cartero no viene a hacernos daño). Sin embargo, el cartero trae un telegrama que nos avisa de la llegada inmediata de un ladrón, de hecho el propio cartero nos enseña una foto que le ha hecho con su móvil cuando se lo ha encontrado en el portal de nuestra casa. Vemos la imagen y concluimos que es, sin duda, un ladrón. Ponemos en marcha, de inmediato, todos los mecanismos de defensa y esperamos a que llegue, si es que llega, para hacerle frente bien preparados.

Este tipo de vacunas usan un “vector” amigable, un elemento, inocuo, que sirva para trasladar al interior de nuestro organismo la información de un virus que sí es dañino, de manera que nuestro sistema inmunológico lo reconozca y se ponga en guardia para recibirlo (si es que finalmente llega). Así trabaja la vacuna COVID que ha desarrollado la Universidad de Oxford con la farmacéutica británico-sueca AstraZeneca: usando (a modo de cartero) un adenovirus inactivado que causa el resfriado común en los chimpancés, inocuo para los humanos y sin capacidad para reproducirse, introducimos en el organismo el gen capaz de producir la proteína característica del virus de la COVID (la foto del ladrón), haciendo que nuestro sistema inmunológico la reconozca y se ponga en guardia para recibirlo como merece (si es que finalmente llega).

Un procedimiento similar usan las vacunas china CanSinoBIO de Petrovax , la británica Ad26.COV2.S de Johnson & Johnson y la rusa Gam-COVID-Vac o Sputnik V (precisamente AstraZeneca acaba de anunciar que estudiará una combinación de vacunas usando la suya y la rusa para ver si así aumenta la efectividad del preparado).

“La picadura de la vaca” es el título de esta viñeta satírica que ponía en cuestión la vacuna contra la viruela descubierta por Jenner.

¿Suena muy sofisticado lo de usar otro virus como vector? ¿Nos causa inquietud esta fórmula? Pues se basa en el mismo principio con el que Edward Jenner desarrolló la primera vacuna de la historia en 1796, aunque en realidad el médico británico no sabía exactamente cómo funcionaba el remedio que había descubierto para frenar la viruela. El caso es que aquellas personas que eran expuestas a la viruela bovina (por eso vacuna viene de vaca) no desarrollaban la viruela humana o la sufrían de una manera mucho más leve. El virus bovino, que apenas causaba daño a los humanos, servía para conducir información suficiente de aquel otro virus que sí resultaba peligroso, de manera que el sistema inmunológico se preparaba para su posible llegada. Hay que recordar que a Jenner lo tomaron por un médico extravagante, por no decir un loco peligroso. A pesar de su descubrimiento la viruela se calcula que mató a unos 300 millones de personas a lo largo del siglo XX (en 1980 se declaró oficialmente desaparecida en todo el planeta, siendo la única enfermedad infecciosa humana que hemos logrado erradicar, y lo hemos conseguido gracias a las vacunas).

¿Qué ocurrió en Suecia con la viruela cuando llegó la vacuna?

* Vacunas de ARN mensajero (ARNm). Aquí es donde está la auténtica revolución y también el miedo a lo desconocido. Nunca, hasta que apareció el virus de la COVID, se habían desarrollado vacunas para humanos aplicando esta técnica. ¿Cómo funciona? Sigamos con la misma metáfora: para engañar a nuestro sistema inmunológico no hace falta que entre un ladrón mermado a nuestra casa (virus atenuado), ni necesitamos que el cartero nos avise de su llegada y nos enseñe su foto (vector recombinante), basta con saber escribir un mensaje que cause la alarma precisa y añada las instrucciones necesarias para que su destinatario (nuestro sistema inmunológico) actúe como si el mismísimo ladrón estuviese delante de sus narices. Ningún enemigo ha cruzado la puerta de casa, ha bastado con que deslicen bajo el umbral un sobre con las señas de identidad del intruso (que en realidad no ha entrado en casa) y las actuaciones recomendadas para neutralizarlo.

Recurriendo a un artículo de Maldita Ciencia no es difícil explicar este mecanismo a escala celular: “En cada célula de cada organismo vivo hay una molécula de ADN que contiene la información genética de ese ser vivo. Está compuesta por una serie de cuatro bloques, y esa secuencia da instrucciones para fabricar proteínas. Para que este proceso se lleve a cabo hace falta un intermediario, el ARN, que lleve la información genética del ADN a la maquinaria celular responsable de sintetizar las proteínas”. En el caso de estas nuevas vacunas se trata de fabricar en laboratorio un ARN mensajero que, una vez inyectado, sea capaz de engañar a nuestras células pidiéndoles que fabriquen las proteínas características del virus de la COVID. Una vez estas proteínas se han generado el sistema inmunológico las reconoce (son las señas de identidad de un patógeno que en realidad no ha entrado en nuestro cuerpo) y obra en consecuencia: genera los anticuerpos específicos para ese virus, de manera que ya estamos listos para defendernos de una posible infección.

Salgamos, por último,  de la metáfora del ladrón para usar una metáfora culinaria con la que completar la explicación. “Por utilizar una analogía que se entienda”, detalla este artículo publicado en la web de la Universidad de Harvard, “el ADN sería como un libro de recetas en una biblioteca: en él están las recetas almacenadas pero no se utilizan. Los pinches de cocina entonces hacen una copia de una receta concreta (este sería el ARNm) y la llevan a la cocina (la maquinaria celular) donde el chef va añadiendo los ingredientes en el orden y cantidades que marca la receta y así hace la tarta (estas serían las proteínas)“.

Así funcionan las vacunas de Pfizer-BioNtech y de Moderna. La primera de ellas ya se está administrando en el Reino Unido y ha logrado autorización de uso en Estados Unidos.

Por cierto, y en lo que se refiere a los miedos que esta vacuna provoca, las moléculas de ARNm son muy frágiles y desaparecen una vez que han cumplido su misión. En ningún caso entran en el núcleo de la célula, donde está el ADN; en ningún caso lo modifican, y en ningún caso se quedan en nuestro cuerpo. En definitiva, no tienen capacidad alguna para alterar nuestro ADN, nuestro genoma, nuestro perfil genético. Es cierto que este tipo de vacunas necesitan ser evaluadas con mucha precisión por su novedad, y por los posibles efectos secundarios que puedan originar, como todas las vacunas o cualquier otro medicamento novedoso o no (1), pero es falso atribuirles la capacidad de modificar genéticamente a los individuos que las reciban.

Durante los próximos meses habrá que estar muy atentos a la efectividad real de todas estas vacunas y a cómo van frenando la expansión de la pandemia. Jamás en la historia de la humanidad se ha realizado un esfuerzo científico de este calibre en pocos meses, pero la urgencia no significa que se estén violando los mecanismos de seguridad: si estamos avanzando más rápido que nunca es porque nunca se han dispuesto tantos medios humanos y tantos recursos económicos en tan poco tiempo, porque nunca ha funcionado con tanta intensidad la cooperación internacional y porque ya llevamos un largo recorrido científico en la lucha contra todo tipo de patógenos y en el desarrollo de todo tipo de vacunas. No hagamos de una buena noticia una amenaza cuando, con todas las cautelas, nos brinda algo de esperanza en esta difícil situación.

(1) En 2017 un equipo de investigadores de la Universidad de Oxford publicó en The Lancet un artículo en donde se asegura que el riesgo a largo plazo de hemorragias graves y de muerte causado por el consumo de aspirinas es mucho mayor de lo que se pensaba, sobre todo en personas mayores de 75 años. En concreto, el estudio indica que sólo en el Reino Unido se contabilizan unas 20.000 hemorragias y alrededor de 3.000 muertes al año causadas por este tipo de medicamentos.

ACTUALIZACIÓN (a 13.12.20). La ciencia española también está presente en este reto planetario, y lo cierto es que la vacuna que se está desarrollando en el Centro Nacional de Biotecnología es de las más avanzadas y prometedoras. Quizá esté disponible a finales de 2021. El virólogo Luis Enjuanes, que lidera el equipo que está trabajando en ella, explica sus ventajas y también aclara los temores que asaltan a algunos ciudadanos. Una buena entrevista de Irene Fernández Novo en Nius Diario.

También, y gracias a un oportuno comentario de mi amiga Isabel López, catedrática de Genética (Universidad de Sevilla) siempre atenta a la divulgación, he podido precisar un poco mejor el procedimiento de la vacuna de la Universidad de Oxford y AstraZeneca. Aunque su matiz aparece ya en el texto, creo que merece la pena leer su comentario literal porque concluye añadiendo un elemento que parece ajeno a la ciencia pero que a mi también me resulta fundamental: la belleza.

“… el virus vector de la vacuna de Oxford no lleva la proteína de la espícula en sí misma, sino el gen que la produce, inserto en el ADN viral. Dado que el material genético (el “libro de recetas”) del virus está escrito en lenguaje de ARN, previamente e “in vitro” ha habido que “traducir” el mensaje a lenguaje de ADN. Una vez dentro de la célula humana el vector y su carga, la maquinaria celular vuelve a “traducir” el gen a ARN y este sirve para fabricar la proteína S que ahora va desencadenar la respuesta inmunológica ….. esperemos.
Un poco mas complejo pero muy hermoso también. Como un encaje de bolillos
“. (Isabel López)

ACTUALIZACIÓN (a 26.12.20). Como en las redes abundan los especialistas que escudándose en cualquier titulación en Ciencias opinan, sin rigor ni mesura, sobre el origen de la COVID, la incidencia de la pandemia o la efectividad de las vacunas, lo que provoca adhesiones ciegas de quienes necesitan certezas y dudas razonables en quienes necesitan explicaciones sensatas, he creído útil añadir el enlace a un artículo de Miguel Pita (Universidad Autónoma de Madrid) sobre el método científico. El comienzo, en pocas palabras, explica una cuestión decisiva: “En ciencia todas las opiniones valen lo mismo: nada, incluso las de los científicos”.

Los post colaborativos son maravillosos, por eso recomiendo leer los comentarios que se van añadiendo al texto principal y que figuran al pie de este párrafo final.

Desde el escenario, cuando dos mil personas te contemplan en silencio, el Liceu impresiona, pero hay cosas más impresionantes…

Como me crié entre las bambalinas del Teatro Góngora esa tramoya en penumbra, desde la que, sin arriesgar, se atisban los focos y el murmullo del público, me resulta un espacio cálido y familiar. Otra cosa distinta es saltar al escenario y verse expuesto a focos y a público. Sentir la descarga de adrenalina que antecede a las grandes ocasiones, esas en las que se mezclan el miedo y la felicidad. El reloj se espesa, el sonido se va acolchando y tres zancadas después se hace el silencio, un silencio que no conviene romper de manera atropellada, un silencio que hay que disfrutar.

El Gran Teatre del Liceu impresiona. Impresiona desde el patio de butacas así es que imaginaros lo que es subir al escenario, plantarse, en soledad y sin la barrera de confianza de un atril, ante más de 2.000 personas y disfrutar de esos dos o tres segundos de silencio antes de decir lo que uno ha venido a decir, lo que, quizá, nadie haya dicho antes en ese escenario.

Junto a mí, dándome el calor imprescindible, una representación de los muchos profesionales que hacen posible “Tierra y Mar” (Esther, Nuria, Susana, Abraham, Sol…) y el propio director general de la Radio Televisión de Andalucía (RTVA), Juan Manuel Mellado, ocupando, por voluntad propia, un discreto segundo plano que le honra.

Impresiona el Liceu. Impresiona mucho, pero os aseguro que impresiona más una levantá de atunes rojos en una almadraba de Cádiz, o un amanecer en el Cerro de los Ánsares, en el corazón de Doñana; y aún impresionando más, allí no llegan los focos, allí casi nunca llegan las cámaras y nunca llegan los aplausos. Ese es nuestro escenario natural, esa es la redacción de Tierra y Mar, esos son los rincones a los que acudimos todas las semanas buscando historias sencillas, de gente discreta, que nos habla de una Andalucía que trabaja y que innova “. Después de disfrutar ese par de segundos de silencio sobrecogedor, así comenzaron mis palabras de agradecimiento en el Gran Teatre del Liceu la noche del 14 de noviembre de 2019, cuando recogí el Premio ONDAS otorgado al programa “Tierra y Mar” (Canal Sur Televisión), el primer ONDAS en la historia de la televisión pública andaluza (nacida en 1989) concedido a un programa informativo de producción propia, el primero en la historia de los premios ONDAS otorgado a un programa informativo dedicado al sector primario y al periodismo ambiental.

Hablando con acento andaluz en donde no siempre se aprecia el acento andaluz.

Andalucía en el corazón de Cataluña. Barbate en Barcelona. Doñana en Las Ramblas. Atunes rojos en el Liceu. Las historias sencillas de la gente del sur ocupando butaca junto a David Broncano, Carlos Herrera, Rosalía, Jordi Évole, Candela Peña, Rosa María Calaf, Pepa Bueno, Carlos Alsina o Andreu Buenafuente.

En el escenario del Liceu hubo espacio, aquella noche, para un periodismo amable (que no complaciente), un periodismo austero (por obligación y también por convicción), un periodismo con acento andaluz en donde no siempre se aprecia el acento andaluz.

Si no existiera la Radio Televisión de Andalucía, ¿quién nos otorgaría la posibilidad de hacernos visibles en el torbellino de las grandes cadenas nacionales e internacionales? ¿Quién se ocuparía de los grandes titulares pero también se acercaría a las pequeñas historias? ¿Quién sabría interpretar las claves de la cultura andaluza, sus señas de identidad? ¿Quiénes serían los traductores, a escala doméstica, de los grandes desafíos -pandemia, cambio climático, inmigración, crisis económica, política europea…-? ¿Qué televisión en España mantiene en antena un informativo del sector primario desde hace más de 30 años, y un informativo de medio ambiente desde 1998? ¿Quién saca el acento andaluz de las comedias para colocarlo en los informativos? ¿Quién habla del sur?

Es cierto que todas estas virtudes no siempre se expresan con la luminosidad necesaria, y hay sombras que hacen muy difícil el ejercicio de un periodismo digno y riguroso. Resulta triste comprobar, en nuestro día a día, cómo muchas personas se sorprenden al ver el resultado de nuestro trabajo y nos confiesan que no se esperaban el cuidado, el conocimiento, la ecuanimidad, la empatía… con que nos hemos acercado a una realidad compleja para intentar explicarla de manera honesta. Llamar “periodismo” a lo que sólo es desconcierto y bulla, a la información que se construye con artificio, morbo, suposiciones y espectáculo, es ensuciar esta profesión y confundir a los ciudadanos hasta convencerlos de nuestra intrascendencia, de nuestra inutilidad.

La situación de la Radio Televisión de Andalucía es ciertamente compleja, muy delicada. Pero bajo el oleaje y el ruido, con demasiada frecuencia interesados, hay un territorio discreto en donde trabajan muchos profesionales honestos, responsables y conciliadores; profesionales ajenos a otros intereses que no sean los del servicio público y preocupados, muy preocupados, por el manoseo político y los recortes, injustos, que sólo nos conducen al precipicio.

Antes que juzgar el periodismo busca entender, y para eso requiere reposo, conocimiento, contención y rigor. Se nos olvida que informar, in-formar, es dar forma y, por tanto, explicar, interpretar, y en ese esfuerzo hay que acercarse a los ciudadanos con calma y empatía. Y escuchar. Por eso necesitamos una mirada profesional abierta, democrática y conciliadora.

No tuve que contarlo en ningún sitio ajeno a mi propia empresa, a la que, por cierto, llegué superando una oposición libre en 1989, porque el texto donde tuve oportunidad de explicar mi manera de entender este trabajo, el trabajo de un periodista ambiental en una televisión pública, me lo pidieron los compañeros de nuestra página web con motivo de la concesión del ONDAS. Quiero creer que en ese texto muestro, con sinceridad, cómo entiendo yo el periodismo; cuál es, a mi juicio, el sentido de una televisión pública; por qué perdemos credibilidad ante nuestros espectadores; qué valor tiene el trabajo en equipo. Así es como miro a Andalucía desde mi oficio. Así es como defiendo lo que, siendo obvio, tenemos que seguir defendiendo todos los días, y ahora más que nunca (1).

Me pude permitir hablar de atunes en el Liceu porque la televisión andaluza, una televisión pública, atiende, más allá de los grandes titulares, a lo que ocurre en una almadraba de Barbate, en una pequeña cofradía de pescadores, en la diminuta embarcación de un arráez. Mirar, escuchar y contar, explicar lo que ocurre cerca, muy cerca, tan cerca que a veces no podemos distinguirlo de lo que somos nosotros mismos. Identidad sin soberbia. Una identidad que tiene que ver con el asombro y no con el horror; con el respeto y no con la imposición; con la convivencia y no con el egoísmo. Nuestra identidad, la de Andalucía, la del Periodismo.

(1) Nota al pie: El pasado jueves, 3 de diciembre, creí necesario volver a explicarme, esta vez en las redes sociales, porque la situación de la RTVA origina no pocas confusiones en la opinión pública y algún que otro malentendido entre compañeros. Hoy, dos días después, los tuits que remiten a aquel artículo que escribí en la web de Canal Sur suman más de 31.000 impresiones y, lo que para mí es mucho más importante, han servido para que muchos colegas de profesión, científicos, ambientalistas, ONGs, educadores, universidades, medios de comunicación… enriquezcan con sus propias reflexiones este debate. Seguro que me olvido de alguien, pero hasta este momento, y entre otros, han señalado estos mensajes, y en algunos casos se han sumado a este diálogo virtual en torno a los principios del buen periodismo en una televisión pública, Javier Valenzuela (Asociación de Periodistas de Información Ambiental APIA), Nuria Castaño (periodista), Nino Sanz (biólogo), María García (APIA), Carlos González Vallecillo (biólogo y comunicador), Toni Calvo (Asociación Española de Comunicación Científica AECC), Isabel Morillo (El Confidencial), José Sierra (periodista), Regenera Hub, WWF, María Antonia Castro (APIA), Félix Tena (À Punt), Jesús Soria (SER Consumidores), Isabel Gómez (RTVA), Red Ecofeminista, Elia Valladares (RTVA), Pilar Marín (Oceana), Sostenibilidad a Medida, Juanjo Amate (ambientólogo), Pilar Ortega (RTVA), El blog de la lincesa, José Manuel García (periodista), David F. Caldera (Diputación de Granada), Raúl de Tapia (Fundación Tormes), Joaquín Tintoré (CSIC), Clara Aurrecoechea (RTVA), María José Montesinos (RNE Aragón), Medio Ambiente y Ciencia CYTlab, Roberto Ruiz Robles(Instituto Superior del Medio Ambiente), Álex Fernández Muerza (Universidad de País Vasco), Rafa Ruiz (El Asombrario), Life Invasaqua, AMA KD301 (Agente de Medio Ambiente), Dani Rodrigo (Universidad de Sevilla), Hombre y Territorio, César Javier Palacios (periodista 20 Minutos), Life Watercool, Rosa M. Tristán  (Laboratorio para Sapiens), Arturo Larena (EfeVerde), Plataforma en Defensa de la RTVA, Vega Asensio (ilustradora científica), Pepelu Ramos (RTVA), Carlos Centeno (Universidad de Granada), Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA), Ángel Torcuato (ADM), Asociación Naturalista de Yuncos, Agencia Nodos, Luis Guijarro (APIA), Antonio Rivero (Grayling España), Fidel del Campo (RTVA), Agrupación de Trabajadores de Canal Sur, Joaquín Araujo (escritor y naturalista), Maite Mercado (Universidad CEU y Diario Levante), Rosa Llacer (Descubre Comunicación), Ignacio Bayo (Divulga), Alejandro Caballero (Informe Semanal TVE), Diego Muñoz, Esther Lazo (RTVA), Juan Armenteros (RTVA), Bienvenido León (Universidad de Navarra), José Antonio Montero (Revista Quercus), Fernando Valladares (CSIC), Miguel Ángel Ruiz (La Verdad, Murcia), Guillermo Prudencio (WWF), Eva Rodríguez (Agencia SINC), Región de Murcia Limpia, José Luis Gallego (naturalista y escritor, Onda Cero), Pau Ivars (periodista), Eva González (Europa Press), Mónica Salomone (periodista de ciencia), Jesús Soria (SER Consumidor), Feria de la Ciencia, Greenteam Spain, EcoInfluencer, Astrid Vargas (Commonland), CDOverde (Creadores de Opinión Verdes, EfeVerde), Gemma Teso (Universidad Complutense), Antonio Cerrillo (La Vanguardia), Benigno Varillas (periodista y naturalista), Piluca Nuñez (Asociación Empresarial Eólica), Centro de Estudios de Ciencia, Comunicación y Sociedad (Universidad Pompeu Fabra), Josechu Ferreras (Argos y Feria de la Ciencia), Carmen Lumbierres (politóloga), Pepe Verón (SER Aragon, Universidad San Jorge), César Colunga (Universidad Autónoma de Querétaro), Cristina Monge (politóloga, ECODES), Óscar Menéndez (Explora Proyectos), Rosa M. Cantón (ambientóloga), Cristina Mata Estacio (Universidad Autónoma de Madrid), Vicent Devís (À Punt), Victoria Mendizábal (Universidad Nacional de Córdoba, Argentina), Pepe Damián Ruiz (Universidad de Málaga), Jorge Velarde (biólogo), Gerardo Pedrós (Universidad de Córdoba), Carmen Elías (RTVA), Judit Alonso (DW Español), María José Gómez-Biedma (RTVA), Marta Villar (CEU San Pablo Madrid), Jorge Velarde (biólogo), Paco García (SECEM), Rosa Pradas (APIA), Juan Matutano (educador ambiental), Jose M. López de Cózar (APIA), Leo Zurita (realizadora), Mangas Verdes Radio, Teresa Palacio (periodista), José Carlos Guerrero (Universidad de la República, Uruguay), Álvaro Rodríguez( Climate Reality Spain), Alfredo Batlencia (Verdemar), Izan Guerrero (periodista), Mar Verdejo (paisajista), Juan María Calvo (periodista), Facultad de Comunicación (Universidad San Jorge), Sita Méndez (AECC), Rubén Casas (wildlife filmmaker), Araceli Caballero (periodista), José A. García (Universidad Miguel Hernández), Maria Josep Picó (Universitat Jaume I), Alejandro Guelfo (Mis Peces), Geoparque de Sobrarbe, Manuel Colón (Universidad de Cádiz), Mercedes de Pablos (periodista), Teresa Cruz (Fundación Descubre), María Ruiz (RTVA), Belén Torres (RTVA), Héctor Márquez (periodista, Aula Savia), Felipe Molina (biólogo y ganadero)… y la lista sigue creciendo.

Comprar, tirar, comprar, tirar, comprar, tirar….

Me cuentan desde Kloshletter, citando a Xataka , que la Unión Europea ha dado luz verde al “derecho a reparar”, un plan para limitar los productos electrónicos de un solo uso, alargar su vida útil, obligar a los fabricantes a facilitar el arreglo de los dispositivos y ofrecer más información sobre la capacidad de cada producto para corregir sus problemas de uso.

Ya era hora. El volumen de residuos eléctricos y electrónicos no deja de crecer y en gran medida se debe a la turbia estrategia de la obsolescencia programada y a los mil obstáculos que hay que sortear para elegir la reparación antes que prescindir de un producto y tener que volverlo a comprar. En no pocas ocasiones nos obligan a convertir en valiosa (y peligrosa) basura productos eléctricos o electrónicos a los que le falla una pequeña pieza, sufren una avería no demasiado importante o ya no pueden actualizarse (y el ejemplo que relato a continuación, vivido en mis propias carnes, creo que es bastante elocuente).  

El huracán del consumo nos devora. Da igual si hay confinamiento, el Black Friday online arrasa y sospecho que en Navidad la avidez por actualizar nuestros gadgets, averiados (sin reparación) y obsoletos (sin actualización), será la de siempre. Lo publicó WWF-Francia no hace mucho: en nuestro hogar, el de un país rico, se estima que almacenamos entre 3.000 y 4.000 objetos, unas quince veces más que nuestros abuelos. Impresionante.

Cada andaluz se deshace al año de más de 5 kilos de residuos eléctricos y electrónicos.

En el año 2016, detalla RAEE Andalucía, “se pusieron en el mercado a nivel estatal más de 620.000 toneladas de aparatos eléctricos y electrónicos (AEE) y desde el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente se marca un mínimo estatal de recogida de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE) de más 489.000 toneladas para 2020. En el caso de Andalucía la recogida durante el año 2018 fue de 42 millones de toneladas, lo que supone una recogida de 5,11 kilos de RAEE por habitante al año”. Al margen de conducir estos residuos al lugar adecuado, ¿cuántas toneladas de estos desechos podrían evitarse reparando lo que es fácilmente reparable?

Nada mejor que un ejemplo personal, más bien una epopeya, para revelar este despropósito. Me ocurrió hace cuatro años, cuando mi flamante smartwatch dejó de funcionar.

Dentro chascarrillo (os copio un resumen de lo que entonces publiqué en redes sociales):

PRESENTACIÓN.- Dícese de un smartwatch Samsung Gear 2 (aunque fue un regalo, precio en tienda = 140 euros). A los tres meses de acabar la garantía (¡ oh casualidad !) deja de cargarse la batería. Reloj muerto. Visita al servicio técnico de Samsung. Primera respuesta original: “Sí, son los pines de carga, que en este modelo son muy malos y se estropean“. Atención al concepto “son-muy-malos” (para qué vamos a andar con florituras…). Segunda respuesta más original aún: “En este modelo ( ¡ oh casualidad !) esa pieza suelta no se puede sustituir, hay que sustituir la caja entera del reloj” (¿quién dijo miedo?). Tercera respuesta absolutamente original y sincera: “No te recomiendo la reparación porque te costaría unos 260 euros“.

¡¡ 를 낳았다 어머니 김정은 !! (¡¡ La madre que parió a Kim Jong-un !!, en coreano).

Esto… ¿260 euros? Es decir, casi como dos relojes completamente nuevos… Reflexión inmediata: los coreanos son gente muy lista (한국인들은 매우 똑똑한 사람들이다, en coreano).

Solución final a pie de Servicio Técnico: cómase el Samsung Gear 2 y cómprese uno nuevo… a ver si hay suerte y no trae ninguna pieza de esas que son “muy-malas” (아주 나쁜 조각, en coreano).

CUMBRE.- Localización de un sencillo tutorial en Youtube para sustituir en casa la pieza “muy-mala” con un simple destornillador y en cinco minutos. Operación apta para Torpes nivel C1 Pro Advanced.

Link: https://youtu.be/qSNnTEmNrlg

Localización en Ebay de la pieza original en un comercio británico. Precio con gastos de envío y conversión en euros = 20 euros (en comercios de Hong Kong, con gastos de envío, se puede conseguir pieza no original a 6 euros).

Link: http://www.ebay.es/itm/Genuine-Samsung-SM-R380-Gear-2-SM-R381-Gear-2-Neo-Gold-Charging-Connector-GH5-/331779175580?hash=item4d3f94749c:g:EhgAAOSw4s9Xk9de

DESENLACE.- Pieza recibida. Pieza sustituida en cinco minutos. Reloj funcionando a la perfección. Diferencia de precio con el Servicio Técnico de Samsung: 240 euros (a favor de un servidor), y, además, un aparato electrónico menos a la basura.

Reflexión final: los coreanos son gente muy lista (한국인들은 매우 똑똑한 사람들이다, en coreano).

La prueba gráfica de la epopeya: la pieza llegada del Reino Unido, el destornillador y la trasera de mi smartwatch a punto de ser destripado siguiendo el tutorial de Youtube.

PD: El lado oscuro de la globalización tiene algunas fisuras que los consumidores bien informados podemos aprovechar, pero es mucho mejor que las autoridades europeas pongan un poco de orden en esta selva.

El derecho a reparar, próximamente en “Espacio Protegido” (Canal sur Televisión).

Epílogo: Cuatro años después de mi reparación el reloj sigue funcionando a la perfección, aunque ya se ha quedado viejo, porque la obsolescencia no sólo se practica en el diseño material del aparato en cuestión sino también en sus prestaciones, en sus actualizaciones y en su capacidad para interactuar con otros dispositivos. Pero bueno, no es lo mismo que algo deje de ser operativo a los dos años que esa obsolescencia se alcance a los seis años, algo he ganado…